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El Umbral de la Verdad

Una pregunta que los creyentes se formulan en la intimidad de sus vidas, a veces, es: ¿Soy un cristiano maduro? Eso, inmediatamente trae otra: ¿Qué es ser un cristiano maduro? Para los que recién comienzan a andar por este camino, (Y a veces para muchos que llevan años), ser maduro requiere estar en la iglesia tan a menudo como sea posible, testificar regularmente, enseñar en una clase bíblica, hacer visitas a hospitales, asilos o geriátricos, escribir cartas de aliento a los decaídos, diezmar, ofrendar, memorizar versículos bíblicos, asistir a los campamentos y retiros organizados por la iglesia, apoyar y participar en las campañas evangelísticas, mandar a los hijos a una escuela cristiana, participar en varias comisiones, servir en alguna área, colaborar con la atención de bebés durante el culto, la cocina en tiempo de campaña, la visitación del vecindario, cantar en el coro, formar parte de algún proyecto misionero o de alguna actividad social. Además, se nos dice, sino es un cristiano realmente maduro, en su vida no debe haber lugar para el desaliento, la duda o simplemente la diversión o la trivialidad. Porque la fe es una cosa seria, intensa.

Muy bien. Se acabó. Una vez que hemos asumido esto, vemos cómo empiezan a entrar las complicaciones y, por la misma puerta, empieza a salir la alegría.

Asombra ver hasta qué punto nos hemos desviado de las enseñanzas originales de Cristo sobre la sencillez de la fe. ¡Qué dolorido debe estar Dios de nuestro ritmo alocado, histérico, neurótico! Hemos transformado nuestro andar con Dios en una carrera con obstáculos, en una maratón agotadora. Le hemos agregado enormes pesas tipo lastre a los competidores y, por causa de eso, muchos están optando por no entrar en esta carrera de ninguna manera. Y lo peor es que no se los puede culpar. ¿Cómo se supone que le llevaremos la felicidad a alguien abrumado por las cargas del mundo secular y de la vida, agregándole más cargas aunque en este caso de carácter religioso? ¿Quién puede sentirse atraído por eso? Es más: ¿Eso es una BUENA NUEVA?

Cuando entramos al tema de la comunicación clara, comprobamos que Jesús fue un experto. Pequeños y grandes por igual, no tenían dificultad en entender sus palabras y seguir sus razonamientos. Y esto no es vana tontería, porque la sociedad en la cual Él se movía, estaba acostumbrada a una religión basada en frases hechas y en dobles mensajes. El prolijo cuidado que tanto escribas como sacerdotes ponían en que estas reglas se cumplieran colaboraron, fíjese, en que el estilo de Jesús, directo y sincero, pareciera mucho más renovador. Cuando los jerarcas hablaban la gente aguantaba educada y respetuosamente; cuando Jesús hablaba, la gente escuchaba…

Él se sentaba en un lugar, sin ningún anuncio previo, y se ponía a hablar, con autoridad, de las cosas que realmente le importaban a todos. De lo que ocurría allí, a la vuelta del primer árbol. A una de esas enseñanzas la encontramos en la Biblia con el subtítulo de “El Sermón del Monte”, un titulado no muy feliz, de neto corte humanista, ya que si bien lo dicho tenía la autoridad divina, no era para nada de tonalidad oficial y mucho menos “sermoneadora”. Era simplemente una charla informal, razonada, meditada y sencilla, aunque al mismo tiempo tuviera, – hoy lo podemos ver -, una profundidad capaz de estar alimentando aún al hombre que se prepara para vivir lo mejor que pueda este Tercer Milenio.

(Mateo 7: 28-29)= Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.

