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Cuadernos Reales 3

 

Calidad y Cualidad de Nuestra Fe

 

¿Nunca te preguntaste quien fue realmente Abel? Tenemos libros e historias, una gran parte de ellas reales y fieles, pero no siempre el conocimiento concreto de lo que hizo o dejó de hacer. Abel permitió que, en la adoración de ese tiempo, el sacrificio y la grosura fueran consumidos en el altar del Señor. Eso significa que él esperó en la presencia de Dios hasta que su sacrificio subió al cielo. ¡Hay que tener suficiente fe para quedarse inmóvil esperando que a Dios se le ocurra presentarse! ¿Verdad? Por esta razón Abel aparece en la nómina de la sala principal del salón de la fe. Él es la tipología perfecta del hombre terrenal que estaba en comunión con su Señor, ofreciéndole a Él lo mejor que tenía. ¿Cuántas veces habré orado en mi vida? No lo sé, no las he contado, pero suponte que fueron diez mil. ¿Sabes qué? Como mucho, de esas diez mil, habré esperado en silencio la respuesta del Padre mucho menos de la mitad de las veces. Espíritu de ansiedad, le dicen…

El ejemplo del hijo de Adán vive hoy, todavía, a tantos siglos, como testimonio de una fe viviente y verdadera. Y es por esa razón que se dijo y se escribió que, estando muerto, todavía seguiría hablando. Por intermedio de otras bocas, de otros espíritus, pero sosteniendo el mismo pensamiento y pronunciando las mismas palabras poderosas. Eso es lo que vulgarmente se denomina como trascendencia. Tú dices algo de impacto y bendición hoy y sanas y liberas. Alguien te oye y, dentro de diez años recuerda tus palabras, las acepta, las cree y las repite y sigue sanando y liberando. Cuando hablamos de trascender, nos referimos a eso, no a disfrutar de un éxito de imagen mundana. Porque todos sabemos la duración que tiene esa clase de trascendencia…

Ahora bien; todo está muy bonito y hasta florido, pero… ¿Cómo obtuvo Abel esa calidad de fe?  Puedes hacer volar tu imaginación a la altura que se te ocurra, pero quiero confesarte que la realidad no está tan lejos. No hay demasiadas variantes para entenderlo. Piensa por un momento, en las asombrosas y hasta extrañas conversaciones que este joven tiene que haber escuchado entre sus padres, nada menos que Adán y Eva. La pareja obviamente hablaba de sus primeros días en el jardín con el Señor. Sin duda, ellos mencionaron sus tiempos de comunión maravillosa con Dios, caminando y hablando con él durante el atardecer. Imagínate lo que pasaría por la mente de Abel mientras él escuchaba estas historias. Probablemente, pensó, “Que maravilloso debió ser. Mi padre y mi madre tuvieron una relación viva con el Creador mismo.” 

Porque para ellos no era Dios, tampoco era todavía Jehová, ni siquiera Elohim, o ninguno de esos nombres que el hombre ha encontrado para etiquetar al que indudablemente sigue siendo el que ellos, aquellos primeros, conocían sencillamente como El Creador. Así es que, mientras Abel consideraba esto, quizás tomó una decisión en su corazón. Tal vez determino que no viviría de la historia de sus padres. De alguna manera estaba peleando contra su iniquidad generacional. Y que mucho menos se podía conformar con una mera tradición traspasada a él. Él entendió que necesitaba tener su propio toque del Creador, o sea de nuestro Dios. Gran decisión, si la tuvo. Digna de ser imitada por tiempos y tiempos. Hoy mismo, por muchos que dicen saberlo todo.

Podría ser, también, que Abel se haya dicho a sí mismo: No quiero escuchar más acerca de experiencias pasadas con el Señor. Quiero conocerlo ahora por mí mismo, hoy. Quiero una relación con él, tener compañerismo y comunión con él.” ¿Te parece que estoy inventando o teatralizando algo que no puedo saber cómo fue? Tal vez, pero dime que estoy fantaseando con algo que no pudo haber sido así. Si me lo dices, te colocas en mí misma situación: hablas de algo que tampoco tú conoces con precisión, pero que te parece que no fue así. En fin; imaginación por imaginación, mis sinceras disculpas, pero me quedo con la mía. Es más grata a mis oídos espirituales. Él le ofreció la grosura y sólo él sabrá por qué lo hizo. Esta es la misma clase de “grosura” que debemos ofrecerle a Dios hoy. ¿De qué estoy hablando?

Que, como Abel, debemos darle lo mejor de nuestro tiempo, en nuestra habitación secreta de oración, no el tiempo que nos sobra, cuando nos sobra. Y debemos pasar suficiente tiempo allí, en su presencia, permitiéndole que consuma nuestras ofrendas de adoración y compañerismo íntimo. Porque cuando digo compañerismo, es probable que estés cerca de la verdad. Pero cuando le añado ofrenda y adoración, la religión se ha encargado de mentalizarnos que eso se trata de dinero y música, ¿Verdad? Ahora, si quieres seguir indagando sobre las profundidades de esa fe que anhelas pero que no consigues, compara la ofrenda de Abel con la de su hermano, Caín. Caín le llevó fruta al Señor, una ofrenda que no requería un altar. No hubo grosura, ni aceite, nada para ser consumido.

Como resultado, no hubo aroma dulce que subiera al cielo. Alguien, con dudoso sentido del humor dijo que Caín optó por estar a la moda y ofrecer una ofrenda vegana. Y tanto como para inventarse como evangelista moderno, ahí nomás añadió que todos los cristianos deberíamos ser veganos, porque como alimentación, es mucho más sana. Un viejo ministro de una zona rural de mi país, un hombre muy criollo de la vieja usanza, amante de la carne asada nacional, dijo al respecto que en su región lo único vegano que conocía, eran las vacas, pero que como eran todas muy obesas finalmente terminaban en el matadero. Una pintoresca y hasta absurda manera de debatir discipulado. Si quieres, ríete, pero hemos debatido cuestiones mucho más ridículas que estas.

En otras palabras, entonces, al adoptar ese tipo de ofrenda, no hubo intimidad, ningún intercambio personal entre Caín y el Señor. Como puedes ver, Caín llevó un sacrificio que no requería que él se quedara en la presencia de Dios, buscando su compañerismo. Por esta razón es que se dijo y sabemos que la ofrenda de Abel fue, más excelente que la de Caín. De todos modos y en honor a la verdad de las cosas concretas, es necesario que no te equivoques: Dios, de todas maneras, honró el sacrificio que Caín le llevo. Pero, todos sabemos esto porque Él mismo nos lo ha dicho, el Señor mira el corazón, y por esa causa él sabía que Caín no añoraba estar en su presencia ni lo extrañaba como Abel. ¡Cuan distinto sería todo si cada uno de los que decimos ser hijos de Dios, entendiéramos que Él mira nuestro corazón y no nuestras manos.

Eso estaba claro por el sacrificio que Caín escogió para ofrecerle. En mi opinión, que será muy respetable, pero que no va más allá de ser el juicio de valor de un simple hombre, que, aunque bien intencionado, no pasa de ser eso, un hombre, Caín representa a muchos cristianos en la actualidad. Son esos creyentes que van a la iglesia cada semana, cuando se puede, cuando no se les presenta algo más entretenido para hacer; que adoran a Dios, o al menos creen hacerlo porque cantan fuerte y sin desafinar las alabanzas, batiendo palmas y hasta moviendo sus cuerpos, y que adoran con voz casi romántica levantando sus manos y cerrando sus ojos en un prolongado éxtasis que nadie sabe si realmente experimentan o no, y le piden a ese Dios que los bendiga y los prospere.

Pero la inocultable verdad, que Dios sabe desde el mismo momento en que llegaron al templo, es que ellos no tienen deseos de tener ninguna intimidad con Él. Porque todos sabemos que, para acceder a cualquier forma de intimidad, -lo voy a repetir hasta el cansancio porque es importante-, lo primero que se debe sentir es pasión. Y muchos de estos desapasionados, ni siquiera dejarían de hacer algo mundano que les gusta, para tener esa clase de intimidad. Ellos quieren que su Padre celestial les conteste sus oraciones, pero no desean una relación con él. Ellos no buscan su rostro, no ansían su cercanía, ni tampoco añoran su comunión. Ellos, en todo caso, se muestran muy participativos cuando piensan que verán el resultado de las manos del Señor. Esas manos que ellos creen que pueden llenarlos de todo lo material que les agradaría poseer. ¿Cómo llamarías a eso? Yo, religión hueca, vacía e hipócrita. Y que agradezcan que no soy de copiarme, porque si no te aseguro que les obsequiaría con otro ¡Generación de víboras!

Como el propio Caín, ellos simplemente no tienen deseos de quedarse en su presencia. Por contraste, el hombre íntimo y fiel busca el toque de Dios en su vida. Un ilustre caballero llamado Enoc, no sé si te suena, también disfrutó de un compañerismo cercano con el Señor. Y no solamente eso, su comunión con Dios fue tan intima, que el Señor lo trasladó a la gloria con Él mucho antes que su vida hubiera terminado en la tierra. ¿Sabes qué es lo más impactante? ¡No murió! No pasó por esa estación que todos sabemos nos espera en algún momento, pero a la que nadie tiene prisa por llegar. Impresionante. Si hay una historia de la cual todavía se habla, se enseña y se predica, pero que en honor a la verdad casi nadie puede entender del todo, esa es la historia de Enoc.

La gran pregunta de todas las preguntas, entonces, es: ¿Por qué el Señor escogió y decidió trasladar a Enoc? Si en su momento leíste la historia, ya lo sabes mucho antes que yo te lo diga, porque se nos dice que fue a causa de su fe. Y por si eso no pareciera suficiente como para conmover el cielo, también se nos dice que esa fe, agradó a Dios. Esto te está dejando en evidencia que no fue cualquier fe de escenario doméstico, Fue, sencillamente y nada menos: ¡Esa calidad de fe! Recuerdo que cuando estudié esto, encontré que la palabra de raíz griega que se traduce como agradar aquí significa plenamente unidos, completamente agradable, en unidad total. Esto, a mí me dice y me enseña, independientemente de cómo quieras interpretarlo, que hay una calidad de fe que no sólo agrada a Dios, sino que lo une a ti. ¿Qué te parece?

En resumen, Enoc tuvo la comunión más cercana posible con el Señor que cualquier ser humano pudo disfrutar. Sabemos que Enoc comenzó a caminar con el Señor después que engendro a su hijo, Matusalén. Tenía sesenta y cinco años en ese tiempo. Eso te dice que pasó los próximos trescientos años compartiendo con Dios íntimamente. No me preguntes como se contaban esos años. El caso es que el Señor le dijo a Enoc, en esencia, No puedo más alternar contigo de esta manera, así que para tener más y mejor intimidad, he resuelto traerte aquí, conmigo. Así que Dios se lo llevo volando a la gloria y punto. Mi pequeña gran duda del día, es: ¿Habrá sido el único? Y eso indefectiblemente me lleva a la otra que es mucho más inquietante: ¿Habrá sido el último? No lo sé, nadie lo sabe, pero…por las dudas…velad y estad firmes… ¿Quién te dice que…?

Porque, fíjate, hasta donde tenemos conocimiento, este hombre nunca obró un milagro, nunca desarrolló una teología profunda, y nunca hizo grandes obras dignas de ser mencionadas en las escrituras. En su lugar, leemos esta simple descripción de la vida de este fiel hombre: Enoc caminó con Dios. De aquí es que yo entiendo que Enoc tuvo una forma muy especial de comunión intima con el Padre, algo que no es ni sencillo, ni abundante. Y su vida es aún otro testimonio de lo que significa caminar verdaderamente en fe. Y aquí cabe la pregunta casi periodística: ¿Por qué Enoc tuvo menos prensa o promo que los otros? Pregúntale al Padre en tu intimidad, Él te lo dirá. Yo no tengo info ni data sobre eso. Todo dicho en idioma doméstico de escribas laicos.

Ese es el grave problema de los maestros bíblicos o ministros en general. Las personas que los consultan tienen de ellos tan alto concepto que, en algún momento, si ese ministro no está espiritualmente bien plantado sobre sus reales bases, siente que debe dar una respuesta a todo lo que se le consulte. ¿Y sabes qué? Yo no tengo respuesta para todo lo que se me consulta, ni creo que la tenga alguna vez. Porque de tener un solo hombre todas las respuestas, aquello de que el Espíritu Santo es quien nos guía a toda verdad, quedaría cancelado. Y no me parece que eso vaya a suceder. Creo que son más las veces que he respondido Eso no lo sé, que las que he dado alguna respuesta válida. No sé qué puedan haber pensado quienes me consultaron, pero responderles así, te aseguro que a mí no me quitó el sueño.

El próximo ejemplo que conozco respecto a un caminar de fe cercano con Dios es el de Noé. Se nos dice que este hombre fue advertido respecto a que ocurrirían algunas cosas tremendas que aún no se percibían. Sin dudar absolutamente nada, él comenzó a construir nada menos que un enorme barco en una zona donde nunca llovía más de tres gotas sueltas y ni en sueños se podía pensar en una inundación grande. Sin embargo, se nos enseña que, por causa de su fe ciega en esa advertencia divina, él condenó al mundo secular y se convirtió, por este acto, en heredero de una calidad de justicia que sólo es posible mediante la fe. Ese fue Noé. Cualquiera que lea la historia de este hombre, va a darse cuenta que encontró Gracia ante los ojos del Señor, lo cual no es un tema menor ni poca cosa, como podrás imaginarte.

Se dice, -al igual que Enoc-, que él andaba con Dios. Enoc caminaba, Noé andaba. Claramente, Noe conocía la voz de Dios. Cada vez que el Señor le hablaba, él obedecía. Una y otra vez Dios le dijo cosas y él obedeció de inmediato a cada una sin preguntar, replicar, ni cuestionar nada. Trata de imaginarte el tiempo que Noé habrá pasado a solas con Dios. Después de todo, él tenía que recibir instrucciones detalladas del Señor acerca de cómo construir el arca. Sin embargo, la intimidad de Noé con Dios fue más allá de la dirección que recibió. Se nos cuenta que el Señor compartió su corazón con Noé, mostrándole la maldad en los corazones humanos. Y él le reveló sus planes a Noé para el futuro de la humanidad. Imagínate que Dios vuelva a hacer algo así, hoy, contigo. ¡Tremendo! ¿Verdad? Ah, ¿Y qué crees que haría la iglesia tradicional respecto a ti, si así fuera?

Después tenemos el caso del increíble Abraham. Él también compartió un compañerismo íntimo con el Señor. Es muy notable la forma en que Dios mismo describió su relación con este hombre. De igual manera, en el Nuevo Testamento se confirma eso cuando se nos recuerda que Abraham le creyó todo a Dios, y que, por causa de esa fe ciega, fue llamado amigo de Dios. ¡Que increíble elogio, ser llamado el amigo de Dios! ¿No te parece? Son muchos los cristianos más adultos que, en algún culto o servicio, habrán cantado ese viejo himno tan conocido titulado Que amigo tengo en Jesús Lo de Abraham te confirma que eso no es simplemente una canción, sino una verdad en su esencia más sublime y excelente. Si el conocimiento de la Verdad te hace libre, es porque hay una íntima relación entre verdad y poder.

Porque ver y comprobar nada menos que al Creador del universo, llamar a un hombre común su amigo parece algo que va más allá de la comprensión humana. Sin embargo, esto sucedió con Abraham. Y fue toda una señal de la gran intimidad que este hombre tuvo con Dios. La palabra hebrea que Isaías usa para amigo aquí significa afecto y cercanía. Y en griego, las palabras de Santiago para amigo significan un asociado querido y cercano. Ambas dejan más que en evidencia la existencia de una intimidad profunda y compartida. Mientras más cerca estamos de Cristo, más grande nuestro deseo de vivir totalmente en su presencia. Además, comenzamos a ver más claramente que Jesús es nuestro único y verdadero fundamento.

Sabemos, asimismo, que Abraham decía estar esperando una ciudad que tenía cimientos, cuyo arquitecto y constructor era Dios. O sea que era una ciudad diseñada y construida por Dios mismo, sin participación alguna de intermediarios. Una ciudad espiritual. Y eso no debería llamarnos demasiado la atención para con la vida de Abraham, ya que para él nada en esta vida era permanente. No sólo eso, sino que el mundo material y físico en el cual habitaba, era un lugar extraño para él, porque no era un sitio adecuado donde poder echar raíces. Ahora bien; el que con todo esto, suponga que Abraham era un místico, se equivoca de medio a medio. Los racionalistas incrédulos seguimos siendo nosotros, de eso no tengas dudas.

Tampoco era un ascético con aires de santidad que vivía en una especie de neblina espiritual. En absoluto. Abraham era un hombre que vivía una vida sencilla y profundamente involucrada en los asuntos del mundo en el cual estaba. Después de todo, él era dueño de miles de cabezas de ganado. Y tenía suficientes sirvientes como para formar una pequeña milicia. Abraham tuvo que ser un hombre muy ocupado, dirigiendo a sus sirvientes y comprando y vendiendo ganado, ovejas y cabras. No era un vagabundo, ignorante que creía en estupideces con la esperanza de salir de pobre merced a ellas. No necesitaba eso, era rico. ¡Y pensar que todavía quedan muchos hombres ricos y poderosos que piensan y declaran que la fe en Dios es algo para gente pobre e ignorante!, desde ya les digo que no, que ni lo sueñen. Y si vamos a hablar de ignorancia…en fin… De pobres en espíritu, se está hablando. No de dinero o posesiones.

Todavía, de alguna manera, a pesar de sus muchos asuntos de negocios y responsabilidades, Abraham encontró tiempo para tener intimidad con el Señor. Y porque él andaba bien cerca con Dios, estaba cada vez más insatisfecho con este mundo. Abraham era rico, prospero, con suficientes cosas buenas para mantenerlo ocupado. Sin embargo, nada en esta vida podía distraerlo de anhelar por la ciudad celestial que estaba adelante. Cada día, él anhelaba más y más estar cerca de ese mejor lugar. Cuando decimos que, a esa clase de personas, hoy, les sigue ocurriendo lo mismo, nos miran como si estuviéramos rematadamente locos. Pero en algún lugar de tu Biblia, habrás leído que se habla de que el evangelio es locura para los que se pierden, ¿Verdad?

Además, los que creemos en el Dios que creemos, y sabemos algo de lo que es Su Reino, también sabemos perfectamente que es así. Que, al hombre sin Dios, NADA lo satisface, aunque en el concepto del mundo, lo tenga todo.  Y aquí es importante aclarar que esa ciudad celestial por la cual Abraham sentía anhelo, no era un lugar literal. Más bien, era estar en casa con el Padre. Te diré algo; la palabra hebrea que traduce esta frase como “ciudad celestial” es pater. Sale de la palabra raíz que significa Padre. Así que la ciudad celestial que Abraham buscaba era, literalmente, un lugar con el Padre. ¿Alguna vez lo habías visto desde este ángulo? ¿Sí? ¡Gloria a Dios! ¿No? Dale gracias, entonces, por permitir hoy que tus ojos espirituales se hayan abierto para que veas.

Ahora bien; ¿Que significa esto para nosotros hoy en día? Porque todas estas lecturas están muy bonitas, pero si no tienen un significado claro y concreto para nuestras vidas hoy y ahora, constituyen solamente un palabrerío sin sustento. Y hasta dónde yo sé, Dios jamás nos dejó un cúmulo de palabrería sin sustento. En todo caso, a eso lo tergiversó el hombre. Entonces ¿Qué significa esto? Significa que movernos hacia esa ciudad celestial no es tan solo el esfuerzo o el intento de lograr acceder al cielo algún día lejano por allá, en el futuro. Es acerca de anhelar experimentar diariamente la presencia del Padre ahora mismo. Si hemos leído nuestras biblias con detenimiento y cuidado, sabemos que los cuatro hombres que mencione – Abel, Enoc, Noé y Abraham – murieron en fe.

