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Bienaventurados los Hambrientos

Nadie podrá decir que los cristianos de este tiempo estemos hambrientos. En la mayoritaria apariencia, los paternales cuidados de fieles servidores de Dios, somos alimentados, instruidos, alentados, estimulados, nutridos y mimados. Una multitud de sermones, charlas, revistas, himnos, mensajes, libros, radios, canales de televisión, reuniones y conferencias de carácter religioso se hallan al alcance de la mano. Sin embargo, tendremos que admitir con total honestidad que todo esto produce poco efecto, por no decir ninguno, en nuestra forma de ser y vivir. Allí es donde comenzamos a preguntarnos: ¿Por qué?

Hemos seccionado nuestras actividades en dos partes, depositándolas en dos compartimentos distintos, hábilmente adornados. En uno, alojamos nuestras prácticas religiosas: Lo que creemos, es decir: las más poderosas doctrinas. Lo que cantamos, en referencia a los himnos más sublimes y conmovedores que jamás se hayan escrito, con el agregado de canciones más modernas provistas de sana unción. Lo que oramos, sucesos tan maravillosos que hubieran puesto a prueba la fe del mismísimo apóstol Pablo, y lo que argumentalmente defendemos, que se trata de principios tan maravillosos que, si viviéramos en ellos, producirían en nosotros una verdadera revolución espiritual.

En el otro compartimiento albergamos el resto: nuestro mundo de valores seculares. Abarca el uso que hacemos de nuestro tiempo libre; las cosas que realizamos para impresionar a los que nos rodean; nuestra actitud hacia nuestros compañeros de trabajo, sean mejores o peores que nosotros, y otras muchas cosas por el estilo, como la forma en que obtenemos nuestro dinero y también cómo lo utilizamos.

Mantenemos estas dos clases de actividades estrictamente separadas y adoptando esta suerte de dicotomía práctica, desarrollando una especie de esquizofrenia espiritual. Y, además, como es común en los que se hallan afectados por la indicada enfermedad, no reconocemos nuestra condición. No podemos de ninguna manera apreciar que, conceptos tales como Dedicación, Consagración, Entrega, Avivamiento, Vida de fe ardiente, puedan haberse envilecido o contaminado entre nosotros y que por consecuencia, han perdido todo su poder para movernos.

Y esta dicotomía evangélica ha producido resultados mucho más serios de lo que estamos dispuestos a admitir. Ha dado como resultado una casta de hombres con los cuales es casi imposible hacer nada en el orden espiritual.

Realmente, (y esto está muy lejos de ser crítica resentida de alguno al que no le dieron permiso para cantar en la plataforma, sino el reflejo de una verdad a gritos que el 99 por ciento no ignora), tendremos que decir que la totalidad del mundo evangélico se está desarrollando en una atmósfera muy poco favorable para un cristiano sano.

Se ha imitado al mundo, se ha buscado el favor popular, se han fabricado diversiones para reemplazar el gozo del Señor, y se ha producido un poder sintético de baratija para sustituir la obra real y eficaz del Espíritu Santo. A favor de un modismo comercial producto de la globalización del planeta, también el evangelio y su bendita Palabra parecería haber ingresado en la etapa del “diet” o del “light”. Para quienes no dominan el inglés, digamos que se está predicando y enseñando un evangelio de muy bajas calorías, que sólo puede producir ovejas desnutridas, u otro demasiado fresco, donde todo parecería ser permitido en aras del lema básico nacido de la predicación mayoritaria del ministerio del pastor: Dios es Amor.

La triste realidad es que hoy día no estamos obteniendo santos. Estamos produciendo conversos a un cristianismo debilitado y estéril que guarda muy poca relación con aquel del Nuevo Testamento. El término medio de los llamados cristianos bíblicos de nuestros días, no son más que una miserable parodia de la verdadera santidad. Incluso gastamos millones de pesos, dólares o euros tratando de organizar movimientos que perpetúen esta forma de religión, y por contrapartida, atacamos sin piedad a cualquier hombre o mujer que se atreva a censurarla.

