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Escuela de Maestros

Desde el mismo momento en que tuve la certeza que el Señor me había capacitado y preparado con mucha paciencia y misericordia para el ministerio de la enseñanza, traté de buscar la dirección clara de dios para ejercerlo.

De ninguna manera me opuse, me rebelé o dejé de sujetarme espiritualmente al liderazgo establecido para desarrollarlo, pero tampoco me quedé ni me conformé con disposiciones humanas tradicionales y clásicas. Dios sabe que, además de todo lo importante y valioso que puedo recibir a través de los hombres que Dios usa para ministrar mi vida, también sabe que en algunos puntos, el tratamiento a veces es directo, sin intermediarios.

Por eso no he descreído ni descreo en la capacitación que la organización de los hombres en el plano institucional llamada iglesia pone a disposición de aquellos que deseamos enseñar. Seminarios, institutos, escuelas, todo sirve, todo ayuda y colabora para hacer esto con excelencia.

Pero también sabía, y sé, que un ministerio del Señor es mucho, muchísimo más que lo que un grupo de hombres fieles, sabios y bien intencionados puedan suponer, opinar, disponer y ejecutar. Un ministerio real de Dios sólo puede ejercerse con el aval inamovible e irrebatible de la palabra misma. Y allí acudí para buscar confirmación, reafirmación, guía e inspiración. Por mí, naturalmente, y por todos los hermanos en Cristo que tienen este mismo llamado.

Efesios 4 habla, por boca de Pablo, de cinco ministerios básicos sobre los cuales se edificó la iglesia primitiva y sobre los cuales hoy, en los inicios del siglo veintiuno, debe seguir edificándose y hasta reformándose la iglesia de Dios.

(Efesios 4: 11)= Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.

En lo global, aquí tenemos un punto más que básico. Todos los ministerios han sido dados por gracia, para perfeccionar a los santos y para edificar el cuerpo de Cristo, no para supremacías humanas, lucimientos o prestigios personales. Ministerio que no cumpla con estos dos objetivos básicos, no proviene de Dios sino de hombres u hombres influenciados. Porque no perfecciona a creyentes ni aporta nada constructivo para el cuerpo, sino todo lo contrario. ¿Vamos a confirmarlo? El libro de los Hechos nos muestra algunas pistas.

(Hechos 11: 25)= Después fue Bernabé a Tarso para buscar a Saulo; y hallándole, lo trajo a Antioquia. (Antioquia era una ciudad ubicada a unos cuatrocientos cincuenta kilómetros al norte de Jerusalén, sobre la margen occidental del río Orontes. Se la llamaba “La Reina del Oriente”, a causa de las bellezas, de su movimiento comercial y su ubicación estratégica en las rutas de mayor tránsito.)

(26) Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, (Note que ellos fueron a hacer un trabajo a la iglesia, no al mundo incrédulo) y enseñaron a mucha gente (Gente de la iglesia. No estamos hablando de evangelismo ni de profecía, hablamos del ministerio del maestro). …y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquia. (Capacitación y perfeccionamiento de los santos. Más adelante, sin embargo, para que no se confundan los roles, se lo puntualiza).

(Hechos 15: 35)= Y Pablo y Bernabé continuaron en Antioquia, enseñando la palabra del Señor. (Maestros. No eruditos en clases de historia, política, geografía o sociología bíblica: la palabra de Dios) y anunciando el evangelio con otros muchos. (Aquí sí; evangelistas también. La iglesia ya conocía a Cristo, así que ese anuncio era indudablemente trabajo evangelístico de campo. Además del trabajo de maestros, claro.)

La tercera escritura de respaldo, ordena una especie de escalafón ministerial. Pablo se lo detalla a los Corintios para, precisamente, ordenarlos debidamente, algo que indudablemente y según lo marca el contexto general de la epístola, se necesitaba en esa iglesia imperiosamente.

(1 Corintios 12: 28)= Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas.

Primero, le está diciendo que el que pone a esta gente en la iglesia, es Dios; no comisiones humanas evaluadoras conforme a creencias o reglas denominacionales internas. Aunque, claro está, no excluye la participación humana que es indispensable para mecanizar cualquier cosa, pero bajo otras facetas no estructuradas. Después le da un orden  que no debe ser interpretado como de escalafón de liderazgo, sino de su valor para el perfeccionamiento de los santos y para la edificación (Que es construcción progresiva y madura), del cuerpo de Cristo.

