Pedro, en una enseñanza lógicamente imposible para un hombre de sus características, y que indudablemente ha sido inspirada en el Espíritu Santo de Dios para bendición de sus lectores y los del tiempo presente, les recomienda una serie de conceptos que ellos tendrán que tener en cuenta.
Les dice que ciñan los lomos del entendimiento, que sean sobrios y que esperen por completo la gracia que sobrevendrá cuando Jesucristo sea manifestado. Y esto no habla de su Segunda Venida, sino de un tiempo donde la persona de Jesucristo será manifestada por la iglesia genuina, que es su cuerpo, por sobre las imitaciones falsas y corruptas.
Y luego les recomienda que no vuelvan atrás, a vivir conforme a los deseos carnales que los dominaban antes de entregar sus vidas a Jesucristo. Y que persigan la santidad por una simple razón: el que los llamó, (Y NOS llamó) es santo, ¿Qué menos nosotros?
(1 Pedro 1: 17)= Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; (18) sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, (19) sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, (20) ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, (21) y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios.
El verso 17 dice que debemos invocar por Padre a aquel que juzga las obras de cada uno. Invocar, te recuerdo, significa rogarle como a Dios y no como a hombre. Esta expresión se repite varias veces en la Biblia.
Éste es también su significado cuando se refiere a Cristo en el Nuevo Testamento, a quien los cristianos, desde el principio, adoran como la manifestación en la carne del Dios previamente revelado en el Antiguo Testamento, y manifestado en la consumación del tiempo para obrar la salvación.
La certeza de que Dios juzgará nuestra obra, es otro incentivo para buscar la santidad. Y el temor al que se alude aquí, tiene el sentido de la reverencia. Es menester, para servir correctamente y como embajador del Reino, vivir en esta tierra como un extranjero. Esto es: respetando las leyes del país donde vives, pero honrando fielmente tu propia constitución nacional.
Y dice que debemos andar con temor santo durante nuestra peregrinación terrenal. Eso nos hace indagar sobre que cosa es un peregrino. En el Nuevo Testamento se hace alusión a la condición de extranjeros y peregrinos que los cristianos tienen en su paso por esta tierra.
La ciudadanía del cristiano está en los cielos, donde está Cristo resucitado, y donde debe tener puestos sus afectos, por cuanto el cristiano ha muerto con Cristo y su vida está escondida con Cristo en Dios.
De esta manera participa del noble carácter de aquellos testigos de Dios que, en el pasado, iban en pos de la ciudad celestial, habiendo salido de la ciudad terrena, morando como extranjeros y peregrinos en la tierra que les había sido prometida.
Durante este peregrinaje el Señor enseña a los Suyos a conocerle a Él y Su actividad en gracia y en gobierno, y también para que se conozcan profundamente a sí mismos. Durante la peregrinación del cristiano, éste tiene asimismo el privilegio de actuar como embajador de Cristo ante un mundo que lo ha rechazado.
Respecto a haber sido rescatados, como se consigna en los versos 18 y 19, vale la pena aclarar que, en el mundo antiguo, los esclavos podían ser rescatados, (Es decir: liberados); pagando por ellos el precio correspondiente. A eso es a lo que se alude aquí.
Y se añade que ese rescate se produce por medio o intermedio de la sangre que Jesús derrama en la cruz del Calvario. Y que allí es donde surge la tarea redentora del Cordero de Dios, destinado para eso desde antes de la fundación del mundo, tanto como planeta como sistema.
A propósito de esta labor, en la carta a los Hebreos 9.26 se puede leer: De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado.
Los sacrificios del Antiguo Testamento eran sólo figuras terrenales de las realidades celestiales, que requerían mejores sacrificios que la sangre de animales. Lo completamente satisfactorio del sacrificio ofrecido por Cristo se comprueba por el hecho de que tuvo que ser ofrecido sólo una vez.
Y dice que todo eso será manifestado en los postreros tiempos por amor. Y aquí es donde una deficiente lectura nos ha llevado a un camino que, si bien no es para dejar de lado por lo probable, no representa lo auténtico, al menos en este pasaje.
Porque si estos días postreros de los que se habla aquí, se tratan de los que rodean a la Segunda Venida de Cristo, eso sucederá por disposición de Dios y no por actuación o acción nuestra. Con lo cual, lo correcto sería que se dijera que eso ocurre por amor A nosotros y no DE nosotros.
Porque Dios puede disponer que Cristo retorne ya mismo por amor A nosotros, para que dejemos de sufrir y no nos perdamos, pero no podemos disponerlo nosotros. Lo que sí podemos decidir nosotros, por causa de NUESTRO amor, es la actitud de manifestarlo plenamente, en poder, mensaje y estilo de vida. De eso se habla, y puede estar sucediendo hoy mismo, postrer tiempo de la socavación y caída de Babilonia.