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Calma, hay Justicia

Nunca me predicaron el salmo 37. Sólo oí públicamente de él cuando Marcos Witt usó parte de su texto en aquel legendario “Ven y Deléitate” de los comienzos de la renovación en la alabanza y la adoración que desde el minúsculo Durango mexicano, se proyecto a todo el planeta. Dicen los que saben que este salmo es un acróstico, ya que cada par de líneas, el comienzo tiene una de las letras del alfabeto hebreo. Está escrito para los seres humanos, no para Dios y se ocupa preponderantemente de comparar el estilo de vida de los malvados o impíos con el de los justos. Mucho de su texto se conforma con expresiones y sentires que no difieren en nada con lo que usted puede oír en cualquier congregación cristiana en este mismo día.

(Salmo 37: 1)= No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad.

(2) Porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán.

(3) Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad.

¿Nunca has sentido que, ante alguna injusticia o un comportamiento decididamente lleno de maldad o de corrupción, ese “indio” indómito que llevas en tu interior se subleva y quiere llevarse por delante a todo el mundo? De eso se trata el verso primero: de no perder la paciencia por causa de los malignos. Sin embargo, lo que más llama poderosamente nuestra atención, es la segunda parte. Porque allí dice que no envidiemos a los que hacen malas cosas. ¡Hermano! ¿Cómo voy a envidiar a los que hacen porquerías? Sí, ya lo sé, visto así en frío, parece una cosa espantosa e improbable para genuinos hijos de Dios. Sin embargo allí está escrito y vigente. Y no es una cuestión de incrédulos mundanos, está demasiado insertado dentro de nuestras congregaciones este sentir. Y si alguna vez fue escrito porque alguna vez ocurrió, sería bueno que se siga leyendo y poniendo por obra porque por allí, todavía sucede, verdad?

El salmo 73:3 señala al respecto que Asaf declara haber envidiado a los arrogantes a partir de su prosperidad, mientras que el Proverbio 23:17 puntualiza que: No tenga tu corazón envidia de los pecadores, antes persevera en el temor de Jehová todo el tiempo. Es comprensible, luego, que se diga que como la hierba serán cortados los malignos, pero no se entiende que se sequen como hierba “verde”, siendo que cuando la hierba está verde no está seca. A menos, claro está, que se la seque con FUEGO. Entonces sí que puede, como continuación, quemarse. Y, finalmente, en el verso 3 “habitarás la tierra”, una expresión que conjuntamente con la de “heredarás la tierra”, se menciona en ocho oportunidades sin otra intención que la de hacerle saber al pueblo (Judío en este caso, iglesia global y conjunta, hoy) que tenemos el futuro de eternidad asegurado.

(4) Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón.

(5) Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará.

(6) Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía.

Si partimos de la base que la palabra CORAZON, en este texto, es la palabra LEB y significa “corazón, intelecto, conciencia, mente, lo más íntimo de la persona, sus sentimientos, sus pensamientos más profundos, el Yo. Como sucede en la mayoría de los idiomas occidentales, el concepto hebreo de “corazón” se refiere tanto al órgano físico como a los anhelos de la persona. Quizás el uso más noble de LEB se encuentre en Deuteronomio 6:5, donde se manda a Israel a amar a Jehová con todo el corazón. Jesús hizo énfasis en este postulado. De allí que se haya interpretado siempre, y creo que de manera acertada, que el corazón hebreo, en realidad, es el alma nuestra. Eso explica algo muy importante: en este salmo, lo que se le está diciendo a usted, es que además de lo que su espíritu reclame por el Espíritu, también tendrá derecho a que le sean respondidas las peticiones de su alma.

