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La Clave es la Confesión

Dice la Biblia, a todos quienes quieran leerla y además creerle, que la confesión es un paso intermedio e inevitable que lleva al hombre al arrepentimiento primero, al perdón seguidamente y, como consecuencia de todo esto, a su salvación eterna. Y todos los cristianos genuinos hoy, recordamos que alguna vez leímos eso, creímos eso, lo pusimos por obra y hoy podemos disfrutar de sus beneficios espirituales y naturales. Sin embargo, una gran mayoría de nosotros, nunca se preocupó demasiado en saber a ciencia cierta qué es una confesión, de qué se trata y por qué produce lo que produce.

Y aunque ya para nosotros no tenga demasiada importancia porque por fe y sin conocimientos demasiado profundos nos aferramos a ella como una verdadera tabla de salvación que funcionó, si es válido que lo repasemos para dedicar lo que aprendamos a aquellos que hoy mismo quieren creer en ese fundamento, en ese principio y hacerlo suyo para siempre. La palabra griega que nosotros traducimos como CONFESIÓN, es la palabra HOMOLOGEO, y su significado concreto es el de “Una declaración pública responsable a través de la cual se establece una relación legal con un contrato.”

Hay varios textos emparentados con este tema, pero bien vale rescatar algunos para verlo a la luz de la revelación y la unción del Espíritu. En primer término, vemos que en Efesios 5:11-13, Pablo dice: Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aún hablar de lo que ellos hacen en secreto. Más todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo. Esto habla necesariamente del factor más gravitante en todo acto negativo y pecaminoso: la simulación, la hipocresía; ese andar a la vista pública pretendidamente de manera inmaculada y luego, con el correr de los tiempos y los hechos, comprobarse que en lo secreto hay mugre, basura, porquería. Y como nada queda oculto bajo el sol, en algún momento saldrá a la luz porque la luz misma lo revelará. Y sólo la confesión podrá abrir paso al perdón y la justificación.

El apóstol Juan, en su primera carta en 1:8-9 es más preciso cuando señala: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si CONFESAMOS nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Esto, cualquiera de nosotros lo sabe, es total y estricta realidad cotidiana. ¿A cuanta gente le ha hablado usted de las cosas del Señor y ha respondido así en primera instancia? ¿Cuántas personas le han dicho que para qué podrían necesitar confesar pecados y recibir perdón para ser salvos si entienden que jamás han pecado, sólo porque no asesinaron a nadie o no se robaron un banco? Imagínese que si tanto le cuesta al hombre natural reconocer su estado pecador si no es influido por la convicción que sólo da el Espíritu Santo, cuanto nos podrá costar a nosotros convencerlo de eso sin la ayuda directa del Santo Espíritu, es decir: si lo hacemos con nuestras propias fuerzas y nuestra propia sabiduría intelectual. Nosotros, – aprenda -, no convertiremos a nadie. A lo sumo, podremos convencer a unos cuantos. Quien sí convierte de verdad, es el Espíritu Santo y será de Él de quien deberemos depender. Él llevará a las almas a esa confesión tan necesaria, no nuestro discurso emotivo o amenazante, según las técnicas evangelísticas que hayamos estudiado.

Una vez más Pablo, pero en este caso desde su carta a los Romanos, nos muestra en 10:8-9 un aspecto más que valioso cuando expresa: ¿Más que dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Esta, sin ninguna duda, es la base de nuestro evangelio precioso. Pablo dice que esta es la palabra de fe, por encima de cualquier otro discurso bien intencionado: confesar con nuestra boca que Jesús es el Señor, cosa que de ninguna manera podría hacer alguien que estuviera en relación con Satanás. Y de hecho, todo aquel que no está aún dentro del camino que lleva a Jesucristo, aunque se empeñe y hasta de ufane por creer y asegurar que “no está con nadie”, lo cierto es que si no anda por la senda de la luz, está andando por la senda de la tiniebla. Y concluye Pablo asegurándonos que así como la fe es un don de Dios que se recibe a partir de una decisión del corazón, que es el alma intelectual, sentimental y emotiva, asimismo la salvación es una puerta por la cual pasamos inmediatamente de confesar lo mencionado con nuestra boca, no con ninguna ajena.