Aquí hay que puntualizar algo: la gente de aquella época, estaba harta de las manipulaciones, el orgullo y especialmente de la hipocresía de sus líderes religiosos. Muchos años de legalismo, mezclado con exhibiciones fariseicas de poder destinadas a intimidarlos y controlarlos, mantenían al público en general en la esclavitud. Los sistemas humanos llenos de requisitos y exigencias rituales y morales encerraban a la gente detrás de barreras invisibles y las ataban con cadenas de culpabilidad. Dice que enseñaban como quien tiene autoridad y no como los escribas. ¿Cómo enseñarían los escribas? Como muchos maestros de la palabra de hoy. Usando técnicas, tesis fundamentadas en comentarios de autores cargados de prestigio, evaluaciones extraídas de análisis sociopolíticos de la época y con ingredientes tales como estudios de la psicología del hombre de ese tiempo, sus reacciones y su problemática. Todo muy bueno, muy informativo y necesario de conocer. Pero… ¿Y de la autoridad que brota de la unción del Santo, qué..?

Allí es donde apareció Jesús con su mensaje de gracia liberadora, de aliento al cansado, de esperanza al pecador. Lo más importante era que todo lo que Él decía estaba basado en una verdad transparente, la verdad de Dios, y no en rígidas regulaciones religiosas. Habló de la fe, pero de una fe simple, sencilla, en términos que cualquiera podía entender. Su propia convicción, – y este es un punto al que todos los predicadores del mundo deberían prestarle la máxima atención -, los invitaba a escuchar su enseñanza liberadora del pecado y la vergüenza, del temor y de la confusión. La autenticidad de Jesús los tomó con la guardia baja, les desarmó una por una todas sus suspicacias y al mismo tiempo eliminó la niebla que había rodeado por décadas a la religión organizada.

¡Por eso es que no sorprende que la gente lo considerara sorprendente! ¡Tampoco sorprende que a los escribas y a los fariseos les resultara insoportable! ¿Cuántos saben que la hipocresía desprecia la autenticidad? En ámbitos hipócritas, una persona auténtica, generalmente es marginada bajo la acusación de chabacanería por ejemplo. Es que cuando la verdad desenmascara el error, (Y sólo se puede ser auténtico con la verdad), los que se encuentran expuestos por esa verdad, empiezan a ponerse muy nerviosos. Y si son ministros de algo, ni le cuento. Y si tienen un sueldo que depende de esos ministerios, ni se quiera usted imaginar.

No hay nada más emocionante y conmovedor que ver el coraje de la autenticidad, a menos que el hipócrita de la novela sea uno, ¿Entiende? Eso explica por qué las palabras de Jesús, que traían tanto consuelo a los que le seguían, enojaban tanto a los fariseos. Es que aunque Él nunca mencionó a nadie con nombre propio, su mensaje expuso con tanta claridad su estilo legalista de vida como nadie se había atrevido a hacerlo antes, (Aunque muchos seguramente lo habrán pensado ciento de veces), que ellos sabían muy bien de quiénes estaba hablando Él.

Hoy sucede algo muy similar. Cuando sale una voz auténtica, que no es ni mejor ni peor que nadie, sólo que predica con la palabra de verdad, y empieza a desnudar todo aquello que muchos ven pero que casi nadie se atreve a decir porque siempre alguna conveniencia o algún compromiso lo ata, entonces esa voz es: para un sector, un ministerio, un genio casi. Como decimos en Argentina, “el Gardel” del evangelio. Y para el otro sector es un fastidio, una molestia, una piedra jorobada porque ni se puede apartar ni se puede sobornar. La calumnia santa suele ser un excelente método de combate. A la gente, pese a todo, todavía le sigue atrayendo el chisme. Y claro… el mundo… ¿Qué mundo? Nadie está hablando del mundo aquí.

Superficialmente, las palabras de Jesús que se registran en Mateo 5, 6 y 7 pueden parecer calmas en su tono y elementales en su sencillez. Podemos leerlas en quince o veinte minutos y, a primera vista, no parecen sino un pequeño golpe en el hombro. Pero para aquellos que habían torcido la religión transformándola en una lista de actuaciones, demandas y expectativas, era nada menos que sentirse expuestos ante todo el mundo.

