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¡Cállate, Cállate, Cállate!

Hechos 7:57 = Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él.

Zacarías 7:11 = Pero no quisieron escuchar, antes volvieron la espalda, y taparon sus oídos para no oír;

Si al título de este comentario le hubiera añadido la frase “¡Que me desesperas…!”, hubiera cometido un pequeño plagio a una versión ya registrada por uno de los personajes más queribles de una inolvidable y legendaria serie televisiva mexicana que entretuvo y regaló sonrisas a millones de niños y no tan niños de habla hispana durante muchos años.

Sin embargo, ese título representa, desde aquellos cielos abiertos de Esteban, sin omitir la etapa del cautiverio y llegando hasta aquí y hasta hoy, cabalmente la actitud, la reacción, el pensamiento y el sentir visible y palpable de miles de hombres y mujeres que están absolutamente convencidos que todo lo que aprendieron respecto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo es tal cual se lo enseñaron y que ningún hereje o algo peor tiene el menor derecho a venir a esta altura de sus vidas a mostrarles que no era así la Verdad.

Como todo adulto de hoy, fui un niño ayer. Aunque en mi caso y por razones de calendario, debería decir que fui niño antes de ayer. Y ese niño, si mi memoria no me es infiel, en su momento cometió errores, equivocaciones y travesuras que merecieron una reprimenda de sus mayores. ¿Y cuál era la reacción de ese muchacho? La que estás imaginando: ponerse sus manos en los oídos y resistirse a escuchar la verdad que trataban de enseñarle.

Yo no voy a venir justamente a ofrecerte un cristianismo progresista y revolucionario a la manera de las izquierdas porque estaría incurriendo en un insólito contrasentido. Proponer que las cosas de Dios se ejecuten conforme a rudimentos de un sector ateo, por momentos volcado a ciertas formas de ocultismo, pro aborto y pro matrimonio homosexual, sería omitir lo que la propia Palabra de Dios dice claramente al respecto.

Pero por causa de ese atendible y respetable motivo, caer en un conservadurismo rígido a la manera de las derechas a veces opresoras y abusivas, que defenderá a capa y espada ese “Semper ídem” planificado desde estructuras clericales humanas por encima de las divinas, también contiene un inocultable contrasentido. Y hasta donde yo he podido observar, nada que parta de la base de contrasentidos tiene larga vida. Y mucho menos la Verdad.

A mí me hicieron creer de niño que todas las madrugadas de los días 6 de enero, pasaban tres reyes magos en increíbles camellos voladores o algo así, repartiendo regalos en cada par de zapatos dejados exprofeso. Algunos años después confirmé la primaria mentira conociendo que nadie regala nada así en estos tiempos y que además tampoco eran tres reyes, sino magos, como en esos tiempos se les llamaba a los profetas.

También me hicieron protagonista de otra de las “mentirillas blancas” como entonces se las llamaba, al hacerme creer que a los niños recién nacidos los traía en su pico una cigüeña simpática en vuelo directo desde París. Un increíble recurso escapista de una sociedad pacata y reprimida que de ninguna manera produjo como se suponía una generación decente y moralmente intachable.

Y fue en el marco de ese festival satánico plagado de “mentiras piadosas” en donde el infierno comenzó a ganar espacios y se fue adueñando de la honestidad, la integridad, la moral, la pureza y todos los otros valores que componían el mayor tesoro que el diseño de Dios le regaló al planeta en su Creación. ¿O alguien duda de la pureza de Adán al levantarse del suelo para aspirar su primera bocanada de oxígeno en el Edén?

Sin embargo, el broche de oro satánico que le proporcionó una inocultable victoria que todavía hoy le rinde sobrados frutos, fue convertir esa Fe sincera y simple que el hombre primario tenía en el Dios Todopoderoso, en una religión cargada de estructuras, mandatos humanos y crueldades varias. Y el golpe de gracia llegó cuando el adorador de Dios en espíritu y en verdad, pasó a adorar su religión, aunque en muchas cuestiones ella no coincidiera con lo dicho por ese mismo Dios al que aseguraba adorar.

Y es partiendo de esa base que nació este artículo, más periodístico que ministerial, si lo quieres ver así. Porque fue escrito de un modo total y absolutamente distinto al que fueron escritos los artículos anteriores. Fíjate que siempre recibí con cierta anticipación las formas puntuales y específicas que debía adoptar para escribirlos, así como el tema central o a qué área de las vidas debería dirigirse.

Esta vez no. ¡Cállate! ¡¡Cállate!! ¡¡¡Cállate!!!” surgió desde la mejor onda Espíritu Santo. Sin previo aviso, sin preparación sistemática o formal y sin un tema central o específico o un área de las vidas humanas a llegar. Esto fue el resultado y la consecuencia de un torbellino de ideas y conclusiones, destinadas más que todo a borrar de los corazones humanos la palabra Religión y reemplazarla por Fe y Convicción.

Al mismo tiempo, para llegar a eso, tuve que dejar a un lado toda falsa respetuosidad que me obligaba a aceptar lo incorrecto, pero tradicional y decidir salir al frente a marcar lo correcto, aunque eso me llevara a quedar como irrespetuoso o algo peor. Eso es indudable si tomamos a la iglesia como lo que verdaderamente es, el cuerpo de Cristo en la tierra, compuesto por hombres y mujeres que han creído en Él.

Es decir, a todos los que hemos sido salvos por Gracia, nos va a quedar un paso subsiguiente, que es quizás el más complejo, porque ya no es transitado por la misma Gracia del Señor, sino por una decisión personal nuestra que, inexorablemente, nos llevará a pagar un precio, así está escrito y profetizado. No es una idea moderna ni una prolongación especial del mandato divino: está escrito desde el principio.

Transcurrido nuestro tiempo de entrenamiento en la Iglesia, nuestra misión será ver, entrar y formar parte activa del Reino, de ese mismo Reino que predicó Jesús como evangelio único. Está claro que me refiero a iglesia, pero no como institución humana, sino como paso inicial de formación y capacitación para asuntos de mayor relieve espiritual. Yo aprendí que cuando los hombres decimos “iglesia” vemos una cosa muy distinta a cuando lo dice Dios.

Lo cierto es que, en futuras entregas subsiguientes, te encontrarás con una diversidad de temas y conceptos que en muchos casos reforzarán tus convicciones más profundas, pero que en otros tantos casos podrán conmover tus estructuras más íntimas al mostrarte nuevas facetas y revelaciones que por momentos pueden convertir en error lo que hasta hoy considerabas acierto. Tal vez, en el conjunto, esto podría haber sido un libro, pero aprendí en estos tiempos que, si aspiro a que una mayoría lea esto, deberé ser breve y práctico. Son muy pocos los que tienen tiempo suficiente para dedicarlo a la lectura extensa.

No quiero darte un adelanto de argumentos ni tampoco darte un índice temático al que puedas acudir para darte una idea previa. Prefiero que todo salga y te llegue a ti como me llegó a mí, casi a borbotones, como un caudal de agua viva que sale de una fuente perenne que nunca se acaba. Que cada palabra conocida signifique un broche que termine de asegurar tu conocimiento y que cada frase nueva y fresca tenga el poder divino de cambiarte para bien y madurez. Sólo te convoco aquí, semana tras semana, y podrás verlo y evaluarlo por ti mismo.

Y el deseo final que todo este conglomerado de palabras, frases, conceptos entremezclados con la Palabra de Dios genuina, signifique para tu vida un antes y un después, un terminar con épocas de rutinas pesadas, cargadas del letargo de lo previsible, y acceder a esta maravillosa aventura de final victorioso asegurado, pero de ruta y viaje desconocido que es incursionar por la jurisdicción del Reino de Dios.

Si eso se consiguiera, dentro de algún tiempo, podré saludarte y despedirme con la convicción de que me habrás hecho trizas mi título y lo habrás convertido, por sabiduría propia y unción del Espíritu Santo, en un hermoso y cálido contra-título que diga más o menos así: “¡Oigo, Leo, Acepto y Ejecuto!”

Será –estoy seguro- la primera vez en la historia de cualquier clase de literatura, que un autor se sentirá bendecido por haberse equivocado en titular como tituló su trabajo.

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abril 4, 2025 Néstor Martínez