Si quieres una historia que de alguna manera resuma la condición humana en general en todo su esplendor, la puedes encontrar en los versos 12 y 13 del tercer capítulo de Génesis. Dios confronta a la pareja humana por su desobediencia y los encara directamente preguntándoles quién les enseñó que estaban desnudos y si habían descubierto eso por haber comido del árbol que Él les había prohibido comer. La respuesta de ellos es -como decimos en estas tierras-, “para alquilar balcones”. Mira: Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí.
¿Cómo les llama la ciencia a aquellos que no se hacen cargo de ninguna barrabasada personal, sino que siempre le cargan las culpas a los demás? Psicópatas, eso dicen. Dicen que proceder así es un rasgo de esa patología. Por partida doble, entonces. Porque Adán le cargó la culpa a Eva y Eva a la serpiente. ¿Tengo que entender que la única psicológicamente sana fue la serpiente que no culpó a nadie? No, es broma. No lo hizo porque no encontró a quien, pero el invento de la psicopatía es propiedad del infierno, así que…
De hecho, todos podemos entender sin obstáculos que, si hay alguna culpa en toda esta historia, esa culpa es todita de Adán, no de Eva. Él la acusa injustamente porque se niega a aceptar su propia responsabilidad por su participación en el pecado de ella. Cuando Dios les prohibió comer de ese árbol, se los dijo a los dos, pero principalmente se lo dijo a Adán, que, según su diseño, era el responsable. Yo me pregunto, hombres que me leen, cuantos de nosotros habremos hecho algo parecido en tantas ocasiones. Y eso no es todo, porque al decirle que la mujer que le dio como compañera lo hizo pecar, indirectamente Adán culpa a Dios por el pecado cometido.
Es como si le dijera: “Ella es el problema y tú la pusiste aquí conmigo”. ¿Te estás dando cuenta del nivel espiritual y moral de ese hombre caído? Es el mismo que hoy, en muchas situaciones de distinto calibre, ese hombre o esa mujer eligen culpar a Dios por sus desgracias, en lugar de hacerse cargo por los desatinos que cada uno pueda haber cometido y que fueron los que lo llevaron a esa consecuencia. Al hombre del siglo veintiuno le falta bondad. Pero bondad real, como la que exhibió Jesús. No esa bondad boba que se deja estafar o engañar por todo el planeta. Bondad al estilo divino, que es una cosa muy distinta y que lamentablemente no todos los creyentes conocen.
Ellos cayeron del nivel en el que podían confraternizar con Dios cara a cara a un nivel espiritual donde ya ese Dios les resultaría invisible para siempre, al menos durante su estadía en este nivel terrenal. Ese fue su merecido castigo que todavía la humanidad sin Cristo entera, padece a diario. Lo vemos. También la serpiente fue castigada, Dios mismo lo dice en el 14 así: Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Una maldición de Dios no es un deseo malintencionado.
Una maldición de Dios es un decreto que inexorablemente se cumplirá. Pregunto: ¿Es maldita la serpiente entre todas las demás bestias? No tengas dudas. La gente reparte sus simpatías por un animal u otro, pero gente que ame a las serpientes, (Salvo cultores de religiones orientalistas de raigambre satánico), pocos o ninguno. ¿Se mueve la serpiente sobre su pecho? Sí, cualquiera puede comprobarlo. ¿Se alimenta con polvo, que es tierra, todos los días de su vida? No. Come insectos y animales pequeños. ¿Y entonces? ¿Dios falló? No. El hombre es polvo de la tierra si no anda en el Espíritu. Y ella tiene derecho legal a comérselo si él anda en la carne… Dios no falla. ¡Vaya si no falla!
Y entre el 17 y el 19, hay una sentencia que nos tiene que servir para modificar algunos conceptos erróneos sostenidos por años. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás. La pareja humana con pacto eterno de unidad, fidelidad, respeto y protección mutua, tiene un diseño original que no conviene romper para que no se resienta el objetivo común.
El hombre es cabeza espiritual del hogar. Cabeza, sí, pero espiritual. No es ni un jeque árabe disfrutando su harem a voluntad, ni un déspota haciendo girar a toda una familia a su alrededor. Es autoridad desde lo espiritual porque, de ese modo, no sólo le da protección, cuidado y provisión a toda su casa, sino también cobertura desde lo espiritual contra todo lo que el infierno intente en su contra. Cuando habla, sus palabras tienen que tener una autoridad tal que a nadie se le ocurra siquiera pensar en cuestionarlo. Pero eso con referencia al hombre espiritualmente maduro. Si no lo es, mucho le convendrá establecer una sociedad basada en el amor con su mujer, donde ambos tengan esa autoridad y ese comando.
La mujer prestará mucha atención a lo que su hombre diga, porque tal vez en algunas de sus palabras haya palabras que provengan del cielo. Pero el hombre también tendrá la entereza y el respeto para oír lo que su mujer tenga para decir, porque como ayuda idónea singular, seguramente en algún momento lo que diga o haga será de bendición para todos. No obstante, si ese hombre dice o hace cosas que están en contra del mandato divino, cualquier mujer tendrá total y absoluta libertad para rebelarse y ponerse alineada con la voluntad de Dios, por encima de cualquier forma de cautiverio humano o supuestamente conyugal.
Tal como tiene que ser en la iglesia, la sujeción a autoridad sólo es válida cuando esa autoridad está sujeta a la máxima autoridad del universo. Pero, cuando es a la inversa, también el hombre debe y puede negarse a cualquier sugerencia de su mujer si esta no está encuadrada en el plan de Dios. El mejor ejemplo es lo que Dios mismo le dice a ese primer hombre aquí. Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer… Esto hubiera sido positivo si esa mujer le hubiera propuesto algo conforme al mandamiento divino, pero de momento que fue a la inversa, lo que Adán debió hacer era desobedecerla.
El tema central, Aquí, es que, mientras esta tierra, mayoritariamente conduzca sus derroteros mediante métodos conforme a la carnalidad caída de aquel Adán y aquella Eva, nada sucederá como para que exista la paz, la concordia, el amor y la felicidad sin temores. Eso es estar bajo maldición. Una maldición divina es un decreto real que solamente puede modificarse cuando el reinado cambia de manos. En todos aquellos en los que el dios de este siglo, (Que es sistema, no la suma de cien años), no tenga potestad porque han entregado sus vidas al verdadero Rey de reyes y Señor de señores, esa maldición estará sumamente acotada y presta a ser liberada de forma total y definitiva.
Pero en los que eligen vivir por sus propias sabidurías humanas y por fuera de toda “tontería espiritual”, esa maldición pesa y seguirá pesando hasta el último día de sus vidas. No interesa si algunos de estos hacen fortunas millonarias y llevan vidas fastuosas, ninguna de estas cosas ha logrado jamás, no está logrando y no lo hará nunca, eliminar ese enorme vacío íntimo que ninguna ciencia acierta a explicar. Porque es un vacío que sólo puede ser llenado con la presencia de Jesucristo. ¿Hay pruebas concretas de esto? Sí, las hay. Busca las estadísticas de cualquier nación y verás que el mayor índice de suicidios y de drogadicción no se encuentra en las clases sociales más bajas, sino en las más altas.
Pero no se termina allí el asombro de leer Génesis con la protección del Espíritu Santo por encima de la de nuestra mente intelectual. Porque en el verso siguiente, el 15, Dios le dice a la serpiente: Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. Lo primero que capta nuestra atención, es que este pasaje es directamente entre la serpiente, que es diablo y Satanás, y la mujer. Parecería ser como que Adán en este momento de la historia se quedó dormido o se fue a dar una vuelta para despabilarse y se lo perdió.
Sin embargo, no. No fue así, no por ese motivo. Y ahora lo vas a ver. Porque le dice que pondrá enemistad entre la mujer y la serpiente. A primera lectura, si amistad significa confianza y afecto desinteresado entre las personas, enemistad sería lo contrario, es decir, aversión u odio entre las personas. A mí, como seguramente a muchos de ustedes, hablar de odio viniendo de la boca de Dios, me hizo ruido, porque aprendí en seminarios, clínicas, congresos, cursos y cursillos de guerra espiritual que, decir Odio es hablar de Odín, un demonio que lo produce en las personas que le permiten su entrada, ya sea por pecado o por alguna otra razón.
Entonces acudí a los originales. Y allí encontré que esa palabra, traducida como enemistad, es la palabra eibá, que se traduce directamente como hostilidad. Y si sigo escudriñando la dialéctica para encontrar sus verdaderos significados y no caer en el facilismo de las hipótesis humanoides, encuentro que hostilidad significa oposición, enemistad y antipatía. Nada que ver con odio. Creo que esta última salió más de la cabeza de los monjes que tradujeron los antiguos escritos que de la guía del Espíritu Santo. Y mucho más coherente con una realidad que podemos ver a cada paso.
¿Cuál es la reacción de una mujer que se cruza con una serpiente de modo imprevisto y sorpresivo? Rechazo, temor, oposición, repugnancia como producto de una alta antipatía. Pero todo mucho más relacionado con una expresión defensiva que una ofensiva por odio. Yo no puedo odiar a un demonio. No puedo hacerlo porque si lo hago, automáticamente me estoy metiendo en su ámbito, en su mundo, en su juego. Si veo o discierno un demonio, quiero sacarlo de donde se encuentra. No tengo nada que me identifique con él, siento repugnancia y aversión y una tremenda antipatía. Esta es la historia entre la mujer y Satanás. ¿Termina allí?
No. No termina allí. Porque luego te dice, – y aquí viene lo que te anticipé que te iba a mostrar -, que esa enemistad se manifestará entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente o Satanás. ¿Cuántas veces leíste esto o te lo leyeron, enseñaron o predicaron? No lo sé, pero a mí te aseguro que no menos de cincuenta veces. Y hasta hoy, estaba tan en el quinto limbo como tal vez todavía estés tú. Porque, ¿Sabes lo que significa de acuerdo con nuestro diccionario, la palabra simiente? En primer lugar, semilla. Ok. Perfecto. Entendido. Pero, – y aquí está lo wow wow -, hay una segunda acepción para simiente, que es…semen. ¿Semen? ¡Pero si está hablando de la mujer, no del hombre!
¿El semen no es un patrimonio masculino? Si estamos hablando de ese fluido que emana en el momento del coito, si, pero mucho me temo que aquí la cosa pasa por otro lado. Y que, si bien la ciencia y los hombres determinaron darle ese nombre, tengo la sensación que Dios está mostrándonos otro ángulo de la misma historia y desde otra perspectiva. Si la batalla va a ser entre la simiente de una mujer contra la simiente de Satanás, creo que hay dos cosas que te quedan implícitas. La simiente de una vida está en la mujer y Satanás también puede engendrarla. Y si esto te suena fantástico o incluso como herejía o blasfemia, recuerda la historia de cuando las hijas de los hombres fueron embarazadas por ángeles caídos.
Que quede claro que esto no pretende modificar absolutamente nada de lo que la ciencia haya determinado respecto a la concepción, gestación y alumbramiento de una vida humana. Yo soy hombre y mi esperma, al unirse al óvulo de mi mujer, produce fecundación, gestación y parto. La calesita de los cromosomas “Y” o “X” determinan el sexo y punto. Todo bien, nadie pone en duda eso. Pero “eso”, tú y yo lo sabemos, tiene relación directa con lo que luego llamaremos la carne. Ese esperma y ese óvulo fecundan un ser inanimado que deja de serlo cuando desde el cielo le es soplado aliento de vida, esto es: espíritu humano.
¿Y entonces? ¿A qué se refiere Dios cuando habla de que será una lucha entre la simiente satánica contra la de la mujer? A la guerra espiritual. Lo que aquí se nos muestra es que, mientras somos los hombres los que aparentemente tenemos el control de la gestación de un ser humano, es la mujer la que gesta el nivel espiritual que luego tendrá ese ser. No obstante, la palabra profética nos asegura que todo poder satánico apenas logrará afectar el talón de un hijo de Dios, mientras que el poder del cielo que desciende en este, está capacitado para descabezar cualquier intento del infierno por apropiarse de lo que no le corresponde.
El Párrafo Final se centraliza en lo laboral. La idea primaria de Dios era que la pareja humana y su descendencia, disfrutaran de su creación sin más esfuerzo que el de procurarse alimento, abrigo y toda forma y clase de rudimentos espirituales tendientes a mejorar todo del máximo modo que se pudiera, teniendo en cuenta que antes de la caída, el hombre podía pensar con la mente de Dios mismo y que, además, algo que no era una cuestión menor: no moriría, sería eterno. La desobediencia y caída, modificó todo ese plan original. Aparecieron distintas formas de sufrimiento que anteriormente ni siquiera estaban cercanas como posibilidad.
Además de los tremendos dolores de parto para la mujer, para el hombre quedó el ganarse el pan con el sudor de su frente, que es como declarar que, si no trabajas duro, no podrás sostenerte por más creyente que seas. Al margen, claro está, de aquellos que por fuera de Dios y sin pensar ni por un instante en el terrible destino de eternidad que eligieron, pueden llegar a disfrutar en esta tierra de riquezas o placeres que los hacen pensar que les ganaron la batalla a los creyentes. El día final les mostrará el trágico y terrible error que cometieron, pero ya será tarde.
Para mi gusto, el verso 22 es el que determina el fin de una eternidad primaria y el comienzo de una finiquitad terrenal. Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Listo y punto. El hombre comió del árbol del conocimiento y, desde allí, eso que llamamos conciencia le marca y le muestra lo que es bueno y lo que es malo. Elija lo que elija, es responsable.
Pero del árbol de la vida no comerá y no vivirá para siempre como carne y hueso. Lo hará en espíritu si hace de Jesucristo el Señor de su vida. Luego, ya en el capítulo 4, viene un verso que no siempre se ha entendido, o no siempre se ha incorporado al conocimiento general. Dice: Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón. Conoció Adán a su mujer. Claro, dicho y leído así, hasta suena casi humorístico, ¿Verdad?
Yo solía, durante mi estadía como maestro de una clase bíblica en una congregación, hacer bromas y sonreírnos entre todos con este texto. Porque lo teatralizaba un poco y les decía a los alumnos que Adán se había presentado ante Eva y le había dicho algo así como: “Hola doña Eva, mucho gusto, mi nombre es Adán, encantado de conocerla”. Obviamente, festejábamos casi infantilmente imaginarnos eso, pero todos sabíamos a qué se estaba refiriendo la Biblia cuando decía que Adán la conoció. Dicho en términos modernos, tuvo sexo con ella. Dicho en términos formales y protocolares, mantuvo relaciones sexuales. Dicho en términos espirituales, tuvo intimidad con Eva.
Fue todo un descubrimiento darme cuenta que en casi todo su contexto, cuando la Biblia habla de conocimiento, no está refiriéndose a enriquecimiento intelectual, sino a trato directo e íntimo con Dios. Cuando según Oseas el pueblo perece por falta de conocimiento, no significa que a ese pueblo se le debía haber dado seminarios, conferencias, clínicas o congresos de teología, sino que simplemente debía refugiarse en su lugar privado y estar a solas con Dios, única manera de saber quién es y qué quiere de cada uno de nosotros. Para eso tiene preparado su Espíritu Santo. De ese modo y no por ningún otro seremos guiados a toda verdad, no a lo que nos parece o nos suena bonito.
De todos modos, el haberse salido del paraguas protector de Dios, les trajo algunos inconvenientes a esa primera pareja humana. Tuvieron sus dos primeros hijos, Caín y Abel y entretejieron ellos una historia que seguramente conoces, ya que ha sido muy enseñada, difundida, predicada y proclamada, ya sea como simple información histórica, como también como tipología de hermandad carnal y hasta de futuro de razas, Caín termina asesinando a Abel por una mezcla de influencia satánica y celos sentimentales. Abel era mejor persona y, su relación con Dios mediante la ofrenda, era más justa, correcta y con todo lo que el diseño divino demandaba.
Ese crimen, que en apariencia iba a quedar impune porque nadie había visto a Caín en el acto de matar a Abel, sin embargo, toma un giro inesperado porque el propio Dios, en un momento dado, y luego de interrogar a Caín respecto a Abel y recibir una respuesta mitad indiferente y mitad soberbia, le responde diciendo lo que se lee en el verso 10: Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Esto último, que parece una simple expresión casi poética, encierra un elemento que no siempre hemos visto con claridad: la sangre de un crimen puede clamar a Dios por justicia. Y si así sucede, ¿Qué piensas que hará Dios al respecto? Obviamente, Justicia.
Por eso es que, cuando hablamos de Reino y aludimos a que militar en el Reino de Dios es sinónimo de Gobierno, es justa y exactamente a algo así que me nos referimos. Vivas donde vivas, sea el más hermoso y excelente país que sea, seguramente existen áreas donde alguna forma de delito o corrupción está instalada. Y no vamos a tejer hipótesis ideológicas o políticas sobre esto, porque sería encarar el tema desde una óptica demasiado pobre, limitada y hasta mediocre. Es mucha, todavía y lamentablemente, la gente que se enoja, se pelea y hasta se mata por diferencias de pensamiento sobre algunas de estas cosas.
Porque, obviamente, no alcanzan a darse cuenta que solamente son destellos de algo que está muchísimo más arriba de todos ellos y que de ninguna manera amerita odios, rencores y crímenes. Pero si así hubiera sido en algún tiempo, o lo estuviera siendo ahora, donde quiera que tú vivas, el Reino de los Cielos tiene potestad y gobierno del mismo modo que en la altura celestial. Sólo es cuestión de dejar fluir el clamor de la sangre inocente desde la tierra, y ese clamor llegar a oídos de Dios que, tal como quedó dicho antes, no dudará ni un instante en producir Justicia. Visible aquí y ahora, o invisible y para el día final, esa ya no es cuestión nuestra, es asunto de Dios y punto.