Mirémoslo de esta manera a ver si de una vez por todas entendemos lo que es un reino. Cómo obra un rey y cómo se comportan los súbditos de ese rey. Cuando Moisés bajó del monte Sinaí muchos siglos antes, no trajo diez sugerencias. Del mismo modo, cuando Jesús presentó su mensaje en el monte, no declamó una humilde homilía. Para los legalistas, sus palabras representaban un agresivo reproche que sigue en pie en los tiempos modernos. Las palabras de Jesús pueden ser simples, pero eso no quiere decir como muchísimos suponen todavía, que hayan sido superficiales, insípidas o hasta frívolas. “¡Pero hermano! ¿Cómo se le ocurre algo así?” A mí no se me ocurre nada. No hago más que repetir lo que algunos me sugieren que haga: mensajes livianos, superficiales. “Es que…¿Sabe que pasa, hermano? La gente se confunde… Y después quiere meterse en terrenos que están reservados para líderes y pastores…” ¿Ah, sí? ¿No será que el hambre de la oveja incentivada por allí golpea la puerta de la ignorancia del cuidador del alfolí?

Más allá de la enseñanza de Jesús en las colinas palestinas había una profunda preocupación por aquellos que habían entregado sus vidas a la tiranía de la presión que estaba a años luz de la fe simple. Le preocupaba en especial la posibilidad de que alguno hubiera sido absorbido por el modelo fariseo de sustituir lo auténtico con lo artificial, un peligro que siempre está latente a las sombras del legalismo. Eso es lo que me lleva a creer que el principal mensaje de la enseñanza de Jesús en aquel marco podría encapsularse en aquellas cinco palabras que dijo en Mateo 6:8: No seáis semejantes a ellos.

Es indudable que Jesús quería que sus seguidores auténticos fueran distintos, diferentes de la mayoría que sigue al rebaño. Al resolver conflictos, hacer negocios y responder a dificultades, la gente de Jesús no puede ofrecer las mismas actitudes, adoptar los mismos métodos ni mucho menos ser víctimas de las mismas prioridades que el mundo incrédulo. Cuidado que cuando Él enseña que no seamos iguales a ellos, lo que quiere decir es exactamente eso: que no seamos iguales que ellos, que su mensaje y su presencia nos tiene que otorgar la seguridad de ser distintos, que si no, es puro verso, (que es el equivalente a Vana Palabrería en Argentina), dirigido a un mundo que, si de algo está verdaderamente saturado, es de vana palabrería en todos sus estamentos.

¿Alguien tiene dudas que Cristo odia la hipocresía y ama la autenticidad? Entonces: ¿A quién se le podría ocurrir ejercer un ministerio de Cristo en un marco de hipocresía? Solamente a un loco o a un incrédulo más grande que los incrédulos a los que vamos a convertir. Sin embargo sucede…

La hipocresía nos permite recorrer ambas direcciones del sendero: parecer justos pero ser impíos y sonar como piadosos, pero ser secretamente profanos. Invariablemente, los que caen en la trampa del síndrome de la hipocresía tienen formas de enmascarar su vacío interior. La forma más fácil es la de agregar más actividad, correr más rápido, enfatizar una agenda completa, cada vez más larga e importante. ¿Sabe algo? ¡Los fariseos eran más que expertos en todo eso! No contentos con la ley de Moisés que incluye los diez mandamientos, se aferraban, además, a trescientos sesenta y cinco prohibiciones, así como a doscientos cincuenta mandamientos adicionales. ¿Le suena familiar? Ahora: eso, ¿Los hacía más justos? No. De ninguna manera. Cualquiera lo sabe. Sin embargo, todavía sucede. Qué cosa, no? Mire lo que Cristo dice en Mateo 5:20.

