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5 – Corrupción

 

Romanos 8: 21 = porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Es notorio que si es la creación la que se encuentra bajo esa esclavitud, el hecho determinante de ser hijos de Dios la derrumba. La versión NTV, como siempre, nos muestra una conclusión más simple en su entendimiento del tema. Dice: la creación espera el día en que será liberada de la muerte y la descomposición, y se unirá a la gloria de los hijos de Dios. Descomposición, una palabra más elegante y menos repugnante que putrefacción, que es lo que realmente significa.

La palabra corrupción suele evocar imágenes inmediatas: políticos deshonestos, empresas que manipulan reglas, sistemas que se tuercen para favorecer a unos pocos. Pero si uno se detiene un momento y mira más profundo, la corrupción no es solamente un fenómeno institucional ni un problema exclusivo de “los de arriba”. Es, en esencia, una distorsión del orden original de las cosas: una grieta que comienza en lo invisible —en el corazón humano— y luego se expande hacia lo social, lo económico y lo cultural.

Desde una perspectiva bíblica, pero sin caer en discursos religiosos rígidos, la corrupción puede entenderse como la desviación del propósito. En el relato de la creación, todo fue diseñado con armonía, con intención, con un equilibrio que reflejaba el carácter de Dios: justicia, verdad, bondad. La corrupción aparece cuando ese diseño se altera, cuando lo que debía servir a la vida comienza a servirse a sí mismo. Es como un engranaje que deja de cumplir su función y, en lugar de colaborar con el sistema, empieza a dañarlo desde adentro.

Lo interesante —y a la vez incómodo— es que la Biblia no presenta la corrupción como un problema externo que se soluciona simplemente cambiando leyes o reemplazando líderes. Más bien, la ubica en una dimensión más íntima. Jesús, en los evangelios, señala que lo que contamina al ser humano no es lo que viene de afuera, sino lo que sale del corazón: intenciones torcidas, egoísmo, codicia. Dicho de otro modo, la corrupción no empieza en el palacio de gobierno; empieza en decisiones pequeñas, cotidianas, muchas veces invisibles. Y luego, claro, por imperio de la democracia, puede terminar tranquilamente en el palacio de gobierno, claro que si. 

Esto no significa que las estructuras no importen. Al contrario, los sistemas pueden amplificar o limitar la corrupción. Pero pensar que todo se resuelve “cambiando a los de arriba” es una simplificación peligrosa. Es como querer arreglar una humedad pintando la pared sin revisar la cañería: el problema reaparece, porque la raíz sigue intacta. Un funcionario de un país muy pobre se pasaba los días haciendo discursos en los que se ufanaba de que en su gobierno no había corrupción. Hasta que un día, un periodista, cansado del discurso simplista le respondió: No es que aquí no hay corrupción, lo que no hay es dinero para robarse…

Ahora bien, hablar de corrupción desde una fe firme en el evangelio del Reino de Dios implica algo más que señalar errores. Implica también proponer una alternativa. El Reino de Dios, tal como lo enseñó Jesús, no es un sistema político ni una ideología, sino una forma de vida donde los valores se invierten: el mayor sirve, el que tiene comparte, el que lidera lo hace con humildad. En ese contexto, la corrupción no tiene espacio porque pierde su combustible principal: el ego desordenado.

Pero seamos honestos: esto suena muy bien en teoría. En la práctica, todos, en mayor o menor medida, lidiamos con la tentación de torcer un poco las cosas a nuestro favor. El clásico “no pasa nada”,es solo una vez”, “todos lo hacen”. Y ahí aparece el humor involuntario de la condición humana: criticamos la corrupción estructural mientras justificamos nuestras pequeñas trampas cotidianas. Nos indignamos por grandes escándalos, pero a veces nos cuesta devolver un vuelto de más. 

Lejos de condenar, esta observación invita a una toma de conciencia. Porque si la corrupción tiene una raíz espiritual, entonces la transformación también debe serlo. No se trata de volverse perfecto de un día para otro, sino de cultivar una integridad progresiva. En términos prácticos, esto implica cosas simples pero poderosas: decir la verdad, aunque incomode, cumplir compromisos, aunque nadie esté mirando, tratar a los demás con justicia incluso cuando no hay consecuencias inmediatas.

Un recurso útil es hacerse preguntas incómodas pero honestas: ¿Estoy actuando con transparencia? ¿Estoy aprovechándome de alguna situación? ¿Estoy siendo coherente entre lo que digo y lo que hago? Estas preguntas no buscan generar culpa paralizante, sino despertar una conciencia activa. Porque la corrupción prospera en la inconsciencia, en la automatización de conductas que nunca se revisan.

