Es una buena pregunta esta, ¿No es así? – ¡Es muy fácil, hermano! – ¿Ah, sí? ¡No me digas! Hagamos la prueba, entonces. Aunque yo desde mi ordenador, con mis ojos en el monitor y mis manos en el teclado no pueda oírte, tú respóndeme igualmente. Yo te voy a dar respuestas tipo, modelos.
Ahí va la primera: ¿Quién es usted? – Yo soy Juan Pérez. – No, ese es su nombre. Yo le estoy preguntando quién es usted. – ¡Ah!, Está bien; soy un maestro de enseñanza bíblica… – Tampoco; eso es lo que usted hace, pero no quien es.
¡Ah! De acuerdo. Entonces yo soy un argentino más, un rosarino más. – No. Tampoco me sirve eso. Porque eso me indica adonde vive, pero no me dice quien es usted. – Ehhh…soy de las Asambleas de Dios… – Sigue equivocándose. En todo caso, esa es su preferencia denominacional.
Mira; no pierdas más el tiempo. No es tan simple como te parece. Incluso, a todo esto, me podrías agregar: cuanto mides, cuanto pesas y mil datos más y tampoco me dirían quien eres, apenas me estarías suministrando tus dimensiones físicas que, pese a ser importantes, no conforman tu verdadero yo.
Míralo de este modo: si a ti te cortan tus brazos y tus piernas, ¿Dejas de ser tú? ¿No, verdad? Si te sometes a un trasplante de corazón, hígado o riñón, por tener un órgano ajeno, tú ¿Dejas de ser tú? Tampoco. Y así sucesivamente.
Claro está: si continuáramos cortándote en pequeños trozos, en algún momento, encontraríamos al verdadero tú porque, allí dentro, en alguna parte, estás tú. Eso sí; Quien eres tú, es mucho, muchísimo más importante de lo que pueda verse en el exterior. Mira lo que dice Pablo:
(2 Corintios 5: 16)= De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aún si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así.
Fíjate que cosa curiosa, porque todos tenemos la tendencia a identificarnos con el resto de las personas por distintos y diversos motivos: desde lo físico (Altos, bajos, gordos, flacos), por la actividad que tenemos (Hay profesiones que hacen de sus reuniones verdaderas cofradías casi sectarias); en lo intelectual, (Hay sectores que se agrupan y comparten, incluso, cierto desprecio por los ignorantes y otros, que por el contrario, sienten un muy particular rechazo por todo aquel que evidencia algún tipo de conocimiento superior.
Muy bien; los creyentes no somos la excepción. Nuestras identificaciones más cotidianas son, notoriamente, las que tienen que ver con posiciones doctrinales; es decir: denominacional. Nos guste regular o mucho la unidad en el Espíritu, creamos verdaderamente en ella y hasta la prediquemos, en lo íntimo, siempre tendremos algún pensamiento que divide a “nosotros de ellos”.
Otras de las identificaciones más visibles son las que tienen que ver con el tipo de actividad o cargo que ocupamos en la congregación. Ujieres con ujieres, diáconos con diáconos, ministros con ministros, el coro con el coro y los músicos con los músicos. Está bien, hay razones interesantes y lógicas para que así sea, pero a veces…
Entonces, es aquí donde te pregunto lo que tiene que ver con la encuesta inicial: ¿Puedes determinar quien eres tú, entonces, por lo que haces? ¿O se determina lo que haces por ser quien eres? Fíjate que esa es una pregunta importante, especialmente con relación ala madurez cristiana.
Yo, particularmente, creo que se determina lo que uno hace por quien es uno. Creo de todo corazón que la esperanza de crecimiento, significado y satisfacción como cristiano está basada en comprender quien es uno específicamente, la identidad de Cristo como hijo de Dios. El entendimiento de quien eres tú es el fundamento crítico para la estructura de tus creencias y los patrones de tu comportamiento como cristiano.
Hay personas que a veces nos despiertan (Y eso porque somos creyentes y no conocemos la envidia), raros sentimientos. Parecen tenerlo todo lo que se necesita para ser casi brillantes. Formación, personalidad, belleza física, estabilidad económica.
Están ahí afuera. Los vemos todos los días en sus tremendos automóviles cuando a nosotros nos cuesta tanto trabajo acceder y luego mantener el humilde que poseemos. Sin embargo, basta que entren en alguna crisis y, de alguna manera, se aparezcan por alguna oficina pastoral, para que nos demos cuenta que lo exterior no manifiesta para nada lo que sucede por dentro.
Miedos, angustias, personas rechazadas, humilladas, violadas, agredidas, resentidas, deprimidas. Toda una gama que, precisamente, no se compatibiliza con su pompa cotidiana.
En una incomprensible simbología de operación matemática, hacemos esta cuenta: buena apariencia, más la admiración que eso trae, igual a persona plena y completa. Actuaciones estelares, más éxitos reconocidos, igual a persona plena y completa.
Status evidente, más aceptación social, igual a persona plena y completa. ¿Sabes que? Te equivocaste. La vida a corto plazo te demuestra que no es así. Porque hay un problema: no podemos hacer nada para merecer el resultado de ser amados voluntariamente, sin condiciones.
Fíjate que si esto fuera así, también hubiera funcionado para el rey Salomón. Tenía poder, posición, riqueza, posesiones y mujeres. Principalmente mujeres. Si la vida fuera lo que una gran mayoría cree que es, salomón hubiera sido el hombre más completo que jamás hubiera existido. Y no sólo eso: encima de ello, Dios le dio sabiduría como para él y todo un ejército. ¿Recuerdas cual era su opinión respecto a eso?
(Eclesiastés 1: 1)= Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
(2) Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.
Todo el resto del libro de Eclesiastés, además de este pasaje, describe lo inútil que es buscar un motivo para la vida en el nivel externo. Toma el consejo del rey sabio: la suma de lo material y todo el status que tú puedas adquirir, jamás darán como resultado una persona completa y plena. Millones de personas suben la esclarea del éxito, pero cuando llegan a la cima, ¡Descubren que habían apoyado a esa escalera en la pared equivocada!
Claro está: si imaginamos a una joven mujer, algo gordita, el cabello con feos rulos, con bizquera en sus ojos, de piernas chuecas y escasa o nula preparación cultural, nos preguntamos: ¿Tendrá alguna posibilidad de llegar a ser más o menos feliz?
Es bastante difícil. En el reino mundano, donde las personas viven estrictamente en el nivel externo, el razonamiento de la súper gorda, es lógico. Felicidad, en ese reino, es igual a buen parecer, relaciones con personas importantes, empleo correcto y, si es posible, excelente cuenta bancaria. Otro tipo de vida, en el mundo, es igual a una vida sin esperanzas. Ahora reflexiona y compara: ¿Hasta que punto se ha metido en la iglesia el reino del mundo, por lo que tú puedes entender?
Una persona completa, según el reino de Dios, y tener razón para vivir, no son producto de lo que alguien tiene o no tiene. Tú ya eres una persona completa y posees una vida con razón y propósito infinitos por ser quien eres: un hijo de Dios. La única ecuación de identidad que funciona en el reino de Dios, eres tú, más Cristo, igual a un ser completo y pleno y, como tal, tienes suficiente razón para vivir. El resto es falencia o interferencia extraña.
Entonces, si nuestra identidad en Cristo es más que suficiente para ser y estar completos. ¿Por qué tantos cristianos tienen dificultades con su auto estima, el crecimiento espiritual y su madurez? Porque hemos sido engañados por el diablo.
Nuestra verdadera identidad en Cristo se ha distorsionado por el mismo padre de los engañadores. Por ejemplo: hay muchos que se sienten indignos porque creen ser perversos o sucios. Eres un hijo de Dios que puede equivocarse y hasta puede pecar, es verdad, pero eso no te califica como sucio ni como perverso; eso quiere el diablo que tú creas.
Hay un gran número de cristianos que están atrapados en el mismo problema. Fracasamos, así que nos consideramos fracasados, lo cual sólo hace que fracasemos aún más. Pecamos, así que nos consideramos pecadores, lo cual nos hace pecar aún más.
Hemos sido total y absolutamente absorbidos por esa mentira diabólica elaborada en las oficinas de marketing del infierno. Hemos sido engañados, y creemos que lo que hacemos define lo que somos. Y esa creencia falsa nos lanza en una caída sin fin de desesperación y derrota.
(Génesis 2: 7)= Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.
Ahí empezamos todos. Dios creó a Adán, el primer humano, nuestro primer padre, y todos hemos nacido a semejanza de él. Después vino la otra discusión: ¿Somos una tricotomía, (espíritu, alma y cuerpo), o somos una dicotomía? (Cuerpo y alma o espíritu).
La Biblia es clara, pero esa discusión carece de relieve. Creas lo que creas, lo cierto es que tenemos un hombre exterior, que es el que se relaciona con los demás a través de los sentidos y un hombre interior que fue creado a imagen y semejanza de Dios.
La vida física que heredamos de adán se representa mejor con la palabra neotestamentaria “bios”. Bios describe la unión de nuestro cuerpo físico con el ser inmaterial, la mente, las emociones y la voluntad. Estar físicamente vivo es estar en unión con el cuerpo de uno. Morir físicamente significa estar separado de su cuerpo temporal y el bios termina.
(2 Corintios 5: 6)= Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (7) (porque por fe andamos, no por vista); (8) pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo y presentes al Señor.
Mirando este texto, tú reconocerás que la identidad del cristiano tiene que ser algo más que los atributos y habilidades físicas, porque el cuerpo se queda atrás cuando muere, pero el verdadero ser se va con el Señor.
Un ejemplo bien doméstico: tu cerebro físico es como una computadora y tu mente inmaterial es como el programador de computación. Una computadora no puede operar sin un programador y un programador no puede programar sin una computadora.
Necesita su cerebro físico para controlar sus movimientos y reacciones, y necesita su mente inmaterial para razonar y hacer juicios de valor. Uno no funciona sin el otro en esta vida. El espécimen más fino de cerebro humano no puede lograr nada dentro de un cadáver y alguien con su cerebro dañado por alguna enfermedad jamás podrá funcionar bien como persona. En alguna de sus cartas, Pablo se refiere al cuerpo como un tabernáculo, como la morada temporal del alma. También heredamos de Adán la capacidad de la vida espiritual.
(2 Corintios 4: 16)= Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.
Esto se refiere a que la vida espiritual del creyente no envejece ni se acaba como el cuerpo exterior. Estar espiritualmente vivo, caracterizado con la palabra neotestamentaria ZOE, significa que nuestra alma o espíritu está en unión con Dios. Esa es la condición en la que fue creado Adán, física y espiritualmente vivo, en unión perfecta con Dios.
El problema es que Adán pecó y su unión con Dios, además de la nuestra, se rompió. Es el deseo eterno de Dios traer de nuevo a la creación humana a Sí mismo y restablecer la unión que Él disfrutaba con Adán en la creación. Esta unión restablecida con Dios, que tenemos en Cristo, es la esencia de nuestra identidad.
En la creación original, la humanidad era muy importante. Recibió el dominio de todas las demás criaturas que Dios había hecho. Luego, esa misma humanidad, adoptaría sistemas de vida no pensados por Dios que, en muchos casos, lo subordina a esas criaturas sobre las cuales tiene dominio.
(Génesis 1: 26)= Entonces dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.
(27) Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
Primera pregunta: ¿Estaba presente Satanás en la creación? Por supuesto que sí. ¿Era ya el dios de este siglo, entonces? Por supuesto que no. ¿Quién tenía el dominio en el jardín del Edén? Adán lo tenía; hasta que Satanás se lo quitó por medio del engaño.
Entonces Satanás se hizo dios de este mundo. Parte de tu herencia en Cristo, es que aquel dominio que tenía Adán, ha sido restablecido para ti. Satanás ya no tiene autoridad sobre ti, aunque tratará de engañarte y hacerte creer que sí la tiene. Parte de tu identidad, de ese quien soy, es que tenemos autoridad en Cristo sobre el diablo. El único problema es creernos sus mentiras y, por miedo, no usar esa autoridad.
Adán no tenía sólo un papel de autoridad, importante en la creación, sino que también disfrutaba un sentir de estar a salvo y seguro. ¿Por qué razón él podía sentirse así y no lo sientes tú de igual manera? Porque todas sus necesidades estaban satisfechas, pero tú le has agregado caprichos.
(Génesis 1: 29)= Y dijo Dios: he aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla, os serán para comer.
(30) Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será par comer. Y fue así.
Como se ve, Adán no tenía necesidades en el jardín. Tenía bastante que comer, y había suficiente alimento para los animales que cuidaba. Podía comer del árbol de la vida y vivir para siempre en la presencia de Dios.
No le faltaba nada. Estar a salvo y seguro es otro aspecto de nuestra herencia en Cristo. Tenemos las riquezas de Su reino a nuestra disposición y Su promesa de suplir todas nuestras necesidades. Eso dice la Biblia y eso es lo que yo creo.
Adán y Eva experimentaban un sentir de pertenecer en ese jardín perfecto. Adán aparentemente disfrutaba la comunión íntima y personal con Dios antes que Eva llegara. Después, Dios le mostró a Adán otra dimensión de pertenecer.
(Génesis 2: 18)= Y dijo Jehová Dios: no es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él. – Entonces Dios le dio a Adán esa ayuda idónea llamada Eva. Pero también le dio a Eva al llamado adán, para enriquecer su experiencia de pertenecer.
El verdadero sentir nuestro de la pertenencia, viene no solamente de saber que pertenecemos a Cristo, sino también de pertenecernos el uno al otro. Cuando Dios creó a Eva, estableció la comunidad humana. No es bueno que estemos solos. Estar solos puede conducirnos a la soledad interior.
Desdichadamente, la escena ideal del jardín del Edén se desvaneció. Génesis 3 nos relata la triste historia de la relación perdida de Adán y Eva con Dios, por medio del pecado. Los efectos de la caída del hombre fueron dramáticos, inmediatos, y de largo alcance, afectando a cada miembro subsiguiente de la raza humana.
¿Qué les pasó a Adán y a Eva espiritualmente, a causa de la caída? Murieron. Su unión con Dios se rompió y quedaron separados de Dios. Dios había dicho específicamente en Génesis 2:17 Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. ¿Y que fue lo que pasó? Comieron y murieron.
¿Murieron físicamente? No. El proceso de muerte empezó, pero ellos aún vivieron cientos de años. Mas bien, murieron espiritualmente; su zoe fue destruido. Fueron expulsados de la presencia de Dios.
Tal como heredamos la vida física de nuestros primeros padres, así heredamos la muerte espiritual de ellos. Cada ser humano que nace en este mundo, nace estando físicamente vivo, pero espiritualmente muerto, separado de Dios.
¿Qué efecto produjo la caída en la mente de Adán? Él y Eva perdieron su percepción acertada de la realidad. Leemos en Génesis 3:7 y 8, que trataron de esconderse de Dios. ¿No revela eso un conocimiento erróneo de Dios? ¿A quien se le podría ocurrir esconderse de Dios?
Después de la caída, Adán y Eva no podían pensar con claridad. Su percepción distorsionada de la realidad refleja la descripción de Pablo de los pensamientos vanos de quienes no conocen a Dios: Efesios 4:18 dice: Teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón.
En esencia, cuando adán y Eva pecaron, sus mentes fueron despojadas del verdadero conocimiento de Dios. En el diseño original de Dios, el conocimiento se basaba en una relación. Conocer a alguien insinuaba una relación íntima y personal. Eso se puede apreciar en Génesis 4:1: Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió. Sin embargo, generalmente no consideramos que conocer a alguien es igual a la intimidad personal.
Antes de la caída, Adán y Eva conocían a Dios. Y no hablamos, obviamente, de una cuestión sexual, aunque sí de intimidad que, incluso, llegamos a asociar y hasta parafrasear con el matrimonio. Conocían a Dios al estar con Dios.
Cuando pecaron y fueron desterrados del jardín, Adán y Eva perdieron su relación con Dios y el conocimiento de Él que era esencia de esa relación. Tú y yo heredamos la mente oscurecida de Adán y Eva. En nuestro estado no regenerado, sabíamos algo acerca de Dios, pero no conocíamos a Dios porque no teníamos relación con él.
La necesidad de tener una relación con Dios para poder conocer a Dios queda muy en claro cuando vemos el anuncio de Juan 1:14: Y aquel Verbo, (Logos en Griego) fue hecho carne. Esa era una declaración sumamente importante en un mundo que estaba bajo mucha influencia de la antigua filosofía griega.
La palabra LOGOS venía desde siglos antes del nacimiento de Cristo. Representaba la forma más alta del conocimiento filosófico. Para los griegos, decir que el Logos se hizo carne, era como decir que el conocimiento máximo se hizo personal y podía relacionarse. La palabra hebrea DABAR, traducida como VERBO, también indicaba la máxima sabiduría de Dios.
El evangelio de Juan une estas dos culturas y conceptos dominantes en Cristo. Dios estaba anunciando al mundo, por medio de Juan, que el verdadero conocimiento de Su Persona sólo podía descubrirse en una relación íntima con Él, y que ahora estaba al alcance del mundo por medio de Dios hecho carne en Jesucristo. En Cristo podemos conocer a Dios personalmente. Nuestra relación con Dios por medio de Cristo es la piedra angular de nuestra identidad.
¿Qué le sucedió a la humanidad emocionalmente como resultado de la caída? En primer lugar, quedamos atemorizados y preocupados. Una de las primeras emociones expresadas por la humanidad caída era el temor (Adán y Eva: nos escondimos porque tuvimos miedo)
Hoy, el temor es una emoción básica en nuestras relaciones y actividades. Alguien me dijo alguna vez: después de haber hablado con muchos pastores me he dado cuenta que una de las mayores motivaciones que tienen, es la del temor al fracaso. Simple: si el temor controla tu vida, entonces la fe no ejerce ningún control.
Otro resultado emocional del pecado es la vergüenza y la culpabilidad. Antes de que adán y Eva desobedecieran a Dios, estaban desnudos, pero no se avergonzaban. Dios los creó como seres sexuales. Sus órganos y actividad sexuales eran santos. Pero cuando pecaron, estaban avergonzados de estar desnudos y tuvieron que cubrirse. Muchas personas tapan sus seres interiores por el temor de que otros los vean como son en realidad.
La humanidad también quedó decaída y enojada después de la caída. Caín trajo su ofrenda a Dios, y por algún motivo, Dios no estaba contento. La Biblia dice que cuando Dios le manifestó su desagrado, el semblante de Caín decayó y que se enojó. Ahora bien: ¿Por qué estaba Caín decaído y enojado? Porque no había hecho lo bueno. Me parece estar escuchando a Dios que le dice: Si tan solo hicieras lo que es bueno, no te sentirías tan mal.
Estoy convencido que Dios estableció aquí un principio que hace eco a través de la Biblia: no hace uno lo bueno porque se siente bien, sino que uno se siente bien por hacer lo bueno. Existen muchas cosas que no queremos hacer, pero que de todos modos terminamos por hacerlas.
El pecado de Adán y Eva también afectó su voluntad. ¿Sabías tú que en el jardín del Edén podían tomar una sola decisión mala? Todo lo que hubieran querido hacer, estaba bien, con la excepción de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Tenían la posibilidad de tomar infinidad de decisiones buenas, pero sólo una mala. ¡¡Sólo una!!
Sin embargo, a fin de cuentas tomaron esa decisión mala. Como resultado, tú y yo nos vemos enfrentados diariamente con una infinidad de decisiones buenas y malas. Uno puede decidir caminar según la carne, o según el Espíritu. Tú y yo nos enfrentamos a un sinfín de decisiones como estas todos los días, y tarde o temprano tomamos unas decisiones equivocadas.
Otro de los efectos que, a largo plazo, produce el pecado, es que los atributos gloriosos del hombre antes de la caída, se convierten en necesidades urgentes después. Observo esta triste transición en tres áreas. Cada una de estas tres necesidades es continua a través de nuestras vidas.
1.- La Aceptación fue reemplazada con el rechazo, las que tenemos la necesidad de pertenecer. Aún antes de la caída, Adán había tenido necesidad de pertenecerle a alguien. Su necesidad de ser de Dios se cumplió con su compañerismo íntimo con él en el jardín. De todas las cosas buenas en el jardín, la única que no era buena, era que Adán estaba solo. Dios satisfizo esa necesidad al crear a Eva.
Desde que el pecado de Adán y Eva los alejó de Dios e introdujo conflictos en las relaciones humanas, hemos experimentado una profunda necesidad de pertenecer. Aún cuando las personas vienen a Cristo y cumplen sus necesidades de pertenecer a Dios, siguen teniendo la necesidad de pertenecer a otras personas.
Si una iglesia no provee oportunidades para el compañerismo legítimo entre sus miembros, estos lo buscarán en otra parte. Es más; los que se han dedicado a estudiar las tendencias de crecimiento en las iglesias, han descubierto que una iglesia le puede ofrecer a Cristo a las personas, pero si no les da también un amigo, después de unos meses se marcharán. Tremendo.
La unión espiritual de ese compañerismo, – Que se ha dado en llamar “koinonía” en el Nuevo Testamento, no es simplemente algo bonito que la iglesia debe proveer. Nunca nadie comprenderá el poder de las presiones sociales en nuestra cultura, hasta que se comprenda la necesidad legítima de pertenecer y el temor al rechazo que todos compartimos. Esa es la lectura habitual, humana y caso doctrinal que se realiza en las congregaciones.
2.- La inocencia se tornó en vergüenza y culpabilidad, así que tenemos la necesidad de restablecer un sentir de valor propio. Muchos terapeutas concuerdan que las personas de hoy en día sufren en general con un pobre sentir del valor propio.
El psicólogo secular responde al tratar de acariciar el ego humano y animarnos a mejorar nuestras vidas. No me preocupa el diagnóstico; una mala imagen propia ha sido un problema humano desde la caída.
No estoy de acuerdo con esa salida: acariciarle el ego a alguien no soluciona el problema que existe en su interior. Una bella joven no levanta cabeza porque le digan que es hermosa; levanta cabeza cuando sus cosas le funcionan.
El valor propio no es un asunto de las habilidades, de los talentos, de la inteligencia o de la hermosura. El valor propio es un asunto neto de identidad o de falta de ella. Tu sentir de valor personal vendrá del conocimiento de quien eres: un hijo de Dios.
3.- La autoridad se reemplazó por debilidad e impotencia, así que necesitamos fuerza y autocontrol. Probablemente has visto a las personas intentando cumplir la necesidad de controlarse a sí mismas y a otros en muchas maneras distintas.
Los que son suficientemente grandes, simplemente abusan de los demás. Otros controlan su medio ambiente protestando constantemente. Otros se compran unos enormes vehículos muy costosos y andan como si fueran los dueños del planeta.
Todos estos trucos para ejercer control y poder son intentos de comprobar que uno es dueño de su destino. Puede ser que quiera sentir que está en control de la situación, pero en realidad no lo está. Uno nunca será el dueño de su destino. El alma humana no fue diseñada para funcionar como dueña de sí misma. O se dispone a servir al verdadero Dios o servirá al dios de este mundo. Será uno o será el otro. No hay ambigüedad posible.
Nuestro comportamiento pecaminoso es un intento equivocado de satisfacer estas necesidades básicas. En realidad lo que enfrentamos es esto: ¿Vas a permitir tú que el mundo llene sus necesidades, con la carne y el diablo; o vas a permitir que Dios satisfaga todas tus necesidades conforme a las riquezas en Cristo Jesús?
Es un asunto de identidad y madurez. Mientras más comprendas tu identidad en Cristo, más podrás crecer hacia la madurez. Y mientras más maduro seas, más fácil te será tomar las decisiones correctas en cuanto a esta pregunta.
Hay una manera de escapar de este dilema que nace en lo que hemos perdido en la caída. El primer Adán fracasado, fue seguido por el postrer Adán con éxito eminente, Jesucristo. Él ha ganado para nosotros la identidad que se había perdido cuando fuimos expulsados del jardín.
Su triunfo y lo que éste ha ganado para nosotros, tiene que ser el epicentro de nuestras vidas. Pase lo que pase. ¿Quién eres tú? Absolutamente nadie. Pero en Cristo todo lo puedo y soy más, pero mucho más que vencedor. Ese eres tú. O, al menos, deberías serlo.