(Mateo 5: 20)= Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Por favor, no lea mal. Le está diciendo fuere mayor, que sobrepase. Ya vemos que una agenda recargada mezclada con una extensa nómina de cosas que hacer, no equivale a mayor justicia, más de lo que contribuye a un espíritu calmo el conducir rápidamente un vehículo. Por el contrario, cuando tratamos de ser más espirituales haciendo más cosas, lo único que hacemos es complicar la vida cristiana. ¿Podemos imaginarnos el golpe que constituyó en el rostro de los fariseos cuando oyeron que Jesús decía s sus seguidores que su justicia debía ser mayor que la de ellos?

De hecho, si damos un rápido repaso al magnífico mensaje de Jesús, encontramos que Él simplificó el camino de la fe con cuatro enseñanzas básicas que eran (Y todavía siguen siéndolo) diametralmente opuestas al estilo de vida fariseo. En primer lugar, dijo: ¡Fuera con la Hipocresía!

Aún una lectura superficial de los cuarenta y ocho versículos del capítulo 5 de Mateo me lleva a creer que Jesús estaba contestando tres preguntas. Este es otro estudio. Usted lo puede hacer por su cuenta, no me espere a mí. En todo caso, el día que yo lo comparta, usted puede comparar y comprobar si, – efectivamente -, no sólo tenemos una misma Biblia sino, también, el mismo Espíritu Santo.

Del verso 3 al verso 12, responde la primera pregunta: ¿Qué quiere decir tener un carácter determinado? Del verso 13 al 16, la segunda: ¿Qué significa hacer una diferencia? Y, finalmente, desde el 17 hasta el 48, la tercera y última pregunta: ¿Qué significa ser justo delante de Dios? Incluso, en este último tramo, repite la misma afirmación no menos de seis veces. Cuatro veces dice Oísteis que fue dicho, pero yo os digo. Una vez señala: También fue dicho, pero yo os digo, Y una vez más, también: Además habéis oído, pero yo os digo.

¿Por qué esto? ¿Hacia adonde apunta Jesús? Está recordándole a la gente lo que ellos han estado oyendo por años, lo que se les ha enseñado, – Y ciertamente con lindas palabras -, por intermedio de los ministros religiosos; entonces volvía a tratar los mismos temas con una vida auténtica a la vista. ¿Y cuál era esa clase de vida? Una vida libre de hipocresía. El deseo de Jesús es que sus seguidores sean personas de fe sencilla, modelados por la gracia, basados en la verdad. Nada más. Nada menos. Nada distinto.

Es muy fácil falsificar el cristianismo, pulir la imagen súper piadosa que parece tener vida pero es una farsa. A través de los años, me he cruzado con gente que se rompe el esqueleto para ser la segunda Madre Teresa de Calcuta o quizás alguna especie de “Padre Tereso”. O San Francisco de donde quiera que usted viva. Hay demasiados cristianos simples que están tratando de hacer cosas demasiado duras. Seguramente están bien ocupados, pero: ¿Son justos? Quiero decir: ¿Son verdaderos cristianos?

Sinceros, sí. Muchos de ellos lo son. Fervientes, también. Ocupados, muchísimo. Pero lejos, lejísimo, de ser espirituales.

Hace mucho tiempo leí en un libro uno de los consejos más simples y mejores que antes haya oído: Sea quien fueres, si no fueres lo que eres, no eres lo que eres. Son palabras sabias, que se olvidan fácilmente en esa jaula de ardillas que es la religión super activa. Por eso es indispensable, también, decir: ¡Fuera con la Representación!

Si la primera parte de la enseñanza de Jesús decía, de alguna manera, “Fuera con la Hipocresía”, esta sección siguiente, registrada en Mateo 6, dice “¡Fuera con la Representación!” Dejemos de poner tanto esmero y atención en “parecer” buenos. Dejemos de preocuparnos de que los demás piensen que somos piadosos, especialmente si debajo de la superficie hay maldad escondida, motivos impuros y hechos vergonzosos. En otras palabras, no usemos una máscara sonriente para esconder la tristeza o la maldad, el dolor de cabeza o el quebranto. En la zona en que yo vivo, se dice: “Deje el espectáculo para la gente de Hollywood”

Si nosotros no la queremos entender, es problema nuestro, pero Jesús lo dijo muy directamente en Mateo 6:1: Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres para ser visto de ellos. En otras palabras, lo que dice, es que dejemos de actuar delante de los demás, sabiendo que de ninguna manera somos como nos mostramos. Entonces, Él presenta algunos ejemplos prácticos.

En Mateo 6:2 tenemos el ejemplo de dar: Cuando, pues, des limosna, no has tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles.

Hoy no tocamos la trompeta, literalmente. Pero muchos que hacen contribuciones importantes sienten placer de ver sus nombres en alguna plaqueta. Les agrada ser conocidos por el público y recordados de modo que siempre se sepa que ellos hicieron construir un gimnasio. Son los que pagaron el nuevo instrumento. Son los que dan mucho, ofrendan en grande, como diciendo: Por favor, un poco de bullicio para mí, un poco de honra para mí, un poco de gloria para mí. En contraste, cuando llega la hora de ofrendar, Jesús enfatizó el anonimato. “Basta de hipocresía”, dijo. Cuando damos por una fe simple, las actuaciones de alto vuelo que traen la gloria sobre nosotros están fuera de lugar.

Así logramos un recuerdo maravilloso y grato … a menos, por supuesto, que seamos algo así como un toro religioso premiado en una exposición. Cuando elegimos una vida de fe sencilla, hacemos que nuestros hábitos de ofrendar sean tranquilos.

Ahora bien: en Mateo 6:5-6 nos encontramos con el ejemplo de orar: Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres, de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Más tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará en público.

El exceso de palabras, la espectacularidad de la elocuencia, no son factores que hayan logrado que algunos sean oídos al orar. Sería muy bueno que todos los predicadores del planeta (Y me incluyo) recordemos que cuando se nos invita a orar en público, es a orar, no a hacer poesía religiosa. A propósito de esto, el doctor Lewis Sperry Chafer contaba una historia que puede verse risueña, pero que si la observamos detenidamente, no lo es tanto.

Parece que cierto ministro, – dice -, tenía la costumbre, al orar, de hacer oraciones tan complejas y recurriendo a palabras tan fuera del alcance de esa congregación, que la actitud había llegado, – aunque nadie lo señalara en voz alta -, a desalentar y a frustrar a la gente. Al fin, un día, una mujercita, campesina y algo rústica que cantaba en el coro, se atrevió a enfrentar el tema a su modo. Un domingo que ella eligió, cuando el ministro estaba desgranando un compendio dialéctico de altísimo voltaje intelectual, la mujercita se bajó de la tarima que ocupaba el coro, se acercó al púlpito, lo agarró del saco con amor pero con firmeza, le pegó un tirón y, aunque fue apenas un murmullo, el micrófono amplificó lo que le dijo: “Oiga… Llámele Padre de una vez por todas, ¡Y pídale algo de una buena vez!”

Mucha gente se pregunta qué es lo que ha pasado con la sencillez en la oración. Y no deja de preguntarse, también, qué es lo que ha ocurrido con la honradez auténtica. Es como la oración de un niño, como el ruego del chacarero, del campesino, que necesita la lluvia para su tierra, o la de una madre que clama por sus hijos sin techo ni pan. ¡Es hora de dejar a un lado toda actuación teatral en la oración! Dios honra las peticiones de los corazones sencillos y la confesión de las mentes sin doblez.

Siguiendo atentamente la lectura del capítulo 6 del evangelio de Mateo, entre los versos 16 al 18, nos encontramos con el ayuno. Dice allí: Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará en público.

