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Principios de un Camino

Cuando eres niño y comienzas tu ciclo escolar, un mundo nuevo comienza a abrirse ante tus asombrados ojos. Conjuntamente con los primeros signos y palotes, empiezan a entrar en tu mente letras, números y todo aquello que, lo quieras o no, de alguna manera será parte básica y central de tu vida, de tu formación como persona apta para ser útil a la sociedad donde habitas. Cuando llega a su fin el ciclo escolar primario, sientes un dejo de tristeza y melancolía, porque entiendes que en la nueva etapa que ya te encuentra en tu adolescencia, si bien tendrás nuevas vivencias, deberás inexorablemente dejar atrás otras que en su momento te impactaron, agradaron e hicieron feliz. Y ni hablar si tienes la posibilidad de encarar una carrera profesional desde un claustro universitario. Seguirás aprendiendo, seguirás siendo alumno, pero ya no con aquellas primarias anécdotas y episodios casi románticos, ingenuos, infantiles, sino con la adusta seriedad y responsabilidad de los que entienden que la etapa del aprendizaje concluye y deja paso, sí o sí, a la de la puesta por obra de todo lo aprendido. Es más que obvio que si eso pasa en nuestra vida secular, igualmente lo es y debe ser, en nuestra vida espiritual. Y hoy siento en mi corazón, muy en sus profundidades, que los tiempos de aprendizaje, de memorización teológica y doctrinal, una verdadera tradición de muchos años, están llegando a su fin. Este es el momento en que los hijos genuinos de Dios deben poner en práctica todo lo que saben y, de paso, demuestren que lo enseñado y aprendido no fue estéril ni en vano, sino una apuesta fuerte a ese utópico futuro que ya hoy es presente.

En estos días y por distintos motivos muy de adentro mío, he tenido mucho diálogo con mi Padre. He tenido que acudir a Él una y otra vez para que direccione o re-direccione mi trabajo. Y de todo eso, algo ha surgido como absolutamente nuevo: he sabido que debo adaptarme a estos tiempos y no continuar con formas y métodos que tuvieron su momento y casi su esplendor, pero que hoy deberán dejar paso a lo que la situación ambiente exige. Sé que este es un tiempo de apelar a recursos prácticos, visibles y, esencialmente, al poder sobrenatural de Dios manifestado en nuestras vidas. Cualquier otra cosa, por bien intencionados que seamos, no nos brindará el resultado que deseamos y será una nueva pérdida de tiempo.  Con un ropaje nuevo, con la implementación de toda la sabiduría humana y la tecnología existente, con las redes sociales y todo ese caudal que parece inagotable, pero sin poder acceder a lo que estos tiempos nos demandan.  Hoy, el pueblo de Dios más que información y enseñanza sistemática, necesita y demanda soluciones prácticas. Está más que claro que hoy ni Dios ni yo queremos más de aquello. Así que…gran-desparramo-gran, pero ir hacia adelante es la premisa. Sin mirar ni volver atrás. Tal como sigue diciendo la letra de la canción estandarte de TDV. Dios no nos trajo hasta aquí para volver atrás.

Durante muchos años hemos sido preparados y capacitados para estudiar y luego buscar y encontrar todas las respuestas a todas las preguntas en la Palabra de Dios. De tal manera nos preparamos, que por poco pasamos a ser enormes biblias con pies y manos, pero sin cerebro, en lugar de personas con calidez y amor del bueno. Sólo repitiendo como robots autómatas, conceptos, principios y sentencias en las que, muchos de nosotros, ni siquiera terminábamos de creer como reales y efectivas. Y así pasamos otra instancia de nuestras vidas echándole culpas a padres, hermanos, cónyuges, hijos, maestros, profesores, pastores, ancianos, lideres y todos aquellos que de uno u otro modo participaron de nuestra formación. Hoy es el tiempo en que una situación cargada de incertidumbres humanas, seculares y espirituales, tienen que dar paso al único objetivo por el cual el hombre fue creado y habita el planeta: glorificar a Dios con sus acciones cada día. Y créeme que a Dios no se lo honra y glorifica con palabras, textos memorizados o nuevos conceptos y principios descubiertos. A Dios se lo sigue honrando y glorificando con nuestras vidas, nuestros testimonios de pureza, honradez, santidad, integridad, honestidad, transparencia y, esencialmente Amor. Pero ese amor que no busca lo suyo ni presiona u obliga. Porque esa es la imitación bastarda del verdadero Ser de nuestro Dios. Estoy hablando de Amor según Dios. Dios ES amor. Y por divina y natural consecuencia, nosotros también. Es tiempo que el mundo lo sepa y lo vea.

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enero 16, 2021 Néstor Martínez