Cada hombre estaba separado del espíritu del tiempo en el que vivían. Y cada uno estaba buscando una ciudad diferente. El mundo simplemente no era su hogar. ¿De verdad ninguno de ustedes no ha sentido eso mismo, alguna vez? ¿A mí solo me pasó que de pronto sentí que, pese a todo lo físico que asumo y valoro, estaba de paso por este sistema terrenal? No ha sido ningún motivo de orgullo, eso, porque los que lo hemos experimentado, hemos sido duramente censurados por los que tienen raíces tan fuertes con esta tierra y sus sistemas que, cualquier cosa diferente que les presentes, despierta sus reacciones duras, tercas y hasta feroces. Pero, desde que un antiguo grupo religioso inventó supuestas ideologías con la finalidad de dividirnos para reinar, de allí en más, parecería ser que o es chicha o es limonada, otra cosa no sirve.

Sin embargo, esto no significaba que esos hombres estuvieran esperando llegar al cielo para disfrutar de cercanía con el Padre. Muy por el contrario, como peregrinos pasando por esta vida, ellos continuamente buscaban la presencia de Dios. Nada en este mundo podía detenerlos de seguir adelante, buscando un caminar más profundo y cercano con el Padre. Me pregunto si hay gente con esas características, hoy. Quiera Dios que sí, que las haya, aunque si las hubiera, pequeños no deben ser los ataques, burlas o escarnios que reciben. ¿Has oído decir que, para ser parte del Reino de Dios, hay que pagar un precio? La primera moneda que te cuesta, se llama reputación. Sé de lo que te estoy hablando. Como maestro de una escuela bíblica de una reconocida iglesia, yo era una persona. Como maestro de una página Web no denominacional, gratuita y abierta, soy otra persona. No sé, pero yo me siento el mismo de siempre.

Parece simple, aunque no lo sea, pero por fe, estos siervos obraron grandes milagros e hicieron muchas cosas asombrosas. Y mientras examinamos sus vidas, vemos que ellos también compartieron un denominador común: ellos abandonaron este mundo y sus placeres para caminar más cerca con Dios. Y hasta dónde yo sé, no se los ordenó ningún pontífice ni ninguna doctrina rígida, simplemente fue una decisión voluntaria con base en una entrega total a cambio de nada material ni físico, sólo agradar a Dios y hacer su voluntad. Los grandes cerebros de la sociedad secular todavía no entendieron que toda prohibición encierra infantilismo. Tú no necesitas que alguien te prohíba robar, fornicar, adulterar o matar. Tú, por simple convicción, decides no robar, no fornicar, no adulterar ni matar.

Este es un muy buen momento para preguntarte: ¿Puedo yo hacer esta misma declaración que todos estos hicieron? ¿Mi corazón, verdaderamente anhela un caminar más cercano con el Señor? ¿Existe una creciente insatisfacción genuina en mí para con las cosas de este mundo? O, ¿Esta mi corazón atado parcial o totalmente a las cosas temporales? Hay una conocida historia con Jesús y sus discípulos en un barco, sacudidos por una tormenta en el mar. Al entrar en la escena, Jesús ha calmado las olas con una sola orden. Ahora él se vuelve a sus discípulos, los mira y les pregunta: ¡Ey! ¡Muchachos! ¿Cómo no tienen fe? Claro, dicho así hasta parece divertido, ¿Verdad? Quizás pienses que, viniendo de Él, esto suena demasiado severo. ¡Pobres muchachos! Asustados como están, ¿Cómo se le ocurre hacerles esa pregunta?

Porque después de todo, convengamos en que era más que humano tener temor a una tormenta como esa. Pero, deberás entender que Jesús no los reprendía por esa razón. Mas bien, él les estaba diciendo, Escuchen, muchachos; después de todo este tiempo que llevan caminando conmigo, ¿Todavía no saben quién soy? ¿Cómo es posible que estén compartiendo todo esto conmigo por tanto tiempo, y todavía no me conozcan íntimamente? ¿Realmente no entienden o disciernen de lo que soy capaz con la ayuda de mi Padre? En realidad, los discípulos estaban pasmados por el extraordinario milagro que Jesús acababa de hacer, pero de lo único que sabemos es que estaban espantados y se preguntaban quién sería este hombre que hasta el viento y el mar le obedecían.

¿Puedes imaginártelo? Los mismos discípulos de Jesús, que lo habían visto hacer todo lo que hizo, aún no lo conocían. Él los había llamado personalmente y por su nombre a cada uno de estos hombres para que lo siguieran. Y ellos le habían obedecido de inmediato sin chistar y luego habían ministrado a su lado, a multitudes de personas de toda clase, género y condición. Ellos mismos habían hecho milagros de sanidad por sus propias manos, y habían alimentado una concentración grande de gente hambrienta. Pero, pese a todo eso, aun eran extraños acerca de quien realmente era su Maestro. Aunque los muertos resuciten…Incredulidad. Tremendo espíritu enemigo. Todavía queda mucha gente así del lado de adentro de la iglesia. Gente que ha compartido contigo todo lo que un grupo de personas hermanadas por un sentir y una fe pueden compartir, y sin embargo a la primera de cambio, son capaces de decirte hereje.

Trágicamente, lo mismo es cierto hoy. Multitudes de cristianos han viajado en el barco con Jesús, han ministrado a su lado, y han alcanzado multitudes en su nombre. Pero realmente no conocen a su Maestro. No han pasado un tiempo de intimidad con él. Nunca se han sentado calladamente en su presencia, abriendo su corazón a él, esperando y escuchando para comprender lo que él quiere decirles. Están a un paso de imitar a aquellos discípulos, yendo a Él a pedirle que les aumente su fe. Y eso, hablando de los genuinos, de los fieles y honestos que sólo declinan su actitud por dejarse llevar por la duda y el temor. Ni hablemos de los que no vacilan en usar el nombre de Jesús en su propio beneficio. Que, si bien son muchos menos que los que el mundo secular proclama y critica, son muchos más de los que el Padre quisiera que haya.

Muchos cristianos hacen y se hacen la misma pregunta en la actualidad: “¿Cómo puedo aumentar mi fe?” Pero no buscan al Señor por sí mismos para acceder a su respuesta. Al contrario, se apresuran a ir a seminarios que afirman enseñarles a los creyentes como aumentar su fe. O, compran un montón de libros que ofrecen diez pasos rápidos para aumentar la fe. O, viajan cientos de millas para escuchar conferencias acerca de la fe por evangelistas y maestros prominentes. Creo que es parte natural de una búsqueda espiritual y es altamente preferible a que no hagan nada. Pero te puedo decir sin lugar a dudas, que nunca aumentaras tu fe de esta manera. La fe es un don de Dios y, si no se la pides a Él, nadie más te la podrá dar. Sólo un problema: nadie sabe en qué envase enviará Dios la fe a tu vida.

Si quieres que tu fe aumente, tienes que hacer lo mismo que Jesús les dijo a sus discípulos cuando ellos le pidieron eso. Porque pese a ver lo que veían y saber lo que sabían, esos discípulos representaban al hombre carnal ciento por ciento. ¿Recuerdas cómo contestó él a su pedido por fe? Les dijo que se vistieran adecuadamente, no como luminarias, y que lo sirvieran hasta que Él hubiera comido y bebido, que es el equivalente a mostrarles que Él era el Rey y ellos sus súbditos cercanos. Jesús estaba diciéndoles, en esencia, Ponte tu vestidura de paciencia. Entonces ven a mi mesa y come conmigo. Quiero que me alimentes allí. Tú felizmente trabajas para mí todo el día. Ahora quiero que tengas comunión conmigo. Siéntate conmigo, abre tu corazón, y aprende de mí. Hay tantas cosas que deseo hablar a tu vida.

Tú me conoces y ya sabes muy bien que consejos no acostumbro a dar. A veces, si la situación lo amerita, puedo llegar a alguna forma de idea para algo, pero consejo no doy. Nadie tiene autoridad para decirle a otro lo que debe o no debe hacer con su vida. Pero déjame al menos darte una sugerencia espiritualmente práctica: No te conformes con más explicaciones teológicas de la fe. No busques más pasos para obtenerla. Vete a solas con Jesús, y permite que el comparta su corazón contigo. La fe verdadera nace en la habitación secreta de la oración intima. Así que, ve a Jesús y aprende de él. Sí pasas tiempo de calidad en su presencia, te aseguro que la fe vendrá. Él hará nacer la fe en tu espíritu y en tu alma como nunca la conociste. Créemelo, cuando escuches su voz suave, serena pero firme y llena de autoridad, la fe explotara dentro de ti.

Ese lugar, esa ciudad, está en Cristo por fe. El descanso que nuestros padres anhelaban se encuentra en ella y por consecuencia, en él. Hoy hemos recibido la promesa que ellos tan solo podían ver y abrazar desde lejos por fe.  Jesús les había dicho que su padre Abraham se había regocijado esperando ver el día de su aparición y que misteriosamente pudo verlo y se alegró. Abraham vio el día cuando Cristo vendría a la tierra y construiría el cimiento que él imaginó. Y el patriarca se regocijo al saber que un pueblo bendecido viviría en ese día. Él sabía que ellos disfrutarían acceso ininterrumpido a una conversación celestial y comunión con Dios. Coincidirás conmigo que de esto se habla poco y nada desde los púlpitos. ¿Sabes por qué? Porque todavía anda mucho predicador por allí que necesita hablar sólo de lo que puede controlar. Y créeme que las cosas de Dios, no se controlan, se viven.

Hoy, sin embargo, son muchos los cristianos que se están perdiendo esta promesa por completo. En su lugar, viven en un tumulto innecesario. Se apresuran de aquí para allá, tratando de trabajar una fe que, como le han asegurado una decena de iluminados espirituales, dé resultados.” Están constantemente atrapados en un correr de actividades, haciendo cosas para Dios que al final son simplemente gravosas o cargas. Ellos nunca están en descanso pleno en Cristo. ¿Por qué? Ellos simplemente no se encierran con el Señor, para pasar un tiempo callado a solas con él. Y si les preguntas la razón por la que no lo hacen, te sueltan un: ¡Es que no me dan los tiempos para eso!  Ah, ¿sí? ¿Y se puede saber en qué tremenda cosa inviertes tu tiempo, si no lo tienes para hacer lo que Dios desea que hagas?

Mira; si estas enamorado de alguien, quieres sí o sí estar en la presencia de esa persona todo el tiempo que te sea posible. Ambos quieren compartir de sí mismos con el otro, abriendo sus corazones y siendo íntimos. Lo mismo es cierto y real en nuestra relación con Jesús. Si lo amamos, debemos estar pensando constantemente, “Quiero estar contigo mi Señor. Quiero disfrutar su presencia. Así que me voy a acercar a él, y voy a esperar en su presencia hasta que sepa que él está satisfecho. Me quedare hasta que le escuche decir, Vete ahora, y regocíjate en mi amor. Si pudiéramos prestar la debida atención espiritual que esto amerita, podríamos oír la voz queda y quieta del Señor susurrar algo después de nuestros tiempos de oración con él. Él diría algo así como: Hijo, por favor no te vayas todavía. Quédate conmigo.

Son tan pocos los que tienen comunión conmigo, tan pocos los que me aman, tan pocos los que se quedan a escuchar mi corazón. Y yo tengo tanto que compartir. Sería casi un clamor, casi una súplica que escucharíamos en su voz. Entonces el Señor nos diría, Por favor, déjame mostrarte donde encuentro tu fe, Hijo. Es cuando vienes a mí. Es tu esperar por mí, ministrarme, hasta que escuchas y conoces mi corazón. Tu fe está en tu deseo creciente de venir a mi presencia. Es en tu expectativa a nuestro próximo tiempo junto. Es en ese sentido que has desarrollado, que estar a solas conmigo es el gozo de tu vida. Ya no es pesado para ti acercarte a mí, ya no es una labor difícil. Ahora ansias ese tiempo todo el día. Tú sabes que cuando tus labores han terminado, vas a venir a mí, para alimentarme y tener comunión conmigo.

Esto es fe verdadera. ¿Cómo lo sé? Porque me lo dijo. ¿Cuándo me lo dijo? En el tiempo en que yo pensaba, vivía y hacía lo que quizás tú todavía sigues haciendo hoy. Y no sólo que no invertía ni un mínimo tiempo en quedarme quieto a escucharlo a Él, sino que tampoco me agradaba hacerlo con todos los que, deseando ayudarme, me mostraban la validez y la riqueza que sería hacerlo. Estaba muuuy ocupado…Hoy dije que hemos sido y quizás todavía en parte somos un pueblo ignorante, y que eso según lo aprendido, nos lleva a perecer. Ahora déjame añadirle un calificativo más, que es mucho peor todavía, porque te deja sin argumentos defensivos: Necios. Y tú y yo sabemos más que bien que los necios no heredarán el Reino de los Cielos. Y no porque a un Dios malo se le antoje, sino porque a ellos no les interesa heredar algo en lo que no terminan de creer ni aceptan como buscar.

Hoy, a la distancia en el tiempo y en los hechos pasados, puedo entender que el Señor me ungió para enseñar, mucho tiempo antes que yo cayera en cuenta de ello. ¿Cuántos saben que una baja auto estima es un verdadero obstáculo a la hora de pretender representar al Reino de Dios en la tierra? Si los grupos de creyentes se afirmaran más en que todo lo pueden en Cristo que los fortalece, no habría tantos como hay de los que repiten a diario “no sé”, “no puedo”, “eso no es para mí”. Eso se llama falta de confianza.  Porque un día, al poco o al mucho tiempo de haber encontrado a Cristo, logras ver y entender que con tener fe no alcanza, que es un tremendo y excelente paso, pero que, si no te llega acompañado de confianza, con la fe en soledad vas a llegar muy cerca y te vas a quedar estancado como agua de charco.

Y que el día glorioso en que al fin decides confiar realmente en tu Señor y dejar de esforzarte por hacerlo tú con tus propias fuerzas y sabiduría humanas, ese día es exactamente el que comienza tu victoria. Recuerdo que tenía días de convertido y aterricé en una clase bíblica que el grupo de jóvenes que me había presentado a Jesucristo, llevaba a cabo una vez a la semana en una vivienda particular. Ellos estaban estudiando Lucas por esos días, y a mí me apasionó leerlo con el apoyo espiritual de gente que creía en lo mismo que yo había creído y deseaba ser apto para estar con Cristo sin sentir vergüenza alguna, como todavía me pasaba con el mundo exterior en el que residía laboralmente. Y con el apoyo de confiar en que cualquier duda que tuviera iba a tener una respuesta buena, me lancé a fondo y orando para entender.

Lo primero que captó mi atención, fue algo relacionado con el bautismo de Jesús. Captó mi interés y mi atención que la mayoría de los jóvenes con los que compartía la lectura, hacían hincapié en que Juan había percibido quien era Jesús y qué cosa venía a hacer a esta tierra. A ellos les emocionó y atrapó el momento en que Juan el Bautista le dice a quienes lo acompañaban que ahí estaba el Cordero de Dios que quitaba el pecado del mundo, que a él lo oyeran. Es obvio que la gente de ese tiempo y lugar no entendió lo que Juan les decía, ya que siguieron siendo discípulos suyos, cuando él mismo les dijo que debía menguar para que el que venía tras él creciera, y siguieron a Jesús recién cuando lo vieron hacer milagros. De paso me pregunto ahora qué haríamos nosotros ante una situación como esa. Tengo mis dudas.

De todos modos, a mí me gustó mucho escucharlos hablar de eso como si ellos estuvieran participando, era una manera de entender la fe en Dios, en Jesucristo y en el Espíritu Santo que yo hasta allí desconocía. Los sacerdotes católicos, en las pocas misas a las que había asistido, no hablaban así, ni tampoco demostraban ese entusiasmo que mis amigos y flamantes hermanos en la fe, evidenciaban. Pero lo que captó mi atención por encima de todo lo demás, fue saber que Jesús había salido de ese río Jordán, no sólo mojado por el bautismo, sino también lleno del Espíritu Santo. Entonces formulé mi primera consulta. Un tanto ingenua y muy primeriza, si quieres verla así. Pero también con una profundidad que quien me la respondió supo discernir en el aire.

Porque pregunté cómo se entendía, que, si Jesús había sido gestado por el Espíritu Santo y no por un hombre, hubiera debido esperar a ser bautizado para estar o sentirse lleno de ese mismo Espíritu. La respuesta fue la correcta, gracias a Dios. Jesús había sido gestado y sellado por el Espíritu Santo, pero recién fue bautizado en su fuego poderoso al pasar por la obediencia de ese bautismo para perdón de pecados que proponía Juan. Y que Jesús no necesitaba, porque no había pecado en Él, pero que por simple y humilde obediencia hizo sin que se le moviera un cabello de pudor. Sin embargo, si eso cautivó mi atención, mucho más lo hizo el saber que inmediatamente de ser bautizado por Juan, y hasta imaginándolo con toda su ropa mojada, todavía, Él fue llevado al desierto.

Durante mucho tiempo pensé lo más lógico, que había sido Satanás el que lo había llevado allí para torturarlo, pero leyendo con más atención, me llevé la sorpresa del año cuando supe que había sido ese mismo Espíritu que lo llenó y bautizó el que lo había llevado a aquel lugar árido, seco y similar a un horno por su alta temperatura. Con toda mi inocencia de novato, me pregunté mucho tiempo la razón, el por qué lo hacían pasar por todas esas barbaridades que estaba leyendo. ¿No era torturarlo eso? ¿Y nada menos que al hijo de Dios?

Muy cerca de eso, estaba mi respuesta. Cuando Jesús retornó de ese tórrido lugar, luego de haber sufrido las mil y unas de parte de Satanás, empezó a enseñarles a los que asumían escucharlo nada menos que en las mismísimas sinagogas. Y que, por esa razón, su fama empezó a extenderse por toda la región. El eslabón que me faltaba para entender esto con toda la amplitud que tiene, estaba en una palabra que yo había pasado por alto en la primera lectura. Porque dice que, del desierto, volvió en el poder del Espíritu, y allí se fue a Galilea donde de alguna manera empezó lo que luego me enseñarían que se llamaba El Ministerio Terrenal de Jesús. El mismo que duró tres años, exactamente hasta llegar a la cruz. Y allí mismo, con un muy reducido y singular auditorio, sin proponérmelo en absoluto, di mi primera clase.

Porque luego de pensar en todo lo que había leído, se me ocurrió decir lo que tenía en mente. Y sin pedirle permiso a nadie, simplemente dije: A mí, lo que me queda claro, es que recién cuando fue bautizado en agua y sólo por obediencia, porque Él no tenía pecado, Jesús fue lleno del Espíritu Santo. Y que solamente cuando fue lleno del Espíritu Santo, Dios permitió que Satanás lo llevara al desierto para probarlo. Y que solamente después que pasó la prueba, recibió el poder para hacer todo lo que hizo. O sea que, si yo soy lleno del Espíritu Santo sin ponerle obstáculos, y paso la prueba que se me permita pasar, sea cual fuere, sin ninguna duda, saldré de ella con una calidad de poder como para salir a la calle a hacer todos los milagros que Él hizo.

Te puedo asegurar que todavía resuena en mis oídos el silencio sepulcral que siguió a mis palabras. Con toda sinceridad, te digo yo no esperaba ni aplausos ni comentarios. Estaba absolutamente convencido de lo que decía y simplemente esperaba ver alguna sonrisa cómplice o algún gesto de asentimiento. Nada de eso sucedió entre el grupo de mis nuevos hermanos en la fe. Rostros pensativos, miradas mitad sorpresa y mitad descreimiento. Hasta que uno de los muchachos presentes, el más humilde y callado entre todos los que allí estábamos, se me acercó, me puso una mano sobre mi hombro y casi en un susurro me dijo: A eso no te lo reveló carne y sangre… Obviamente, Tuvo que pasar bastante tiempo para que yo supiera y entendiera lo que ese día él me quiso decir.

De ninguna manera llegué a tomar conciencia de haber recibido una revelación. Sin saber cómo se me había ocurrido decir eso y de donde lo había sacado, para mí era más que obvio decir en voz alta lo que como pensamiento estaba absolutamente fijado en mi mente. No te olvides que, por mi profesión, esa actitud, desde lo carnal, era absolutamente normal. Hoy mismo, ahora mismo, cuando leo lo que acabo de escribir, que es un texto fiel a lo que dije ese día, hace casi cincuenta años atrás, me conmueve y me emociona, porque era sencillamente imposible que alguien como yo era en ese momento, pudiera hilvanar algo así. Pienso en Pedro, que, con toda su tosquedad de pescador casi primitivo, fue capaz de predicar con el mismo nivel de dos intelectuales como Pablo o Lucas. El Espíritu Santo es real y está activo.

Tiempo después, y ya asistiendo a una congregación de las más conservadoras, fui a visitar a un matrimonio a un comercio que ellos tenían, con la finalidad de conocerlos mejor y tender las líneas para incorporarlos como amigos de mi familia. Dialogamos un rato y verdaderamente me sorprendía el nivel de conocimiento bíblico que evidenciaban los dos. Era suficiente con que yo dijera algo y ellos me respondían con la velocidad de un rayo con un versículo o capítulo afín con lo que yo había dicho. Para mí era toda una novedad, porque donde yo me había formado no dominaban las escrituras con esta rapidez y eficiencia. Sólo tuvimos una diferencia doctrinal. Yo había aprendido con aquel grupo de muchachos de mis comienzos que, así como era real la existencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, también lo era la de Satanás y sus demonios.

Ellos, formados en otra escuela, no descreían de la existencia de Satanás, “porque era bíblico”, pero sí estaban convencidos que en este tiempo ni él ni sus demonios podían hacer nada con los cristianos que iban a la iglesia. Que todos ellos le pertenecían a Dios y que Dios no iba a permitir que el diablo los tocara. Sí, eso también era bíblico, pero a mí no me terminaban de cerrar muchas actitudes que estaba empezando a ver dentro de la congregación por parte de gente que decía ser santa, pero que, en muchas de sus actividades comerciales o conductas humanas, dejaba en evidencia que no lo era tanto como decían. Era como aquel boxeador, al que, en su rincón, para alentarlo, le decían que iba bien, que estaba ganando. Entonces él, con el rostro tumefacto de tantos golpes, les respondió que le vigilaran al árbitro, porque a él alguien le estaba propinando una paliza…

Y entonces se me ocurrió, de improviso, nunca supe cómo ni por qué, pedirles una Biblia y buscar, con mi escaso dominio de la escritura, el pasaje de Génesis donde Dios maldice a la serpiente por haber empujado a la desobediencia y el pecado a Adán y Eva. Mientras leía eso, que no tenía ni la menor idea de por qué lo estaba leyendo, en mi interior sabía que les tenía que decir algo, pero no terminaba de darme cuenta qué cosa era la que iba a decirles. Recuerdo que les leí donde decía que ella sería maldita sobre todas las bestias, que sobre su pecho andaría y que polvo comería todos los días de su vida. No se sorprendieron ni se impactaron; conocían ese pasaje mucho mejor que yo y hasta habían hecho estudios al respecto. Pero no se esperaban lo que vino a continuación.

Porque sacando autoridad no sé de dónde, simplemente los miré y dije: La serpiente es un bicho maldito hoy, todavía, porque nadie lo ama y todo el mundo le tiene una mezcla de miedo y rechazo. Que se arrastra sobre su pecho no es ninguna novedad. Ni tiene patas para caminar ni alas para volar, así que…tal cual lo dicho, se arrastra. Pero… ¿Alguno de ustedes ha visto alguna vez a una serpiente comer tierra? No. Come insectos y pequeños animales, pero no tierra. ¿Y entonces? Entonces come carne humana. Está autorizada por Dios para hacerlo. Cuando el hombre, que es polvo de la tierra, elige andar en su carne en lugar de hacerlo en el Espíritu, ella tiene derecho legal para destruirlo y comérselo.  

Pude ver a mi nuevo amigo y hermano en Cristo aflojar su mandíbula en un gesto de perplejidad. En sus ojos yo pude ver que en ese momento pensaba que nunca lo había visto de ese modo. La esposa fue más sincera, aunque solamente me dijo… ¡Perfecto! Allí quedó todo. Nos hicimos amigos muy cercanos de familia y compartimos muchas tardes de conversación espiritual e intercambio de conocimiento. Cuando me nombraron como maestro de escuela dominical para matrimonios, ellos fueron mis primeros alumnos. Ya me consideraban maestro de la Palabra mucho antes que yo mismo lo pensara. Ser humilde no es tener baja auto estima. Ser humilde es saber que sabes muchísimo de lo que tienes que saber, pero que eso no te autoriza a menospreciar ni abusar de nadie.

Otra vez. Muy similar al episodio anterior, pero esta vez con lectura bíblica en mano. Yo ni siquiera daba el modelo evangélico tradicional de ese tiempo. Hombre vestido como para una boda con una biblia debajo de su brazo. Se la pedí a ellos. ¿Por qué hice eso? Porque recibí dirección divina para hacerlo, es la única explicación. Que no será muy lógica ni coherente a mis capacidades de entonces, pero que lo es mucho más que buscarle otra explicación más creíble. Hoy, a muchos años de distancia, sé que en ese momento yo era un instrumento muy dócil y maleable a la voluntad de Dios. Mucho más de lo que puedo serlo hoy, cuando corro el riesgo permanente de que mi carne me haga pensar que la sabiduría es mía y no suya, como en ese momento no tuve ningún problema en aceptar.

La otra anécdota singular la tuve mucho tiempo después, cuando por mi trabajo en radio empezaron a invitarme de algunas iglesias a predicar como invitado especial. Iba fundamentalmente porque me gustaba estar en contacto directo con la gente y ver sus rostros cuando les enseñaba algo que les sonaba como nuevo. Por esa misma razón en muchos lugares tuve debut y despedida en una misma jornada. Como me sucedió en una congregación muy rígida y legalista, que se preciaba de poseer un alto grado de santidad en su gente. Iba con un mensaje preparado con bosquejo, apuntes y todos los chiches y, sobre la marcha, cuando estaba empezando, “algo” o “alguien” me llevó a leer el pasaje de Gálatas que habla de las obras de la carne.

Cuando hice un llamado al frente a aquellos que entendieran que estaban pecando en algo y más de media congregación vino hacia mí, sentí en primer término que la mano del Señor estaba presente, pero también que nunca jamás me iban a volver a invitar a ese lugar. Tal cual, cuando me estaba retirando, sólo recibí el saludo de parte de alguna de la gente presente, pero de los pastores ni una golosina para el viaje de retorno. Santidad… Pero esta vez a la que hago alusión, había sido invitado a una pequeña congregación de no más de treinta personas. La mayoría de gente mayor y sólo tres o cuatro jóvenes de ambos sexos. Ninguna visita externa, toda gente miembro de la congregación, así que, como podrás imaginarte, cero evangelismo.

Di un mensaje de enseñanza respecto al cielo y al infierno, recuerdo. Nada fuera de lo común y, si bien los asistentes no se aburrían, tampoco se los veía demasiado entusiasmados. Hasta que en un momento dado y no sé por qué causa o motivo, les pedí que hicieran silencio y que cerraran sus ojos. Yo también lo hice y me quedé esperando sin saber qué era lo que esperaba. Habrás experimentado que, cuando cierras tus ojos, ves todo como de color negro, es una especie de telón. Ese día y en ese lugar, sobre ese telón negro que veía en mi mente, de pronto se me dibujó, en color dorado, una imagen que me resultaba muy familiar de mi época anterior. La imagen de una virgen figura central del catolicismo de mi país en ese tiempo, la llamada virgen de Luján.

No podía entender por qué estaba viendo eso. Yo no era ningún visionario ni profeta, así que lo que me estaba pasando era totalmente nuevo y desconocido. Entonces hice lo más correcto y mejor que podía hacer: le pregunté al Señor qué me quería decir con eso que veía. En mi mente se dibujó con nítida claridad una sola palabra. PACTO. Me llevó un mínimo tiempo darme cuenta que lo que Dios me estaba diciendo era que allí había alguien que tenía un pacto con esa virgen. ¿Te puedes imaginar cómo me sentí? Una iglesia tradicional, con treinta personas que eran las mismas que todos los domingos iban y se sentaban en los mismos lugares por años. Que se conocían todos entre ellos mejor que si fueran de la misma familia.

Que se consideraban todos, unos a los otros, como buenos cristianos, fieles y alejados totalmente de cualquier pecado o error, y a toda esa gente que me había invitado y recibido con tanta cordialidad, ¿Yo tenía que decirles que uno de ellos tenía un pacto con una virgen? Ponte en mi lugar. ¿Qué hubieras hecho? Supongo, si eres como tengo certeza que eres, lo mismo que yo hice. Abrí mis ojos, mire a todos los presentes, y simplemente dije: Perdón, hermanos, pero no puedo continuar hasta que no obedezca una orden de mi Señor. Él me muestra que aquí hay una persona que consciente o inconsciente, tiene en vigencia un pacto hecho con la virgen de Lujan. Si así fuera, le pido que se ponga de pie para orar por eso y cortarlo en el nombre de Jesús.

Y con una enorme duda, entremezclada con alto temor y no poca vergüenza de estar haciendo el ridículo, volví a cerrar mis ojos y me puse a orar en voz baja pidiendo al Señor que me cubriera, que me protegiera, que no permitiera que ningún demonio me produjera derrota. Cuando escuché un murmullo que se fue elevando hasta convertirse en alaridos de júbilo y aleluyas, abrí los ojos. Y cuando miré al público, la vi. Entre todas esas personas que estaban sentadas, una joven mujer, de no más de veinticinco años de edad, estaba de pie con el rostro bañado en lágrimas. No me salió nada para decirle, y ella tampoco me dejó espacio, porque sin que nadie le preguntara nada dijo bien fuerte para que todos la oyeran que a ese pacto se lo había obligado a hacer su abuela materna, una mujer ultra católica y “mariana” (Devota de la virgen María), como prueba de su amor hacia ella.

Pero que ella ahora ni creía ni pensaba en esa virgen, pero que cuando yo hablé, ella sintió que Dios le decía que quería liberarla de esa atadura. El resto te lo puedes imaginar. Oré lo mejor que pude, ordené a los demonios que estaban detrás de esa imagen que salieran de esa joven, rompí las actas y los decretos que ese pacto la habían ligado con las tinieblas y la declaré libre por la sangre de Jesús. La joven se fue al suelo sin que yo la tocara, ni la soplara, ni lo incentivara. Simplemente cayó al piso y, mientras algunas hermanas se acercaban a ayudarla, ella sólo lloraba mansamente y no dejaba de decir ¡Gracias Dios! ¡Gracias Dios! ¡Gracias Dios! Te puedo asegurar que, aunque nadie me adjudicó ningún mérito de nada y todo se lo cargaron en la cuenta al Señor, para mí fue uno de mis momentos más felices, porque sentí la presencia de la gloria de Dios en ese lugar.

He tenido algunas otras anécdotas similares a estas a lo largo de todos estos años, pero de ninguna manera podría auto promocionar nuestro ministerio como lo han hecho tantos otros, como “de señales y milagros”. Tengo conciencia que eso, preponderantemente, (Y estoy hablando por la verdad que conozco, muy por encima de cierto marketing evangélico que también conozco), se produce casi por esencia natural en quienes han sido bendecidos con la unción del evangelista. Que no necesariamente tiene que ver con gente que produce y ejecuta campañas evangelísticas que incluyen sanidades físicas y liberaciones que, en muchos casos, no han sido genuinas. Hablar de esto, me hace sentir mucho peor que hablar del pecado de ese mundo que no conoce al Señor.

Porque a ellos, los que se visten como cristianos pero en su corazón no hay amor a Dios y ni siquiera fe, sí se les podría decir Perdónalos Padre, porque no saben lo que hacen, mientras que, con estos otros, no se podría repetir esa fórmula porque SI saben lo que hacen. Pero resulta ser que, por distintas conveniencias personales o grupales, lo siguen haciendo igual a despecho de lo que el Señor pueda pensar de ellos. Dios se apiade de sus vidas, aunque muchos de ellos parezcan andar por esa vida esperando reconocimiento, aplauso y admiración de las personas, en lugar de misericordia de ese Dios en el que aseguran creer. A Jesús lo conozco, pero ustedes, ¿Quiénes son? Supongo que te suenan estas palabras, ¿Verdad?

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febrero 9, 2024 Néstor Martínez