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Bienvenidos a la Gracia

Estos son tiempos de profunda necesidad en los cuales la familia se está desintegrando en medio del relativismo moral y espiritual del mundo postmoderno. Sales esporádicamente por la noche y te conmueves al ver grupos de jóvenes, en la calles de la ciudad, con sus latas de cerveza en la mano, muchos bajo el efecto de las drogas y al verlos puedes comprender aunque sea en alguna medida- el sentir del Señor Jesucristo quien se conmovió frente a las multitudes al verlas desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.

El último siglo que ha vivido la humanidad muestra la contradicción de un progreso extraordinario de la ciencia junto a una tremenda regresión moral y espiritual. Occidente, que alguna vez pretendió identificarse como cristiano, está ahora formalmente renegando de su cristianismo nominal y aliándose al sincretismo, a la mezcla, a una religiosidad sin Cristo, a lo que llaman alternativo.

Este breve panorama que hemos pintado constituye un desafío para nuestros ministerios. Ejercer nuestros ministerios conforme a la voluntad de Dios requiere que creamos y vivamos la gracia de Dios. Necesitamos confrontar todo lo que somos, hacemos, decimos y pensamos a la luz de esa gracia.

Conocer las características de un ministerio ejercido en la gracia nos permitirá analizar nuestro propio ministerio y decidir tomar los pasos necesarios para que seamos expresiones de esa gracia que fluye del corazón de Dios. Veamos cuáles son algunas de esas características:

Un ministerio conforme a la voluntad de Dios requiere procurar comprender, creer, vivir (o sea encarnar) la Gracia de Dios. La Palabra de Dios nos dice en el Evangelio según Juan: 1 14:

(Juan 1: 14) = Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.

(15) Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: este es de quien yo decía: el que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.

(16) Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.

(17) Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

(18) A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Quisiera formular una pregunta ¿es posible conocer, saber cómo es Dios? La respuesta es SI, el versículo 18 que acabamos de leer nos enseña que, aunque a Dios nadie lo ha visto jamás, Cristo le ha dado a conocer y nos ha permitido ver la gloria del unigénito del Padre.

Pensemos: ¿qué nos permitió ver primordialmente?: ¡Que estaba lleno de gracia y de verdad! Quisiera que leamos también los versículos 4 y 6 del capítulo 17 del evangelio de Juan.

(Juan 17: 4) = Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.

(5) Ahora, pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.

(6) He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra.

En Cristo, Dios nos ha sido revelado. Cristo enfatiza, en el pasaje que acabamos de leer, que como parte de esa revelación nos ha dado a conocer el nombre de Dios. La pregunta que surge es: ¿Qué nombre de Dios nos ha sido revelado en Cristo? Ese nombre supremo es Padre, que solo nos podía ser revelado por el Hijo. Cristo para escándalo de los escribas y fariseos se dirige a Dios usando la expresión ABBA, el equivalente a papito.

Aún en Getsemaní, en la hora tremenda que precede a la cruz Jesús se dirige a Dios diciendo… ¡Abba, Padre! Para ti todas las cosas son posibles; aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras. (Marcos 14:36)

Frente a las más dura de las circunstancias y frente a la prueba el Señor no deja de resaltarnos la verdad central: Dios es un papá bueno, el Padre es el Dios de toda gracia. ¿Estás viviendo con esa conciencia de que Dios es un Padre bueno? En Cristo se encarna y se muestra el corazón de Dios: lleno de gracia y de verdad.

La verdad si no va precedida y acompañada de gracia daña y destruye. 2) Necesitamos confrontar todo lo que somos, hacemos, decimos y pensamos a la luz de la gracia. Nuestro ministerio, nuestro servicio debe ser confrontado con el hecho de que Dios es Dios de toda gracia.  Conocemos el término, lo empleamos muchas veces pero: ¿entendemos lo que significa espiritualmente la gracia?

La gracia de Dios es inentendible, es ilógica para el razonamiento y la justicia del hombre.
Se cuenta la historia de una mujer, cuyo hijo había sido sentenciado a muerte en Francia en tiempos del emperador Napoleón.

Esta mujer consiguió que se le concediera una audiencia con el Emperador. Cuando la hubo recibido Napoleón le preguntó a la angustiada mujer: ¿Qué vienes a pedir?, a lo que ella contestó: Majestad, te pido, te suplico misericordia, gracia para mi hijo. El emperador le respondió: Pero tu hijo es un criminal que no merece misericordia.

La mujer entre sollozos dijo Con todo respeto… me parece que no me entiendes majestad… yo no pido justicia, te pido gracia y misericordia. Si la mereciera no sería misericordia. El emperador Napoleón al oír esas palabras resolvió perdonar al condenado.

La gracia es algo que simplemente se recibe y que siempre es inmerecida. Al creer al evangelio del reino de Dios somos introducidos en un reino de gracia. La gracia de Dios es más que un misterio para nuestro razonamiento humano y nuestra justicia: es un verdadero escándalo, que desafía lo que llamamos sentido común.

Recordemos el caso del profeta Oseas, enviado por el Señor a tomar por mujer a una prostituta, la cual daría a luz algunos hijos que serían hijos de otros hombres y no del profeta. Dios explica en su Palabra que pidió tal cosa a Oseas a fin de ilustrar la forma en que el pueblo de Dios había sido infiel al Señor adulterando abiertamente contra Él al adorar a otros dioses.

Uno podría pensar: Claro, Dios indica eso para que una vez que la infidelidad de la mujer de Oseas sea algo evidente y reiterado, ella sufra el castigo divino a causa de su pecado y así sea evidente la justicia de Dios.

Recordemos que esa mujer ha abandonado a su esposo, para irse a vivir de la manera más descarriada. Contra lo que supondríamos, Dios envía a Oseas a que la vaya a buscar para traerla nuevamente consigo y amarla, aunque ella ame el adulterio, porque el Señor aún ama a Israel. (Ver Oseas 3:1).

Miremos por un instante lo que sucedió con Pedro, quien no cesaba de declarar su lealtad y compromiso con el Señor, dispuesto según él- a seguirlo hasta la muerte. Pedro, sin embargo, en la hora decisiva, en el patio de Caifás niega y traiciona a su Señor.

Cuando se encuentra con el Cristo resucitado, Pedro está quebrantado. ¿Cuál es la conclusión del diálogo que mantiene con Jesús? : Es ordenado al ministerio. Humanamente no nos parece justo, pensamos: el servicio es para quienes son leales, en todo caso parece prudente esperar un buen tiempo hasta que quien ha caído dé pruebas concretas de que se ha arrepentido y que no volverá a traicionar.

Pero ese es nuestro razonamiento y otra la gracia de Dios quien es soberano.
La Palabra enseña que nuestra justicia es trapo de inmundicia. Debemos ser muy cuidadosos y examinar nuestros pensamientos, y todo nuestro servicio teniendo en cuenta que el Dios a quien servimos es Dios de toda gracia quien nos ha perdonado en Cristo, sin que lo mereciéramos, con el único requisito del arrepentimiento.

Cristo Jesús eligió sus discípulos guiado por el Espíritu Santo. ¿Pero cómo eran ellos? Por ejemplo, en ciertos aspectos eran ambiciosos, ocupados en cuestiones de política interna. ¿Qué discutían entre ustedes por el camino (les preguntó el Señor Jesús)? Pero ellos callaron, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quien habría de ser el mayor.

A veces nuestra visión idealizada no nos permite verlos procurando desplazarse unos a otros para ocupar los primeros lugares.  El Señor les señaló su falta de fe (Mateo 17:20), cuando ellos preguntaron por qué no habían sido capaces de echar fuera a un espíritu inmundo.

Jesús los instaba a orar mientras ellos se dormían en el huerto de Getsemaní, en la antesala misma del arresto del Señor. Cuando éste explicó que era necesario que padeciese en Jerusalén, que fuera muerto y resucitase, Pedro reprendió a Jesús diciendo Señor ten compasión de ti, en ninguna manera esto te acontezca. (Mateo 16:22).

Mostraron ser poco misericordiosos y aún podríamos calificarlos como vengativos cuando querían ordenar que bajara fuego del cielo para que consumiera a una aldea de samaritanos donde no habían sido recibidos. (Lucas 9:54).

Esos hombres que a diario escuchaban al Maestro, que veían su amoroso proceder, quisieron impedir que los niños se acercaran a Cristo Jesús para recibir su bendición. Finalmente todos huyeron cuando Jesús fue arrestado y Pedro lo negó tres veces. ¿Te imaginas amigo  tener en la iglesia o en el grupo de discipulado, una colección de hombres así? (recuerden que ni hemos mencionado a Judas Iscariote).

¿Qué pensaríamos si tuviéramos doce personas en nuestro grupo con estas características? : lentos para entender lo espiritual, ambiciosos, faltos de fe y oración, vengativos, poco leales etc. 
La realidad es que ese es precisamente el grupo que nosotros constituimos, con los pastores y líderes incluidos. ¡Cuántas veces mostramos nosotros las conductas y los rasgos que acabamos de señalar en los discípulos!

¡Cuánto necesitamos tu gracia Padre! Pablo dice: ¡lo que soy, lo soy por la gracia de Dios! (1ra Corintios 15:10). En esos hombres confió Jesús y perseveró con ellos, pidiendo solo que lo siguieran y al seguirlo fueron transformados llegando a ser el instrumento que Dios usó para conmover a todo un imperio y proclamar a Cristo.

Pienso que nosotros, basados en nuestro concepto de lo justo los hubiésemos descalificados a todos ellos, pero repito nuestra justicia es para Dios un inmundo harapo. Marcas de una vida y un ministerio que expresa la gracia de Dios.

En primer lugar vivir la gracia de Dios produce una santidad atractiva, una santidad de ojos abiertos y brazos extendidos a las necesidades de los demás. Esa clase de santidad se expresa en el rostro de la persona. ¿Cómo nos imaginamos el rostro y la expresión del Señor Jesús? La gente corría hacia Jesús y escapaba de los fariseos. El legalismo religioso siempre tiene el gesto serio y el no a flor de labios: mucha ley y nada de gracia.

Dios no quiere que nosotros confundamos santidad y compromiso con Él con un misticismo que nos aleje de la gente y su necesidad. No es que los fariseos no enseñaran verdades (Jesús dijo lo que ellos enseñan háganlo), sino que lo hacían desde la arrogancia de un legalismo sin misericordia. En cambio Cristo estaba lleno de gracia, para así expresar la plenitud de la verdad y de su plenitud recibimos todos.

Decir la verdad sin gracia es un pecado. Cristo Jesús personificó la gracia. En el incidente de la mujer sorprendida en adulterio, cuando los fariseos intentan apedrearla, el Señor interviene y dice El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Cuando los acusadores se han ido, Cristo, el único sin pecado le extiende su gracia diciendo: Ni yo te condeno sin sacrificar la verdad pues la exhorta diciendo: vete y no peques más. Lleno de gracia: Ni yo te condeno, lleno de verdad: No peques más.

El marco para que la mujer reciba la verdad de Dios y la exhortación a dejar su pecado no podría ser más adecuado: primero ha podido comprobar lo que significa la misericordia del Señor. A esa misericordia le debe ahora su vida.

Expresar la gracia de Dios no debe confundirse con humanismo, tampoco con amabilidad, no es fingir que uno no ve el pecado ni ser cómplice de quien ha caído, tampoco puede ser reducida a la habilidad para decir las cosas.

La expresión de la gracia es una obra sobrenatural del Espíritu Santo que nos posibilita ver y actuar conforme al corazón de Dios. Manifestar la gracia es extender amor y misericordia a quien no lo merece porque si lo mereciera no sería gracia. Gracia es el amor que se inclina hacia la persona amada.

Todos los hijos de Dios somos salvos por gracia y no podemos pagar por la Salvación. ¡Dios no es deudor de nadie! La mayor de las herejías consiste en pensar que podemos pagarle a Dios por nuestra salvación. La salvación no puede pagarse y la experiencia de la gracia nos ayuda a aceptar humildemente que hemos sido perdonados sin merecerlo y que nosotros debemos perdonar como Cristo nos perdonó.

Es completamente cierto que somos salvos para buenas obras pero el día en que nos presentemos delante del trono celestial no será por nuestras buenas obras que obtendremos el acceso al cielo sino por la inefable gracia de Dios mostrada en que Cristo pagó en la cruz por nuestros pecados. Debido a nuestro natural orgullo quisiéramos pagarle a Dios. Aceptar la gracia produce quebrantamiento, humildad y descanso y nos capacita para vivir conforme la voluntad de Dios reflejando su carácter.

Mientras la gracia y la humildad están íntimamente relacionadas, el orgullo y el legalismo van de la mano. La cabeza del cristiano consciente de la gracia no está tan erguida, su actitud no es de suficiencia pues tiene la certeza de que nada espiritualmente valioso posee qué no lo haya recibido por gracia y que es inmenso el amor de Dios manifestado en todo lo que se le ha perdonado.  El legalista es suficiente, cree que se está ganando algo y está orgulloso de ello. Un día advertirá su error. Otra cuestión clave es: ¿Nuestro servicio expresa la gracia de Dios?  Algunos indicadores son:

¿La gente que está con nosotros se siente libre de expresarse, se siente confiada de que se la acepta tal cual es o por el contrario debe mostrar versiones editadas de su vida para sentirse aceptada?

¿Animamos, damos aliento y mostramos la esperanza de victoria en Cristo, a las personas a las cuales servimos?

¿Procuramos el desarrollo espiritual de quienes están bajo nuestra responsabilidad, en un marco de libertad o queremos controlarlo todo?

¿Buscamos que las personas crezcan conforme a lo que Dios quiere que sean y que lleguen a ser mejores que nosotros mismos o procuramos condicionarlos en el marco de lo que nosotros queremos? En el Antiguo Testamento se nos presenta el ejemplo de un ministerio fundado en la gracia.

Jerusalén estaba en ruinas, un grupo liderado por Nehemías había trabajado y reconstruido el muro de contención que los protegía de los enemigos, pero del templo solo estaban los cimientos.
Primero el profeta Hageo insta a ir adelante con la tarea pero sin resultados.

En medio de la desidia y el abandono se levanta la voz de Zacarías y esa voz es una palabra de aliento y esperanza dirigida a Zorobabel el gobernador, quien tenía a su cargo concluir la reconstrucción del templo.

El Señor le habló al profeta diciendo: -Este es el mensaje de Dios para Zorobabel: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, dice el Señor de los Ejércitos. Tendrán
éxito por obra de mi Espíritu, aunque sean pocos y débiles.

Por tanto ninguna montaña, por alta que sea, podrá estorbar a Zorobabel, porque delante de él se allanará. Zorobabel terminará la edificación del Templo con poderosos clamores de acción de gracias por la misericordia de Dios, declarando que todo fue hecho por gracia solamente.

El Señor habla directo a nuestro corazón al decirnos: No con ejército o con fuerza sino con mi Espíritu… aunque sean pocos y débiles. Si confiamos en Él al final podremos gozarnos en su gracia. Dios nos contrasta aquí la fuerza con el obrar del Espíritu (al que asimila con la gracia). Uno puede hacer muchas cosas, creyendo que las hace para Dios, usando las propias fuerzas, produciendo así resultados visibles y rápidos.

La mayoría de los que nos rodean no advertirán la diferencia. Sin embargo lo que se origina en la carne, que se obtiene presionando a otros, desgastándose uno mismo al planificar hasta el mínimo detalle y usando los medios que nos parecen apropiados, está destinado a perecer.

Por el contrario aquello que se origina en el Señor y se lleva a cabo con la confianza puesta en Él, no lastima y hace posible el obrar del Espíritu. Cuando el Espíritu Santo obra nada ni nadie puede detenerlo. ¡No hay montaña que quede en pie!

Procuremos ser prácticos. Algunas de esas maneras o modos en que puedo expresar la gracia de Dios en mi vida son: A Renunciar al egoísmo y compartir. En la iglesia primitiva (Ver Hechos 4:32-35) ninguno tenía por suyo lo que poseía sino que lo compartía con los demás y como consecuencia de esa actitud del corazón, abundante gracia era sobre ellos. El egoísmo que lleva a no compartir impide que fluya la gracia de Dios.

Vivir la verdad de que el dueño de la iglesia es el Señor. Si hay una verdad que no debemos olvidar es que la iglesia no pertenece ni a los líderes ni a los pastores y debemos descansar en el hecho de que el dueño de la iglesia, su cabeza, es Jesucristo.

Vivir esa verdad nos va a sacar mucha de la presión que a veces sentimos y la ansiedad por los resultados. En una oportunidad hace ya más de veinte años estábamos en una ciudad del interior en la Argentina junto a mi esposa, un pastor amigo algo mayor en edad que yo y una hermana de la congregación de la cual yo era el pastor.

La hermana a la que hice referencia comenzó a orar y su oración cada vez se fue cargando más de dolor y angustia al orar por la iglesia local, la iglesia en el país y en el mundo.
Cuando la congoja y el dolor la superaban, mi amigo con mucha gracia interrumpió la oración de la hermana y le dijo suavemente: Te pido que sigas orando pero que no dejes de tener presente en tu oración que el dueño de la iglesia es el Señor, que Él pagó el precio de la redención con su sangre y que Él ha prometido edificarla.

La oración de esa querida hermana y de todos nosotros cambió al orar confrontados con esa verdad. Ya no hubo lugar para la ansiedad sino para la fe y la esperanza. Cuando sacamos la vista de nuestras circunstancias y fracasos y lo miramos a Él, su gracia nos inunda.

Debemos aprender a esperar en el Señor y no pretender controlarlo todo. Debemos dar espacio y libertad. Muchas veces tenemos expectativas muy altas, inalcanzables para todos los demás pero: ¿nos hemos examinado a nosotros mismos a la luz de Dios?

Confiemos en el obrar del Espíritu Santo, hagamos nuestra parte sí, pero sobre todo esperemos en Él dando libertad, no asfixiando, no empujando ni pretendiendo controlar cada detalle: donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.

Muchas veces hemos aplicado este pasaje a lo relacionado con la alabanza y la liturgia pero implica la existencia y manifestación de libertad en toda la vida del Cuerpo. Tratar con gracia a quienes están a nuestro cuidado espiritual significa señalarles metas alcanzables, diferenciando lo importante de lo secundario.

Un ministerio y una vida que expresan la gracia de Dios buscará siempre la guía del Espíritu Santo a fin de que la Palabra escrita de Dios cobre vida, se encarne. Dice la Biblia, en 2 Corintios 3 (5-6) No que estemos capacitados para hacer algo por nosotros mismos.

Al contrario nuestra capacidad proviene de Dios el cual asimismo nos capacitó para ser ministros de un nuevo pacto no de la letra sino del Espíritu porque la letra mata pero el Espíritu da vida.
Esto significa entre otras cosas- no usar la letra de la Palabra de Dios para agredir a otros, para golpear bíblicamente a quienes están bajo nuestra conducción espiritual sino actuar siempre anteponiendo la gracia, considerándose uno mismo delante del Señor. Lo que no significa de ninguna manera abaratar el evangelio sino que nuestra vida y ministerio deben reflejar el carácter de Cristo: lleno de gracia y de verdad.

Se dijo de Jesús, pretendiendo acusarlo: Este a los pecadores recibe. ¡Esta declaración respecto del obrar del Señor debe ser aplicable también a nuestra propia vida y ministerio! Debemos dejar toda actitud farisea y aún frente a las más dolorosas confesiones de pecado, debemos mostrar la puerta abierta adelante: la restauración que Dios posibilita a quien se arrepiente y abandona su pecado.

Porque la gracia significa dejar atrás el pasado y dar nuevas oportunidades.
El legalismo siempre pretende manipular las vidas y limitar el desarrollo espiritual subrayando los errores del pasado.

Cristo lleno de gracia y de verdad, se encuentra con Pedro, quebrantado después de haber negado al Señor y concluye diciéndole apacienta mis ovejas, en lugar de seguir subrayando la traición y la deserción.

El apóstol Pablo conocía bien lo que esto significa, dice Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque teniéndome por fiel me puso en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor, injuriador, pero fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad y la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús. (1 Timoteo 1:12-14).

Hay pecado, hay dolor, hay caídas pero ante el quebrantamiento y el arrepentimiento se manifiesta la superabundante gracia de Dios. Por último, debemos alentar a nuestras esposas, a nuestros hijos naturales y espirituales aquellos que descansan en nuestra conducción espiritual y nuestro consejo.

El Padre celestial nos alienta constantemente, mediante el testimonio interno del Espíritu Santo y por su Palabra, que nos muestra la esperanza puesta delante de nosotros. Debemos alentarnos los hermanos unos a otros, todos necesitamos ser alentados: yo necesito el aliento de mis hermanos.

Algunos dicen: Si le digo lo que hizo bien se va ensanchar su ego, se va a hacer orgulloso. Pero es un razonamiento equivocado.  Alentemos, señalemos no solo lo que debe corregirse sino que elogiemos lo que el hermano está haciendo bien, si se enorgulleciera por eso es un problema del corazón del hermano, un problema entre Dios y él, que el Señor va a tratar.

Recuerdo que en un sitio donde trabajaba secularmente hace muchos años tenía un jefe que siempre me recalcaba no debes estar diciéndoles a tus subordinados muy bien cuando hacen las cosas correctas porque después piden aumento… busca en que se equivocan y eso es lo que tienes que
señalar.

Quería que estuviésemos buscando siempre el error, que lo pusiésemos de manifiesto y siempre enfatizáramos lo incorrecto. Hay hermanos que viven así en la iglesia y en el ministerio: siempre buscando y señalando el error o lo que ellos creen que no es correcto.

Esa actitud es lo contrario de ser una expresión de la gracia. Nuestro buen Padre quiere todo lo contrario: que busquemos lo que es digno de alabanza y en eso pensemos. (Filipenses 4:8). Al relacionarnos con nuestro cónyuge, con nuestros hijos, con los hermanos de la iglesia debemos mirar siempre primero lo que es digno de alabanza, lo que no significa pasar por alto el pecado, sino a que en toda nuestra vida de relación miremos primero lo que es digno de alabanza y así expresaremos la gracia.

Para alentar genuinamente del modo que venimos meditando se necesita fe, amor y sobre todo renunciar a nuestro orgullo. La gracia de Dios solo puede manifestarse en el quebrantado y humilde de corazón, porque Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes (Santiago 4:6 y 1 Pedro 5:5).

El Señor Jesús nos mira ahora y nos dice Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón.
Nos preguntamos ¿Señor que tenemos que aprender para poder expresar tu gracia?
Con su ejemplo, Él nos responde, mostrándonos que Él, el Rey de Gloria, el Señor de Señores, se rodeó de hombres a los que les faltaba fe, que no oraban lo suficiente, que actuaban con torpeza, que se mostraban ambiciosos, tardos para entender algunos principios básicos del reino, pero que a pesar de todo procuraban seguirlo y con esos hombres perseveró hasta el fin, y a esos hombres antes de partir a los cielos les aseguró Las obras que yo hice, ustedes las harán mayores.

Y nos dice Jesús, el lleno de gracia y verdad, a nosotros también: las obras que yo hice ustedes las harán mayores… ¡Señor, gracias, cuanto aliento significan tus palabras! ¡Bendito sea tu Nombre Cristo Jesús lleno de gracia y de verdad! ¡Bendito seas Padre celestial, Dios de toda gracia. Oramos y te pedimos: ¡Señor llénanos con tu gracia y capacítanos para expresarla en el poder del Espíritu Santo!

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enero 1, 2015 Néstor Martínez