Para referirnos a la fe, que a simple vista parecería ser un concepto casi filosófico sin demasiada base estructural firme, lo primero que quiero hacer es saber de lo que vamos a hablar. Y para eso, quiero tomar tres bases de pensamiento: el hombre secular, el hombre religioso y Dios.
¿Pero es que acaso no llegan a las mismas conclusiones? En lo más mínimo. El hombre secular no ignora a la fe, pero la ve según sus perspectivas lógicas. El hombre religioso levanta la apuesta pero quizás no llega al detalle preciso. Es Dios quien –como siempre- tiene la última palabra y es contundente.
La prestigiosa y muy consultada enciclopedia informática Wikipedia, al respecto y como opinión humana, dice: “La fe es, generalmente, la confianza o creencia en algo o alguien. Puede definirse como la aceptación de un enunciado declarado por alguien con determinada autoridad, conocimiento o experiencia.
Las causas por las cuales las personas se convencen de la veracidad de una fe, dependerán de los enunciados filosóficos en los que las personas confían. La palabra fe puede también referirse directamente a una religión o a la religión en general, sin embargo, tener fe no implica tener una religión. Al igual que la "confianza", la fe implica un concepto de eventos o resultados futuros, y puede o no carecer de un mínimo de pruebas.”
Para provenir de la mente de alguien que no quiere o no puede creer en nada, convengamos en que las definiciones no son trasnochadas ni desatinadas. Claro está que de improviso cualquiera de estas apreciaciones son relacionadas con el ocultismo, pero ese es el hombre sin Dios; lo tomamos o lo dejamos.
Un buen diccionario bíblico, mientras tanto, supongo que representa el sentimiento de los hombres vinculados o relacionados con alguna clase de religión. Y lo digo así porque no son precisamente esos diccionarios fuentes de tremendas revelaciones, sino compendios de conceptos casi intelectuales que le dan forma a palabras espirituales. El que consulté, dice respecto a la fe:
“Es una palabra relacionada con creer; desde luego, ambos conceptos no pueden estar separados. En el Antiguo Testamento aparece dos veces la palabra fe en sentido propio. Las palabras en hebreo son emun, emunah; pero aman se traduce frecuentemente como creer.
La primera vez que este verbo aparece en el Antiguo Testamento es cuando se usa de Abraham: Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia (Génesis 15:6). En esto se apoya Pablo en Romanos 4, donde la fe del creyente le es contada por justicia, sacándose la conclusión de que si alguno cree en Aquel que resucitó a Jesús el Señor de entre los muertos, le será contado por justicia.
Esto puede recibir el nombre de “fe salvadora”. Es la confianza en Dios puesta en Su palabra; es creer en una persona, como Abraham creyó a Dios. El que cree en el Hijo tiene vida eterna (Juan 3:36). No hay virtud ni mérito en la fe misma; lo que hace es ligar al alma con el Dios infinito.
La fe es ciertamente don de Dios. La salvación es sobre el principio de la fe, en contraste con las obras bajo la ley. Pero la fe se manifiesta por las buenas obras. Si alguien dice que tiene fe, es cosa razonable decirle: “muéstrame tu fe” por tus obras.
Si, por otra parte, la fe no da evidencia de sí misma, es descrita como “muerta”, totalmente diferente de la fe verdadera y activa. Un mero asentimiento mental a lo que se afirma, como mero asunto factual, no es fe.
Así, la fe engloba la creencia, pero llega más lejos que ella, dándose de una manera vital a su objeto. El hombre natural puede creer un cúmulo de verdades. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan (Santiago 2:19). Pero el creer personalmente, con una involucración personal, esto es, la fe, da gozo y paz.
Hay también el poder y la acción de la fe en el camino del cristiano: Por fe andamos, no por vista (2 Corintios 5:7). Vemos esta fe exhibida en las vidas de los santos del Antiguo Testamento, cantada en Hebreos 11 que será parte sustancial de nuestro trabajo.
Es mucho más que evidente que, al igual que ocurriría en estos tiempos, el Señor tenía que reprender con frecuencia a sus discípulos por su carencia de fe en su andar diario. El creyente debiera tener fe en el Dios viviente con respecto a todos los detalles de su vida diaria.