Encomendar a Dios nuestro camino y confiar que Él hará. Parece sencillo, pero sin embargo es el motivo incumplimentado por el cual muchos creyentes no han recibido toda la bendición que les estaba prometida. Sobre esto hay un detalle muy importante que deberemos tener siempre en cuenta: Tendremos que dedicarle conscientemente todos nuestros planes al Señor. De ninguna manera podremos presumir que su ayuda llegará sin que lo invitemos a hacerlo. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Alguien puede suponer que un creyente genuino, un hijo de Dios que espera confiadamente en su Señor, puede tener algo para envidiar o algo para temer? Piense.

(7) Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino, por el hombre que hace maldades.

(8) Deja la ira, y desecha el enojo; No te excites en manera alguna a hacer lo malo.

(9) Porque los malignos serán destruidos, pero los que esperan en Jehová, ellos heredarán la tierra.

Dice que no se altere. Dice que no se preocupe cuando vea – porque seguramente lo verá -, que impíos y delincuentes la pasan regio y usted que está sirviendo fielmente le sucede de todo. Recuerde que si bien no vinimos aquí a “buscar sufrir cada día más para acercarnos a Dios”, una especie de doctrina satánica en la que han llegado a creer muchos sinceros creyentes, tampoco vinimos a pasarlo bien sin más preocupaciones que comer, beber, dormir y disfrutar de los placeres. Hay un equilibrio en el reino de Dios, úselo.

Otra: deje la ira. La Biblia entiende y así lo dice, que usted puede “airarse” pero no pecar, pero no dice en ninguna parte que sea necesario que usted monte en ira. Muy por el contrario aquí se habla de desecharlo. Y desechar es dejar a un costado, abandonar, olvidar. Y además, combatir las falsas excitaciones. ¡Ni pensar en buscarlas! ¿Por qué? Muy simple. Porque puede usted con cualquiera de estas cosas, quedar del lado de los malignos aún sin serlo, por error. Y allí dice que serán destruidos, por lo que vengan como vengan las cosas, usted deberá esperar en Dios. Eso, si es que quiere heredar la tierra, claro está.

(10) Pues de aquí a poco no existirá el malo; observarás su lugar, y no estará allí.

(11) Pero los mansos heredarán la tierra, y se recrearán con abundancia de paz.

¿Cuántas veces ha mirado usted a un sitio de valor, de importancia, de alto nivel y prestigio, y ha visto allí a alguien que usted sabe muy bien que está en caminos torcidos; y esto, aún dentro de nuestro sistema eclesiástico? ¿Cuántas veces, al ver eso, sintió enojo y se quejó a Dios diciendo algo así como: “¡Señor! ¿Por qué están al frente de tus cosas o de tu pueblo gente que no te sirve y muchos de nosotros no podemos hacer nada? Bien; aquí tiene usted su respuesta. Un día, cualquiera, de improviso, usted mirará nuevamente aquellos lugares y ya no los verá.

Ya ha sido dicho que los que están destinados a heredar la tierra son los que esperan en Dios. Entonces la pregunta que generalmente se hace, es: ¿Cómo se debe esperar en Dios? ¿Peleando? ¿Combatiendo contra las injusticias? En lo espiritual y con armas espirituales sí, sin dudas, pero en lo material definitivamente no. ¿Lo imagina usted a Jesús revoleando una espada y cortando cabezas de enemigos? Entonces siga esta Palabra con tranquilidad, fe y confianza: mantenga mansedumbre. Es otra de las llaves que abre el cofre de los tesoros de la herencia.

(12) Maquina el impío contra el justo, y cruje contra él sus dientes; (13) el Señor se reirá de él; porque ve que viene su día.

Primero: vemos que quien maquina (Esto quiere decir: intriga, conspira, elucubra maldades) es el impío contra el justo. No veremos en ningún relato de la escritura, acción alguna en donde quien maquina acciones negativas aunque más no sea por venganza, sean los justos. El justo no maquina, el justo confía. ¿Y en qué confía? Simple. En la segunda parte del texto, en la promesa vigente e inconmovible. Allí dice que el Señor va a reírse de aquel impío. Y si hay un día en que Dios va a reírse de la impiedad (Y recuerde que impío es “No pío”, es decir; alguien no espiritual, no necesariamente un delincuente), no podemos imaginarnos el motivo por el cual, en estos momentos, debamos envidiarlos o enojarnos por sus quiméricos éxitos.

(14) Los impíos desenvainan espada y entesan su arco, para derribar al pobre y al menesteroso, para matar a los de recto proceder.

(15) Su espada entrará en su mismo corazón, y su arco será quebrado.

Aquí, linealmente, dice que Dios mantiene en la memoria las iniquidades económicas de las naciones y la opresión del pobre, pero e día del ajuste de cuentas llegará. Sin embargo, hay otro mensaje dentro del mensaje. No hay que ser demasiado fantasioso par entender que cuando dice que los impíos (No píos, no espirituales, por ende: carnales) desenvainarán espada contra el pobre. ¿Esto tendrá que ver con el abuso de los poderosos? Tiene que ver, pero también tiene que ver con lo espiritual ciento por ciento. ¿Cómo? Haciendo que usted se entere que, una de las cosas que el enemigo va a hacer, será utilizar la lengua de sus ángeles de luz instalados en sitios de poder y llegada, para que le lleven al pueblo un mensaje falso, distorsionado, capaz de decepcionar y frustrar a los creyentes y, si puede, sacarlos del camino real y genuino. ¿Y cómo lo van a hacer? ¿Quién podrá creerles? No sé, pero seguramente usted ni pensó que todo esto puede llegar dentro del envase de una supuesta palabra de Dios, ¿Verdad? Porque la espada es la palabra, de un lado o de otro. Y agrega que buscará derrumbar a los de recto proceder. ¿Adónde están estos? Acertó; en la iglesia. Pero concluye en que esa misma palabra utilizada por los impíos, lo que hará, será quebrarlos por dentro al introducirse en sus mismos corazones.

(16) Mejor es lo poco del justo, que las riquezas de muchos pecadores.

(17) Porque los brazos de los impíos serán quebrados; más el que sostiene a los justos es Jehová.

Hay un proverbio, el 15:16-17 concretamente, que dice que: Mejor es lo poco con el temor de Jehová, que el gran tesoro donde hay turbación. Mejor es la comida de legumbres donde hay amor, que de buey engordado donde hay odio. Esto implica, (Y no es necesario demasiado ingenio para entenderlo) que las riquezas o los lauros de una persona no lo harán, seguramente, de mejor calidad humana o de mejor valía en cualquier aspecto. No creo ni puedo plantearme que haya gente que no entiende este principio. No digo que lo comparta porque la vanidad y la vanagloria pueden hacer estragos en aquellos que las cultivan, pero sí digo que es imposible no verlo, no entenderlo. Entonces: ¿Por qué, todavía, en muchas de nuestras congregaciones se sigue discriminando a la gente a partir de sus posesiones? No hace mucho, una mujer de nuestro país, gente que está en buena posición económica, me decía recordando la época de los bautismos de ella y su marido: “Cuando él se bautizó, se tiró la casa por la ventana. Hasta una orquesta especial trajeron. El conjunto se bautizó primero, con la participación de los ayudantes, pero mi esposo se bautizó al final en manos del mismísimo pastor. Dos meses después, cuando me tocó a mí, se hizo de cuenta como que no hubiera ocurrido nada. Fueron dos celebraciones totalmente diferentes. Todavía me duele. No lo excesivo para con mi esposo. No lo austero para conmigo; lo que me duele verdaderamente, es la disparidad de criterios conforme al poder de bolsillo de cada uno.

(18) Conoce Jehová los días de los perfectos, y la heredad de ellos será para siempre.

(19) No serán avergonzados en el mal tiempo, y en los días de hambre serán saciados.

(20) Más los impíos perecerán, y los enemigos e Jehová como la grasa de los carneros serán consumidos; se disiparán como el humo.

La Palabra inspirada utiliza preponderantemente los salmos para que los hijos de Dios tengamos muy en claro que Él conoce cada uno de nuestros actos. Aquí dice que Dios conoce nuestros días. ¿Qué significa eso? Muchos han creído entender que se trata del tiempo que habremos de vivir. No parece ser así. A Dios, y en esto sí hay estricta coherencia, no le preocupa demasiado nuestra muerte física. Para Él, entiéndalo, apenas es un cambio de ámbito; es como traspasar por una puerta de una habitación a otra. Cuando habla de nuestros días, habla de nuestros hechos cotidianos, de nuestras acciones, de cada una de esas cosas que muy podríamos ocultar a las autoridades humanas de nuestra congregación, pero que jamás lograremos ocultar del ojo de Dios. El salmo 1, respecto a lo mismo, utiliza otra terminología. Allí dice que conoce nuestro “camino”, que es como decir: nuestro andar diario.

Porque así como hay una vigilancia amorosa, también hay un cuidado. El verso 19 lo dice con claridad. Y en Job 5:20, aclara que eso se trata de salvarnos de la muerte por hambre proveyéndonos lo que a nosotros nos parece imposible y que también del poder de la espada de agresión te protegerá. Y como si esto fuera poco, el salmo 33 añade que librará nuestras almas de la muerte. ¿No es maravilloso sólo imaginarlo? Y lo que nos asegura en el verso 20 cierra cualquier duda en cuanto a ese clamor de justicia que a veces nos quita la paz. Dios dice que los impíos: 1) Perecerán. 2) Se consumirán. 3) Se disiparán. ¿Valdrá la pena, entonces, seguir envidiando esa “buena suerte” ajena?

(21) El impío toma prestado, y no paga; más el justo tiene misericordia, y da.

(22) Porque los benditos de él heredarán la tierra; y los malditos de él serán destruidos.

Esto no está destinado a establecer ninguna doctrina del préstamo ni mucho menos. Simplemente a Palabra sienta un parámetro entre lo que vulgarmente es el hombre del mundo secular e incrédulo (Dentro del cual también habrá que contabilizar a mucha gente que “va a una iglesia”), irresponsable, poco serio, mal intencionado y falto de integridad, y o equipara en la comparación con el creyente genuino, que con sus actitudes deja en evidencia que está mucho más allá y por encima de los intereses mezquinos que plantea el materialismo. Sin embargo, deja en evidencia un aspecto del estilo de vida cristiano que no siempre es observado y que produce un testimonio absolutamente adverso, no sólo a lo que dice la Biblia debemos ser, sino incluso a lo que el mundo espera de los que dicen ser los hijos de Dios. Un creyente no puede pedir prestado y luego evadir su responsabilidad. Su vida tendrá que ofrecer si es que no tiene otra cosa con qué pagar, pero no puede olvidar que no se trata de su testimonio personal o familiar, sino que el nombre del Dios en el cual cree está en juego en esa actitud.

Cabe aclarar con relación al verso 22, que los “benditos” de Dios son aquellos que dicen el bien, que su boca se abre para bendición. Bendecir es “bien decir”, decir buenas cosas, no hablar groserías, no hacer que salga agua amarga de una misma vertiente que emana agua dulce y de ninguna manera ofender con la palabra al prójimo, más allá de si éste se lo merece o no. Destruir a los “malditos” es la inversa. Los que viven no sólo pensando maldades sino declarándolas. Ya sean maldades mundanas como las otras, esas que usted y yo conocemos tan bien y que tantas veces hemos visto bajo el barniz de la hipocresía religiosa de cualquier nivel o jerarquía.

(23) Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su camino.

(24) Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque Jehová sostiene su mano.