Muchos jóvenes, por causa de esta dicotomía, se han convertido en ateos o agnósticos, otros se han hundido en el pantano de la indiferencia o la apatía. Muchos cristianos, (Incluyendo pastores, evangelistas, misioneros, maestros y estudiantes de teología), han admitido que lo que profesan creer, tiene muy poco impacto práctico en sus vidas, tanto públicas como privadas.

EL HAMBRE DE DIOS

(1 Juan 2: 6)= Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad.

Dice Wells, en su trabajo titulado “Historia de la Civilización”, que poco tiempo después de la muerte de Cristo, los que decían seguirlo y ser sus discípulos, habían abandonado ya por completo la práctica de sus revolucionarias doctrinas. Felizmente había detrás un plan de Dios, algunos de aquellos hombres dispuestos a obedecerle y una victoria final que hoy está a nuestro alcance. LA pregunta que miles o millones se pueden estar haciendo hoy, en la más completa soledad y anonimato, es: ¿Está esa victoria verdaderamente allí o sólo suponemos que está? Vamos a verlo.

Hay una verdad insoslayable que nos muestra que la iglesia, o lo que conocemos como tal, ha progresado en sus estructuras y en su aparato externo, pero ha olvidado, pospuesto o sencillamente descartado el corazón de la enseñanza de Cristo. Los grandes espectáculos cristianos, mal llamados “eventos” porque de ninguna manera son eventuales, que es sinónimo de circunstanciales o imprevistos, se reproducen a diario en todo el planeta cristiano mayoritario. Estoy hablando, obviamente de todo el sector americano y una parte grande de Asia o África, ya que Europa no parece todavía mostrarse demasiado entusiasta con la santidad. Las congregaciones de mayor “prestigio” no lo son por los milagros que ocurren en sus reuniones, sino por la suma de minutos que sus pastores permanecen en las pantallas de la televisión cristiana o secular. Aquella antigua enseñanza que hablaba de amor, de integridad, de rectitud, de santidad y humildad, es prácticamente inexistente. Y cuando alguien intenta reflotarla, inmediatamente recibe la acusación interna más insólita del cosmos: espiritualista.

Hoy en día es más fácil encontrar muchos más evangélicos de “labios” que de “hechos”. ¿Qué significa esto? Lo he dicho en más de una oportunidad y, aún a riesgo de parecer senilmente reiterativo, habré de decirlo una vez más: Así como encontramos en nuestros templos a muchos creyentes sólidos, maduros y genuinos, ellos son superados por inmensa mayoría por supuestos cristianos tambaleantes, inmaduros hasta lo indecible y falsos en sus conceptos de vida. Bien; entre estos, no son pocos los que en lugar de haber experimentado una real conversión, lo único que han hecho es dar un paso humano cambiando: 1) Catedral por templo. 2) Rosario por Biblia. 3) Estampita por Tratado, pero que en el fondo de sus corazones, siguen siendo los mismos religiosos que fueran antes, esto es: mostrando en lo externo un algo que en lo interno no existe. Sólo lleva algo de tiempo descubrirlos y mucho menos desenmascararlos.

Si somos estrictamente sinceros, tendremos que reconocer aunque le pueda doler a muchos, que muchos de los jóvenes de hoy, que han crecido y se han desarrollado en círculos evangélicos, abandonan la fe antes de cumplir los veinticinco años de edad. ¡¡Satanás nos los roba!! Puede ser, pero no se olvide usted que Satanás solamente puede maniobrar en donde se le da lugar. La Biblia jamás dijo que tuviéramos cuidado con él porque era tremendamente poderoso. Lo que sí dijo es que no debíamos darle lugar. Y ese lugar puede morar en la mente de un joven por el simple hecho de serlo, es cierto, pero también a partir del aburrimiento de largas noches de pizza, ping-pong y autodisciplina sexual, matizadas por la inactividad espiritual reservada para “los mayores”, como si la experiencia eclesiástica fuera sinónimo de mayor madurez espiritual.