La fe es en ocasiones mencionada en el sentido de “la verdad”, lo que ha sido registrado, y lo que los cristianos han creído, para la salvación del alma. Por esto los cristianos deberían contender eficazmente para no perderla.
Se trata de un depósito fundamental. Son muchos los falsos profetas que han salido al mundo, y que se han introducido encubiertamente para predicar herejías destructoras, negando la persona y la obra de Jesucristo, consiguiendo de ese modo no sólo mermar o declinar, sino que en casos concretos, también destruir su fe.
Con frecuencia, se ha presentado la “razón” como opuesta a la fe. Sin embargo, ésta es una postura falsa. La fe acepta una revelación venida de parte de Dios acerca de temas que el hombre no puede llegar a conocer por su propia cuenta.
El hombre solamente puede investigar aquello que ha sido puesto debajo de su potestad. La razón es aquella facultad por la que el hombre puede, una vez tiene datos, clasificar estos datos y sacar unas determinadas consecuencias de ellos.
No puede, por sí misma, conseguir datos, sino trabajar sobre ellos. Hay datos que el hombre puede conseguir mediante una investigación de su entorno. Pero no es “la razón” lo que puede decirle que ésta sea toda la realidad existente.
La razón no puede nunca negar la posibilidad de una revelación procedente de Dios. No puede ni siquiera pretenderlo. Si en nombre de la razón se pretende negar la Revelación, se abandona por ello mismo la racionalidad, y se cae en el racionalismo, la totalmente injustificada atribución de un carácter absoluto a la razón, como juez y árbitro final.
No es la razón, entonces, lo que empuja al hombre a negar la Revelación, sino la incredulidad, movida por la enemistad contra Dios. El caos de las religiones y filosofías de factura humana constituye la demostración de ello.
Por la caída, el ser humano entero ha quedado hundido en las tinieblas. Así como su cuerpo está abocado a la tumba y su corazón es capaz de los peores sentimientos, su razón ha quedado falseada y su inteligencia entenebrecida.
Decía Pablo de los paganos de su tiempo, griegos y romanos: profesando ser sabios, se hicieron necios (Romanos 1:22). El hombre moderno no ha adelantado nada, a pesar de todos los avances de la ciencia tocante al mundo sensible.
No le son accesibles de manera natural las cosas que atañen a la fe, porque para él son locura, y no las puede entender; pero Dios está dispuesto a revelarlas por su Espíritu (1 Corintios. 2: 9-16). Es entonces que se ilumina la inteligencia del hombre, hallando la solución a los más vitales problemas de la existencia, y que su razón regenerada halla su verdadero lugar al quedar iluminada y dirigida por la fe.
El conflicto no está, pues, entre razón y fe, sino entre la razón obrando en un esquema mental de incredulidad y rebelión contra Dios y su revelación frente a la razón informada, iluminada y dirigida por la gozosa confianza en el Dios que ha hablado, revelándose a Sí mismo su justicia, amor, y propósitos en Cristo Jesús, en el tiempo y en la eternidad.”
Todavía no sé por qué razón los diccionarios bíblicos siguen escribiéndose de un modo tan tedioso, casi académico y en cierta forma aburrido. ¿Nadie ha entendido que la mejor manera de llegar con algo escrito al corazón del lector es siendo ameno y preciso, ítems que pueden aunarse sin problemas?
Lo cierto es que la fe, vista del modo secular y de este supuestamente cristiano, contiene aristas casi filosóficas, lo que la lleva más que a un modo de vida, casi a una creencia plena en abstracciones. De todos modos, te dije que lo iba a tratar en las tres áreas que considero más importantes, y me está faltando una: Dios.
Porque la opinión de Dios respecto a la fe, la recoge el escritor de la carta a los Hebreos, esa que luego vamos a examinar en su compendio íntegro dedicado a la fe. Allí se encuentra el versículo clave que es el 11.1 donde dice: Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.
Si encuentras en la Biblia o la vida una síntesis tan perfecta de lo que no puede medirse con ninguna clase de entendimiento intelectual o anímico, sino sólo con íntima revelación sobrenatural del Espíritu santo, me lo dices. Para mí, ninguno supera a este.
Porque si hubiera alguien, (Y lo hubo en grandes cantidades) que haya querido interpretar este pequeño texto desde la lógica intelectual, seguramente ha perecido en el intento. Nadie tiene certeza o convicción como fruto de un estudio sistemático dictado en una gran universidad o seminario.
La única forma de acceder a una certeza, en primer lugar, para atesorarla y alimentarla hasta que dé a luz, casi misteriosamente, una convicción, es la de la autopista sobrenatural. Y está bien que así sea, porque nuestro Dios sigue siendo, aunque a muchos no les guste, un Dios sobrenatural.
Padre de la Fe
En la Biblia, la primera persona llamada por Dios a grandes obras, fue Abraham; él es el padre de la raza llamada, y fue llamado para salir de Ur de los caldeos, lo cual destroza algunas enseñanzas que lo muestran como hebreo.
. Este lugar, Ur, tipifica el mundo. Era un lugar lleno de ídolos, donde Dios ya había abandonado a los hombres y no tenía más esperanza en ellos. Casi de similares características a lo que hoy pueden ser varios países con respetable cantidad de cristianos en su seno.
Ellos formaban parte de la raza creada, la cual tuvo cuatro grandes caídas. La primera fue con Adán, la segunda con Caín, la tercera con la generación de Noé y la cuarta fue en la torre de Babel. Con la cuarta caída, Dios ya no tenía ninguna esperanza en la raza creada, y Él quiso comenzar todo de nuevo.
Dios ahora quería una nueva raza, la raza llamada. El hizo un llamamiento, y esto es algo muy significativo. Vemos que el evangelio de Mateo comienza diciendo que Jesucristo es el Hijo de Abraham; Él es por lo tanto un descendiente de la raza llamada.
Responder al llamamiento implica salir de una situación y entrar en otra. Abraham tenía que dejar la situación de idolatría de Ur de los caldeos y entrar en otra situación. Por lo tanto, tenía que cruzar el gran río Eufrates. Me pregunto cuántos de ustedes todavía están procurando cruzar su propio Éufrates.
Dios parecía decir: "sal de allí, Abram (Ese era su nombre en ese entonces), sal y cruza el gran río, deja la situación vieja; quiero que seas el padre de una nueva raza, una raza llamada". El cruzó el río y llegó a ser un hebreo, que quiere decir "el que atraviesa un río". Allí tienes tu explicación para aquella enseñanza de la que te hablaba.
Hoy, nosotros también fuimos llamados, cruzamos el río y somos por lo tanto, la ekklesia, la asamblea de los llamados.Y que conste debidamente, aunque ya tú me conoces y sabes en qué idioma hablo: cuando digo iglesia me estoy refiriendo a eso, a los llamados, no a las personas que van a tu templo, aunque en algún caso particular las incluya.
Fuimos llamados y respondimos al llamamiento saliendo de "Ur de los caldeos", atravesamos el río para ir a tierra de Canaán. Esta asamblea (congregación) es la iglesia. ¿Cuál me preguntas? La única que Dios visualiza desde el lugar Santo en que se encuentra. No hay otra. O mejor dicho sí, pero no es de Dios.
El caso es que el llamamiento de Dios a Abraham sucedió cuando él aún estaba en Mesopotamia. Hechos 7:2 dice: "El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Harán".
Dios llamó a Abraham que saliese de su tierra y de su parentela, y fuese a tierra que Él le mostraría. No obstante Abraham no tenía fe suficiente para salir de su tierra, mucho menos para dejar a su padre, por el contrario, de acuerdo con Génesis 11:31, su padre, Taré, fue quien lo llevó hasta Harán.
La fe de Abraham, al principio, era pequeña y él no se movía. Sabemos que la fe viene por el oír la palabra de Dios, entonces, no es que Abraham no tuviese fe, sino que ésta era pequeña. Era necesario que el Dios de la gloria apareciese y le hablase varias veces, para que su fe pudiese crecer.
Esto te está entregando ya mismo un principio básico y sólido que podrás comenzar a utilizar desde este mismo momento a favor de tu vida en el Camino: la fe viene inexorablemente como resultado de una intimidad cierta, directa y personal con Cristo. Nada que ver con imposiciones de manos u otras triquiñuelas evangélicas.
Abraham continuó viviendo en Harán con sus parientes, sin embargo Dios no quería a su parentela ni que él continuase en Harán. Puesto que la fe de Abraham era pequeña, Dios tuvo que esperar hasta la muerte de Taré, su padre, para aparecerle nuevamente y hablarle. En este segundo llamamiento la fe de Abraham ya había crecido más un poco, y por fin llegó a Canaán.
Canaán era el objetivo, el lugar donde Abraham debería llegar; sin embargo, como vimos, él no fue directamente a la buena tierra, sino que paró a mitad de camino, en Harán. Por eso, Dios le habló varias veces y este hablar reforzó y aumentó su fe. Otro principio: ¿Quieres más fe? Espera que Dios te hable. ¿Qué no te habla? ¡Sí te habla! El problema es que tú no puedes detenerte un momento a oír su voz.
Hoy, también, muchos paran a mitad de camino; por ejemplo, muchos hermanos en Cristo sienten que donde están no es el lugar correcto y tienen el deseo de salir, sin saber hacia dónde ir quedándose a mitad de camino, en Harán. Sin embargo, Dios quiere llevarlos hasta "Canaán", la iglesia. Este es el llamamiento de Dios.
Cuando yo personalmente tuve esta palabra en mis manos, me hice una pregunta que tal vez sea la tuya: ¿Dónde está ese Canaán? Yo estaba en una iglesia y quizás tú también, pero esa palabra me decía que Él me sacaría de allí para llevarme a Su iglesia. Mi sugerencia, es: Espera. En algún lugar geográfico está tu lugar espiritual en el mundo.
Pero ten cuidado, es muy probable que no tenga absolutamente nada que ver con lo que tú te habías imaginado al respecto. Dios tiene un gran sentido del humor, y su broma más preciada es la de hacer exactamente lo único que tú no te habías imaginado que iba a hacer. Ríete hermano, Dios te ama.
Gálatas 3:6 dice: "Así, Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia". El creyó a Dios. Romanos 4:9 dice que "a Abraham le fue contada la fe por justicia". La fe de Abraham vino del oír la palabra de Dios. Del mismo modo, nosotros, cristianos, tenemos fe a través de la palabra de Dios.
Existen dos aspectos de fe: el primero, es la fe objetiva, es aquello en que creemos, es el contenido del plan eterno de Dios. Esta fe objetiva es algo fuera de nosotros e inmutable. El segundo, es nuestra fe, algo subjetivo, e interior, es aquello que recibimos al oír la palabra de Dios; por medio de esa palabra los elementos de la fe objetiva son infundidos hacia nuestro interior, en nuestro espíritu, produciendo la fe subjetiva. Por eso dependiendo de nuestra apreciación por la Palabra, podemos tener poca o mucha fe.
¿Has entendido? No quisiera ofender tu inteligencia, pero mucho más quisiera que nadie, absolutamente nadie que lee esto se quede confundido con esta aparente fiesta de palabras y no entienda lo sustancial.
Como maestro del Señor, mi objetivo básico es que tú entiendas, aceptes, creas y pongas por obra. Eso es perfeccionar (Madurar) a los santos. Eso es ministrar. Punto. Cualquier añadido es promoción y show humano.
Por eso voy a reiterarlo con menor tecnicismo. Hay una fe que no le pertenece a ningún hombre, es de Dios y tiene un caudal, digamos, como ejemplo, de cien. Cada uno de nosotros comienza a acceder a ella en la medida que va teniendo más y más intimidad con Dios. Esa fe que está a nuestra disposición con un caudal de cien, es la fe objetiva.
Cuando recién me convierto, de la nada total paso a tener unos cinco o diez de esos cien. Esa mi fe subjetiva, propia, personal. En la medida que voy creciendo y madurando, esa fe crece y llega a ser muy buena cuando anda por los cincuenta o sesenta sobre esos cien.
La gran pregunta masiva, es: ¿Alguien podrá llegar a esos cien? No lo creo. ¿Te imaginas a alguien con una fe similar al contenido que Dios le otorga por completo al hombre? No sólo movería montañas, acomodaría el planeta entero en un instante al propósito y voluntad de Dios.
Gloria a Dios si alguien la tuviera, pero todavía no parece que haya alguien así. ¿Será esa la estatura del varón perfecto soñada? Quizás. Pero no te lamentes porque no la tenemos, anda lo mejor que puedas en esa dirección. Lo bueno no está en el final del camino, lo bueno está en andar con gozo el camino.
Dios prometió a Abraham una descendencia y que de ésta se conformaría una gran nación. Ella sería tan numerosa como la arena del mar y las estrellas del cielo. Y a esto lo tomamos como una licencia poética, pero ten en cuenta que cuando Dios manda escribir algo en el Libro, jamás lo hace por poesía. ¿Cómo los granos de arena? ¿Cómo las estrellas del universo? ¡Tremendo!
Aquí podemos ver dos aspectos de la descendencia. El primero, la arena del mar, se refiere a una descendencia terrenal, que vino por medio de Isaac y Jacob, es decir, la nación de Israel. Y como la arena está conformada por pequeñas partículas de roca, ahí tenemos la base de nuestra fe: la Roca. Cristo.
El segundo, como las estrellas del cielo, se refiere a algo celestial, es decir, la iglesia en el Nuevo Testamento. Todos los cristianos hoy forman parte de la descendencia celestial de Abraham, somos la iglesia, los hijos de Abraham.
Podemos decir que cuando Abraham fue llamado, fuimos también llamados en él. Porque el Reino de Dios es celestial, nunca humano, nunca natural, nunca carnal; eminentemente espiritual. De otro modo no es Reino, es grupo religioso.
El llamamiento de Dios a nosotros es según Su propósito. Romanos 8:28,29 dice: "A los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo".
Dios nos llamó porque nos había predestinado. Él nos predestinó no solamente para ser salvos de la condenación eterna, sino para ser "conformados" a la imagen de Su Hijo. La palabra conformados implica la existencia de un molde o una forma, donde algo es colocado allí para que tome aquel formato.
Como por ejemplo, un molde para torta en la cual se coloca la masa y ésta adquiera la forma del molde. Dependiendo del caso, tú debes presionar la masa, cortar los excesos y amasarla hasta que ella adquiera la forma deseada.
En nuestra vida cristiana sucede lo mismo, debemos ser conformados a la imagen de Su Hijo. Algunas veces este proceso, exige un poco de "presión", de "corte", para que adquiramos la forma deseada.
Romanos 8:28 dice: "Todas las cosas ayudan a bien a aquellos que aman a Dios". En este versículo las palabras "todas las cosas ayudan a bien" significan que cooperan para que seamos moldeados y conformados. Algunas veces, no son cosas aparentemente buenas para nosotros, pero buenas para "amasarnos" y "cortarnos" a fin de que tengamos la imagen del Hijo de Dios.
De todos modos, y antes que me vaya para otras consideraciones y esto quede atrás, vale la pena aclarar algo medianamente importante. Cuando digo que somos pre-destinados, no estoy hablando de hombres o mujeres individuales, estoy hablando de la iglesia. Después veremos si esos hombres o esas mujeres toman la decisión de pertenecer a Su iglesia o prefieren las mieles edulcoradas de Babilonia.
En el ejemplo de Abraham, mientras tanto, podemos ver como todas las cosas cooperan para el bien de aquellos que aman a Dios, de aquellos que son llamados según Su propósito. Porque quiero recordarte, por si no leíste bien, que no dice simplemente que todas las cosas ayudan a bien, sino que eso es para los que aman a Dios. ¿Cuántos habrá que aman a Dios de verdad?
Abraham tenía un sobrino llamado Lot, y después de una discusión, Abraham permitió que Lot escogiese hacia dónde ir, separándose entonces de él. Aparentemente Abraham perdió mucho, pues Lot eligió las llanuras, un lugar bueno para el pasto y para la agricultura.
Abraham, de su parte, permaneció en la región montañosa. Entretanto, con esto, vemos que Abraham pudo subir las montañas, ver todo lo que Dios le había prometido, y así fue guardado de descender hacia Sodoma y Gomorra. Gracias al Señor, todas las cosas ayudan para nuestro bien. Abraham, -está probado- amaba a Dios.
Efesios 4:1 dice: "Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de vuestra vocación con que fuisteis llamados". Vemos cuán Grande gracia es ser llamado. Una cosa es que tú seas nombrado, ordenado o elegido para algo, y otra muy diferente es que seas llamado por Dios para ello.
En el caso de Abraham Dios preparó todo, hizo de él una gran nación y lo llevó al monte para ver toda la tierra que Él le daría. De la misma manera que nuestro llamamiento es una gran gracia y debemos tener un andar digno de Abraham.
De acuerdo con Efesios 4:2, un andar digno es andar "con toda humildad y mansedumbre soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor". Estos ítems son virtudes humanas que fueron elevadas por el Señor Jesús. No quiero abundar en consideraciones propias, pero: ¿Cuántos conoces así en tu congregación? ¿Y en la tuya? ¿Y en aquella otra?
Nuestra paciencia no dura mucho, ella tiene un límite. En el matrimonio esto es fácilmente visto cuando, por ejemplo, el marido tiene un mal temperamento, y la esposa lo soporta por un buen tiempo. Sin embargo, llega un día en que ella no aguanta más, pierde la paciencia.
Ese día, todos sabemos adónde conduce porque el mundo está lleno de esas vicisitudes. Y, lamentablemente, demasiadas congregaciones cristianas, también. Sin embargo, cuando experimentamos la paciencia que fue elevada por el Señor Jesús, la situación es diferente.
Esto sucede porque el Señor Jesús vivió una vida humana perfecta, experimentando todas las virtudes humanas y Él está en nosotros. Nosotros podemos poseer todas esas virtudes de Cristo que están disponibles en nuestro interior. Entonces podemos ser pacientes, humildes, mansos y soportarnos los unos a los otros.
"Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" como lo dice Pablo en su carta a los Efesios 4:3. Debemos mantener la unidad, con todo, sólo viviendo y andando con estas virtudes humanas elevadas es que podemos guardar la unidad.
Ser humilde es siempre dar un paso hacia atrás. Si cada uno considera a los demás superiores a sí mismo no habrá contiendas. Seremos perfectamente uno. Ser manso es no ser duro, violento; pero más bien, flexibles, maleables.
Cuando dos cosas duras se chocan siempre sucede un gran desastre. Seamos un poco más blandos. Ser paciente es ser con más calma, más lento. No vayamos demasiado rápido. Soportar los unos a los otros es ser, amplio, tolerante; no ser estricto.
Seamos un poco más flexibles. Nuestro andar debe tener estas cuatro virtudes humanas, y este es el andar de modo digno de nuestro llamamiento. Fuimos llamados para estar juntos y tal tipo de andar nos mantiene en la unidad. Esto es ekklesia.
Revisa la conducta no sólo de Jesús, sino de los hombres que luego continuaron con su trabajo ministerial. ¿Encuentras a alguno inflexible hasta la crueldad como tantos que has visto en las congregaciones evangélicas? ¿No, verdad? Pregúntate qué significa eso.
Es muy bueno saber que somos la "ekklesia", o la congregación de los llamados. Somos aquellos que fueron llamados hacia fuera de "Ur de los caldeos", hacia fuera del mundo, cruzamos el río y llegamos a ser los hebreos.
En esta salida, al inicio, nuestra fe era aún pequeña y paramos muchas veces a mitad de camino. Pero gracias al Señor El siempre viene a darnos Su palabra reforzando nuestra fe, y por el fin llevándonos hasta "Canaán", la iglesia. La Iglesia es la congregación de los que fueron llamados hacia afuera.
Fuimos también llamados para ser conformados a la imagen de Su Hijo por medio de todas las cosas que ayudan para nuestro bien. Una vez que hayamos sido llamados, debemos andar de modo digno de ese llamamiento para mantener la Unidad. Esto es la ekklesia.
Y eso va mucho más allá de un templo, es gente llena del Espíritu Santo. Leemos de Juan el Bautista que fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre. Debido a esta poderosa llenura, había un poderoso mensaje en sus labios.
Fue anunciado de Juan por el profeta Isaías, que él sería la voz de uno clamando en el desierto. Él debía alzar su voz con fuerza, y pregonar a las ciudades de Judá: “¡Ved aquí al Dios vuestro!”. Juan estaba tan lleno con el Espíritu de Dios que el clamor que el clamor que alzó movió a todo Israel.
Esto muestra que cuando Dios echa mano de un hombre, y lo llena con el Espíritu, puede tener un mensaje, una proclamación del Evangelio que moverá a la gente. El hombre que tiene el Espíritu del Señor puede clamar por muchos años, y nadie tomó nota de él. El hombre que está lleno del Espíritu de Dios necesita pregonar solamente una vez, y la gente sentirá el efecto de ello.
Esto debiera enseñarnos que, si bien la fe es un puntal inocultable para cualquier emprendimiento creyente, hay una necesidad de que cada uno de nosotros sea lleno del Espíritu de Dios. No es suficiente simplemente con tener un toque, o tener en general un poco.
Hay solamente una cosa que suplirá la necesidad de la gente hoy, y es estar sumergido en la vida de Dios –Dios llenándote con Su Espíritu, entonces vives rectamente en Dios, y Dios vive en ti de manera tal que si comes o bebes, o lo que sea que hagas, será todo para la gloria de Dios.
Y decirlo así suena como a muy religioso, pero no me estoy refiriendo a esa clase de gente que siempre encontramos en los templos que no saben o no pueden hablar sin decir o repetir las palabras “señor”, “amén”, “aleluya” o “gloria a Dios” no menos de diez veces por conversación. Me refiero a quienes verdaderamente glorifican a Dios con sus actos.
En ese lugar, encontrarás que toda tu fortaleza y toda tu mente, y toda tu alma están llenas de celo, no solamente para adorar, sino para proclamar el mensaje del Evangelio, una proclamación que está acompañada por el poder de Dios, el cual debe derrotar el poder satánico, vencer al mundo, y redundar en la gloria de Dios.
La razón por la que hoy el mundo no está viendo esto es porque la gente cristiana no está llena del Espíritu de Cristo. Están tan satisfechos con ir a la iglesia, leer la Biblia ocasionalmente, y algunas veces orar. Amado, si Dios echa mano de ti por el Espíritu, encontrarás que hay un final para todo lo de la vieja vida.
Todas las cosas viejas habrán pasado, y todas las cosas habrán sido hechas nuevas –todas las cosas son de Dios. Verás que en la medida que estás enteramente rendido a Dios, todo tu ser será transformado por la habitación del Espíritu en tu interior.
El tomará el control de ti para que puedas llegar a ser un vaso de honra. Nuestras vidas no pueden ser para nosotros mismos, porque si vivimos para nosotros mismos, moriremos. Si buscamos de salvar nuestras vidas, las perderemos, pero si perdemos nuestras vidas, las salvaremos.
Si nosotros por medio del Espíritu mortificamos los actos del cuerpo, viviremos, viviremos una vida de libertad y gozo, bendición y servicio, una vida que traerá bendición a otros. Dios quiere que veamos que debemos ser llenos del Espíritu, cada día vivir en el Espíritu y andar en el Espíritu, y ser continuamente renovados en el Espíritu.
Estudia la vida de Jesús. Era algo natural para El después que había servido el día entero en medio de la multitud, querer ir a Su Padre para orar toda la noche. ¿Por qué? Él quería una renovación de fortaleza y poder divinos. Él quería tener comunión con Su Padre.
Su Padre le hablaba la palabra que Él debía llevar a otros, y los investía con nuevo poder para nuevo ministerio. El venía de esas horas de dulce comunión y compañerismo con Su Padre, revestido con Su santa presencia y Espíritu; y ungido con el Espíritu Santo y poder, andaba haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos del enemigo.
Cuando se encontraba con la enfermedad, ella tenía que irse. El venía de ese tiempo santo de comunión, con poder para cubrir las necesidades de la gente, cualesquiera que fueran. Es algo terrible para nosotros el ver gente que profesa ser cristiana, sin vida y sin poder.
¿Argumento? ¡Es que no soy pastor! Excusa. No hay hombres a los cuales Dios trate por sus jerarquías humanas. Dios unge a quien le ama y le busca. Punto. El lugar de la santa comunión está abierto a todos nosotros. Hay un lugar donde podemos ser diariamente refrescados y renovados, y re-investidos de poder.
En el capítulo cuatro de Hebreos, se nos dice: “Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas” (vers. 9-10). ¡Oh, qué bendito reposo es ése, el cesar de tus propias obras, llegar al lugar donde Dios está ahora entronizado en tu vida, obrando en ti día a día el querer como el hacer Su buena voluntad, obrando en ti un enteramente nuevo orden de cosas.
Dios quiere darte a luz como una llama de fuego, con un mensaje de Dios, con la verdad que derrotará los poderes de Satanás, con una provisión ilimitada para cada alma necesitada. Así, tal como Juan conmovió a todo Israel con un poderoso clamor, tú también por el poder del Espíritu Santo moverás a la gente de manera que se arrepientan y digan: “¿Qué haremos?”
Esto es lo que Jesús quiso decir cuando le dijo a Nicodemo: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios…lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.”
Si nosotros tan sólo supiésemos lo que estas palabras significan para nosotros, ¡Ser nacidos de Dios! Una llenura de la vida de Dios, una nueva vida de Dios, una nueva creación, viviendo en el mundo pero no siendo del mundo, conociendo la bienaventuranza de esa palabra: “El pecado no se enseñoreará de vosotros.” ¿Cómo llegaremos a este lugar en el Espíritu?
Por la provisión del Espíritu Santo que El hace. Si vivimos en el Espíritu, encontraremos que todo lo que es carnal es absorbido por la vida. Hay una llenura del Espíritu que vivifica nuestros cuerpos mortales. Si todavía eres de los que cree que nacer de nuevo es comenzar a asistir a un templo todos los domingos y participar de las actividades que allí se organicen, estás listo.
Da a Dios tu vida, y verás que la enfermedad tiene que irse cuando Dios entra plenamente. Entonces debes andar delante de Dios, y encontrarás que El perfeccionará aquello que te concierne. Ese es el lugar donde Él quiere que vivan los creyentes, el lugar donde el Espíritu del Señor entra a todo tu ser. Ese es el lugar de la victoria.
Mira a los discípulos. Antes de que recibieran el Espíritu Santo, estaban en esclavitud. Cuando Cristo dijo: “Uno de vosotros me entregará”, ellos todos dudaban de sí mismos y dijeron: “¿Soy yo?” Ellos eran conscientes de su depravación y debilidad humanas.
Pedro dijo: “Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré.” Los otros declararon lo mismo; sin embargo, todos ellos Lo abandonaron y huyeron. Pero después que el poder de Dios cayó sobre ellos en el aposento alto, eran como leones para cubrir la dificultad. Eran osados. ¿Qué los hizo así? La pureza y el poder que es por el Espíritu.
Dios puede hacerte un vencedor. Cuando el Espíritu de Dios entra a tu ser rendido, Él te transforma. Hay una vida en el Espíritu que te hace libre, y hay una audacia en ella, y hay una personalidad en ella –es Dios en ti.
Dios puede transformarte y cambiarte de tal manera, que todo el viejo orden tiene que irse ante el nuevo orden de Dios. ¿Piensas que Dios te hará un fracaso? Dios nunca hizo al hombre para ser un fracaso. El hizo al hombre para ser un hijo, para andar por la tierra en el poder del Espíritu, dominar sobre la carne y el diablo, hasta que nada se levante dentro de él, excepto aquello que magnificará y glorificará al Señor.
Jesús vino para hacernos libres del pecado, y libertarnos de la enfermedad, para que vayamos en el poder del Espíritu y ministremos a los necesitados, enfermos, y afligidos. A través de la revelación de la Palabra de Dios, encuentro que la sanidad es únicamente para la gloria de Dios, y que la salvación es andar en novedad de vida pues somos habitados por Otro, Dios.
Ahora ya estamos presentados en nuestras inquietudes futuras. Ya sabes que no se trata simplemente de salir a la vida alegremente cantando, como lo aullaba un viejo y desafinado cantautor secular argentino de los años 70, “¡Yo tengo fe! ¡La la la la la!”
A la fe hay que encausarla, encaminarla, darle un derrotero que sea eminentemente útil al Reino. Y a eso, mí amado hermano, hermana o amigo que lees de casualidad esto, no lo puedes inventar tú: si no eres un ungido de Dios como en su momento lo fue Jesús, el Espíritu Santo esperará su momento, pero sin actuar por su cuenta porque el Reino no opera así. Bajo esa óptica, comencemos a ver lo central.