Una de las características esenciales de Dios, es que Él conoce todas las cosas, que nada está fuera de su conocimiento. Es decir: que es omnisciente. Intentar burlarlo con simulaciones, hipocresías y otros modos de fingir, es inútil. Dios no puede ser burlado. Esto también está escrito y no basta con leerlo y leérselo a la gente. Lo mejor que podemos hacer es decirle a esa gente que eso es estricta verdad y que no hay modo de evadirla. Ah, y además, guardar el mismo concepto para nuestra vida particular, que no siempre la tiene tan clara. Es imposible esconderse de la Presencia Divina, principalmente de Su mirada. Deberemos entender de una vez por todas, tanto creyentes como no creyentes, que toda nuestra vida, inevitablemente TODA, (Es decir: pensamientos, emociones, acciones y hasta intenciones) está expuesta ante Dios.

Y todo esto, indudablemente, acarrean para el hombre condenación y juicio. Y no son pocos los que creen (Y hasta enseñan) que Dios anda detrás de estas cosas. Pero es valioso que se sepa que tanto la condenación como el juicio, no son la intención de Dios; son sólo consecu7encias de nuestra condición de pecado. En Jesucristo, – entiéndalo -, el Padre perdonó los pecados de toda la humanidad, cosa que muchas veces hemos oído decir y que hasta creemos un poco, pero también los de cada uno de nosotros en particular, cuestión esta que Satanás se ha ingeniado muy bien en impedir que lo creamos, ya que él sabe que cuando lo creemos, nos pierde definitivamente.

Permanentemente hablamos de confesión y arrepentimiento. Y vale la pena aclarar para que el concepto se salga de un discurso estructural, que ambas cosas constituyen una decisión primero y una acción posteriormente. Confesar nuestros pecados es una decisión que usted debe tomar porque absolutamente nadie lo hará en su lugar. Y arrepentirse, que es retornar al mejor sitio espiritual por el que hayamos pasado, es una acción que precede a aquella decisión. A estas dos cosas las podemos alcanzar y tomar para nosotros, conjuntamente con el inmediato perdón que se desencadena a partir de nuestra decisión y acción anterior, y de la indiscutible transformación que todo ello producirá en nuestra naturaleza e identidad que ya nos habían sido dadas en Cristo. Lo malo de todo esto, es que si no cumplimos la tarea encomendada, mucha es la gente que se muere y se va al infierno simplemente porque nadie llegó a sus vidas a contárselo y así darle su oportunidad.

Es importante no ignorar que tanto la confesión como el arrepentimiento, son un camino de doble mano. La confesión a Dios tiene, en el Salmo 32, una tremenda esencia que bien vale repetirla textualmente porque nos va a eximir, con seguridad, de comentarios innecesarios. Dice así: Bienaventurado aquel cuya trasgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: confesaré mis transgresiones a Jehová: y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado: ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia: con cánticos de liberación me rodearás. Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de estar sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti. Muchos dolores habrá para el impío; más al que espera en Jehová, le rodea la misericordia. Alegraos en Jehová y gozaos, justos; y cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón.

Ahora bien: ¿Hay un método, un mecanismo infalible que permita acceder a todo esto? Entienda: las cosas de Dios no forman parte de una metodología inerte o estática. Nuestro Dios es dinámico y todo lo que se mueve con Él, también lo es. Sin embargo, hay elementos que conviene conocer para adoptarlos, conforme a nuestras propias idiosincrasias, a la hora de hacer efectiva esta decisión de vida. De vida abundante aquí y ahora y de vida eterna el día que nos toque partir.

