Alguna vez, en una etapa de mi vida donde todavía para mí, Dios era un anciano gruñón y malhumorado, que esperaba que yo me equivocara en algo para castigarme casi con placer, fui músico. Ejecutante semi-profesional de un instrumento que, se dice, es de origen alemán, pero muy caro a los sentimientos de los argentinos de mi generación como lo fue y sigue siendo el bandoneón. A él le dediqué algunos años de esa vida previa a mi conversión, produciendo música de tango argentino.
Entre todos los temas que componían mi repertorio, había uno que respondía a las clásicas consonancias de esa expresión musical tan emparentada con nuestra idiosincrasia nacional, cultural y pagana: nostalgia, melancolía, dramas y depresiones. Su letra, compuesta por ese legendario mito cantante nacido en Francia, pero adoptado por la Argentina tanguera como propio, llamado Carlos Gardel, (En realidad Charles Gardés), rememoraba una historia de amor trunca por la muerte de la mujer y decía en sus primeros dos renglones: “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando” …
Más allá de todo lo negativo, pesimista y hasta auto destructivo que hay en la mayoría de las letras y la música de tango, hoy entiendo que esta que mencioné, independientemente de la historia ficticia o no ficticia que la inspirara, tiene un elemento que, aunque me produzca sensaciones encontradas y opuestas, es el punto que pone en marcha todo este trabajo. Porque lo que la poesía da a entender en esta letra, es que a pesar que el protagonista masculino de esta historia está destruido sentimental y anímicamente por haber perdido a su amada, no deja de sentir algo de rencor y resentimiento, ante lo que considera una injusticia: que el mundo que lo rodea, siga funcionando exactamente igual al minuto antes que esa mujer amada, muriera.
En suma: él no puede entender que con toda la dramática pena y tristeza que inunda su corazón, el mundo siga andando allí afuera, como de costumbre, por sus senderos de historias, placeres, tristezas, deleites y tribulaciones. En suma, está mostrando la fría indiferencia de una sociedad demasiado ocupada en sus propios asuntos, como para perder su tiempo atendiendo a un problema ajeno. Cualquiera de ustedes podría comprobar la realidad de esta pintura costumbrista con sólo observar, en medio de un festejo o de un drama, la indiferencia casi cruel y despiadada de todo el contorno que gira y se mueve en su derredor.
La pandemia del Covid, tengo certeza, nos trajo a los creyentes genuinos un pensamiento muy parecido al que tuvo aquel “guapo del 900”, excéntrico y casi grotesco personaje protagonista del tango mencionado. Porque mientras algunos obedecían sin chistar a sus gobiernos y se encerraban con cinco llaves por responsabilidad o temor, casi por igual, a evitar el contagio, otros salían a divertirse y pasarlo bien, sin respetar ninguna o casi ninguna de las medidas o protocolos establecidos. Esta sería otra pintura casi grotesca de esta tan singular “sociedad” a la que decimos pertenecer. ¿Sociedad..?
La iglesia, en su conjunto y no en su faz estructural o institucional, también ingresó en dos senderos muy distintos entre sí y hasta opuestos, si quieres verlo así. Una parte tomó su Biblia y decidió que debía obedecer lo que dictaran sus autoridades, partiendo de la base bíblica de que ellas estaban permitidas por Dios y, la otra parte, decidió pelearse con los demonios de la masonería, el ocultismo, el esoterismo o los modernos sanedrines prestos a crear un Nuevo Orden Mundial que dejara en evidencia que la Bestia de Apocalipsis estaba empezando a mostrar sus garras. Covid sí, Covid no, vacunas o anti-vacunas. Todo muy previsible para estos tiempos ajedrecistas. Coincidiendo, sin embargo, en algo muy llamativo y también singular: divisionismo a ultranza. ¿Acaso otro divide y reinarás?
De todos modos, no es mi intención recalar en cuestiones políticas o ideológicas en este trabajo. Demasiadas letras se han escrito y voces han hablado respecto a esto, como para que todavía quede gente dispuesta a creerse algo. Con toda la literatura denominada “política” que detalla y desgrana bondades y maravillas de las dos vertientes ideológicas más grandes y sus apéndices cercanos, se podría encender una enorme hoguera y estoy seguro que nadie se perdería demasiado con lo que allí se convirtiera en cenizas.
Hoy pienso fielmente que cada uno hace funcionar su cerebro y actúa en consecuencia. O sea que no se necesitan “profesionales porristas” disfrazados con ropaje de periodismo “especializado” para avivar intereses o decisiones. Todo eso, claro está, en los vericuetos insospechados del llamado mundo secular, incrédulo pagano, impío y pecador. Pero resulta ser que la iglesia no escapa a las generales de esa ley. Cuando el lobo hace huir al pastor, las ovejas quedan indefensas. Y a pesar que tu Biblia y la mía dicen que cuando sucede eso el propio Dios viene a hacerse cargo del rebaño, ese rebaño mayoritariamente prefiere o elige recurrir a las ciencias alternativas y dejar a un lado a ese Dios invisible.
Y en este caso puntual del virus que desencadenó esta increíble pero muy recordada pandemia, parecería haberse caído en esa vía, la de la duda, la de la intriga, la de la confusión y, esencialmente, la del temor, un término que dicho así parecería sonar muy bíblico, académico y hasta inofensivo, pero que sí lo llamamos por su nombre cotidiano libre de eufemismos, Miedo, se torna de otro color y de otro calibre de interpretación o análisis. Para las personas atacadas por el temor, parecería haber sanidad en todas las áreas, pero para los que enferman de miedo, sólo los barrotes de una clínica para enfermos mentales.
Han dicho personas estimadas como eminencias intelectuales y científicas, que el miedo es uno de esos estados emocionales que hace que el mundo se detenga, que todo el resto del entorno entre en un compás de espera hasta que ese supuesto peligro o peligro real, sea resuelto de alguna manera. Sucede que los seres humanos en su conjunto, sin separaciones trascendentes, vivimos en un permanente estado emocional. De hecho, que nos costaría enormemente imaginarnos cómo sería nuestra vida sin alegrías, tristezas, enojos o miedos.
Las emociones constituyen una parte crítica de nuestra experiencia que adhieren color a nuestros estados mentales e influyen en nuestras conductas. También son claves para nuestra memoria, para tomar decisiones, para ayudarnos a evitar el dolor y a buscar el placer. En todo aquello que nos resulta importante están involucradas las emociones. Los antiguos griegos las llamaban «pasiones» y son las que casi nos emparentan con los animales. Nos atan a nuestro pasado (Tenemos hambre, miedo, instintos sexuales) pero, al mismo tiempo, nos hacen únicos dentro del diseño divino. ¿La diferencia? Simple. “Animales”, seres funcionando por su “ánima”, o sea Alma. El hombre tiene un espíritu y esto lo hace distinto, lo crea ese mismo hombre, o no. No le hace. ES.
Entonces, cuando suceden cosas que no podemos controlar ni dominar, como es una pandemia de un virus del que todavía hoy, a tanto tiempo transcurrido, casi nadie ha sabido gran cosa, aparece en primer término la inseguridad, esta da paso al miedo y la suma de ambas, suele concluir en agresividad. Cualquier psicopedagogo suscribirá esto que digo. Y eso nos lleva a preguntarnos qué cosa es el miedo desde el punto de vista de la ciencia o la cultura. El miedo es un estado emocional negativo generado por el peligro o la agresión próxima. Cualquier otro estado emocional puede ser pospuesto; el miedo, no. Uno tiene que responder al miedo de manera inmediata; por lo tanto, siempre se halla privilegiado en relación a otras emociones.
Entonces, ¿Cómo podríamos caracterizar la secuencia de eventos que nos suceden cuando sentimos miedo? ¿Qué es lo primero que nos sucede? Sin dudas, los cambios en nuestro cuerpo como el aumento de la frecuencia cardíaca y la sensación de terror y pánico. Estos dos procesos son diferenciables: el primero podemos medirlo de manera objetiva; el segundo, a través de un auto-reporte que nos brinda la misma persona que lo experimenta, es decir, del procesamiento de la emoción. Ante un estímulo amenazante, se activa una central de alarma en nuestro cerebro y se inicia una respuesta que involucra a nuestro organismo para la huida o la defensa.
Los humanos además contamos con un sistema más elaborado para protegernos, que es la ansiedad. El miedo (detectar y responder al peligro) es común entre las especies. Sin embargo, la ansiedad (técnicamente se llama así a un estado emocional negativo en el que la amenaza no está presente, pero es anticipada) depende de ciertas habilidades que solamente han sido desarrolladas en el ser humano. Y aquí repito y aclaro: Ser humano, que es la suma de la Creación.
Hombre, no. Hombre es otra cosa. Hombre, es un vaso lleno de Dios. Por eso, fíjate; todo esto es lo que dice la ciencia simplemente porque no puede ver, ni entender, ni creer ni aceptar una influencia espiritual maligna en nuestras vidas. Esta capacidad de proyección sobre el pasado y el futuro les ha otorgado a los seres humanos un instrumento crucial para su supervivencia: resolver antes de que sea tarde, prepararse antes de que el peligro se haga presente.
Pero, ¿qué pasa cuando experimentamos ansiedad frente a eventos que no son peligrosos en sí mismos? La ansiedad genera que, ante riesgos imaginarios, el sistema de alarma igual se dispare. Un ejemplo clásico es el siguiente: supongamos que estamos caminando por la calle y, súbitamente, aparece un ladrón que nos amenaza y nos roba. En esa vivencia sin duda experimentamos cambios corporales concretos como respiración agitada, palpitaciones, sudoración, entre otros síntomas. Esa reacción es el miedo. Un tiempo después, nos encontramos caminando por el mismo lugar y, aunque nadie nos amenaza ni nos roba, nos preocupa encontrarnos con un ladrón. La experiencia de transitar por ese mismo camino nos llena de preocupación.
Ahora bien; podemos suscribir ciegamente a esas teorías que de ninguna manera son para subestimar ni minimizar, o elegir ver de una vez por todas que si creemos en un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo reales, también deberemos creer y aceptar que existe un viejo ángel caído llamado Luzbel, o Lucero, que nosotros conocemos como Satanás, que significa Adversario, y terminar de ver de una vez por todas que cuando el miedo se mete en nuestras vidas, es porque el dueño del imperio de la muerte y el miedo se ha hecho fuerte en nosotros. La elección se define con dos opciones: o le creemos a la ciencia y vivimos vapuleados por esos miedos, recurriendo a la psicología u otras prácticas, o tomamos las armas de nuestra milicia y sacamos a esos demonios con la misma fuerza y poder conque Jesús echó fuera todos los que se le cruzaron en su camino.
Y es en ese marco en donde todo lo que hemos vivido en estos últimos tiempos como pueblo de Dios y cuerpo de Cristo en la tierra, ha evidenciado entrar en una especie de modo-agitado. Lo que para algunos es un reflejo de lo que la pandemia produce en los cerebros humanos, para otros es un simple y transparente juicio divino. De una u otra manera, los que estaban con nosotros, pero no eran de nosotros, están empezando a abandonarnos, mientras que los auténticos y genuinos hijos del Dios Todopoderoso, siguen peleando en Su nombre la buena batalla y buscando la victoria final con toda su voluntad.
La clase religiosa, en tanto, ha comenzado a mostrar sus análisis de la situación y ha dejado entrever sus conclusiones. Algunas de ellas, valdrá la pena reflotarlas porque no están exentas de cierta razón, otras habrá que dejarlas a un lado como mera imagen de una consecuente incredulidad hasta hoy disfrazada de fe inmaculada. Se vino la lluvia, se mojó el cartón pintado y todo se convirtió en una pasta incomprensible. Pero la pregunta quedó flotando para el interés general de los unos y los otros. ¿Por qué deja la iglesia tanta gente en este tiempo? Mejoro la pregunta para sacarla de aquel contexto pandémico, religioso o eclesiástico: ¿Por qué hay gente que abandona el camino divino?
No lo sé, pero en función y razón de la experiencia, habría que asumir que es rara la vez que alguien deja de caminar con el Señor como consecuencia de un solo suceso, onda cataclismo aislado. Más bien, hay un largo período de declinación, una especie de lo que yo llamaría “galanteo asiduo”, que por alguna razón u otra o por algún medio u otro, lleva a alguien eventualmente en esa tremenda separación. La mayoría hemos visto situaciones como las de ese joven brillante y con gran potencial, que ha tenido un encuentro con Jesucristo que le ha cambiado su vida.
Durante meses o años ha vivido casi imparable de la inercia de su experiencia inicial. Luego, inexorablemente, aparecen las inevitables presiones o ese “galanteo asiduo”. Pudiese ser una novia no convertida y demandante, o tal vez la atracción de una carrera universitaria o un logro educativo que no está de acuerdo con el máximo propósito de Dios para su vida. A eso habría que añadirle cierto anhelo de volver a sus viejas amistades y a su vida pasada, que de producirse pudieran separarlo de Dios. No importa lo oculto o lenta que esta atracción sea, el efecto es que se aparta de hacer la voluntad que Dios le ha revelado.
Esta seducción insidiosa y continua es muy común en nuestros días y se siente en todos los aspectos de la vida de fe. Las conductas y comportamientos de gente que hasta cierto momento gozaba de estupenda e intachable imagen, es prueba concreta de ello. La Biblia describe esta presión como “el misterio de la iniquidad”; como algo que no se puede entender pero que se puede describir en su intento de apartar a los creyentes de su ética bíblica y su moralidad básica. Pareciera ser mejor para nuestro crecimiento la persecución abierta que esa marea sutil y continua del humanismo con todas sus “inocentes” e “inofensivas” ofertas que erosionan la vida espiritual, porque al menos así quedan claros los puntos en disputa.
Desde el Renacimiento del Siglo XVIII, el mundo occidental ha sido inundado por confusas filosofías, teorías psicológicas y de comportamiento; investigaciones científicas y pseudo-intelectuales que han multiplicado su ataque contra la autoridad de las Escrituras. Tan alto en su predicamento y su consideración científica, social y pública han llegado estos rudimentos, que mucha iglesia inmadura que todavía nada en un mar de confusiones, ha sido víctima de todo este mover, si es que podemos llamarlo así. La gente, incluidos muchos que se llaman a sí mismos cristianos, siguen creyéndole más a los conductores de la televisión que a los predicadores del evangelio.
El resultado de todo esto ha sido un estado de emergencia en gran parte de esta sociedad individualista, amoral y técnica. Nuestra sociedad, (Y la sigo denominando así por una cuestión de costumbre tradicional, pero está más que claro que con mucha de esa gente no podemos ser socios en nada), es un conglomerado de personas desesperadas y solitarias que luchan como un toro salvaje dentro de una red, que, si tú lo prefieres y para darle mayor esperanza de salida, la denominaremos como social. Mi propósito no es volver a enunciar los problemas, ni repasar lo mal que están las cosas, no es ese el objetivo de este trabajo.
Más bien lo que deseo es detallar con sencillez cuáles son los puntos en tensión y, si lo logro, sugerir algo práctico que nos ayude a mantener el curso. Las viejas y conocidas palabras de Jesús, todavía hoy acarrean problemas para quien las oye. Su declaración de que Él es el Camino, la Verdad y la Vida es totalmente inaceptable para esta generación. Nuestra comunidad, que muy evidentemente prefiere una filosofía pluralista, nos aceptaría mucho más si acordáramos no repetir las legendarias palabras del Señor. Te lo paso en limpio: al mundo no le molesta ni la iglesia ni los cristianos. Al mundo le molesta Jesús el Cristo.
El pluralista que defiende esa tesis que demuestra más de una solución viable para el dilema humano, se ha embarcado en un curso de choque con quienes sostenemos que Jesucristo es la única y final solución que Dios ha provisto. Por supuesto, tenemos que evitar la sobre-simplificación ingenua; porque la iglesia se enfrenta a una serie de problemas que son complejos e intrincados. Sin embargo, con cada problema hay una provisión dada por Dios para que lo acompañe. Desafortunadamente, en su búsqueda de la libertad, el progreso y la dignidad del hombre apartado de Dios, nuestra sociedad se ha desprendido de su fundamento. Los valores básicos y la moralidad esencial para preservar nuestra civilización están siendo erosionados.
Los puntos en tensión son determinantes. La sobrevivencia de nuestra civilización occidental y nuestra forma de vida es lo que está en juego. Tenemos que enfrentar la posibilidad de un genocidio espiritual; es decir, el creciente deseo en nuestra sociedad de deshacerse de personas como nosotros, porque insistimos que la palabra de Dios, el Hijo de Dios y el plan de Dios son las respuestas que ellos buscan. Lo cierto es que a muy pocos les gusta oír hablar de moralidad básica. Nuestra sociedad nos ha lavado tanto el cerebro, que también los cristianos tradicionales tienen la tendencia de poner un oído sordo a este tema. Sin embargo, no hay nada mejor para nosotros ahora que ser instruidos en lo que es bueno y lo que es malo.
Debemos considerar cuidadosamente lo que es moral, inmoral y amoral. ¿Quién tiene la autoridad para definir lo que es malo? ¿Permitiremos que otros nos impongan sus normas de conducta? ¿De qué manera afecta la moralidad a mi individualidad y libertades personales? La mayoría de nuestras respuestas a estas preguntas pudieran parecernos correctas al principio, pero no hemos tomado en cuenta la gran influencia corrosiva que las redes sociales, la televisión y los otros medios de comunicación ejercen sobre el mundo y la iglesia como conjunto humano, por fuera y por encima de su rol institucional.
Es indudable que todo el conjunto de redes sociales en las que en mayor o menor medida participamos, regulan nuestro pensamiento consciente e influyen, mucho más de lo que pensamos, en nuestras conductas. Cuando hablamos de personajes como John Dewey o Sigmund Freud, por ejemplo, que han producido tal vez sin proponérselo, un grave daño a ciertos principios éticos de la moralidad humana, tenemos que incluir también a los productos de las redes o la televisión con su influencia sobre millones.
Un día Pablo le escribió unas palabras a una iglesia que había sido influenciada e infectada por las filosofías mundanas. De hecho, él no lo hizo con capítulos ni versículos, esos fuimos nosotros, con nuestra ya floreciente manera de manifestar algo que decimos que es fe, cuando apenas supera la materia Religión 1. Él les dijo simplemente que no se dejaran llevar por los que dicen esa clase de cosas, porque si lo hacían iban a terminar llevando una vida similar a la de ellos. ¡Muy claro! ¿No crees? Claro, no suena igual que leerlo en tu Reina Valera cuando dice: No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.
Luego Pablo les recomienda los Corintios que velen y no pequen más, que es como decir que se despierten de una vez por todas, que tengan conciencia de lo que están haciendo y no vuelvan a caer en esos deslices que ya no son tan ingenuos como ellos pretenden mostrarlos. No debemos suponer que, porque amamos al Señor, oramos y confiamos en Cristo, no hayamos sido influenciados por nuestra sociedad y por teólogos, pastores y maestros tendenciosos que viven enseñando lo que está de moda, aunque no coincida con lo expresado claramente por la Palabra.
Sus innovaciones anti bíblicas tienen inevitablemente una influencia negativa en la iglesia como conjunto humano, porque tú y yo sabemos que mayoritariamente, la gente tiene alta tendencia a creer lo que quiere y no necesariamente a lo que es. Cuando ya todos hacen lo incorrecto y esto pasa en algún momento a ser habitual y cotidiano, allí ya es muy fácil descuidarnos y hasta transigir con la verdad. El estándar de la Palabra de Dios es como una cadena segura que nos ancla y no puede ser quebrada. Jesús lo dijo casi con las mismas palabras, según lo muestra Juan. Jesús vio la Palabra de Dios como un estándar permanente y una influencia restringente para la humanidad.
Las ramificaciones de esta verdad debieran tener un gran impacto sobre nosotros. Porque si es real que las Escrituras no pueden ser quebrantadas y nosotros lo hacemos, ¿Cuáles serán las consecuencias en nuestras vidas por causa de eso? Si las Escrituras no se pueden quebrantar, entonces ellas nos quebrantarán a nosotros, eventualmente. La ley de gravedad puede ser desafiada, reemplazada o interrumpida, pero no quebrantada. Con el tiempo, la ley de gravedad reclamará su propio derecho igual que la ley de Dios. La sociedad o el individuo pueden burlarse, rechazar o negar las Escrituras, pero la palabra de Dios no puede ser quebrantada. Es como si un hombre salta del piso número setenta y cinco de un edificio gritando: “Soy libre, soy libre”, con el tiempo tendrá que enfrentarse a la ley de la gravedad y se terminará haciendo picadillo contra el suelo. O sea que al igual que la sociedad, tendrá que considerar la ley de Dios, más allá que la crea o no, le agrade o no o la considere lógica o no.
Todas las civilizaciones pasadas, presentes y futuras, tendrán que enfrentarse con la naturaleza eterna de Dios, con su Palabra y con su propósito inexorable. Los hombres pasan por sus revoluciones sexuales, morales y éticas gritando, “¡Soy libre!”, pero como el hombre que se atrevió a desafiar la ley de la gravedad, tendrá que habérselas con la Palabra eterna de Dios. Su Palabra no puede ser quebrantada. En el final esta nos quebrantará a nosotros. Su Palabra es como una cadena.
Las Escrituras usan muchas metáforas semejantes, como el yugo, que contrasta con las así llamadas libertades anheladas y perseguidas tan asiduamente en nuestros tan particulares días. Pablo, cuando les escribe a los romanos, les deja bien claro que no existe tal cosa como una libertad personal total. Somos, dice el apóstol, esclavos del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia. ¡De cualquier manera seguimos esclavos! La diferencia está en si obligados o voluntarios. Es decir: por la Ley o por la Gracia.
La verdadera libertad es el don del Creador. Jesús vino para hacernos libres. La humanidad sólo tiene dos opciones: esclavitud del pecado o esclavitud de la obediencia. El mundo y muchos en el pueblo de Dios están empecinados en “sentir” sus vidas, sin entender el lugar ni el propósito de la palabra de Dios. Muchos piensan que todo credo que establece normas o que saca a las personas de su individualismo tiene que ser desechado como legalista. Pero sin la palabra de Dios y sus claros requisitos y prescripciones, todos nos estaríamos ahogando en un mar de subjetividades en el que las únicas guías serían “yo siento” o “yo pienso”.
El individualismo es la anarquía con un vestido psicológico moderno. La individualidad es bíblica y debe ser cuidadosamente preservada. Pero el individualismo es otra cosa y destruye a la verdadera libertad y felicidad. Este “ismo” es la raíz y causa de la disolución de agrupaciones esenciales que se basan en la lealtad y la mutualidad, como lo es por ejemplo la familia. El individualismo se encuentra con mayor facilidad en una sociedad opulenta. La descripción de “independientemente rico” es una alusión reveladora de la asociación del individualismo con la riqueza.
Pablo en su primer legado a los Corintios, presenta un mensaje profundo del lugar adecuado de la individualidad en la iglesia. Dios trata con individuos. Él ama a cada uno personalmente y no nos absorbe en el colectivismo. Hay un cuerpo y una familia a la que tenemos que pertenecer, y si nos relacionamos debidamente, podremos distinguir entre el individualismo y la individualidad. De hecho, cuando digo familia y pertenencia, me estoy refiriendo a la iglesia de Dios en su conjunto y no a un grupo que se rotule a sí mismo como tal, porque no siempre necesariamente lo es, todos lo sabemos, aunque nos hagamos los distraídos y miremos para otro lado.
El Reino de Dios está construido o edificado utilizando materiales muy singulares como la Justicia, la Paz y el Gozo. Estos son probablemente los artículos más escasos en el mundo de hoy. Dios los ha prometido a la humanidad con el entendimiento que detrás del concepto del Reino de Dios están los principios de vida y de conducta que conducen a la libertad y a la felicidad. La verdadera libertad radica en tener la madurez y la perspicacia que nos prohíbe sin que nadie tenga que exhortarnos, hacer cualquier otra cosa que no sea la voluntad de Dios, tal como alguna vez lo habremos leído en nuestras Biblias, en una de las cartas de Juan y en la de Pablo a los romanos.
En contraste, hoy mismo y pese a todo el avance que nos quieren pasar por el rostro, vemos que nuestra sociedad que no tiene de ninguna manera una verdadera libertad, sino un notorio y más que evidente aumento de angustia mental, ansiedad y depresión, todo en proporciones también pandémicas. La razón es que se han ignorado, rechazado y suplantado los mandamientos de Dios. Y ni se te ocurra suponer que esto es legalismo. Esto es VIDA. Abundante y fructífera aquí y ahora, y Eterna con todo lo que sabemos y no sabemos que hay preparado para ese tiempo.
Él ha enviado pacientemente a sus mensajeros esperando que respondamos positivamente. Nos ha dado repetidas oportunidades para que nos arrepintamos y podamos ser rescatados de las consecuencias inevitables de nuestra conducta. Pero nuestra sociedad continúa en su rebelión. La pregunta que todos deben hacerse es si Dios requiere que obedezcamos o no. Si la respuesta es afirmativa, entonces la insistencia individualista de reclamar “su libertad” y su resistencia a la “esclavitud” que esa obediencia demanda, tienen que desaparecer. Sucederá si logra ver que la verdadera felicidad, la prosperidad y el éxito, están inextricablemente relacionados con la obediencia a la voluntad de Dios.
Tenemos que decidir este asunto tan esencial: la verdadera libertad viene con la obediencia a la ley de Dios y que esta afecta directamente el gozo y el fruto de nuestra vida de fe. También afecta nuestra conducta ética y moral. Esto debería ser presentado ante un sitio que se encargue de pesar y medir lo correcto y emitir su fallo. Suponte que sales de pesca y de pronto “sientes”, (Una terminología que tanta gente utiliza hoy), que atrapaste un enorme pez de por lo menos medio metro de largo, con un peso seguro de quince kilos, según tus cálculos.
Sin embargo, eso que tan nítidamente “sientes”, se enfrenta de pronto con los funcionarios encargados de pesar y medir tu pieza para pagarte lo correcto o premiarte si se trata de un torneo. Y resulta ser que esos funcionarios que a tu juicio parecerían ser demasiado legalistas, ya que ellos ni se conmueven ni se dejan influenciar por lo que tú sientes, determinan que tu pez sólo mide veinticinco centímetros y no llega a pesar dos kilos. ¿En base a qué datos supones te pagarán o premiarán lo que hayas pescado?
Es verdad que parecía mucho más grande y se sentía mucho más pesado. Es más, tú querías que fuese mucho más grande y más pesado, pero la realidad de lo que acaba de determinar esta gente te produce decepción primero, y un principio de depresión posteriormente. Sin embargo, es precisamente a partir de allí que tengo una buena noticia para ti. Porque después de la depresión, vendrá una decisión tuya de aceptar la realidad. Y cuando lo hagas, aparecerá la justicia, la paz y el gozo. ¿Sabes por qué? Porque Dios habita en la verdad. El pecado siempre es una mentira mezclada con depravación humana.
La tensión emocional, la ansiedad y la culpa son una plaga, para los salvos y para los que no lo son, porque hemos cuestionado la palabra de Dios. Como la serpiente en la tentación de Eva, hemos preguntado: ¿Conque Dios ha dicho? Para luego negar las consecuencias de nuestra desobediencia con un ¡No moriré! Ninguno de los siguientes criterios que se usan para juzgar pasará la prueba: Racionalidad: No veo ningún daño en ella. Emoción: Siento que es lo que debemos hacer. Estadísticas: Todos lo hacen. Egoísmo: Lo haré si yo quiero. Intuición: Presiento que está bien. Conciencia: Mi conciencia no me molesta. Inocencia: No sabía que era malo. Consecuencia: No le hace daño a nadie, sólo a mí. Motivación: Dios conoce mi corazón.
Sin embargo, lo malo no es malo porque nos entristezca, nos impida realizar nuestra voluntad, o nos niegue un placer personal. ¡Lo malo es malo porque Dios dice que es malo! Eso es, precisamente, lo que hace brillar con tanta claridad el mensaje de Jesús en este asunto de la ética; sabemos la verdad de Dios y su palabra y hemos alcanzado esa posición moral y ética: lo malo es malo porque Dios dice que es malo. Consecuentemente, no tenemos por qué engañarnos con la ética de la situación, ahogarnos en un mar de irrealidad subjetiva, o continuar en nuestra terquedad, preguntándonos por qué no estamos experimentando la justicia, el gozo y la paz.
En años recientes, hemos visto la intrusión en el cristianismo de un “creyenterismo fácil”, o lo que otros llamaron “El evangelio azucarado”. O “Diet”, o “light”. Uno de sus peligros es que hacía que las personas perdieran su motivación de llegar a ser maduras y santas. “Dios sabe que somos pecadores y Dios nos ama como somos”, aunque esa no es toda la verdad sino se le suma que Él no quiere dejarnos así. “Todo lo que tenemos que hacer es creer e instantáneamente lo tenemos todo.” Pero los frutos de este evangelio azucarado (Nuestra falta de influencia y pérdida de credibilidad como creyentes, y nuestra incapacidad de distinguir entre los “salvos” y los “no salvos”) debiera de hacernos buscar una comprensión clara de la palabra de Dios y de su estándar para una sociedad que se está destruyendo a sí misma mientras nosotros ingenuamente la observamos citándole versículos de la Biblia.
Tú, creyente fiel y sincero como eres, ¿Verdaderamente te sientes orgulloso de esas personas vestidas a la moda del siglo pasado, con rostros serios y mustios, portando una Biblia cada uno, que una mañana de día domingo tocan a la puerta de una casa para decirle a quien los atienda, (Suponiéndose que lo hagan), que si deciden asistir a la congregación que representan, cuyo nombre está escrito al pie del folleto que entregan, todos sus problemas se habrán terminado y accederán a una felicidad sin límites? Yo no. Y no por malo o descomedido, sino porque no me gustan los sobre énfasis en las imágenes, cualquiera estas sean. Siempre elegí y sigo eligiendo lo que no se ve, por sobre lo que se muestra.
Porque una de las premisas del verdadero evangelio es que Dios quiere un pueblo distinguible ética y moralmente, no física o exteriormente. Un pueblo que sepa y pueda vivir como Dios dijo que debíamos vivir sin que eso le cueste esfuerzo ni sacrificio. Si tú estás ayunando y te ves pálido y demacrado, y estás contándole a todo el que te escuche que estás así por causa de estar ayunando por tal o cual problema, tu imagen pública será mucho menor a la de si logras solución para ese tal o cual problema a partir de un ayuno de cinco días del cual nadie se percibió. Eso traerá vidas auténticas y genuinas, porque ese es el único testimonio válido. Como en la mayoría de las cosas en nuestras vidas, tenemos que buscar el equilibrio elusivo entre los extremos. Por una parte está el “creyenterismo” fácil con su estándar demasiado bajo. Demanda tan poco que la persona que está no ve la necesidad de comprometerse con ello.
“Si se puede ser un cristiano y continuar haciendo lo mismo de siempre, ¿Para qué molestarse?” Por otra parte, los zelotes religiosos por lo general establecen estándares de conducta demasiado elevados. Las demandas humanas y el idealismo religioso siempre conducen al fariseísmo y finalmente a la desesperación. Nadie puede vivir continuamente con gozo en una situación rodeada de demandas “religiosas”. Sí tú eres invitado o invitada a una fiesta y no la puedes disfrutar por causa de pasarte todo el tiempo vigilando si no te está observando alguien de la iglesia o el pastor o algún otro líder influyente, tú no eres real, tú eres una simulación hipócrita. Si vas a esa fiesta y la disfrutas porque no haces nada que nadie pueda juzgar como malo, entonces sí eres quien dices ser. Porque Dios tiene su estándar, su control de peso y medida personificada en su Hijo. El estándar es la obediencia absoluta y la perfección espiritual y, aunque es imposible que el mortal lo alcance, Jesucristo lo ha logrado para nosotros.
Él nos imparte ahora esa suministración del Espíritu de Jesucristo, la seguridad de nuestra justicia en Él y la energía moral necesaria para no caer en la desesperación. Así, Dios en su infinita sabiduría, provee el estándar perfecto (Siendo conformados a la imagen de su Hijo), y los medios necesarios para alcanzar sus requisitos. Cuando Jesucristo dijo claramente que si lo amábamos guardaríamos sus mandamientos, estaba expresando la motivación del Nuevo Testamento que nos llama a nuestra moralidad personal y progreso espiritual, dentro del contexto de la obediencia por amor.
En suma: yo no tengo que ser obediente a sus mandamientos, (Que no son aquellos diez antiguos de Moises, sino muchos otros que figuran en todo el contexto del Nuevo Testamento), por temor al castigo o para que mi Señor no se enoje. Yo tengo que ser obediente a sus mandamientos porque eso es lo que mejor encaja con mi verdadero estilo de vida. Porque no fueron pensados ni creados para que yo me sacrifique, sino para que yo me goce viviéndolos y haciéndolos una realidad cotidiana en mi vida. Aunque eso despierte la burla, el enojo y hasta la agresión de todo el contexto del mundo secular. Es el precio y se paga.
Nuestro nivel de aspiración está delineado por la medida de comprensión de lo que está en juego y por nuestra determinación de alcanzar esa aspiración. El saber y el hacer la voluntad de Dios dependen de nosotros. La obediencia comienza con la decisión interna de actuar y de conducirnos de cierta manera. El deseo de obedecer es un fruto de la regeneración, pero también es una evidencia de que Dios está obrando en nosotros para querer y hacer su beneplácito. Las escrituras deben ser siempre nuestro estándar de vida, de amor y de conducta personal, no sólo cuando “sentimos” el Espíritu, sino siempre, pues su significado claro nunca deja de requerir nuestra obediencia. Muy rara vez nuestra sociedad usa la palabra de Dios para resolver algún asunto. Para algunos tiene sólo una autoridad limitada, pues la colocan en igualdad con otras fuentes de autoridad, pero para la mayoría, su pronunciamiento significa el fin del asunto.
El cuento aquel que te dice que el mundo secular e incrédulo respeta a todas las religiones por igual, es precisamente eso, un cuento. Y como todo cuento, tiene mucho de infantil. Y como seres maduros que somos, creo que ya hemos superado la edad donde nos dejábamos enamorar por los cuentos infantiles. Porque lo cierto y evidente es que ese mundo no sólo no respeta a ninguna religión, ni convicción, ni fe personal, sino que hace todo lo posible, partiendo desde la presión de grupo hasta concluir hasta en amenazas, injurias o agresiones al tono, para que el ateísmo, el escepticismo, el gnosticismo o simplemente la indiferencia y la incredulidad en todo y en todos sea la marca social más aceptada y de mejor status público. En todo caso, como mínimo resarcimiento te permitirán ejercitar alguna forma de religiosidad visible, siempre y cuando eso no confronte a nadie ni comprometa sus postulados históricos que todavía sobreviven y gozan de buena salud.
Para el Señor, las Escrituras fueron siempre terminantes. Para él, debían ser reconocidas, comprendidas y obedecidas lo sintiera uno o no, y sin importar el costo de la inconveniencia personal. Jesús dijo que él había venido para hacer la voluntad de su Padre y cumplir con la ley y los profetas. Él era la Verdad y sabía que las Escrituras eran el poder de Dios y no podían ser quebrantadas. Para Jesús, la voluntad revelada de Dios estaba en las Escrituras y no en los impulsos subjetivos del hombre: “Yo creo”, “Yo siento”.
Las Escrituras eran siempre su autoridad final y su norma de conducta. Reconoció públicamente su autoridad y nunca la sustituyó. En su vida privada y en su vida pública se entregó al estándar de vida y de conducta de Dios. Me sigo preguntando de qué oficina salió alguna enseñanza contraria a esta postura. Imposible que haya sido de una ocupada por un auténtico hijo de Dios. Quizás fue la ciencia, el humanismo, el intelectualismo o la religión, pero un creyente genuino, de ninguna manera enseñaría algo opuesto.
Aun sabiendo que sería inevitablemente el juez de todos los hombres, Jesús se limitó constantemente para ajustarse en conformidad con la ley de Dios. Cuando tuvo el conflicto mortal con Satanás, las palabras “escrito está” lo decidieron todo y evidentemente para el tentador también. Desafortunadamente, la mayoría no parece resolverlo tan fácilmente. El salmista declara y confiesa que estuvo muy cerca de “deslizarse” cuando observó que los impíos se enriquecían y los mundanos prosperaban.
Se quejó porque sus intentos de caminar en santidad y de seguir la palabra de Dios como su norma de moralidad resultaron en más castigo para él y eso le parecía injusto. La mayoría de nosotros nos hemos visto bajo presiones similares. Igual que Habacuc, yo también me sorprendo, cada día, por la degeneración humana y la conducta bestial que Dios permite con tanta paciencia. Por momentos, observando el andar cotidiano de esta humanidad y siendo testigos de algunos de sus actos, no terminamos de creer que exista tanta influencia satánica en tantas vidas aparentemente santas.
El salmista aquel estaba perturbado por la aparente prosperidad de los malos: Dijo que cuando pensó esto, procesarlo fue un duro trabajo para él. Pero que cuando entró en el santuario del Señor, viendo todas las cosas como Dios las ve, su perspectiva cambió. Entonces, y recién entonces, fue que comprendió el fin de ellos. Ocurre que el énfasis en lo natural e inmediato parece obscurecer la visión de lo eterno. Y mucho más en un mundo como este en el que la inmediatez en todo parece ser un fin que no resiste medios.
Sin embargo, nuestra perspectiva de la eternidad es un contexto necesario para lograr entender los asuntos morales. Tenemos que recordar que Dios ha establecido un día en el cual juzgará a todo el mundo en Justicia por medio de un Hombre a quien ha designado, habiendo presentado pruebas a todos los hombres al resucitarlo de entre los muertos. Y no estoy diciendo que tengamos que recordarlo como metodología sistemática costumbrista, estoy declarando que cuando pronunciamos ese nombre, hay un algo especial que se pone en marcha. Este hombre es Jesucristo, quien personifica esta especie de oficina de control.
La resurrección y el juicio son seguros. Ha sido dicho por el profeta Daniel, que muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua. Pablo declara, sumándose a esa visión, que todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos en el cuerpo, de acuerdo a lo que haya hecho, ya sea bueno o malo.
Este es un universo moral, a pesar de las apariencias presentes que sugieren lo contrario. Si aceptamos y nos regimos por ese especificador de principios que es el Hijo, en vez de ceder a las presiones de nuestra sociedad para transigir con sus principios, sabremos la diferencia entre lo bueno y lo malo y estaremos protegidos para no desviarnos de la voluntad de Dios. Peo que conste: cuando digo lo bueno y lo malo, no necesariamente es lo que al hombre le parece bueno o malo, sino lo que ES bueno o malo.
Con todos estos elementos en nuestro poder, creo que podemos procurar acomodarnos a estos tiempos tan singulares exactamente en el sitio en el que Dios desea que estemos. No se trata de andar por las calles gritando como enajenados que somos cristianos, hijos de Dios o como se te ocurra auto proclamarte, se trata de adoptar un estilo de vida cotidiano y visible que represente en todo o casi todo su rostro, una identidad especial y singular, que es la que indefectiblemente tendrá que tener aquel miembro del cuerpo de Cristo que desee tener victoria sobre las tinieblas.
Porque con pandemia o sin ella, con tsunamis o terremotos, con desastres climáticos cada vez más fuertes, con ciertos virus derrotados o todavía dando pelea, la vida continuará y todos los que todavía la compartimos en esta tierra, deberemos tomar decisiones de fondo y aptas para superarla. Tal como decía la letra de aquel tango mencionado en el inicio, El mundo seguirá andando, pero está en nosotros elegir si lo vamos a acompañar donde se dirija o adoptaremos de una vez y para siempre la misma conducta que adoptó en su momento y tiempo Jesús de Nazareth.