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¡Ahora Le Toca a Satanás!

Lucas 18: 1-8 = También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que, viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?

Nuestra oración tiene estos tres aspectos: 1) Nosotros mismos. 2) El Dios a quien oramos. Y 3) Nuestro enemigo, Satanás. Toda oración verdadera se relaciona con estos tres aspectos. Cuando nos reunimos para orar, naturalmente oramos por nuestro propio beneficio. Tenemos necesidades, deseos y esperanzas, y por lo tanto oramos por todo eso. Oramos para lograr nuestras peticiones. No obstante, en la verdadera oración no debemos pedir simplemente las cosas que se refieren a nuestro bienestar, debemos también orar por la gloria de Dios y por el reinado celestial en la tierra.

Aunque el obtener las respuestas a las oraciones, nosotros los que oramos somos los beneficiarios inmediatos, la realidad espiritual muestra también que el Señor alcanza gloria y que su voluntad se realiza. La respuesta a la oración da mucha gloria a Dios, pues revela la inigualable grandeza de su amor y de su poder al cumplir las peticiones de sus hijos. También indica que su voluntad se realiza, porque el Señor no contesta la oración que no está de acuerdo con su voluntad. Nosotros pedimos y Dios es aquel a quien pedimos. En la oración lograda se benefician ambos, el que pide y el que otorga la petición.

El que pide obtiene el deseo de su corazón y Dios logra que su voluntad se cumpla. No necesitamos insistir en este punto, puesto que todos los hijos de Dios que tienen algo de experiencia en la oración, saben la relación que existe entre estos dos aspectos de la oración. Pero lo que ahora nos gustaría recordar a los creyentes es el hecho de que si en la oración sólo ponemos atención a estos dos aspectos de Dios y el hombre, nuestra oración todavía es imperfecta. Aunque sea muy efectiva, en el éxito todavía hay derrota, pues aún no hemos llegado a dominar el verdadero significado de la oración.

Sin duda que todos los creyentes espirituales conocen la relación absoluta entre la oración, y la gloria y la voluntad de Dios. La oración no es solo para nuestro propio provecho. Con todo, este conocimiento es incompleto; hemos de tomar en cuenta el tercer aspecto que cuando oramos al Señor, lo que nosotros pedimos y loque Dios promete, perjudicará sin duda alguna al enemigo. Sabemos que Dios rige el universo. Sin embargo, Satanás es llamado “El príncipe de este mundo”. Puesto que el mundo entero está bajo el maligno, se nos dice.

Así pues, vemos que en este mundo hay dos fuerzas diametralmente opuestas, buscando ambas la ventaja. Cierto que Dios tiene la última victoria; sin embargo en este nuestro tiempo antes del reino de los mil años, Satanás sigue usurpando poder en este mundo para oponerse a la obra, a la voluntad y al interés de Dios. Los que somos hijos de Dios pertenecemos a Dios. Si bajo su protección ganamos algo, es claro que significa que su enemigo sufre una pérdida. La medida en que nosotros ganamos, corresponde exactamente a la medida de la voluntad de Dios que se realiza, es a su vez la pérdida que Satanás sufre.

Puesto que nosotros pertenecemos a Dios, Satanás intenta hacernos fracasar, afligirnos o suprimirnos y, por supuesto, no permitir que ganemos ningún terreno. Esta es su intención, aunque su intención no se cumpla debido a que nosotros nos podemos acercar al trono de la gracia acogiéndonos a la preciosa sangre de Jesús, pidiendo la protección de Dios. Cuando Dios oye nuestra oración, el plan de Satanás es definitivamente derrotado. Al contestar nuestra oración, Dios impide la perversa voluntad de Satanás, y por consecuencia, éste no puede infligirnos el mal que tenía proyectado.

Lo que nosotros ganamos en la oración corresponde a la pérdida de Satanás. Así que nuestra ganancia y la gloria de Dios, están en proporción directa a la pérdida de Satanás. Uno gana y el otro pierde; uno pierde y el otro gana. En vista de esto, en nuestra oración debemos considerar no sólo nuestro beneficio y la gloria y la voluntad de Dios, sino también tener en cuenta el tercer aspecto, el que se refiere a Satanás, el enemigo. La oración que no considere los tres aspectos, es superficial, de poco valor, y no podrá lograr muchas cosas.

No hay necesidad de que hablemos de las oraciones superficiales, hechas sin sentido y sin corazón, pues no tienen efecto sobre ninguno de los tres aspectos de la oración. En el caso de un cristiano carnal, sus oraciones, aunque sean razonables, tienen en cuenta únicamente un aspecto, el de su propio beneficio. El motivo de su oración es lograr lo que él desea. Sólo tiene en cuenta su propia necesidad y anhelo. Con tal que el Señor conteste su petición y le conceda el deseo de su corazón, se da por satisfecho. No reconoce que existe la voluntad de Dios ni tiene en cuenta la gloria de Dios.

Y por supuesto, no tiene ni la más remota idea del aspecto que se refiere a hacer que Satanás sufra una pérdida. Pero no todos los creyentes son carnales. Damos gracias a Dios y lo alabamos por los muchos de sus hijos que son espirituales. Cuando éstos oran, su propósito no es tan egoísta que se den por satisfechos sólo con que el Señor conteste su oración, supliendo la necesidad personal que tienen. También ponen mucha atención a la gloria y a la voluntad de Dios. Ellos esperan que el Señor conteste sus oraciones, no porque quieran solamente lograr algo para ellos mismos, sino porque también Dios se glorifica contestando a sus oraciones.

Al orar, no insisten en lograr lo que piden, porque solamente tienen en cuenta la voluntad de Dios. Por lo que a la vo0luntad divina se refiere, no se trata de si el Señor se complace en conceder sus peticiones, sino en si la contestación a las oraciones estará en conflicto o no con la voluntad de Dios y sus planes de gobernar el mundo. Tienen en cuenta no solamente el asunto por el que oran, sino también la relación de este asunto con la perspectiva más amplia de la obra de Dios. Así es que sus oraciones cubren los dos aspectos que se refieren a Dios y al hombre.

Sin embargo, muy pocos cristianos consideran en sus oraciones el tercer aspecto, el de Satanás. La finalidad de la verdadera oración no considera solamente el provecho personal (Muchas veces ni siquiera se piensa en este aspecto), sino que mira como más importante la gloria de Dios y la derrota del enemigo. Ellos no consideran que su beneficio sea de primera importancia. Piensan que su oración ha sido muy valiosa, si por medio de ella Satanás ha sido derrotado y Dios ha sido glorificado. Lo que ellos buscan en su oración es la derrota del enemigo.

Sus miradas no se limitan a lo que los rodea de inmediato, sino que consideran la perspectiva de la obra y la voluntad de Dios en todo el mundo. Con todo, permíteme añadir que con esto no se sugiere que ellos sólo tienen en cuenta los aspectos que se refieren a Dios y a Satanás, y olvidan completamente el aspecto personal de la oración. De hecho, cuando la voluntad de Dios se cumple y Satanás sufre una pérdida, sin duda alguna que ellos reciben provecho. Por lo tanto, el progreso espiritual de un santo puede apreciarse por el énfasis que se nota en su oración.

Lucas 18:1-8 = También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?

En esta parábola, Jesús toca los tres aspectos de la oración de los cuales hemos hablado. Se mencionan tres personas: 1) El Juez. 2) La Viuda. Y 3) El adversario. El juez, (De manera negativa), representa a Dios, la viuda representa a la iglesia de hoy o a un fiel cristiano, mientras que el adversario tiene el puesto de nuestro enemigo el diablo. Cuando explicamos esta parábola, con frecuencia ponemos la atención solamente en la relación entre el juez y la viuda. Notamos como este juez, que ni teme a Dios ni tiene respeto a los hombres, finalmente hace justicia a la viuda porque venía a él constantemente; y sacamos la conclusión: puesto que nuestro Dios no es como ese juez malvado, ¿NO nos hará Él justicia rápidamente si oramos?

Y esto es casi todo lo que explicamos de esta parábola.  Este juez es la única autoridad de una determinada ciudad. Allí él gobierna por completo. En cierto sentido esto es una representación del poder y de la autoridad de Dios. Aunque en el momento presente Satanás dirija temporalmente el mundo, no es más que un usurpador que se ha metido por la fuerza. Cuando el Señor murió en la cruz, arrojó fuera al príncipe de este mundo. Con su muerte, Jesús, despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la Cruz, eso le dice Pablo a los Colosenses en 2:15 de su carta.

Aunque el mundo todavía está sometido al maligno, es una situación totalmente ilegal. Y Dios ha señalado el día en que su Hijo volverá a tomar el Reino y será rey de este mundo durante mil años, y después, eternamente. Antes de la llegada de este tiempo Dios permite solamente que Satanás esté activo, aun cuando el Señor mantiene las riendas del gobierno de este mundo. Satanás podrá dominar sobre todo lo que le pertenece al mismo satanás, podrá hasta llegar a perseguir a los que pertenecen a Dios; sin embargo, todo esto sucede solamente durante un plazo determinado.

E incluso en este corto plazo, Satanás está completamente limitado por Dios. Podrá hostigar a los santos, pero solamente dentro de ciertos límites. Aparte de lo que Dios le permita, el enemigo no tiene ninguna autoridad en absoluto. Esto lo podemos apreciar claramente en la historia de Job. De la misma manera que este juez domina en una ciudad entera, así Dios domina en el mundo entero. Y del mismo modo que es completamente ilegal que los que están bajo la autoridad de un juez hostiguen a otros y se conviertan en sus adversarios, así es algo extraordinario, hasta monstruoso, que Satanás que está bajo la autoridad de Dios, persiga a los santos.

Se nos dice el carácter de este juez por sus propias palabras: NI temo a Dios, ni tengo respeto a hombre. Verdaderamente debe ser una persona inmoral, pues no tiene consideración ni a Dios ni a hombre. Sin embargo, debido a las incesantes visitas de la viuda que Viena a pedir justicia, se molesta y se aburre tanto con sus quejas, que por fin hace justicia. El Señor usa a este juez como una comparación negativa, para subrayar la bondad de Dios; pues Dios no es como el juez malvado de la parábola; al contrario, Dios es nuestro Padre amoroso que nos protege; como desea Dios darnos lo mejor, y además no está desligado de nosotros como está el juez de la viuda.

Así, pues, si un juez como el de la parábola está dispuesto a hacer justicia a la viuda por razón de sus súplicas incesantes, Cuánto más, Dios que es la suma virtud, la suma bondad que nos ama y está tan íntimamente unido a nosotros, ¿Hará justicia a sus hijos que claman a Él incesantemente? Si un juez inmoral hace justicia a una mujer por causa de su continuo clamor, ¿No obrará Dios a favor de sus propios hijos? La razón por la que la viuda obtiene el consentimiento del juez para hacerle justicia, la encontramos en sus incesantes súplicas.

Espontáneamente el juez no le habría hecho justicia a la viuda pues era inmoral y malvado. Sin embargo, nosotros habremos de reconocer que la respuesta a nuestra oración a Dios, no sólo viene por nuestras incesantes oraciones, (Que de por sí deberían ser suficiente para obtener lo que pedimos), sino también por la bondad de Dios. Por esto, el Señor concluye la parábola preguntando: ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos? Estas cuatro palabras “Acaso Dios no hará”, implican una comparación.

Si la viuda depende solamente de su súplica incesante como el medio de conseguir lo que pide, ¿No recibiremos nosotros lo que pedimos por razón de nuestra constante oración a Dios y por razón de su bondad? Esta viuda no tiene a nadie en quien confiar. La misma palabra “viuda” declara sutilmente su soledad. El esposo de quien ella dependía para poder vivir, ha muerto. Ella es ahora una viuda. Verdaderamente ella sirve muy bien de ejemplo de lo que los creyentes somos en el mundo. Nuestro Señor ya ha ascendido al cielo; por lo tanto, hablando simplemente desde un punto de vista físico, los cristianos están tan desamparados como una viuda.

Lo que Mateo enseña en el capítulo 5 revela nuestra penosa condición de cristianos. Hemos de ser los más mansos de todos, no ofrecer resistencia de ninguna clase; y por lo tanto, en todas partes sufrimos persecución y humillación. El Señor y sus apóstoles nunca instruyeron a los creyentes que buscaran en este mundo poder y altos puestos; en su lugar nos enseñan a ser modestos y humildes, y a aceptar el desprecio y la persecución de este mundo rehusando reclamar lo que concede la ley y el derecho. Esta es la posición de los creyentes y el camino que el mismo señor nos ha marcado.

Si el Hijo de Dios debió morir en la cruz sin resistir ni protestara, ¿Acaso podrán sus discípulas esperar del mundo un mejor trato? En vista de todo esto, la viuda es verdaderamente un buen ejemplo de nosotros los cristianos de esta época. Así como la viuda tiene su adversario, también nosotros los cristianos tenemos el nuestro. Y nuestro adversario es Satanás. Hasta el significado de la palabra “Satanás” es “adversario”, que quiere decir enemigo. Por lo tanto, debemos reconocer claramente quien es nuestro enemigo.

Entonces sabremos cómo hemos de acercarnos a nuestro juez que es nuestro Dios, y acusar a nuestro enemigo. Si queremos examinar la razón primaria de la enemistad existente entre nosotros y el diablo, hallaremos que detrás de ella hay una larga historia. Para decirlo resumidamente, esta enemistad comenzó en el huerto del Edén. Después de la caída del hombre, Dios dijo: Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. Eso dice Génesis 3:15.

Cierto que el diablo nos hiere a nosotros los humanos, pero es que Dios ha puesto enemistad en nuestros corazones tanto como en el corazón de Satanás. Del mismo modo que el adversario trató injustamente a la viuda, así de mal nos trata hoy el diablo a los creyentes. ¿Quién sabe lo mucho que hemos sufrido en sus manos? Por supuesto que cuando el diablo nos persigue, nunca se manifiesta ni actúa directamente. Él hace todo su trabajo por medio de personas o de cosas. Él no quiere aparecer abiertamente. Al contrario, él instiga a la gente del mundo para que obre por él, mientras que él mismo lo dirige todo en secreto.

Así como en su primera intervención se disfrazó con la forma de una serpiente, pues igualmente, cada vez que hoy actúa, lo hace encubierto. Por razón de sus engaños, los hijos de Dios se equivocan muchas veces y no reconocen al enemigo real. Algunas veces él debilita el cuerpo de los creyentes causándoles enfermedades y dolores. Así lo dice en Hechos 10:38: cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Y con todo, los creyentes quizás miren su estado como consecuencia de la fatiga o de la falta de higiene, sin darse cuenta que el diablo está obrando detrás del escenario. Sólo con que consideremos este punto, veremos qué enormes suelen ser los sufrimientos de los cristianos en manos de Satanás. Algunas veces el enemigo incita a la gente de este mundo a perseguir a los creyentes y entonces éstos son atacados por su propia comunidad, amigos y familiares. Sin embargo, ellos piensan que esto se debe al odio de la gente hacia el Señor; y no se dan cuenta que en realidad es el diablo el instigador de estos ataques.

Algunas veces el diablo se vale de las circunstancias y coloca a los creyentes en dificultades y peligros. Con frecuencia hace que surjan malentendidos entre los cristianos, con el fin de separar hasta a los amigos más queridos, causando así muchas angustias y lágrimas. Algunas veces el enemigo priva a los creyentes de los bienes materiales, y los reduce a la necesidad e incluso a la miseria. Otras veces oprime sus espíritus y les hace sentirse deprimidos, desasosegados y desorientados. O los ataca en la voluntad haciéndolos incapaces de elegir libremente y poniéndolos en tal situación que no saben qué hacer.

O mete en el corazón de los creyentes un miedo irracional. O Satanás amontona cosas sobre ellos para agotarlos, o les hace perder el sueño para hacerlos sentir exhaustos. O les pone en la mente pensamientos sucios y confusos para debilitar su resistencia, o hasta se disfraza de ángel de luz para engañar y desviar a los creyentes del buen camino. Es imposible acabar la lista de todas las obras que el diablo hace. En resumen, el enemigo hará cualquier cosa que cause que los creyentes sufran en su espíritu o en su cuerpo, que caigan en pecado, o que incurran en pérdidas y perjuicios. Desgraciadamente, muchos de los hijos de Dios no se dan cuenta de la obra de Satanás cuando están sufriendo en sus manos.

Lo que está sucediendo lo atribuyen a causas naturales, accidentales o humanas, y no disciernen cómo en muchos sucesos naturales se esconde lo satánico sobrenatural, como en muchos episodios accidentales, se oculta un plan diabólico, y cómo en muchos tratos humanos se mezclan las malignas maniobras del enemigo. Ahora la tarea más importante para nosotros es la de identificar al enemigo. Debemos saber con certeza quién es nuestro adversario, quien es el que nos causa tanto sufrimiento. Con mucha frecuencia pensamos que nuestros sufrimientos son causados por los hombres.

Pero la Biblia nos dice que no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, que es como decir nada menos que de este sistema, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. ¿O no dice eso? Por esto, cada vez que sufrimos a manos de un hombre, necesitamos recordar que detrás de la carne y la sangre, Satanás y sus poderes de las tinieblas pueden muy bien estar dirigiéndolo todo. Debemos tener la necesaria visión espiritual para discernir la obra de Dios de las maniobras de Satanás que están detrás de todo.

Debemos distinguir lo que es natural de lo que es sobrenatural. Debemos estar tan eje3rcitados en las cosas interiores, de manera que tengamos conocimiento de las realidades espirituales, para que ninguna de las obras ocultas de Satanás pueda escapar a nuestra observación. Si este fuera el caso, ¿No reconoceríamos que lo que usualmente consideramos hechos naturales o accidentales pueden envolver la obra del enemigo oculto tras la escena? Veríamos enseguida que Satanás está realmente tratando de frustrarnos a cada paso y de oprimirnos en todas las cosas.

Qué lástima que hayamos sufrido tanto por culpa suya en el pasado, sin saber que era él el que nos hacía sufrir. Hoy, parte de nuestro trabajo más urgente, es el crearnos un corazón lleno de aborrecimiento hacia Satanás por su crueldad. No hemos de temeré que nuestra enemistad hacia Satanás se haga demasiado honda. Antes de que exista la posibilidad de que podamos vencer, debemos mantener en nuestro corazón una actitud hostil hacia él, decididos a no dejarnos oprimir por él. Tenemos que comprender que lo que hemos sufrido en las manos de Satanás es un perjuicio real que debe ser vengado.

Él no tiene derecho a atormentarnos, y sin embargo aún lo hace. Esto es verdaderamente una injusticia, un agravio que no puede quedar sin venganza. Después que esa viuda ha sufrido mucho, viene al juez pidiendo justicia. Esto es algo que debemos aprender a hacer. Nosotros no acudimos a jueces de la tierra implorándoles que intervengan a nuestro favor. (Nosotros, si somos creyentes genuinos no hacemos eso. El resto, aún los religiosos, sí suelen hacerlo).

Nosotros pedimos a nuestro juez que no es otro que nuestro Padre Dios en el cielo. Las armas de nuestra milicia no son carnales. Por lo tanto, no emplearemos ningún medio terreno o carnal contra los instrumentos de carne y sangre utilizados por Satanás. Muy al contrario, en vez de mostrar impaciencia, ira o siguiera hostilidad contra ellos, debemos compadecernos de ellos porque no son más que instrumentos de Satanás. Veamos que, en el combate espiritual, las armas de la carne son completamente inútiles. No solamente inútiles, sino que, con toda certeza, el que las usa, será vencido por Satanás.

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mayo 8, 2026 Néstor Martínez