En el marco de una serie de consejos y mandatos que Pablo le da a conocer a su discípulo Timoteo, hay uno que, si lo examinas con cuidado, se convierte en una clave de victoria o derrota a futuro. Está escrito en el capítulo 5 de la Primera carta de Pablo a Timoteo y en el verso 22. Dice: No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro. Aquí el apóstol Pablo de Tarso le da esta instrucción a Timoteo en el contexto de la ordenación o reconocimiento de líderes en la iglesia, eso es verdad, pero tan verdad como que también tiene un contexto espiritual muy poco enseñado.
Porque el tema de la imposición de manos no concluye en esto ni allí, va mucho más allá y conviene verlo en todos sus elementos. Porque, créeme, cuando conozcas algunos de estos pormenores, lo pensarás muy bien antes de hacerlo. Esta es una advertencia muy seria. El hombre que estaba frente al predicador tenía sus ojos cerrados, por su rostro corrían lágrimas y sus manos estaban alzadas esperando recibir la oración, esperando ese toque que traía la corriente eléctrica del cielo.
A la vista superficial, todo parecía perfecto y santo. Había una música que sonaba suavemente creando esa atmósfera en donde los milagros suelen ocurrir. Fue en ese momento donde ese predicador lo escuchó. Y no fue una voz audible para los oídos naturales, fue ese trueno silencioso, esa alarma ensordecedora dentro de su espíritu que ella conocía mejor que su propio nombre. Dice que el Espíritu Santo le gritó una sola orden tan imperativa que dice que sintió frío en la médula de sus huesos.
¡No lo toques! ¡Aléjate! Dice este hombre que si hubiera bajado su mano ese día, si hubiera cedido a la presión que ejercía la multitud que esperaba ver caer a ese hombre bajo el poder, si hubiera ignorado esa advertencia roja parpadeando en su alma, algo terrible habría sucedido. No sólo habría perdido la unción ese día, sino que hubiera compartido un pecado oculto tan oscuro, tan denso que podría haberle costado su vida misma.
La gente piensa que el ministerio es un juego, que imponer las manos es un ritual bonito para terminar un servicio de domingo. No tienen idea de que están jugando con uranio espiritual, ese que se usa para crear armas nucleares. No tienen idea de que, al tocar a alguien, abren una compuerta invisible de doble vía. Tú impartes lo que tienes, sí, pero, ¿Te has detenido a pensar qué es lo que ellos te imparten a ti? La Biblia no nos da sugerencias suaves.
Cuando Pablo le escribió a Timoteo, no le estaba dando un consejo administrativo para organizar la iglesia. Eso es lo que mayoritariamente se quiso entender y así se enseñó, pero lo cierto era que le estaba dando una advertencia de supervivencia espiritual. Lee de nuevo el texto de 1 Timoteo 5:22: No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro. ¿Lo has leído? ¿Verdaderamente lo has leído?
Fíjate que dice: ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro. Hay una conexión aterradora entre tus manos y la condición espiritual de la persona que tocas. Es algo que muy poca gente se atreve a contar por temor a asustar a las personas de las iglesias. Habrá que explicar, incluso, por qué muchos predicadores sienten que mueren mil muertes antes de subir a esas plataformas en las que luego harán oír sus voces.
Y por qué tú, en tu vida diaria, podrías estar atrayendo maldiciones, enfermedades y tormentos mentales, simplemente por no entender la ley espiritual de la transferencia. Lo que estás a punto de escuchar, creo que va a cambiar para siempre la forma en que oras por los demás. Y te advierto que, una vez que sepas esto, ya no vas a poder alegar ignorancia ante el trono de Dios. Hay gente que ha vivido lo suficiente como para ver la gloria de Dios descender y hacer caminar a los paralíticos.
Pero también vivieron lo suficiente para ver caer a los hombres de Dios fulminados, secos y vacíos, porque pusieron sus manos donde Dios había dicho ¡No!. El misterio de la imposición de manos es mucho más profundo que un simple contacto físico. Es una fusión de espíritus, es un canal abierto. Y si no estás preparado, ese canal puede ahogarte. Vamos a adentrarnos en las profundidades de las escrituras. No en la superficie, donde todos nadan, sino en lo profundo, donde la presión es fuerte y la verdad es absoluta.
Muchos de ustedes han sentido algo extraño después de orar por alguien, ¿Verdad? Una fatiga repentina que no es normal. Un dolor de cabeza agudo que aparece de la nada después de consolar a ese amigo o amiga que está en rebelión. O quizás, una repentina oleada de pensamientos impuros que jamás habías tenido. Justo después de abrazar y bendecir a alguien que vive en pecado oculto. No son coincidencias, son consecuencias.
La Biblia es un libro de leyes espirituales, tan reales como la ley de la gravedad. Si saltas del último piso de un edificio, la gravedad no te preguntará si eres una buena persona o si tenías buenas intenciones; simplemente caerás. De la misma manera, la ley del contacto espiritual funciona independientemente de lo mucho que ames a Jesús.
Uza es un personaje bíblico que tenía buenas intenciones. Uza amaba el arca. En 2 Samuel 6, vemos que el arca del pacto se tambaleaba. Los bueyes tropezaron. Uza, con el instinto natural de proteger lo sagrado, extendió su mano para sostener el arca. Su intención era noble. Su corazón, quizás, quería servir. Pero en el momento en que su piel tocó la gloria para la cual no estaba consagrado ni autorizado, cayó muerto al instante. David, se enojó, David tuvo miedo. ¿Por qué? Porque Dios no tolera la mezcla.
No puedes tocar lo santo con manos comunes, y no puedes mezclar tu espíritu con lo que no ha sido lavado, sin sufrir las consecuencias. Hoy vivimos en una generación de “manos rápidas”. Vemos a alguien llorando en el altar y corremos a ponerle la mano en la cabeza. Vemos a alguien enfermo, y sin esperar la dirección del Espíritu Santo, nos lanzamos a tocarlo. Creemos que el “poder” está en nosotros. Qué arrogancia. Yo no tengo ningún poder. Si en algún momento ese poder fluye de mí es porque Él ha estimado conveniente usarme como canal. Pero eso es cuando Él lo determina.
Pero ninguno de nosotros tiene nada. Sin el Espíritu Santo, cualquiera de nosotros es uno más de los tantos que andan dando vueltas por allí. Pero cuando Él viene, cuando esa presencia desciende, cualquiera de nuestras manos deja de ser nuestras y se convierten en extensiones de su voluntad. Y Él es celoso, Él no permitirá que su unción fluya por un conducto que se conecta descuidadamente con la oscuridad.
Hablemos de lo que Pablo realmente quiso decir con No impongas con ligereza las manos. La palabra griega, aquí implica precipitación, actuar sin un examen previo, sin discernimiento. En el contexto histórico, se refería a la ordenación de líderes, si. Pero el principio espiritual es eterno y universal. Imponer las manos es señal de identificación. Es decir: yo me hago uno contigo, yo respaldo lo que hay en ti. Y yo abro mi espíritu para compartir lo que tú llevas.
Imaginen por un momento que ustedes tienen un vaso de agua pura, cristalina, sacada del manantial más limpio de las montañas. Esa es tu alma lavada por la sangre de Cristo, buscando santidad. Ahora, imagina que ves un vaso lleno de agua turbia, lodo, veneno y aceite quemado. Esa es una persona que, aunque pueda parecer estar buscando ayuda, en su interior alberga rebelión, odio no perdonado, ocultismo o pecados sexuales no confesados. Si tú tomas una tubería y conectas ambos vasos, ¿Qué sucede? ¿Acaso toda el agua sucia se vuelve limpia instantáneamente?
No. Por ley física, el agua sucia contaminará el agua limpia hasta que ambas estén turbias. Esto es lo que sucede en el reino invisible. Cuando pones tus manos sobre alguien que está bajo la influencia de espíritus inmundos y tú no estás cubierto, no has orado, o peor aún, Dios no te mandó a hacerlo, estás invitando a esos espíritus a que prueben tu propia casa. He visto ministros jóvenes llenos de fuego, perder su pasión en cuestión de meses.
Empiezan a tener luchas con depresiones que no eran suyas. Empiezan a tener batallas con la lujuria que nunca antes tuvieron. Y cuando rastreas el origen, siempre encuentras el momento: impusieron manos sobre alguien con “ligereza”. Se hicieron copartícipes de pecados ajenos. Ha sucedido con gente aparentemente necesitada de un milagro que, en lo secreto, sólo venía a probarse a si misma y a ver si el poder de ese Dios en el que no creían hacía algo a su favor. Imponer las manos sobre alguien así, produce un choque fuerte, donde la parte divina puede ser seriamente afectada.
Es gente que viene a desafiar al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo jamás será desafiado por la carne. La Biblia dice que el que tocaba un cadáver, quedaba inmundo por siete días. ¿Por qué Dios sería tan estricto con la higiene física? Porque estaba enseñando una verdad espiritual. La muerte se pega. La muerte espiritual es contagiosa. Hay personas que son “cadáveres espirituales” andantes; caminan en delitos y pecados, aman su pecado, no tienen intención de dejarlo, pero quieren el alivio de la oración.
Quieren la bendición sin el arrepentimiento. Y tú, en tu impulso emocional, corres y les impones las manos. ¡Peligro! ¡Estás tocando la muerte! Y esa muerte buscará adherirse a tu vida de oración, a tus finanzas, a tu paz mental. Pero hay algo más profundo aquí, algo que te hará temblar si logras comprenderlo. La advertencia de Pablo termina con tres palabras que son el escudo de todo cristiano: Consérvate puro. ¿Y como vas a conservarte puro si vas por la vida mezclando tu unción con cada espíritu que se cruce en tu camino?
La pureza no es sólo no pecar; la pureza es proteger la atmósfera que el Espíritu Santo ha creado en ti. Tienes que cuidar tu atmósfera más que tu dinero, más que tu salud, más que tu reputación. Porque si el Espíritu Santo se entristece y se levanta de ti, tú estás muerto. No tienes nada más. Hay una historia en el Antiguo Testamento, que ilustra esto con una claridad aterradora. Es la de Eliseo y su criado, Giezi. Eliseo era un hombre que entendía los límites espirituales.
Cuando Naamán, el sirio, fue sanado de lepra, Eliseo no aceptó dinero. Sabía que la gracia no se vende. Pero Giezi, movido por la codicia, corrió tras Naamán y tomó prendas y plata. ¿Y qué le dijo Eliseo cuando regresó? ¿No estaba allí mi corazón, cuando el hombre volvió de su carro a recibirte? Eliseo estaba en el espíritu y luego dictó la sentencia: por tanto, la lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre. Hubo una transferencia.
Giezi tomó los bienes materiales de Naamán, pero con ellos tomó su enfermedad espiritual y física. Se hizo partícipe del pecado y de la maldición. ¿Cuántas veces has tomado la lepra de alguien más, porque te involucraste emocionalmente donde Dios no te llamó? A veces, queremos ser los salvadores. Queremos ser nosotros los que hacemos el milagro. Y en ese deseo del Ego, cruzamos la línea de protección. No pongas las manos sobre nadie con ligereza.
Esta frase debería estar grabada en la entrada de cada iglesia, templo o salón donde se diga adorar y servir a Dios, en la portada de cada Biblia. Déjame hacerte una pregunta muy seria y quiero que seas honesto contigo mismo. Allí donde estás sentado o acostado escuchando esto. Quiero que mires hacia adentro, a ese lugar secreto de tu corazón. ¿Alguna vez has sentido, justo en el momento de ir a abrazar u orar por alguien, un freno inexplicable, una sensación de rechazo o pesadez en tu estómago, y lo ignoraste por educación?
¿Y qué pasó después? ¿Te sentiste drenado, enfermo o confundido? Piensa en esto. Jesús imponía manos, sí, pero Jesúis era el Hijo de Dios sin pecado. Y, aun así, notaba cuando la virtud salía de Él. Recuerda a la mujer del flujo de sangre. Ella lo tocó. Jesús no la tocó a ella primero. Ella tocó el borde de su manto con fe, y Él dijo: alguien me ha tocado, porque percibo que ha salido poder de mí. Si Jesús, en su cuerpo glorioso y sin pecado, sentía el drenaje de poder, ¿Cuánto más nosotros?
Pero hay una diferencia crucial: la mujer tocó con fe para recibir vida. Pero cuando tú impones manos sobre un rebelde, estás tocando para recibir muerte. Hay una ciencia divina en esto. Isaac Newton descubrió leyes físicas, pero el Espíritu Santo ha establecido leyes espirituales mucho antes de la fundación del mundo. Hay una ley del acuerdo. Dice: ¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo? Cuando pones tus manos sobre alguien, estás estableciendo un acuerdo visible e invisible.
Estás diciendo “amén” a su espíritu. ¿Tienes una vaga idea de la cantidad de adivinos, curanderos, ocultistas y cuanto satanista se te ocurra, acuden a reuniones cristianas en búsqueda de captar a alguien desprevenido que les imponga sus manos con la finalidad de apropiarse de su unción? Tienes que ser consciente con temor santo a poner tus manos donde Dios no haya puesto su sello, antes. ¿Estás entendiendo, ahora, la gravedad de todo esto? No es un rito. Es una guerra.
Y en la guerra, no tocas al enemigo ni te quitas la armadura para abrazar a un espía, a menos que quieras ser destruido. Pero esto se pone aun más misterioso. No sólo se trata de demonios o pecado, se trata de la madurez. Pablo le dice a Timoteo, no con ligereza. A veces la persona es buena, es un hermano en la fe, pero es un bebé espiritual. Si tú le das una carga de alto voltaje a un bebé, lo matas. Si impones manos para impartir autoridad o un don a alguien que no tiene el carácter para sostenerlo, no lo estás bendiciendo, lo estás destruyendo.
Estás poniendo una turbina de avión en una bicicleta. La bicicleta se desintegrará a la primera aceleración. Se han visto a hombres recibir unciones y posiciones por imposición de manos antes de tiempo, y cinco años después están divorciados, en escándalos financieros o totalmente apartados de la fe. ¿Fue culpa de Dios? No. Fue culpa de unas manos que se impusieron con ligereza, acelerando un proceso que necesitaba tiempo.
Hay un peso de gloria. La palabra hebrea para gloria, es kabod, que significa peso. La gloria pesa. La unción pesa. Y si pones ese peso sobre alguien que no ha construido los músculos espirituales suficientes a través de la prueba y la obediencia, lo vas a aplastar. Nuestra responsabilidad compartida, es discernir. Unos como ministros, otros como ministrados. ¿Está esta persona lista para lo que voy a impartir o estoy actuando por emociones?
La emoción es el enemigo de la unción. La emoción es carne. La unción es Espíritu. La emoción dice: tócalo, pobrecito. El Espíritu dice: espera, déjame tratar con su corazón primero. Quiero que mires tus manos ahora mismo. Esas manos han sido lavadas por la sangre del Cordero, espero. Son instrumentos. En Marcos 16 dice: Sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán. Es una promesa, pero la promesa tiene una premisa; Estas señales seguirán a los que creen.
Y creer implica conocer y obedecer las leyes de Dios. ¿Qué sucede cuando desobedeces esta advertencia? ¿Qué sucede cuando participas de pecados ajenos? Comienzas a sentir una sequía inexplicable. Lees la Biblia, y parece un libro cerrado. Oras, y sientes que tus palabras rebotan en el techo. Pierdes el gozo, te irritas con facilidad. Son síntomas de contaminación espiritual. Has dejado entrar algo que no te pertenece. Has cargado con la mochila de otro.
Gálatas 6:2, dice: Sobrellevad los unos las cargas de los otros. Pero tres versículos más adelante, dice: Porque cada uno llevará su propia carga. Entonces, ¿Se contradice la Biblia? ¡Jamás! Hay cargas que debemos ayudar a llevar: el dolor, la necesidad, el sufrimiento. Pero hay una carga, que es la responsabilidad individual de la santidad y el arrepentimiento. Esa carga no la puedes tocar. No puedes arrepentirte por otro. No puedes creer por otro. Y si intentas hacerlo imponiéndoles tus manos para pasarles tu fe, terminarás perdiendo la tuya.
El misterio de la iniquidad está operando en el mundo, hoy, con una fuerza que no veíamos desde hace cincuenta años. La brujería, se ha disfrazado de espiritualidad moderna. La rebelión, se ha disfrazado de libertad. Y en medio de este campo minado, el cristiano camina descuidadamente, tocando todo, abrazando todo, validando todo. Y el Espíritu Santo está en una esquina, contristado, esperando que alguien tenga el discernimiento de detenerse y preguntar: Señor, ¿Es esto tuyo?
Tus manos son puertas, ciérralas al mal. Ábrelas sólo cuando el Rey de Gloria te de la llave. Hemos llegado al punto en donde el bisturí del Espíritu Santo debe ir profundo. Ya sabes el peligro, ya sabes el peso de la advertencia de Pablo: no participes en pecados ajenos. ¿Pero qué sucede si ya lo hiciste? ¿Qué sucede si en tu ignorancia o en tu afán de ayudar, pusiste tus manos sobre alguien que estaba atado a las tinieblas y ahora sientes que esas cadenas ahora te están apretando a ti?
No entres en pánico, el miedo es la herramienta favorita del diablo. Pero la fe es la herramienta de Dios. Hay una salida, y es tan poderosa, que hará temblar cualquier contaminación que se haya adherido a tu manto. Hablemos de la ley de la separación. En 2 Corintios 6:17, el Señor nos da una ordenanza militar. Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, Y no toquéis lo inmundo; Y yo os recibiré, Escucha bien esa última frase: Yo os recibiré.
Hay una condición para ser recibido en la intimidad profunda del Lugar Santísimo: dejar de tocar lo inmundo. Y tocar, no es sólo físico; es un acuerdo del alma. ¿Te has preguntado alguna vez por qué Moisés tuvo que quitarse el calzado ante la zarza ardiente? Dios le había dicho: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en donde estás, tierra santa es. Moisés no podía traer el polvo de Egipto, la suciedad del desierto, el caminar de su vida pasada, a la presencia directa de la santidad de Dios.
Tenía que haber una separación entre su caminar y la gloria. De la misma manera, tus manos deben ser despojadas de toda conexión pasada antes que puedan ser usadas para impartir vida. Si sientes que has absorbido algo que no es tuyo, esa ansiedad repentina, esa duda corrosiva, esa frialdad espiritual, necesitas hacer una oración de corte espiritual. No es una oración suave. Es una declaración legal en el mundo espiritual.
Tienes que decir: Espíritu de Dios, renuncio a cualquier pacto de alma, consciente o inconsciente que hice al imponer mis manos precipitadamente. Corto el flujo de iniquidad. Me lavo con la sangre de Jesús. La sangre no sólo perdona pecados, la sangre rompe transmisiones. La sangre es el único aislante perfecto en el universo. Cuando la sangre de Cristo está sobre tus manos, puedes tocar al leproso y no infectarte, porque la sangre consume la enfermedad antes que toque tu piel.
Pero sin esa cobertura consciente, estás desnudo en la batalla. Hay un ejemplo bíblico fascinante que casi nadie analiza con profundidad sobre la transferencia del espíritu. Está en Números 11. Moisés estaba agotado. La carga del pueblo era demasiada. Y Dios le dijo, versos 16 y 17: Entonces Jehová dijo a Moisés: Reúneme setenta varones de los ancianos de Israel, que tú sabes que son ancianos del pueblo y sus principales; y tráelos a la puerta del tabernáculo de reunión, y esperen allí contigo. Y yo descenderé y hablaré allí contigo, y tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos; y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo.
Nota lo que Dios no hizo. Dios no le dio un espíritu nuevo e independiente a cada uno de los setenta. Dios tomó del espíritu que estaba en Moisés. Hubo una transferencia. Si Moisés hubiera estado amargado, setenta hombres se hubieran amargado. Si Moisés hubiera estado en rebelión, setenta hombres hubieran entrado en rebelión. La fuente determina el flujo. Por eso hay momentos donde siento una tremenda responsabilidad, sabiendo que el espíritu que cada día esté en mí puede fluir hacia ustedes por el simple hecho de escucharme y creerme. Ese es mi costo laboral. No es menor.
Y aquí es donde entra la historia de Simón el mago en Hechos 8, una de las advertencias más terroríficas del Nuevo Testamento. Simón vio que, por la imposición de las manos de los apóstoles, se daba el Espíritu Santo. Vio el poder. Vio los milagros. Y su reacción fue ofrecer dinero; dadme también a mí este poder, dijo. Pedro, lleno de una furia santa, le respondió: tu dinero perezca contigo, no tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios.
Veo que en hiel de amargura y en prisión de maldad estás. Escudriña esto: Simón quería el método sin tener la rectitud de corazón. Quería la mecánica del milagro sin la moral del maestro. Y Pedro discernió que, si permitía que Simón impusiera manos, esa hiel de amargura envenenaría a la iglesia naciente. La imposición de manos, es el acto final de una vida rendida, no el truco de un mago para ganar influencia.,
Hoy en día, vemos tantas escuelas de profetas, tantos seminarios donde enseñan a la gente a imponer manos y activar dones, como si estuvieran encendiendo un microondas. ¡Qué peligro! ¡Qué insensatez! No puedes activar lo que Dios no ha ungido. Y no puedes impartir lo que no has pagado el precio de obtener en el secreto. La unción cuesta, cuesta todo. Cuesta tu vida, tu ego, tus planes. La persona que vemos en ti, murió hace mucho tiempo. Si el Espíritu Santo no la llena, no tendrá nada para dar.
Quiero que entiendas que tus manos tienen memoria espiritual. Tus manos han tocado cosas impuras en el pasado. Tus manos han acariciado el pecado. Tus manos han robado, han golpeado o han servido al ídolo del yo. Antes que te atrevas a ponerlas sobre la cabeza de un hijo de Dios, esas manos deben pasar por el fuego del altar. En Isaías 6, el profeta gritó: ¡Ay de mí! Que soy muerto, hombre de labios inmundos. ¿Y qué hizo el ángel? Voló con un carbón encendido del altar y tocó su boca.
El fuego purificó el instrumento. ¿Estás dispuesto a dejar que el fuego de Dios queme la ligereza de tus manos hoy? ¿Estás dispuesto a decirle al Señor nunca más tocaré a alguien para ser visto, nunca más tocaré para manipular, nunca más tocaré sin tu orden? Quiero que hagas algo profético ahora mismo, donde sea que estés. Mírate las palmas de las manos. Imagina que son libros abiertos ante Dios. Hay historias escritas en ellas que necesitan ser borradas.
Este es el momento de tu liberación. Es necesario que allí donde estés efectúes una declaración de fe, que rompa con cualquier ciclo de transferencia negativa. Puedes decir: Señor, lava mis manos con tu fuego. Rompo toda ligadura de alma que no proviene de ti. Hoy consagro mis manos sólo para tu gloria. Si quieres y tienes con qué, lo mejor sería escribirlo en alguna parte, porque al escribirlo estarás estableciendo un decreto.
Estás cerrando las puertas traseras que dejaste abiertas al imponer manos con ligereza. El cielo está registrando tu declaración y tu decreto como un acta de consagración. Y luego, si quieres, vete a ministrar a quien debas ministrar. Pero nunca lo hagas esperando imponer manos para que ocurran milagros, dale prioridad a la adoración y, cuando la presencia de Jesús sea casi palpable por lo real, entonces los milagros sucederán sin necesidad de que uses tus manos. Con el poder del Espíritu Santo será suficiente.
La imposición de manos es necesaria, sí, y también es bíblica. Pero es un punto de contacto para cuando la fe necesita ayuda. Pero el nivel superior, el nivel al que deberías acceder, es donde la sombra de Pedro sanaba a los enfermos, ¿Recuerdas? Pedro no tenía que tocarlos, su sola presencia saturada de Dios, desplazaba a los demonios. Eso es lo que quisiera que seas, no un imponedor o imponedora de manos serial, sino que seas un portador o portadora de la gloria.
Que cuando entres a una habitación, los demonios tiemblen, y no por lo que haces con tus manos, sino por quien camina contigo. Pablo le dijo a Timoteo, Consérvate puro. Esa es tu mayor protección. La pureza es un campo de fuerza. Satanás no puede tocar lo que es puramente de Dios. Cuando te mantienes puro, cuando cuidas tus ojos, tus oídos y tu corazón, tus manos se convierten en extensiones del trono. Y cuando Dios te diga: “toca”, entonces fluirá un río de vida cristalina que resucitará muertos.
Mientras tanto no te llegue esa voz, mantén tus manos alzadas, adorando. Es mejor tener las manos ocupadas en adorar a Dios que llenas de ministerio contaminándote con pecado ajeno. Recuerda esto todos los días de tu vida, sea quien seas y hagas lo que hagas y tengas el prestigio que tengas. La unción no es un juguete, es el poder de la resurrección. Trátala con el temor santo que merece. Y nunca, nunca, pongas tus manos sobre nadie repentinamente, a menos que estés dispuesto a compartir eternidad con lo que estás tocando.