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¿Cómo Predicarán sin Ser Enviados?

Primero vamos a establecer algo que nadie o muy pocos podrán dejar de ver: de cada diez creyentes, por lo menos cinco, creen que tienen algo para decir o, en su defecto, capacidades o condiciones como para hacerlo. Entonces hacen lo más usual y corriente: soñar con ser predicadores.

Segundo: cuando las congregaciones designan a sus predicadores, (Al margen de cuando éstos son sus pastores, ancianos o líderes principales), generalmente tienen en cuenta una premisa: tiene que ser gente con conocimiento y que se encuentre probadamente capacitada para la tarea.

Pero donde hay una masiva coincidencia en el pueblo de Dios, es en que la iglesia que viene, la que yo llamaría del Tercer Milenio, tendrá que modificar unas cuantas características de la actual, ya que pese a las tradiciones, costumbres, rutinas y metodologías a la que tan aferrados estamos, no han arrojado todavía el resultado que Dios quiere.

El pueblo, -la verdad sea dicha-, no ha cumplido con la Gran Comisión y eso, en contra de lo que muchos todavía suponen, no es una responsabilidad unilateral del llamado liderazgo eclesiástico. No hay indicios bíblicos de que uno de los cinco ministerios sobre los que se edifica la iglesia, tenga que sobrellevar todo el peso de la gestión. La responsabilidad ante Dios, es de la iglesia. O sea: mía. Y también tuya, ¿Estamos?

Y ante esa circunstancia, la predicación profética del evangelio, adquiere una relevancia singular y superlativa. ¿Quiénes serán y como deberán ser, entonces, los predicadores del Tercer Milenio? A la respuesta no hay que esperarla del cielo como por arte de magia; la respuesta ya está en la Biblia desde que la Biblia fue escrita en los antiguos rollos. Lo único que debe hacer el pueblo para encontrar esa respuesta, hoy, es ir a buscarla.

Tenemos un extenso texto en los capítulos segundo y tercero del libro del profeta Ezequiel que nos muestra una serie de condiciones y hechos que, en lo literal e histórico, corresponden al llamado al servicio de Ezequiel, pero que en lo tipológico y simbólico, presentan un parentesco tan cercano a la actualidad que nadie puede ya poner en duda que la Biblia es rica en todo terreno, no sólo en los que hemos estudiado.

(Ezequiel 2: 1) = Me dijo: Hijo de hombre, ponte sobre tus pies, y hablaré contigo. 

¿Te fijaste en esa actitud que a veces tenemos las personas, que nos lleva a ponernos de pie simplemente como símbolo de respeto para con alguien? Bueno; así parece ser esta expresión. Ponte sobre tus pies, le dice. Eso es todo. Es como si le dijera: mira; párate sobre tus pies porque vas a hablar conmigo, ¡¡no con ningún mortal!! Daniel tiene una visión, que él relata pormenorizadamente en el capítulo 10 de su libro, y puntualiza que cuando esa visión, (Que en realidad es un ángel), le señala que esté atento a sus palabras, le añade que se ponga de pie, cosa que Daniel hace, -según lo relata él mismo-, temblando.

(2) Y luego que me habló, entró el Espíritu en mí y me afirmó sobre mis pies, y oí al que me hablaba. 

La gran clave, aquí, es que el Espíritu de Dios entró en él y lo preparó para la tarea. Lo afirmó sobre sus pies, es decir, le otorgó seguridad. Aunque la revelación profética se presente simbólicamente por medio de visiones, señales, parábolas y oratoria humana, Ezequiel de todos modos, las considera fruto del poder y la autoridad del Espíritu Santo. Se ofrecen numerosas referencias al Espíritu de Dios, tanto en el mismo libro como en el de Daniel, (Siempre relacionado con afirmar los pies, o sea: con dar sustento firme a las bases), que muy bien se podría caracterizar al libro de Ezequiel como los hechos del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento.

(3) Y me dijo: Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra mí; ellos y sus padres se han rebelado contra mí hasta este mismo día. 

Mira; la clave está en la expresión yo te envío. No te está diciendo “quiero que vayas”, o tal vez “Me parecería bien que fueras”, o quizás “Si quieres, ve” No. Dice YO TE ENVIO. Sin sugerencia ni espacio alguno como para el análisis o las evaluaciones personales. Con un único margen que es muy del Reino: obedecer. Con respecto al calificativo de gentes rebeldes utilizado aquí, hay que señalar que Ezequiel, como muchos de los profetas que le antecedieron, enfrentaba una difícil tarea, porque la gente se había rebelado en contra de Dios. En el verso 4, va a corroborar por repetición ese envío y va a esclarecer los principios fundamentales del mandato.

