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Oísteis Que Fue Dicho

Me gusta mucho escudriñar la Palabra y, como recompensa, recibir revelación fresca sobre asuntos que hasta allí estaban escondidos al entendimiento del hombre. Me gusta porque es parte de este ministerio que el Señor puso en mis manos y por eso lo disfruto como recompensa propia. Sin embargo, en cada perla cultivada encontrada, la sombra de la duda natural pasa por mi espíritu. ¿Será así? ¿Estaré en lo cierto? ¿No será mi deseo el que prevalece en lugar del deseo del Señor? No me preocupa eso, es lo que generalmente les sucede a todos y a cada uno de los que han recibido algo nuevo. Y está bueno que así sea, porque cuando el hombre se ve a sí mismo como infalible, es cuando perdió el rumbo. Así que toca dar gracias a Dios por pasar por esa situación.

Que no es la del día de hoy. Porque hoy más que revelación, lo que tengo es una certeza. Y las pocas veces que ha habido certeza en mi espíritu, sólo ha sido por causa de un solo responsable: el Espíritu Santo. Es el único capaz de dar certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve. Mi certeza de este día, es que hemos comenzado a vivir el tiempo de Mateo 5. ¿Pero de qué tiempo estoy hablando? Porque Mateo 5 trae distintos temas y, si bien todos son importantes, no sé en cuál de ellos se afirma esta certeza tan singular y firme. Las bienaventuranzas, la comparación con la sal de la tierra, y de la luz del mundo. Las consideraciones sobre la ley y la exhortación sobre la ira. El tan conocido asunto del adulterio, del divorcio y de los juramentos. ¿Cuál de esos temas es la base de esta certeza? Ninguno. Es el que le sigue.

Que comienza con Jesús diciendo algo clave, base y epicentro: oísteis que fue dicho, pero ahora yo os digo. Eso encierra Mateo 5 para hoy. Así como los que oyeron la ley del Antiguo Testamento tuvieron que modificar sus mentes y restaurar sus pensamientos en el nacimiento del Nuevo Pacto, así también hoy, en toda esta transición y reforma que la iglesia está viviendo en su traslado del evangelio de la salvación al del Reino proclamado siempre por Jesús. Todos ustedes, que se formaron bajo la tutela de las enseñanzas bien intencionadas pero incompletas de la iglesia evangélica tradicional, oyeron que les fue dicho una serie de cosas que hoy, al amparo de esa misma palabra que nunca vuelve vacía y que sigue siendo pilar de liberación de ataduras, se están cambiando por otras que habrá que adoptar sí o sí, por simple obediencia a la guía toda verdad que está ejerciendo el Espíritu Santo de Dios.

Ojo por ojo, diente por diente. La ley de Moisés establecía que conforme a lo que te hubiera sido hecho perjudicialmente, estabas en todo tu derecho de hacerle lo mismo a tu agresor. Venganza personal, sin esperar ninguna otra forma de justicia. Jesús estableció que a quien te golpeara en la mejilla derecha, debías presentarle la izquierda. Esta enseñanza de ninguna manera establece que el mal no debe ser resistido. Cuando les desparramó las mesas a los cambistas del templo, dejó bien en claro que al mal si había que resistirlo. Y no con suaves modales, precisamente. No quiero dar una clase de historia bíblica, quiero determinar lo que el Espíritu Santo demanda hoy. Críticas, injurias, calumnias, murmuraciones y todo ese arsenal que Satanás pone en la boca de quienes se oponen al evangelio del Reino, serán puestas a consideración del Padre de Justicia. Y que no te quepan dudas, habrá justicia. Que nada tiene que ver con venganza.

Lo que está escrito después, tiene que ver con todo eso, con un cambio de mentalidad, no necesariamente de leyes. y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Esto tiene que ver con la permanente buena predisposición que el hijo de Dios debe tener para todo lo que haga, tanto propio como ajeno, por salario. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Esto es de alta excelencia en honestidad y empatía. Pero en estos tiempos también necesita de discernimiento pleno. Una cosa es la mendicidad por necesidad auténtica y otra muy distinta la mendicidad como negocio armado para acceder a una renta inmerecida. Hay organizaciones dedicadas a eso. Hace algunos años, una de ellas trajo a mi país a un grupo de mujeres rumanas, a las que ponían en las calles a mendigar, cargando niños que no eran propios, para ablandar emocionalmente a los probables dadores de dádivas. Bondad, si; ingenuidad, no. Al hijo de Dios no se lo podrá engañar con estratagemas malignas.

Y luego viene la que, estimo, es la principal, por todo lo que significa y representa: Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. A ver, entendamos esto tal como es y no como tantos y tantos decidieron verlo. La ley mosaica ordenaba claramente amar al prójimo. Levítico 19:18 es muy contundente: No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová. Sin embargo, ya en el tiempo de Jesús, algunos maestros añadieron una aplicación errónea, opuesta y malintencionada, aborrecer al enemigo. Eso no estaba en la inicial.

Y todo porque ellos consideraban a los incircuncisos, no como prójimo, sino como enemigo, por lo cual ese precepto los autorizaba a aborrecerlos. Jesús vino, entre otras cosas, a poner muchas de estas doctrinas humanas personales y sectoriales en blanco sobre negro. Y entonces les recuerda que cuando Dios dice prójimo, se refiere a todas las personas existentes, incluso a los peores enemigos que alguien pueda tener. Para cumplir con esta ley debemos amarbendecirhacer el bien y orar por nuestros enemigos, no solo por nuestros amigos. O sea que Jesús entendió que tendremos enemigos, pero debemos responderles con amor, confiando en que Dios protegerá nuestra causa y destruirá a nuestros enemigos de la mejor manera posible, transformándolos en nuestros amigos. ¿Te suena ilusorio eso? Lo lamento, es palabra de Dios, ¿Algún cuestionamiento de tu parte? Yo, ni disfrazado ni dormido, me atrevo. ¿Te están persiguiendo por tu fe, hoy? La actitud del discípulo hacia la persecución religiosa debe ir más allá de la no represalia a un amor positivo.  Al hacer esto, estamos imitando a Dios, quien demuestra amor a nuestros enemigos, (Él no los tiene), al hacer llover sobre justos e injustos.

Tú tienes un campo pequeño, conseguido con mucho esfuerzo y sacrificio. El mismo que diariamente debes realizar para sembrar, cosechar y obtener el mínimo rédito de él. Tu vecino posee miles de hectáreas, conseguidas mediante fraudes y otras operaciones delictivas. Sin embargo, a la hora de llover en beneficio de los sembrados, esa lluvia es la misma para él que para ti. ¿Injusticia? No. Amor al prójimo. Como si no considerara el carácter humano en absoluto, Dios manda que su sol brille sobre lo bueno y lo malo. Como si no supiera que cualquier hombre es vil, Él manda a su lluvia caer sobre el justo e injusto. Sin embargo, sí lo sabe, pues no es una deidad ciega. Él lo sabe; y sabe cuándo su sol brilla en acres de aquel miserable que está produciendo una cosecha para un patán. Lo hace deliberadamente. Cuando la lluvia está cayendo sobre el cultivo del avaro, Él sabe que el opresor se hará más rico por ello, y tiene la intención que así sea; Él no hace nada por error y nada sin propósito. ¿Qué nos dice Dios cuando actúa así? Yo creo que dice esto: Este es el día de gracia gratis; este es el tiempo de misericordia. Aun no es la hora del juicio, cuando Él separará lo bueno de lo malo; cuando se sentará en el trono del juicio y premiará diferentes porciones a los justos y a los malvados.

Hasta aquí es lo que conocemos, o al menos creemos conocer. Es también lo que enseñamos, aprendemos, difundimos, predicamos y se nos predica. ¿Es todo? Lo era, supongo que, hasta hace un rato, nada más. ¿Y ahora qué? Ahora se nos está mostrando que es el tiempo de las conclusiones. Todos nosotros hemos oído que, y hemos aceptado y creído eso. Pero resulta ser que ahora se nos está diciendo que, y no terminamos de asumirlo, de aceptarlo y mucho menos de creerlo. Sabemos, por ejemplo, que en los últimos días el amor de muchos se enfriará, ¿Verdad? ¿Alguien se tomó el trabajo, en algún sitio del planeta, de evaluar qué es lo que sucede en las personas cuando el amor que sentían por algo o alguien, se enfría? Si se trata de amor de pareja, que suele ser el primero que se nos ocurre, sólo podemos pensar en ruptura, separación, divorcio. De acuerdo, pero me temo que no es de este amor del que se habla en ese versículo, sino del amor que mencionamos al principio: el amor al prójimo y, por consecuencia directa, el amor a Dios mismo. Y como todo amor se compone de un ida y vuelta, o de reciprocidades, ya tienes el panorama más claro. Dios no dejará nunca de amarte, pero tú puedes decidir por la causa que sea, dejar de recibir ese amor. O reemplazarlo por otro más terrenal o más místico, fantasioso o, inclu.so, esotérico. Sucede, lo sabemos.

¿Qué es lo que aparece en una vida humana cuando desaparece el amor? Hay dos variables, nada más. Indiferencia, es la primera. Odio es la otra. Vamos a lo concreto: ¿Estás observando, donde quiera que residas, cierta o mucha indiferencia, en la gente que conoces, por las cosas de Dios? Yo sí, aquí en Argentina, país que en los años de la década de los 90, parecía ser líder en espiritualidad, hoy las personas están dedicadas a cualquiera menester cotidiano que se te ocurra, menos el de pensar, aceptar o creer en un Dios que los está protegiendo, observando y amando. Obviamente, no puedes pretender que alguien que ha trabajado mínimamente ocho, aunque pueden ser muchas más horas en un día, por causa de sus necesidades apremiantes en lo económico, y que tiene una familia por la cual velar, esposa o esposo, hijos, etc., tenga el tiempo necesario o suficiente para ponerse a escudriñar las escrituras y ver si recibe alguna revelación del Espíritu Santo para su vida de fe. Eso es ilusorio y hasta ingenuo imaginarlo. Y mucho más, si en lo práctico, emocional, material y natural no recibe nada que se lo justifique.

Eso, en el creyente que asiste más o menos regularmente a una iglesia, le produce agobio, cansancio, apatía, frustración, decepción y, finalmente, enfriamiento en su amor por las cosas de ese Dios y ese Cristo en el que cree y, casi por automática consecuencia, indiferencia. Eso, en el más elegante de los casos. Porque el otro, el del odio, no sólo no es menos elegante, sino directamente trágico. ¿Es que alguien puede llegar a sentir odio por las cosas de Dios? Mira a tu alrededor. ¿Qué estás viendo en el planeta entero y en todo su conjunto? ¿Estás viendo expresiones de amor o de odio? Y entonces es cuando tú me dices: ¡Pero era gente que amaba al Señor! Sí. Aquí es donde mi cultura musical me trae un recuerdo. Un antiguo tema de la melancólica música argentina dice, en una parte de su letra: “Si tu me odias estaré yo convencido / de que me amaste mujer con insistencia / porque ten presente de acuerdo a la experiencia / de que tan sólo se odia lo querido”. Como toda música secular, contiene un grado de tinieblas en sus contenidos, pero no me digas que no tiene también algo de verdad popular lo que dice.

¿Cuántos seres humanos que conoces o has conocido han pasado casi violentamente del amor al odio por algo o por alguien? De acuerdo, pero de allí a odiar a Dios hay un gigantesco paso que no parece que nadie se atreva a dar, ¿Verdad? Cierto, pero no es por respeto, reverencia o algo similar, generalmente es por temor. Se les enfría el amor a Dios, pero no se les enfría la idea de lo que el poder de Dios puede hacer con sus vidas. Curioso y contradictorio, ¿No te parece? Así es el hombre, pero con un detalle que no siempre se tiene en cuenta. Si el mandamiento es amar al prójimo y el hombre ha sido, es y seguirá siendo el centro de la creación para Dios mismo, ¿Cómo habrá que interpretar que un hombre que dice ser cristiano odie a otro hombre, al que sabe que Dios ama del mismo modo que lo ama a Él? Voy a dejar de lado al extremo oriental del planeta por razones espirituales. ¿No nos llenamos la boca expresando que los que habitamos este punto geográfico del hemisferio. somos occidentales y cristianos? Que somos occidentales no hay dudas. Que somos cristianos, por poco, por mucho, en la práctica o sin práctica, de uno u otro bando de los más conocidos, también lo somos, al menos en su enorme mayoría. ¿Y entonces?

Entonces aterrizo en Mateo 5 y el Espíritu Santo nos recuerda: Oíste que fue dicho que aceptando a Cristo como Salvador personal y convirtiéndolo en Señor de tu vida, e incorporándote a una iglesia cristiana, tu vida iba a cambiar totalmente, pero yo hoy les digo que, si no cuelgas tu viejo hombre en la misma cruz que colgaron a Jesús, tú carne no se muere. Y es imposible volver a nacer de nuevo si no se ha muerto antes. Y sin un nuevo nacimiento, también es imposible estar y vivir EN Cristo. Y si no vives EN Cristo, podrás ser parte de una religión llamada cristianismo, cumplir con todas sus reglas, tener una conducta visible y externa compatible con lo que en esos lugares se proclama y se enseña, pero mucho me temo que no eres parte genuina del Reino de los Cielos. Es imposible estar EN Cristo y sentir odio por otro ser humano. No interesa si te ha lastimado, ofendido, agredido o hasta arruinado. No interesa si tiene una ideología opuesta a la tuya y lo consideras un enemigo. Es falso que debes aborrecerlo. Es genuino y bíblico que debes amarlo. Y con la fuerza de tu carne y el apoyo de tus cinco sentidos, te resultará imposible lograrlo. Sólo te será posible estando EN Cristo, que es como decir: siendo un mismo Espíritu con Él.

Si recurrimos a las ciencias, nos van a decir que el odio tiene su origen en una serie de factores relacionados con las emociones. Eso nos fue dicho. Pero hoy debo aclararte que todo ese palabrerío científico bien intencionado, pero palabrerío al fin, tiene en idioma espiritual una sola palabra: carne. Tú, si quieres, llámale alma, corazón o como mejor te agrade, pero sigue siendo carne. Y la carne y sus obras, por mejor intencionadas o logradas que sean, no sólo no agradan a Dios, sino que Él las aborrece. Que no es sinónimo de odio, sino sencillamente sacarlas de su consideración divina. Dios ES amor y no existe odio en Él. Por tanto, lo opuesto a Dios, que es Satanás, también es lo opuesto en cuanto a su manera de expresar. Satanás no ama a nadie, ni siquiera a quienes lo sirven. Por lo contrario, odia al hombre en toda su extensión, ya que tiene más que claro que es el centro de la creación de Dios y que todo lo creado ha sido, es y seguirá siendo para el hombre, no para ningún arcángel caído. Por lo tanto, si vivir en amor es vivir en Cristo, vivir en odio permanente hacia lo que sea, cualquiera sea el argumento, es vivir en Satanás y sus demonios.

Aquí es donde muchos pretenden defenderse diciendo que aunque se muestren enojados por algo o con alguien y procedan con cierta violencia, ellos aman a sus cónyuges, sus padres, sus hijos y a sus amigos. No le hace. Mateo 5 te recuerda que: Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? ¡Ah, no! ¡Ningún hermano de la iglesia puede decir que no lo amo! ¡Siempre saludo a todos por igual! Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Está claro. Pero se habla de amor. Hay algunos pasajes en el Antiguo Testamento en los que se habla del odio. En su gran mayoría, en los salmos y proverbios. Un salmo dice sus enemigos lo odian con violencia. No es nada nuevo. Odio y violencia van de la mano. En Cristo no hay violencia. Está más que claro. Otro salmo dice que lo han rodeado con palabras de odio. Esto es menos novedad, todavía. Es suficiente con incursionar en ciertas redes sociales y te vas a encontrar con esto, por toneladas.

Otro añade que le devuelven mal por bien y odio por amor. Queda clara la división. El bien con el amor, el mal con el odio. Pero me gusta el tratamiento prolijo que Salomón le da a esto en sus proverbios. El 10, dice que el odio despierta rencillas, pero el amor cubrirá todas las faltas. El mismo, más adelante añade que el que encubre el odio es de labios mentirosos. El 15 trae un verdadero clásico que todos conocemos: Mejor es la comida de legumbres donde hay amor, Que de buey engordado donde hay odio. Hay algunas menciones más en Eclesiastés, Ezequiel y Oseas y punto. ¿La novedad? La palabra odio no está escrita en ninguno de los libros del Nuevo Testamento. ¿Motivo? Simple. En el Antiguo Testamento se habla de Dios y del amor, y luego de los hombres, sus rencillas y sus odios. No se hace mención de Satanás, salvo en la creación, el huerto y la serpiente. No hay tal cosa como guerra espiritual en el Antiguo. En el Nuevo, el epicentro es Cristo. Y Cristo es representación del bien y del amor. Cuando se habla de Satanás, diablo o demonios, se está hablando indirectamente de odio. Porque, así como Dios ES amor, el reino de las tinieblas ES odio.

Concretamente. Cuando digo “te amo”, el aliento que sale de mi boca y estructura las palabras mediante mis cuerdas vocales, emanan del Espíritu Santo de Dios. Cuando digo “te odio”, ese aliento proviene de mi espíritu humano que en ese lapso está influenciado por demonios. Por un demonio de odio, si quieres rotularlo así. Por eso es que, oíste que te fue dicho que ames a tu prójimo, pero siempre y cuando ese prójimo sea merecedor de tu amor. Hoy yo te digo que a ese prójimo Dios también lo quiere salvar, y si lo marginas o lo aborreces, no estarás ayudándolo a encontrar lo que un día tú pudiste encontrar porque algo o alguien te ayudó a hacerlo. Estás viviendo en un mundo y un tiempo en el que el amor ha pasado a ser una palabra solamente utilizada en lo romántico o directamente en lo erótico o sexual. En el resto de las cosas, la palabra amor es reemplazada por algún eufemismo que impide, a quien lo expresa, sentirse en ridículo ante una multitud que por poco se le reirá en su rostro si dice sentirlo.

La sociedad en la cual nos toca vivir, es lisa y llanamente un yugo desigual, como toda sociedad entre un creyente y un incrédulo. Y no puede llevar a ninguna meta victoriosa. Porque tenemos ese contenido tan singular es que está en nuestra responsabilidad el hacerla operar con la mayor dosis de amor que podamos conseguir. Pero no es tarea sencilla. El hombre sin Dios, (Que de ninguna manera está en estado neutro, como muchos suponen, sino en Satanás), es incapaz de vivir en armonía, en paz, en amor y en bendición. Su boca se convierte ante cualquier pequeña dificultad, en una verdadera cloaca nauseabunda. Y en su corazón tiene sitio para anidar más rápidamente el odio que cualquier otro sentimiento más noble. De allí surgen las maldades más terribles, las traiciones más nefastas y los actos más pecaminosos que se puedan hallar. Si no pasa por una re-generación, que no es una reparación superficial sino un nuevo nacimiento, es imposible que ese hombre obtenga algún resultado digno de glorificar al que lo creó.

Por eso el final de Mateo 5 dice: Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. ¿Acaso Dios pretende que arribemos a un grado y nivel de perfección donde nada de lo podamos hacer sea malo, erróneo o equivocado? No. Porque no es de esa clase de perfección de la que se habla, sino de la misma que le fue otorgada a los ministerios que los hombres administramos con la anuencia del propietario real de cada uno de ellos: perfeccionar a los santos, que lisa y llanamente es acompañar a los convertidos y creyentes en Jesucristo al máximo nivel de madurez que a cada uno le sea posible. Con eso, solamente, ya estará cumplida nuestra tarea. ¿Y qué cosa es la madurez? Oíste que te fue dicho que un cristiano maduro es aquel que no te falta a un solo culto, que siempre está disponible para lo que se necesite en la congregación y que sea obediente a todo lo que el líder decida, como muestra de una sujeción que se debe sostener para que todo se desarrolle de la mejor manera.

Pero yo te digo hoy que, si no has experimentado un nuevo nacimiento y tu vida verdaderamente está escondida EN Cristo, nada de esto habrá de servirte. No solo para madurar, sino incluso para ser un hijo de Dios apto para vivir en Su Reino. Dios ES amor y ese amor reina en Cristo el Hijo. Su único hijo. El unigénito, dice la Palabra. ¿Cómo? ¿Y nosotros? Si tomamos la decisión de crucificar nuestra carne con todos sus deseos, por atendibles que parezcan, y vivir EN Cristo, que es como decir dentro de su ámbito diario, seremos hijos de Dios porque estamos en el Hijo, del cual Él tiene complacencia. Y, por favor, olvídate lo que te enseñaron y no esperes ver a Cristo por allí sentado en un banco de una plaza.

Imagínalo así: dibuja un círculo grande; ese es Cristo. Luego, en el interior de ese círculo, dibuja uno mas pequeño; esa es la creación. Y dentro de este último círculo, ponle un punto. Esa es toda la raza humana. Todo está allí, en Él, pero sólo se comunica y tiene contacto, aquel que decidió morir a la vieja criatura y renacer EN Él. Entiende. Oíste que te fue dicho que Jesucristo estaba contigo, pero ahora, hoy, el Espíritu Santo me envía a decirte que tú eres el que está EN Jesucristo, y no es lo mismo. ¿Puedes entenderlo? Si lo has entendido y aceptado, eres bienvenido a los que peleamos la buena batalla en el ámbito del Reino de los Cielos, ese que el propio Jesús dijo que se había acercado.

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octubre 13, 2024 Néstor Martínez