Aquí voy a tomar textual la opinión de Charles Swindoll, un conocido escritor cristiano que en uno de sus prolijos trabajos dice al respecto: “Este es un lugar adecuado para detenernos y decir una palabra más a los colegas en el ministerio. Cuando llega el momento de mostrar públicamente nuestra piedad, ¡Podemos ser los peores pecadores! Todos los predicadores sabemos que hay una forma para parecer y sonar como el Reverendo Supersantificado Santo de la Ultrapiadosa Catedral o el doctor de la Cara adusta con hombros erguidos, rostro largo y traje oscuro (También ayuda una corbata anticuada) que lucha por mantener el tonelaje de este mundo en órbita y a sus habitantes en orden. Jesús bombardeó esa actuación de “mírenme-porque-soy-espiritual”. Si resolvemos ayudar, está bien. Pero si ayunamos (O estudiamos, o aconsejamos u ramos) para ser vistos. ¡Olvidémoslo! Jamás existieron esas disciplinas para ser exhibiciones carnales. No las cumplimos por la forma en aquellos que compiten por un oscar o un trofeo. El reino de Dios y sus lugares, no es un gran escenario para que brillen como estrellas aquellas pobres criaturas a las que el mundo y la sociedad no les ha prestado atención por falta de talento. Los sitios del reino son para ser ocupados por hombres y mujeres auténticos en su fe y en sus expresiones, no por actores de quinta categoría. ¡Amén, Charles!

En cuanto a los pasajes que encontramos en Mateo 7, creo que lo que Jesús intenta señalar allí con claridad es que la tolerancia es una base en la que se debe asentar nuestro comportamiento. Fíjese lo que dice en los primeros cinco versos de este capítulo 7: No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.

Alguien dijo alguna vez que los cristianos nos estamos transformando rápidamente en especialistas en astillas. Vemos astillas, detectamos astillas, criticamos astillas continuamente, pasando por alto los troncos mucho mayores y ofensivos que hay en nuestras propias vidas y en la iglesia. De pronto interesa más si la gente debe caerse cuando se la ministra o no y nadie presta demasiada atención a si vive por parte de ministros y no ministros lo que se predica. Astilla y Tronco.

¿Me permite ser más específico? Seamos tolerantes con los que tienen un estilo de vida diferente del nuestro. Seamos tolerantes con aquellos que no tienen la misma apariencia que nosotros, que no se preocupan de las mismas cosas, que no descansan de la misma manera, que no votan por lo mismo. Como suelen decir los jóvenes: ¡Eh! ¿Quién fue el que se murió y te dejó encargado de eso? ¡Vamos! No somos jueces de nadie.

Vamos más adelante. Seamos tolerantes con aquellos cuya teología difiere de la nuestra. Seamos tolerantes con aquellos cuyos criterios de adoración no son los nuestros. Seamos tolerantes con aquellos que se han alejado a causa de supuestos creyentes que viven hojeando la Biblia con minuciosidad (Cosa que está muy bien) y mente estrecha, (Cosa que no está tan bien) como los hay en muchas congregaciones. Si somos mayores, seamos tolerantes con los ancianos, pero también seamos tolerantes con los mayores si somos jóvenes. Para los que son teológicamente agudos, especialmente los que tienen dones y capacitación en el uso de las lenguas clásicas, diré que sean tolerantes con los que no saben griego o hebreo. Por supuesto, no hay nada de malo en conocer esos idiomas, porque pueden ser de mucha utilidad. Pero también se los puede usar mal o abusar de ellos. La gente que no conoce los idiomas originales de la Escritura puede ser menospreciada por los que sí los conocen.

Cuidado: esto no quiere decir que la tolerancia, el amor y la misericordia tengan que transformar a la fe en algo siempre suave, meloso o contemplativo. Mire el resto de lo que Jesús dijo en Mateo 7, especialmente en los versos 6, 7, 13 y 15: No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.

Pedid y se os dará; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.

Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición; y muchos son los que entran por ella.

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a nosotros vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.

¡Esto sí que es una dedicación! No es cuestión de suponer que una vida de fe simple es una especie de largo bostezo entremezclado en conveniencias particulares y algo de dedicación. A medida que el Señor se acercaba al fin de su mensaje, contó la historia de dos casas, una edificada sobre la roca y la otra sobre la arena. Y con eso terminó sus palabras con una afirmación básica: La gente de fe sencilla dice lo que siente y hace lo que oye. En esencia, ese es el resultado práctico del cristianismo. Esa es la simpleza de una fe sencilla metida en una cápsula. Lamentablemente, nosotros no decimos ni hacemos lo que oímos. Sustituimos la acción con palabras y la dedicación personal con discusiones teológicas o pragmáticas, sino doctrinales o denominacionales. Hubo un escritor que lo resumió en varias líneas con bastante acierto. Dijo:

Yo tenía hambre, y ustedes formaron un club humanitario y organizaron un debate sobre mi hambre. Gracias.

Yo estaba preso, y ustedes fueron silenciosos y ceremoniosos al templo de la cárcel y oraron por mi libertad. Gracias.

Yo estaba desnudo, y en sus mentes, ustedes debatieron la moralidad o inmoralidad de mi aspecto. Gracias.

Yo estaba enfermo, y ustedes se arrodillaron y agradecieron a Dios por su propia salud, y de paso, pidieron un poquitín por la mía. Gracias.

Yo estaba sin techo, y ustedes me predicaron sobre el abrigo espiritual de Dios. Gracias.

Yo estaba solo, y ustedes me dejaron más solo aún para irse a un lugar tranquilo a orar por mí. Gracias.

Ustedes parecen muy santos, muy próximos a Dios. Pero yo sigo con mucha hambre y solitario y frío.
¿Adónde han ido sus oraciones? ¿Qué han hecho? ¿Qué aprovecha al hombre leer todo un libro de oraciones cuando el resto del mundo reclama que le ayuden?

Por eso digo que las palabras de Jesús, aquel día, en algún lugar de las colinas de Palestina, eran aún más poderosas que estas. Cuando terminó de hablar, nadie se movió. No nos sorprende. Aquellas palabras eran como espinas, que los clavaban contra cualquier cosa sobre la que estuvieran sentados. No se trata de desparramar alegremente culpa a diestra y siniestra. Pero si al final de un mensaje, usted no siente que algo tiene que cambiar en su vida, lo que oyó fue quizás un hermoso sermón humano, cargado de aliento y buenos deseos, pero totalmente alejado del auténtico mensaje de la cruz, que es un mensaje de victoria que sin embargo confronta, fastidia, molesta, incomoda.

Aquella gente había oído muchos sermones antes de parte de sus rabinos en las sinagogas. Tenemos ejemplos de esos discursos en la Mishna y la Guemara, que componen el Talmud judío, que son los más secos y tediosos comentarios sobre todo problema concebible de la historia de la humanidad.

Jesús habló con la autoridad de la verdad, la realidad y la frescura de la luz matutina y el poder del Espíritu de Dios. Este sermón que hizo tanta impresión terminó con la tragedia de la caída de la casa edificada sobre la arena, tal como la de una gigantesca encina en el bosque. En esto, convengamos, no había nada de suave.

A esta altura, es probable que un minúsculo insecto le haya hecho a usted alguna cosquilla y hasta puede haberle murmurado en idioma de insecto en su oído: “¿Estás seguro que estás totalmente libre de toda hipocresía? Calma. No reprendas al diablo y a sus demonios. No es el diablo, es el sentido común puesto en marcha a través de la reflexión sincera. Como suele decirse en los funerales: “Lo acompaño en su sentimiento”: Admito, junto con usted si es que desea admitirlo como yo, que aún no estoy totalmente libre de TODA hipocresía.

Dijo un autor: “Soy como Jacobo y Juan. Señor, mido al resto de la gente en lo que pueden ayudarme a cumplir mis metas, alimentar mi ego, satisfacer mis necesidades, darme ventajas estratégicas.