Convengamos algo para – porque nobleza obliga -, establecer justicia. No es falta de enseñanza. De ninguna manera. Jamás en la historia del cristianismo ha habido tantas conferencias bíblicas, tantos espacios de radio o televisión con estudios bíblicos, ni tampoco tanta literatura de consulta, a lo que en los últimos años se le podrían sumar las cientos de páginas de Internet dedicadas a la enseñanza. ¿Entonces qué es? Es falta de enseñanza. ¡¡Pero hermano!! ¿Usted está loco? ¡¡Termina de decir que enseñanza sobra!! Perdón: lo que sobra es pedagogía cristiana, pero enseñanza real no aparece. Se enseña iglesia, pero no sobre la cabeza de la iglesia. Se recitan casi de memoria relatos bíblicos acompañados al final, inexorablemente, por moralejas morales o pretendidamente espirituales. Esas son las fábulas de las que se habla en Timoteo. ¿Las ha visto u oído en algún sitio cercano a su casa? ¿Recuerda usted las famosas fábulas de Esopo? Relatos sobre historias de animales con una moraleja al final. Bien: cambie animales por personajes bíblicos y allí lo tiene.

Algo, entonces. Tendremos que preguntarnos a la vista de lo escrito y leído: ¿Adónde están los “Pablos” del siglo veintiuno? Saulos hay, lamentablemente. Gente que está total y absolutamente convencida de estar sirviendo a Dios a través de las estructuras que conoce con los Anás y los Caifás en acción y, sin proponérselo, pero efectivamente, están persiguiendo, acallando y hasta asesinando espiritualmente a la iglesia de Jesucristo. ¿Cuándo llegará el día en que esos Saulos viajen al Damasco espiritual y caigan de espaldas y no de ningún caballo inventado por la ortodoxia para recibir la visitación celestial y tener un encuentro personal con Cristo que les cambie radicalmente sus vidas? Necesitamos gente con el espíritu de Pablo. Y como las cosas viejas pasaron y todas han sido hechas nuevas, no nos importa un pasado de Saulo.

¿Sabe usted cuál es nuestro mayor problema? Que hemos separado nuestra teología de nuestra forma de vivir, situándolas en dos esferas distintas. Y no es así. La Palabra que sacude nuestras vidas en los templos y nos hace correr al frente, a lo que todavía muchos denominan erróneamente “altar”, es buena para ser oída y mucho más para ser predicada y enseñada. Pero solamente adquiere el carácter de Viva y Eficaz que proclama la escritura, cuando se pone por obra y se activa. Entonces se potencia y produce fruto a ciento por uno. Y dejamos de prestarle tanta atención al valor y la calidad de nuestra obra externa y comenzamos a vislumbrar que Dios presta mucha más atención a nuestro ser interno. Dios está mucho más interesado en que encontremos nuestro lugar apropiado en Cristo que en su Obra.

El discipulado cristiano o la actitud que así se denomina es, antes que cualquier otra cosa, un algo de corazón; y lo es en cualquier lugar. Porque si el corazón es recto, todo lo demás que podamos hacer, es equivocado. ¿Cómo se entiende? Muy simple y no tanto: nuestros corazones deben ser movidos, exactamente como lo era el de Pablo, por una profunda necesidad y una insaciable hambre de Dios. Pregunto: ¿Ha visto usted a alguien que se precie de ser buen cocinero, tecnificar su tarea al punto de elevarla en importancia por encima del sabor de lo que cocine? No, ¿Verdad? Bien; eso es lo que parte de la llamada iglesia ha estado haciendo. ¿Y sabe lo que ha desencadenado eso? Pesadez estomacal, inapetencia. Por cada uno que tiene realmente hambre, hay cincuenta que se sientan a la mesa por protocolo. Si usted tiene de esta hambre y sed de Dios; si está buscando usted una comunión más y más intensa con su Creador, si su deseo es conocerlo más intensamente, andar con él y respirar su aliento, puedo asegurarle que ha empezado usted el camino del verdadero discipulado.

Hay una realidad insoslayable que muchos no parecen entender todavía: Dios no visita jamás a autosuficientes. Dios no puede relacionarse de ninguna manera con aquellos que parecen andar por la vida “cristiana” diciendo: “No te preocupes; puedo hacerlo todo yo solo, sin tu ayuda”. Dios desea acudir al hombre que, reconociendo todos sus fracasos, sus pocas aptitudes, su insuficiencia, lo deposita todo al pie de la cruz. ¿Recuerda usted la escena del publicano y el fariseo con sus diferentes oraciones? Pregunta para reflexionar: ¿A cuál de estos dos hombres habrá atendido Dios? ¿Al gran orador teológico, emitiendo palabras rutinarias  y carentes de significado o al que se reconoció fracasado y pecador? Esta es una de las causas por las que creo firmemente en la Biblia. Ningún hombre hubiera podido imaginar esa historia que le mencioné como ejemplo. Es totalmente contraria al pensamiento humano. Pero nos está mostrando el corazón de Dios.

Las bendiciones vienen únicamente de acuerdo con la teología divina. De ninguna manera podrá usted ser bendecido conforme a ninguna de las teologías humanas, por bien intencionadas que sean y por más que provengan de organizaciones de “alto prestigio”. Nadie es más alto que el Señor. Nadie, aunque de pronto a usted le haya parecido otra cosa hasta hoy. El Señor está cercano, pero no de aquellos que parecen obtener grandes éxitos, sino de los que andan por la vida cristiana con sus corazones quebrantados. Porque hace falta un corazón quebrantado para poder llevar a otros a un quebrantamiento de liberación. Dios no salva necesariamente a los activos y serviciales; salva a los que se allegan a Él con un espíritu contrito y humillado. No es ningún descubrimiento, es realidad y verdad desde que el evangelio comenzó a predicarse entre los hombres.

(Salmo 37: 4)= Deléitate asimismo en Jehová. Y él te concederá las peticiones de tu corazón.

Esa es la clave: deleitarse. En Jehová como dice este salmo porque tiene que ver con el Antiguo Pacto. Hoy podría ser tranquilamente deleitarse en Cristo. Que no es sufrirlo aburriéndose en un templo porque no hay absolutamente nada imprevisible y Él no está allí. Eso se llama religiosidad y no sólo no conviene, sino que incluso ni siquiera salva. La razón por la que tantas veces fracasamos intentando buscar la voluntad de dios, es porque nos deleitamos en otras cosas que nada tienen que ver con Él ni con su esencia divina. Lo dicho: religiosidad. Y no crea que es algo nuevo inventado por los fariseos de este tiempo. Ya Juan lo dijo hace mucho tiempo:

(Juan 5: 44)= ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?

Entienda: Dios es un Dios celoso. No comparte su honor y su gloria con ninguna organización por aceitada y prestigiosa que parezca ser. No comparte tampoco eso con ninguna personalidad evangélica cargada de títulos, currículum o experiencia, ni tampoco lo hace con movimiento alguno por espiritual que sea. Dios no unge organizaciones, Dios unge organismos vivos, es decir: personas. Hombres y mujeres con rectitud de corazón.

No debemos enzarzarnos de tal forma en nuestro trabajo, aunque se trate de actividades cristianas, hasta el punto en que podamos perder la visión de Dios. Hay iglesias tan bien organizadas en todas sus estructuras internas que, si Dios se va de vacaciones, ni cuenta se dan. El único medio para obtener el poder y los recursos necesarios para nuestras actividades cotidianas es estar quietos delante de Dios. ¿Puede usted mantenerse quieto por espacio de cinco minutos? Va usted bien. ¿No puede? Mate esa ansiedad que todavía vive en usted y que es el mejor antídoto para la fe que se conoce. Nuestros lazos no están atados a ninguna organización, sino al Dios viviente.

UN PASO INDISPENSABLE: LA HUMILDAD

Nuestra oración cotidiana, si es que realmente estamos en humildad, temor y reverencia, es que nunca nos convirtamos en una especie de “máquina” evangélica enrolando gente en cursos de instrucción, para convertirlos después en autómatas, meros conocedores del arte de vender libros, dirigir reuniones, proyectar películas o presentar un evangelio sistemático, teórico y sin vida abundante a hombres y mujeres de todo el mundo. La vida cristiana, cuando se aparta de la esencia que es en Cristo Jesús, puede llegar a convertirse en esto con mucha facilidad.

Sin embargo, hay una realidad que resulta imposible dejar de lado, alterar o vislumbrar de otro modo: el Espíritu Santo puede producir en nuestros días actuales, cristianos iguales a Cristo. De ninguna manera alguien puede plantearse la alternativa de que ese Espíritu Santo glorioso haya optado en estos tiempos por producir robots religiosos o autómatas controversistas doctrinales. Por eso es que cada vez que me ofrecen participar en foros o debates, con la autorización de mi Señor y en contra de todas las suspicacias humanas que pueden verme como un auténtico soberbio pontificio, me rehúso. Y no lo hago por carencia argumental, lo hago porque aprendí que el hombre ciego de entendimiento no va a poder aceptar a Cristo ni siquiera delante de un muerto resucitado. Y también adopto esta posición que mayoritariamente suele resultar muy antipática por la simple razón de que fue la misma que Jesús adoptó en su tiempo para con los fariseos. Ellos eran los líderes de la única iglesia que existía y, teóricamente, a la que Él también debía sujetarse. Sin embargo ni debatió, ni discutió ni polemizó con ellos; simplemente entregó la Palabra que su Padre le había dado y el que tuviera oídos que oyera y el que no… ¿Estará muy osado y soberbio decir que quiero imitar a Cristo? Acepto que usted pueda verlo así, lo entiendo y si lo desea, hasta le pido humildemente disculpas. Pero lo que no pienso hacer ni por asomo es alterar mi conducta en ese punto. Sepa entender esta locura.

Dios desea inculcarnos semejanza a Cristo y no existen atajos en este tipo de crecimiento espiritual. No hay ninguna organización, ningún tipo de actividad que pueda sustituirlo. Porque crecer en Cristo es dependerlo todo de Él, mientras que muchas de nuestras actividades son el producto de un desmesurado amor por nuestras naturalezas carnales, que es a lo que nosotros mayoritariamente llamamos Vida. Los que tenemos el don de la Vida Eterna procedente de Él, necesitamos imperiosamente despreciar la propia. Y no estoy hablando de cosas físicas. La humildad verdadera, comienza con una reflexión: no importa si somos introvertidos extrovertidos, todos buscamos que se nos reconozca y se nos tenga en cuenta, por lo cual todos estamos casi obligados a orar: “Señor…quítame este molesto deseo de ser estimado…”

(1 Juan 3: 16)= En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.

Es a causa del poco amor que emana de nosotros para con nuestros hermanos, que acudimos a Dios pidiéndole nuevas experiencias y emociones que satisfagan nuestra necesidad de amor. ¡¡Hay tanta gente que por perseguir lo espectacular se pierde lo divino!! Vamos en búsqueda de experiencias nuevas e impactantes, y no podemos ver que a veces Dios es ese silbo apacible del cual también habla la escritura. Ambicionamos tener y sentir el fuego santo en nuestras entrañas, y la pregunta es para qué. ¿Para cumplir con nuestro servicio de la mejor manera o para lucirnos en cruzadas o eventos internacionales? Entienda esto por favor: la mayor parte de los hombres que viven hoy por hoy una vida llena del fuego de Dios, es porque en alguna ocasión de sus vidas se cruzaron con otro hombre que emanaba fuego de Dios.

Si al igual que las esponjas, estamos siempre absorbiendo, siempre demandando amor de los demás y jamás lo damos nosotros mismos, acabaremos deprimidos e irritables. Entonces, visto y considerando este aspecto, pregunto: ¿Cuántos hermanos ha visto usted, en los últimos seis meses, en profundos estados depresivos o con un carácter de esos que parecerían estallar si se les arrimara la cerilla de la incomprensión o la equivocación. ¿Qué hacer? Hay mucho, pero comencemos por aprender a librarnos rápidamente y para siempre del deseo de ser ensalzados, elogiados; ¡¡Cuantos nos gusta la lisonja!! No somos nada y lo sabemos, ¡¡pero pretendemos serlo todo!! ¿Por qué sucederá eso? Porque dentro del cristianismo evangélico hemos desarrollado un sistema de pompa y lisonja personal tan perfecta, que nada tiene que envidiar a los mejores halagos que el mundo ofrece a los egocéntricos. Sin embargo hay un modo de probarse a sí mismo, a nosotros mismos. Cuando nos vemos obligados a trabajar solos, entonces es cuando realmente debemos probarnos a nosotros mismos si trabajamos para conseguir los honores de los hombres o la gloria de Dios.

Ya son muchos,- demasiados diría -, los hombres que han descubierto que la alabanza humana es pura falsedad, y a pesar de que debemos confiar en las personas y mantener la más alta opinión de todos, debemos también aprender a confiar más en Dios y menos en los hombres. El gran tema, es: ¿Para quién o quienes hacemos lo que hacemos? ¿Para el Dios invisible o para ese hombre visible? En nuestra íntima y propia respuesta, está la clave de nuestro andar con Cristo. Es una simple cuestión de cruz. Porque la cruz va a penetrar en la carne de nuestras vidas, allá donde más nos duela, sin tener en consideración nuestra prolijamente cuidada reputación. Un cuidado que se esmera, principalmente, a la hora de recibir alguna crítica. Porque uno de los temores más reales en la vida cristiana, es el de ser censurados. El temor a la crítica es una de las cosas más difíciles de afrontar. Y sin embargo necesitamos ser censurados porque si no pasamos esta prueba, nuestro discipulado se debilitará día a día.

Cuando nosotros somos heridos, censurados o simplemente exhortados, inmediatamente sacamos a flote las veinticinco razones del por qué el otro está equivocado y nosotros tenemos la razón. ¿Jamás le ocurrió a usted? Asimismo, tampoco nos complace demasiado ser objeto de burla, sino más bien deseamos formar parte de ella, es decir: estar del lado de los que se burlan de alguien y no del burlado. Si no podemos soportar que otros se rían de nosotros, espiritualmente, algo no está marchando bien en nuestro interior. ¿No va a recordar nunca, usted, los momentos previos, los días previos a la crucifixión? ¿No va a tener presente cuando alguien se ría de usted, que muchos años antes, otros hombres se rieron del Hijo de Dios en su propio rostro y no por ello éste los fulminó con su poder?

Rechazamos de plano cualquier tipo de agravio. Este temor puede paralizarnos. Puede que queramos dar un salto de fe y no nos atrevemos a darlo por temor a que los demás tengan la oportunidad de acusarnos de habernos equivocado. ¿Cuál fue el máximo testimonio de Juan el bautista? “A mí me conviene menguar para que él crezca”. Todo se resume en el principio básico de que Jesucristo es quien debe crecer y nosotros quienes debemos menguar. Debo salir de la escena, convertirme en un “Don Nadie”. Debo esconderme detrás de la cruz, para que mi Señor pueda crecer más que yo. Debemos anhelar que otros puedan ser más santos que nosotros, mientras nosotros somos todo lo santos que debemos ser. Siempre existe el peligro entre los cristianos que sintamos tal hambre de realidades espirituales, de santidad en la vida cristiana, que en nuestro afán pisoteamos a otros hermanos. Olvidamos que ellos también buscan esta misma santidad que nosotros deseamos. Debemos aprender a beber juntos de la fuente del agua de vida. Sólo así seremos edificados en Él.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez