Esta frase ocurrente y con algo de humor absurdo, en mi país es atribuida a la autoría de Quino, (Joaquín Lavado) un humorista gráfico argentino ya fallecido, creador de una tira gráfica de humor cuya protagonista es una niña llamada Mafalda, pero en realidad pertenece a Groucho Marx (Julius Henry Marx), un actor, humorista y escritor estadounidense, que vivió desde octubre de 1890 hasta agosto de 1977. ¿Por qué la escribí en la primera línea? Porque es la frase que, de alguna manera y con los matices del caso, es la continuación de la mencionada como título del capítulo anterior, y que además es la que yo pronuncié sin pronunciar, una noche estrellada de mi viejo pueblo natal, hace ya más de cuarenta años atrás. ¡Paren este mundo! pensé. Yo no me siento parte de él. No me gusta nada de lo que hace y me gustan muchas cosas que él rechaza y considera estúpidas. ¡Párenlo y déjenme bajar y ver si hay algo distinto más allá!
Como podrás imaginarte, no me funcionó. Con esa simple y hasta ingenua intención mía, aunque fuera buena y cargada de pureza, no me funcionó. El mundo no quiso saber nada con detenerse y al final y cuando ya me estaba ahogando y quedando sin oxígeno, tuve que decidirme a arrojarme de él en pleno movimiento, dándome obviamente un hermoso golpe y ganándome varios hematomas y heridas. Sin embargo y pese a esto, cerrar los ojos y arrojarme de ese tren en marcha llamado mundo incrédulo, fue lo más acertado que hice en mi vida. Al decir de un muy fenicio amigo y colega de aquellos tiempos: ¡El mejor negocio de toda mi existencia!
Porque con el tiempo, la providencia divina me permitió sanar de la mayoría de esas heridas y pude vivir con paz y cierta tranquilidad por fuera de su sistema, sin que ello me llevara a convertirme en un personaje excéntrico, raro, ermitaño, subversivo, guerrillero ni alguna otra “belleza” parecida. Apenas la férrea decisión de ser creyente en algo que mi sociedad secular culta y educada considera una tontería lindando con la superstición de gente ignorante. No le hace, yo he sido feliz en esa “ignorancia” de persona con preparación intelectual por debajo del nivel profesional, pero con una innata y hasta porfiada tozudez como para no abandonar ni retroceder, viniera lo que viniera.
Me atreví, con una valentía de hombre fuerte que no sé de dónde saqué, a creer en el Dios de la Biblia, que no era ese viejo malhumorado y agrio que me esperaba detrás de un muro para darme un garrotazo en la cabeza ante el primer error llamado pecado que cometiera, sino otro muy distinto que aseguraba amarme, así como yo estaba, sin pretender que en un abrir y cerrar de ojos me convirtiera en un santo con aureola dorada. Y me tocó conocerlo en un marco ambiente superpoblado de mujeres débiles, pero ansiosas de acceder a una libertad que las sacara de esa opresión despótica propuesta por los machismos ancestrales propios de mi país, pero también del resto del planeta, unos más, otros menos. En la mayoría de los grupos que conocí, la proporción mujeres-hombres era promedio del 70 a 30, pasando por algunas excepciones muy escasas de 60-40 y una proclamada unidad utópica de 50 y 50 que, en honor a la verdad, yo jamás pude ver ni testificar sobre ella.
Durante el tiempo que frecuenté esos ambientes mal llamados cristianos, pude conocer toda forma y clase de naturaleza humana cobijados en un templo. Y si los rotulo como “mal llamados” cristianos, no es por maldad de mi parte o alguna forma de rencor o resentimiento, sino por una contundente verdad. En la mayoría de los casos, esos cristianos, (Una catalogación que le impusieron los griegos despectivamente a los seguidores de Cristo), no le daban honra a ese adjetivo. Cultivaban mucho más rituales, tradiciones, prohibiciones y formalismos que una fe sincera, fiel y genuina en esa figura conocida como Jesucristo, que te agrade o no, estableció un antes y un después en la vida de todos los hombres y mujeres del planeta.
Porque, aunque los enjambres de ateos, gnósticos, escépticos, orientalistas y esotéricos se pongan de acuerdo para desmerecer todo lo que creemos, llevándonos prácticamente al nivel de infradotados crédulos de historietas místicas, la simple mención del Nombre que está por sobre todo nombre, despierta odios y rencores, cosa que no producen otros nombres de puntales de otras creencias con tanto o mayor arraigo que la nuestra. Ese rechazo no es natural, es espiritual y tiene sobrados motivos para producirse. Haz la prueba. Ponte a hablar de cualquiera de los dioses conocidos en lugares públicos y nadie te molestará. Pero ponte hablar de Jesús el Cristo y vas a ver cómo alguien se fastidia y te pone palos en la rueda.
Satanás odia lo divino y a él no se lo engaña tan fácil. Él sabe perfectamente quien es quien, sólo que usa ese conocimiento para producir más maldad. ¿Con esto determinamos que Satanás es el creador de la maldad? No, ni lo sueñes; él no es creador de nada, apenas un buen imitador. ¿Y entonces? Satanás trabaja arduamente con sus demonios para que el bien que hay en ti, se diluya. Si lo consigue, ahí es donde aparece el mal. El mal no es un elemento creado, es simplemente la ausencia del Bien, que si es fruto de la Creación divina.
El caso es que, dentro de esos ambientes tan singulares, conocí gente fiel, sincera y entregada a esa fe de verdad, con pureza, transparencia e integridad. Y también conocí a los advenedizos, oportunistas, mercenarios y mercantilistas de la religión, esos a los que la Biblia llama Asalariados. De hecho, ni los primeros conformaban un total absoluto de santidad inmaculada, ni los segundos un festival de hipocresías, simulaciones, engaños y estafas. Existieron, existen y existirán entremezclados los unos y los otros, mimetizándose entre sí con la misma perfección con que pueden asemejarse una semilla de trigo con una de cizaña. Lo que cambiará será el fruto, el resultado: unos alimentan y dan vida, los otros envenenan y matan. Si te confundes, te mueres.
El resultado o consecuencia más palpable de lo que llamamos Religión, es la doctrina. No es malo tener la Sana Doctrina, fue escrito que es bueno y debemos cultivarlo. El problema es que ya sea por ignorancia o por soberbia, (Y me olvido de los intereses materiales ex profeso, para no incursionar dentro de la murmuración), distintas personas fueron instruidas con distintas variantes que, a la hora de ser llevadas a la práctica, arrojaron el único resultado previsible: fracaso. Entonces nos encontrábamos con gente que amaba la pobreza extrema en la que vivía, casi al borde de pasar hambre, porque estaba fiel y sinceramente convencida que mientras más miseria vivieran, más cerca estaban de un Dios que parecía tener problemas graves con los ricos.
Por otro lado, estaban otros menos abnegados o sacrificados, que creían fielmente en un Dios portador de altísima prosperidad, que deseaba que todos sus hijos fueran ricos y que con esas riquezas abastecieran todas las necesidades eclesiásticas y que la gente que asistía a las congregaciones pudiera tener. Claro está que los que llegaron efectivamente a enriquecerse por seguimiento de esta doctrina, terminaron adorando a Mammón, dios de las riquezas y despreciando a todos los más pobres, culpándolos de su pobreza bajo la perspectiva de la holgazanería o la vagancia. Los que prosperaron no lo hicieron para bien del Reino, sino de sus propias cuentas bancarias.
Muy pocos, decidieron no creerse ninguna de las dos doctrinas y obedecieron el mandato de escudriñar las escrituras, que es la única posibilidad de madurar desde que esos textos fueron entregados a los hombres. Allí se dieron cuenta que no era cuestión de buscar ser pobres de toda pobreza, ni tampoco perseguir hacerse millonarios mediante cualquier forma de empresas o negocios, sino que Dios a todos los que demuestran con su obediencia ser Justos, los considera hijos y les suple todas sus necesidades.
Así como lo lees es como está escrito y prometido para todos entre los cuales tú estás incluido o incluida: todas tus necesidades, cosa que de ninguna manera tiene que ver con caprichos ni obsesiones. ¿Testimonios de esto? El único que tengo a mano es el propio. Desde que entregué mi vida al Señor, jamás fui pobre, pero tampoco nunca llegué a ser rico. Simplemente jamás me faltó absolutamente nada de lo que necesitaba para vivir dignamente y trabajar para el Reino sin tener que pensar cómo hacer para tener un plato de comida en mi mesa. ¿Sana doctrina que es cero religión? Ni pobreza miserable ni opulencia ofensiva: necesidades cubiertas con amplitud.
Creo que lo que me salvó de ser uno más de los llevados de las narices hacia los sitios que otros determinaban como convenientes, fue no dejar de usar la mente que Dios me dio en toda su capacidad. Que no sería mucha ni por las tapas brillante, pero que, fíjate, me alcanzó para darme cuenta de una diferencia que no todos los cristianos alcanzan a discernir; qué cosa es religión hueca y sin vida y qué es vida espiritual en Cristo Jesús.
Creo con total y absoluta certeza que es tiempo en que se comience a decir todas las verdades que hasta aquí han permanecido ocultas en ese cono de sombras que tanto se parece a las antiguas complicidades medievales. Es más que notorio –y no necesitamos demasiados testimonios-, para darnos cuenta que el hombre está atentando contra sí mismo y, al mismo tiempo, contribuyendo a que ese mundo religioso le otorgue un valor definitivamente escaso e inexistente, en lugar del valioso e importante que debería tener como el cenit de la Creación divina.
He notado que existe como una especie de desprecio de parte del hombre para con todo lo que se nos ha dado. Ahí está el planeta mismo, los animales, la vida en sí con todo lo que la vida representa. Y con todo eso a disposición y sin cargo, igualmente se vive casi de sobresalto en sobresalto, con una aguda alarma sonando permanentemente y mostrándonos que hay un grado de violencia lindando con el caos que resulta imposible de digerir, vivas donde vivas, porque las cosas suceden a la vuelta de tu casa. Ya no es una película ambientada en un escenario sórdido y maloliente, es una realidad que por poco sucede en la puerta de tu propia casa.
Es más que visible que Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para autoabastecernos, pero nosotros le devolvemos esa amabilidad haciendo lo imposible por auto destruirnos. ¿Sabías que cada país tiene en su geografía, diferentes riquezas que les permitiría sobradamente a todos sus habitantes vivir dignamente y comer todos los días como corresponde? Y, sin embargo, sigue muriendo gente de hambre en el planeta. Y aunque en lo profundo de mis sentimientos primarios me duela, no puedo dejar de reconocer que la religión, con todo lo que ella representa, ha sido el elemento que más ha aportado a esa mentalidad de derrota fatalista que hoy por hoy todavía gobierna al cristiano promedio. Quiero decir algo aquí que seguramente me lo leerás y escucharás muchas veces más: Dios no es religioso. Es Dios.
Es que esa religión, desde sus solemnes claustros, nos enseñó que, si queremos ser aprobados, sí o sí deberemos sufrir, padecer o incluso soportar cualquier humillación o abuso sin reaccionar de ninguna manera, ya que defenderse, así sea con la más absoluta razón, todavía no es algo que esté bien visto en los círculos cristianos. Dar la otra mejilla sigue siendo la rutina, aunque me temo que esa expresión nunca fue interpretada desde un estado más que vencedor, sino desde la afligida expresión de ese Jesús sanguinolento que les encanta mostrar a los demonios y que con su rostro parece confirmar que por más que luchemos, contra Satanás y sus huestes no podremos. Diabólica doctrina, pero enraizada en nuestros púlpitos, no en las salas de espera de curanderos o hechiceros, como parecería ser más…lógico.
He hablado con mucha gente que salió de los templos y no por egocentrismos personales o enojos infantiles. En la mayoría de los casos, los comentarios eran muy similares. Que había que sufrir porque eso enaltecía y además crucificaba la carne, por poco hasta llegar a la auto flagelación. Quejas femeninas por el contenido machista y patriarcal que imperaba en las instituciones. Algunos llegaron a musitar palabras como infección en referencia a estos modernos fariseos, adeptos al dolor, al sometimiento, a las prohibiciones más excéntricas y pintorescas en aras de proteger la moral y las buenas costumbres.
O, en todo caso, en dar un buen testimonio, un grado no menor de cinismo con el que se mostraban los supuestos logros y un andamiaje de cartón pintado que a la primera lluvia en forma de crisis espiritual se despintaba y dejaba ver un feo aspecto genuino de materia prima podrida. Lo superficial como estandarte, lo superfluo como mecánica diaria, el miedo como elemento de consumo y manipulación permanente y un culto a la increíble baja auto estima desplegada a la masa, que llevaba a todo un grupo a una falta total de valoración personal. Y que conste en actas que esto que termino de decir de ninguna manera convierte en mérito o virtud lo que Dios dijo que era pecado. Lo aclaro para que no te confundas y pienses que esto es una apología a la permisividad bondadosa y productora de condenados al fuego eterno. No. Jamás podría suicidarme, así como ministro. Lo que sí estoy diciendo, es que una cosa es lo que Dios dice que es pecado, y otra la que los hombres dicen que lo es…o que NO lo es. ¿Está claro?
Y como si de improviso hubiera aparecido una botella flotando en el océano, con un mensaje visible dentro e incentivando a quien quisiera leerlo, con letras mayúsculas para enfatizarlo doblemente, la idea casi violenta respecto a que necesario sería QUE ALGUIEN HABLARA DE UNA VERDADERA IGLESIA QUE FUERA CONFORME A LO QUE DIOS QUERÍA y no conforme a lo que enseñaron y distorsionaron los que de uno u otro modo se aprovecharon de sus poderes y manipularon y abusaron de tantas buenas personas que creían con toda honestidad en la fidelidad y el supuesto prestigio de esos “siervos”, invadió y se metió sin permiso en mi mesa de trabajo. Y eso fue todo. Sencillamente recogí el guante. Había estado orando mucho para ver qué quería mi Padre que yo hiciera o dijera en este tiempo. Nada ni nadie me impiden entender que eso aparecido de la nada, fue Su respuesta.
Así es que me quedé con lo propuesto en esas mayúsculas escritas por un imaginario creyente con una mezcla de rencor, amargura, resentimiento, miedo y deseos de revancha. Todo muy lejos y por fuera de lo que debe sentir un hijo o una hija de Dios, ¿Verdad? Pero real a la hora de ver y percibir las actitudes y acciones de la gente que se junta dentro de un templo. Alguien tiene que hablar, hoy, cuando en el momento de empezar a escribir esto todavía tenemos en el recuerdo vívido las palabras Pandemia y Covid formando parte de nuestro día a día y sin saber cómo o cuando habría de desaparecer, o incluso si desaparecería en algún momento, y que fue la gran espada de Damocles que pendió por sobre nuestras cabezas. Alguien tiene que hablar y al menos mostrar, omitiendo las antiguas técnicas de atosigar con capítulos y versículos, y dar una evidencia o alguna pista que recuerde o determine como es la verdadera iglesia que Dios quería. Si es que Dios quería realmente que existiera una iglesia, o si fue el hombre nomás el que la inventó por su cuenta y al final Dios la aceptó.
Así es que no me quedó otra que volver al momento de mi vida en el que decidí ser un creyente en Jesucristo, en Dios Padre y en su Espíritu Santo, pero por fuera de todas las estructuras religiosas conocidas y por conocerse. Dejar de forzar a las buenas y fieles personas que me acompañan en lo que hago, a suponer que, con el simple hecho de repetir capítulos y versículos de memoria, relacionarlos entre sí, buscar sus paralelos, comprobar sus significados en el hebreo, en el griego y hasta en el arameo o el latín, ya estaba más que suficiente como para que cada uno se considerara satisfecho, su estómago espiritual saciado y alimentado con sustento divino.
Por años compartí diversos temas, aporté los textos bíblicos precisos, los paralelos, las interpretaciones, las revelaciones y hasta lo expresado por distintas versiones del mismo libro, todo con la intención sana pero evidentemente insuficiente de ayudar a mis receptores a conocer un poco más del Señor y de su Reino. Lo que se me quedó en intenciones y no pude enseñar, fue a vivir todo eso que a diario vemos resumido en capítulos y versículos. Mira esto: estadísticamente, la humanidad toda sabe de la existencia de La Biblia. Un 80 por ciento de ella, la ha leído alguna vez o la estará leyendo hoy mismo. Un 60 por ciento de ese caudal, pensará que la entiende o sabe de lo que habla. Un 40 por ciento recibirá revelación y luz para realmente entenderla. Un 20 por ciento la creerá como palabra de Dios, y…por favor…no me obligues a dar el porcentaje de los que han decidido vivirla porque no quiero sonar a pesimista o negativo.
Entonces la gran pregunta a auto formularse, es: ¿Cómo hacer para que cada una de esas historias que conocemos de memoria, pasen a formar parte de nuestro andar cotidiano? ¿Cómo lograremos hacer de cada uno de nosotros alguien con luz suficiente como para alumbrar el camino de otros que vienen atrás y con sal abundante como para darle sabor a lo que, hasta hoy, con todo lo impactante que es, todavía no ha podido salir de una medianía insulsa y hasta mediocre, que solamente parece haber podido expresarse y brillar dentro de los templos?
Porque afuera no existe. Nadie en el mundo secular hoy está viendo accionar a hijos de Dios ungidos con manifestación de Reino, ya sea en señales y maravillas o simplemente en un estilo de vida distinto, ejemplar. Y nadie tampoco arde en deseos de meterse en esos templos a vivir y hacer lo que allí se vive y se hace. De acuerdo; Vivir a Dios fuera de los templos, es muy complicado. Pero vivir a Dios dentro de los templos, también lo es. La palabra Imposible suena en cualquier momento de boca de cualquiera de ambos sectores. La Palabra dice que para Dios no hay nada imposible y aseguramos creerlo, pero… ¿Lo creemos de verdad?
Sé perfectamente que la gran mayoría cristiana sabe con bastante exactitud cómo vivieron Jesús y sus discípulos, y quizás hasta el número de calzado que usaban Juan o Pedro. Pero que todavía no aciertan –En realidad no acertamos-, a ir más allá y poder poner por obra lo que no ha pasado de ser una hermosa y utópica teoría. Hoy tengo certeza que la única manera de ayudar a acercarnos a ese objetivo, es bajando a Jesús de ese pedestal mitad místico y mitad sobrenatural en el que lo hemos tallado y traerlo a este mundo natural, físico y apartado de toda regla moral, espiritual y práctica que es eso que simplemente llamamos: Vivir.
Nunca me terminaron de convencer las versiones de la Biblia traducidas a idioma popular. Siempre las vi como un obstáculo para extraer de la maravillosa Palabra de Dios todo el caudal de unción y bendición que contiene. Hoy sé que eso no lo sentí porque esas traducciones fueran equivocadas, sino porque simplemente no siempre estaban ungidas como lo está la versión original. Una cosa es lo que Dios es, y otra muy distinta lo que nosotros pensamos que es. Y algunas de esas versiones no están traducidas, están interpretadas. Y no desde alguna visión teórica teológica, sino desde una óptica eminentemente popular. Y eso es altamente peligroso para tomarlo sin dudar como Palabra de Dios, ¿Soy claro?
No te exagero ni te engaño cuando te digo que hay miles y miles de cristianos sinceros que adoptaron esta última postura de pensar en un Dios tal cual como ellos lo ven, en lugar de la primera. Un poco por comodidad y otro poco por incapacidad espiritual. Con eso en mente, en primer lugar, quiero ver si te puedo mostrar con la mayor simplicidad que pueda, con el idioma más llano y sin parabólicas o sesudas conclusiones, como es según la propia Palabra divina la iglesia que Dios desea.
Y cuando digo “la iglesia que Dios desea”, te pido por favor que no pongas tu mente en modo-templo, porque te puedo asegurar sin temor a equivocarme en nada, que, si algo Dios no imagina y no desea para su iglesia genuina, es un templo que represente a una organización institucional. Porque a corto o mediano plazo, eso se convertirá en religión, será imposible evitarlo. Mira a tu alrededor y decide por ti mismo, no me creas sin ponerlo en duda lo que yo te digo, por mucho que me estimes.
Una mañana, Jesús puso en un serio problema a sus muchachos, a esos que Él había invitado a seguirlo. A esos a los que gustamos llamar apóstoles o discípulos, pero que, a todas luces y conforme a datos bastante puntuales recogidos de la época, no iban más allá de ser muchachos muy jóvenes que habían decidido ir detrás de otro muchacho joven como ellos, porque “algo” interior les decía que debían hacerlo. Ninguno de ellos salió a declarar que una voz del cielo potente como un trueno les dijo que debía hacerlo porque ese era su Hijo y etc.etc. Nada. Simplemente Él los invitó y cada uno de ellos, con sus dudas y luchas personales, dejó todo lo que estaba haciendo y empezó a caminar a su lado. Mientras en el panorama monumental que rodea el andamiaje del Reino de Dios estos jóvenes empezaban a escribir historia santa, ellos en su interior seguían dudando si no estarían siguiendo a uno de los tantos locos que se creían iluminados, que había en esa época.
En ese contexto, Jesús los miró mitad con afecto de hermandad y mitad con la seriedad del Maestro y les preguntó si ellos acaso tenían alguna idea formada respecto a quién y qué era Él, más allá del hombre que veían caminar, comer y cumplir con todas las necesidades biológicas humanas que ellos también tenían. Entiende que ellos no tenían el Nuevo Testamento para tomar letra. En todo caso, eso se estaba empezando a escribir en ese mismo momento.
Todo lo que había era la Ley, la Torá, la Mishna, que es como decir la ley y las tradiciones, asuntos que la gente respetaba con entidad de origen divino en ambos casos, aunque la realidad nos muestra que solo la ley provenía de Dios, mientras que las tradiciones eran inventos de los hombres que, en todo caso, Dios se avenía a permitir, aunque en casos sin estar demasiado de acuerdo con ellos. ¿Cuántos saben que, si algo le rebosa a Dios en toda su inmensidad divina, ese algo es Paciencia?
La cuestión es que estos chicos, (Así les llamaríamos hoy a unos muchachos que daban entre el menor y el mayor un promedio de edad entre los veintidós o veintitrés años), no tenían ni la más remota idea respecto a quién o qué era ese que parecía ser igualito a ellos, pero que ya tenían pruebas más que sobradas que no lo era. Ellos lo habían oído hablar en términos que ni siquiera se los habían escuchado a los doctores de la Ley en el templo. Además, lo habían visto hacer cosas sencillamente increíbles y fuera de toda lógica.
Algunos, creo que tanto como para demostrarles a los otros que alguna vez habían leído algo de la Ley, dijeron que podía ser Elías o Jeremías, que habían regresado, mientras que los otros, sin tanta memoria ni conocimiento exegético, zafaron con un cualquiera de los otros profetas. Hubo uno que se atrevió a modernizar al momento y lo equiparó con su preparador de camino, Juan el Bautista. Casi un torbellino de ideas, a la mejor manera de las reuniones de modernas empresas cuando buscan slogans de marketing capaces de captar clientes. No les funcionó. Ninguno de ellos dijo lo que Jesús esperaba escuchar.
Hasta que se asomó Pedro. La Biblia no detalla en absoluto la escena, es verdad, pero no hay que ser demasiado fantasioso para imaginarla. Mientras el grupo competía para ver quien tenía mayor conocimiento de la ley y sacaba profetas o nombres de la galera, Pedro que se sabía más rudo, más tosco, por no decir bruto que suena a ofensa para su enormidad futura, seguramente estaba con la mirada clavada en el piso, con la punta de su pie derecho pateando piedritas y dudando si decir algo o no abrir la boca.
Pedro era definitivamente consciente de sus limitaciones. Ser un pequeño empresario de la pesca no lo catapultaba a las esferas de los estrellatos intelectuales. Pero lo que él no sabía, era que en ese momento estaba recibiendo revelación. Y no podía saberlo, porque no había antecedentes que respaldaran esa idea. Pero lo que sí supo fue que, en un momento determinado, un fulgor de certeza se adueñó de su mente y de su corazón, y que sin dudar dijo lo que la Reina Valera tradicional rescata con un solemne: ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente! ´
Como simple espectador privilegiado de este enorme juego existencial, al leer esto no puedo evitar exclamar un ¡Wow! brotado desde mi interior profundo tal vez con la misma euforia con que los simpatizantes del fútbol de mi país gritan un gol de su equipo favorito. Y, además, puedo ejercitar un alto grado de empatía espiritual y atreverme a ponerme en el lugar de Jesús. He sido un maestro del Señor durante muchos años, y puedo sentir en mi piel la felicidad rara y extrema que se experimenta cuando un alumno recibe una revelación divina delante de tus ojos.
Es tan imposible enseñar eso, aún con la mejor voluntad, que cuando sucede, no puedes evitar que te brillen los ojos, que se te inunden de lágrimas de emoción y que respondas algo fuerte e imponente como para que quede grabado para la posteridad. Eso fue exactamente lo que hizo Jesús. Le dio una respuesta altísimamente metafórica y espiritual a un Pedro que fue capaz de entenderla en el acto.
No fue lo mismo lo que sucedió con miles y miles de cristianos que leyeron esto según lo dejó escrito Mateo. Una gran mayoría entendió que sólo Pedro tenía las facultades de prohibir o permitir cosas en la tierra, y entre esa mayoría, hubo algunos que hasta se atrevieron a fabricar un credo alrededor de esto y erigir a Pedro en cabecera de un imperio que todavía subsiste. Está bien, seamos misericordiosos y serenos, aunque convengamos que, en algunos puntos específicos, la limitación humana no parece tener límites.
Porque Jesús, extremadamente feliz se quedó impactado por lo que su amigo y compañero de ruta Simón el pescador había recibido de su Padre celestial. Y así se lo hizo saber para luego soltarle lo que realmente sería una declaración profética de la misión futura de la iglesia en la tierra. Te llamas Simón desde que naciste, pero yo ahora empezaré a llamarte Pedro, que quiere decir Piedra, o Roca. ¿Sabes por qué? Porque yo mismo soy la Roca donde se fundamenta todo esto, y sobre esta Roca que soy yo mismo como esencia espiritual, levantaré mi iglesia. No sé si me entiendes, Pedro, pero cuando digo iglesia no hablo de sinagoga o templo construido por hombres, hablo de un Cuerpo, de una gente que me represente en esta tierra con el mismo nivel de poder y manifestación sobrenatural con la que yo lo he hecho. Y todavía más fuerte, porque cuando yo vaya a reunirme con mi Padre, les enviaré al Espíritu Santo para que los guíe a todo lo que tienen que hacer. Y ni siquiera la muerte física los detendrá, porque cuando se vaya uno, aparecerán miles a sustituirlo.
Está más que claro que Él no le está hablando a Simón el pescador, sino a Pedro, que es petras, que es la Roca, a sí mismo, que es la iglesia. Y le profetiza todo lo que ella podrá hacer porque ha sido investida desde lo Alto para ello. Por eso es que Él no se detiene en eso que le dijo antes, sino que lo cierra así: A ti te daré autoridad en el Reino de Dios. Todas las cosas que tú prohíbas aquí en la tierra, serán prohibidas por Dios en los cielos. Y las cosas que tú permitas aquí en la tierra, Dios también habrán de permitirlas desde los cielos.
De hecho, el error que cometieron muchos, (No solamente esos que tú recuerdas en este momento), fue entender que todo eso se lo decía a uno de sus apóstoles, cuando en realidad se lo decía a Su Cuerpo, al que ese apóstol simbolizaba desde el momento en que se dejó guiar por el Espíritu Santo al discernir que Jesús era el Mesías. Seguramente, la pregunta que te haces en este mismo momento, es: ¿Y qué puedo prohibir o permitir yo, aunque sea parte del Cuerpo de Cristo, si no tengo poder alguno en esta tierra?
Cierto es que no eres ni presidente, ni primer ministro, ni autoridad o funcionario terrenal alguno como para llevar adelante eso. Claro está que eso es así si estamos hablando de prohibiciones o permisos de cosas naturales. Pero en las espirituales, sí estás capacitado, delegado y enviado a establecer parámetros en donde el enemigo deba atenerse a las consecuencias de desafiar al pueblo de Dios. Entiende: como Cuerpo, como Iglesia, nosotros podemos prohibir o permitir con una simple declaración profética cualquier cosa que obstaculice o esté a favor de la extensión del Reino de Dios en la tierra.
Si lo ejecutamos creyendo y en unidad, eso funcionará como siempre les ha funcionado a los hijos de Dios en problemas. Si no lo crees, o te parece que eres muy poca cosa para enfrentarte a Satanás y sus demonios, entonces ellos se harán un festín contigo y la vergüenza andará cerca de un pueblo llamado y enviado a no ser avergonzado jamás. Esto también ha sido y sigue siendo Religión. Fe es lo que otorga victoria, no derrota.
¿Por qué lo digo así, ligando de alguna manera a la Iglesia con el Cuerpo de Cristo, aunque a muchos les siguen pareciendo dos cosas distintas y en ciertos casos hasta diametralmente opuestas? Porque la palabra básica que se usa en el Nuevo Testamento para referirse a la Iglesia es una muy común, y es la palabra Soma, que se traduce como cuerpo. (De allí extraemos nuestro término somatizar, cuando nos referimos a algo corporal). En efecto, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y Él es la Cabeza, Él es Su fundador. Como consecuencia de esto, cuando la Iglesia no es fiel a Cristo y no cumple con Su misión, es apenas una institución religiosa, anticuada e innecesaria, además de grotesca y hasta ridícula, que es como se vería un cuerpo que no tenga una cabeza que lo conduzca.
Pero cuando la Iglesia ejecuta la tarea que se le ha encomendado, es absolutamente esencial e indispensable, no solamente para el crecimiento y progreso del pueblo de Dios, sino para el bienestar espiritual del creyente y, por extensión, a todo y a todos los que cada creyente toca o bendice. Para que ello sea posible, la Iglesia debe ser como Jesucristo, Su fundador, quiere que sea. Lo que nos mete de cabeza en la pregunta más obvia: ¿Cómo es que el Señor quiere que sea Su Iglesia?
En principio, que su Cuerpo sea respetado en la tierra, cosa que no sucede con lo que la Religión muestra como tal. Al cristiano promedio se lo discrimina, se lo descalifica, se lo somete a burlas o expresiones relacionadas con el ridículo, se lo desmerece y hasta se lo agrede física o psicológicamente. Entonces, para que ese respeto sea posible, hay que tener bien en la memoria lo que en algún momento Pedro le dijo a una multitud, allá por los comienzos de este Camino. Les demandó, (Cuidado; no les “sugirió” ni les “solicitó”, les demandó) que se arrepintieran y se Convirtieran, asegurándoles que, si podían hacer eso, todos sus pecados serían borrados y que tiempos de refrigerio vendrían sobre quienes obedecieran. Mientras eso funcionó conforme al modelo-Jesús, las cosas eran como tenían que ser, conforme a un diseño divino y perfecto.
Cuando los hombres quisieron hacer las cosas mejor que lo que Dios había ordenado, inventaron la Religión. Y la Religión hizo de la conversión una ceremonia, un ritual, una serie de pasos a seguir para terminar en el frente de un templo recibiendo una oración que lo “confirmaría” como cristiano. Esa misma rutina religiosa mantenida por años, y aún muy vigente pese a sus dudosos frutos genuinos, determinó que se metiera dentro del Cuerpo a gente con mucha disposición y muy buena voluntad, pero no convertidas. Y si no estás convertido, podrás comportarte muy bien durante años, pero un día surge el hombre viejo no crucificado y te desparrama de la manera más grosera.
“Señor Jesús; te reconozco como mi Salvador personal, que naciste de una virgen, que moriste en la cruz por mis pecados y que resucitaste y ascendiste al cielo. En este momento te entrego mi vida y te proclamo Señor de mi existencia.” ¿Cuántos de ustedes pronunció o le hicieron pronunciar una oración de conversión como esta? Cuidado, no digo que esta oración sea mala o incorrecta, lo que sí te digo, es que no alcanza sólo con decirla, sino que es obligación creerla y luego tomar la decisión de vivirla.
Es necesario que en el Cuerpo de Cristo todos estemos convertidos, pero no de una religión a otra, como se suele dar en los pueblos pequeños, donde todo el mundo se conoce, sino de nuestra vida de pecado a una vida limpia y nueva que Dios nos ofrece en Cristo Jesús. En una ocasión estuve en una población de mil doscientos habitantes, y un lugareño que sabía de mi fe, al pasar por una vivienda me dijo que allí vivía la única “evangelista” del pueblo, en referencia a una mujer que asistía a un culto evangélico de una localidad vecina. Esa es la que considero como la llave de oro que abre las posibilidades a todo lo demás que está a nuestra disposición. Necesitamos convertidos, no convencidos.
Pablo, cuyas cartas se han exprimido sacándoles el máximo de contenido para el bien, pero convengamos que también usufructuado para adoctrinar erróneamente, dijo en algún momento que el amor no puede ni tiene que ser fingido, que tiene que ser auténtico o no será amor, sino simulación hipócrita. ¿Sabes qué? No le erró nada cuando él lo dijo, y sabrá por qué lo hizo. Ha sido tanta la prédica de tener amor, sentir amor, mostrar amor y comportarse con amor, que los que no podían sentirlo o vivirlo de verdad porque no estaban convertidos, inventaron esa histórica sonrisa mitad bondadosa y mitad promo de pasta dental que tanto y tanto hemos visto caminar por los templos.
Yo recuerdo muy vívido que, en una ocasión, dije en el que entonces era mi programa de radio, algo que no favorecía a cierto político que había tomado compromisos con la iglesia si ganaba unas elecciones, y un líder bastante importante me obsequió con un elegante insulto. Pero eso sí; sin abandonar su bondadosa sonrisa irradiante de paz y serenidad cristiana. Hipócrita. ¡Cien veces hipócrita! Más que aquellos fariseos del tiempo de Jesús, que tal vez lo eran más por ignorancia que por conveniencia. Pero este no era ignorante…
Lo cierto es que Pablo sabía un rato largo de estas debilidades humanas. Por eso recomendó amar sin fingimiento, lo que equivale a reconocer implícitamente que existía un grupo de gente supuestamente cristiana que fingía sentir un amor que no tenía. No sé qué es peor: si no amar porque no te sale o no puedes, o hacer como que amas y en realidad odias o, lo que es mucho más triste, tienes absoluta indiferencia. A propósito… ¿Nadie se acordará que Dios nos ve tal como somos y no como nos mostramos? ¿O debería añadirle a ese amor simulado también una buena dosis de incredulidad?
¡Néstor! ¿Qué dice? ¿Cristianos incrédulos? ¡Eso puede ser en el mundo secular, pero no en la iglesia! ¡Ah! ¿Sí? Y bueno…si tú lo dices… Pero yo no retiro lo que dije, porque lo dije con la autoridad de haber visto, oído y vivido incredulidades varias del lado de adentro de un templo, no de afuera donde habitaban los malos. Además, hasta donde yo pude indagar, la Biblia no fue escrita para los impíos incrédulos y pecadores que viven allá, del lado de afuera de esta historia. La Biblia fue escrita para los de adentro, para los que dicen que creen, o sea: para nosotros. Así que cuando dice ¡Incrédulos! no está hablando de tu vecino, está hablando de ti. Religión. Antídoto perfecto fabricado con sutileza satánica que tuvo muchísimo éxito en territorios nuestros.
Pero Pablo no se quedó solamente con esa recomendación para con sus amigos romanos. Se vio en la obligación de recordarles que debían aborrecer lo malo, como si alguien pudiera pensar que un Dios de amor como el nuestro podría llegar a considerar como hijo a alguien que viva haciendo el mal. Y que, en ese mismo sentido y dirección, les recuerda el que a mi juicio debe ser el más grande mandamiento pronunciado desde los cielos: amarse los unos a los otros. Que, así como lo decimos suena casi a verdad de Perogrullo, porque nadie podría imaginarse tampoco un grupo de personas reunidas bajo el amor de Dios sin amarse igualmente entre ellos. Sin embargo, tú y yo sabemos que sí, que eso ha sido posible…y sigue siéndolo dentro de lo que llamamos “pueblo de Dios”.
Y como broche de oro de esta serie de recomendaciones concretas, Pablo les demanda que sean fervientes en espíritu. Cuando recurres al diccionario de la lengua española, te encuentras con que ser ferviente significa experimentar admiración o entusiasmo por algo o alguien. Parece algo innecesario de mencionar, pero…pregunto: ¿Es la mayoría de creyentes que conoces, de un espíritu ferviente o hay un grupo nutrido de gente apática, semi indiferente y casi rutinaria en sus actos espirituales?
Esto quiere decir sin dudas que todos los que somos miembros de esa Iglesia que es el Cuerpo de Cristo, debemos vivir la vida de fe con ganas, con entusiasmo, con fervor; es decir, ardiendo por dentro, con verdadera pasión, enamorados plenamente de Jesucristo. No permitamos que nada ni nadie apague nuestro celo y nuestro fervor por Jesucristo. Esa es una enorme parte de la iglesia que Dios pretende y quiere. Es horrible encontrarte con gente que dice ser cristiana y habla de las cosas de Dios como un científico de una nueva molécula…
Una iglesia que como genuino Cuerpo de Cristo en la tierra sepa alumbrar y mostrar el verdadero Camino a seguir, cosa que no siempre ha estado haciendo. Lo que hemos mostrado han sido rituales, costumbres, tradiciones, modismos, formas pintorescas de vestir, un vocabulario lleno de muletillas y fraseologías incomprensibles para la mayoría…Eso hemos sido como iglesia, eso es lo que debemos cambiar ya mismo. Debo ser uno de los muy escasos ministros del evangelio que de ninguna manera se atreve a criticar al mundo incrédulo por su rechazo a concurrir a una congregación cristiana.
Cierto es que Dios podría tranquilamente si quisiera aprovechar esa asistencia y enviar a su Espíritu Santo a que sacuda de tal modo a esa persona que lo lleve a mirar sí o sí para arriba y aceptar ayuda divina, pero esa sería le menor posibilidad de todas las que están en juego, lo sabemos. Aquí es donde entendemos que si bien un incrédulo debe cambiar toda su vida si es que desea una eternidad de cielo, no menos cierto es que una congregación tradicional también debería cambiar una serie de cosas internas suyas si es que desea que alguien se acerque con respeto y recogimiento a su interior.
Pedro dijo en algún momento que somos linaje escogido. ¿Sabes lo que es eso? Que Dios miró y miró en toda su Creación y decidió que no se había equivocado en absoluto cuando determinó que nosotros, los seres humanos, éramos lo indicado para implementar su plan. Y nos incorporó a su Reino en el momento en que nos ordenó como sacerdotes reales, de realeza, de Reino. Añadió que somos una nación separada para Él en exclusividad, eso se llama Santidad. Y nos recordó que somos todo eso porque Él mismo nos compró con un precio valuado en gotas de sangre sufriente.
Y por si eso no fuera suficiente para amarlo y adorarlo como lo que es, único Dios Todopoderoso indiscutible Rey de este y de todos los universos existentes, dice que nosotros podemos hacer y ser todo eso simplemente porque Él ejerció misericordia. ¿Nadie va a recordar que, si no fuera porque Dios nos tiene misericordia, no estaríamos en condiciones de dar ni un miserable paso sin quedar desparramados a la vera de este Camino y sin posibilidades de transitarlo?
Cuando veo la soberbia estúpida de tanta gente pagada de sí misma, y no sólo afuera en el mundo secular, sino también adentro, en lo que debería ser su pueblo santo, no logro entender la falta de conocimiento y de luz para poder ver qué pobre cosa somos sin nuestro Dios protegiéndonos. Dios, en Su gran amor, nos ha llamado -a todos los miembros de Su Iglesia- de la muerte a la vida, y de las tinieblas a Su luz admirable. Por lo tanto, no podemos vivir de cualquier manera. Ese es el punto, no esas prohibiciones incongruentes con las que muchos pretendieron disciplinar a un pueblo elegido.
Otro enorme “favor” que nos hizo la religión estructural y organizada institucionalmente, fue el de plasmar una iglesia derrotada. Ese “-¡Vaya a saber si podemos!-“, que tantas y tantas veces escuché de boca de cristianos con bastante antigüedad congregacional, es la mejor prueba. Sin embargo, lo que hemos leído y aprendido sobre Jesús el Cristo, es que todo, (Y cuando dice todo quiere decir exactamente eso: todo) fue sometido bajo sus pies, y que luego fue puesto por cabeza sobre todas, (Otra vez lo reitero: todas) las cosas a la iglesia, la cual es Su Cuerpo.
La Iglesia es el grupo más poderoso de personas unidas por un compañerismo espiritual que ha existido en la tierra, y está compuesta de miembros de todo el mundo, esto es -toda persona que es regenerada por la obra del Espíritu Santo y redimida por la sangre de Cristo- incluyendo a los de todas las edades, en el Cielo o en la tierra. A veces se parece a alguna congregación de las que hemos conocido, pero la mayoría de las ocasiones, no, para nada. Porque esta compañía de creyentes es lo que se denomina el Cuerpo victorioso de Cristo o la Esposa del Cordero y no un grupo de gente aterrorizada por temor a lo que le puedan hacer afuera.
Es indudable que el Señor, por pura Gracia, nos ha hecho Sus Hijos. Entonces es menester e indispensable que vivamos de una vez por todas como lo que somos y no como nos surge de reglamentos, prohibiciones y ordenanzas dictadas por hombres muchas veces inmorales, supuestamente preocupados por salvaguardar la moral de los demás.
Hipocresía, en su más fina expresión. De momento en que somos portadores de Su Espíritu Santo, es indispensable que nos dejemos guiar y conducir por Él. ¿Tan difícil es entender esto? No, no es difícil entender eso. Creo que lo verdaderamente complicado es vivirlo, y que el mundo del cual nos bajamos dándonos un tremendo golpe antes que nos llevara a la perdición, pueda verlo.
Una vez más, debemos asumir el compromiso genuino de aborrecer el mal y amar el bien, además de ser diligentes en todo, y vivir una vida de fuego ardiente en nuestro espíritu para poder estar siempre listos para servir al Reino, que es nuestra misión más clara, puntual y precisa. Esta, asumimos que es la iglesia que Dios quiere para este tiempo. Él no pensó en un templo lleno de gente religiosa cargada y sobrecargada de actividades; Él pensó en personas cuya cabeza espiritual es Cristo, dejándose guiar por Su Espíritu para hacer y no hacer todo aquello que conforma los claros y oscuros que rodean al diseño divino.
Esto es una expresión sumamente sintética y no religiosa de lo que es la asamblea de personas que lo representa en la tierra en la que Dios pretende regir. No sé si esto responde lo que esa escritura que me apareció de la nada en mi mente resume. No puedo saber si quien lea estos textos quedaría conforme y con la certeza de haber encontrado su respuesta, o no.
Lo que sí sé, es que todo lo dicho es el puntapié inicial que abre un juego de simbólico fútbol que, haciendo honor a sus reglas más conocidas, comienza a caminar en dirección al gol, a la anotación que nos dará la victoria. ¿Sobre el infierno y sus ministros? Sí, pero indirectamente. Porque el objetivo principal y de fondo de este juego clave, es desarticular una de las armas más poderosas que Satanás ha estado usado por años dentro del pueblo de Dios y que tanto resultado le ha dado: la religiosidad.
¿Se corre el riesgo de extralimitarnos y por sobre énfasis irnos al otro extremo? Sí, se corre ese riesgo, no tengo dudas, porque esa forma de riesgo es parte de nuestra vida en la fe. Sin riesgo no hubo, no hay ni habrá jamás Evangelio. Y si te recuerdo que Evangelio quiere decir Buenas Nuevas, lo que nos motiva a correr todos los riesgos que sean necesarios, es el poder implementar un mecanismo que nos permita ser quienes somos y no quienes pareceríamos que somos.
Yo no puedo, aunque de pronto lo amerite, presentar al mundo incrédulo un evangelio lleno de prohibiciones, reglamentos, restricciones, discriminaciones, castigos, flagelaciones psicológicas, manipulaciones emocionales y litros de sangre expuesta para su expiación dramática y a un paso del abismo de azufre y fuego y llamarlo a todo eso Buenas Nuevas, que es la traducción más conocida de Evangelio.
Hace algunos años, me tocó asistir a una charla conferencia de una hermana sobre trabajo misionero, cosa que no me interesaba en demasía en lo personal y generalmente me llevaba a dispersarme bastante y entender poco, pero la conferencista de improviso proclamó una verdad para esa tarea que a mí me produjo un impacto tal, que marcó mi trayectoria para cada cosa que hice, hago y seguramente haré en el futuro: Ella dijo: La clave del creyente más que vencedor, está en el suave y delicado equilibrio que logre entre el conocimiento y la unción.
Estas palabras, que en sí mismas no parecen contener nada más que una expresión si se quiere moderada, encierra sin embargo el enorme secreto no develado que produjo, entre otras cosas, tremenda cantidad de divisiones de personas bien intencionadas y sinceras, pero que se vieron obligadas a formar distintos grupos llamados Denominaciones por causa de no haberlas interpretado debidamente. Hay gente que vivió toda su vida una religión en base a conocimiento literal, intelectual, mental, filosófico, humanista, científico y frío, que jamás le permitió ni siquiera tocar a la verdadera Palabra de Dios encerrada en los textos bíblicos.
Y del otro lado, otra franja de personas también con las mejores intenciones y una fidelidad indiscutida, viviendo otra forma de religión donde todo se hacía porque se “sentía” el empuje del Espíritu sin perder tiempo en comprobar si lo que se hacía estaba escrito y aprobado en la Palabra de Dios, o no. Se le sumó una pequeña franja intermedia que no hacía ni lo uno ni lo otro, siendo lo suyo inocuo y sin el menor atisbo espiritual. Lo que no hubo, o si lo hubo fue en muy escasa cantidad, fue ese suave y delicado equilibrio.
Es lo que pretendo entregar con todo lo que siga a continuación. El final dará testimonio de si esto fue logrado o no. Si lo fue, daremos juntos toda la gloria a Dios. Si no lo hubiera sido, entonces daremos gracias a Dios porque intentarlo, al menos, fue salir de esa mediocridad en la que yo y tantos y tantas más hemos vivido nuestro pretendido cristianismo que, es muy cierto, fue capaz de traernos hasta aquí, pero que evidentemente es tiempo en el que tenga que dar paso a lo que realmente sea una iglesia genuina y sin religiosidad ofensiva.
No tengo ninguna duda en esta etapa de mi vida que, cuando pretendí no recordar ni tener en cuenta aquella vieja letra del no menos viejo tango que nos aseguraba que, como quiera que nos sintiéramos cada uno de nosotros, el mundo seguiría andando, la muerte de mis padres con apenas tres meses de intervalo entre uno y el otro (Mi madre casi a finales de un mes de Mayo y mi padre a principios del siguiente mes de Setiembre del mismo año), me lo dio a manera de golpe en el centro neurálgico de mi cerebro de hijo. Y que cuando asfixiado por otros pormenores le pedí a ese mismo mundo que se detuviera que yo me quería bajar, tampoco me prestó atención. Creo que en lo personal y particular, fue allí mismo donde decidí que el mundo secular y yo, teníamos caminos distintos y hasta opuestos. Para muchos, ahí fue cuando empecé a creer locuras. Para otros, ese día marcó el momento de mi Nuevo Nacimiento.