Es indudable que la máxima responsabilidad del maestro del Señor según Efesios 4, es la de enseñar la palabra, no rudimentos intelectuales informativos que sólo pueden tener validez para elaborar tesis que permitan aprobar exámenes sistemáticos de raíz pedagógica que otorgue el acceso a determinados títulos inventados por hombres. Que son muy buenos, cuidado, y altamente necesarios para adosar nutrición al ministerio, pero de ninguna manera para fabricarlo desde la nada. Y mucho menos, sin la participación necesaria, – no conveniente -, NECESARIA, del Espíritu Santo. En Deuteronomio tenemos una evidencia de cómo entiende Dios la enseñanza de su palabra.

(Deuteronomio 4: 10)= El día que estuviste delante de Jehová tu Dios en Orbe, cuando Jehová me dijo: (dice Moisés), reúneme al pueblo, para que yo les haga oír mis palabras, las cuales aprenderán, (Dice “aprenderán”, del verbo Aprender, que es asimilar, entender, conocer, encarnar, poner por obra, obedecer. No meramente memorizar, que ha sido durante mucho tiempo a lo que hemos llamado Aprender) para temerme todos los días que vivieres sobre la tierra; y las enseñarán a sus hijos. (Ah, no; de la enseñanza bíblica se tiene que ocupar la iglesia. ¡Basta! No es eso lo que Dios ha dicho.)

(Deuteronomio 11: 19)= Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes, y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.

Hermano. Hermano maduro y sólido que ya has “pescado” hace bastante tiempo cual es la “onda” de Dios. Te pido que tengas un momento de paciencia porque lo que me es indispensable decir ahora, no es para ti. Es para tantos y tantos que todavía andan por la vida descreídos de que la revelación sea algo cierto y se empeñan en ver a las Escrituras como algo literal, histórico e intelectual. Si usted todavía ve las cosas así y es fiel, busca a Dios y quiere respetar su palabra, ya lo estoy viendo después de leer esto.

Lo veo sentando a su hijo que andaba por la calle jugando al fútbol, dispuesto a darle una clase bíblica de la que sin ninguna duda le va a quedar muy poco, porque su mente infantil todavía anda corriendo por la vereda junto con el balón que todavía patean sus amigos. Lo veo cuando lo lleva a la escuela, medio dormido todavía, hablándole del pueblo de Israel que sale de Egipto y el niño que hace como que lo escucha y como que lo entiende porque lo respeta, pero lo que más quiere, en ese momento, es comprobar si no se olvidó ninguna carpeta, la cartuchera de los lápices, ningún cuaderno, la goma de borrar o simplemente el repaso a la lección de geografía que no tenía segura.

Lo veo sacudiéndolo para que no se le duerma cuando aterriza en su cama, por la noche, agotado, y usted se empecina en cumplir con el devocional del cual nadie termina entendiendo nada. Lo veo en medio del desayuno monologándole de Isaías, Jeremías y David. Lo veo escribiendo versículos en los plátanos de su vereda y discutiendo con su esposa que entiende perfectamente que …todo lo puedo en Cristo que me fortalece es válido, importante y verdadero, pero que se resiste a que usted se lo pinte en la puerta del frente que es nueva y costó un platal.

Tengo que decirle, que si está haciendo algunas de estas cosas, que no ha entendido usted el principio espiritual que encierra este pasaje, que no es lo literal que usted ve, sino una forma de enseñarle que la palabra va a entrar y hacer nido en sus hijos, cuando ellos comprueben que es una realidad activa, palpable, real y práctica en todo momento del día en su vida y en la de su esposa. Eso es lo que dice.

Los hombres, – aún con la mejor y más nobles de las intenciones -, han alterado consciente e inconscientemente la realidad de Efesios 4. En círculos analíticos poblados de eruditos y teólogos de excelsa reputación se decidió, aún no sabemos muy bien con qué respaldo, que determinados ministerios tienen que prevalecer sobre toros considerados “menos importantes”, y más aún; que otros, en este tan racional tiempo presente, ya no tienen razón de ser… (?)

Entonces vemos que el pastor adquiere una preponderancia superlativa, que el evangelista es reducido a carpas, campañas o actividades exteriores a la congregación, que el maestro es confinado a pequeñas aulas donde lleva adelante, un plan más vinculado con cierta forma de pedagogía educativa de una filosofía y un estilo de vida denominado “cristianismo”, que la enseñanza fiel de la palabra revelada y que apóstoles y profetas no tienen espacio alguno para ministrar. Asombra, por eso, el llamativo olvido de que todos los ministerios todos, fueron puestos por Dios para el perfeccionamiento de los santos y la edificación del cuerpo, y mucho más, asombra la falta de basamentos bíblicos que evidencian estos cambios.

Es bastante normal que hombres y mujeres llenos de fidelidad y virtudes del alma, pero sin un llamado claro y preciso de Dios para el ministerio, reconozcan que están en tal o cual lugar “estudiando para pastores, maestros o evangelistas”. Asimismo, también está dentro de esa “normalidad”, que cada uno de ellos, al finalizar sus estudios, puedan recibir títulos o credenciales de apóstoles y profetas. Bíblicamente, esto no me cierra para nada.

