Tras analizar el duro y difícil transcurso de la historia de la Iglesia, y en la comunión de su Espíritu, Dios nos ha enseñado cómo el Espíritu Santo, a partir del amanecer espiritual de Martín Lutero y en los estertores de la Edad Media, ha ido mostrando en forma de ciclos de revelación y de conocimiento algo de la multiforme sabiduría de Dios, buscando encaminar a la Iglesia en un conocimiento cada vez más profundo de la persona de Jesucristo, así como de los planes de Dios para la redención de sus hijos. En este tiempo, ha empezado ya él que se estima como último de estos ciclos o moveres del Espíritu de Dios. Un mover de tan poderosa magnitud que será el que llevará a la Iglesia a su máxima expresión de Gloria. Un mover que desatará la lluvia tardía; un mover que será, sin duda, el que vestirá a la novia del Cordero de su resplandor de santidad y pureza.
Que la dejará engalanada de oro y piedras preciosas, que son las acciones justas de los santos procedentes del Trono de Dios. Un mover que levantará al victorioso ejército de Dios en tal potencia de la manifestación del Espíritu Santo que someterá a todos los enemigos de Jesucristo bajo el estrado de sus pies. Al estudiar la profecía bíblica, nos hemos percatado cada vez más de la extraordinaria importancia que tenían en las Escrituras los señalamientos de ciertos tiempos precisos de la historia, así como los acontecimientos. Estos dos puntos determinaban el cumplimiento profético de la Palabra de Dios. Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman, dice 1 Corintios 2.9
Veremos el mover de restauración más grande de la historia, porque escrito está que Jesucristo será enviado como fue antes anunciado y del cual se dice: En el tiempo escogido por Dios, que antecederá la venida de nuestro Señor Jesucristo en todo su poder y su gloria. Este es, sin duda, un tiempo de manifestación y de demostración; un tiempo de cumplimiento; un tiempo de revelación; un tiempo en el que ya estamos viendo cosas que muchas generaciones pasadas quisieron ver, pero Dios nos las concedió a nosotros, de alguna manera, la generación escogida. Restauración significa volver a establecer el reinado, el trono y la autoridad suprema y absoluta de Dios, como lo era en un principio sobre todas las cosas creadas.
A quien es necesario que el cielo reciba y retenga hasta el tiempo de la completa restauración de todas las cosas que Dios habló por boca de sus santos profetas que han sido desde el tiempo antiguo. Debemos estar plenamente conscientes de los tiempos que estamos viviendo y cuál es el entorno profético predicho para los sucesos terrenales y espirituales. Son hechos que nos indica la Biblia desde la antigüedad, lo que nos permitirá movernos en el centro de la voluntad de Dios en nuestra generación. Jesús hablaba enseñando y les decía lo que Lucas muestra en el capítulo 12:54-56: Cuando veis la nube que sale del poniente, luego decís: Agua viene; y así sucede. Y cuando sopla el viento del sur, decís: Hará calor; y lo hace. ¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo y de la tierra; ¿y cómo no distinguís este tiempo?
El Espíritu de Dios movió al profeta Daniel a escudriñar la profecía dada a Jeremías, la cual poseía en una carta personal. El estudio de aquella misiva le reveló que los 70 años predichos por su gran maestro habían concluido; que el cautiverio babilónico había llegado a su fin y había llegado la hora del regreso a la añorada Jerusalén. Con solo saberlo, Daniel entró en un profundo ayuno y una oración de intercesión tan poderosa que produjeron la liberación de su pueblo por medio del cumplimiento profético. ¡Daniel había logrado entender su tiempo! Dios, en nuestros días, está despertando el espíritu de miles de personas para depositar en ellos la revelación de sus planes y estrategias; gente ungida por Dios para entender los tiempos que estamos viviendo y para desatar sobre ellos su manto profético. Y hablo de gente ungida, no de gente conocida. Puede serlo o no.
Amos 3.17 dice: Porque no hará nada Jehová el Señor sin que revele su secreto a sus siervos los profetas. De la misma forma que fueron despertados los espíritus de Ciro, Rey de Persia, de Esdras, de Nehemías y de Zorobabel para reconstruir los muros y el templo de Jerusalén, Dios está tocando una trompeta tan clara y cristalina que los oídos de sus escogidos están siendo abiertos para escuchar con precisión la voz del Altísimo, y saber distinguirla de la voz devastadora y derrotista del enemigo. Una unción profética, junto a.…- Una unción de discernimiento espiritual, – Una unción de sabiduría, y… – una poderosa unción de guerra espiritual……¡Están siendo desatadas sobre la iglesia de Cristo Jesús! Es un tiempo de sacudida en el cual, como dice en la carta a los Hebreos 12:26-27:
La voz del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido, diciendo: Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también los cielos serán conmovidos. Y esta frase: aún una vez más, indica la remoción final y la transformación de todo lo que pueda ser sacudido, que es todo lo que ha sido citado, para que, en esa forma, permanezcan y perduren todas las cosas inconmovibles, que no pueden ser sacudidas.» que se alegran con mi gloria. Estruendo de multitud en los montes, como de mucho pueblo; estruendo de ruido de reinos, de naciones reunidas; ¡Jehová de los ejércitos pasa revista a las tropas para la batalla!
¡Iglesia, es tiempo de guerra, es tiempo de victoria! Es, por tanto, un tiempo de profundo estado de alerta y cimentación espiritual. Pues todo lo que pueda ser removido -los falsos cimientos donde el mundo basa su confianza, la gloria del hombre, las fortalezas de pecado, los reinos y las estructuras mundiales, el Diablo y su reino- todo ello será removido para la instauración de las dos únicas cosas estables, inconmovibles y perfectas, las cuales son: el Reino de Dios, y la Palabra que ha salido de la boca de Dios, de la cual está escrito en Mateo 24:35: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Es un tiempo sobre el cual el Señor profetizó lo que vemos en Lucas 21, diciendo: Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas … Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del hijo del hombre.
Dios está levantando al pueblo para que esté alerta, a fin de desatar sobre ellos un espíritu de militancia espiritual, para demoler en los cielos las fortalezas de Satanás. En estos postreros tiempos habrá terremoto tras terremoto, porque hay ya un ejército que crece de día en día, un ejército investido de poder y del conocimiento de Dios, lo cual está sacudiendo, removiendo y demoliendo los cimientos infernales en las regiones celestes. Dios ha hablado por Isaías23:2-3: Levantad bandera, sobre un alto monte; alzad la voz a ellos, alzad la mano, para que entren por puertas de príncipes ¡yo mandé a mis consagrados, asimismo llamé a mis valientes para mi ira, a los que se alegran con mi gloria! Romanos 1:21-22: Pues habiendo conocido y aceptado a Dios no le honraron ni glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias. Sino que se envanecieron y quitaron a Dios en sus razonamientos (con vanas imaginaciones, razonamientos tontos y especulaciones estúpidas) y sus insensibles corazones fueron entenebrecidos. Proclamando ser sabios se hicieron fatuos; profesando ser listos se convirtieron en necios.
Este es un tiempo de intensa actividad divina, ya que estamos penetrando una era de confrontación, de enfrentamiento definitivo entre el Reino de Dios y el reino de las tinieblas. Estamos delante de la manifestación más gloriosa del poder de Dios sobre su Iglesia; delante de la investidura todopoderosa del manto de la gloria de Dios, con el cual revestirá a su desposada. Simultáneamente, viene el más violento, agresivo y devastador ataque del enemigo que jamás haya sufrido el Cuerpo de Cristo. Es un ataque en el que Satanás está desplegando sus huestes en su mayor esfuerzo estratégico, como el más hábil estratega de la destrucción del hombre. Espíritus de depresión, de desánimo, miedo, intimidación, brujería, hechicería, división, insidia y calumnia están siendo lanzados para derribar a quienes andan con la verdad revelada y desintegrar a las iglesias genuinas. Babilonia ni enterada de esto, obviamente.
Seamos honestos. Nunca antes se había visto la abdicación de tantos siervos fieles en las congregaciones, la ruptura de tantas familias y la apostasía de tantos creyentes. ¿Qué está sucediendo? Lo que la Biblia ya nos había profetizado: que estos postreros tiempos están caracterizados por la apostasía, ya que, habiéndose multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Hay un clamor en los cielos que nos está gritando en angustiosa advertencia: «¡Ya se está acabando el tiempo! Aun hasta los escogidos, si pudieran ser engañados, lo serán, y si los tiempos no fueren acortados, nadie podría ser salvo. He visto iglesias enteras devastadas por poderes demoníacos, porque no supieron ponerse en estado de alerta, ya que no había atalayas en los muros.
