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Un Remanente Que Despierta

Es indudable que existe un silencio muy raro en el corazón de muchos creyentes. Un silencio que grita preguntas que nadie se atreve a formular en voz alta. ¿Por qué aquellos que más buscan a Dios, parecen alejarse cada vez más de los lugares en donde se supone que deberían encontrarlo? ¿Por qué los que arden con fe genuina, terminan apartándose de las estructuras que prometían acercarlos al Padre? Si alguna vez has sentido este conflicto interno, si has experimentado esa tensión entre tu hambre espiritual y la realidad de lo que encuentras entre cuatro paredes religiosas, entonces necesitas leer lo que está a punto de revelarse aquí.

La Escritura nos advierte, en 2 Corintios 11:14: Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Esto te deja muy en claro que hay un adversario (Eso significa el nombre Satanás), que sabe disfrazarse como mensajero de luz. O sea que no todo lo que resplandece con apariencia sagrada, proviene verdaderamente del trono celestial. Y que es precisamente aquí donde comienza el despertar de unos pocos a los que podríamos llamar de mil maneras distintas, pero que a mí se me ocurre rotular como Remanente, no sé si tan santo, pero si apartado de toda religiosidad inocua.

En suma; gente como tú o yo que vive hoy ese momento doloroso pero necesario, donde los ojos del espíritu se abren y comienzan a distinguir entre la tradición humana y la verdad divina. Hay un pasaje que raramente se predica desde los púlpitos modernos. En el evangelio según Juan 4:23 el Maestro de todos los maestros declara algo revolucionario: Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores les rendirán culto al Padre en Espíritu y en verdad. Porque ciertamente a los tales, el Padre busca que le adoren. Observa con atención estas palabras: no dice que los verdaderos adoradores se congregarán en un edificio específico. No menciona estructuras organizacionales ni jerarquías religiosas.

Habla de Espíritu, habla de la verdad, habla de una dimensión de adoración que trasciende completamente lo institucional. Este Remanente vendrían a ser aquellos a los que Pedro se refiere en 1 Pedro 2:9 cuando dice: Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; Gente que, en función y razón de esto, comienzan a experimentar un fenómeno inquietante. Mientras más profundizan en las escrituras, mientras más tiempo pasan en intimidad genuina con el Espíritu Santo, más evidente se vuelve la brecha entre lo que el Mesías enseñó y lo que la religiosidad contemporánea lleva a la práctica.

Y quiero ser concreto y preciso. Esta no es en absoluto una crítica nacida desde la amargura o la rebeldía. Es un discernimiento espiritual que emerge cuando la palabra viva comienza a iluminar la sombra de lo meramente tradicional. Piensa en esto por un momento. El Cordero de Dios, durante su ministerio terrenal, pasó la mayor parte de su tiempo fuera de las sinagogas. Caminó por las colinas de Galilea, enseñó junto al mar, compartió el pan en hogares humildes, tocó a los marginados en las calles polvorientas. Sus confrontaciones más intensas no fueron con los pecadores declarados, sino con los líderes religiosos de su época.

Con los escribas, los fariseos, aquellos que ocupaban las primeras sillas en las sinagogas y se envolvían en largas túnicas de piedad aparente. ¿Por qué? Porque habían convertido la fe viva en un sistema de control, habían transformado la gracia en una carga, habían hecho del templo una cueva de mercaderes, cuando debía ser casa de oración para todas las naciones. La realidad incómoda, es esta. Muchos de este Remanente se alejan, precisamente porque han encontrado algo más auténtico. Han descubierto que la relación con el Padre no requiere intermediarios humanos más allá del único mediador, Cristo Jesús.

Esto es lo que afirma Pablo en 1 Timoteo 2:5,: Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, Y a partir de esto, ellos han experimentado el poder transformador de sentarse a solas con las escrituras, permitiendo que el mismo Espíritu que inspiró esas palabras las ilumine en sus corazones. Y en ese encuentro personal, algo irreversible sucede, la dependencia se transfiere de lo visible a lo invisible, de lo temporal a lo eterno, de la institución al Rey de Reyes. Escucha con el oído del espíritu esta verdad penetrante. En 1 Juan 2:27, encontramos una promesa extraordinaria: Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe.

Ahora bien; esto no significa que debamos despreciar a los maestros verdaderos, ni rechazar toda forma de instrucción que se nos ofrezca. Lo que sí significa, es que nuestra dependencia última no debe descansar sobre la sabiduría humana, sino sobre la revelación directa del Espíritu Santo que mora en nosotros. El Remanente entiende esto no como una teoría, sino como una sólida experiencia vivida. Han probado y han visto que el Señor es bueno, tal como clama el salmista David en el salmo 34:8, donde dice: Gustad, y ved que es bueno Jehová; Dichoso el hombre que confía en él.

Pero justamente aquí viene la parte que incomoda a muchos. Cuando un creyente genuino comienza a crecer en discernimiento espiritual, inevitablemente comenzará a notar ciertas cosas. Notará como, en muchos lugares, la predicación se ha convertido en simple entretenimiento con barniz religioso. Notará como la adoración auténtica, ha sido reemplazada por espectáculos emocionales cuidadosamente orquestados. Notará como la doctrina sólida ha dado paso a mensajes motivacionales que cosquillean los oídos, pero no transforman corazones.

Notará, con dolor en el alma, como la prosperidad material se predica más que la cruz o el mismísimo Reino, cómo el éxito temporal se exalta más que la santidad y como la cantidad de asistentes a un templo o salón, importa más que la calidad de discípulos formados. Y entonces aquí está la gran encrucijada. ¿Qué hace un creyente fiel y genuino cuando reconoce estas realidades? Algunos las intentan reformar desde adentro, con esperanza y con paciencia. Otros, después de años de esfuerzo infructuoso, deciden que es hora de escuchar un llamado diferente.

No un llamado a la apostasía ni al aislamiento orgulloso, sino un llamado a regresar a lo esencial, a volver a las raíces de la fe apostólica, donde la comunión sucedía en los hogares, como describe el Libro de los Hechos 2:46. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, Cada día, no una vez por semana. Y un templo que no se parecía en nada a los actuales. Un sitio muy especial donde no había plataformas ni reflectores, sólo hermanos y hermanas compartiendo la vida bajo el señorío del resucitado.

Déjame llevarte más profundo aún. En el evangelio según Mateo 27:51, ocurre algo de significado cósmico en el momento de la muerte de Jesús. Dice: Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. De arriba abajo, dice. No de abajo hacia arriba, como si fuera obra humana, sino descendiendo desde el cielo mismo. ¿Comprendes la magnitud de este símbolo? Durante siglos, ese velo había separado al pueblo del Lugar Santísimo, donde habitaba la presencia de Dios.  Sólo el Sumo Sacerdote podía entrar, una vez al año, con sangre de animales.

Pero, cuando el Cordero perfecto derramó su sangre, ese velo fue destruido para siempre. El acceso quedó abierto, sin guardias, sin requisitos religiosos, sin membresías ni credenciales eclesiásticas. Simplemente fe en la obra consumada del calvario. El Remanente del Siglo XXI del que venimos hablando, comprende esto en lo más profundo de su ser. Ellos entienden que ahora todos podemos acercarnos con confianza al trono de la gracia, como declara la carta a los Hebreos 4:16: Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. ¿Los ministros? ¿Los líderes? No parece decir eso. Parece decir: TODOS.

No necesitamos pasar por ningún sistema humano, no necesitamos obtener permiso de ninguna jerarquía terrenal. El camino está abierto, y este entendimiento, lejos de producir orgullo, genera una humildad tremenda. Porque reconocer que tenemos acceso directo al Padre, significa también asumir la responsabilidad completa de nuestra vida espiritual. No podemos culpar a ningún pastor si fallamos en lo más obvio o, incluso, hasta grosero. No podemos escondernos detrás de ninguna organización si nos desviamos. Estamos desnudos y expuestos ante aquel cuyos ojos son fuego consumidor.

Ahora bien, es importante aclarar algo fundamental para evitar malos entendidos. Alejarse de las estructuras religiosas problemáticas, no significa rechazar toda forma de comunión. No, de ninguna manera. El escritor de la carta los Hebreos nos exhorta, en 10:24 cuando expresa: Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; A ver; La fe cristiana nunca fue diseñada para vivirse en aislamiento total. Fuimos creados para la comunidad, para el cuerpo, pero hay una diferencia abismal entre la comunión genuina y la mera asistencia religiosa.

La comunión verdadera puede ocurrir con dos o tres reunidos en una sala modesta, con corazones y biblias abiertas, buscando juntos como suele decirse a veces pomposamente, el rostro del Altísimo. Jesús mismo lo prometió en Mateo 18:20 cuando dijo: Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. ¿Tu biblia dice lo mismo que la mía? Reunidos en Su Nombre, no en el de un credo, un líder o una denominación. Y no es necesario aclararlo, pero es evidente que no especificó que debía ser en un edificio consagrado ni bajo la supervisión de una autoridad religiosa oficial. Sólo dijo ¡En su nombre!

Con su autoridad, para su gloria. El Remanente del cual estamos hablando, está redescubriendo esta verdad libertadora. Ellos, de alguna manera, están volviendo a sus hogares y transformándolos en santuarios. La mesa del comedor se convierte en altar de comunión. La sala se transforma en aulas donde se estudian las profundidades de la escritura. La cocina se vuelve lugar de servicio, donde se prepara alimento tanto físico como espiritual para bendecir a otros. Y en estos espacios sencillos, despojados de toda pretensión religiosa, el Espíritu Santo se mueve con una libertad y un poder que a veces supera lo que ocurre en servicios elaborados y costosos.

 Permíteme ahora compartirte algo que los teólogos reformados entendieron claramente hace siglos. La doctrina del sacerdocio universal de los creyentes, basada 1 Pedro 2:9, donde nuevamente leemos: Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; Esto significa que cada hijo o hija de Dios, regenerado por el Espíritu mediante la fe en Cristo, tiene autoridad espiritual. No una autoridad para dominar sobre otros, sino una autoridad para ministrar, para orar, para enseñar lo que han aprendido, para ejercer los dones que el Espíritu distribuye según su voluntad soberana.

No existe una clase clerical superior en el Nuevo Pacto, todos somos hermanos. Como Jesús enfatiza en Mateo 23:8:, Pero vosotros no os dejéis llamar Rabí, porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Sin embargo, el sistema religioso institucionalizado, a menudo contradice esto. Crea jerarquías, establece niveles de acceso a Dios, genera dependencia psicológica y espiritual, donde los laicos se sienten incompetentes para leer la biblia por sí mismos. Incapaces de orar sin un mediador humano, desautorizados para compartir el evangelio sin un título oficial.

Y cuando este Remanente comienza a cuestionar estas estructuras a la luz de las escrituras, frecuentemente son etiquetados como rebeldes, orgullosos o engañados.  Pero la historia demuestra que los verdaderos reformadores, aquellos que llamaron a la iglesia de regreso a la palabra, siempre fueron inicialmente rechazados por el establishment religioso de su tiempo. Considera la oración, ese diálogo sagrado entre el alma y su creador. En el evangelio según Mateo 6:6, el Señor enseña algo radical para su contexto cultural. Más tú, cuando ores, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto.

Secreto, intimidad sin audiencia humana, sin performance religiosa, sólo tú y Él. Los fariseos oraban en las esquinas, para ser vistos. El Remanente ora en lo oculto para ser transformados.  Y esta diferencia no es superficial, es fundamental, porque revela donde realmente está puesta la confianza, si en la aprobación de los hombres o en la comunión con Dios. La oración genuina no necesita vocabulario religioso sofisticado. David, el salmista conforme al corazón de Dios, derramaba su alma con palabras crudas y honestas, lágrimas, gritos, confesiones, preguntas, dudas expresadas con transparencia brutal.

Puedes leer los salmos 22 o el 88 si es que quieres ver qué tipo de oración agrada al Padre. No son palabras pulidas para impresionar, son el clamor visceral que confía lo suficiente como para ser completamente vulnerable. Ese Remanente del que venimos hablando está recuperando esta autenticidad en su vida de oración. Ya no necesitan que alguien ore por ellos como si no tuvieran acceso directo. Saben que tienen un Sumo Sacerdote que intercede continuamente, como afirma Hebreos 7:24-25, Mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.

Y saben que el Espíritu mismo intercede por ellos con gemidos indecibles cuando ni siquiera encuentran las palabras. Según Romanos 8:26: Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Ahora bien; hablemos de algo que genera controversia, pero que debe ser abordado con honestidad escritural. La cuestión de la autoridad espiritual. ¿Quién tiene autoridad para enseñar? ¿Quién puede arrogarse interpretar las escrituras de manera correcta?

 Las estructuras institucionales, generalmente responden que están habilitados para hacerlo sólo aquellos con una educación formal, una ordenación oficial y un reconocimiento denominacional. Pero la escritura lo que cuenta, es una historia diferente. Los apóstoles originales eran pescadores, recaudadores de impuestos, celotes, hombres sin preparación teológica formal. Esto se confirma en Hechos 4:13; Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús. Se maravillaban. Me pregunto cuántos, hoy, podrían maravillarse con alguno de nosotros.

¿Qué los hacía diferentes? Sólo un punto clave: habían estado con Jesús. Esa era su credencial. No un diploma, no una ordenación humana, simplemente el haber pasado tiempo precioso en la presencia del Señor. Y esto de modo literal, no simbólico, ni como parte de nuestra fraseología religiosa. El Remanente de este siglo está redescubriendo que la verdadera autoridad espiritual, fluye de la intimidad con Cristo y del conocimiento profundo de su palabra. Sí, los maestros dotados por el Espíritu son valiosos. Si, aquellos con entrenamiento teológico sólido, pueden ser de gran bendición. Nadie osaría poner en duda eso.

Pero cuidado, el don de la enseñanza no es monopolio de una clase profesional. El Espíritu sopla donde quiere. Como le dijo Jesús a Nicodemo en Juan 3:8, El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. A lo largo de la historia del pueblo de Dios, Él ha levantado voces proféticas desde los lugares más inesperados. Pastores de ovejas, como David y Amós. Una reina como Ester. Un copero como Nehemías. Mujeres como Débora y Priscila. El Reino de Dios opera bajo principios que desafían constantemente las jerarquías y las expectativas humanas.

Déjame llevarte ahora a una verdad que tal vez sea la más liberadora de todas. El evangelio, la buena noticia de salvación por gracia mediante la fe, no necesita ser empaquetado en programas institucionales para ser efectivo. Rn Romanos 1:16, Pablo declara que el evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Poder de Dios, no poder de una institución, no poder de un sistema. Ni siquiera poder de un determinado y único credo.  Poder inherente en el mensaje mismo, cuando es proclamado con fe y en la unción del Espíritu.

Allí es donde el Remanente comprende que pueden ser portadores de este evangelio, donde quiera que vayan. Sin crear una nueva religión, ni un nuevo grupo selecto. Pueden hacerlo en sus trabajos, en sus vecindarios, en sus barrios, como decimos aquí, en conversaciones casuales con gente casual, porque siempre es aquello que el Espíritu dirige sobrenaturalmente. La evangelización más efectiva, históricamente, no ha ocurrido a través de campañas masivas organizadas desde arriba, sino a través de creyentes comunes, compartiendo su testimonio con otros en el contexto de relaciones auténticas.

La expansión explosiva de la fe en el primer siglo, ocurrió sin edificios dedicados, sin presupuestos multimillonarios, sin tecnología moderna. ¿Y qué era lo que tenían? ¡Tenían el poder del Espíritu Santo! Tenían un mensaje que transformaba vidas, tenían amor genuino los unos por los otros, que hacía que el mundo observador dijera: ¡Miren como se aman! Y ese amor no era actuado en servicios dominicales, era vivido diariamente en la comunidad. Que se entienda de una vez y para siempre. La iglesia nació para ser vista cotidianamente por el mundo incrédulo, no para encerrarse semanalmente entre cuatro paredes.

Ahora permíteme abordar algo delicado, pero crucial. Estoy refiriéndome a la cuestión de la generosidad y las ofrendas. ¿Cuántos que hoy constituyen ese Remanente del que estamos hablando, han sido manipulados por enseñanzas distorsionadas sobre la prosperidad? O con amenazas de maldición si no diezman, con promesas de retorno financiero garantizado si siembran una semilla de fe. Pero escucha la claridad de 2 Corintios 9:7: Cada uno dé como propuso en su corazón. No con tristeza ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre.

Propuso en su corazón, dice. No bajo coacción, no bajo manipulación emocional, no bajo amenaza espiritual, desde el corazón, guiado por el Espíritu, con gozo. El Remanente está aprendiendo que la verdadera generosidad, trasciende directamente el acto de depositar dinero en una ofrenda institucional. Es el plato de comida preparado para un vecino necesitado. Es el tiempo invertido escuchando a alguien en crisis. Es la hospitalidad que abre puertas y corazones. Es el dar sin esperar nada a cambio. Siguiendo el ejemplo del Señor que dijo en Mateo 10:8: De gracia recibisteis, dad de gracia.

 Y cuando esta generosidad fluye naturalmente del amor de Cristo derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, según Romanos 5:5 no hay carga, sólo hay alegría. Pablo dice: y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Esto es la alegría de participar en la obra redentora de Dios en el mundo. Ahora bien; llegamos a un punto que requiere sabiduría y equilibrio. No todo alejamiento de estructuras institucionales es saludable. ¿Por qué?

Porque hay quienes se apartan impulsados por heridas no sanadas, por amarguras no resueltas, por orgullos disfrazados de espiritualidad. Hay quienes rechazan toda forma de contenidos y leyes congregacionales y terminan en desvíos serios, porque rechazaron toda voz que pudiera corregirlos. Esto no es lo que estamos describiendo. Este Remanente del que te estoy hablando no se aleja hacia el aislamiento orgulloso ni hacia la autosuficiencia arrogante. Se aleja hacia una dependencia más profunda de Cristo y hacia formas de comunión más auténticas y escriturales.

Proverbios 18:1, advierte que quien se aísla busca su propio deseo y, contra todo consejo, se encoleriza, monta en santa ira. Puntualmente, dice: Su deseo busca el que se desvía, Y se entremete en todo negocio. La soledad espiritual elegida por rebeldía, es peligrosa, peo hay otro tipo de soledad. Es la del profeta en el desierto, la del apóstol exiliado en Patmos, la del reformador que debe pararse solo porque la verdad así lo exige. Esta soledad no es buscada por preferencia, sino aceptada por obediencia. Y, aún en esa soledad, nunca estamos verdaderamente solos.

Porque el Emanuel, Dios con nosotros, ha prometido que jamás nos dejará ni nos abandonará, como declara Hebreos 13:5. El Remanente también está redescubriendo el poder de las escrituras, sin filtros interpretativos controlados. Por siglos, la antigua iglesia institucional y tradicional mantuvo la biblia fuera del alcance de la gente común. Se decía que era peligroso que personas no educadas leyeran la palabra por sí mismas, que necesitaban que el clero les dijera qué significaba lo que estaban leyendo. Pero cuando la reforma protestante puso las escrituras en manos del pueblo, una explosión de fe genuina sacudió al mundo.

¿Por qué? Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, como dice en Hebreos 4:12. No necesita que la religión la haga relevante, ya lo es. Es más cortante que toda espada de dos filos y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Cuando un creyente se sienta regularmente con las escrituras, permitiendo que el Espíritu Santo ilumine su comprensión, algo transformador comienza a ocurrir. Eso, si no se entra en lo que podría verse como una nueva iglesia institucional y tradicional que, al igual que la antigua, se ve a sí misma como propietaria de Dios y de sus mandatos.

Lo cierto es que, cuando comienzas a permitirle al Espíritu revelarte lo que tiene para ti, las escamas religiosas se te caen de los ojos, las tradiciones humanas se distinguen claramente de los mandamientos divinos, la voz del buen pastor se vuelve inconfundible en medio del ruido religioso y esta persona ya no puede ser fácilmente manipulada por enseñanzas que suenan piadosas pero que contradicen la revelación escrita. Como lo podemos ver en Hechos 17:11, Examina todo a la luz de las escrituras para ver si estas cosas son así. O sea que si yo me ofendo si tú buscas confirmar con tu biblia lo que te estoy diciendo, yo estoy en desobediencia, aunque me muestre como una enorme autoridad fuera de serie.

Permíteme ahora preguntarte algo directamente. ¿Alguna vez has experimentado ese momento en el que un versículo que habías leído cientos de veces de repente cobra vida y te habla con una claridad que traviesa toda tu situación actual? Ese instante en el que sabes, con certeza absoluta, que el Espíritu Santo te está comunicando algo específicamente a través de la palabra. Seguramente que si te pudiera dar un espacio podrías escribir no menos de tres o cuatro cosas en donde el Espíritu te habló directamente de modo tal que no te quedaron dudas. Recuerda que estos testimonios edifican a toda una comunidad. Y recuerda también que servimos a un Dios vivo que todavía habla, y habla mucho y bien.

Volviendo a nuestro tema central, hay otra razón profunda por la cual este Remanente se aleja de ciertos espacios religiosos. Han comenzado a entender la naturaleza del Reino de Dios de manera diferente. El Señor enseñó que el Reino de Dios no viene con advertencia. En Lucas 17:20, dice: No dirán helo aquí o helo allí, porque he aquí el Reino de Dios está entre vosotros. Entre vosotros, no en edificios, no en organizaciones, no en sistemas, sino dentro de aquellos que han nacido de nuevo por el Espíritu. El Reino es una realidad espiritual invisible que se manifiesta visiblemente a través de vidas transformadas.

Entre otras particularidades, el Remanente está compuesto por gente que está cansada de jugar a la iglesia. Cansada de la apariencia de piedad que niega su eficacia.  Como advierte Pablo en 2 Timoteo 3:5: anhelan sustancia, no sombra. Quieren la cruz con su llamado al sacrificio, no un evangelio diluido que promete nada más que comodidad. Desean el fuego purificador del Espíritu, no el calor emocional de experiencias manufacturadas. Y cuando no encuentran esto en las estructuras, buscan en otro lugar. O, mejor dicho, más que en otro lugar, que difícilmente lo hay, lo buscan de otra manera.

Regresan a lo esencial, a lo fundamental, a lo apostólico. Considera también cómo el Remanente está redescubriendo, asimismo, la suficiencia de Cristo. En Colosenses 2:10, Pablo declara que, en Él, estáis completos. Completos. No necesitados de sistemas humanos para alcanzar madurez espiritual. No dependientes de programas para crecer en santidad. Cristo es suficiente. Su obra es completa. Su provisión es total. Esta comprensión libera a los creyentes de la esclavitud sutil de pensar que necesitan estar conectados a una organización religiosa específica para para tener favor con Dios o para ser espiritualmente efectivos.

Pero mucho cuidado de entender esto de manera torcida, porque esto no significa rechazar toda forma de orden o estructura. Pablo mismo establece que todo se haga decentemente y en orden, como lo dice en 1 Corintios 14:40. Pero hay una gran diferencia entre el orden orgánico que facilita la edificación mutua y un sistema burocrático que sofoca al Espíritu. El Remanente está aprendiendo a discernir esta diferencia. Está creando o uniéndose a comunidades más pequeñas, más flexibles, más relacionales, donde el énfasis está en conocerse profundamente unos a otros y no en mantener a una institución funcionando.

Hay también una dimensión profética en este movimiento de alejamiento. A lo largo de la historia bíblica, Dios repetidamente ha llamado a un Remanente por fuera de sistemas religiosos corrompidos. Llamó a Abraham fuera de Ur de Caldea. Llamó a Israel fuera de Egipto. Los profetas constantemente llamaron al pueblo de regreso a la pureza de su pacto, cuando la religión se había vuelto vacía de contenido real. Juan el Bautista preparó el camino del Señor desde el desierto, por fuera del establishment religioso de Jerusalén.

 El Mesías mismo fue rechazado por el sistema religioso de su tiempo. Y la iglesia primitiva nació en hogares y catacumbas, no en catedrales. Entonces, cuando vemos a este Remanente contemporáneo alejándose de estructuras institucionales, podría ser que el Espíritu esté orquestando algo profético, podría ser un llamado al regreso a la simplicidad y pureza del primer amor. Efesios 2:4-5, contiene una advertencia que resuena poderosamente. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de donde has caído y arrepiéntete.

El primer amor era apasionado, sin cálculos, totalmente entregado, ¿Verdad? ¿Cuánta de la actividad religiosa moderna está impulsada por ese primer amor, en contraposición con la obligación, la tradición o, incluso, el interés propio? Los hombres y mujeres de ese Remanente están haciendo preguntas difíciles. ¿Para qué existe esta estructura? ¿A quién sirve, realmente? ¿Está produciendo discípulos genuinos de Cristo o simplemente consumidores de servicios religiosos? ¿Se está predicando el evangelio del Reino o un evangelio reducido a técnicas para una vida mejor?

Y cuando las respuestas honestas a estas preguntas revelan desviación del patrón del Nuevo Testamento, este Remanente Despierto enfrenta una decisión. ¿Permanecemos intentando reformar algo que tal vez el Espíritu ya no está respaldando? ¿O respondemos el llamado a salir, como en 2 Corintios 6:17? Salid en medio de ellos y apartaos, dice el Señor. Este versículo no es un llamado al sectarismo ni al legalismo farisaico, es un llamado a la santidad, a la separación del mundo y de la mundanalidad que puede infiltrarse, incluso, en contextos religiosos.

Y aquí está la paradoja hermosa. Los que se alejan de la religión organizada, a menudo se acercan más a Dios. Los que sueltan la seguridad de las estructuras humanas, descubren la suficiencia de la gracia divina. Los que pierden su lugar en el sistema, encuentran su identidad en Cristo de maneras más profundas que nunca antes. Es importante también reconocer que este proceso de alejamiento, frecuentemente viene acompañado de dolor genuino. No es fácil dejar comunidades donde has invertido años. No es simple alejarte de relaciones significativas.

No es cómodo ni agradable ser malentendido, criticado o incluso demonizado por aquellos que no comprenden tu trayectoria espiritual. Muchos de estos miembros de ese Remanente atraviesan lo que podríamos llamar un desierto, un tiempo de soledad y prueba similar a la que el Señor experimentó después de su bautismo. Pero es precisamente en el desierto donde Dios, a menudo, hace su obra más profunda. Es allí donde quitamos las distracciones y escuchamos su voz con mayor claridad. Es allí donde nuestra fe es refinada como oro en el fuego.

Según 1 Pedro 1:7, durante este tiempo de transición, aprendemos verdades fundamentales sobre la naturaleza de la fe. Aprendemos que la adoración no requiere música profesional ni tecnología de punta. Un corazón quebrantado cantando un himno a capella, puede ser más agradable al Padre que la producción más elaborada si en ella falta la sinceridad. Aprendemos que la enseñanza más renovadora puede provenir de una conversación honesta sobre un pasaje de la escritura con un hermano alrededor de una mesa y no necesariamente de un sermón pulido desde un púlpito.

 Aprendemos que el ministerio más efectivo, a menudo, es el acto más silencioso de servicio que nadie ve, excepto aquel cuyos ojos lo ven todo. Hay también una dimensión de esto relacionada con la autoridad espiritual mal entendida. Mucha gente ha sido enseñada que deben someterse incuestionablemente a líderes religiosos citando Hebreos 13:17 cuyo texto dice: Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso.

Pero este versículo debe entenderse en el contexto completo del Nuevo Testamento. Porque los líderes descriptos en el Nuevo Pacto son siervos, no señores. El mismo Jesús lavó los pies de los discípulos y declaró en Mateo 20:26: Más entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor.  La autoridad legítima en el Reino de Dios, se reconoce por su fruto, no por sus títulos. Se valida por el carácter semejante a Cristo, no por credenciales institucionales. Y cuando alguien en posición de liderazgo comienza a ejercer control manipulador, a demandar lealtad personal en lugar de fidelidad a Cristo, a enriquecerse del rebaño en lugar de alimentarlo, este Remanente reconoce estas señales como advertencias.

No son rebeldes por alejarse de tal liderazgo, son obedientes al mandato de probar los espíritus, como instruye 1 Juan 4:1. El Remanente también está redescubriendo la belleza de la sencillez en la práctica de su fe, en un mundo donde los servicios religiosos se han vuelto cada vez más elaborados, con producciones que rivalizan con conciertos seculares y mensajes diseñados para viralizar en redes sociales. Hay algo profundamente contracultural en reunirse simplemente para orar, leer la palabra juntos, compartir testimonios de la fidelidad de Dios y partir el pan en memoria del sacrificio del Cordero.

Esta sencillez no es pobreza espiritual, es riqueza concentrada, es volver a lo que realmente importa. Considera las palabras del salmista en el salmo 42:1: Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Esta es la sed que caracteriza al Remanente que está despertando. No sed de entretenimiento religioso, no sed de experiencias emocionales pasajeras. Sed de Dios mismo. Y esta sed no se sacia con más programas, más actividades o más eventos, se sacia únicamente con su presencia.

Y su presencia no está limitada a ningún edificio ni controlada por ninguna organización humana. Está disponible para todo aquel que lo busca con todo su corazón. Ahora bien; hablemos sobre algo que frecuentemente genera confusión. Algunos me preguntarán: Pero Néstor, ¿acaso la escritura no nos manda a no dejar de congregarnos como algunos tienen por costumbre? Si, eso es lo que dice, efectivamente, en Hebreos 10:25. Absolutamente sí, pero aquí está la clave: congregarse no es sinónimo de asistir a servicios institucionales. Congregarse significa reunirse, juntarse, tener comunión unos con otros.

Y esto puede ocurrir. De hecho, ya ha ocurrido a lo largo de toda la historia de la iglesia en contextos muy diversos.  En hogares, en campos abiertos, en prisiones, en catacumbas. Lo que importa no es el lugar ni la estructura, sino la realidad espiritual de creyentes reunidos en Cristo, edificándose mutuamente en amor. O sea que este Remanente no está abandonando la comunión, está abandonando la falsificación de la comunión. Está dejando atrás los espacios donde se los trataba como espectadores pasivos en lugar de hacerlo como lo que eran: sacerdotes activos.

Están saliendo de entornos donde su valor se medía conforme a su contribución financiera o a su disponibilidad para servir en programas, no por su identidad como hijos amados de Dios. Y también están buscando o creando espacios donde puedan ser conocidos verdaderamente, no superficialmente. Donde puedan confesar sus luchas, sin temor a ser juzgados. Donde puedan crecer en santidad rodeados de hermanos que los aman lo suficiente como para hablar verdad en sus vidas. Hay una profundidad de comunión que sólo es posible en grupos más pequeños e íntimos.

El Señor mismo modeló esto, no es un invento nuestro. Porque Él tenía las multitudes, si, pero su inversión principal no fue con toda esa muchedumbre, sino que fue en doce hombres. Y fíjate que, aún dentro de ese círculo, tenía aún otro círculo más íntimo de tres personas: Pedro, Santiago y Juan. No porque amara a algunos más que a otros, sino porque la intimidad genuina tiene límites prácticos. No puedes conocer profundamente a centenares de personas, pero puedes conocer profundamente a unos pocos. Y cuando esos pocos están unidos en Cristo, caminando juntos en fe, rindiendo cuentas unos a otros, llorando juntos, celebrando juntos, orando juntos, estudiando juntos, sirviendo juntos, esto es la iglesia en su expresión más pura y poderosa.

Déjame llevarte ahora a algo que tal vez sea el corazón, la base, el fundamento central de todo este asunto. El Remanente que está despertando, está experimentando un cambio de paradigmas en su comprensión de lo que significa ser la iglesia. Durante siglos, el modelo dominante ha sido: la iglesia es un lugar al que vas. Pero el Nuevo Testamento revela algo diferente: la iglesia es lo que eres. Eres templo del Espíritu Santo, como declara 1 Corintios 6:19. Junto con otros creyentes, eres edificio de Dios, como afirma 1 Corintios 3:9. No vas a la iglesia, ERES la iglesia.

Y esta simple pero profunda corrección de entendimiento, lo cambia todo. Si eres la iglesia, entonces donde quiera que vas, la iglesia va contigo. Tu lugar de trabajo se convierte en campo misionero. Tu vecindario, el rioba como dice nuestro lunfardo que ama hablar al vesre, es decir al revés, eso se convierte en tu parroquia. Tus conversaciones cotidianas se transforman en oportunidades para testificar. Tu hogar se convierte en centro de ministerio. Ya no estás esperando que la institución haga el trabajo del Reino. Tú eres el agente del Reino. Eres embajador de Cristo, como dice 2 Corintios 5:20.

Y esta embajada no requiere aprobación institucional. Fue comisionada directamente por el Rey de reyes, cuando dijo: toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos en todas las naciones. Eso es lo que se lee en Mateo 28:18-19. O sea que este Remanente se está tomando muy en serio esta gran comisión. No están esperando que alguien organice un evento evangelístico. Están compartiendo el evangelio naturalmente en el flujo de sus vidas. No están esperando que la institución desarrolle un programa de discipulado. Están invirtiendo en las vidas de otros.

Modelando, de alguna manera, lo que significa seguir a Cristo, tal como pablo instruyó a Timoteo en 2 Timoteo 2:2: Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. Ahora bien; es crucial enfatizar que este movimiento de alejamiento de estructuras institucionales, no es uniforme ni monolítico.  Algunos hombres y mujeres permanecen en iglesias institucionales y trabajan como si fueran levadura, desde adentro, siendo sal y luz, llamando a la reforma y al arrepentimiento cuando es necesario.

Otros encuentran iglesias más pequeñas que, aunque organizadas, mantienen su enfoque en lo esencial y no han caído en los excesos que caracterizan a muchas mega estructuras. Y otros más están planeando nuevas expresiones de comunidad cristiana que son más orgánicas, relacionales y descentralizadas. Lo que une a todos estos componentes de ese Remanente, no es su respuesta específica al sistema, sino su compromiso inquebrantable con Cristo y con su palabra. Están determinados a seguir al Cordero donde quiera que vaya, como describe Apocalipsis 14:4.

Y si esto significa nadar contra la corriente de la religiosidad popular; si significa ser malentendidos incluso por otros creyentes, si significa caminar un sendero más solitario y difícil, están dispuestos a pagar ese precio. Porque han probado algo auténtico y ya no pueden conformarse con imitaciones. Hay también un elemento escatológico en todo esto que no podemos ignorar. Las escrituras profetizan que en los últimos tiempos habrá apostasía, como advierte 2 Tesalonicenses 2:3. Habrá falsos maestros que introducirán herejías destructoras, según 2 Pedro 2:1. Habrá un tiempo en donde no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias pasiones.

Como predice 2 Timoteo 4:3-4.  ¿Podría ser que estamos viendo el cumplimiento de estas profecías en nuestros días? El Remanente está observando como doctrinas extrañas se han infiltrado en lugares que antes eran sólidos. Como el evangelio de la prosperidad ha reemplazado el evangelio de la cruz en incontables púlpitos. Como la teología del dominio y el triunfalismo, han desplazado la teología del sufrimiento redentor y la perseverancia. Como el sincretismo con la cultura secular ha diluido la distintividad del llamado cristiano.

Y en respuestas a estas desviaciones, el espíritu está llamando a un Remanente a mantenerse firme en la fe una vez dada a los santos, como exhorta Judas 3. Este Remanente no se caracteriza por su visibilidad ni por su influencia institucional. De hecho, pueden ser completamente desconocidos en los círculos religiosos prominentes, pero son conocidos en el cielo. Sus nombres están escritos en el Libro de la Vida del Cordero y están cumpliendo el propósito para el cual fueron llamados. Ser testigos fieles en medio de una generación torcida y perversa, como describe Filipenses 2:15, entre la cual resplandecen como luminares en el mundo.

Permíteme también abordar el tema del sufrimiento, porque esto es parte integral de la experiencia de muchos miembros de ese Remanente mencionado, que se han alejado de estructuras religiosas. No sólo enfrentan la incomprensión y el rechazo de la comunidad religiosa que dejaron atrás, sino que también pueden experimentar un sentido de duelo por lo que perdieron, incluso si lo que dejaron no era saludable. Este duelo es legítimo. Es normal extrañar la familiaridad, la comodidad, el sentido de pertenencia, incluso cuando sabemos que dejarlo atrás fue lo correcto.

Pero en medio de este sufrimiento, hay una promesa preciosa. En Mateo 5:10-11, el Señor dice: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os insulten y os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande.  El sufrimiento por causa de la verdad, no es señal de que te has equivocado. A menudo es una confirmación de que estás en el camino correcto. Quienes constituyen ese Remanente también están redescubriendo algo que la iglesia primitiva sabía bien.

El verdadero poder espiritual no viene a través de estructuras humanas impresionantes, sino a través de la debilidad humana donde la fuerza de Dios se perfecciona. Pablo aprendió esta lección cuando el Señor le dijo, en 2 Corintios 12:9: Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Cuando soltamos nuestra dependencia a sistemas humanos. Cuando renunciamos a la seguridad de las estructuras institucionales. Cuando nos encontramos nada más que con nuestra fe desnuda en Cristo, es precisamente allí cuando su poder puede manifestarse más plenamente.

Esto no es triunfalismo, esto es realismo bíblico. La historia de la redención está llena de momentos en donde Dios actuó poderosamente a través de los débiles, de los despreciados, de los que no tenían nada a su favor, excepto su promesa. Recuerda a Gedeón, con sólo trescientos hombres. David con una honda. Los discípulos, en el aposento alto, atemorizados y confundidos, hasta que el Espíritu descendió. No engo ninguna duda: Dios se especializa en utilizar lo que el mundo y la religión consideran insignificante, para avergonzar a los sabios y a los poderosos, como declara 1 Corintios 1: 27-28.

Este Remanente que está despertando, está aprendiendo a confiar en esta dinámica del Reino. Está descubriendo que no necesitan las plataformas, los presupuestos, las estructuras organizacionales masivas para hacer una diferencia eterna. Necesitan obediencia. Necesitan fe. Necesitan amor. Necesitan el poder del Espíritu Santo. Y estas cosas están disponibles para cualquiera que se humille ante el Padre y busque su rostro con sinceridad. El tamaño de tu congregación, el prestigio de tu credo o tu denominación, el reconocimiento de los líderes religiosos, nada de esto impresiona al Altísimo. Lo que Él busca es un corazón contrito y humillado. Como declara el salmista en el salmo 51:17.

Ahora hablemos sobre la libertad que viene con este alejamiento de sistemas religiosos opresivos. Es una libertad gloriosa, pero también aterradora al principio. Porque cuando ya no tienes un sistema que te diga exactamente en qué creer, en cómo comportarte, en que hacer, en cuando hacerlo, tienes que aprender a caminar en dependencia directa del Espíritu Santo. Y esto requiere madurez espiritual, requiere conocimiento profundo de las escrituras, requiere discernimiento afinado a través de la práctica constante. Como describe Hebreos 5:14: El alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.

 Esta libertad también viene con responsabilidad. Ya no puedes culpar al pastor si tu vida espiritual se estanca. Ya no puedes esconderte detrás de la institución si fallas en vivir el evangelio. Estás cara a cara con tu propia condición espiritual, sin los adornos religiosos para disfrazarla. Y esto puede ser brutalmente honesto, pero es precisamente esta honestidad brutal la que permite un crecimiento genuino. Porque sólo cuando reconocemos nuestra verdadera condición, podemos experimentar la gracia transformadora de Dios de manera profunda. Este Remanente está también recuperando un entendimiento más profundo de la santidad.

En muchos círculos religiosos, la santidad se ha reducido a comportamientos externos. No hagas esto, no digas aquello, no vayas allá. Pero, la santidad bíblica es mucho más profunda, es ser apartado para Dios. Es ser transformado de gloria en gloria por el Espíritu del Señor. Como describe 2 Corintios 3:18, es Cristo formándose en nosotros. Como anhelaba Pablo en Gálatas 4:19. Esta santidad no se logra siguiendo reglas religiosas externas, sino mediante la obra interna del Espíritu en un corazón rendido. Y aquí está la belleza de todo esto. Cuando la santidad es genuina, producida por el Espíritu, tiene un atractivo magnético.

La gente que vive cerca de ti, lo nota. Hay algo diferente. No es perfección, porque todos seguimos siendo obras en progreso, pero hay una autenticidad, una integridad, una paz que el mundo no puede dar ni quitar. Y esto abre puertas para conversaciones sobre la esperanza que hay en nosotros, tal como instruyó Pedro en 1 Pedro 3:15. Estad siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros. El Remanente está descubriendo que este tipo de vida, atrae a otros que también están cansados de la religión vacía y hambrientos de realidad espiritual.

Sin anuncios, sin campañas de marketing, sin estrategias de crecimiento eclesiástico, simplemente la vida de Cristo manifestada en vasos de barro y otros siendo atraídos a la luz que ven brillando.  Esto es evangelismo orgánico. Esto es expansión del Reino de la manera que siempre fue diseñada. También es importante hablar de la adoración en este contexto, la adoración verdadera, como Jesús le enseñó a la mujer samaritana. No se trata de ubicación geográfica ni de metodología específica. En espíritu y en verdad. Esto significa adoración que surge del espíritu regenerado del creyente, guiada por el Espíritu de Dios y fundamentada en la verdad revelada de las escrituras.

Esta adoración puede ocurrir en cualquier lugar y en cualquier momento. Puede ser el canto espontáneo de alabanza mientras conduces tu vehículo. Puede ser el llanto silencioso de gratitud en tu habitación. Puede ser el servicio humilde a un necesitado. Puede ser la obediencia costosa a un mandato divino. El Remanente está aprendiendo que la adoración es un estilo de vida, no un evento semanal. Como Pablo exhorta en Romanos 12:1: Os ruego, por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios que es vuestro culto racional. Tu vida entera se convierte en un acto de adoración cuando es vivida conscientemente para la gloria de Dios.

Y esta adoración continua, esta práctica de la presencia de Dios, transforma tu perspectiva, sobre todo. El trabajo secular se vuelve sagrado, las tareas mundanas se convierten en actos de devoción. Cada interacción es una oportunidad para honrar al Rey. Ahora bien; se que algunos que están recibiendo todo esto, pueden estar sintiendo una mezcla de emociones, tal vez alivio en darse cuenta que no están solos en su experiencia. Tal vez confirmación de que lo que han estado sintiendo no es locura ni rebeldía, sino una obra del Espíritu. Pero tal vez también confusión sobre qué hacer prácticamente.

¿Cómo se ve esto en la vida diaria? Permíteme ofrecer algunas reflexiones prácticas, no como mandatos rígidos, sino como sugerencias nacidas de la experiencia de muchos que han caminado y hoy siguen caminando este sendero. Primero, profundiza radicalmente en las escrituras, haz de la palabra tu compañera diaria, tu consejera, tu correctora. Léela, estúdiala, medita en ella, memorízala, permite que sature tu mente y tu corazón. Esto te ancla cuando las tormentas vienen. Esto te guía cuando las decisiones son confusas. Como el salmista declara en el salmo 119:105: Lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi camino.

Segundo: cultiva una vida de oración constante, no sólo momentos dedicados, aunque eso son vitales, sino una conversación continua con el Padre a lo largo del día. Como lo dice Pablo en 1 Tesalonicenses 5:17, orad sin cesar. Esto significa vivir en una conciencia permanente de su presencia hablando con Él, sobre todo, y escuchando su voz suave en medio del ruido de la vida.

Tercero: busca comunión auténtica con otros creyentes que comparten tu hambre por realidad espiritual. Esto puede requerir intencionalidad. Tal vez necesites iniciar una reunión en tu hogar. Tal vez necesites invitar a algunos hermanos para estudiar la biblia juntos. Tal vez necesites ser vulnerable y compartir tu trayectoria con otros que hoy puedan estar sintiendo lo mismo. La comunión verdadera, a menudo requiere riesgo relacional, pero la recompensa vale la pena.

Cuarto: vive el evangelio prácticamente en tu esfera de influencia. No esperes oportunidades perfectas. Ama a tu vecino, sirve en tu comunidad, bendice a los que te rodean, sé sal y luz donde Dios te ha plantado. La credibilidad del evangelio en nuestro tiempo, no vendrá principalmente a través de argumentos apologéticos, sino a través de vidas transformadas que demuestran el poder de Cristo.

 Quinto: mantén un espíritu humilde y enseñable. Es fácil, al reconocer los problemas en los sistemas religiosos volverse orgulloso o crítico. Resiste esa tentación, recuerda que todos, de alguna manera, sin convertirlo en doctrina, somos pecadores salvos por gracia. Mantén tu corazón tierno hacia aquellos que todavía están en los lugares que dejaste. Ora por ellos, ámalos, sé paciente. El mismo Espíritu que te guio a ti puede guiarlos a ellos en su tiempo perfecto.

Sexto: acepta que este camino puede incluir temporadas de soledad. Habrá momentos en que te sientas como Elías bajo el enebro, pensando que eres el único que queda. Pero recuerda la respuesta de Dios; me he reservado siete mil varones que no han doblado la rodilla ante Baal, como aparece en 1 Reyes 19:18. No estás solo, hay un Remanente, aunque no siempre visible, pero que está despertando cada día con mayor fuerza y volumen.

 Séptimo: y quizás lo más importante: mantén tus ojos fijos en Jesús, el autor y consumador de la fe, como lo dice Hebreos 12:2. No en sistemas, no en líderes humanos, no en tu propia experiencia espiritual, En Él. Porque Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Cuando todo lo demás se sacude, Él permanece firme. Cuando todas las estructuras fallan, Él sostiene. Cuando toda voz humana confunde, su voz trae claridad.

Al llegar a este punto de nuestra reflexión, es esencial reiterar algo fundamental. Este mensaje no es un llamado a la división ni al juicio hacia aquellos que permanecen felices y bien alimentados en estructuras institucionales saludables. Hay iglesias que, aunque organizadas, mantienen su fidelidad a Cristo y a su palabra. Hay ministros que pastorean con integridad, que sirven con humildad, que protegen al rebaño en lugar de explotarlo. Si estás en un lugar así, da gracias a Dios y sirve fielmente allí.

Pero si estás en un lugar en donde tu espíritu se ahoga y la verdad está comprometida, donde la religión ha reemplazado a la relación, donde las tradiciones humanas han anulado los mandamientos de Dios como Jesús advirtió en Marcos 7:13, entonces ten el valor de escuchar la voz del Espíritu, ten el valor de ser como Abraham, que salió sin saber adonde iba, confiando en la promesa de Dios, como lo vemos en Hebreos 11:8. Muchos somos los que lo hicimos y no estamos arrepentidos en absoluto.

Los miembros de este Remanente, del cual gracias a Dios formamos parte con mi familia, no somos mejores que otros creyentes, simplemente estamos respondiendo a un llamado específico en su tiempo y contexto. Estamos siendo reformadores en su propia medida, llamando de regreso a la simplicidad del evangelio en medio de la complejidad religiosa. Y la historia nos enseña que los reformadores siempre pagan un precio: enfrentan oposición, son malentendidos, a veces son perseguidos, pero también son usados por Dios para mantener viva la llama de la fe verdadera en tiempos de oscuridad espiritual.

Entonces, si después de escuchar todo esto, te reconoces como uno de los componentes de ese Remanente que está despertando, si el Espíritu ha confirmado en tu corazón que este mensaje es para ti, permite que te anime con estas palabras: ¡No estás loco! ¡No estás loca! No estás en rebeldía, no estás equivocado ni equivocada, estás respondiendo al llamado del buen pastor, ese al que le que conoces su voz. Eso es promesa en Juan 10:4.

Estás siendo guiado a pastos más verdes y aguas de reposo, como profetiza el salmo 23. Y aunque el camino pueda ser solitario por temporadas, Él camina contigo. Aunque la jornada sea difícil, su gracia es suficiente. El Padre está levantando en estos tiempos un pueblo que no será definido por afiliaciones denominacionales, ni por membresías institucionales, sino por su lealtad inquebrantable a Cristo y su palabra. Un pueblo que no busca su propia gloria, sino la gloria del Rey. Un pueblo dispuesto a perder su vida para encontrarla.

Como el propio Jesús enseña según lo relata Mateo 10:39. Un pueblo que entiende que el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia paz y gozo en el Espíritu Santo, según Romanos 14:17. Este pueblo, este Remanente, (Luego se verá si puede considerarse santo), está esparcido por todo el mundo, en diferentes culturas, hablando diferentes idiomas, viviendo en diferentes circunstancias, pero unidos por el mismo Espíritu, la misma fe, el mismo Señor.

Y aunque quizás nunca se conozcan personalmente en esta tierra, están conectados en el Reino invisible del Espíritu. Son la iglesia verdadera, la eklessia, que significa los llamados fuera, no de lugares geográficos, sino de sistemas mundanos y religiosos que oprimen en lugar de liberar. Y la promesa es esta: lo que Dios ha comenzado en ustedes, lo completará hasta el día de Cristo Jesús, como asegura Filipenses 1:6. El que los llamó es fiel, el que comenzó la buena obra la perfeccionará.

 No por fuerza ni por poder humano, sino por su Espíritu, como proclama Zacarías 4:6. Confía en ese proceso abraza la jornada y camina con valentía en la libertad conque Cristo nos hizo libres, sin someterte nuevamente a yugo de esclavitud, como se lee en Gálatas 5:1. Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.

Como te bendice 1 Pedro  5:10 cuando dice: Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca. A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén. Ahora ya lo sabes. No tienes que salirte de ninguna parte de la que no quieras salir, ni discutir ni pelearte con nadie con quien no quieras discutir. Sólo tienes que orar, entregar tu vida entera a Cristo y decir “amén” a todo lo que Su Espíritu Santo te mande y te demande. Eso es ser Hijo. Eso es vivir EN la libertad de Cristo y en Su profundidad y Justicia de Reino.

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diciembre 21, 2025 Néstor Martínez