Ahora bien; si el conocimiento de la palabra revelada es prioridad para el pueblo, – eso es lo que Dios dice -, no menos preocupante sería, entonces, su ignorancia o desobediencia.

Hay un relato, en el evangelio de Mateo, que confirma la validez y la vigencia de este peligro. Allí, en el capítulo 22, nos encontramos con los saduceos, un sector que decía profesar la misma fe, las mismas creencias y actitudes de los cristianos, salvo que no creían en la resurrección. Lo consultan a Jesús sobre este punto y su respuesta es directamente vinculada con una fase de su ministerio; la del maestro.

(Mateo 22: 29)= Entonces respondiendo Jesús, les dijo: erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios. – Yo me pregunto si hoy, en la iglesia del siglo veintiuno, por la misma u otra causa, no habrá autodenominados “cristianos” que merezcan textual y literalmente la misma respuesta.

Pablo, según se relata en el Libro de los Hechos, dirigiéndose a miembros de la iglesia de Antioquia, les esclarece el valor del conocimiento de la palabra para arribar al conocimiento de Jesucristo y al poder del Dios vivo, en una clara muestra de que cuando no existe la enseñanza verdadera del maestro de Efesios 4, hay una pata incompleta en la mesa de la fe activa.

(Hechos 13: 26)= Varones hermanos, hijos del linaje de Abraham, y los que entre vosotros teméis a Dios, a vosotros es enviada la palabra de esta salvación. – Punto primero: la palabra, la enseñanza, es para los que creen. Maestro. Para los que aún no creen, las buenas nuevas, la tarea del Espíritu santo convenciendo de pecado, la necesidad de perdón y redención. Evangelista. Luego, sus problemas personales serán atendidos, evaluados, considerados, ministrados y sanados por la unción de Dios. Pastor.

(27) Porque los habitantes de Jerusalén y sus gobernantes, no conociendo a Jesús, ni las palabras de los profetas que se leen todos los días de reposo, las cumplieron al condenarle.

Sin embargo, uno de los textos más claros con relación a lo que es la verdadera enseñanza, está en la segunda carta de Pablo a los Corintios. Allí habla de lo que debe ser extraído de la escritura que no es, como muchos todavía insisten en suponer, un cúmulo de informaciones teológicas, culturales, históricas o sociales, sino en la revelación de la voluntad y el propósito de Dios para este tiempo.

(1 Corintios 3: 13)= Y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido.

(14) Pero el entendimiento de ellos se embotó; (El entendimiento se nos puede embotar. Embotamiento es ver sin ver, oír sin oír, hablar sin decir nada) porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. (Está claro. Quien no está EN Cristo, tiene un velo en el entendimiento que no le permite acceder a la revelación. Sólo pueden ver la letra literal. Y la letra literal sólo es historia vieja y poco útil.)

(15) Y aún hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. (Corazón es alma y en el alma están las emociones, la voluntad y la mente. Sólo pueden ver lo que sus mentes son capaces de razonar, de racionalizar. Alumnos y pseudo-maestros por igual.)

(16) Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará.

El mundo lee la Biblia y se aburre, no la entiende. La iglesia lee la Biblia y no sólo la entiende, sino que la necesita, se alimenta con ella. ¿Pero qué ocurre con tantos que, estando en la iglesia, no encuentran en la Biblia nada muy distinto a lo que encuentra en el mundo? No están convertidos, eso ocurre. Quizás están convencidos de estar en un buen lugar, cómodos, en paz, contenidos, apreciados, atendidos, consolados, pero no convertidos. Cambiaron solamente catedral o ateísmo por rutina de templo, rosarios colgados en la cabecera de la cama de matrimonio, por Biblias hermosas y caras que no se mueven nunca de sus bibliotecas, y estampitas con uso de amuletos, por Santa Cena que, creen los hará más buenos después de tomarla. Mero ritual externo. Eso no cambiará jamás a nadie. La pregunta que nos surge por igual a maestros y alumnos, entonces, es: ¿Cuál es la llave que abre la puerta, entonces?

(17) Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. (Aquí está la llave. El Espíritu es el maestro. De allí en adelante, todos somos alumnos. La diferencia entre el ministerio del maestro de Efesios 4 con su alumno, está en que el maestro, recibió una enseñanza primero, nada más. Y que tiene la unción, la gracia y el mandato específico como para compartirla, extenderla. Eso es lo que lo diferencia a un maestro del señor con pedagogo de laboratorio teológico: El Espíritu.)

Un caso es Nicodemo. Él era un principal de la sinagoga. Conocía todo lo que debía conocerse perfectamente. En una evaluación académica, seguramente hubiera obtenido un sobresaliente. Pero le fallaba “algo”. Y ese “algo” fue lo que él vio en Jesús y lo movió, con humildad, y manejándose con enorme pudor y temor al “qué dirán”, a irse a consultarlo a la medianoche.

(Juan 3: 9-10)= Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel y no sabes esto?

Una de las expresiones que más frecuentemente escucho de parte de creyentes bien intencionados, fieles y sinceros, es: “hermano… su palabra es de bendición, pero ya que tiene un micrófono y sabe usarlo, ¿por qué no deja de lado a los creyentes y lo usa para predicar el evangelio a los que todavía están perdidos?

Le confieso que en muchos momentos me hicieron reflexionar. Por un instante llegué a pensar que tenían razón y que yo estaba haciendo la más cómoda, esa que se llama “engordar ovejas gordas” y no salir a buscar a las perdidas. Un día, orando, le pedí palabra y dirección al Señor. Él me dijo sencillamente “ve al Salmo 22:22”…

(Salmo 22: 22)= Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré. (Como clara, la respuesta fue decidida y contundentemente clara. Sin embargo, no me fue suficiente. Estaba muy enganchado con lo que es nuestro uso y costumbre. Vi que la escritura paralela de este texto, estaba en el Salmo 40:9, mire:

(Salmo 40: 9)= He anunciado justicia en grande congregación; he aquí, no refrené mis labios, Jehová, tú lo sabes.

Debí haberme convencido aquí nomás. No había forma de eludir esta palabra. Si la tomaba desde la óptica pequeña de mi iglesia local, funcionaba. La congregación local de la cual soy miembro, es bastante grande. Si la veía desde lo global, la iglesia del Señor sin barreras denominacionales ninguna. Una emisora de radio, una página Web, nuclean una enorme congregación a la que sería incapaz totalmente de definir en número. Algo sí que coincidía: jamás refrené mis labios en sus verdades. Escuche quien escuche. Un busco ni pretendo buscar agradar o seducir a personas. Quiero agradar a mi Señor. Punto.

Sin embargo, – y así somos -, no me quedé convencido todavía. Necesitaba algo más. Volví a probar la misericordia de Dios y Él, con su infinito amor y algo de buen humor agregado, volvió a responderme. “Ahora vete a Hebreos 2”, fue lo que escuché en mi mente. ¡Aleluya! ¡Ahora sí! El capítulo 2 de la carta a los Hebreos, tiene dieciocho versículos. Tendría que leerlo todo porque esta vez no tenía más dirección que el capítulo entero. Y comencé a leer lentamente, con temor a que la verdad nueva que yo esperaba hallar, se me pasara de largo sin verla. Y fui pasando de uno en uno, sin encontrar ningún golpe espectacular que me detuviera. ¿Qué habría allí de nuevo y más claro que lo anterior? ¿Qué habría? De pronto, llegué al verso 12…

(Hebreos 2: 12)= …diciendo: anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré.

Ya no podía seguir probando a Dios. El pasaje paralelo del Salmo 22:22 es el Salmo 40:9, nada más. No hay otro en mis biblias de estudio. Pero el paralelo de hebreos 2:12, es el Salmo 22:22. De allí la mezcla que Dios puso en mi corazón para empujarme, con mucho amor, a escudriñar.

Entonces la luz se hizo en mi espíritu y en mi mente; le diría que explotó, escuche: predicar el evangelio a los perdidos, desde la óptica del ministerio del maestro de Efesios 4, es enseñar la palabra de verdad, revelada por el Espíritu Santo, a mis hermanos; a tantos que por doctrina o dogmas de hombres, deambulan hoy dentro de muchos templos tan perdidos como los que no conocen a Cristo.

Los “hermanos” que gentilmente se acercaban a mí a pedirme que dejara de hacer lo que estaba haciendo, (En algunos casos porque Dios se los había “mostrado” en oración), sencillamente habían sido utilizados por el diablo (Como tantas veces ocurre), para sacarme de la ruta donde mi Dios y Señor me había colocado. ¡Gloria a su nombre por depender de mi Padre y no de hombres!

“Pero hermano… eso es imposible… ¿Cómo dice usted que van a estar perdidos si están en la iglesia? Lea su Biblia, por favor. “Estaban con nosotros, pero no eran de nosotros…” – “No todo el que me dice Señor, Señor…” ¿Le alcanza o sigo?

Usted recuerda muy bien estas palabras de Jesús. Usted leyó muchas veces estos textos en su Biblia. Entonces se lo puedo preguntar con total y absoluta tranquilidad: Cuando el Señor dijo estas cosas, ¿A quien se las estaba enseñando? ¿Al mundo o a la iglesia?

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enero 1, 2015 Néstor Martínez