Dice que Dios ordena nuestros pasos. ¿Significa eso que Dios emite una orden por donde tenemos que andar y nosotros acatamos? No es tan así. Aquí no habla de orden de mando, sino de ordenar, acomodar, estabilizar. Cuando el camino está limpio de riesgos, podemos caminar con confianza. Si lo hacemos, veremos sus frutos, sus resultados. Y además lograremos la aprobación del Padre amoroso que nos ama. Pero ahora supóngase que se equivoca, que comete un error, fiero, tremendo. El golpe será sumamente violento, tanto que nos puede llegar a paralizar y, como dice la Palabra, a postrarnos. ¿Qué haremos? Por nosotros, seguramente nada. Ni fuerzas nos quedarán para salir de esa situación. Levantaremos una mano esperando que alguien nos tome fuertemente y nos ayude a ponernos nuevamente de pie. Muy bien; Él está allí, no estamos solos.

(25) Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan.

(26) En todo tiempo tiene misericordia, y presta; y su descendencia es para bendición.

Ahora repase su vida. ¿Qué edad tiene usted? ¿20, 30, 40, 50, 60, o más? No le hace. Apenas son números de una cronología incomprensible. ¿Sabe por qué digo incomprensible? Porque a los veinte, los treinta y hasta pasados los cuarenta, no sólo no se entiende ni se admite nada que tenga que ver con envejecimiento, sino que incluso es materia de burla, de bromas, de risas. Joven: entiende esto por favor: un rico puede reírse de un pobre porque, a menos que se produzca una hecatombe económica en su vida, jamás será pobre. Pero un joven jamás debería reírse de un viejo, porque a menos que se muera antes, algún día será viejo y alguien se reirá de él. Es horrible probar de nuestra propia medicina, pero Dios es justo.

Ese joven que ahora llega a sus años maduros, comparte una experiencia de vida que más de uno de quienes leen esto deben haber experimentado: nunca vio a un hijo de Dios en el desamparo total. Sé que en muchos lugares hay hermanos que transitan, no sólo la pobreza, sino que en muchos casos, directamente es la miseria. Es imposible hablar de esto desde afuera de cada caso. Es imposible generalizar y, mucho menos, establecer doctrina, alguna especie de “teología de la miseria”, como podremos haber visto en algún tiempo y lugar. Sin embargo, mire cuál es la promesa y la declaración profética: no he visto a justo desamparado. ¿Lo cree? ¿De verdad que lo cree? ¡Pues disfrútelo entonces! ¡¡Funciona!!

(27) Apártate del mal, y haz el bien, y vivirás para siempre.

(28) Porque Jehová ama la rectitud, y no desampara a sus santos. Para siempre serán guardados; más la descendencia de los impíos será destruida.

(29) Los justos heredarán la tierra, y vivirán para siempre sobre ella.

Simple, verdad? Tanto que muchos lo desprecian precisamente por esa simpleza que les suena a fantasía infantil. Prefieren meterse en problemas con otras ciencias “alternativas” más complicadas que les motiva mayor atención. Dice que si usted se aparta del mal y hace el bien, vivirá para siempre. ¿Inmortalidad? En la eternidad, sí; no aquí en el cuerpo físico de esta tierra. Dice que Dios ama la rectitud. ¿Qué es la rectitud? ¿Acaso el rostro adusto y grave de una jerarquía o una autoridad humana? No. Eso es solemnidad. Rectitud es andar derecho, sin falsedades ni hipocresías. Pregunto: ¿Está la iglesia que usted conoce en condiciones de enseñarle esto al mundo secular?

(30) La boca del justo habla sabiduría, y su lengua habla justicia.

(31) La ley de su Dios está en su corazón; por tanto, sus pies no resbalarán.

Es indudable, no puede ser de otra manera. Allí donde no hay justicia, no hay presencia de Dios. Por lo tanto, cualquiera de sus hijos, no puede hacer otra cosa que hablar sabiduría y justicia. No es por una cuestión de imagen. No se trata de mostrar eso como baluarte. Se trata, simplemente, de hacer lo mismo que vino a hacer Jesús. Él no vino ni a predicar, ni a enseñar, ni a sanar ni a liberar como prioridad. Eso fue un accesorio a lo que Él realmente vino: a vivir una vida para que nosotros la viésemos y la imitáramos. Y el modo de no errar, de no equivocarnos, allí está escrito: tener en nuestro corazón el fundamento y los principios de la Palabra.