Porque, como una infección progresiva y mortal, la indolencia, la permisividad, el pecado, el chisme y la contienda penetraron por las puertas de la iglesia y nadie tuvo el valor de hablar firmemente en contra de ello. Hay países enteros, otrora líderes en movimientos de fe, que ahora están prácticamente desaparecidos. Sus abominaciones y su idolatría claman por la justicia de la diestra divina; muchas lágrimas y mucha tristeza se producen cada día. Pero no son todos, hay sectores que están bajo la consideración de Dios para bien y no para mal, porque sé que ahí vive pueblo suyo, un remanente pequeño de hijos que aman y viven y sufren por Su nombre. Hemos entrado al más poderoso mover del Espíritu de Dios, al último ciclo profético de la historia, y Satanás está llenando los corazones de pasividad, conformismo, pereza, dejándose llevar por los deseos de lujuria en los placeres de este mundo. Como está escrito:
El pueblo de Dios esta dormido; mientras el corazón de Dios está llorando. Y que se sepa que ya lo ha dicho y no cambiará sus tiempos, ni aun por el intenso dolor de ver a tanta y tanta gente dormida. La trompeta está sonando sobre toda la tierra. ¡El Señor viene súbitamente a su templo no hecho por mano de hombre! En este gran mover del Espíritu de Dios, vemos el desplegar más vasto sobre toda la faz de la tierra el manto profético de Dios sobre sus siervos. Él está levantando profetas, hombres y mujeres en los que ha puesto su visión con un profundo espíritu de intercesión y de guerra, y una sensibilidad sobrenatural para escuchar su voz. Y, esencialmente, un rechazo y hasta repugnancia por lo religioso y vacío.
Son atalayas que velan en el Espíritu día y noche sobre los muros de la Iglesia. Cuando hablamos de manto profético nos referimos a la unción y a la autoridad con la que el Espíritu Santo reviste a personas escogidas, para ir revelando y manifestando las profundidades y el conocimiento de Cristo, bajo el perfecto orden de la estructura divina. Nada que ver con ordenamientos humanos ni credenciales sectoriales. El Salmo 133:2-3, dice: Es como el buen óleo sobre la cabeza. el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de las vestiduras; como el rocío de Hermon, que desciende sobre los montes de Sián; porque allí envía Jehová bendición y vida eterna. Es penetrar en las cámaras secretas de Dios para escuchar de forma clara y cristalina su voz, revelándonos sus secretos ocultos y maravillosos. Como está escrito en el libro del profeta Isaías, 45:3
Te daré los tesoros escondidos, y los secretos muy guardados, para que sepas que yo soy Jehová el Dios de Israel, que te pongo nombre. Y también dice en 1 Corintios 2:10: Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Dios está gimiendo al ver que los cielos han sido abiertos sobre muchas naciones; al ver el fuego que Él mismo está derramando sobre su Iglesia para levantarla en majestad. Gime por sus hijos genuinos que pelean a muerte por Su Reino. Cristo viene y es necesario que su amada sea alistada. Es necesario que la Iglesia sea levantada para reconocer la voz de su Esposo. La Iglesia que ha despertado alaba, diciendo: La voz de mi amado se oye ya. Juan 10:27 se muestra conociendo y entendiendo a Dios: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna.
El Señor habla a través de Jeremías 9:23-24, diciendo: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar; en conocerme y en entenderme (personal y prácticamente, discerniendo y reconociendo mi carácter) que yo soy el Señor que hace misericordia, justicia y juicio en la tierra y en tales cosas me deleito. Este es un tiempo en el que Dios quiere hablar a su pueblo para preparar el momento de su venida. Igual que como vino el manto profético sobre Juan el Bautista, para preparar el camino. Entonces, el Espíritu dijo según Isaías 40:3: Voz del que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad sus sendas. Todo valle se rellenará y se bajará todo monte y collado; los caminos torcidos serán enderezados; y los caminos ásperos allanados y verá toda carne la salvación de Dios.
De esta misma manera Dios está desplegando un manto profético; y levantará hombres y mujeres suyos que muchos escucharán. Su voz será como una espada de dos filos, penetrando el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos. Su voz será escuchada en medio del desierto, que es la desolación y la derrota en que millones de creyentes viven actualmente. La voz de sus profetas (Que es como decir Voceros),será escuchada de tal manera y vendrá con tal poder de parte de Dios que derribará toda altivez de espíritu, levantará al caído, afirmará al de rodillas endebles y de corazón apocado. Será la voz salida del trono de Dios que sacudirá el reino de las tinieblas, y estremecerá hasta su derrota final a todos los poderes demoníacos. Será la voz del Altísimo, tronando desde los cielos y manifestándose en la tierra. La voz que levantará al ejército glorioso de Dios, en toda la majestad y el poder con que lo vio el profeta Joel, capítulo 2, primeros once versos:
Tocad trompeta en Sión, y dad alarma en mi santo monte; tiemblen todos los moradores de la tierra, porque viene el día de Jehová, porque está cercano. Día de tinieblas y de oscuridad, día de nube y de sombra, que sobre los montes se extiende como el alba. Vendrá un pueblo grande y fuerte; semejante a él no lo hubo jamás, ni después de él lo habrá en años de muchas generaciones. Delante de él consumirá fuego, tras de él abrasará llama; como el huerto del Edén será la tierra delante de él, y detrás de él como desierto asolado; ni tampoco habrá quien de él escape. Su aspecto, como aspecto de caballos, y como gente de a caballo correrán. Como estruendo de carros saltarán sobre las cumbres de los montes; como sonido de llama de fuego que consume hojarascas, como pueblo fuerte dispuesto para la batalla. Delante de él temerán los pueblos; se pondrán pálidos todos los semblantes.
Como valientes correrán, como hombres de guerra subirán el muro; cada cual marchará por su camino, y no torcerá su rumbo. Ninguno estrechará a su compañero, cada uno irá por su carrera; y aun cayendo sobre la espada no se herirán. Irán por la ciudad, correrán por el muro, subirán por las casas, entrarán por las ventanas a manera de ladrones. Delante de El temblará la tierra, se estremecerán los cielos; el sol y la luna se oscurecerán, y las estrellas retraerán su resplandor: Y Jehová dará su orden delante de su ejército; porque muy grande es su campamento; fuerte es el que ejecuta su orden; porque grande es el día de Jehová. y muy terrible; ¿quién podrá soportarlo?
El mover profético del Espíritu de Dios está anunciando un tiempo de guerra sin precedentes. Un tiempo en el que veremos levantarse un ejército de oración, de intercesión y de guerra espiritual como nunca antes se había visto. Una Iglesia tibia con diminutos grupitos de oración no va a sacudir a las naciones. Dios está levantando un ejército investido del fuego, del poder y de la autoridad del Dios viviente. Un ejército que está desafiando las puertas del infierno. Un ejército nacido en medio de la visitación, cuyas bocas son carbón encendido y, ante el clamor de ellos, Jehová desciende de su santa morada. Un ejército sustentado y revestido por la diestra de su poder, que provoca que el soplo del aliento de Dios desnude los cimientos de la tierra y queden expuestos a la reprensión del Altísimo. Un ejército cuya oración esté tan llena del dolor y de la angustia de Dios por la condición del hombre, que sacuda las potencias en los cielos y haga temblar la tierra.
Este es el mismo manto profético que descendió sobre David por mano del profeta Samuel. Ana, la madre del profeta, había derramado su alma en un tiempo en que el pueblo de Israel estaba muerto de hambre espiritual y desolación. El sacerdocio se había degenerado y perdido por la conducta del sumo sacerdote Elí, y el templo había sido profanado por sus hijos. Dios necesitaba un alma que clamara, que se pusiera en la brecha por la restauración de los principios divinos. Y Dios escuchó el clamor de Ana, en cuyo vientre formó el despertar de una nueva generación de profetas que traerían el orden de Dios a su pueblo, y llevarían a la nación al más grande resplandor de gloria que jamás tuvo ni ha tenido el pueblo de Israel: El reino de Salomón. El clamor dio a luz el manto profético, la unción de Samuel descendió sobre David, quien, lleno de:
La fe de Dios, del conocimiento del corazón de Dios, de su adoración, de la unción profética, del clamor de su oración, de la unción de guerra……cambió la historia de su época sometiendo a todos sus enemigos, y recibió de Dios los planos que traerían la gloria de Dios sobre su santo templo. Mucho oímos y clamamos a Dios por un gran avivamiento, pero ciertamente no vendrá sin que antes venga una apostasía y que Dios levante un mover profético, de intercesión, de dirección divina y de guerra, que saque a la luz los yacimientos de iniquidad que se han levantado como fortalezas en los aires sobre nuestras ciudades y naciones. Hay ciudades y regiones enteras que no podrán ser penetradas por el Evangelio hasta que una acción determinante conquiste las esferas de tinieblas que las mantienen en cautiverio. David lo había entendido; él sabía que la única forma de enfrentar las fuerzas del mal era llegando hasta el corazón de Dios, postrado, gimiendo por la victoria y adorándolo por su grandeza.
Salmo 18:6-7: Y clamé a mi Dios. Él oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llego delante de él a sus oídos. La tierra fue conmovida y tembló; se conmovieron los cimientos de los montes, y se estremecieron, porque se indignó Él. En estos tiempos, en que Jehová ha establecido que la gloria de la casa postrera será mayor que la de la casa primera, Dios está formando corazones. Corazones que ya no clamen por pura y vana religiosidad o por lo que sea necesario, sino corazones que laten a un ritmo tan parecido al del Altísimo que escuchan su llanto y lo sienten como suyo; que perciben su santa indignación ante este mundo perdido, y al mismo tiempo se conmueven como el de Dios al darse cuenta de su amor tan profundo y comprometido por su creación y por sus hijos.
Corazones que palpitan clamando por la eterna misericordia, paciencia, ternura y leal amor de Dios para con el hombre. En Oseas 11: versos 4 y 7, leemos: Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida‘ Entre tanto, mi pueblo está adherido a la rebelión contra mí; aunque me llaman el Altísimo, ninguno absolutamente me quiere enaltecer. Y continúa hablando Dios desde lo profundo de su corazón en infinita misericordia, a través del profeta Oseas: ¿Como podré abandonarte, oh Efrain? ¿Te entregaré yo, Israel?. Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión.
David lloraba con Dios, sacudía y conmovía el amor de Dios hasta que los cielos y la tierra temblaran, hasta que la justicia viniera, hasta que la mano libertadora de su poderoso Dios sometiera a sus enemigos. David no se conformaba con oraciones sencillas y estructuradas. Él anhelaba la presencia de Dios, se derramaba en adoración aun a costa de ser humillado. Había encontrado el secreto de tocar el corazón de Dios; su oración era de tal manera poderosa que dice en el Salmo 18, en medio de su clamor: Humo subió de su nariz, y de su boca fuego consumidor; carbones fueron por él encendidos. Inclinó los cielos, y descendió; y había densas tinieblas debajo de sus pies. Tronó en los cielos Jehová, y el Altísimo dio su voz; granizo y carbones de fuego. Envió sus saetas, y los dispersó; lanzó relámpagos, y los destruyo.
La unción profética que residía en David inclinó los cielos y trajo la presencia de Dios. Trajo una visitación de tal magnitud que no hubo enemigo que pudiera hacerle frente. Dios hablaba y el juicio venía, el fuego de Dios descendía y consumía, al mismo tiempo que la revelación de un nuevo y glorioso Tabernáculo se presentaba ante sus ojos, en una visión de la adoración angélica ante el trono de Dios. Esta es la misma unción que está siendo derramada por el Espíritu Santo. Una unción nacida en el corazón de Dios y desde el trono de Dios. Una unción por el manto profético, que traerá la visitación más grande del Espíritu Santo, para penetrar los secretos de Dios y para demoler las fortalezas más grandes, los principados y poderes de las tinieblas.
Es una unción que levantará el poderoso ejército de Dios, tal como lo hizo en su tiempo con los menesterosos de la cueva de Adulam. Este es el tiempo en que el débil será levantado, el abatido, el afligido de espíritu y el desamparado vendrán a ser los valientes de la armada de Dios. Este es el tiempo en que la unción profética está transformando a pequeños desconocidos en los reyes que gobernarán con vara de hierro las naciones. Es el tiempo en que aun el más pequeño podrá ser levantado, y el vil y el menospreciado serán llamados grandes en la casa de Jehová. La unción profética viene como en el caso del profeta Jeremías y del profeta Daniel, con una manifestación de profunda intercesión que se identifica con el pecado del pueblo, que hace Iamentación por la condición de la iglesia y que al mismo tiempo declara los juicios que Dios está trayendo.