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Un muy conocido predicador contaba que una mañana, cuando todavía él no era lo conocido que es por estos tiempos, se estaba afeitando, cuando recibió un llamado telefónico que atendió su esposa. Cuando ella le dijo que el llamado era de una iglesia de otro país, este hombre dio un brinco. La maquinilla de afeitar brincó conjuntamente con él y le arrancó un trozo de carne y piel de la mejilla. ¡Por fin le llagaba la oportunidad!  ¡Al fin sus oraciones habían sido oídas y el mundo comenzaba a tener en cuenta a este ungido siervo de Dios! ¡Al fin se iban a terminar esas visitas aburridas a congregaciones modestas y aburridas, que no tenían el menor conocimiento para valorar la profundidad de la Palabra que Dios había puesto en su boca! ¡Al fin, – dicho sea de paso -, iban a modificarse esas minúsculas y hasta ridículas ofrendillas por sumas que le permitirían levantar el gran ministerio internacional sólido, estructurado y potente que Dios, – según él -, le había prometido poner en sus manos!

Salió del cuarto de baño llevándose todo por delante y con la mejilla sangrando. En su raudo camino atropelló la lámpara de pie del living, dio un pisotón a la cola del perro que, a su vez, en su aterrorizada reacción, arrasó con un jarrón que su esposa amaba más que todo en la casa para, finalmente, llegar hasta el teléfono y, casi entre jadeo y jadeo, murmurar un "hola" pletórico de expectativas. Del otro lado, le llegó una voz metálica: “- ¿Pastor Fulano de Tal? –“– Sí, él habla, respondió “- Ah, pastor, lo llamamos de Cruzada Internacional Tal y Tal para invitarlo a colaborar con lo que pueda y esté a su alcance para nuestra nueva campaña para “Un mundo sin SIDA para el siglo veintiuno… –“Sintió que se le venía todo al piso. ¡Y él que había supuesto que lo llamaban para invitarlo a dar una serie de conferencias en los mejores y máximos lugares de ese país!

Es muy duro llevarse una sorpresa de estas características, sí señor. Es más que desilusionante cuando uno piensa que alguien está interesado en nosotros y, de pronto, se da cuenta que ese alguien, en lo que en realidad está interesado, es en el dinero que podamos tener y aportar. Cuando los vendedores del mundo secular lo hacen, es irritante, fastidioso y molesto, pero cuando lo hace el pueblo de la fe, puede llegar a ser devastador.

Es un hecho triste, pero al mismo tiempo, un hecho cierto; en muchos sitios, hoy todavía, se está usando a la religión para ganancia y prestigio personal. Nadie va a dejar de convertirse a Cristo porque alguien diga la verdad sobre lo que están haciendo algunos de los que dicen representarlo en la tierra. Cuando esto es así, suceden dos cosas: se explota a la gente y Dios se enfurece.

No hay mejor ejemplo de esto que lo que sucedió en aquel templo de la historia bíblica. Después que Jesús había entrado en la ciudad a lomo de asno, fue el templo; y habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a Betania con los doce.

Preste atención a algo muy importante: el primer lugar adonde Jesús fue cuando llegó a Jerusalén, fue al templo. Había desfilado por las calles y lo habían tratado como a un rey. Era domingo, el primer día de la semana de la Pascua. Cientos de miles de personas se amontonaban en las estrechas calles de piedra. Una verdadera multitud de peregrinos inundaba el mercado. Jesús se abrió paso a través del mar de gente cuando el anochecer se acercaba. Caminó hacia el área del templo, miró a su alrededor y salió. ¿Usted quiere saber lo que vio? Lea, entonces, lo que hizo el lunes, la mañana siguiente, cuando regresó: imagínelo fuera de la figurita de estampita clásica que le han vendido durante años con relación a Jesús.