Desde lo social, la corrupción también tiene un componente colectivo. No es solo la suma de actos individuales, sino una cultura que, en ciertos contextos, normaliza la trampa. Cuando la deshonestidad se vuelve la regla y no la excepción, el que quiere actuar correctamente parece ingenuo o incluso perjudicado. Aquí es donde el mensaje del Reino de Dios adquiere una dimensión contracultural: propone vivir de otra manera, aunque no sea la más fácil ni la más popular.

Y esto requiere valentía. Porque ir contra de la corriente nunca fue cómodo. Sin embargo, también genera un efecto contagio. La integridad, aunque silenciosa, tiene un poder transformador. Una persona que actúa con rectitud puede influir en su entorno más de lo que imagina. Es como una pequeña luz en un cuarto oscuro: no elimina toda la oscuridad de golpe, pero cambia la percepción del espacio.

Hay también un aspecto esperanzador que no se puede ignorar. La Biblia no solo diagnostica la corrupción; también ofrece redención. Habla de un Dios que no abandona al ser humano en su condición, sino que propone un camino de restauración. Esto no es un escape de la realidad, sino una invitación a participar activamente en su transformación. El evangelio del Reino no es un mensaje pasivo; es una convocatoria a vivir de manera distinta aquí y ahora.

En términos prácticos, esto puede traducirse en hábitos concretos: administrar los recursos con responsabilidad, rechazar atajos injustos, promover la equidad en los espacios donde uno tiene influencia, por pequeños que sean. No todos van a cambiar el mundo desde grandes plataformas, pero todos pueden aportar desde su lugar. Y, aunque suene simple, muchas veces lo revolucionario está en lo cotidiano.

Ahora; es menester ser muy prudente y tener cuidado con los pasos a dar. Porque si uno se lo toma demasiado en serio, al extremo de constituirlo una obsesión, corre el riesgo de volverse rígido o moralista. La realidad es que todos estamos en proceso. Nadie tiene un historial perfecto. La diferencia está en la dirección: si uno elige justificar la corrupción o confrontarla, aunque sea de a poco.

También es importante evitar caer en extremos ideológicos. La corrupción no es patrimonio de una corriente política ni de un sector social específico. Aparece donde hay poder sin control, deseo sin límite y conciencia adormecida. Por eso, un enfoque, sino objetivo, al menos pleno en imparcialidad, reconoce que el problema es transversal y que las soluciones requieren una mirada amplia, que incluya tanto reformas estructurales como transformaciones personales.

Desde una fe firme pero no religiosa en el sentido institucional, el énfasis está en la relación con Dios como fuente de renovación interior. No se trata de cumplir rituales, sino de permitir que esa conexión moldee el carácter. Porque, en definitiva, la corrupción se combate no solo con normas, sino con una identidad transformada. Una persona que entiende su valor y propósito es menos propensa a buscar ventajas a cualquier costo.

En el plano humano, esto se traduce en algo muy concreto: dignidad. Cuando uno reconoce su propia dignidad y la del otro, se vuelve más difícil justificar actos corruptos. La corrupción, en el fondo, deshumaniza: convierte a las personas en medios para un fin. El Reino de Dios, en cambio, las reconoce como fines en sí mismas.

Para cerrar, vale la pena recordar que la corrupción, aunque profunda y extendida, no es invencible. No porque el ser humano sea naturalmente bueno en todo momento, sino porque existe la posibilidad de cambio. Y ese cambio empieza en lo pequeño, en decisiones diarias que parecen insignificantes pero que, acumuladas, generan una cultura distinta.

Tal vez no podamos erradicar la corrupción de un día para otro, pero sí podemos reducir su espacio en nuestra propia vida. Y eso, lejos de ser poco, es el punto de partida más realista y más poderoso. Porque cada acto de integridad es una afirmación de que otra forma de vivir es posible. Y en un mundo donde la desconfianza crece, esa afirmación no solo es necesaria: es profundamente esperanzadora. Alguien podría preguntarme, ahora: Néstor… ¿Estás pretendiendo cambiar el mundo tú solo? No, estoy procurando ayudar a cambiar el corazón del hombre. Luego, ese hombre se encargará de poner de lo suyo para cambiar el mundo. Algo un tanto parecido a lo que hizo un tal Jesús de Nazaret, ¿Verdad?

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mayo 1, 2026 Néstor Martínez