Te lo diré tal como si fuera un relato de esos que vemos en los canales documentales de la televisión hispana: “Corría el año 1995. En la República Argentina se vivía un clima denso y difícil. La gente no tenía trabajo y la pobreza daba imágenes hasta no hacía mucho tiempo, imposibles de admitir: gente revolviendo en la basura en busca de comida.
En la Argentina, país históricamente rico en alimento tanto herbívoro como carnívoro, gente muriendo de hambre. ¿Problema económico? ¿Problema político? Problema espiritual. Hoy todavía estamos pagando algunas facturas vencidas respecto a ello.
En ese marco social, la iglesia se encontraba en un período de efervescencia, interna y externa. En lo interno, había profundas divisiones y escisiones en las distintas denominaciones, por causa de ingreso de hombres con mensajes diferentes que movilizaban a la gente a realizar hechos inadmisibles para algunas doctrinas domésticas.
En lo externo, porque un sector del mundo incrédulo pudo ver, en algunos casos muy puntuales y específicos, al auténtico y genuino poder de Dios manifestado. Y eso conmovió, impacto y desestructuró religiones y tradiciones.
Predicadores de todas las latitudes venían a mi país y recalaban en las grandes ciudades, (La que yo habitaba es una de ellas, la segunda o quizás tercera del país en importancia y caudal de habitantes), produciendo en ellas grandes sacudones de despertamiento, (No me atreví nunca a llamarlo avivamiento), y presentándose aquí y allá en congresos, clínicas, seminarios y conferencias de todos los niveles, colores y temáticas. Hubo mucho humo de colores, es cierto, pero también hubo unción, poder genuino y bendición en forma de palabra revelada.
Precisamente en esto último, un hombre trajo por esos años un mensaje de renovación total, de rompimiento de estructuras religiosas y destrucción de fortalezas mentales que verdaderamente produjo un impacto a fondo en aquellos que lo pudieron oír con aceptación, asumiendo que lo que decía era bíblicamente correcto, creyendo que venía de Dios, poniéndolo por obra práctica en sus vidas y, finalmente, empezando a difundirlo casi textualmente, con la certeza total que el derecho de autor, en el ambiente cristiano, es sólo una estratagema del diablo para que lo que realmente viene de Dios, no se pueda difundir con libertad.
Ese hombre, más que predicando al uso evangélico tradicional, hablando con términos desconocidos en la iglesia estructural, logró demostrarme algo que muchas veces les había oído a los pastores de las congregaciones que visitaba y que había dado por bíblico y cierto: que lo último que se convierte en una persona, es el bolsillo o la billetera. Señores, hermanos, no es así y voy a demostrarlo con este trabajo cuyo eje central se lo escuché a él y hoy, un poco en su memoria y otro poco para que se alimente la tuya, quiero reiterar aggiornado al siglo veintiuno.
Porque resulta ser que, al leer las escrituras con el mayor de todos los respetos y reverencia, y pese a ser conscientes de que se trata de un libro que tiene vida propia, no podemos evitar cometer el error más frecuente y tradicional de los intérpretes: ubicarlo mentalmente en un contexto histórico, es decir, en el pasado.
La palabra pacto, indudablemente no es una palabra común ni de uso cotidiano en este siglo veintiuno. Si me permites usar un sinónimo mucho más conocido y utilitario para eso, ese sinónimo sería contrato. O testamento legal. O la voluntad de un hombre escrita y legada como herencia a otro.
Es decir que un contrato, o mejor si quieres un pacto, es algo que una vez firmado, se ejecuta. Y nuestro Señor no sólo tuvo la voluntad de dejarnos una herencia, sino que vive para ejecutarla en nuestras vidas. ¿Y cómo lo hace?
Sentado a la diestra del trono, reinando sobre todos los reyes, sobre todo principado, sobre todo poder, esperando que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies y que nosotros, sus embajadores, colaboradores de Cristo, lleguemos a un entendimiento y conocimiento de un varón perfecto, edificándonos en amor haciendo la obra del ministerio.
Estamos viviendo un tiempo que nos muestra grandes cambios en el mundo o ámbito natural. Vemos que hay una distancia para recorrer, pero tenemos buenas noticias; la distancia no es relativa al tiempo; la distancia que tú tienes que recorrer es relativa a tu obediencia. La distancia que tú vas a recorrer para cumplir la parte que te corresponde, no depende de un reloj; depende de tu propia obediencia. En tus manos está aquello que determina el día de su cumplimiento delante de Dios.
En la carta a los Hebreos, el autor nos habla de un nuevo pacto, de algo que Cristo nos ha dejado. El trasfondo histórico de este libro, nos dice que el escritor, el cual no firma la carta, es contemporáneo en sus días, cuando estaba escribiendo esta carta.
Todavía, todos los ritos y servicios; todas las reuniones según un antiguo pacto, basado en unas leyes dadas por Moisés, se estaban ejecutando en su ciudad. Imagínate a un hombre viviendo en medio de un pueblo judío, donde todavía se están llevando a cabo cultos, servicios y ritos del Antiguo Testamento y donde todos creen y dependen de este funcionamiento, el que nos escribe nos dice que eso ya no funciona, y que hay un nuevo método para acercarnos a Dios.
Me imagino a este individuo, escondido en algún sótano, a la luz de alguna vela, escribiendo esta carta de una manera que solamente aquel que tenga hambre y sed de Dios pueda recibir su revelación. Tú no sabes lo que es un demonio hasta que no te altera la religión.
Recuerda que la carta se escribe más o menos en el año 60 DC, diez años antes que Jerusalén sea atropellada por el rey Tito. Y él está escribiendo, y Cristo ya había venido, había vivido, había muerto y había resucitado; y este hombre presenció este evento histórico.
De manera que está escribiendo una carta para introducir algo nuevo. En medio de un pueblo que no quiere nada nuevo. Acaban de rechazar al Hijo de Dios y él quiere escribir y predicar una nueva forma de acercarse a Dios. Muy parecido a los profetas; siempre están como en contra de la fibra. Todo el libro de Hebreos es una sola carta.
Tú, hoy, eres un resultado de lo que sabías y pensabas ayer, y todo lo que recibas hoy, puede cambiar tu futuro.
(Hebreos 9: 1) = Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal.
(2) Porque el tabernáculo estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición.
(3) Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo, (4) el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto; (5) y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede hablar ahora en detalle.
(6) Y así dispuestas estas cosas, en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto; (7) pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo;
La ley no preveía perdón para ningún pecado, fuera de los pecados de ignorancia. Todo el perdón existía para pecados cometidos en ignorancia. Esto es importante porque hay personas que pecan en ignorancia, porque son ignorantes, de manera que la misericordia te cubre.
Pero hay personas que saben que lo que hacen está mal delante de Dios; pero son ignorantes en cuanto a cómo dejar de actuar así. Esto también es ignorancia. Se sienten mal, pero lo vuelven a hacer. Piden perdón de un modo genuino, con lágrimas y todo, pero luego retornan y caen una vez más. Dios quiere levantar una generación que sepa ministrar a ese tipo de pecado también.
(8) dando el Espíritu santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie.
Noten que es imposible poner en funcionamiento las nuevas leyes de nuestro nuevo contrato, en tanto las leyes del antiguo contrato estén operando en ti. Mientras tu vida esté regida por el testamento, contrato, leyes, principios o ritos ejecutados en el pacto que fue quitado para introducir aquel que fue sellado con la copa del vino de esa cena o mesa que permanentemente se comparte, es imposible disfrutar de los beneficios, bendiciones y riquezas que Dios nos ha dejado como herencia.
La idea, hoy, es mostrarte de qué manera puedes activar ese nuevo pacto, para que cuando tomes la santa cena o mesa del Señor, o como quiera que la denomines, no lo hagas con un lamento, sino con un clamor de victoria, porque hay entendimiento de cómo participar de la herencia que viene conjuntamente con el Nuevo Pacto.
(Verso 9) = Lo cual es símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto, (10) ya que consiste sólo en comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas.
(11) Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, (12) y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.
Noten que él está hablando del Antiguo Pacto y del Nuevo Pacto, y está tratando de predicar a un pueblo que aun observa un método de vida acorde al Antiguo Pacto, cuando ya el Nuevo Pacto está vigente. Él te está predicando de este lado de la resurrección.
Menciona que hay un atrio en el tabernáculo; el atrio era la corte exterior, era donde estaba el sacrificio del cordero. Menciona que cualquiera podía presenciar los ritos que se llevaban a cabo en el atrio; a los gentiles los dividían unas paredes, no podían entrar.
Sin embargo, todo el mundo podía ver lo que pasaba en el atrio. El atrio, en nuestra vida, es simplemente el sacrificio del cordero, donde éste es inmolado para que tú tengas entrada en el Reino de Dios. Pero ahí participa todo el mundo; los gentiles pueden ver, cualquier tribu podía participar en esa corte, no había acepción de personas.
O sea que todo el mundo podía entrar en el atrio y, los que no podían entrar, podían ver lo que sucedía. Ese es el comienzo de tu camino. Ahora, si tú quieres vida en abundancia e ir un poco más allá de la ley; si tú quieres participar de verdad en los bienes venideros, entonces la vida en el atrio no es suficiente para consumar tu soberana vocación.
La segunda parte es el Lugar Santo, y aquí se va reduciendo el camino. Porque aquí solamente la tribu de los levitas podía entrar, once tribus se quedaban afuera. La Biblia dice que “angosto es el camino”, y no está hablando del camino al cielo, sino del camino a la abundancia. Porque todos podemos ir al cielo, pero no todos viven en abundancia. El cielo no es la pregunta; la pregunta es poder reinar en vida, hoy.
Tras eso, había otro velo, donde ya no podía entrar cualquier levita. Los gentiles se quedaron bien atrás, los de salvación se quedaron en el atrio, los que tienen consagración ya quedaron en el Lugar Santo, pero al Lugar Santísimo, sólo entra el Sumo Sacerdote.
Entra al Lugar Santísimo. Aquí, en el Lugar Santísimo, está el arca de Dios. Dentro del arca está el maná, que es recordatorio de la murmuración de los hijos de Dios cuando se cansaron de aquello que Dios les estaba proveyendo a diario.
La vara de Aarón que reverdeció, que era sólo memoria de la rebelión a la autoridad escogida por Dios. Estaban las tablas quebradas, que eran memorial de un pueblo que quebrantaba la ley. Frente a la presencia de Dios, hay tres memorias: Murmuración, Falta de Sumisión y un Pueblo que no obedece a la ley.
Pero, ¡Oh gloria a Dios! Encima de toda esa falsedad y desobediencia, se encontraba la mesa de la misericordia, la mesa del propiciatorio, el arca de Dios cubierta de misericordia, aun en el Antiguo Testamento, Dios es un Dios de gracia, de amor, de paz, de justicia, que quiere bendecir a su pueblo.
Todo esto es un símbolo, porque las ordenanzas y los ritos del Antiguo Pacto –La explicación de la palabra “pacto” apunta a que no debemos dividir nuestra Biblia en dos-, no se está hablando de Éxodo, Deuteronomio o Levítico, sino de contratos de parte de Dios para con el hombre.
Dios, -y lo explicaré de un modo casero y doméstico, que espero no sea tomado por nadie como una irreverencia doctrinal-, jugaba un juego con el hombre hasta que vino Cristo. El Nuevo Testamento es el cumplimiento del Antiguo. La Biblia es una. Cuando Dios vio que en aquel juego el hombre nunca podía ganar, simplemente le cambió las reglas, para que de ese modo el hombre sí tuviera posibilidades de ganar.
Dios mira hacia abajo en el Antiguo Testamento y, todo lo que siente, se podría resumir en una pregunta: ¿Cuál es tu problema? Te liberto, te resucito, te bendigo, te doy milagros, te perdono y hasta te re-perdono, te doy misericordia, te enriquezco, gano las batallas por ti y ¿Sigues con la misma? ¿Cuál es el problema contigo? ¿Qué te ocurre? ¡No te entiendo!
¡Deja ya de suponer que Dios es uno como tú que, en los fines de semana, después de salir de la iglesia se va a aquel bar a tomar unas copas o se enreda en algo peor! Dios creó al hombre, pero Él no es un hombre. ¿Recuerdas la anécdota de Henry Ford? Allí decíamos que Henry Ford creó los automóviles Ford, pero él no era un automóvil Ford, él era un hombre.
Entonces Dios dice: “No sé lo que está pasando; invento este juego para que ellos, y voy a jugar yo. A ver si es verdad que no se puede”. Entonces Él se convierte en hombre, juega el juego y se da cuenta que sólo su perfección cumple su propia ley. Cumple la ley y cambia las reglas, para que el hombre pueda ganar el juego. No vivimos tratando de ser perfeccionados del modo que se vivía antes de la copa del Nuevo Pacto.
Dice que aquel juego no podía perfeccionar la conciencia; ahora bien, aquí llegamos al punto: ¿Qué es la conciencia? Los científicos tratan de ponerle un título que le quepa. Y ahí te dicen que es un proceso de pensamientos a través de los cuales tú puedes juzgar o determina entre el bien y el mal. Ahora voy a dártelo en idioma cristiano: la conciencia es el mecanismo creado por Dios en ti, que te ayuda a discernir y tomar decisiones entre lo que está bien y aquello que está mal.
Pero resulta que la ministración del Antiguo Testamento era externa, pero la conciencia es interna. Yo no puedo decirte a ti: ¡Qué linda conciencia tienes!, Porque no la veo. Yo sí puedo decirte, con la mejor de mis voluntades, qué hacer, qué no hacer, cómo vestir, cómo no vestir y cómo comportarte.
Y con todo mi esfuerzo para que tú te parezcas a mí, cosa que si a alguien va a hacer tremendamente feliz es sólo a mí, no puedo con eso perfeccionar tu conciencia. Es externo. La ministración es externa. Puedo tratar de justificarme ante Dios ayunando, portándome bien, no hablando lo malo, no bebiendo alcohol, pero todo mi esfuerzo, todavía no perfecciona mi propia conciencia.
Tenemos incrustados en nosotros, por la naturaleza adámica, el deseo de agradar a Dios. Y en medio de la gracia tratamos de agradarle, pero mientras lo primero y los antiguos ritos operan en tu vida, anulas las reglas que fueron dadas para ganar el juego y perfeccionar tu conciencia.
Hebreos 10:9, dice: Vengo para hacer la voluntad que está escrita de mí, en el libro: quita lo primero y establece lo último.
Dice que Él, el Su.mo Sacerdote, entró en el Lugar Santísimo, no creado por manos, no con sangre de becerros, sino con su propia sangre. Vale la pena mencionar que el sacerdote tenía que matar un becerro para sus propios pecados y un cordero para la nación.
De todos los animales, el becerro es el que más sangre tiene. La implicación es la siguiente: si tú puedes sacar el poste de luz de tus ojos, puedes ministrar el escarbadientes de tu vecino. Necesitas más sangre para los pecados tuyos que para ministrar la nación.
Los apóstoles no estaban presentes cuando Cristo salió de la tumba y pese a que tenían instrucciones claras de Dios, todavía vagaban en algunas incertidumbres. María parece que era un poco más creyente. Ella sí estaba.
Entonces es cuando Cristo sale de la tumba. Está de pie, afuera, y está camino al Lugar Santísimo; María reconoce a Jesús, se acerca a Él y quiere, -se supone-, abrazarlo o besarlo con alegría. Cristo le dice: ¡¡No me toques!! ¡Aún no he subido al Padre!
En el Antiguo Testamento el sacerdote entraba, se quitaba sus vestimentas de gloria, entraba al Lugar Santísimo y ministraba la sangre por el pecado del pueblo. Cuando Dios confirmaba con su gloria que aquel derramamiento de sangre sólo iba a perdonar pecados por un año; o sea, no los quitaba, sino que es como que los olvidaba por un año; te daba una especie de visa o salvoconducto temporal. Que no fue creada para quitar pecados, sino para tener memoria de que en ti hay pecados que no puedes sacar.
Cuando volvía, se ponía su vestimenta de gloria y salía por la cortina hacia el atrio. A ese evento, en hebreo, se le llama Parussia. Y esto es importante, porque el segundo advenimiento del Señor, en griego, también se llama Parussia.
Nuestro Sumo Sacerdote entró en el Lugar Santísimo, cumpliendo la tipología de aquellos hombres en el Antiguo. Cuando el sacerdote salía, dos millones y medio de judíos lanzaban un clamor de júbilo al cielo, saltaban y brincaban glorificando a Dios y cantando, porque tenían doce meses por delante bajo la misericordia de Dios.
Pero ustedes y yo, hermanos, tenemos una Parussia mayor, y tenemos un júbilo mayor, y tenemos derecho. Allí veremos no a dos millones, sino a billones y billones de creyentes que han de observar cuando se rasguen los cielos, y la Parussia del Señor regrese en gloria expiando pecados por Vida Eterna. Pero muchas personas quieren ministrar su propia vida por medio del Antiguo Testamento y me explico:
(Hebreos 10: 12) = Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, (13) de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; (14) porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.
En el original dice: “Hizo perfectos para siempre a los que están siendo santificados.” Tú jamás podrás ser más perfecto en nada que el día en que naciste de nuevo. Lo que sí está sucediendo hoy en tu vida, es que Dios te la está santificando a cada momento más y más.
Cuando Dios llega a tu vida, es como si arrojara un manto de sangre sobre ella. Ahora, cuando Dios te mira, no ve tu imperfección, no ve tu falta de obediencia, no ve tu murmuración; sólo ve la perfección de Cristo.
Pero debajo de esa perfección, está el Espíritu de Dios trabajando en tu vida; el Espíritu está trabajando debajo de la carne. Y quizás tú mires al hermano y no lo veas muy perfecto. O quizás no te sientas digno y pienses que no vale la pena seguir porque las cosas se han puesto malas; pero Dios te ve perfecto y el Espíritu está trabajando.
Muchos hermanos se sienten espiritualmente morir, dejan caer los brazos y dejan todo, y se descarrían; podemos ver al Espíritu que les está diciendo: “Dame una oportunidad, yo puedo hacer la obra, estoy trabajando contigo, yo soy fiel, yo empecé, yo terminaré, sigue adelante; te estoy santificando.”
Tratamos de corregir nuestra vida, tratamos de discernir entre el bien y el mal. Siempre nos equivocamos y a veces muy feo. Nos dan deseos de colgar los guantes, en términos boxísticos, y decir basta. Pero el Espíritu dice: “No me contristes, no te corresponde hacerlo, ahora el juego lo juego yo. Tú eres perfecto delante de Dios; dame una oportunidad, yo trabajaré contigo.”
Es como si de pronto te miraras al espejo, te vieras feo y, para tratar de mejorarte, te compraras una camisa nueva. Podrás estar muy elegante con una camisa de primea marca flamante, impecable, hermosa y de altísima calidad, pero los hombres inteligentes se bañan primero.
Con esto, lo que intento decir si es que no soy muy elíptico, es que la ministración externa, si bien no tiene nada discutible ni negativo, no puede purificar el proceso que te ayuda a decidir lo que está bien y lo que está mal para ti.
En Génesis, Dios creó al hombre, le dio dominio y le dijo: “Multiplícate”. Adán y Eva, llenad la tierra; seres humanos, tengan dominio, sean mayordomos; sojuzgad la tierra; sean pioneros; guardad el huerto. Cuidad el lugar de mi presencia, de mi encuentro, pero restaurad el resto: sojuzgad, conquistad y haced que el resto del planeta se parezca al huerto. Sé dominador y mayordomo. Los viste de Su gloria.
Pero…Dios le dice: Adán…me viene algo a la memoria. Hay un árbol en el huerto. Es el árbol del conocimiento, de la ciencia del bien y del mal. Adán, te estoy dando dominio sobre todo. Quiero que seas señor del planeta, de los animales, de las aves, del ámbito terrenal. Tienes poder.
Eres dueño e inquilino bajo mi autoridad. Tú señorea la tierra. Haz con ella como he dicho. Sojuzgadla y llenadla de mi gloria. Pero… ¡No me toques el árbol! Tienes dominio sobre todo, menos sobre el árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal.
Adán; te estoy dando dominio; hombre, mujer, quiero que señoreen sobre todo, menos la habilidad de decidir lo que está bien y lo que está mal. Ese es mi señorío. Yo quiero ser señor de tu conciencia. Yo quiero decidir por ti y a través de ti lo que está bien y lo que está mal. Tú señorea la tierra, yo señoreo tu vida. Yo soy Señor de tu conciencia. No me toques mi señorío.
El hombre, cuando cae en desobediencia, lo único que hizo fue quitarle la única área que Dios había dejado para sí; la conciencia del hombre. Desde entonces, los hombres, a lo bueno lo llaman malo; a lo que es fuerza le llaman flojera; esto funciona seas tú salvo o no.
A lo que es gozo, le llaman aburrido. Si el señorío de tu conciencia aún está en tus manos, tú serás un fracaso para Dios. Tienes que entregarle el dominio de las decisiones de tu vida a Dios. Ese es el Nuevo Pacto. Yo juego el juego por ti.
Entonces tú me dirás: “Pero yo puedo tomar mis propias decisiones”. Te equivocaste. O las decide Dios, o eres influenciado por Satanás. Sólo Dios sabe decidir lo que es bien y lo que es mal para el hombre. El trono de Dios es la conciencia del hombre. Deja que Dios pilotee tu vida. Él quiere ser Sumo sacerdote de tu conciencia.
Si tú eres señor de tus propias decisiones, a lo que es religión le vas a llamar Dios. A tu propia prosperidad la vas a llamar restauración. Al liberalismo y al humanismo, los vas a llamar jubileo. Estás equivocado, no sabes discernir.
A la independencia la llamarás autoridad del creyente. A la política religiosa, la llamarás apostolado. El Nuevo Pacto funciona cuando Cristo reina sobre el proceso del pensamiento que discierne lo que está bien y lo que está mal para ti.
Algunos no entienden. Cuando el Señor no es Señor de tu conciencia, a lo que es un ministerio espiritual lo confundes con un excelente programa radial o televisivo profesional. Le llamas éxito a lo que sólo es fama en el mundo. Confundes emoción con lo que es verdadera gloria de Dios, y le llamas adoración a lo que es sólo talento musical. Él es Señor de tu conciencia. Sólo Dios sabe juzgar qué es bueno y qué es malo para ti.
Este es el Nuevo pacto. Tú no necesitas que te prohíban fumar o beber. No necesitas que te recuerden que no debes mentir ni robar. No necesitas que te prohíban drogarte o fornicar. Si estás yendo a un templo, cuando sales de él puedes ir y hacer todas estas cosas tranquilamente. Pero hay un problema: si Cristo es Señor de tu conciencia, será tu conciencia la que no va a dejarte hacer nada de eso.
Si Cristo no se convierte en Señor de tu conciencia, pronto vas a fracasar. Ha de discernir por ti lo que a ti te conviene. Es mucha la gente que está en confusión; ¿Sabes por qué? Porque le dan vueltas a la verdad. No quieren la verdad. Porque la verdad te libera. Solamente tienes que ir a ella una vez y quedas libre.
El Reino opera en obediencia. Pero hemos confundido nuestra obediencia con carácter interno. Con sanidad interna. Tú no puedes hacer eso; eso es obra del Espíritu Santo. LA obediencia que te corresponde a ti, son los frutos.
¿Cuántos han visto que los frutos nacen adentro del tallo? Bien; los frutos siempre son externos y ministran a las naciones. La obediencia de la iglesia es la ministración en la sociedad. Es avanzar el Reino. Y si Dios fuera Señor de todas las conciencias de todos los que están escuchando y hablando en este momento: ¿Qué no podría hacer la iglesia en la sociedad?
Si Cristo estuviera al volante de todos los que se llaman a sí mismos creyentes, ¿Cuánto podríamos tardar en arrasar espiritualmente a Argentina, a todos su territorio incluida mi ciudad de Rosario? Porque mi ciudad, de labios, ya ha sido tomada por líderes evangélicos locales, pero en los hechos, sigue estando en manos de quien te puedes imaginar. Para poder delegar en otros mis decisiones, es indispensable confiar.
(Hebreos 5: 4) = Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón.
(5) así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.
(6) Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.
Comparen el sacerdocio de Melquisedec con el sacerdocio de Aarón. Nos dice: “No te preocupes, Cristo no es tras el orden de Aarón; puedes confiar en Él. Cristo viene de otro orden, el orden de Melquisedec.
Aarón era el sacerdote que ministraba junto a Moisés. Moisés subió al monte a hablar con Dios. Aarón se pone a escuchar las palabras del pueblo. Toma todo el oro de ese pueblo, lo echa en el fuego y produce un becerro. Moisés baja del monte y le dice:
-Aarón, ¿Qué has hecho?
-¿Quién, yo? ¡Fue el pueblo! (Aarón no asume su responsabilidad, le echa las culpas al pueblo).
-¿Cómo que fue el pueblo?
-Bueno…es que ellos querían un dios y me dieron el oro. Entonces yo tomé el oro, lo arrojé al fuego y salió este becerro.
-¿Cómo que salió este becerro? ¿Me quieres decir que salió así, de la nada? ¿Y el molde adonde lo dejaste, Aarón?
-¿El molde? ¿Qué molde?
Aarón era un mentiroso. El autor de la carta a los Hebreos dice: “No te preocupes, puedes dar el timón de tu vida a Cristo; nunca te fallará. Él no es como Aarón. Él es fiel. Puedes confiar en el liderazgo y reinado de Cristo. Él nunca te fallará.”
Un rey sólo sabe reinar. No hay lugar para dos tronos en tu cuerpo. ¿Quieres orar conmigo, ahora, por esa conciencia tuya que todavía se empecina conducirse por las suyas y no quiere depender del señorío de Jesucristo? ¿De verdad quieres hacerlo?
Señor; desde hoy en adelante, todas mis decisiones; desde mi dinero hasta mi matrimonio; desde el ministerio hasta el trabajo, serán tuyas. Tú tomarás las decisiones por mí. Te doy el timón de mi vida; convierto ahora a ti mi conciencia. Te devuelvo el fruto del árbol que me prohibiste comer.