Entra al templo; lo primero que ve es a la fila de cambistas, vendedores de casetes, videos, libros, llaveros, emparedados, banderines, gaseosas y, lo que es más grave, además de los muchos miembros de la iglesia que se ganaban unos dinerillos en esa tarea, había un gran número de oportunistas que ni siquiera eran creyentes. Simplemente eran personas que necesitaban ganar algo de dinero para subsistir y, en el aprovechamiento de las necesidades rituales del pueblo de Dios, hacían una buena diferencia. Muchos creen que Jesús dijo algo así como: “- Oh… mala gente… idos de aquí…-“Espere. LA Biblia dice que les desparramó con gran estrépito las mesas a esos cambistas, y yo no creo que eso haya sido hecho con fina discreción y elegantes maneras. Las agarró a puntapiés y las puso patas para arriba con cambistas aferrados a ellas y todo.

(Mateo 21: 13)= Mi casa, casa de oración será llamada; más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.

¿Se preguntó usted alguna vez por la realidad de lo que verdaderamente vio Jesús allí? Vio mercachifles, auténticos mercaderes de la fe. ¿Qué fue lo que encendió el fuego de la ira de Jesús? ¿Cuál fue su primer pensamiento ese lunes? ¿La magnificencia del templo, quizás? ¿La presencia del Dios Padre allí, tal vez? ¿La unción que emanaba de ese lugar, acaso? No. Su primer pensamiento tuvo como epicentro a la gente que, en ese templo, comercializaba con la fe.

Era la semana de la Pascua. La Pascua era la celebración más importante del calendario judío. El pueblo venía de todas las regiones y muchos países para estar presente en la celebración. A su llegada todos estaban obligados a cumplir dos requisitos:

Primero: el sacrificio del animal, por lo regular, era una paloma. La paloma tenía que ser perfecta, sin defecto. El animal podía venir desde cualquier parte, pero era probable que si uno traía un sacrificio de otro lugar, ese sacrificio fuera considerado insuficiente por las autoridades del Templo. Así que, bajo el disfraz de conservar el sacrificio puro, los vendedores vendían palomas… al precio de ellos.

Segundo: el pueblo tenía que pagar un impuesto, un impuesto del Templo. Debía pagarse cada año. Durante la Pascua el impuesto tenía que entregarse en la moneda local. Sabiendo que muchos extranjeros estarían en Jerusalén para pagar el impuesto, los cambistas situaban convenientemente sus mesas y ofrecían cambiar la moneda extranjera por la local, por unos “modestos” honorarios, desde luego.

Entonces no es difícil entender y poder ver qué fue lo que indignó a Jesús. Los peregrinos viajaban durante días, (Y como se viajaba en aquellos tiempos, que obviamente no tiene nada que ver a como se viaja ahora) para ver a Dios, para ser testigos de lo sagrado, para adorar a Su Majestad. Pero antes que pudieran llegar a la presencia de Dios, eran llevados a los purificadores. Lo que se prometía y lo que se entregaba, eran dos cosas diferentes.

¿Usted quiere indignar realmente a Dios? Entonces interpóngase en el camino de los que quieren y buscan llegar a Él. ¿De verdad quiere sentir el calor y el bramido de su ira? Explote a la gente en el nombre de Dios. – ¡Pero hermano! ¡Es que eso es exactamente lo que se está haciendo en algunos lugares! – Ya lo sé. ¿Cuándo lo has visto hacer? – ¡Hoy mismo! – De acuerdo. Hoy es domingo. Aguarda a que llegue el lunes. A todos los mercaderes les habrá de llegar su propio lunes. Anote esto: los mercachifles religiosos, avivan el fuego de la ira divina.

En un momento dado, la paciencia santa de Jesús tocó fondo. Quizás recordó su propio principio: airarse sí, pecar no. Ni degollar a nadie ni fusilar a nadie: sólo entrar como una tromba haciendo un desparramo descomunal de palomas aleteando, mesas volando, plumas cayendo por aquí y por allá. La gente que sale disparada como una bala, los mercaderes, todavía sin entender nada, se dispersaron por todas partes.

Cuidado que esta no fue una exhibición impulsiva. No fue una rabieta de mal carácter o de mal genio. Fue un acto deliberado con un mensaje intencional. Jesús había visto a los cambistas el día antes. Se fue a dormir con imágenes de esta plaza y sus pregoneros en su mente. Y cuando despertó a la mañana siguiente, sabiendo que le quedaban pocos días, decidió dejar sentado un principio: Ustedes se aprovechan de mi pueblo y tendrán que responderme a mí por eso. Atención con esto, ministros y responsables de todas las congregaciones cristianas del mundo.  Dios nunca considerará inocentes a quienes explotan el privilegio de adorarlo.

Contaba el autor de un libro que una vez, encontrándose en el aeropuerto de Miami adonde había dio a buscar a un amigo que llegaba en un vuelo, y mientras caminaba en dirección al lugar donde iba a efectuar la espera, una devota del culto oriental que allí se encontraba llamó poderosamente su atención. Imagínese su aspecto, están casi calcadas, por no decir uniformadas: collares de cuentas, sandalias especiales, sonrisa estereotipada, casi de plástico, una mochila cargada de libros.

“Señor, – dice que le dijo y, agrega, él debió haber seguido caminando sin detenerse, pero no lo hizo -, ¿Quiere escucharme un momento?” – Y bueno, se dijo él. Tengo tiempo, es temprano todavía, el avión que estoy esperando viene con atraso y falta bastante. ¿Qué puedo perder si oigo lo que tiene para decirme? Quizás me va a servir para conocer mejor sus artimañas y poder volcar esa experiencia en algunos de mis libros o de mis conferencias. Craso error, – asegura él mismo -, debí haber seguido caminando e ignorarla. Es lo que hoy le recomiendo a cualquiera.

Dice que se detuvo y que ella comenzó con una perorata casi grabada en casete. Dijo que ella era una maestra y que su escuela estaba celebrando un aniversario. Y que en honor a ese acontecimiento, estaban regalando un libro que explicaba su filosofía. Le puso una copia en la mano. Cuenta este hombre que se trataba de un grueso volumen de tapas duras con cubierta mística. Un hombre con aspecto de gurú sentado con las piernas cruzadas y las manos dobladas se veía en la portada.

El escritor cuenta que le dio las gracias por el libro y comenzó a alejarse mientras pensaba que ese material, de última, pese a tener clara conciencia de donde provenía, le podría servir de gran ilustración para aprender más sobre esas prácticas. En ese instante sintió que le tocaban el brazo. “- ¿Señor?” – Él se detuvo. Cuando se dio vuelta y la miró, inmediatamente se dio cuenta de qué se trataba. – “¿No desearía hacer una donación para nuestra escuela?” – Él decidió ser frontal. La verdad es que no deseo ni tampoco estoy en condiciones de hacer una donación para su escuela, pero le repito, de todos modos, gracias por el libro.

Intentó reanudar su camino, pero se dio cuenta que ella lo seguía y volvía a tocarle el brazo. “- Señor…hasta ahora todo el mundo ha entregado una donación en agradecimiento por el regalo…-“

Está bien, dice que contestó con la máxima cordialidad que esa ya molesta insistencia le permitía: pero yo ya le dije que no pienso dar ese donativo, y también le expliqué las razones. Pero de todas formas, vuelvo a repetirle, le agradezco sinceramente el libro. Giró sobre sí mismo y empezó a alejarse otra vez. Dice que no había dado ni el primer paso cuando ella habló de nuevo. Esta vez se la veía un poco más nerviosa. La sonrisa de plástico había desaparecido y una especie de dureza facial le tomaba el rostro dándole una imagen, sino aterradora, al menos… preocupante. Inspiraba algo que no tenía nada que ver con la frágil mujercilla que le había parecido minutos antes.

Señor, dijo mientras abría su bolso para que él pudiera ver su recaudación de billetes y monedas. Si usted fuera sincero en su agradecimiento, nos haría una donación que verdaderamente necesitamos.

Ya llegó, en ese momento, a la conclusión de aquello era bajo, decididamente bajo. Despreciable, insultante. Dice este buen hombre, y habrá que creerle porque testimonialmente no hay motivos para dudarlo, que él no acostumbra a ser mordaz, pero que no pudo resistir la tentación de clarificar las cosas aunque esa respuesta no fuera esencialmente digna de un cristiano… sereno.

