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La Función de la Ley

Sabemos que la posición del hombre ante Dios es la de un pecador. Ahora, veamos por qué Dios estableció la ley. Una vez que entendamos la ley, podremos entender la obra de Dios. Dios siempre ha conocido la condición del hombre, pero ¿conoce el hombre su propia condición?

Puesto que el pecado se ha manifestado ante Dios, también debería sentirse en la conciencia del hombre. Pero ¿sabe la conciencia de la existencia del pecado? Lamentablemente, no. Por causa de que el hombre no está consciente del pecado, necesitamos la función de la ley.

¿Qué es la ley? La ley no es otra cosa que la demanda de Dios sobre el hombre la cual requiere que el hombre obre para El. En Romanos, Efesios y Gálatas, el apóstol Pablo demuestra repetidas veces que el hombre es salvo por la gracia, y no por la ley. En otras palabras, el hombre es salvo porque Dios obra para el hombre, no porque el hombre obra para Dios.

No es cuestión de ser alguien ante Dios ni de hacer algo para Dios, sino que es una cuestión de que Dios venga a nuestro medio para ser alguien y hacer algo para nosotros. Por eso el apóstol, bajo la revelación del Espíritu Santo, da énfasis constantemente a este hecho: tanto para el judío como para el gentil, la salvación sólo es por la gracia y no por la ley.

Queremos dedicar un tiempo para ver que es imposible que el hombre sea salvo por la ley. Yo no uso el término ley para hacer referencia a la ley mencionada en el Antiguo Testamento. La ley a la cual me refiero es a un principio, o sea, al principio de que el hombre obre para Dios.

Veremos si nuestra salvación se debe a que obramos para Dios. La palabra ley la uso con base bíblica. El apóstol Pablo usó las palabras en una manera muy exacta y significativa. En la Biblia la palabra Cristo se menciona muchas veces. En el idioma original, a veces el artículo definido no antecede la palabra Cristo. Pero otras veces, hay un artículo definido, y por lo tanto deberíamos entenderlo como el Cristo.

Lamentablemente, no hay muchas versiones que traduzcan esto adecuadamente. Otra palabra que es usada muchas veces es fe. A veces la precede un artículo definido; en tal caso es la fe. De la misma manera, hay lugares en la Biblia donde la palabra ley tiene un artículo definido, el cual leeríamos la ley.

Los significados de estas palabras con artículo difieren mucho de las palabras que no tienen. Por ejemplo, cuando se menciona Cristo, la Biblia se refiere al Señor Jesucristo; pero cuando dice el Cristo, usted y yo estamos incluidos. Cuando la Biblia se refiere al Cristo individual, no hay artículo definido; pero cuando se refiere al Cristo que nos incluye, encontramos el Cristo.

Cuando la Biblia habla de creer como individuo, utiliza fe, sin el artículo. Pero cuando habla de lo que creemos, o sea, de nuestra fe, utiliza la fe. Los traductores bíblicos saben que cuando la Biblia habla acerca de la fe, no se refiere a la acción individual de creer, sino en lo que creemos.

Entonces, ¿qué es la ley? En la Biblia, la ley siempre se refiere a la ley mosaica, la ley del Antiguo Testamento. Pero si no hay un artículo definido delante de ley, se refiere a la demanda que Dios le impone al hombre. Por lo tanto, no nos olvidemos que ley en la Biblia no se refiere meramente a la ley dada a nosotros por Dios a través de Moisés. En muchos lugares de la Biblia, ley se refiere al principio que Dios nos aplica, o al principio de lo que Dios demanda de nosotros.

La ley no solamente se refiere a la ley mosaica, la ley dada en el monte Sinaí, o a la ley del Antiguo Testamento. También se refiere a la condición para la comunión entre Dios y el hombre. La condición para la comunión entre Dios y el hombre es la demanda de Dios para con el hombre, lo que Dios quiere que el hombre haga para El, que cumpla para El.

¿Es el hombre salvo por las obras de la ley? ¿Salva Dios al hombre que obra para El? Todo el mundo dice que debemos hacer el bien antes de que Dios nos salve. Si ponemos esto en términos bíblicos, significa que debemos tener las obras de la ley a fin de ser salvos. Aquellos que dicen esto han cometido dos grandes errores. El primero es que no saben lo que el hombre es. El segundo es que no saben cuál era la intención de Dios al dar la ley al hombre.

Si sabemos lo que somos, seguramente no diremos que el hombre necesita tener obras de la ley a fin de ser salvo. Si conocemos el propósito de la ley que dio Dios, tampoco diremos que el hombre puede ser salvo por medio de las obras de la ley. Por causa de que el hombre ha cometido estos dos grandes errores, tiene el concepto equivocado y dice cosas erróneas.

¿Por qué dirá el hombre que puede ser salvo por las obras de la ley cuando ni siquiera sabe lo que él es? Se debe a que el hombre no sabe lo maligno que es él; no sabe que es carnal. Ya que el hombre se ha hecho carnal, hay tres cosas en él que nunca cambian: su conducta, su lujuria y su voluntad. Por causa de que el hombre es carnal, todo lo que haga es pecaminoso y maligno.

Al mismo tiempo, la lujuria dentro de él está tentándolo, provocándolo activamente a pecar todo el tiempo. Además, la voluntad y el deseo del hombre rechazan a Dios. Puesto que la conducta del hombre está en contra de Dios, su lujuria lo provoca a pecar y su voluntad se rebela contra Dios, de ninguna manera puede hacer las obras de la ley y ser obediente a Dios.

Por lo tanto, es imposible que el hombre satisfaga las demandas de Dios por medio de la justicia de la ley. No solamente tenemos una conducta exterior, también tenemos la lujuria en nuestro cuerpo. No solamente tenemos la lujuria en nuestro cuerpo, también tenemos la voluntad en nuestra alma.

Tal vez tú puedas tratar con tu conducta, pero la lujuria que se mueve dentro tuyo, aunque no logres pecar, la conducta exterior existe en ti y te provoca todo el tiempo. Y aunque odies tu lujuria y te esfuerces en tratarla, tu voluntad no es compatible en lo más mínimo con Dios.

Muy dentro de su corazón, el hombre es rebelde para con Dios y quiere crucificar al Señor Jesús. Por un lado, la cruz significa el amor de Dios; pero por otro, significa el pecado del hombre. La cruz significa el gran amor que Dios tiene para tratar al hombre; pero también representa el inmenso odio que el hombre tiene para con Dios.

El Señor Jesús fue crucificado en la cruz no solamente por los judíos, sino también por los gentiles. La voluntad del hombre para con Dios nunca ha cambiado. La voluntad del hombre está totalmente enemistada con Dios.

Romanos 8: 7-8 dice: “Por cuanto la mente puesta en la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede; y los que están en la carne no pueden agradar a Dios”. La mente puesta en la carne es enemistad contra Dios.

Aquellos que están en la carne no están sujetos a la ley de Dios, ni tampoco pueden. No entendemos al hombre lo suficiente. Todavía creemos que el hombre puede curarse y ser útil. Entonces, decimos que las obras de la ley aún pueden salvar al hombre.

Pero el hombre nunca se puede sujetar a la ley de Dios; eso simplemente no está en nuestra naturaleza. En nuestra conducta no existe el poder de sujetarse a la ley, ni en nuestra naturaleza. No sólo somos incapaces de sujetarnos a la ley, simplemente no estamos dispuestos.

Ser incapaz de estar en sujeción corresponde a nuestra naturaleza y nuestra lujuria; no estar dispuesto a estar en sujeción corresponde a nuestra voluntad. Básicamente, el hombre no está sujeto a Dios en su voluntad.

Por lo tanto, la ley no manifiesta otra cosa que la debilidad, la impureza y la pecaminosidad del hombre. No manifiesta la justicia del hombre. Si alguien dice que una persona puede tener vida y ser justificada por las obras de la ley, en realidad no conoce al hombre.

Si el hombre no fuese carnal y pecaminoso, tal vez la ley lo vivificaría. Por esto es que Gálatas 3: 12 dice: “El que hace estas cosas vivirá por ellas”. Lamentablemente, todos los seres humanos son pecadores. Son carnales y no tienen poder para sujetarse a Dios, ni tienen ganas de sujetarse a Dios. El hombre no tiene poder para hacer las obras de la ley, ni tampoco tiene el deseo de hacerlas. La ley es buena, pero la persona que hace las obras de la ley no lo es. Todos debemos admitir esto.

El hombre cree que puede ser salvo por las obras de la ley porque nunca ha leído la Biblia ni ha visto la luz o la revelación divina. Nunca ha entendido el deseo y la intención de Dios. Nunca ha entendido la manera de ser salvo. Si tú quieres saber si puedes ser salvo o no por las obras de la ley, primero tienes que preguntar por qué Dios dio la ley.

Sólo después de descubrir qué propósito tenía Dios al dar la ley, tú sabrás si puedes ser salvo por las obras de la ley. Cada persona tendría una respuesta conforme a su experiencia y concepto. Por eso, si tú me preguntas a mí o a cualquier persona cuál es la función de la ley, le estás preguntando a la persona equivocada.

La ley fue dada por Dios, así que tenemos que preguntarle a Dios acerca de su función. Una vez que Dios nos explique Su intención al dar la ley, sabremos si el hombre puede ser salvo por las obras de la ley o no. Por lo tanto, debemos dedicar cierto tiempo para escudriñar la Biblia acerca de este asunto. Debemos ver cómo se introdujo la ley, paso por paso. Tenemos que ver históricamente por el registro bíblico por qué Dios le dio al hombre la ley.

Lo primero que debemos ver es que originalmente Dios no consideró a la ley como Su propósito central. La ley fue agregada después; fue introducida para solucionar ciertas necesidades urgentes. Fue producida para encargarse de ciertas cosas que se añadieron.

La ley no era parte del propósito original de Dios; la gracia era parte de la intención de Dios. Segunda Timoteo 1: 9-10 dice: “Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito Suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, el cual anuló la muerte y sacó a luz la vida y la incorrupción por medio del evangelio”.

Aquí el apóstol Pablo nos dice que Dios tuvo un propósito, y lo tuvo antes de los tiempos de los siglos, antes de la creación del mundo. Este fue el propósito original de Dios. Y ¿qué clase de propósito era? Pablo dice que esta gracia nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos. Antes de que el hombre hubiera pecado, e incluso antes de la creación del mundo, Dios ya había decidido darnos Su gracia por medio de Cristo Jesús. Por lo tanto, la gracia fue el propósito original de Dios. Fue algo que Dios planeó desde el mismo comienzo.

¿Por qué Dios quiso darnos gracia? Pablo dice que Dios nos “llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito Suyo y la gracia”. La voluntad de Dios consiste en dispensar Su gracia, y esta gracia nos salva. Él nos salvó y nos llamó con llamamiento santo para que disfrutemos Su gloria.

Esto es lo que hace la gracia de Dios. Él quería salvarnos y llamarnos con llamamiento santo según Su propósito, conforme a lo que planea hacer. Aquí Pablo era muy cuidadoso; él agregó una frase para mostrarnos si la ley concuerda con el propósito de Dios. Él dice: “No conforme a nuestras obras”.

Dios no nos salva conforme a lo que podemos hacer para El; no depende de cuánta responsabilidad podamos cargar ante El. Más bien, es Dios que viene para lograr algo para nosotros, y es Dios el que nos da Su gracia. Esta gracia siempre estaba relacionada a Su plan. Así que recordemos que antes de los tiempos de los siglos, el concepto de Dios era la gracia, no las obras, ni la ley.

Pablo prosigue diciendo: “Que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús”. Esta gracia no había sido manifestada anteriormente. Por lo tanto, aunque ustedes vean que esta gracia había sido planeada hace mucho tiempo, no fue sino hasta que el Señor Jesús vino que supimos lo que era gracia.

¿Qué es lo que esta gracia hace por nosotros? Sigamos leyendo: “El cual quitó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio”. Cuando el Señor Jesús fue manifestado, El abolió tanto con las obras como con el resultado de las obras. El resultado de las obras malignas es la muerte. Aunque tú hayas hecho las peores obras, lo máximo que la ley puede requerir es tu muerte. Después de que mueres, la ley no puede hacer nada más.

Tal vez preguntes: “¿Qué sucederá si mis obras no han quebrado la ley? ¿Aún debo morir?” Sí. Pero el Señor también ha anulado la muerte. El Señor ha anulado tanto las obras como la muerte. Este es nuestro evangelio, que fue planeado antes de los tiempos de los siglos, aunque no se manifestó sino hasta la aparición del Señor Jesús. Así, el concepto fundamental de Dios era la gracia.

Después de que el hombre fue creado, tanto Adán como Eva pecaron y se rebelaron. El pecado entró al mundo por medio de un solo hombre. Pero Dios no le dio la ley al hombre en ese momento. Por un espacio de casi 1600 años después de que el hombre pecó, Dios no le dio la ley. Dios no le impuso demandas durante ese tiempo. Dios dejó que la historia siguiera su curso normal.

Luego, un día, cuatrocientos treinta años antes de que Moisés instituyera la ley, Dios habló a Abraham, el padre de la fe, y lo escogió para que por medio de él Cristo viniera al mundo. Dios escogió a Abraham y le dio la gran promesa de que todas las naciones serían bendecidas por medio de su simiente. Vale notar que la simiente está en singular, no en plural; es una simiente, no muchas.

Pablo explicó en el libro de Gálatas que esta simiente se refiere al Señor Jesús. Cuando Dios le habló a Abraham, fue la primera vez que Dios reveló el propósito que había planeado antes de los tiempos de los siglos. Dios le dijo que el propósito, de antes de los tiempos de los siglos, era que por medio de su simiente, Jesucristo, las naciones serían bendecidas.

Abraham era un adorador de ídolos, sin embargo Dios lo escogió y le dio una promesa. Él fue el primero que no tuvo obras; él era una persona de fe. Así, Dios reveló Su propósito ante él. Aquí hay que prestar atención a un punto en especial. Lo que Dios dijo a Abraham es incondicional. Dios simplemente dijo: “Yo salvaré y bendeciré al mundo por medio de tu simiente”. El no impuso ninguna condición.

Dios no dijo que los descendientes de Abraham tenían que hacer esto o aquello, ni que el reino que saldría de él tenía que ser así o asá antes de que tuviera la simiente y el mundo fuese bendecido. No. Dios simplemente dijo que él tendría una simiente que salvaría al mundo. No importaba si Abraham fuese bueno o malo; no importaba si sus descendientes fuesen buenos o malos; y tampoco importaba si su reino fuese bueno o malo. No había ninguna condición adjunta.

Esta era la manera en que Dios quería hacerlo. El haría que la simiente trajera bendición para la gente en el mundo. Después de esta palabra, Cristo el Hijo de Dios no vino inmediatamente al mundo. Abraham engendró a Isaac, pero Isaac no vino para salvar al mundo. Isaac no era el Hijo de Dios. Cuatrocientos treinta años después, Moisés y Aarón vinieron. Y aunque eran personas muy buenas, ellos no eran el Cristo de Dios.

Por medio de la revelación de Dios, Pablo nos señaló que la simiente de Abraham no se refiere a muchas simientes, sino a una sola, que no vino sino hasta dos mil años después. Hay una razón muy importante por la que la simiente no vino antes.

Es verdad que Dios quiere hacer cosas para el hombre, que Dios le quiere dar gracia al hombre. No obstante, ¿dejará el hombre que Dios lo haga? Dios ve que no estamos bien, y por lo tanto quiere ayudarnos; pero tal vez creamos que somos muy capaces. Somos malignos, pero tal vez nos consideremos buenos.

Estamos sucios, pero tal vez nos consideremos limpios. Somos débiles, pero tal vez nos consideremos fuertes en todo. Somos inútiles, pero tal vez nos consideremos útiles. Los seres humanos somos pecadores y totalmente incapaces, pero tal vez nos consideremos buenos y capaces. El propósito de Dios desde antes de los tiempos de los siglos era dar gracia, y en el tiempo le dijo a Abraham que Él le daría la gracia al hombre.

Pero debido a que el hombre era ignorante, débil, inútil, pecador y merecedor de la muerte y la perdición, Dios no tuvo otra alternativa que dar la ley al hombre cuatrocientos treinta años después de que le dio la promesa a Abraham. Después de que Dios le dio la ley al hombre, éste descubrió que era pecador.

Dios puso la ley para dejar que el hombre descubriera por sí mismo si fuera bueno o no, y si era capaz o no. Dios puso la carga de la ley para que el hombre viera si podía cumplirla o no. Recordemos que la intención original de Dios no era dar la ley. Debo recalcar que la ley fue algo agregada para satisfacer una necesidad temporal. No era parte de la intención original de Dios.

Veamos Gálatas 3: 15-22. Debemos considerar estos versículos cuidadosamente porque son muy importantes. El versículo 15 dice: “Hermanos, hablo en términos humanos: Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade”. Hagamos a un lado el pacto que el hombre tuvo con Dios por un momento y consideremos los pactos que los hombres hacen entre sí.

Supongamos que alguien vende una casa, y un contrato fue acordado y firmado. ¿Puede el vendedor venir más tarde a pedir doscientos dólares más? ¿Puede, después de firmar el contrato, pensar un poco más y romper el contrato? No. Incluso con los contratos entre los hombres, una vez que son firmados, es imposible agregar o quitar condiciones. Si entre los hombres un contrato es así, ¡cuánto más el pacto entre Dios y el hombre.

¿Cómo hizo Dios Su pacto con el hombre? El versículo siguiente dice: “Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente” (v. 16). Dios hizo un pacto con Abraham por medio de promesas porque se relaciona al futuro. Lo que se ha cumplido es la gracia; lo que aún no se ha cumplido es la promesa.

Puesto que el Señor Jesús aún no había venido, no podemos decir que el pacto que Dios hizo con Abraham era gracia. En realidad, su naturaleza era gracia, pero aún no se había manifestado, así que todavía era una promesa. Esta promesa fue dada a Abraham y a su simiente. Pablo dice: “No dice: ‘Y a las simientes’, como si hablase de muchos, sino como de uno: ‘Y a tu simiente’, la cual es Cristo” (v. 16). La simiente es singular, no plural; es una, Cristo.

Dios le prometió a Abraham que él produciría a Cristo y que por medio de Cristo las naciones serían bendecidas. El versículo 14 dice: “Para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por medio de la fe recibiésemos la promesa del Espíritu”. Este es el pacto que Dios hizo con Abraham.

Dado que Dios quiere bendecir las naciones por medio de Cristo Jesús, ¿por qué le dio la ley al hombre cuatrocientos treinta años después? Ya que el pacto que Dios hizo con Abraham no podía ser anulado ni suplementada, ¿por qué no vendría el Señor Jesús para darnos gracia? ¿Por qué tuvo que intervenir el problema de la ley?

Tú tienes que ver el argumento que Pablo daba. Pablo explicaba por qué, después de cuatrocientos treinta años, vino la ley. El versículo 17 dice: “Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios, la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa”.

Aunque Dios le dio la ley al hombre, el pacto que Él había hecho cuatrocientos treinta años antes no podía ser abrogado. Dios no podía cancelar el pacto que ya había hecho al pensarlo mejor cuatrocientos treinta después. La ley es algo totalmente contraria a la promesa y a la gracia. ¿Qué es la promesa? Es algo dado a alguien gratuitamente.

Aunque no lo tenga todavía, lo tendrá más tarde sin lugar a dudas. Pero, ¿qué es la ley? La ley implica que uno debe hacer esto o aquello a fin de obtener algo. Tú puedes ver que estas dos cosas son completamente opuestas. La promesa implica que Dios hará algo para el hombre; la ley implica que el hombre hará algo para Dios.

El versículo 18 dice: “Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa”. Si lo que se da es por el principio de la ley, entonces no puede ser conforme al principio de la promesa. Estas dos cosas son completamente opuestas. El versículo 19 dice: “Entonces, ¿para qué sirve la ley?” Ahora surge un problema. Este es el problema más difícil de resolver. La ley y la promesa son básicamente contradictorias en naturaleza.

Si tú tienes la ley, no puedes tener la promesa; si tienes la promesa, no puedes tener la ley. Estas dos cosas no pueden estar juntas. Pero ahora tenemos la ley y la promesa. Dios dio la promesa, y luego cuatrocientos treinta años después dio la ley. ¿Qué puedes hacer tú? Si el pacto hecho por Dios no puede cambiar, siendo imposible reducirlo ni aumentarlo, entonces, ¿por qué fue dado la ley? Puesto que un pacto no puede cambiar, una promesa siempre será una promesa, y la gracia siempre será gracia. Entonces, ¿para qué se necesita la ley?

En el versículo 19 Pablo nos da la respuesta: “Fue añadida a causa de las transgresiones”. ¿Qué significa añadir? Pablo dijo que la ley fue añadida. En realidad, Dios no tiene que darnos la ley, ni tampoco tenía que dársela a los judíos. Dios dio la ley a los judíos porque Él quería mostrarle al mundo por medio de ellos que fue dada por causa de las transgresiones.

¿Por qué la ley fue añadida a causa de las transgresiones? Veamos la última parte de Romanos 4: 15: “Pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión”. Veamos también Romanos 5: 20: “La ley se introdujo para que el delito abundase”. El propósito de la ley es causar que el pecado abunde. ¿Qué significa esto? El pecado entró al mundo por el hombre, y por lo tanto, el pecado está en el mundo. La muerte vino por el pecado y así comenzó a reinar.

Desde el tiempo de Adán hasta el tiempo de Moisés, el pecado estaba en el mundo. Pero ¿cómo podemos comprobar esto? Vemos la evidencia al ver la muerte que está en el mundo. Si no hubiera pecado desde Adán hasta Moisés, el hombre no hubiera muerto. El hecho de que desde Adán hasta Moisés todos murieron comprueba que el pecado ya estaba.

Aunque había pecado durante ese tiempo, no había ley. Así, sólo había pecado pero sin transgresión. ¿Qué es la transgresión? El pecado estaba presente y era real en el mundo, pero el hombre no sabía que el pecado estaba aquí sino hasta que vino la ley de Dios. Por medio de la ley, Dios nos muestra que hemos pecado. En realidad, el pecado ya estaba en nosotros.

Ya estábamos corrompidos, pero no lo supimos sino hasta que la ley vino; para entonces el pecado interior fue manifestado como transgresiones. La ley es como un termómetro. Una persona puede estar enferma, con fiebre. Pero si tú le dices: “Tu cutis no se ve muy bien; tienes temperatura”, él tal vez no le crea. Lo único que tú tienes que hacer es tomar el termómetro y ponérselo. Después de dos minutos le puedes mostrar en forma definitiva que tiene temperatura.

Nosotros ya teníamos pecado; ya teníamos “temperatura”; pero no lo sabíamos. Así que Dios nos dio una regla. Aunque la ley no sea una regla perfecta, es una regla suficientemente elevada. Dios usa la ley para medirnos. Por ella vemos que hemos transgredido. Una vez que vemos que hemos transgredido la ley, sabemos que hemos pecado. El pecado ya estaba en el hombre; pero sin transgresiones, él nunca habría confesado que tenía pecado. Sólo después de que transgredió, confesaría que realmente tenía pecado.

Cuando leo la Biblia, me maravillo con las palabras que el apóstol usó. En estos versículos él no usó la palabra pecado; más bien, usó la palabra transgresión tres veces. El pecado está siempre dentro del hombre, pero no se convierte en transgresión sino hasta que se lleva a cabo. Tiene que haber algo para transgredir antes de que haya posibilidad de transgresión. Permítanme ilustrarles. Supongamos que hay un niño que siempre ensucia su ropa. Siempre usa sus mangas para limpiarse la nariz, y su ropa se ensucia rápidamente. En su temperamento, hábito, mentalidad y conciencia, él nunca considera que ensuciar su ropa es un pecado. Su padre tampoco lo considera un pecado.

De todos modos el hecho del pecado está aunque no haya desobediencia. La ropa del niño está muy sucia, pero no le importa. Su conciencia se siente bien porque su padre nunca le ha dicho que eso está mal. Él puede estar despreocupado. Aun cuando su ropa está muy sucia, él todavía puede comer con su padre, sentarse con su padre y caminar con su padre. Para él, todo está bien. En otras palabras, él no ha transgredido. Pero un día su padre le dice que ya no puede ensuciar su ropa, y que si lo hace otra vez, le dará un azote.

Si el niño estuvo haciendo esto habitualmente, el hablar de su padre manifestará sus pecados. Originalmente sólo tenía pecado, y no desobediencia. Pero una vez que el niño desobedece, hay transgresión. De la misma manera, sólo cuando hay ley hay transgresión. Cuando la ley le dice que haga esto o aquello, la transgresión será manifestada. Originalmente este niño podía venir a su padre en rectitud y sin temor. Pero ahora si él se comporta conforme a su hábito y hace esto otra vez, él no tendrá paz en su interior y su conciencia hablará.

Todos los lectores de la Biblia y todos los que entienden la voluntad de Dios saben que Dios no nos dio la ley con la intención de que la guardáramos. La ley no se hizo para que la guardáramos, sino para que la quebráramos. Dios nos dio la ley para que la transgrediéramos. Esta puede ser la primera vez que muchos de ustedes escuchan semejante palabra, y tal vez les parezca extraña. Dios ya sabe que tú tienes pecado. Dios sabe esto; pero tú no lo sabes. Por lo tanto, Dios le ha dado la ley para que la transgredas, a fin de que tú te conozcas.

Dios sabe que tú no eres bueno, pero tú te crees bueno. Por lo tanto, Dios ha dado la ley. Después de que tú la transgredes una, dos, muchas veces, tú dirás que tienes pecado. La salvación no vendrá a ti sino hasta entonces. Sólo cuando tú admites que no puedes seguir adelante, que es imposible continuar conduciéndote en tal manera, estarás dispuesto a recibir al Señor Jesús como su Salvador. Sólo entonces estarás dispuesto a recibir la gracia de Dios.

Ya hemos visto que a fin de recibir gracia uno necesita humillarse. Somos pecadores, y hemos cometido pecados. ¿Qué es lo que nos hace humillar? La ley. Los seres humanos son orgullosos. Todos los seres humanos creen que son fuertes y se consideran buenos. Pero Dios nos dio la ley, y una vez que vemos la ley, tenemos que humillarnos y confesar que realmente no somos buenos en lo más mínimo. Esto es lo que Pablo daba a entender cuando dijo que antes de haber leído en la ley que no debemos codiciar, él no sabía lo que era codiciar.

Sin embargo, cuando vio la ley, se dio cuenta de que había codicia en él. Esto no significa que antes de que Pablo viera la ley no había codicia en él. Ya había codicia en él desde mucho antes. Él siempre había codiciado, pero no se daba cuenta de que era codicia. No fue sino hasta que la ley se lo dijo que se dio cuenta.

Por lo tanto, la ley no nos hace cometer cosas que no hemos hecho antes; la ley sólo expone lo que ya está en nosotros. Por eso digo que Dios le dio al hombre la ley no para que la guardara, sino para que la quebrara. Tampoco la ley le da al hombre la oportunidad de transgredir; más bien, la ley le muestra al hombre que él transgredirá. La ley le permite al hombre ver lo que Dios ya ha visto.

Romanos 7 explica este asunto muy claramente. Veamos este capítulo, empezando desde los versículos 7 y 8: “¿Qué diremos pues? ¿La ley es pecado? ¡De ninguna manera! Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Más el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto”. Sin la ley, no siento que codiciar es pecado, aunque haya codicia en mí. Así, la codicia en mí está muerta; o sea, no soy consciente de ella. Sin embargo, después de que la ley viene, resuelvo no codiciar más. Sin embargo, todavía codicio, y el pecado revive.

El versículo 9 dice: “Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí”. Amigos míos, recuerden que Dios les dio la ley sólo por una razón: para mostrarles que ustedes siempre han estado llenos de pecado. Debido a que no han visto su propio pecado, actuaron orgullosamente. La ley vino para ponerlo a prueba. Tú puedes decir que no codicias. Sin embargo, si tú tratas de no codiciar, ¿cuál será el resultado final? Cuanto más te esfuerzas, más débil te haces y más codicioso serás. Tú te propones no codiciar, pero en el momento que te propones esto, te encontrarás codiciando todo.

Tú codicias hoy, y codiciarás mañana; tú codicias en todas direcciones. Ahora el pecado está vivo, la ley está viva, y tú estás muerto. Originalmente el pecado estaba muerto y tú estabas bien, pero ahora que la ley ha venido no puedes evitar codiciar. Cuanto más tratas de no codiciar, más codicioso te haces.

El problema es que el ser del hombre es carnal, y debido a que el hombre es carnal, su voluntad es débil, su conducta es rebelde, y sus deseos son sucios. El versículo 10 dice: “Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte”. Si el hombre puede realmente guardar la ley, él vivirá. Pero no puede; entonces muere. El versículo 11 dice: “Porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató”.

Si la ley no me hubiera dicho que hiciera esto o aquello, el pecado estaría tranquilo en mí y no estaría tan activo. Pero desde que la ley vino y me dijo que no debería codiciar, el pecado, por medio del mandamiento me ha tentado y ha puesto este asunto de codicia en mi mente. La ley me dice que no debería codiciar, y me propongo a no codiciar; pero en vez de no codiciar, codicio aún más. Por un tiempo sentí que estuve mintiendo.

No mentí deliberadamente, pero a veces sin intención decía demasiado o muy poco acerca de algo. Cuando me di cuenta de esto, resolví desde aquel momento que mi sí sería sí y mi no sería no. Sin importar a quien le hablara, resolví hablar adecuadamente. Antes de resolver esto, en realidad no mentí mucho, pero después de que tomé la decisión, se me hizo muy fácil mentir. En realidad empeoré.

Sin embargo, no fue sino hasta que empecé a poner atención en la mentira, cuando la ley me iluminó para tratar con mis mentiras, que sentí que todas mis palabras eran mentirosas. Parecía que las mentiras me rodeaban. Por lo tanto, descubrí que originalmente las mentiras estaban muertas, pero ahora las mentiras habían revivido. A donde fuera, estaban las mentiras.

El pecado me mató por medio de la ley y me inutilizó. El versículo 12 continúa: “De manera que la ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”. Nunca deberíamos considerar la ley como algo malo. La ley es siempre santa, justa y buena. “¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? De ninguna manera; sino que el pecado” (v. 13a). Al principio, el pecado estaba muerto y yo no era consciente de ello; pero cuando la ley vino para probarme, morí. “¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? De ninguna manera; sino que el pecado lo fue para mostrarse pecado produciendo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso” (v. 13). Al principio, no sentimos que el pecado es tan pecaminoso. Pero cuando la ley viene y tratamos de guardarla, vemos dónde están nuestros pecados y cuán pecaminosos y malignos son.

Podemos ver la función de la ley aquí. La ley es como un termómetro. Un termómetro no le dará fiebre. Pero si tiene fiebre, el termómetro seguramente la manifestará. La ley no hará que tú peques, pero si tienes pecados, la ley de Dios te mostrará inmediatamente que eres un pecador. Originalmente, tú no sabías que eras un pecador, pero ahora lo sabes.

La ley vino para juzgar los pecados del hombre. La ley fue establecida porque el hombre tiene pecado. Nunca vemos a Dios guardando la ley simplemente porque es imposible que Dios transgreda la ley. Así, no hay ley sobre El. Dios nunca le dijo al Señor Jesús que amara al Señor Su Dios con todo Su corazón, con toda Su alma, con toda Su fuerza y con toda Su voluntad, y que amará a Su prójimo como a Sí mismo.

El Señor Jesús simplemente no lo necesitaba. Espontáneamente El ama al Señor Su Dios con todo Su corazón, con toda Su alma, con toda Su fuerza y con toda Su voluntad; El espontáneamente ama al prójimo como a Sí mismo, y aún más que a Sí mismo. Por lo tanto, la ley es inútil para El. Dios no le dijo a Adán que no codiciara ni robara.

¿Por qué necesitaría Adán codiciar? ¿Por qué necesitaría Adán robar? Dios ya le había dado todo lo que había sobre la tierra. Los Diez Mandamientos no fueron dados a Adán, porque él no los necesitaba. Más bien, la ley fue dada especialmente a los israelitas porque mostraba al hombre carnal su condición interior y su pecado interno. Si un argentino no robara nunca, no habría necesidad de que en la ley argentina existiera una cláusula acerca del robo. Debido a que el hombre roba, hay una cláusula en la ley que dice que nadie debe robar. Así, la ley existe por causa del pecado. Cuando el hombre pecó, la ley se introdujo.

Ahora volvamos a Gálatas 3 y continuemos con el versículo 19: “Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones”. Ahora entendemos claramente. Antes de los tiempos de los siglos Dios se propuso dar gracia al hombre. Luego le dio una promesa a Abraham. En la eternidad era meramente Su propósito. Con Abrahán, fue algo hablado: El trataría con el hombre en gracia. Entonces, ¿Para qué Dios le dio la ley al hombre cuatrocientos treinta años después de eso? Fue añadida a causa de las transgresiones.

A fin de que los pecados del hombre se convirtieran en transgresiones, la ley fue dada al hombre. De esta manera, el hombre se dio cuenta de que tenía pecado y esperaría “hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa” (v. 19). No fue sino hasta que todo el mundo vio que eran pecadores y que estaban desahuciados, que estaban dispuestos a recibir al Señor Jesucristo el cual Dios prometió. Aun si Dios hubiese dado la salvación más temprano, el hombre no lo habría tomado. El hombre no quiere la gracia de Dios, pero debido a que el hombre tiene transgresiones y está desahuciado, posiblemente reciba la gracia de Dios.

El versículo 19 termina de la siguiente manera: “Y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador”. Esta parte se refiere a la ley mencionada anteriormente. No sólo la ley fue añadida a causa de las transgresiones, sino que también fue ordenada por un mediador. La ley tiene estas dos características: fue añadida a causa de las transgresiones y fue ordenada por medio de los ángelesen manos de un mediador. ¿Por qué la ley fue ordenada por medio de la mano de un mediador? El versículo 20 explica: “Y el mediador no lo es de uno solo”.

¿Has sido alguna vez un intermediario o un intercesor? Un intermediario actúa para dos partes. ¿Por qué la ley tiene un mediador? Porque en la ley existe el lado de Dios y el lado del hombre. El hombre tiene que hacer ciertas cosas para Dios antes de que éste haga ciertas cosas para el hombre. Cuando las partes A y B redactan un contrato, el contrato establece lo que A debe hacer y lo que B hará en respuesta, y viceversa. Entonces, un mediador servirá como testigo entre las dos partes. La ley establece cuál es la responsabilidad de Dios para con el hombre y cuál es la responsabilidad del hombre para con Dios.

Si alguna de las partes falla, todo se pierde. ¡Aleluya! Lo que sigue en el versículo 20 es maravilloso: “Pero Dios es uno”. ¡Pero Dios es uno! La ley implica a dos partes. Si alguna de las partes tiene problemas, se pierde todo. Al dar la ley, Dios dijo que debemos hacer esto y aquello. Si fallamos, todo el asunto se perderá. Pero al hacer la promesa, “Dios es uno” sin importar lo que seamos. En la promesa y en la gracia, no se menciona nuestra parte, sólo la de Dios. Mientras no haya problemas del lado de Dios, no habrá ningún problema. La pregunta hoy es si Dios puede salvar a Abraham y si puede preservarlo. La pregunta no es cómo somos. En la promesa, no hay nada que nos implique, nada que dependa de lo que seamos.

El versículo 21 dice: “¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? ¡De ninguna manera!” Aquellos que tienen poco conocimiento dirán que la ley contradice a la gracia. Está bien decir que la ley y la promesa son dos cosas completamente diferentes, pero entre ellas no hay ninguna contradicción; la ley es meramente el sirviente de la promesa. Es algo usado e insertado por Dios.

La ley y la promesa pueden parecer contradictorias en naturaleza, pero en las manos de Dios no son contradictorias en ningún sentido. La ley fue usada por Dios para llevar a cabo Su propósito. Sin la ley, la promesa de Dios no se habría cumplido. Por favor recuerden que Dios usa la ley para cumplir con Su meta. Por consiguiente, la ley y la promesa no se contradicen entre sí en nada.

Pablo concluye de la siguiente manera: “Porque si se hubiese dado una ley que pudiera vivificar, la justicia habría sido verdaderamente por la ley” (v. 21). Si un hombre pudo obtener justicia por la ley, él podría tener vida por medio de la ley. Sin embargo, el hombre no puede hacer esto. Por lo tanto: “La Escritura lo encerró todo bajo pecado” (v. 22a).

¿Qué utilizó Dios para encerrarnos a todos? El usó la ley. Cualquiera que es encerrado por la ley debe admitir que es un pecador. Dios encierra todo bajo pecado “para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los que creen” (v. 22b). ¡Aleluya! La ley de Dios es algo que El usa para salvarnos. No es algo que Dios use para condenarnos. La ley es algo usado por Dios. Hoy, aquí, todos nosotros hemos sido encerrados. Cada uno de nosotros es un pecador. Dios ha usado la ley para mostrarnos que somos pecadores para así poder salvarnos.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez