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Sólo las Cosas Imposibles

Quiero que leamos dos versículos. En Lucas 18:27 dice: El les dijo: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. En 2 Corintios 12:9 dice: “Y me ha dicho: Bástate Mi gracia; porque Mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.

En Lucas 18:27 el Señor Jesús dijo que lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Nosotros sabemos en qué ocasión el Señor dijo esto. Un joven rico había venido a Él y le había preguntado: ¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna?

Debido a que le preguntó, qué tenía que hacer, el Señor le contestó: Los mandamientos sabes: No adulteres; no mates; no hurtes; no digas falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre. El Señor le hizo una lista de cinco cosas. Le dijo al joven rico, que para heredar la vida eterna, la vida increada de Dios, por medio de las obras, debía cumplir estas cosas.

Esto tiene que ver con lo que uno debe hacer y con lo que no debe hacer. El joven rico pensaba que si heredar la vida eterna era sólo cuestión de dejar de hacer ciertas cosas y de cumplir otras, él podría lograrlo. De hecho, él dijo haber guardado todos estos mandamientos desde su juventud; entonces el Señor le dijo: Aún te falta una cosa.

En esta ocasión no tenemos tiempo para profundizar en este pasaje. Sólo extraeré de él un principio. Cuando el joven le preguntó al Señor qué debía hacer para heredar la vida eterna, el Señor sólo le mencionó cinco cosas. ¿Por qué el Señor no le dijo las seis cosas? ¿Por qué no le dijo todas las condiciones de una vez? ¿Por qué después de estas cinco cosas le dijo: Aún te falta una cosa?

La única razón era demostrarle que él no podía lograrlo. La vida eterna es un regalo de Dios, es Su gracia, y el hombre no puede obtenerla por medio de ningún tipo de obra. El Señor primero le habló al joven rico de cinco cosas y después añadió: Aún te falta una cosa, porque deseaba que el joven supiese que no podría heredar la vida eterna por obras; es imposible obtener vida eterna por las obras.

Pero el joven rico ignoraba esto. El seguía declarando que podía lograrlo. Desde su juventud había guardado los mandamientos de no adulterar, no matar, no hurtar, no decir falso testimonio y honrar padre y madre. Por lo tanto, el Señor añadió una cosa más: Aún te falta una cosa. El Señor sabía que había una cosa que no podía hacer. El Señor conocía bien a este joven y sabía que había una cosa que no podía vencer.

En la actualidad el Señor hace lo mismo entre nosotros en relación con la vida vencedora; El aplica hoy el mismo principio. Quizás algunos hermanos o hermanas digan que no son tan orgullosos ni tan envidiosos ni tan obstinados como otros. Quizá piensen que son mejores que otros en muchos aspectos, mas Dios sabe que hay algo en cada uno de nosotros que no podemos vencer.

Dios permite que esto permanezca en nosotros, a fin de demostrarnos que esto es imposible para el hombre. Mientras no cometamos adulterio, ni robemos, ni matemos, ni digamos falso testimonio, y mientras honremos a nuestros padres, creemos que podemos hacerlo todo. Si otros nos preguntasen si hemos vencido, podríamos decirles que hemos vencido en este o en aquel asunto.

 Podemos pensar que todo está bien. Pero la pregunta hoy no es cuántas cosas ya hemos vencido, sino si existe alguna que no hayamos vencido. Dios permite que algo permanezca en nosotros para mostrarnos que todavía hay alguna cosa que no podemos hacer.

Vimos que según la evaluación que Dios ha hecho de nosotros, sólo merecemos ser crucificados. Dios entiende cabalmente que no podemos vencer el pecado y que nunca podemos hacer el bien. Pero aunque Dios dice que somos inútiles, seguimos pensando que somos útiles en alguna forma.

Dios nos conoce muy bien, pero nosotros no nos conocemos a nosotros mismos. No importa cuán buenos digamos ser, Dios dirá que aún nos falta una cosa. El mal carácter persigue a algunos permanentemente. La terquedad siempre sigue a otros.

 Quizás algunos no sean orgullosos ni envidiosos, pero su obstinación nunca los abandona. Todavía les falta una cosa. Siempre habrá alguna cosa que no podamos vencer. No tenemos el poder para vencer ese pecado. Quizás otras personas no sean orgullosas, celosas ni contumaces y tampoco se enojen fácilmente, pero se encuentran llenos de sus propias palabras; no pueden vivir sin estar hablando continuamente.

Pueden gloriarse de no haber cometido este o aquel pecado, pero el Señor aún les dirá que les falta una cosa. Algunos son incapaces de soltar su dinero, aunque nunca llegan a cometer un pecado grave. Sin embargo, su pecado es la avaricia; es una mancha que permanece en ellos.

Dios dice que todavía les falta una cosa. Aún queda algo porque Dios quiere demostrarnos que no podemos vencer. Tal vez deseemos llevar una vida perfecta, pero queda una cosa que da testimonio de que no la hemos alcanzado. Esta es la primera condición: admitir que aún nos falta una cosa. Para algunos es el orgullo, para otros puede ser la envidia, la locuacidad o los pensamientos impuros. Quizás otros tengan más de una cosa.

Las palabras del Señor indican que al hombre le es imposible conseguir la salvación, recibir la vida, obtener la victoria y la vida abundante. Sin embargo, el joven no creyó en su incapacidad. Su respuesta fue bastante osada: Todo esto lo he guardado desde mi juventud.

¡Cuán presuntuosa fue su respuesta! ¡Cuánta confianza en sí mismo se nota en estas palabras! El creyó tenerlo todo. Pero el Señor le dijo que aún le faltaba una cosa. Quizás un hombre diga que no tiene orgullo ni envidia ni obstinación ni locuacidad ni algún otro de los pecados ya mencionados; pero aún le falta una cosa. Si se fuese a casa y meditase un poco, podría ver que aún le falta una cosa.

Dios ha concluido que nosotros nunca lograremos nada. El ya determinó que somos incapaces. Él ha discernido y ha visto que no podemos obtener nada. Ya lo dijo. El asunto ahora radica en cómo responderemos nosotros. ¿Por qué permite Dios que caigamos tan frecuentemente después de haber sido salvos? ¿Por qué hemos estado fracasando constantemente desde el día en que fuimos salvos hasta ahora?

Muchos hermanos confiesan con lágrimas que no pueden vencer este pecado o aquél. No crean que no comprendemos sus frustraciones; sabemos que algún pecado les ha venido molestando, pero damos gracias al Señor y lo alabamos porque no pueden superarlo.

Tú te has rendido; has reconocido tu derrota; Dios te ha mostrado que no puedes vencer. Él no tiene necesidad de mostrarte muchos pecados. Solamente te deja ver uno solo, y éste será suficiente para demostrarte que no puedes vencer.

Quizás una hermana haya vencido toda clase de pecados, mas no consigue vencer el pecado de la mentira. Miente en el instante en que abre su boca. Cuando habla, salen mentiras de su boca. Ella reconoce que éste es un pecado que no logra vencer.

Otra hermana quizás no pueda vencer su mal carácter. Ella se enoja en el minuto en que es provocada. Inmediatamente después de enojarse confiesa su pecado; pero inmediatamente le vuelve el mal carácter. Cada vez que pierde la paciencia, sabe que tiene que confesar su pecado; habiendo acabado de hacer su enojo, éste vuelve a explotar. Esto la perturba mucho, pero no encuentra otra cosa qué hacer. Ella continúa perdiendo la paciencia una y otra vez.

Tal vez un hermano haya logrado vencer muchos pecados, pero no logra vencer el pecado de fumar. Aunque es un buen hermano, no puede vencer este pecado. Otra hermana quizás venza toda clase de pecados, pero no logra vencer el pecado de comer constantemente y a deshora.

¿Por qué los cristianos tienen experiencias diferentes? Dios permite que estas cosas permanezcan en nosotros para probarnos que nada podemos hacer. Pero a pesar de que Dios dice que nada podemos lograr, nosotros seguimos insistiendo en tratar de lograr algo. A pesar de que Dios dice que no tenemos esperanza, nosotros seguimos pensando que tenemos esperanza.

Necesitamos ver que todas nuestras decepciones y fracasos, y todas nuestras penosas derrotas son usadas por Dios para mostrarnos que no podemos. Es así como Dios nos pregunta si ya nos dimos cuenta de que hemos fracasado lo suficiente.

Él nos demuestra de este modo que jamás lograremos vencer. El permite que fracasemos una, dos, diez veces y aun veinte veces, para que veamos que no podemos hacer nada. El permite que constantemente fracasemos a fin de mostrarnos nuestra incapacidad.

 Él nos permite tener estas experiencias para que reconozcamos delante de Él que no podemos vencer. El primer paso para obtener liberación es reconocer que no podemos lograrlo. Para que una persona pueda ser salva, debe primero reconocer su incapacidad.

De la misma manera, para poder vencer, también debe reconocer su incapacidad. Una vez que lleguemos a este punto, Dios podrá comenzar a obrar. Desafortunadamente, el joven rico que se acercó a Jesús, se fue desilusionado. Es una lástima que se hubiese alejado triste a pesar de haber visto su incapacidad.

¿Por qué dio Dios la ley al hombre? No necesitamos examinar todas las leyes que Dios ha dado en estos cuatro mil años. Sólo necesitamos observar los diez mandamientos que Dios dio a los israelitas en el monte Sinaí. ¿Cuál fue el propósito de estos mandamientos?

Dios les dio los diez mandamientos a los israelitas, no para que los guardaran, sino para que los quebrantaran. ¿Qué significa esto? Dios sabe que el hombre no puede guardar la ley y también conoce que todos somos pecadores. Sin embargo, el hombre se niega a aceptar el juicio de Dios.

Sólo cuando una persona fracase después de intentar cumplir la ley, reconocerá que es pecadora. El libro de Romanos nos dice que Dios dio la ley al hombre para que éste la quebrantara, no para que la guardara. Cuando el hombre llega a comprender que no puede guardar la ley, viene a ser subyugado y se humilla. Dios invirtió cuatro mil años en ayudar al hombre a ver que no puede lograr nada. Después envió a Cristo para que el hombre lo recibiera y fuera salvo por El.

En estos últimos dos mil años, muchos pecadores han sido salvos. Fuimos salvos a pesar de que éramos pecadores. Esto debería ser suficiente para habernos humillado; pero no sé si esto ha mejorado en algo su mal carácter o su orgullo. Es posible que haya habido algo que llamemos mejora, pero en realidad es represión.

Anteriormente su mal humor se manifestaba externamente; ahora queda reprimido adentro. Antes, nuestro orgullo se manifestaba exteriormente; ahora lo reprimimos. Pero cuando la represión llegue a cierto punto, no podremos reprimirnos más, y todo quedará fuera de control. Dios nos muestra que no podemos lograr nada. Nos dice que nadie puede poner fin a sus pecados. Mientras haya alguna cosa que el hombre no pueda hacer, su incapacidad quedará de manifiesto.

Somos inútiles. Para poder recibir liberación de parte de Dios, lo primero que debemos hacer es reconocer que no podemos hacer nada y no intentar nada. Tenemos que decirle a Dios: Dios, me rindo ante Ti Estoy acabado. Ya no lucharé”. Esto es lo que significa rendirnos.

La primera condición para obtener liberación es decir: “No puedo lograr nada. No trataré de luchar más, ni seguiré peleando. Antes yo había tratado de dejar mi orgullo un poco, mas ahora Señor, no tengo intención de cambiarme a mí mismo.

Anteriormente procuré cambiar un poco mi mal carácter; pero Señor, ya dejaré de intentarlo. Creí haber corregido mi lengua, pero ya no lo seguiré intentando. No puedo hacer nada. No trataré de cambiarme a mí mismo. Me doy por vencido”.

¿Qué sucede cuando vemos que el Señor murió en la cruz por nosotros? ¿Qué sucede cuando creemos? Inmediatamente dejamos de tratar de hacer el bien. Somos salvos tan pronto creemos. Igualmente cuando vemos que el Señor nos ha llevado a la cruz, y nos ha crucificado allí, cesamos de luchar y no tratamos de mejorar.

Una vez que creemos que el Señor está en nosotros y que vence en nuestro lugar, detenemos nuestras obras y permitimos que Dios nos rescate. Decimos: “Señor, nunca mejoraré y tampoco tengo la intención de intentarlo. No haré nada de hoy en adelante. No tomaré el control ni me preocuparé por nada. Soltaré todo a partir de hoy, y los problemas ya no serán míos”. Esto es lo que significa rendirnos. Esto es lo que significa soltar.

Algunos han dicho que soltar es muy difícil. Al llegar la tentación deben sostener una pelea, y al comenzar a enojarse, piensan que deben luchar. Una vez que se proponen hacer algo y fracasan, piensan que sólo tienen que tomar una decisión más firme la próxima vez.

Sin embargo, otra determinación traerá otra derrota, y una nueva promesa sólo traerá consigo otra promesa quebrantada. Cuantas más determinaciones tomemos, más fracasaremos. Si la primera decisión no fue lo suficientemente firme, aunque la segunda lo sea más, tampoco traerá resultados.

Romanos 7 describe esto muy detalladamente: Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo (v. 18). Ninguna promesa que hagamos sirve para nada, porque no hemos soltado. Aún seguimos administrando nuestros propios asuntos; no podemos decir que fuimos crucificados juntamente con Cristo ni que ya no vivimos nosotros. Soltar significa morir, renunciar; significa abandonar todo esfuerzo por tomar control y olvidarnos del asunto. Cuando ya no seamos capaces, Dios podrá obrar. Por tanto, la primera condición es soltar los asuntos.

Esto es lo que significa soltar y rendirnos. Esto es lo que significa estar crucificados con Cristo. Debemos decirle al Señor: “No renuncio porque sea capaz; renuncio porque no puedo tolerar más esto. No soy capaz de hacer nada; no logro manejar las cosas. Es por esto que tengo que renunciar.

Mi mal carácter persiste; mi orgullo aún está presente; mi obstinación y mi envidia todavía están conmigo. No puedo hacer nada al respecto. Lo único que me resta por hacer es rendirme y renunciar. Sólo puedo decir que en lo sucesivo todo queda en Tus manos”.

Sin embargo, cuando aparezcan “posibles compradores”, no debemos alarmarnos. Hay muchos “compradores” que vienen cada día a ofrecernos sus productos. Lo único que debemos hacer es dejar todo en las manos del Señor. No debemos preocuparnos ni tratar de hacer nada. Esto es lo que significa vencer; esto es lo que significa rendirse.

¿Sabe lo que es la tentación? Un hermano una vez dijo que siempre era tentado a airarse; otro hermano decía que era tentado a ser obstinado; otro decía que era tentado continuamente por pensamientos impuros, y otro se quejaba de que era tentado por su lengua precipitada.

Parece que existieran mil clases de tentaciones para mil diferentes clases de personas. Pero en realidad sólo existe una única tentación en el mundo. Creemos que las tentaciones nos conducen al mal carácter, al orgullo, a la avaricia o al adulterio.

Pero para Satanás sólo hay una tentación: la tentación de incitarnos a hacer algo. Satanás no trata de inducirnos a perder la paciencia ni a que seamos orgullosos, avaros ni adúlteros. Él nos tienta a que nos movamos. Si él logra movernos, prevalecerá sobre nosotros. No importa cómo nos movamos.

Si él logra iniciar en nosotros algún movimiento, ya hemos fracasado. En el momento en que nos movamos, él podrá ganar la victoria sobre nuestra oración y sobre nuestra lectura de la Palabra. Quisiera poder decirles esto con lágrimas en mis ojos. No debemos movernos.

Tan pronto como nos movamos, seremos derrotados. Podemos luchar contra Satanás y podemos pelear contra él y resistirlo; pero en el momento en que nos movamos, él habrá obtenido total victoria. Debemos entender que la clave de nuestra victoria es permanecer firmes, no tomar el control. Una vez que tratemos de manejar la situación, fracasaremos. Dios desea hacernos a un lado para permitir que Su Hijo venza por nosotros.

Gálatas 5:17 dice: Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí; para que no hagáis lo que quisiereis. Este versículo no dice que nosotros nos oponemos a nuestros deseos ni que nuestros deseos se oponen a nosotros, sino que el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne.

Nosotros no desempeñamos aquí ningún papel. Estos dos partidos se oponen el uno al otro. ¿Qué significa esto? Un hermano se lamentaba una vez porque sus únicos deseos eran el pecado y la impureza; no podía evitarlo. Pero en realidad es la carne la que lucha contra el Espíritu, y el Espíritu el que se opone a la carne. Nosotros no tenemos parte en esta batalla. Es así como Dios nos libra. Si nos hacemos a un lado y dejamos que el Espíritu luche contra nuestros deseos, y los deseos contra el Espíritu, experimentaremos liberación.

Cuando somos tentados y decimos: “Señor, sálvame, aquí viene otra vez más la tentación”. El diablo entrará aún antes de abrir la puerta. Tenemos que dejar que el Señor se haga cargo por completo del asunto. Cuanto más oremos, más desesperados estaremos; y cuanto más repitamos nuestra oración, más difícil se nos hará soltar el asunto.

Un hermano dijo una vez que cuando Pedro se hundía en el agua, solamente clamó: “¡Señor, sálvame!”. Soltar es orar usando una frase corta. Si uno continúa diciendo “Señor, sálvame…” cinco o diez veces, ya habrá sido derrotado. A esta clase de oración la llamo, la oración del ahorcado.

Esto es como una persona que sigue tratando de ahorcarse una segunda y aún una tercera vez después de fracasar en el primer intento. Cuando una persona ora repetidas veces así, demuestra que aún no lo ha soltado todo. Trata de echar mano de la victoria con sus oraciones; trata de vencer con sus propias fuerzas.

El resultado será invariablemente el fracaso. Si deja de orar tanto, todavía tendrá la posibilidad de vencer. Recuerden que Satanás trata de hacer que nos movamos. Mientras nos movamos, inclusive en nuestra oración, él obtendrá lo que quiere.

Suponte que tú pierdes la paciencia cada vez que te provocan. ¿Qué harías hoy? ¿Qué harías si alguien continuara provocándote con sus palabras y la provocación se volviera cada vez peor? “Señor, no tomaré el control de este asunto; mi mal carácter ya no es responsabilidad mía; la victoria es Tu responsabilidad.

No puedo controlar mi mal carácter. Señor, Tú debes hacerte cargo de esto”. Si puedes decir esto, en verdad habrás soltado el asunto. El Señor tomará el control, y tú manifestarás la paciencia de Él. Podrás darle gracias y alabarlo, diciendo: “Señor, ya no quiero responsabilizarme de esto”.

Pero si piensas que no puedes soportar más la provocación, y oras: “Señor, líbrame porque estoy a punto de perder la paciencia”. Quince minutos te parecerán quince horas. Aunque tal vez no te llegues a enojar exteriormente, estarás ardiendo por dentro. Esto no es victoria. Satanás no necesita que tú pierdas la paciencia de modo exagerado. Todo lo que tienes que hacer es moverte un poco, y él obtendrá la victoria.

Vencer significa no moverse. Vencer es no hacer caso de la situación y darle la espalda. Si no te mueves, haces la situación a un lado y te alejas, estarás soltando el asunto. La victoria no tiene nada que ver contigo. Tú ya estás muerto; es Cristo quien vence por ti. La victoria significa que tú mueres y Cristo vive.

Esta no siempre es la manera en que muchas personas le entregan sus asuntos al Señor. Por un lado, dicen haber entregado todo a Dios; pero por otro, están intranquilos en su corazón; siguen mirando atrás. Mientras tú tomes el control, Él no lo tomará, sino que te lo dejará a ti.

Si dejas de tomar el control, entonces Él lo hará y asumirá toda la responsabilidad. Si deseas seguir tomando el control, será asunto tuyo reprimir tu mal carácter y tendrás que hacerlo todo por tu cuenta. ¿Qué significa rendirse? Significa dejar el dinero en el suelo, dar la espalda y marcharse.

Sólo necesitas decirle al Señor: “Señor, te entrego todo a Ti De ahora en adelante no me importa si soy malo o bueno”. Una vez que te entregues a Dios de esta manera, Dios tomará lo que tú le hayas entregado. Todo lo que debemos hacer es entregarle al Señor lo que tenemos.

Primero tenemos que abandonar las cosas para que Dios recoja lo que ya abandonamos. Sin embargo, siempre esperamos que Dios recoja antes de que nosotros soltemos el asunto. Pero Dios desea que nosotros soltemos el asunto antes de recogerlo El.

En el caso de Dios, o Él toma todo o no toma nada. El nunca tomará la mitad, dejando la otra mitad a nuestro cargo. Nosotros tenemos que renunciar el día treinta y uno, y Dios asumirá el cargo en el día primero. Si tratamos de renunciar gradualmente, Dios nunca tomará el control.

Uno de nuestros mayores pecados es tener un corazón incrédulo. Tratamos de controlarnos y reprimirnos todos los días. Somos nosotros los que nos controlamos y nos reprimimos. Nos preocupa qué sucedería si no nos reprimiéramos o si dejáramos de tomar el control. Al predicarle el evangelio a un incrédulo, le decimos que ya no tiene que preocuparse de nada, porque Cristo murió por él, y que sólo necesita creer, y recibirlo todo.

De la misma forma, fuimos crucificados con Cristo, y Él ahora vive en nosotros. Damos gracias a Dios y lo alabamos porque Cristo es nuestra Cabeza y nosotros somos Sus miembros. Cristo es la vid y nosotros Sus pámpanos. Él es nuestra vida y nuestro todo. Una vez que seamos quitados de en medio; una vez nos rindamos, renunciemos y nos hagamos a un lado, Cristo comenzará a tomar el control.

Si un incrédulo trata de ponerse fin a sí mismo, el diablo vendrá a morar en él. Dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí” (Mateo 12:44, 45). Para los creyentes es como el caso de dos familias bajo un mismo techo.

Cuando una de ellas se mude, la otra seguirá allí. Si un hombre no es salvo, no será victorioso aunque desista de todas sus obras. Pero si es salvo, el Señor le concederá plena victoria tan pronto cese de sus obras. Una vez que el yo sale, viene la victoria. Una vez que nos mudemos, venceremos. Renunciar y soltar significa deshacernos de nosotros mismos y mudarnos a otro lugar. Esto es lo que significa rendirse incondicionalmente.

No es necesario que hagas nada. Ni siquiera es necesario que sueltes o creas. Si puedes pronunciar una alabanza, entonces hazlo; y si no puedes, no hay necesidad de que lo intentes. Si puedes venir delante del Señor, entonces hazlo. Ven delante de Él, no importa si estás vivo o muerto. Esto es todo lo que necesitas hacer. Esto es lo que significa soltar”.

Hermanos, somos demasiado complicados. Dios dice que no tenemos que hacer nada, pero aún queremos seguir haciendo muchas cosas. Muchos hermanos y hermanas dicen haberlo soltado todo, pero han convertido esta acción en una especie de trabajo. Luchan constantemente entre soltar y no soltar. Así que siguen ejerciendo su propia fuerza. Soltar las cosas significa que uno ya venció. Esto es la victoria.

En 2 Corintios 12:9 dice: Y me ha dicho: Bástate Mi gracia; porque Mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo extienda tabernáculo sobre mí.

Esto nos muestra que no sólo debemos considerarnos débiles, impotentes e incapaces, sino que también debemos regocijarnos en nuestra debilidad, impotencia e incapacidad. ¿Dice acaso este versículo que debemos lamentarnos por nuestras  debilidades?

No. Dice que debemos regocijarnos por nuestras debilidades y que además debemos gloriarnos en ellas. ¿Qué significa gloriarnos en nuestras debilidades? Todo el mundo se lamenta por sus debilidades, pero los vencedores se glorían en ellas porque tienen fe. ¿Creen ustedes que tienen problemas? ¿Les parece que tienen fracasos? Necesitan ver que sus problemas y fracasos son una bendición; el fin de ellos es ayudarlo a vencer.

Hermanos y hermanas, no crean que ustedes pueden cambiar. Dentro de cinco años todavía seguirán perdiendo la paciencia. La victoria radica en que Cristo vive por ustedes. Ustedes pueden declarar: “Te doy gracias Señor y te alabo porque no puedo lograrlo, pero Cristo sí”.

Desearía decirle esto a todo el mundo. No le tengo miedo al mal carácter; no me amedrenta una personalidad fuerte; tampoco le temo al orgullo desmedido. Sólo temo a aquellos que no ven su propia incapacidad, y que no ven que Cristo es capaz.

Es bueno que ustedes alaben a Dios por su victoria; pero también deben alabarlo por sus debilidades. Sus debilidades tienen la función principal de manifestar el poder de Cristo. Doy gracias a Dios de que (Y aquí menciona tu nombre y apellido) es totalmente corrupto.

Le doy gracias a Cristo porque Su poder puede una vez más ser perfeccionado en mí. Le digo al Señor que no hay nada bueno en mí y que no tengo ni santidad, ni paciencia ni calma. Doy gracias al Señor y le alabo porque no tengo ninguna de estas cosas y porque tampoco me esfuerzo por tenerlas. “Oh Señor, desde ahora te lo entrego todo. Desde ahora es Tu Hijo el que vencerá por mí”. Si tú haces esto, inmediatamente vencerás. Tú puedes vencer en menos de un minuto; es más, en menos de un segundo.

Lucas 18 nos muestra un joven rico que no pudo vencer; mientras que Lucas 19 nos muestra a Zaqueo, quien logró la victoria. “He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado” (Verso 8).

El obtuvo la victoria en ese instante. Zaqueo logró hacer lo que el joven rico no pudo. Lucas 18 nos muestra que para el hombre es imposible, mientras que Lucas 19 nos muestra que para Dios todo es posible. El hombre de edad avanzada de Lucas 19 pudo hacer lo que el joven de Lucas 18 no pudo.

En Lucas 18 el joven no pudo hacer lo que el Señor le dijo que hiciera. En Lucas 19 el Señor no tuvo que decirle mucho al hombre viejo, y aun así, éste creyó. El joven rico no pudo lograr nada, porque no creyó en Dios. El viejo y toda su casa eran hijos de Abraham; ellos tenían fe, y la salvación llegó a aquella casa. Esta fue obra de Dios.

Tenemos que agradecer y alabar al Señor pues no podemos amar ni perseverar ni humillarnos ni ser mansos. Pero no hay ni un solo versículo en la Biblia ni una sola palabra de Dios que diga que debemos llevar una vida que nosotros podemos vivir, ni que debamos hacer lo que nosotros podemos hacer.

Dios siempre nos pide que hagamos lo que no podemos hacer y nos pide que llevemos una vida que nosotros no podemos vivir. Cada mañana al despertarme, doy gracias a Dios porque es un día más que Él tiene para realizar Sus milagros. En la noche vuelvo a darle gracias y lo alabo de nuevo por los milagros que hizo ese día.

Hoy Dios me está capacitando para soportar lo que yo no puedo; para amar lo yo no puedo amar; para hacer lo que yo no puedo hacer, y para actuar de una forma que yo no puedo. Démosle gracias al Señor y alabémosle. Todos los días podemos experimentar las palabras: “Lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios”.

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mayo 10, 2018 Néstor Martínez