Dice que le respondió: “Mire señora, yo no pongo en duda que usted tenga razón al decir que otras personas han colaborado. Y hasta le creo totalmente que su escuela necesite realmente de este dinero, pero lo que creo es que si usted hubiera sido tan sincera como me lo reclama a mí, no me hubiese regalado algo para pedirme que se lo pague después.

LA anécdota se terminó cuando ella hizo ademán de querer recuperar el libro, pero este hombre dice que no se lo permitió, que lo apretó bien fuerte debajo de su brazo y se alejó. Consideró el inconveniente, fuera del mal gusto que le dejó en la boca, una pequeña victoria sobre el monstruo mercantilista.

Ahora vamos a los hechos concretos: los mercachifles ganan más veces que las que pierden. El problema es que todo no nos remite a estas personas que visten ropajes orientales o de otros cultos exóticos para comercializar con la credibilidad ajena. También suelen vestir ropajes cristianos. ¡Pero hermano! ¡No existe un ropaje cristiano! ¿Ah, no? No. Nadie es cristiano porque se vista de alguna forma determinada. Yo, particularmente, creo que no siempre es así, pero de todos modos, supongamos que tiene usted razón. ¿Cuándo sabemos, entonces, que un cristiano es un cristiano? – Y… se tiene que estar congregando en alguna iglesia… – ¡Por supuesto que se congregan en una iglesia! ¿Quiere que le diga algo más? ¡Hasta pueden tener alguna posición de liderazgo en esa iglesia!

Usted los ha visto. El hablar suave. El vocabulario elocuente. La apariencia genuina. ¿Pero de quién está hablando usted, hermano? De nadie en particular, aunque por allí coincida con alguien que usted conoce. De un estereotipo que, lamentablemente, sobreabunda en nuestros templos y sirve, máximamente, para dar lugar a todas esas cosas que el mundo secular dice de nosotros y que tanto nos afecta, nos molesta y nos amarga, pero que no podemos defender como deberíamos porque sabemos que, en el fondo, en muchos casos es decididamente como esa crítica lo dice. Están en nuestros televisores, están en nuestras radios, están hasta en nuestros púlpitos..

¿Me deja hablarle con total y transparente franqueza aunque esto le resulte molesto e irritante? Póngase una mano en el corazón. Ha llegado el momento de no seguir tolerando a los oportunistas religiosos. Son buscadores de “sacrodinero” que han manchado muy seriamente la reputación del cristianismo. Han embarrado los altares de la fe sincera y han destrozado los vitrales del testimonio santo. Han manipulado a los que son fáciles de engañar. No están dominados por Dios; están dominados por la avaricia. No los guía el Espíritu Santo; los impulsa su propio orgullo. Son falsificaciones de vaselina que sobresalen por su emotividad y fracasan por su doctrina. Despellejan la fe para conseguirse un dólar y violan los bancos de la iglesia para sacar un pago. Nuestro Señor puso, en su momento, al descubierto sus fraudes, por lo que me pregunto y le pregunto: ¿Quién nos enseñó que debemos callar para no entorpecer la marcha de la iglesia dejando ver sus imperfecciones? ¿Quiere que le diga lo que pienso? Me da la sensación de que esa enseñanza, tiene esencia y libreto del mismo sitio al que queremos descubrir y dejar en evidencia. ¿Jesús lo hizo por celo santo? Las mismas cosas haréis, y aún mayores…

Ahora bien; la pregunta del millón, es: ¿Cómo hacemos para llevar adelante eso? Lo primero que deberemos hacer, obviamente, es reconocerlos. Reconocer a los mercachifles del evangelio y, una vez detectados, descubrirlos, ponerlos en evidencia. Lo único que traba y obstaculiza esto es que, en muchos casos, y por una simple cuestión de ignorancia, (Que viene del verbo Ignorar, desconocer algo, y que no es sinónimo de incultura o algo parecido, y mucho menos un insulto u ofensa) y con el pudor de no estar haciendo algo que ponga piedra de tropiezo en la predicación del evangelio, los que terminamos protegiendo a esos mercaderes, somos nosotros mismos. Sin embargo y por si sirve, hay algo que en cada uno de ellos es notorio y evidente: siempre hacen mayor hincapié en el fundamento de su tarea, (Sea iglesia, grupo, institución, etc.) que en el protagonista principal de esa actividad: Jesucristo. El predicador, el ministerio o el cantante por encima del Dios Todopoderoso. ¿Conoce usted alguno así? No se lance a la piscina antes de saber si hay agua, pero observe. Su Espíritu le dará la respuesta certera.

En la iglesia de Creta algunos vivían de las almas crédulas de la iglesia. Pablo, entonces, aplicó calificativos que no eran melosos precisamente. Él dijo: A los cuales es preciso tapar la boca; que trastornan casas enteras, enseñando por ganancia deshonesta lo que no conviene.

Tenemos que aprender, decididamente, a escuchar. La mayoría de los problemas que padecemos, generalmente, subsisten por formas dificultosas de escuchar lo que se dice. Cualquier pastor es testigo fiel de lo que voy a decir: ¿Cuánta gente, al final de una predicación, se acerca ofuscada como a pedirle cuentas al predicador por lo que considera como ofensivo de lo dicho en el mensaje, y descubrimos que eso que tanto lo ha ofendido no tiene absolutamente nada que ver con lo que dijimos? ¿Y cuántos sabemos que una vez que alguien cree haber entendido algo es muy difícil que entienda que no fue así, cambie su posición, reconozca su error y se “des-ofenda”? Escuchar bien, interpretar bien, es no sólo conveniente, es elemental.

Por ejemplo: escuche atentamente al evangelista de la televisión. Si es necesario, analice sus palabras una por una. Haga lo mismo con el que está en la radio o con el que vino de visita a su iglesia o, en último caso, con el que oye cada semana. ¿Adónde está el peso del mensaje? ¿En su salvación, su crecimiento, su nutrimento espiritual, su revelación, su maduración o en la cantidad o calidad de la ofrenda que sería muy conveniente usted aportara a ese ministerio que, luego, dará una extensa nómina de logros que justificarían que usted lleve su dinero a ese alfolí? Escuche lo que se dice. ¿SE necesitaba el dinero siempre para ayer? ¿Le prometen sanidad si usted da y el infierno si no lo hace? Si es así, tenga calma, no se pelee con nadie, no insulte ni ofenda a nadie, ni crucifique a nadie; simplemente no haga caso; Dios no opera jamás de forma compulsiva u opresiva. Dios le da convicción, no terror. En la necesidad de aumentar feligresías, se ha llegado a preciar un evangelio basado en el miedo al infierno. La gente se convierte (Y eso es bueno) pero lo hacen por el terror que les causa la mención del fuego eterno. La conclusión llega en que ingresa a la iglesia un buen número de personas acompañadas por una alta dosis de miedo. En el mundo del Espíritu, ¿A qué no sabe a quién traen del brazo a la iglesia?

Otra de las características del estafador eclesiástico, es que levantan más barreras que fe. Es lamentablemente mucha, muchísima la gente que abandona las iglesias a causa de la gente que concurre a esas iglesias y no a ninguna actividad demoníaca o satánica que provenga de brujos o hechiceros del mundo exterior. Alguien que depositó su dinero en un banco y fue estafado, no sólo le pierde la confianza a ese banco, sino a todo el sistema bancario de su país. Ni imaginemos qué sucede con el que se encuentra estafado en una iglesia.

Los curanderos, por ejemplo, le dicen a usted que no vaya a las farmacias. No quieren que usted pruebe otros tratamientos. Tampoco estos mercaderes. Generalmente se presentan como pioneros que la iglesia no puede soportar, pero en realidad son lobos solitarios en búsqueda de su presa.

Tienen la concesión de un enfoque y quieren protegerla. El pan de cada día de ellos, es la exclusividad de su fe. Según ellos, sólo ellos pueden darle a usted lo que usted necesita. Su botiquín “sanalotodo”, es la solución de todos sus dolores. Tal como los vendedores de palomas no toleraban las importadas, los mercaderes no toleran otra fe que no sea la suya. Su máximo objetivo es cultivar una clientela de libretas de cheques leales.

La Palabra dice: Os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos. La pasión de Cristo el lunes es la indignación. No sé qué le pueden haber enseñado a pensar a usted, y qué es lo que piensa usted de esto que estamos hablando; lo único que sé es que si mi Señor actuó como actuó, yo sigo su modelo y trato, por los medios que tenga y sin caer en juicios y sentencias, desenmascarar a estos individuos que estaban con nosotros pero no eran de nosotros. Dios ha estado durante siglos ordenando a los charlatanes que dejen de construir torres. Así debemos hacerlo nosotros también. Porque si no lo hacemos, puede volver a suceder.

Hubo un lugar así. Se predicaba la Palabra. No se vaya a creer que se incentivaba a la gente a incorporarse a la Nueva Era o a acudir en masa a los personeros del Curanderismo. ¡No! Era una iglesia que inspiraba confianza, que estaba realmente comprometida con el pueblo, que trabajaba con rehabilitación para droga dependientes, para delincuentes, se predicaba acerca de Dios, se echaba fuera demonios, se hacían milagros, sanidades. ¡La iglesia perfecta! Ya veo venir la pregunta: ¿Adónde está esa iglesia, hermano? No la busque; esa iglesia está muerta, y su ministro principal, también. Se llamaba Jim Jones. ¡Ah, no! ¡No me haga esa comparación, hermano! ¡Eso fue satánico! El final sí, es cierto, pero mucho cuidado que el principio no, eh? Típico de la estrategia del infierno. Un comienzo desde la Palabra, tergiversación sutil de los principios aprovechándose de la falta de conocimiento de la gente y final demoníaco, diabólico. ¡Bueno! ¡Pero eso no puede volver a pasar! Es verdad. Es muy difícil que eso vuelva a ocurrir así, del mismo modo. Pero tenga usted cuidado, lea su Biblia, no espere siempre que alguien se la cuente, escudriñe la Palabra y vea si cada cosa que le dicen es verdaderamente así. Porque mucho me temo que con algún grado diferente de sutileza, no estoy demasiado seguro de que no haya alguna repetición indeseable. Por eso es que trato de arrimar la prevención de uno de los dones espirituales: el discernimiento.

Fin del mensaje; no se confunda. El cristianismo no es una posición corporativa. Corporativismo implica algo así como: “aquí somos todos buenos y todos nobles”. Si eso fuera realmente así, Dios habría mentido. Porque Él fue quien dijo que el trigo y la cizaña crecerían juntos en convivencia. Y juntos no es afuera, es adentro. Afuera, trigo no hay. Pero cizaña, adentro, si que la hay. Importante: no se deje engañar por las apariencias ni por los discursos. Tenga cuidado. Recuerde por qué Jesús saneó el templo. Los que están más cerca del templo, a veces podrían ser los que en el espíritu, más lejos se encuentran de lo que el templo representa. Nunca se olvide que usted es un creyente, no un crédulo. Un creyente lo es porque tiene conocimiento y sabe en quien o en qué ha depositado su fe. Un crédulo está tan hambriento de milagros que está dispuesto a aceptarlos como divinos y válidos aunque provengan de mismísimos demonios.

Y esto, vale aclararlo, no es una visión negativa o derrotista de un sector de la iglesia, es un toque de alerta y de atención a muchas situaciones muy poco claras que producen enorme desconfianza en mucha gente que, por temor a estar operando en contra de Dios, prefiere callar, disimular y, de ese modo avalar las trapisondas que muchos hombres tan incrédulos como los ateos cometen en el nombre de un Dios que, seguramente, no sólo no es el tuyo ni el mío sino que, evidentemente y a la luz de la palabra, ni siquiera es el Dios de la Biblia.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez