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El Máximo Descanso

El paso más importante en la vida cristiana para entrar en la gracia de Dios es encontrar la paz y el descanso que Él nos ha dado. Si no lo conseguimos, tenemos que luchar cada día para vivir justamente en la fuerza nuestra. De ese modo tendremos que resistir las tentaciones del mundo con la fuerza de la voluntad.

Es necesario que entremos en el descanso que Dios nos ha dado, de lo contrario nos encontraremos débiles y con deseos carnales frente a las tentaciones, y llenos de vergüenza ante Dios y eso nos hace reaccionar ofendidos ante las malas acciones de los demás, cuando en realidad lo que tenemos es envidia y estamos enojados porque no podemos hacer lo mismo.

Somos muy rápidos para juzgar fracasos y doctrinas de otros, pero podemos encontrar siempre una razón para justificar los nuestros. Esto nos lleva a una vida cristiana completamente desequilibrada. Empezamos a creer cosas que no son verdaderas, diciendo que es fe, y perdiendo así el concepto de la realidad.

(Mateo 11: 28-30)= Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

Hay un reposo para el pueblo de Dios pero la mayoría de los cristianos, no pueden descansar porque siempre están esforzándose para vivir como deben. Siempre tienen que resistir las tentaciones del mundo con la voluntad. No pueden descansar porque siempre hay tentaciones de la carne y demanda de las leyes religiosas. Han perdido la paz y el descanso porque tratan de vivir esta vida cristiana por su propia fuerza, bajo obligación, sin darse cuenta que esto es un trabajo duro y sin fin.

Creemos que Dios nos ama si pudimos poner a un lado nuestros vicios y pecados en la carne. Creemos que Dios nos ama si servimos en la iglesia y estudiamos su Palabra, y que Dios nos bendice, si oramos y damos ofrendas. ¡Pero eso es esclavitud religiosa! Es cierto que debemos servir a nuestro Dios con todo nuestro ser, pero esto no es la base de su amor para nosotros. Si tenemos que trabajar para que Dios nos acepte, no vivimos por la fe.

(Gálatas 3: 10-11)= Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.

Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: el justo por la fe vivirá;

Hay tiempos cuando debemos trabajar para Dios, pero no debemos tratar de vivir santos y justos por nuestra propia fuerza. Confiamos en que Dios nos libra del poder del pecado y de los deseos carnales por fe. Entonces tenemos libertad para elegir no pecar y vivir libres del pecado porque no queremos pecar.

Dios hace sus milagros de justicia en nuestros corazones de manera progresiva y en base a cuatro obras básicas: 1)= Nos da vida eterna. 2)= Nos perdona. 3)= Nos libra del poder del pecado que mora en nosotros. 4)= Nos libra de nuestros propios deseos y pasiones carnales. Cuando nos sometemos a cada revelación diciendo “Hágase conmigo conforme a tu palabra”, Dios nos contesta desde la Escritura.

(Efesios 2: 8-9)= Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Cuando creemos en el nombre de Cristo Jesús, Dios hace otra obra maravillosa en nosotros. Él nos pone en Cristo Jesús. Nuestra fe nos deja entrar. Por esto decimos que creemos en Cristo Jesús. Con la revelación del Hijo de Dios, vienen otras. Al conocer a Cristo Jesús, de repente, el Espíritu Santo nos hace reconocer que somos pecadores. También nos revela que Cristo Jesús es el Cordero de Dios en el cual por su sangre tenemos redención y perdón de nuestros pecados.

(Colosenses 1: 13-14)= El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

Si queremos vivir santos y justos por la fe tenemos que dejar a Dios librarnos de nuestro propio mal. Hay dos influencias malas que moran en nosotros. Uno es el pecado y otro es nuestra carne; los frutos de los dos se llaman también los pecados.

Aunque somos cristianos y tenemos vida eterna y el poder del pecado es anulado nos falta algo. Hay algo que se levanta dentro de nosotros; que se levanta y demanda su propia vida. Todavía hay pasiones, deseos y vicios. Podemos sentir la atracción del mundo que nos hace perder la comunión con el Espíritu. Estos deseos y afectos vienen de la carne, y guerrean contra el Espíritu para influir en nuestra voluntad y nuestras decisiones.

(Gálatas 5: 17)= Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.

A veces, cuando una persona empieza a andar en la justicia que es por la fe, cae en pecado. Pero si fracasa, no pierde su salvación, pues todavía Dios es su Padre y puede encontrar perdón en Él. Háblele a Dios con sinceridad y dígale la verdad: que todavía tiene deseos carnales y los ama.

(1 Juan 1: 9)= Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Hay una tentación grande después de pecar. Es empezar a resistir los deseos carnales con la fuerza de nuestra voluntad. Satanás nos pone mucha condenación después de pecar en la carne para causar esto. Pero no acepte condenación. Dios no nos regaña ni condena cuando caemos. Al contrario, lo siente porque caímos y tiene mucho gozo cuando volvemos a Él arrepentidos. Si comenzamos a resistir la tentación con nuestra propia fuerza, caemos de la gracia. Y esta caída es peor que la caída en pecado, porque rompe nuestra comunión con Dios.

Muchas veces Dios permite que se revele la perversidad del corazón, y cuando es revelada nos hallamos inundados por deseos que no sabíamos que teníamos. Otras veces Satanás ataca la mente con muchos pensamientos sucios e imaginaciones vívidas y sensuales. Estos deseos e imaginaciones estimulan el cuerpo y exigen que se les de satisfacción. Es entonces cuando debemos ayunar y esperar que la cruz haga su obra. Pero debe rendirse a la cruz; ayunar sin rendirse a la cruz nos trae alivio temporal, pero no ayuda ni soluciona a largo plazo, pues al pasar el tiempo nos hallamos enfrentando esos mismos deseos y pasiones. Sólo un detalle: Nunca piense que esta justicia, que es por fe, nos da el derecho a pecar hasta que la cruz haya matado nuestras pasiones y deseos. Esto parece una verdad de Perogrullo, pero jamás la hubiera escrito si no la hubiese visto manifestada por causa de las falsas enseñanzas o errores de interpretación.

Cuando creemos en Cristo, entramos en la iglesia sabiendo muy poco. Lo único que sabemos es que hemos tenido una experiencia con Dios y que en nuestras vidas están sucediendo grandes cambios. Tenemos deseos sinceros y la voluntad lista para agradecer a Dios. En este tiempo es muy necesario que recibamos el conocimiento de cómo vivir por la justicia de la fe. Si no aprendemos cómo vivir por la fe, no vamos a poder descansar en la presencia de Dios.

Si no recibimos la experiencia de la cruz inmediatamente, trataremos de construir nuestra propia justicia tratando de hacer cosas religiosas para justificarnos delante de Él. Empezamos a cambiar nuestra conducta mediante esfuerzos de nuestra voluntad.

Se nos da un conjunto de leyes religiosas para que guardemos y se nos dice que si guardamos estas reglas, seremos justos y agradeceremos a Dios. Hacemos un compromiso con Dios de vivir como justos y tratamos de cumplir ese compromiso por medio de mucha disciplina. Entonces volvemos a nuestro mundo con la tarea imposible de vivir santamente con nuestra propia fuerza.

Será casi imposible vivir así, porque encontraremos que todavía tenemos todos nuestros deseos y pasiones carnales que demandan ser satisfechos. Lo que nos motiva a vivir como justos es el miedo al fracaso y a la condenación. Y es que, siendo tentados, nuestro deseo para la tentación será tan grande que no queremos resistir y caeremos.

Cuando caemos en pecado, sentimos mucha condenación, y por esta razón, hacemos un nuevo compromiso con Dios. Prometemos que nunca cometeremos este pecado otra vez si Dios nos perdona. Luego venimos a la iglesia, lloramos, aún confesamos nuestro pecado y con lágrimas hacemos otro compromiso de vivir en santidad. Entonces volvemos a nuestro mundo perdonados por Dios, pero dos veces más débiles, y expuestos a fracasar otra vez, porque nada ha cambiado en el corazón. La única cosa que ha cambiado es la medida de nuestra condenación, porque todavía llevamos nuestros deseos y pasiones carnales.

Cuando tratamos de obtener la victoria sobre nuestros deseos carnales por temor a la condenación, es como tratar de extinguir o apagar un incendio con gasolina. Mientras más condenación hay, con mayor fuerza arden los deseos y las pasiones carnales. Y cuando la tentación vuelve, ejerce una fuerza tan grande sobre nosotros que no podemos resistir, y caemos. Ahora la condenación que tenemos es doble, y nos da mucha vergüenza presentarnos ante la iglesia y es precisamente en este momento en que Satanás nos dice que hemos perdido nuestra salvación.

Millones de cristianos han salido de la iglesia y se han apartado de Dios por causa de esto. No saben como salir de esta situación, y bajo mucha condenación dejan a Dios diciendo: “Soy cristiano, pero no puedo vivir la vida cristiana”.

Caemos porque no tratamos contra los deseos de la carne por fe. Tratamos de limpiar lo de afuera del plato y del vaso con mucha disciplina, pero lo de adentro queda sucio. Jesús nos dice: Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de afuera sea limpio. Es decir que, antes de que tratemos de limpiar nuestras vidas con mucha disciplina, debemos permitir que Dios nos limpie en el corazón. Entonces podremos vivir santamente, porque no desearemos las tentaciones. Nadie puede cambiar el corazón por mucho que quiera ni por todo lo que haga. Estos cambios vienen solamente por medio de la obra milagrosa que Dios realiza en el corazón.

Quizás tiene usted problemas con el alcohol, las drogas, la pornografía, la fornicación, la impureza, las pasiones desordenadas o lujuria, y usted es cristiano. Quizás tiene deseos sexuales fuera de su matrimonio, y aunque resiste con toda su fuerza, todavía los desea. ¿Cómo puede escapar? Tal vez no puede controlar el deseo de comer en exceso, o las telenovelas, la música rock, o el deporte, que si bien no es malo, no puede ocupar el primer lugar en nuestras vidas. ¿Qué puede hacer? Puede tratar con toda su fuerza de vivir santo y justo, pero la victoria de esta manera, es imposible.

Oremos cada día: “Dios, Espíritu Santo, pon la muerte de la cruz dentro de mí. Crucifica estos deseos, pasiones y vicios, y líbrame de ellos. Deja la cruz milagrosa trabajar en mí”.

Ahora descanse en Dios y busque el escape que Dios va a proveer. No importa qué es lo que le tiene en esclavitud, algo pasará que le permitirá escapar. Cuando vea la ruta de escape huya y nunca mire atrás. Recuerde a la esposa de Lot. Ella, escapó, pero miró atrás. Su deseo estuvo en Sodoma y Gomorra y por esta razón se perdió.

Quizás usted es un miembro muy fiel en la iglesia, pero tiene egoísmo, soberbia, celos, iras o vanidad. Quizás quiere agradar a Dios, pero tiene envidia y no puede controlar su lengua y habla de los hermanos de la iglesia. ¿Qué puede hacer?

Generalmente, no sabemos que tenemos egoísmo, celos y envidia porque el corazón es muy engañoso, pero todos nosotros poseemos este tipo de sentimientos. Aunque por años, hemos aprendido a esconderlas. Como buenos miembros de la iglesia, tratamos de mostrarnos buenos cristianos con hechos humildes y obras cariñosas, dando y sirviendo. En esto nuestro corazón nos dice: “¡Qué amoroso eres tú!”, pero el corazón es un mentiroso. Dios dice a través de Jeremías 17:9: Engañoso es el corazón más que todas las cosas y perverso. ¿Quién lo conocerá?

Aunque tratemos de esconder nuestro egoísmo, Dios puede verlo. La Biblia nos dice que Dios no nos mira como un hombre, mira el corazón, y conoce nuestras intenciones y pensamientos. Además, el mundo nos ve, y nos llama hipócritas, porque hacemos buenas obras por deber en vez de por querer.

¿Qué podemos hacer? Nadie puede cambiar su corazón por más que se esfuerce. Esto es trabajo de Dios. La cruz en las manos del Espíritu Santo es la única cosa que puede penetrar y revelar el corazón engañoso. Oremos: “Dios, ten misericordia de mí, un pecador e hipócrita. Muéstrame mi corazón. Crucifica mi egoísmo, soberbia, celos, vanidad y envidia. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio. Y renueva un espíritu recto dentro de mí.”

Dios no quiere darnos fuerza de voluntad para resistir el pecado. El quiere que estemos completamente dependientes de Él, que estemos listos para oír y hacer su voluntad. Dios quiere corazones contritos y humillados delante de Él.

Si tenemos voluntades fuertes, no es necesario oír y esperar en el Espíritu Santo. Y podemos hacer la obra de Dios sin hacer su voluntad. También los fariseos tuvieron voluntades fuertes para resistir el pecado y la carne, y Jesús les llamó hipócritas.

Muchos de nosotros hemos sido liberados de vicios por nuestra fe sencilla, cuando dejamos de resistir nuestros vicios y clamamos a Dios que nos de libertad, y Él nos libra. Por esto, pensamos que no necesitamos la cruz. Debemos tener presente que esto es error porque la autoridad del Espíritu Santo para obrar en nosotros es la cruz. En algunos casos, recibimos libertad cuando el poder del pecado es roto cuando somos renacidos, al recibir a Cristo en nuestro corazón. En otros casos, el Espíritu Santo aplica la cruz y mata nuestro deseo aunque no lo conocemos. El Espíritu Santo no necesita doctrina correcta para obrar. Él busca la rendición perfecta en la fe. Esto mueve a Dios.

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enero 1, 2015 Néstor Martínez