(32) Acecha el impío al justo, (Cuidado, alguien lo está vigilando. No se crea impune ni omnipotente, ellos están allí y Dios también) y procura matarlo (No necesariamente en lo físico, es más probable que lo intenten en lo espiritual.)

(33) Jehová no lo dejará en sus manos, ni lo condenará cuando le juzgaren.

(34) Espera en Jehová, (Esperar es el verbo que da origen a nuestra palabra Esperanza. La esperanza es la antesala, la plataforma de lanzamiento de la Fe) y guarda su camino, y él te exaltará para heredar la tierra; cuando sean destruidos los pecadores, lo verás.

(35) Vi yo al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde.

(36) Pero él pasó y he aquí él ya no estaba; lo busqué y no fue hallado.

(37) Considera al íntegro, y mira al justo; porque hay un final dichoso para el hombre de paz. (Por favor; tome nota de esto que ha leído. Ha dicho que el hombre de paz, tiene asegurado un final dichoso. ¿Un final de qué? No se aclara, imagine el que mejor le parezca. Usted mantenga la paz en su vida y lo verá cumplido.)

(38) Mas los transgresores serán todos a una destruidos; la posteridad de los impíos será extinguida.

(39) Pero la salvación de los justos es de Jehová, y él es su fortaleza en el tiempo de la angustia. (Dice ÉL, no “hombres que lo representan”, o profesionales en ciencias alternativas)

(40) Jehová los ayudará y los librará; los libertará de los impíos, y los salvará. Por cuanto en él esperaron.

Si la Justicia Social es el mayor énfasis en las luchas ideológicas en todo el planeta, tiene que ser entre otras cosas, porque el hombre es un ser hambriento de justicia. Nada hay que pueda decepcionar, frustrar y desesperar más a una persona que la injusticia en su rostro más descarnado. Esto es un puente de reconciliación entre la vida natural secular en la que nos guste o no estamos involucrados y las normas, los patrones del reino de Dios y su justicia. Es evidente que no podemos aguardarla por parte de los hombres que viven sin Dios, pero tampoco podemos confiar – y esto ha sido más que evidente -, en la que puedan instrumentar aquellos que sí dicen conocerle.

Esta palabra que terminamos de compartir, pese a su simplicidad, pese a que no se trata de esos escudriñares profundos, contiene un elemento que tiene que ver directamente con nuestra vida de todos los días. Dios nos enseña y nos muestra, aquí, que Dios está muy por encima de todo lo que el hombre pueda hacerle al hombre. O mejor dicho: que todo lo que el hombre sin Dios (religioso o no) pueda hacerle al hombre que tiene a Cristo en el corazón. Y que pese a todas esas tribulaciones, Él estará permanentemente velando por cada uno de nosotros que estamos en obediencia. Dije que cuando estamos en obediencia. Y estando en esas condiciones nada, pero absolutamente nada de lo que se haga en nuestra contra, tendrá éxito porque Dios lo abortará.

A cualquiera de nosotros, siervos al servicio del reino, nos cabe o nos puede caber la duda o la sospecha que tantas veces hemos visto hechas realidad dentro de nuestras congregaciones. ¿Trabajamos para el reino de Dios por amor y vocación, o trabajamos para nuestros prestigios personales a partir de intereses sociales, políticos y esencialmente económicos? En la calidad y la cualidad de la respuesta, estará la definición. A mí no me interesa, como responsable de este ministerio, qué es lo que usted supone de esta tarea. Sé que sólo el tiempo podrá decir si los frutos del árbol son buenos o malos. Si acierta con una sospecha, mi futuro será el infierno. Si no acierta, usted está en problemas: se ha metido contra un ungido del Señor.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez