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La Perfecta Autoridad

Cuando en la iglesia se habla de autoridad, inmediatamente todos los pensamientos recaen en el pastor. Se ha impuesto tanto esta variante eclesiástica nacida de una deficiente interpretación bíblica que no se concibe una iglesia sin templo y sin alguien que comande todo casi sin derecho a réplica. Sin embargo, cuando Pablo habla del funcionamiento de la iglesia, lo hace teniendo en cuenta a cinco ministerios básicos, y no solamente a uno. Cinco ministerios creados por Dios mismo para que se complementen entre sí y de ninguna manera para que compitan. Y mucho menos reducidos a cuatro y bajo las órdenes de uno que, en muchos textos donde se habla del relieve de la autoridad, ni siquiera es mencionado.

En razón de ello, y con las perspectivas cotidianas de la normal y a veces no tan normal relación pastor-iglesia, la congregación, que es la gente, que es en definitiva la iglesia, no siempre llega a conocer cuál es su verdadera autoridad y, mucho menos, como tiene que hacer para ejercerla. Se le ha enseñado, un poco a favor de las indiscutibles necesidades humanas y otro poco en sustento a esas jerarquías no bíblicas, a que cuando necesita algo de mayor relieve que lo simple y común, tiene que acudir al templo, tiene que pasar al frente y allí, su pastor, orará por sus necesidades y estas tendrán solución. Yo me propongo en este trabajo, y en cumplimiento de la palabra que nos demanda a los cinco ministros ejercer tal comisión para perfeccionar a los santos, que es como decir: para madurar a la gente y para edificar el cuerpo, dejar tres pautas concretas que van a servirle a usted, hoy mismo, para pelear la buena batalla dependiendo solamente de nuestro Señor Jesucristo, en el poder del Padre Celestial y con la guía, la unción y el poder del Espíritu Santo.

(Apocalipsis 1: 4)= Juan, a las siete iglesias que están en Asia: gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono; (5) y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, (6) y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos, Amén.

(1 Pedro 2: 9)= Más vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.

(Apocalipsis 5: 10)= y nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra.

Estos tres textos, que no son los únicos, fueron inspirados por el Espíritu Santo en Pedro y en Juan. Y en los tres se nos dice a los creyentes que, delante de Dios (Qué menos del mundo) somos un pueblo que, entre otras calificaciones, tiene la de ser Reyes y Sacerdotes. Eso, de alguna manera, es el puntapié inicial de este juego imaginario donde obtendremos segura victoria, y un golpe mortal para aquellas viejas y antiguas concepciones que nos limitaban a ser apenas pobres pecadores salvos por gracia que no tenían entidad propia ni siquiera para hablar en voz alta. Eso, entre otras cosas, es lo que nos ha llevado a confundir respeto con cobardía, sujeción con esclavitud humana y resistencia con estoicismo pagano. Reyes y Sacerdotes.

(Isaías 61: Y vosotros seréis llamados sacerdotes de Jehová, ministros de nuestro Dios seréis llamados; comeréis las riquezas de las naciones, y con su gloria seréis sublimes.

(2 Corintios 3: 4)= Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; (5) no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, (6) el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, más el espíritu vivifica.

Aquí la calificación es diferente, pero también abarcativa para todos los creyentes y no sólo para una casta o franja determinada o preparada a tal efecto: somos ministros de un nuevo pacto. ¿Quiénes? Todos. ¿Cómo que todos? Todos. ¡Pero si en la iglesia…! En la iglesia se ha implantado el sistema de laicos y ministros que todavía opera en la actualidad y que, de alguna manera, Dios en su infinita misericordia y porque para Él todas las cosas ayudan a bien, ha utilizado, pero que en verdad es un sistema que proviene de los nicolaítas y no de Dios. Para Dios, de momento que dice que debemos ministrarnos unos a otros, somos todos ministros competentes. Ministros. Ahora bien. Será bueno, entonces, conocer las características de las tres calificaciones que aquí estamos viendo: Reyes, Sacerdotes y Ministros.

EL SACERDOTE: Las relaciones entre Dios y su pueblo dependían en gran parte del oficio sacerdotal. Era el quien comunicaba la Palabra de Dios y aseguraba la precisión ritual en los actos de adoración. Sólo el sacerdote podía manipular el Urim y Tumim y dar dirección en momentos de crisis, sobre todo con relación a la guerra santa. Como guardador de las revelaciones pasadas y las experiencias del pueblo, el sacerdote era capaz de enseñar al pueblo la ley, distinguir entre lo limpio e inmundo, pronunciar con precisión las fórmulas de bendición y maldición, y hacer las decisiones finales con respecto a ciertas enfermedades y problemas físicos. En el Nuevo Testamento Cristo se presenta como el cumplimiento del sistema sacerdotal del Antiguo Testamento y el mediador del Nuevo Pacto. Él es quien efectúa un sacrificio eternamente eficaz que permite al creyente tener acceso directo a Dios.

La doctrina del sacerdocio de todos los creyentes comprende, mientras tanto, la verdadera meta del sacerdocio bíblico, es decir: la responsabilidad de cada uno por los demás. El creyente se identifica con Cristo y con el pecador, siendo de manera efectiva y no solamente declamada, “cuerpo activo y ejecutor de Cristo en la Tierra”. Ya no es UN hombre o UNA clase de hombres los llamados a mantener la santidad representativa delante de Dios por el pueblo pecador no santificado. El Nuevo Testamento exige que cada creyente sea santo y, al mismo tiempo, responsable por su hermano creyente o no creyente. La iglesia como cuerpo de Cristo comparte el sacerdocio con Jesucristo y por consiguiente es responsable delante de Dios por el mundo. Cabe notar muy especialmente que el Nuevo Testamento jamás utiliza el término de Sacerdote para el ministro de la iglesia. Esa costumbre, aunque empezó temprano en la historia de la iglesia, carece de base, puesto que todo creyente es sacerdote.

EL REY: Lo diferente de la posición del Rey en Israel y la de los reyes de otras naciones del mundo antiguo se debía a la relación entre el rey israelita y Jehová. Algunas naciones, (Como Egipto, por ejemplo), creían que su rey era la encarnación de un dios y otras lo exaltaban como sacerdote por excelencia como sacerdote por excelencia. Si es cierto que la palabra hebrea MELEC (Que se traduce “rey” en el Antiguo Testamento) literalmente significa “el que aconseja”, entonces el empleo de la palabra en Israel refleja que primitivamente se a los ancianos sobrios de la tribu, debido a la creencia de que el Rey recibía sabiduría sobrenatural por medio de la unción divina, como en el caso de los dirigentes carismáticos llamados “jueces gobernando”, que equivale a “actuando como juez”.

El plan de Dios siempre fue hacer sentir su soberanía sobre Israel por intermedio de reyes humanos, en preparación para la venida del Mesías. Hoy, aunque los gobiernos de todas las naciones no se manifiestan todavía como teocracia, los reyes de las naciones ya están, sin saberlo, bajo la soberanía divina. Jesucristo es, hoy y ya, “el soberano de todos los reyes de la tierra”. Por eso es que se nos dice que debemos someternos a ellos, siempre y cuando no exijan desobediencia a Dios o inciten al pecado, cosa que es exactamente lo que está haciendo la enorme mayoría. Pero el cristiano, mientras tanto, vive esperando el día en que los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo, y el reine por los siglos de los siglos.

EL MINISTRO: Es quien está a cargo de un ministerio, que es un servicio que rinde una persona a otra, que en sentido bíblico generalmente es relación personal y no meramente trabajo manual. Por ejemplo, Josué, era el servidor de Moisés como Eliseo servía a Elías. Mientras tanto, dice la Biblia que los ángeles son ministros (servidores) de Dios. En el Nuevo Testamento, Cristo mismo es ejemplo de uno que ministra a la humanidad. Él afirmó: El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir. La raíz griega del vocablo traducido como “servir” o “ministrar”, es DIAKONOS de la cual viene nuestra palabra DIACONO. Cuando Cristo lava los pies de sus discípulos, por ejemplo, ministra para ellos como el gran diácono. El ministerio dentro de la iglesia se conceptúa en el Nuevo Testamento sobre la base de los dones espirituales. Cada creyente tiene la responsabilidad de servir o ministrar a sus hermanos, conforme al don o los dones que el Espíritu Santo le haya dado. No hay cristiano que no tenga, por lo menos, un don espiritual. Esto, claro está, no tiene absolutamente nada que ver en lo que nosotros hemos transformado “el ministerio” y su respectivo ministro y tampoco se relaciona demasiado con el servicio espiritual y vocacional la tarea del diácono tradicional. Dios no es responsable de esto, y la Biblia tampoco, ya que lo dice con total claridad. Lo que sucede es que en algunos sectores, tiene más peso la palabra de ciertos comentaristas de la denominación que la propia palabra de Dios.

Si hemos de ser como dice la escritura, un pueblo de reyes y sacerdotes, que además está compuesto por todos ministros competentes, tendremos que ver primeramente las características precisas y aptas para implementar en nuestra tarea de cada una de estas particularidades.

(Génesis 14: 18)= Entonces Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, sacó pan y vino.

El encuentro aparentemente rutinario de Abram con el Rey de Salem, se revela siglos después como un encuentro con un arquetipo de Jesucristo en su papel de sacerdote. Melquisedec significa “Mi rey es justo o legítimo”. Este saluda a Abram con un banquete real (Eso es pan y vino). Como el único en desempeñar los oficios del rey y sacerdote, adora al Dios Altísimo (Algo muy extraño en esa época y lugar). Antes de cualquier requerimiento legal, Abram responde a su generosidad y bendiciones, entregándole los diezmos de todo el botín obtenido en la reciente guerra.

Melquisedec es un sacerdocio muy singular, ya que a diferencia del Levítico y el de Aarón, no presenta sus mismas particularidades. No es profesional y doctorado como el levítico y tampoco es por línea familiar, como clan, según el de Aarón. El sacerdocio de Melquisedec, que dicho sea de paso es bajo el cual se presenta Jesucristo en la tierra, es un sacerdocio que no tiene genealogía, no se sabe de donde viene, no hay hombre que lo avale ni figura religiosa que lo respalde. Es un sacerdocio sin currículum ni cartas de recomendaciones. A este Melquisedec es a quien Abram, por mandato de Dios seguramente porque no era la costumbre de la época, le da los diezmos de todo. ¡Claro hermano, el diezmo es una cuestión de la ley! ¿De la ley? Esto que aquí se cuenta sucedió cuatrocientos treinta años antes que la ley fuera conocida.

(Mateo 25: 34)= Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.

El retorno del Señor trae consigo un juicio que dividirá a la gente. El juicio se basará en los principios morales que definen el carácter, y el carácter se revela por sus frutos, o por la falta de ellos. La evidencia externa demuestra la rectitud y la justicia internas. Las buenas obras no producen un buen carácter, sino al contrario. Un buen carácter produce buenas obras. Entonces el Rey, que en este caso es el Señor, decide, define y ordena quien recibe heredad y quien se queda sin ella. A esto no puede hacerlo un sacerdote ni un ministro, sólo lo puede hacer un rey.

(Oseas 13. 10)= ¿Dónde está tu rey, para que te guarde con todas tus ciudades; y tus jueces, de los cuales dijiste: dame rey y príncipes?

Este texto nos muestra otra de las particularidades que un rey tiene en sí mismo y en su función: proteger a sus súbditos. Porque aquí lo que Dios le está diciendo a su pueblo, es que si les dio un rey, era para que ese rey se hiciera cargo de cuidarlos y de defender sus ciudades y no lo ha hecho. Dice que precisamente por eso lo va a quitar, lo que una vez más, indica que es Dios quien pone y saca autoridades, y que la no obediencia a su voluntad, trae una inevitable caída, la que si recorremos brevemente lo más grueso de la historia universal, veremos con toda nitidez y claridad.

(Romanos 15: 15)= Más os he escrito, hermanos, en parte con atrevimiento, como para haceros recordar, por la gracia que de Dios me es dada para ser ministro de Jesucristo a los gentiles, ministrando el evangelio de Dios, para que los gentiles le sean ofrenda agradable, santificada por el Espíritu Santo.

Pablo se declara a sí mismo como ministro. ¡Pablo! Y hoy nosotros, en la mayoría de nuestras organizaciones, a la palabra ministro la utilizamos solamente para reconocer, en el mejor de los casos, a los responsables de ciertas áreas importantes de la iglesia: Evangelismo, oración, alabanza, conjuntamente con mantenimiento y finanzas. La palabra Pastor es la que ha cobrado inusitada importancia mucho más allá, no le quepan dudas, de lo que la Biblia dice respecto a esa función. Pero en todo caso, también el pastor, conjuntamente con el evangelista, el profeta, el apóstol y el maestro, es uno de los cinco ministros que necesitaría cualquier congregación para poder operar conforme a la idea, el propósito y la voluntad de Dios. El ministro, estará puesto por el Señor en un sitio determinado para hacer lo que Él ha decidido hacer allí, no para hacer lo que se le da la gana. Los siguientes textos lo corroboran fehacientemente:

(1 Samuel 2: 11)= Y Elcana volvió a si casa en Ramá; y el niño ministraba a Jehová delante del sacerdote Elí. (Es obvio que está hablando de Elcana el padre de Samuel y de él mismo cuando aún era un niño y crecía a la sombra del sacerdocio de Elí)

(Hechos 13: 1)= Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquia, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Níger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo.

(2) Ministrando estos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. (En estos dos versos, los que ministran son profetas y maestros, no menciona otro ministerio presente)

(1 Pedro 4: 10)= Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.

(11) Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén. (Pedro es más que claro. Debe ministrar todo aquel que haya recibido un don de parte de Dios. Todos los creyentes genuinos y auténticos han recibido, tal la promesa, uno o más dones de Dios. Ellos deben ministrar conforme a esos dones, entonces, administrándolos correctamente y sin aprovecharse para sí mismo. Debe hablar la palabra que Dios le da y no la que encaje con su doctrina particular o sus intereses grupales o personales. Ahora bien; si alguien dice ser cristiano pero en realidad es un obrero falso y fraudulento, jamás podrá ministrar absolutamente nada que tenga a Dios como protagonista. Porque el Señor no oirá su voz y no atenderá ni sus ruegos ni sus súplicas. Eso, quizás responde con fidelidad algunas de las cosas que hoy por hoy suceden en tantos lugares del planeta.

Con todos estos elementos en las manos, será tiempo ahora, entonces, de ver qué implicancias tienen estas tres funciones dentro del pueblo de Dios del siglo veintiuno. En primer término, vamos a ver que nos coloca exactamente en el sitio que, como hijos de Dios, debemos tener. Porque en nuestro afán de ser humildes, cosa que está bien, en muchas ocasiones nos sometemos a quienes no deberíamos someternos. Jesús fue manso y humilde, pero jamás se sometió ni se calló la boca delante de los fariseos, que al fin y al cabo, representaban la única iglesia organizada y estructurada que existía en la época, y de la cual – incluso – formaban parte María y José, sus padres terrenales. Un muy singular concepto de la obediencia y la sujeción tenía el Señor si lo observamos con los ojos religiosos con que a veces se observan los nuestros en este tiempo.

El creyente en el rol del sacerdote, es el que mayormente abunda en nuestras congregaciones. La función sacerdotal, quizás por lógica influencia de alguna religión que en muchos pueblos todavía es oficial, estatal y mayoritaria, es la que resulta más cumplimentada. Cada uno de nosotros sabe perfectamente qué hacer como sacerdote que somos ante la necesidad de un hermano o de la iglesia global. Intercedemos, nos ponemos en la brecha por el problema ajeno, ayunamos y cuanta cosa sea necesaria para que la oración a favor de ese hermano tenga respuesta. Y respuesta positiva, claro está. También rogamos, suplicamos, clamamos y nos desesperamos ante cualquier alternativa negativa que nos invite a participar. Estamos prácticamente haciendo de mediadores del Nuevo Pacto, y en muchas ocasiones, excediéndonos de modo tal que terminamos haciendo algo que Dios nunca dijo que debiéramos hacer: procurando que la gente dependa de nosotros en lugar de hacerla depender de Él. De todos modos, y en la globalidad eclesiástica en general, convengamos en que esta tarea, con sus aciertos y sus errores, con virtudes y defectos, la estamos cumpliendo más o menos elegantemente. No sé si Dios está MUY contento con nosotros como sacerdotes, pero al menos es consciente de que nuestros esfuerzos por lograrlo, son los máximos.

Ahora bien; el creyente en el rol de rey, es el que menos que se ve en nuestros templos. Hay algo así como cierta resistencia a sentirse rey y a proceder como rey. Es tanta nuestra ansiedad por resultarles agradables a Dios que, por poco, lo desobedecemos en nuestro intento de resultar más buenos, más misericordiosos y más justos que Él. La incoherencia total. ¿Por qué digo esto? En principio, porque es todavía una minoría de nosotros la que conoce los rudimentos de la guerra espiritual, de la lucha contra Satanás y sus huestes, y una minoría mucho más pequeña todavía, la que verdaderamente CREE en esa guerra, en esa lucha, en esas huestes y en Satanás mismo. Mucha gente dice y con total y absoluta sinceridad y prevención que le resulta demasiado…increíble y hasta imposible el tener que hablar con los demonios. Eso tiene que ver con la formación más o menos ortodoxa y conservadora que hayan recibido, de acuerdo, pero los inhibe para dar la buena batalla precisamente desde el rol del rey. Porque yo no sé si usted se ha percatado que un rey jamás ruega, sugiere, peticiona o suplica algo que desea. Un rey simplemente ordena, ya que para eso es quien representa todo el poder. La oración del creyente en el rol de rey, entonces, es una oración de poder y de autoridad, ordenando a todo lo que se opone al propósito de Dios, en el nombre de Jesucristo de Nazaret, que se retire inmediatamente de su vista. ¿Y sabe una cosa? Funciona.

El creyente en el rol de ministro, en cambio, y a favor de las estructuras eclesiásticas tradicionales, parecería ser el más proliferante. Cada congregación tendrá, inevitablemente, su o sus ministros destacados a los fines organizativos, ejecutivos y hasta gerenciales. Eso está bien en parte, porque sin organización, algún tipo de esquema y una supervisión del tipo gerencial, las grandes mega instituciones eclesiásticas no podrían operar. Y convengamos que cada una de ellas ha aportado en poco o en mucho para la obra auténtica de Dios, aunque también contengan en su seno algunos lunares oscuros que suelen producir vergüenza. Pero no deja de ser, llegado el caso, una especie de deformación de la autenticidad del ministerio conforme a la voluntad y el propósito de Dios. Un ministro, y la Biblia lo señala con oportuna realidad, es en la mayoría de los casos, un algo muy diferente a lo que general y mayoritariamente vemos a nuestro alrededor. Tanto que si buceamos en las profundidades genuinas, nos vamos a encontrar con que, en verdad, ministros-ministros según el orden establecido por Dios, quizás sean los menos. Es indispensable que esto tenga un cambio a corto o mediano plazo, porque de otro modo la rutina satánica que es – y no puede ser otra -, la de la dilatar los tiempos de la consolidación de su ya establecida derrota, tendrá siempre un aliciente, un aditamento más para prolongar la venida del Señor.

La perfecta autoridad del creyente, visto todo este ensamble estudiado, arranca desde la base de tomar para sí mismos y hacer carne y obra, la Palabra escrita que mencionáramos en el principio. Si es verdad que somos – Y es verdad -, Un pueblo de Reyes y Sacerdotes y TODOS ministros competentes, deberemos comportarnos como tales y no minimizarnos, – a favor de una humildad a la cual estamos llamados solamente cuando comparecemos ante el Señor -, tomando como corresponde todas las armas disponibles para esta batalla que, nos guste o no, la creamos o no, estamos inmersos.

Y esa batalla fundamentalmente se libra en la escena de la oración. Como Sacerdotes, debemos interceder, rogar, clamar y suplicar a favor del pueblo de Dios en la tierra, haciéndonos partícipes de sus necesidades y mediar, cuando sea necesario, entre sus deficiencias espirituales y el gran Trono de la Gracia. Como Reyes, ordenarle a Satanás abandonar cualquier tipo de posición que haya tomado en clara usurpación de la jurisdicción del reino de Dios, y como Ministros, operar en función de las necesidades de la gente, que es en medida esencial, el patrimonio que la iglesia tiene como tal. El Sacerdote, ora por la iglesia global; el Rey, ordena en contra de Satanás y todos sus demonios, y el Ministro, opera a favor de las necesidades individuales de cada uno.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez