Cuando todavía yo era muy nuevo en esto de la fe en Dios y sentía tremendo hambre de saber y conocer, recuerdo que me aconsejaron leer una de las cartas del que ellos llamaban Apóstol San Pablo. Era la que este hombre le envía a los cristianos de Galacia que dice, en uno de sus pasajes, que toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. ¡Muy bien!, pensé. A esto puedo lograrlo. No es fácil, lo sé, pero siento que es posible. Si bien mi autoestima no estaba demasiado alta, creí que podía amar a los demás simplemente porque es algo que me gustaba hacer. Más allá de las inclemencias de mi vida, algo tengo claro: aun siendo incrédulo, jamás conocí el odio. Y seguí leyendo: Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros. Lo primero que pensé es que mi ya buen amigo Pablo estaba exagerando. Eso, hasta que recordé algunas cosas que ya había visto…
Y terminé con algo que me dejó perplejo: Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Allí sí te confieso que me quedé tieso, en silencio y muy pensativo. Porque yo quería ser obediente a todo y no quería fallarle al Dios que me estaba salvando la vida en ese tiempo, pero… ¿Andar en el espíritu? ¿Y eso como lo entendía? ¿Qué cosa era andar en el espíritu? Entonces empecé a observar a mi alrededor. Vi a mucha gente con sus ojos cerrados, sus manos levantadas y apenas moviéndose en un vaivén como si estuvieran en un maravilloso éxtasis. Eso era, según la que era en ese tiempo y lugar nuestra doctrina, andar en el espíritu. Me di de narices contra un muro, porque muy pronto descubrí que hacer eso me igualaba con los demás, pero no me salvaba de las trampas de mi carne. Y de paso te cuento que también descubrí que a muchos de los que había visto haciendo todo eso, tampoco…
La vergonzosa conclusión fue que pasó mucho tiempo en el que aún con mi mejor buena voluntad, yo hacía todas esas morisquetas y piruetas que veía hacer, tanto como para no ser apuntado ni marginado, pero en mi vida diaria y en todo lo que se cruzara, yo me conducía conforme a los rudimentos terrenales. Totalmente, me decía a mí mismo, si Dios nos hizo de carne, ¿Por qué nos va a prohibir funcionar teniéndola en cuenta? Una hermana anciana, a la que una parte de la iglesia respetaba mucho, mientras la otra parte la tenía por enajenada, me tiró casi sin anestesia una enorme verdad que en ese momento me fastidió, pero que luego iba a entender como que fue de lo mejor que me podrían haber enseñado. Me dijo que, si yo no andaba en el espíritu y elegía andar en la carne, Satanás me iba a destruir. Recuerdo que, bastante asustado, consulté eso con el pastor, y él sonrió con un gesto como de: ¡Tranquilo! ¡Son exageraciones!
Algunos meses después, leyendo Génesis, supe que Dios había formado al hombre del polvo de la tierra. Eso me dejó en claro que la carne del hombre, en realidad es barro, la mezcla de tierra con agua. Lo que nos da vida es el espíritu humano que Dios sopla en nuestra nariz en el momento de ser gestados. Un amigo bioquímico me dijo que yo no estaba tan loco, que el análisis de la carne humana, daba como resultado que poseía varias propiedades similares a la tierra, además de un alto porcentaje de agua. Ese fue un descubrimiento mitad científico y mitad espiritual. Cerré esa información sabiendo que, a la hora de la muerte, el polvo (Que, es decir, la carne) vuelve al polvo, (La tierra) de donde era, y es el espíritu el que vuelve a Dios, que fue quien lo dio. Clarísimo, tanto para el veterano como para el novato.
¡Muy bien! ¿Y ahora qué? ¿Cuál sería, entonces, la gran revelación que impactaría al mundo? Todos sabían más que bien el futuro de la carne y el del espíritu, así que pensé que ya sabía lo que debía saber. Tal vez sí, lo sabía, pero lo malo era que todavía no creía en lo que debía creer. Porque para ese tiempo yo me reunía con gente que hablaba mucho y bonito de todas las cosas de Dios, pero que no parecían prestar demasiada atención a ese ángel caído llamado Luzbel, o Lucifer, o Satanás y su legión de demonios a su servicio. Mis ojos se abrieron cuando, siguiendo en Génesis, llegué al capítulo 3: Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Perdón… Quizás yo no sea demasiado ilustrado en zoología y conozca muy poco y nada de los comportamientos de la fauna, pero pregunto: ¿Alguien ha visto alguna vez a una serpiente comer tierra? No. Ella come de todo lo que se mueve, pero tierra no. ¿Entonces? Entonces debes pedir a Dios que te enseñe a moverte en el espíritu, porque si te mueves en la carne, ella te va a comer, está autorizada….