Exploto a la gente, presuntamente por tu causa, pero en realidad es por la mía.

Señor, a ti me vuelvo para tomar una posición aventajada, y obtener favores especiales, tu dirección para mis planes, tu poder para mis proyectos, tu aprobación para mis ambiciones, un cheque tuyo en blanco para lo que yo quiera.

Soy como Jacobo y Juan. Cámbiame, Señor. Hazme un hombre que te pregunta y pregunte a los demás: ¿Qué puedo hacer por ti?”

Si usted se encuentra retratado en estas palabras, como en algunos casos puede sucedernos a cualquiera de nosotros, entonces debe admitir que hay “agendas” escondidas en su interior.

En segundo lugar, tendremos que admitir, también, que no siempre analizamos nuestras motivaciones. Tenemos que confesar abiertamente que no siempre nos preguntamos el por qué real de lo que hacemos. Las palabras de Jesús nunca han dejado de forzarnos a examinar nuestras motivaciones.

En tercer lugar, nos guste o no, nos pese o no, tendremos que reconocer que ocasionalmente, por los menos, juzgamos a otros. ¿A quién de nosotros no nos enceguece la intolerancia alguna vez? Nuestro orgullo, a veces, es algo que sencillamente huele a podrido. Nuestra paciencia es demasiado corta. Nuestra capacidad para aceptar a otros es muy limitada. ¿Le ocurre eso a usted? NO se asuste por eso. La verdad le hará libre. O mejor aún: EL CONOCIMIENTO de la verdad le hará libre. Porque la verdad puede andar girando en su alrededor durante cincuenta años y usted jamás llegar a tocarla, a conocerla.

Cuarto: tendremos que reconocer que no nos atrevemos a continuar como somos.

Ya está. Ya ha cruzado usted El Umbral de la Verdad. ¿Y ahora qué? Orar, clamar, suplicar, postrarse si es necesario para que el encarnar real de esa verdad lo haga realmente libre. Si usted sabe lo que tiene que orar, ahora, cuando finalice esta lectura, ore como sabe que tiene que hacerlo y reciba liberación genuina. ¿No lo sabe? Entonces lea con cuidado la oración-modelo que voy a dejarle. Es una oración que rescaté en un maravilloso libro titulado “El Valle de la Visión”.

Señor: soy una cáscara llena de polvo, pero animada por un alma invisible y racional y renacida por el invisible poder de la gracia.

Pero no soy objeto alguno de alto precio, sino quien no tiene nada ni es nada, aunque he sido elegido por ti desde la eternidad, entregado a Cristo y nacido de nuevo.

Estoy profundamente convencido del mal y la miseria de mi estado de pecado, de la vanidad de las criaturas, pero también de la suficiencia de Cristo.

Cuando tú me guías, quiero controlarme yo mismo. Cuando tú debes ser soberano, quiero gobernarme solo. Cuando tú cuidas de mí, me creo suficiente. Cuando debo depender de lo que me das, recurro a lo mío. Cuando debo someterme a tu providencia, sigo mi voluntad. Cuando debo estudiar, amar, honrar, confiar en ti, me sirvo a mí mismo.
Fracaso y corrijo tus leyes para que se adapten a mí y en vez de a ti, busco la aprobación humana y soy por naturaleza un idólatra.

Señor: mi principal propósito es hacer que mi corazón vuelva a ti.

Convénceme de que no puedo ser mi propio Dios o hacerme feliz a mí mismo, ni ser mi propio Cristo para restaurar mi gozo, ni mi propio espíritu que me enseñe, me guíe y me gobierne.

Ayúdame a ver que la gracia hace todo eso por medio de providencial aflicción, porque cuando mi crédito es bueno, tú me humillas; cuando las riquezas son mi ídolo, tú haces que vuelen; cuando el placer es mi todo, tú lo cambias en amargura.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez