En el capítulo 14 del Libro de Levítico, se enseña que los leprosos permanecían fuera del campamento, y que el sacerdote tenía que ir a aplicarles la sangre del sacrificio, traerlos al campamento, aplicarles la sangre nuevamente, y luego aplicarles el aceite, haciendo “Expiación por él, delante de Jehová”.
Cada cristiano nacido de nuevo ha experimentado lo que podemos denominar como “La Unción del leproso, la cual tiene que ver con la salvación. La lepra, en este caso, es una reconocida tipología del pecado, incurable para el mundo natural y secular, pero total y definitivamente curable para Dios. El pecado es igual; el hombre no puede hacer absolutamente nada para removerlo, sacarlo o curarlo, así como tampoco con ninguno de sus innumerables efectos, pero Cristo sí.
En la limpieza ceremonial del Antiguo Testamento, era aplicada la sangre del animal sacrificado. En el Nuevo Testamento encontramos que la única cura para el pecado, tanto entonces como hoy, es la sangre de Jesucristo. Los sacrificios de animales de Levítico simplemente miraban de antemano al perfecto sacrificio del Cordero de Dios. Así como en Hebreos se dice que el Antiguo Pacto es sombra de la sustancia que habría de venir, el antiguo cordero es la sombra y Jesucristo la sustancia.
En Juan 1:29, Juan el Bautista ve que Jesús se acerca, y declara: …He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo… Para aquellos que lo conocieron, Jesús era el Cordero de Dios. Jesús fue también el único sacrificio que podía expiar los pecados del mundo.
En la limpieza ceremonial de la que habla Levítico, se aplicaba primero la sangre, luego el aceite. La aplicación de la sangre del sacrificio simbolizaba la sangre de Cristo, mientras que la aplicación del aceite representaba el toque y la influencia del Espíritu Santo sobre una vida.
Al igual que la sangre de Jesucristo fluye hacia todos los que invoquen su nombre; la unción del leproso cruza toda barrera nacional e interdenominacional. Cuando alguien experimenta la gracia de Jesucristo, es el Espíritu Santo quien lo convence de pecado y le da seguridad del perdón de Dios.
Así que, al ser salvos, experimentamos la primera unción, – La Unción del leproso -, la cual revela el poder de la sangre a través del aceite y de la unción que es derramada sobre nosotros. Es suficientemente bíblico como para creerlo y ser salvos. Pregunto: Usted, ¿Lo ha creído? Punto número uno: se necesita un sacerdote en este caso, pero la expiación y la unción no provienen de él ni de sus virtudes así las tenga: provienen de Cristo y de su Espíritu Santo.
Como creyente lavado por la preciosa sangre de Cristo, nacido de nuevo y sellado con el Espíritu Santo, usted puede y debe continuar hacia la segunda unción: la unción del sacerdote. Muchísimos creyentes no tienen conocimiento de este nivel de actividad del Espíritu Santo en sus vidas y no tienen idea de como recibirlo.
Si usted es uno de ellos, que no tiene indicación alguna de esta bendición, siga leyendo y va a descubrir algunos pasos que no tienen nada que ver, absolutamente, con alguna especie de “hombres mágicos” u “hombres elegidos”, sino en su relación personal con Cristo y con la unción de poder adicional que Dios le ofrece para potenciarle y capacitarle para el servicio.
Hay que enfatizar en la importancia de este paso, ya que cada miembro del cuerpo de Cristo debe tener un ministerio. Y esta es la unción para ministrar al Señor, incluyendo el ganar almas para Cristo, aunque no todavía para la batalla contra el diablo y contra la enfermedad y la muerte, sino ministrarle a Él como sacerdotes. Pues todos, – dice la Biblia -, somos sacerdotes de Dios, aunque no necesariamente ordenados para situarnos detrás de un púlpito o conducir reuniones evangelísticas o de sanidad, cuestión esta que inventaron los hombres como forma de estructurar lo divino.
Si, pues, somos ministros de Dios, debemos tener el poder del Espíritu para serlo. Y esto significa que debemos ser, – como dice la Biblia -, llenados del Espíritu Santo, lo cual es la unción sacerdotal del Espíritu sobre nosotros. Sin ella, lograremos poco.
También, – y esto es importante -, la unción sacerdotal se hace evidente por la unidad del Cuerpo de Cristo como la vida en el Reino de Dios. Con demasiada frecuencia hemos conocido autodenominados portadores de esta unción que son algo así como lobos solitarios. Creen que sus “llamamientos” y sus “ministerios” son tan extraordinarios que pasan por alto al Cuerpo de Cristo. Realmente pasan por alto a Dios mismo.
Cuando la genuina unción sacerdotal se experimenta, habrá unidad y armonía. El salmo 133 dice: …Mirad cuan bueno y delicioso es habitar los hermanos juntos y en armonía. Es como el buen óleo (Esto es unción), sobre la cabeza (La máxima autoridad) el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón (Que es el liderazgo en general) y baja hasta el borde de las vestiduras. (Esto es: el que se convirtió ayer).
No existe tal cosa como una unción sacerdotal privada; ésta viene en unidad, así como la iglesia funciona como un cuerpo.
El Día de Pentecostés, en el Libro de los Hechos, ciento veinte personas se habían reunido, – unánimes -, en el Aposento Alto, y el Espíritu Santo vino sobre ellos con fuego y poder. Salieron del cuarto y ministraron al Señor, dando testimonio a las multitudes reunidas allí. ¡Tres mil se salvaron! ¡Qué unción! Claramente, Dios estaba presente. ¡No hay hombre alguno, por hábil que sea, que pueda conseguir algo por el estilo!
Esta unción sacerdotal, a diferencia de la primera, no sucede una sola vez como la unción del leproso; según el Antiguo Testamento, los sacerdotes eran ungidos con aceite día tras día. Lo mismo sucede con nosotros bajo el Nuevo Pacto.
Necesita usted una unción diaria. ¿LA forma? ¡Déjesela al Señor! Él puede utilizar a algún siervo, si esa es su voluntad, pero también puede ungirle a usted en la soledad de su cuarto, en su lugar de oración, mientras viaja en un bus o mientras se está duchando; Él es Dios y Soberano. Es decir: hace como quiere.
La unción diaria trae la presencia, la Comunión, la intimidad con el Espíritu Santo. Viene el conocimiento por revelación, pues en la unción del leproso somos presentados a Dios de una manera extraordinaria y hermosa, y vemos nuestra necesidad total de Jesucristo. Pero en realidad no entendemos mucho más.
Es muy triste que los cristianos se queden en el nivel del leproso, por su propia voluntad. No buscan más, simplemente no se rinden. Sus oídos están cerrados a la voz de Dios.
Y la Biblia dice claramente que Jesús dijo: …Mis ovejas oyen mi voz. Si en verdad usted es una de sus ovejas y ha recibido la unción sacerdotal, conocerá su Presencia y oirá la dulce voz de Dios con regularidad. Pero no es una experiencia de un día; debe ser renovada.
A veces, Dios le revelará verdades extraordinarias; otras, simplemente le permitirá sentir cuánto Él le ama. Posiblemente le corrija o le instruya en algún asunto; quizás haga que un pasaje de la escritura en particular salga a la luz mientras usted lee su Palabra.
Aunque rara o ninguna vez oiga usted una voz audible, Él tiene muchas avenidas a través de las cuales hablarle. La comunicación regular de Dios no depende de cuán alto Él grite, sino de cuanta atención usted preste.
Dice Mateo 11:15: …El que tiene oídos para oír, oiga. Debe tomar tiempo cada día para permanecer callado ante el Señor, para que el silbo apacible de su voz pueda ser oído. Al leer la Biblia, tenga comunión con el Espíritu Santo y escuche: va a experimentar un refrigerio diario que le mantiene el corazón encendido de amor hacia Jesucristo. No tenga miedo. Sea comos sea su vieja teología, ¡El Espíritu santo es Dios!
La unción del leproso, o sea la salvación, se experimenta una vez y para siempre y a menos que la rechace voluntariamente y se aleje de ella, no puede perderse. Dios nunca le dejará a menos que usted lo deje a Él. Porque esto requeriría la decisión de que prefiere perderle a salvarle.
La unción sacerdotal, es decir La Presencia, por el contrario, puede perderse, puesto que si el pecado entra en su corazón, ésta se retira, recuerde a los sacerdotes del Antiguo Testamento. Por eso debe ser renovada a diario; ella le traerá a la presencia de Dios. – tan cerca, tan real -, que las lágrimas correrán por sus mejillas.
Una vez que usted haya experimentado la unción del leproso, y avanzado hacia la unción sacerdotal, no se detenga allí. Son importantes y maravillosas, pero hay más.
Nada puede compararse con la unción del rey. No se olvide que también dice la Biblia que somos reyes, conjuntamente a sacerdotes. Esta es la más poderosa de todas. Lleva a la persona a un lugar de autoridad elevada en Dios, dándole dominio sobre los demonios, al poder de echarlos fuera con una sola palabra.
Sólo esto le dará a usted el poder para poner en fuga a los enemigos de Dios como lo hizo el apóstol Pablo. Sé que su teología, o al menos la que ha aprendido, podrá decirle que nada de esto es necesario, que con la simple conversión es suficiente, pero le pregunto: de acuerdo con su experiencia personal de años como creyente y los frutos vistos: ¿Fue suficiente? ¿Usted lo vio con sus ojos?
La unción del rey es la más difícil de recibir. Mientras que la unción del leproso viene al aceptar a Cristo, y la unción sacerdotal al tener comunión con Él, la unción del rey viene al obedecer a Cristo.
Es entonces cuando usted escucha la palabra rema del Señor, hablada sólo para ese momento, que dice: …Así dice el Señor… Usted sabe que existe el Logos, o la palabra escrita, La Biblia, pero esto no le da la unción, aunque el Logos es tremenda, pero tremendamente importante, pues permanece para siempre en los cielos.
El salmista escribió, en el salmo 92:10: …Pero tu aumentarás mis fuerzas como las del búfalo; seré ungido con aceite fresco.
De la misma forma el autor de Eclesiastés, en el capítulo 9 y verso 8, urge a que: …Nunca falte ungüento sobre tu cabeza. Como que Él es la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu nunca ha estado ausente de las poderosas obras de Dios en la historia. Estos dos versículos, por supuesto, señalan la unción del Espíritu Santo; ya que el aceite es una tipología del Espíritu en los escritos bíblicos.
Le va a ayudar a reconocer y entender la unción del Espíritu en nuestros propios tiempos, el mirar a varias de las personalidades del pasado.
David, por ejemplo, tuvo tres unciones. La primera tuvo lugar cuando Samuel, el juez y profeta, fue a ver a Isaí y a sus hijos en Belén. (1 Samuel 16). Recordará usted que Samuel dijo: …Muéstrame tus hijos, Isaí. Después de mirar a siete de ellos, dijo: …El Señor no ha escogido a ninguno de estos; ¿Tienes algún otro? Isaí fue a buscar al menor que estaba cuidando las ovejas. Cuando llegó David, el Señor dijo a Samuel: …Úngelo, pues este es el que escogí.
Aquella fue la primera unción. La segunda vino años más tarde, cuando David fue ungido en Hebrón como rey sobre Judá, (2 Samuel 2:4). Siete años después, fue ungido rey de Israel. (2samuel 5:3).
La primera unción de David, aunque dirigida por Dios, no le dio mayor estatura que la de esclavo del rey Saúl. Sus tareas incluyeron tocar el arpa para alejar el tormento demoníaco de Saúl. La segunda fue seguida de un feo conflicto con la casa de Saúl, después de la muerte del rey.
Sólo después de la tercera David recibió el dominio y la autoridad sobre todo Israel. Entonces dejó su centro de operaciones en Hebrón, tomó el monte Sión, y estableció su Reino sobre toda Sión.
El punto para los creyentes, es este: nunca llegaremos al nivel de dominio y autoridad que Dios quiere para nosotros hasta que recibamos la tercera unción: la unción del Rey.
De la misma forma, los apóstoles recibieron tres unciones. La primera vino cuando Jesús sopló sobre ellos y dijo: …Recibid el Espíritu Santo. (Juan 20:22). LA segunda vino cuando el Espíritu Santo cayó sobre ellos en Pentecostés (Hechos 2) Pero una unción aún mayor vino al aumentar dramáticamente el poder de la iglesia primitiva.
Verá usted, un evento significativo en el capítulo 4 de hechos es a menudo mal interpretado como una simple repetición del día de Pentecostés, pero no es así. Este evento marca un aumento en el milagroso poder del testimonio de los apóstoles de la resurrección de Jesucristo. (Hechos 4:31) que viene después de la decisión de los discípulos de obedecer a Dios y no a los hombres.
…Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la Palabra de Dios.
Los ancianos de Israel habían amenazado a los apóstoles, diciéndoles: Si predican el nombre de Cristo, los echaremos en la cárcel. Los apóstoles se mantuvieron firmes, y Dios mandó una unción más fuerte, que produjo una manifestación sobrenatural del poder para alcanzar el mundo. El lugar tembló, ellos hablaron con denuedo y se añadieron multitudes.
Y luego viene Hechos 5: 12-14, que nos dice que: …Por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo…Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres.
En cuanto a Pedro, la unción era tan fuerte sobre él que la gente se sanaba simplemente cuando él pasaba y su sombra les cubría, tal como lo leemos en el verso 15.
Es notorio que la tercera unción trajo mayor poder a la vida de los apóstoles y la adición de muchas almas para el Reino. Esto es exactamente lo que necesitamos hoy para que este mundo sea salvo.
Muchos quieren el poder de Dios, pero no pueden comprender que éste no vendrá a menos que antes experimenten su Presencia. Y cuando venga la presencia, la primera evidencia será la manifestación del fruto del Espíritu. El fruto se hará evidente en el contacto diario con aquellos que están a su alrededor. Y cuando el fruto esté allí en verdad, el Señor le ungirá a usted con su Espíritu que es poder.
Es así: la presencia de Dios es el vehículo que trae el poder. El poder viene después de la presencia, y no a la inversa. La presencia y el fruto vienen juntos. La unción y el poder también.
Cuando usted recibe la unción del Espíritu, el resultado es el cumplimiento de Hechos 1:8, que dice: …Me seréis testigos… Esto significa que el hablar en lenguas o la manifestación de algunos de los dones del Espíritu, exigen la presencia primero, la cual habrá de darle a usted el fruto, y esto entonces invitará a Dios a morar en usted. Luego viene la unción, lo cual significa poder. Y será usted SU testigo.
Dios ha sido claro con muchos siervos; yo no unjo vasijas que estén vacías de mí, sino las que están llenas de mí. Ser llenos y rebosantes del Espíritu Santo es una experiencia real y no mera emoción y piel de gallina. Entonces el fruto del Espíritu debe fluir de nuestras vidas, tocando a aquellos que están a nuestro alrededor.
Cuando esto ocurre, el Señor nos ungirá según andemos con Él y le obedezcamos, y en aquel momento comienza el poder, el poder para servirle. Entonces podemos valientemente heredar las promesas de Dios para ver los corazones de los incrédulos ablandarse y volverse a Dios y señales y maravillas como las que se recuentan en el Libro de los Hechos.
Cuando Moisés vio la gloria y la presencia de Dios en el monte SINAB, al descender, su rostro resplandecía como la luz. Nadie podía ni siquiera mirarlo. Cuando usted también tenga un encuentro con la presencia del Señor, será obvio.
Puede que hasta se le note en el rostro, y no hay duda que se notará en su conducta. Su rostro anunciará a aquellos a su alrededor: Soy diferente, he estado en la presencia del Dios Todopoderoso.
En lo que antes usted tenía conciencia propia, con poca o ninguna conciencia de dios y manifestándose solamente lo suyo, perderá esa autoconciencia, obtendrá conciencia de Dios y manifestará el fruto de Dios.
Adán nos ofrece una buena ilustración. Cuando perdió la conciencia de Dios y fue desprovisto de la presencia y la gloria que lo había vestido, se llenó de conciencia propia.
Entonces dijo: “Tuve miedo”. En ese momento comenzó a huir de Dios, su Amigo, el Creador del cielo y de la tierra.
El primer resultado de la conciencia propia es el temor, y el primer resultado de la conciencia de Dios, es la valentía. Cuando nos volvemos conscientes de Dios, ya no tenemos más que confiar en nosotros mismos y en nuestra propia fuerza.
Porque la presencia de Dios reside dentro de nosotros, y trae poder y autoridad a nuestras vidas. Ya no tenemos que luchar nuestras batallas en nuestra propia fortaleza, sino que valientemente podemos invocar al Dios Todopoderoso por la autoridad del Espíritu.
Espero que comprenda. La presencia del Espíritu morará en su espíritu, mientas que la unción del Espíritu le saturará. Debe tener ambas para mostrar a Cristo al mundo eficazmente, para ser Su testigo. Se requiere de la presencia para cambiarle a usted, mientras que es necesaria la unción para comunicar la presencia al mundo fuera de usted.
Entonces es cuando usted dice: ¿Qué debo hacer? Hay un solo camino: la oración. Esto significa guerra, guerra a muerte. Es principalmente una guerra contra el yo, el mayor enemigo. Si no puede perder la vista del Yo, no podrá conocer la presencia de Dios.
La carne muere en la oración. Y tendrá que batallar para lograrlo. La mayoría de ustedes encontrarán, como cualquiera que lo intente, que al principio de entrar en la verdadera oración, sólo puede pensar en sus pecados y necesidades apremiantes. Todo lo que puede decir, es: perdóna-ME, ten misericordia de MÍ, ayúda-ME, guía-ME, y así sucesivamente. Todo es MI, MI y MI.
No me malinterprete: debe confesar sus pecados, y buscar guía, pero necesita seguir adelante en su comunicación con el Señor, escuchándolo y hablando acerca de las cosas que están en Su corazón. Necesita amarlo y agradecerle y adorarle. Ese es el fruto de su presencia. Las otras cosas vendrán en SU tiempo, no en el suyo.
Cinco minutos en la presencia de Dios, en comunión con Él, valen por un año en el MÍ, MÍ, MÍ y encontrará que al ganar victoria tras victoria en esta guerra, comenzará a experimentar Su presencia. Su placer será tan grande que con gusto rendirá la carne y el yo para simplemente gozarse en Su presencia.
Dios hablará con usted; usted hablará con Él. Él compartirá tanto con usted y le dirá tanto. Usted se deleitará con éxtasis en Su amor y calor. Su ternura, Su sabiduría. De ahí pasará a la obediencia a Su voz, y esa es la clave de la unción del Espíritu Santo.
Él le confiará cosas pequeñas para probar su fidelidad, como obedecerá. Si usted es fiel en lo poco, Él le pondrá sobre más…y más…y más… Su poder estará sobre usted para cumplir la tarea a la que le ha llamado.
La unción del Espíritu es para cada cristiano y todo el que ha nacido de nuevo ha recibido la unción inicial. Cualquier unción más allá de ésta, estará a la misma altura de su llamamiento como cristiano. Algunos son llamados a un servicio directo al Señor.
Predicadores, evangelistas, evangelistas de sanidad, pastores, maestros. Otros pueden ser escritores, músicos, administradores, ayudadores, líderes de grupo, proveedores de hospitalidad y tareas por el estilo. Otros puede que sean esposos, padres, maestros de escuela, gente de negocios, carpinteros, obreros, y así sucesivamente.
Dado que por llamamiento e intención todos sirven al Señor, – bien en la iglesia o secularmente -, cada uno puede debe recibir la unción para su vocación particular.
Es cierto que debe vivir una vida natural; todos lo hacemos. Jesús, aunque se levantaba muy temprano a la mañana y se iba solo en muchas ocasiones, no estaba sobre sus rodillas veinticuatro horas al día. Ninguno de nosotros puede hacerlo. Hay que trabajar, atender los hijos, la casa y hacer muchas otras cosas.
Pero el caso es que Jesús estaba en continua comunión con Su padre, y nosotros debemos estar en continua comunión con Él, también, por medio del Espíritu Santo.
En cuanto a la Biblia, es una parte esencial del tiempo de oración. Nunca puede comenzar un día sin ir a las Escrituras, aún antes de orar. Es la palabra de Dios, y debe hacer que fluya directamente sobre su alma y usted también debe hacerlo.
Además, cuando ora y siente la presencia de Dios, debe tener la Biblia a su lado. Él le llevará a distintos pasajes y le enseñará. Y cuando tenga dudas acerca de algún pasaje, pregúntele a Él y Él le enseñará. La Biblia dice muy claramente que Él es su Maestro. El único maestro que usted necesita.
(1 Juan 2: 27)= Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él.