(4) Yo, pues, te envío a hijos de duro rostro y de empedernido corazón; y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor. 

Aquí hay de parte de Dios para con Ezequiel una enseñanza de cómo debe hablar en su nombre. Y presta atención a otro detalle que también es vital. No le dice que deberá hablarle a personas del mundo secular o incrédulo, o sea a gente inconversa. Le dice que deberá hablarles a hijos de duro rostro (Esto es: desobedientes) y de empedernido corazón, (Que podríamos especificar como porfiados, tercos, obstinados). Esa es la tarea del profeta y predicador.

(5) Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen, porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos. 

Creo que el tema aquí está bastante más que claro. Escuchen o no escuchen, ese no es tu problema. La palabra tiene que ser hablada. Si ellos la escuchan, gloria a Dios y espectacular por donde se lo mire. Si no la escuchan, lo lamentamos mucho, se la pierden. Si la obedecen, eso será maravilloso y tendrá consecuencias magistrales. Si no la obedecen, venga lo que venga, será mucho peor para ellos. Si la creen, se salvarán. Si no la quieren creer, sea por la razón que sea, se perderán. Pero atención con esto: la escuchen o no, la crean o no, la obedezcan o no, siempre van a tener muy en claro que es palabra profética que viene de Dios a través de alguien a quien Dios mismo habrá enviado.

(6) Y tú, hijo de hombre, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque te hallas entre zarzas y espinos, y moras con escorpiones; no tengas miedo de sus palabras, ni temas delante de ellos, porque son casa rebelde. 

Creo que están saltando delante de tu vista las dos palabras que son una especie de salvoconducto o llave de ingreso a todo este mover de la predicación. Esas dos palabras son NO TEMAS. Tendré que decirte que es muy frecuente que todo predicador, ante un mensaje que presiente será muy duro en cuanto a la exhortación o a la destrucción de ciertas “vacas sagradas” de la tradición, puede que evidencie cierto temor a la reacción que sus oyentes puedan evidenciar y a lo que luego, a partir de esa reacción, pueda sobrevenir o desatarse.

¿Acaso me habrán de entender? ¿Es que será posible que ellos puedan verlo como yo lo veo, Señor? ¿No se ofenderán? ¿No se pondrán de pie y vendrán hasta este púlpito a sacarme a puntapiés? ¿No me acusarán, como les ha ocurrido a tantos y tantos, de blasfemo o de hereje, o incluso de lo peor, de anatema? ¿No me prohibirán estrictamente volver a predicar? ¿No me disciplinarán los ancianos de mi denominación y terminarán expulsándome de la iglesia? ¿No me granjearé al decir todo esto, la antipatía de mis hermanos? Mira; lo peor que podría acarrear esta clase de temor, esta especie de duda existencial, sería que busquemos atenuar el efecto de esa exhortación o de esa revelación, buscando adornarlas con palabras elegantes, dulces y almibaradas. Escucha mi hermano: no es tiempo de palabras dulces, ¡¡¡Es tiempo de predicar un evangelio total y absolutamente limpio de polvo y paja mundana!!!

En el libro del profeta Jeremías, podemos leer que en el capítulo 1 y verso 17, se nos dice que si tememos, Dios nos hará quebrantar delante de ellos. Pero que si en cambio de eso decidimos no temer, entonces los quebrantados serán ellos. Dice el otro gran profeta que es Isaías, en el capítulo 9 y verso 18 de su libro, que Serán alzados como remolinos de humo. Y como si todo esto no fuera suficiente, lo va a rematar Miqueas, cuando en el capítulo 7 y verso 4 de su libro, concluye asegurando que Ahora será su confusión.

(7) Les hablarás, pues, mis palabras, escuchen o dejen de escuchar; porque son muy rebeldes. 

O sea que te queda claro: el mandato es hablar. No importa si te escuchan o no te escuchan. No importa si se lo creen o no se lo creen. No importa que rostro pongan ni qué reacción tengan. De cualquier modo, el mandato es hablar. Y cuando aquí se señala que son muy rebeldes, te está mostrando claramente el o los destinatarios de tu mensaje. Todos sabemos que el mundo, aunque generalmente se presente de manera rimbombante y con un aura de inteligencia y capacidad, en realidad es ignorante; en esto es total y absolutamente ignorante. No sólo eso, encima desconoce la verdad y, por lo tanto, muy mal se podrían rebelar en contra  de lo que no conocen.

Quien se rebela, aprende, lo hace ante una verdad que no quiere aceptar, pero que en su ser íntimo sabe que es absoluta verdad. Y eso, créeme, encaja mucho más con el llamado pueblo de Dios que con el mundo incrédulo. O, si lo prefieres  más actualizado, encaja mucho más con el mundo religioso que con el ateísmo. Si me preguntas con cuál de los dos me quedo, creo que vas a sorprenderte con mi respuesta. ¡Con el ateo! Porque el ateo, un día le son abiertos sus ojos espirituales y puede ver, y pasa de helado a hirviendo. En cambio el religioso tiene mucho más que ver con el tibio, ¿Recuerdas?

(8) Mas tú, hijo de hombre, oye lo que yo te hablo; no seas rebelde como la casa rebelde; abre tu boca, y come lo que yo te doy. 

Esto, indudablemente tiene que ver con una costumbre bastante arraigada entre nosotros, que es la de hablar siempre o casi siempre a partir de nuestras propias ideas, de nuestra propia adaptación y con nuestra propia y particular sabiduría humana. El mandato, hermano que piensas predicar, es que primero te detengas todo el tiempo que sea necesario para oír lo que dios te habla, y que luego, sencillamente y sin aspavientos, te limites a repetirlo.

En un mensaje, que es como normalmente denominamos a nuestras predicaciones, y aún en contra de lo que se estila por algo que llamamos ética, no hay copyright. Es decir que no existe en esto ninguna clase de derechos de autor. El autor de tu mensaje siempre es y será el Espíritu Santo. Nosotros, se cual fuere nuestro nombre, nuestro prestigio, nuestra fama o nuestra calidad, solamente podemos ser canales más o menos útiles. Si se nos ocurriera negar esta realidad y decidiéramos atribuirnos la autoría, estaríamos declarando públicamente que nuestra unción proviene de nuestra propia mente y no del Espíritu, y allí sí habría que convenir que hay derechos de autor. Lo que no habrá, de eso no tengas dudas, será vida en ese mensaje.

(9) Y miré, y he aquí una mano extendida hacia mí, y en ella había un rollo de libro. 

(10) Y lo extendió delante de mí, y estaba escrito por delante y por detrás; y había escritas en él endechas y lamentaciones y ayes.

Permíteme una leve acotación al margen. Tú ya sabes, si es que has estudiado algo de teología elemental, que los rollos más antiguos estaban escritos solamente de un lado, esto es, de una sola cara. En este caso específico, que te dice que estaba escrito por delante y por detrás, está indicándote que ese mensaje era muy extenso y que por ese motivo no mostraba espacios para que el profeta pudiera incorporar –como era de uso-, observaciones propias.

Un excelente modelo, si quieres verlo así, de lo que hoy debería ser tu bosquejo, tu mensaje. Las endechas, lamentaciones y ayes eran los temas favoritos de Ezequiel, en este caso concreto, antes de la destrucción de Jerusalén, y todavía lo sigue siendo en todos aquellos que prefieren adherir al lamento de una sociedad que se cae a pedazos, en lugar de la firme y transparente proposición de un evangelio que crece y comienza a reinar.

(Ezequiel 3: 1) = Me dijo: Hijo de hombre, come lo que hallas; come este rollo, y ve y habla a la casa de Israel. 

La cultura de ese tiempo determinaba que a los niños se les debía hacer probar pequeños trozos de material de rollos mezclados con miel, para que empezaran a relacionar la bendita Palabra con la dulzura. Sin embargo, la tipología de comer, aquí, implica alimento, pero hace al abecé de cualquier predicador: primero deberá asimilar bien el mensaje, luego deberá internalizarlo, como implantó decir la ciencia de la psicología, y luego, una vez convertido en rhema en tu vida personal, (Esto es, revelación), entonces recién comunicarlo al pueblo.

(2) Y abrí mi boca, y me hizo comer aquel rollo. 

(3) Y me dijo: Hijo de hombre, alimenta tu vientre, y llena tus entrañas de este rollo que yo te doy. Y lo comí, y fue en mi boca dulce como miel.

(4) Luego me dijo: Hijo de hombre, ve y entra a la casa de Israel, y habla a ellos con mis palabras.

(5) Porque no eres enviado a pueblo de habla profunda ni de lengua difícil, sino a la casa de Israel. 

(6) No a muchos pueblos de habla profunda ni de lengua difícil, cuyas palabras no entiendas; y si a ellos te enviara, ellos te oyeran. 

(7) Más la casa de Israel no te querrá oír, porque no me quiere oír a mí; porque toda la casa de Israel es dura de frente y obstinada de corazón. 

Primer punto del bosquejo y nada superficial: Dios conoce a su pueblo. Sabe que no está demasiado dispuesto a oírlo a Él y, por lo tanto, tampoco a los que auténticamente vienen en Su nombre. La casa de Israel no te querrá oír, les dice. Pregunto: ¿Cuántas veces has visto esa misma actitud desde tu propio púlpito o plataforma donde predicas habitualmente o, caso especial, fuiste invitado a hacerlo? No es por tu culpa, quédate tranquilo. Es Él y la profunda mella que hace Su palabra.

La casa, (Aquí es la iglesia), dice que es dura de frente, y habrá que aclarar que la frente, en este caso, simbolizaba la mente, el intelecto, el razonamiento humano prevaleciendo por sobre la promesa de Dios. Y dice que también es obstinada de corazón. Fíjate que la obstinación es una actitud de la voluntad humana, y la voluntad, precisamente, está alojada en el alma, (que en su modismo era llamada “corazón”), y no en el espíritu.

(8) He aquí yo he hecho tu rostro fuerte contra los rostros de ellos, y tu frente fuerte contra sus frentes. 

Observa un detalle que a primera lectura puede parecer leve, pero que en el sentido estricto del tema, de ninguna manera lo es. Aquí no está diciéndote de manera voluntarista que eres fuerte. Aquí te está asegurando que, confiando y creyendo, Él es el que te hace fuerte. Fuerte en autoridad y en mentalidad.

(9) Como diamante, más fuerte que pedernal he hecho tu frente; no los temas, ni tengas miedo delante de ellos, porque son casa rebelde. 

(10) Y me dijo: Hijo de hombre, toma en tu corazón todas mis palabras que yo te hablaré, y oye con tus oídos. 

Deberás inexorablemente tomar en tu corazón, primero, todas sus palabras. Todas, sin perderte ninguna. Primero deberás oírlas tal como son, sin que las hagas pasar por ningún filtro denominacional o doctrinario grupal. Luego deberás aprender, en medio de todo eso, a oír a Dios mismo. Y luego sí, recién después que las tengas asumidas con claridad, puedes salir y predicarlas.

(Verso 12) = Y me levantó el Espíritu, y oí detrás de mí una voz de gran estruendo, que decía: Bendita sea la gloria de Jehová desde su lugar. 

Fíjate que a este buen profeta llamado Ezequiel, no vino un día una prestigiosa junta de teólogos notables, cabezones históricos de una denominación histórica y tradicional y lo levantó luego de profundos estudios y sesudos exámenes. ¡A Ezequiel lo levantó el Espíritu! Es tan simple que preocupa su simplicidad en un ambiente donde todo parecería ser muy intrincado. Dios es simple. Eres o no eres.

(13) Oí también el sonido de las alas de los seres vivientes que se juntaban la una con la otra, y el sonido de las ruedas delante de ellos, y sonido de gran estruendo. 

Presta atención a este simple detalle: Ezequiel no escuchó el sabio y preparado consejo de hombres experimentados y duchos. Tampoco leyó a excelsos comentaristas o teólogos de altísimo prestigio, propietarios de tesis de pronunciado respeto entre las autoridades religiosas de su tiempo. Ezequiel, simplemente oyó a los ángeles.

(14) Me levantó, pues, el Espíritu, y me tomó; y fui en amargura, en la indignación de mi espíritu, pero la mano de Jehová era fuerte sobre mí. 

Aquí vemos que el profeta Ezequiel, con sus ojos carnales cargados de limitaciones temporales, primeramente se amargó notoriamente, y hasta se inflamó en santa indignación más tarde, por tener que cumplir la tarea para la cual había sido levantado. Sin embargo y pese a todo lo que giraba en su derredor, privó su obediencia ante lo que él mismo rotulara como Mano Fuerte de Dios.

(15) Y vine a los cautivos en Tel-abib, que moraban junto al río Quebar, y me senté donde ellos estaban sentados, y allí permanecí siete días atónito entre ellos.

Es notable cómo, de una clara amargura y alta indignación de un sobrecargado Ezequiel sin visión eterna, todavía, el profeta pasa a un grado de estupor, a un bloqueo mental y a una incapacidad física y mental de reacción. A eso, de la única manera que podemos llamarlo, es estar atónito. Me ha tocado estar atónito en muchas ocasiones, pero de todas maneras, no puedo ni siquiera imaginarme estarlo por espacio de una semana.

(16) Y aconteció que al cabo de los siete días vino a mí palabra de Jehová, diciendo: (17) Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. 

Observa cómo se desarrollan los acontecimientos. Dios le deja una semana completa a Ezequiel para que el profeta se haga todas las películas habidas y por haber en su mente. Y cuando ya daba la sensación que Dios se había olvidado de él, (¿Cuántas veces habremos pensado lo mismo en algo nuestro?), viene y le anuncia su nueva categoría. Le dice que lo ha ascendido a Atalaya. Un atalaya es algo así como un vigilante, un guardia, una especie de vigía del pueblo que llega con un mandato clarísimo: amonestar a ese pueblo con las palabras que Dios mismo ponga en su boca.

(18) Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano.

Indudablemente que son muchos, hoy, los que desean predicar, y si es posible, a multitudes o por la televisión. Si eso es de Dios o de la carne, es otra historia que también merecerá ser contada. Hay otros tantos que desean pastorear, profetizar o enseñar y, con relación a eso, le piden, le claman poder a Dios para ejercerlo. Fíjate que no siempre tienen en cuenta lo que aquí estamos observando: la demanda de Dios.

(Verso 22) = Vino allí la mano de Jehová sobre mí, y me dijo: Levántate, y sal al campo, y allí hablaré contigo.

Tengo la idea de que aquí se terminaron todas las dudas, el ostracismo, las fantasías y hasta las especulaciones. Dios parece decir: ¡Arriba, Ezequiel! ¡Levántate, sal y cumple con lo que te ordené! Y cuando Ezequiel lo mira confundido porque se siente muy poca cosa para hacer algo para ese Dios tremendo y majestuoso, el propio Dios lo va a sacar de su error. Lo mira a los ojos, lo sacude por los hombros y le dice: ¡Sal! ¡Ahí está el mundo esperando mi palabra a través de tu boca! Clarísimo. MI palabra, a través de TU boca. No eres tú, Eze; soy yo. ¿Te imaginas con qué ganas y a qué velocidad se habrá levantado Ezequiel?

Porque hay una diferencia, una enorme diferencia entre lo que sentía Ezequiel y lo que sienten muchos que desean predicar hoy. Hay muchos, hoy, muchísimos debería decir, que se instalan en un púlpito totalmente tranquilos y felices porque tienen todo previsto respecto a lo que van a decir. Han calculado, evaluado y estimado cada palabra para no molestar, no perturbar ni inquietar a ningún sector.

En cambio Ezequiel iba temblando, dudando y hasta resistiéndose porque sabía que tenía que decir lo que Dios pusiera en su boca, le gustara a quien le gustara y le molestara a quien le molestara, con lo que eso significaba en ese tiempo. Esa y no otra será la marca del predicador de este tercer milenio. O no será predicador, sino apenas un discursista religioso más de los tantos que ocupan espacios en todas las latitudes.

(23) Y me levanté y salí al campo; y he aquí que allí estaba la gloria de Jehová, como la gloria que había visto junto al río Quebar; y me postré sobre mi rostro. 

Suficiente. Totalmente claro. Cuando tú sales al mundo a cumplir con un mandato del Señor, lo primero que vas a ver manifestada es la gloria de Dios. Lo segundo y casi inmediato, la acción de humillarte ante esa gloria y postrarte en su presencia.

(Verso 27) = Mas cuando yo te hubiere hablado, abriré tu boca, y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor: El que oye, oiga; y el que no quiera oír, no oiga; porque casa rebelde son.

Lo dicho: Él abrirá tu boca. Él abonará tu cuenta. Él está detrás y por encima de toda tu sabiduría y tu capacidad. ¿Vas a seguir, después de esto, creyendo estar llamado a predicar el evangelio ante uno, diez, cien, mil o diez mil? Serás, entonces, uno de los predicadores de este Tercer Milenio. Uno de los que definitivamente habrá dejado de entender que la predicación es humana, para pasar a asumir en total y absoluta obediencia, que predicar es un asunto del Dios Todopoderoso a través de tu boca.

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septiembre 6, 2020 Néstor Martínez