Lo primero que se necesita imperiosamente, es reconocer el pecado, entender que Dios no es ese ser permisivo, bonachón y hasta casi tonto que se cree todas las mentiras que nosotros armamos para justificar nuestro estado pecaminoso. Dios es justo y, además, fuego consumidor. Un fuego que solamente se enciende cuando hay pecado sin confesar en medio. Busquemos con honestidad los pecados de nuestro pasado, repasemos cuales son aquellos que aun no hemos confesado ni arrepentido, pidiéndole a dios que nos revele, incluso, aquellos otros de los cuales ni siquiera tenemos memoria o que podamos ignorar. Por horrible que sea lo hecho, por duro que sea lo vivido, es necesario enfrentarlo y confrontarlo con la cruz para que sea sanado.

No ocultar la iniquidad. Reconocer y ser conscientes de todas nuestras debilidades y tendencias al pecado, ya que de esa manera nos empezamos a abrir a la transformación auténtica y genuina, que no tiene nada que ver con templos, congregaciones o denominaciones, sino con algo muy íntimo y personal entre Dios y usted. Confesar esas transgresiones. Hay pecados en nuestras vidas que manifiestan una decisión consciente de hacer aquello que sabemos que no es bueno y que está mal. Estas son las acciones que llamamos como transgresiones.

Recibir el perdón, ocuparse de la culpa. Porque Satanás va a intentar con seguridad llenarnos de culpas. El amor de Dios se expresa en su perdón, liberándonos de condenación y de juicio, rompiendo la cautividad de nuestra culpa y estimulándonos a perdonarnos a nosotros mismos, que es una actitud que usted no imagina a cuanta gente creyente le cuesta entender y poner en práctica. Piden perdón a Dios y se sienten y se saben perdonados, pero no pueden perdonarse a sí mismos. Bien; debo decirle que eso, es egocentrismo. El perdón a nosotros mismos es lo que nos da la autoridad para romper los patrones de pecado que gobernaban nuestra vida.

Aprender una nueva forma de vida. Nuestra nueva identidad en Cristo se desenvuelve y manifiesta por nuestra diaria relación con Dios, respondiéndole con obediencia y fidelidad. Ahora bien; ¿Qué podría ocurrirle a usted si no acepta o asume confesar. Hay consecuencias, hay efectos secundarios e inmediatos. Lo primero, indudablemente, una enorme culpabilidad. Eso, que sabemos de donde viene, produce inevitablemente un tremendo dolor y un agudo sufrimiento, lo que también de manera inmediata, comienza a producir una pérdida en nuestras fuerzas, ya sean espirituales como incluso hasta físicas. Esa es una excelente puerta abierta hacia cualquier tipo de enfermedades y, obviamente, en el marco de todo este pandemonium desatado en su vida, ningún cambio que le permita vivir con mejor y mayor calidad. También aquí hay palabra bíblica que fundamenta lo que estamos diciendo.

(Romanos 1: 18)= Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad, (19) porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. (20) Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. (Esta es una palabra que, más que predicársela al mundo incrédulo, cosa que no está mal y que sirve y mucho, se debería inscribir en letras de fuego en cada iglesia, en cada congregación, en cada templo, ya que es aquí donde, mayoritariamente, se ven estas cosas que, llamativamente, ya fueron anticipadas por la Biblia, dándonos a entender que no es ni nuevo ni creativo; como que pertenece a una técnica satánica que lleva años dando frutos.)

(Mateo 3: 5-8)= Y salía a él Jerusalén y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados. Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento.

(Mateo 10: 32-33)= A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mí Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

(Hechos 19: 18-20)= Y muchos de los que habían creído venían, confesando y dando cuenta de sus hechos. Asimismo muchos de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos; y hecha la cuenta de su precio, hallaron que era cincuenta mil piezas de plata. Así crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor.

Este último texto habla de un suceso que, si bien está registrado como algo tremendo y sobrenatural, es el producto simple del mover de Dios y el obrar del Espíritu Santo en la ministración pública. Pablo mismo dirá más adelante que el evangelio no es vana palabrería sino poder de Dios manifestado y este que leemos aquí, es un claro ejemplo. Un ejemplo que en más de una oportunidad ha tenido manifestación en alguno de nuestros templos. No en todos, obviamente, ya que Dios confirma con señales y milagros el hecho de que se predique su Palabra genuina y sin adulteraciones.

(Santiago 5: 16-20)= Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto. Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados.

Fíjese usted cuales son, a juicio de Santiago, los factores más gravitantes dentro de una confesión como preludio de un arrepentimiento y perdón. En principio, la más total y absoluta transparencia. El mundo secular casi tiene derecho a ser hipócrita, simular lo que no siente, mentir y no confrontarse entre sí, ya que no tiene valores ni fuerzas internas que se lo posibiliten. Pero el creyente sí que las tiene porque el Señor se las da. Sin embargo, si yo digo que en nuestras congregaciones es de uso y costumbre habitual que los hermanos se confiesen sus ofensas unos a otros y como consecuencia de ello, oren también unos por otros, con todo el dolor de mi alma, tendría que decirle que estoy mintiéndole. Todos sabemos que no es así. Pero todos, también, y esta palabra es testigo, sabemos que así tendrá que ser para conseguir la ansiada sanidad interior, que tiene que ver mucho más con el cumplimiento de la voluntad de Dios que con la psicología.

Y cuando agrega que la oración del justo puede mucho, acota algo que nos tiene que servir hoy y ahora: desmitifica a Elías. Lo muestra como un hombre común que tuvo victoria cuando oró y creyó, dejando ene videncia que eso mismo es, exactamente, lo que usted y yo podemos hacer y nos funcionará. Y, finalmente, no asesinar espiritualmente, ni exonerar, ni expulsar ni marginar discriminadamente a aquel que se haya confundido y se haya extraviado de la verdad. Lo que se debe intentar hacer hasta las últimas consecuencias, es traerlo nuevamente a la verdad, y sólo cuando evidencia haber decidido negarse, soltarlo para que la justicia de Dios se cumpla en su vida.

Ya sé lo que usted está pensando en este momento. Está pensando en que, efectivamente, tiene la certeza de que lo que le digo es total y absoluta verdad, pero que silenciado algo muy importante: lo complicado y difícil que es lograrlo. Y es por eso que está esperando lo que ahora precisamente voy a decirle: los factores que pueden impedir que podamos confesar todas aquellas cosas que debemos confesar.

Una de esas cosas, indiscutiblemente, es el orgullo. Parece una tontería, pero créame que hay gente que tiene tanto orgullo que de ninguna manera se plantean que puedan tener algo malo para confesarle a Dios y pedirle perdón. Otro de los factores son, por el contrario a lo anterior, la culpa y la vergüenza. En este caso se trata de gente que sí ha entendido que tiene cosas para confesar, pero que siente tanta culpa y tanta vergüenza por esas cosas que termina por convencerse que Dios en última instancia no habrá de perdonarlo. Y después, por partes iguales, tendremos al Temor, a la auto condenación, a une exagerado y excesivo sentido y concepto de la privacidad que le determina cuestionar el por qué debería usted confesar cosas a Dios y, finalmente, evitar confusiones.

Sin embargo, si usted quiere tener, tanto para usted como para todos aquellos a quienes haya de enseñárselo, la concreta seguridad del por qué y el para qué de la confesión, nada mejor que recurrir a la Biblia, que como en todos los demás aspectos que tienen que ver con el evangelio y con nuestra vida cotidiana de fe, tiene todas las respuestas para todas las dudas.

(1 Pedro 1: 17-23)= Y si invocáis por padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean de Dios. Habi8endo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.

Este texto es un verdadero manual que sirve como guía y modelo hacia una confesión sincera y auténtica dando paso posteriormente a una conversión genuina y no simulada por conveniencias personales sociales. De ella se pueden extraer riquezas tremendas en forma de pasos, de claves, de estaciones, de campamentos de distinto calibre y dimensión que, desandados, recorridos, transitados, nos van a llevar a un estado espiritual del mejor calibre. No una buena religión, no cultos tradicionales; auténtica vida en Cristo Jesús. Siete puntos que, una vez cumplimentados, arrojarán como fruto y resultado la mejor decisión que cada hombre o mujer pueda haber tomado en toda su vida.

1)= Reconocer a Dios como nuestro Padre. Esto parece una verdad de Perogrullo, ya que como quiera que profesemos “la religión cristiana”, el Padrenuestro es una oración clásica, tradicional y reconocida. De allí que nadie podría poner en duda ni cuestionar el hecho de que Dios no sea nuestro Padre. Sin embargo, yo puedo asegurarle que las cosas no son tan así. Es mucha, pero muchísima la gente que ve a nuestro Dios como: a) Juez implacable, b) Castigador cruel, c) Un viejito bueno y tonto al que se puede engañar fácilmente, d) un hombre de barba puesto en algún sitio cósmico para sacarnos de apuros, y una serie de formas más que de ninguna manera tiene que ver con ese estado de Padre celestial que ama profundamente a sus hijos.

2)= Tener especial cuidado de nuestra conducta personal. Parecería innecesario tener que decirlo, pero a la vista de muchos hechos concretos, habrá que recordarlo una vez más. No hay técnica evangelística que pueda suplantar la convicción de pecado que proporciona el Espíritu Santo, pero tampoco hay metodología de evangelización que esté por encima de un excelente testimonio personal. El hombre no tiene un buen mensaje. El hombre ES o no un buen mensaje. Con su vida.

3)= Redención por la sangre de Jesús de la forma de vida que recibimos en la carne de nuestros padres. Esto tiene que ver, de manera mayoritaria, con el rompimiento de todas las ligaduras espirituales o carnales con patrones y culturas heredadas genética u oralmente de nuestros antepasados y que tanto juegan a la hora de tomar decisiones o vivir nuestra propia vivencia espiritual.

4)= Teniendo fe y esperanza y experimentando la gloria de Dios. Es imposible vivir la gloria de Dios sin fe y sin esperanza, que es de alguna manera, la plataforma de esa fe. La Biblia dice que es indispensable, para amar a Dios, creer que le hay. ¿Esto quiere decir que hay gente que habla de las cosas de Dios y hasta de parte de Dios pero que en su fuero íntimo no creen que Él verdaderamente sea real? No puedo decirlo yo, pero sí lo dicen las Escrituras, que por algo inscriben lo que inscriben.

5)= Purificación de nuestras almas. ¿Y qué es purificar el alma? Porque suena muy bonito, pero no se entiende del todo. Se reitera y se predica muy a menudo, pero no se entiende con claridad. Purificar el alma, no es otra cosa que someterla definitivamente a los dictados del espíritu, que a la sazón debe estar plenamente llenado por el Espíritu Santo de Dios. Cuando Dios toma control en lo espiritual de la vida de una persona, su alma comienza un proceso de purificación sentimental, emocional e intelectual.

6)= Amor de unos por otros. Alguien ha dicho alguna vez, con mucho acierto, que cómo sería posible amar a un Dios que no vemos si aún no podemos amar a tanta gente a la que sí vemos. La disculpa más abundante es que mucha gente no se merece ser amada por sus feos actos. No debemos ni podemos olvidar que tampoco nosotros merecemos nada y, sin embargo, Dios nos amó igualmente, al punto de entregar a su propio hijo unigénito por nosotros.

7)= Nueva identidad por la experiencia del nuevo nacimiento. Para hacer lo que yo hago, – le dijo Jesús a Nicodemo -, debes nacer de nuevo. Y es como si se lo estuviera diciendo a usted o a mí, hoy mismo. El principio es el mismo y sigue siendo el mismo. Una cosa es acompañar a Jesús y tratar de imitarlo. Sus primeros discípulos lo hicieron y consiguieron ser útiles. Algo dejaron en la Biblia para nuestra capacitación. Sin embargo, Pablo tuvo un encuentro personal con Cristo, y su tarea fue mucho más potente y prolífera. El principio sigue intacto.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez