Estudios » Crecimiento

¿Qué Haré, Señor?

Hola. ¿Cómo estás? Esto que voy a compartirte hoy, no se parece en nada a todo lo que he publicado anteriormente. No es un estudio, tampoco una predicación y mucho menos una enseñanza directa. Supongo que en el final algo de todo eso va a quedarte, pero en el transcurso lo vas a notar distinto, más cerca de una confesión de parte esperando un relevo de pruebas, como se dice en jurisprudencia.

Alguien dijo alguna vez con bastante humor, que cuando un hombre llega a una edad apta para comenzar a escribir sus memorias, es cuando generalmente empieza a olvidarse de la mitad de las cosas que teóricamente debería escribir. Gracias a Dios, en cuanto a memoria, en mi caso no es así. Pero sí estoy en esa edad donde, por imperio de todas las circunstancias interiores y exteriores, te sientes obligado a efectuar un profundo examen, onda evaluación, de lo vivido y ver si, tal como la Palabra de Dios te lo demanda, has cumplimentado con la misión encomendada o, si, por el contrario, todavía estás en deuda y tienes algunas asignaturas pendientes. Es tiempo de poner todas las cosas sobre una mesa, desparramarlas y observarlas con cuidado, teniendo la precaución de no ser ni benevolente o permisivo contigo mismo, ni tampoco súper exigente y hasta auto destructivo. Equilibrio.

Tengo muchos años de creyente, de hijo de Dios, pero exactamente treinta y cuatro dedicado a la enseñanza. Comenzando por “pininos”, que es como vulgarmente se le llama aquí a los conocimientos elementales sobre el tema que sea. Conceptos muy primarios en la escuela dominical de la que en ese tiempo era nuestra congregación, prosiguiendo con programas de radio matizando periodismo con pequeños estudios y, finalmente, comenzando con nuestro ya legendario Tiempo de Victoria, a partir de estudios escritos en primer término, y convertidos a audios posteriormente, todo eso, así, hasta hoy. Compartí estudios de un promedio de noventa minutos de duración por muchos años. Descendí a una hora por motivos radiales y a cuarenta y cinco minutos cuando descubrí que a muchos hermanos les costaba mantener su atención por más tiempo.

Creo que la buena llegada que hemos tenido ministerialmente, se produjo por dos factores esenciales. El primero, por hablar siempre de lo que Dios me ordenaba hablar y no de lo que a mí me parecía bonito o, como le veía hacer a muchos ministros importantes y de prestigio, hablar de lo que las personas querían oír, y no necesariamente de lo que necesitaban o el Señor quería entregarles. Estudié mañana, tarde y noche, hasta cualquier hora, si estaba detrás del escudriñado de una revelación todavía oscura. Profundicé hasta donde me dieron mis limitaciones y, con todos los elementos en la mano, lo convertí en una conversación con palabras simples, idioma sencillo de entender y hasta con repeticiones que, aunque fastidiaran a los más aplicados, siempre beneficiaban a los más lentos.

He contado con una franja de creyentes que me han acompañado durante muchos años con reacciones distintas. Algunos, con la conducta eclesiástica tradicional de convertirme en líder y casi propietario de sus opiniones y creencias. Estos fueron los que me aplaudieron, felicitaron, adularon y hasta mimaron con amor, respeto y credibilidad. Otra franja que sólo me acompañó con sus biblias en sus manos, no sé si para protegerse de la posibilidad de algún error o, por razones que desconozco, esperando verme cometer alguna equivocación fea, para respaldar su inconsciente idea de engaño, o de falso maestro. Y una tercera franja que, a pesar de escuchar y leer todo lo producido, me detestaba, por no decir odiaba, y realmente quería que me fuera mal y que terminara dándole la razón a los personeros de la religión, cosa que siempre he combatido por dirección divina.

Pero todo bajo un común denominador. No hubo día ni momento en que no tuviera dirección para encarar un tema específico, que siempre iba apuntado al espíritu y no al alma, y el consiguiente elemento bíblico de contexto para comprobar y probar todo lo que estaba diciendo. Obviamente, me equivoque muchas veces, aunque mayoritariamente por el deseo de dar lo mejor, nunca por cuestiones personales o intereses sectoriales. Compartí con dos de las denominaciones más grandes del pueblo evangélico y siempre comportándome con una conducta periodística de antaño, esto es: al medio, sin tomar partido por una o por otra y, en todo caso, haciendo sanas autocríticas sobre lo que se podían entender como exageraciones egocéntricas de una u otra, cosa que todos veían y muy pocos o ninguno se atrevía a decir en voz alta.

Es decir que, si bien no fui un adalid en nada, ni tampoco un profético pionero levantado para producir hecatombes espirituales, siempre tuve a mi favor una comunicación lisa y llana con mis receptores y, por consiguiente, la tranquilidad de ser bien entendido. Lo que todo eso produjera en cada vida, ya era algo que no me pertenecía no me correspondía a mí evaluar, calificar o determinar. Hubo gente a la que mi trabajo, estoy seguro, lo sacó de su ostracismo religioso y lo llevó a ser lo que siempre había pensado que era y que todavía no se materializaba en lo práctico.

Hubo otra gente a la que, por errores míos o incapacidades suyas, nuestro trabajo le produjo, primero confusión, luego rechazo y, finalmente, decisiones de fondo que quizás, en algunos casos puntuales, puedan haber ocasionado daños. Cualquier figura con poca o mediana presencia pública, corre ese riesgo. Ni te cuento con aquellos que son, por las razones que sea, figuras de renombre o prestigio. Todo lo que piensen, digan o hagan, tendrá inexorablemente a gente imitándolos y haciendo las mismas cosas, aunque ni siquiera las entiendan. Eso ocurre en el ambiente cristiano exactamente como en todos los otros que forman parte de la sociedad en la que vivimos.

Pero ha sido muy grato durante muchos años, tener conciencia plena de haber contribuido al crecimiento o la maduración de personas que han aprendido conceptos a partir de nuestros trabajos y, al ponerlos por obra, han visto cambios importantes en sus vidas de fe. Soy consciente que también hubo otra gente que me escuchó durante años como forma de entretenimiento espiritual, que aprobó la mayor parte de nuestros trabajos, pero que nunca pudo, supo o quiso poner por obra ninguno de ellos y, obviamente, continuaron siendo cristianos casi nominales, de los cuales lo único rescatable que puede observar la comunidad no creyente en sus vidas, es asistir a una iglesia cada domingo, vestirse de un modo determinado, llevar siempre una Biblia bajo su brazo y hablar con un idioma evangélico que muy pocos entienden y del cual, una gran mayoría cruel e indiferente se burla.

Pero elegí siempre quedarme con lo más gratificante, que es saber que, a muchos creyentes fieles, sinceros y aplicados, les ha llegado el mensaje de nuestro trabajo. Nunca se me olvidó que, ocho años antes de hablar en público de las cosas de Dios, cuando sólo asistía a sentarme en un banco de una iglesia evangélica, un pastor americano que lideraba un coro musical de la ciudad de Sacramento, ´que estaba de visita y, naturalmente no me conocía, al orar por mí, me profetizó que mi voz iba a ser escuchada en todas las naciones. A pesar de lo increíble de sus palabras y la imposibilidad técnica y práctica de viajar, de igual modo lo creí, dije “amén” con absoluta confianza y me olvidé olímpicamente del tema. Hasta que un día, casi sin proponérmelo, me di cuenta que la profecía estaba cumplida.

Hoy, a tantos años de todo eso, que siempre ha sido casi mi estilo de vida, me enfrento a algo que hasta aquí no me había preocupado ni ocupado: un cambio casi violento en los tiempos y, por consecuencia natural, también en las intercomunicaciones humanas. Por cada conversación persona a persona, existen no menos de cincuenta contactos efectuados vía teléfonos, pero no en llamadas de diálogo directo, sino en mensajes escritos o de audio. La gente de mi generación con dinámica suficiente, supo adaptarse a estas nuevas formas, me incluyo, aunque añorando las anteriores, más cálidas y afectivas, y aquí también me incluyo. Y si bien el Espíritu Santo tiene el suficiente poder e inteligencia como para utilizar cualquier medio para tocar corazones, hay un cambio más que notorio en las formas conque el evangelio es proclamado o hecho llegar a los oídos ignorantes.

Y que conste que no estoy hablando de metodologías de evangelismo a inconversos. Me estoy refiriendo a la comunicación de las verdades divinas, conjuntamente con el estudio de la palabra de Dios y de todo lo que Él quiera revelarnos, a personas que conocemos a Cristo y decidimos, o al menos pensamos haberlo hecho, convertirlo en Señor de nuestras vidas. ¿Te asombra si te digo, con absoluta honestidad, que cada día que transcurre, ese mensaje que durante años llegó a multitudes, hoy le llega a muchísima menos gente dispuesta a escucharlo? Tengo una cuenta en Spotify, que he intentado utilizar para llegar a franjas más complicadas o difíciles. He descubierto, a partir de sus controles internos, que, a una franja joven de 0 a 17 años, le es factible escucharme en audios que no van más allá de los cuatro minutos de duración.

Que otra franja de audiencia que va desde los 18 a los 30 años de edad, les resulta más potable adherirse a trabajos que oscilan entre los siete u ocho minutos de duración. Entre 30 y 45 años, por las razones que sea, aunque no puedo saber todavía cuales, les interesa cuando esos audios duran unos veinte minutos máximo. Y que sólo por encima de los 60 años de edad, todavía consumen los tradicionales de 45 minutos. A esto lo tengo claro, lo comprendo como cambio casi violento en nuestras costumbres sociales y, al mismo tiempo, como imperio de algo que en toda sociedad que se precie de moderna, casi es un común denominador: la prisa, lindando con el vértigo que, para mi gusto, está liderado emocionalmente por una palabra que a los creyentes nos resulta más que preocupante: ansiedad.

Esto es parte de este cambio. De trabajar con toda la serenidad del mundo, estudiando cada palabra de cada versículo, encontrando perlas cultivadas hasta en los silencios, tomándome todo el tiempo necesario para desarrollar algo que te permitiera crecer de un momento al otro, a entrar en una vorágine de ansiedad y prisa para que todo lo que se comienza ahora se termine ayer, si es posible, hay un largo sendero que no siempre estás en condiciones de transitar. No soy ningún experto en comunicación social, pero tengo alguna experiencia en eso y conozco, (O al menos creía conocer hasta hoy), las formas de compartir y entregar lo aprendido, para de ese modo alimentar lo hambriento sin cansar y resultando ameno y llevadero oírme. Muy bien: debo reconocer que, al margen de aquellos que me acompañan desde siempre, lo que va llegando nuevo, no tiene ese mismo perfil, no se banca nada que lo obligue a pensar más de cinco minutos seguidos y, si puede elegir, (En un templo todavía no se puede hacer, pero en una página Web, si), se conforma con un poco de música y algunas frases con pensamientos que le sirvan para salir del paso en el problema que tiene hoy. Un devocional, le llaman. Algunos pícaros se han atrevido a rotularlos como “horóscopos cristianos”

Lo cierto es que hago lo que me gusta, lo que sé hacer y lo que me hace muy feliz compartirlo, pero… ¿Estoy en el camino correcto en este tiempo o, sin darme cuenta, me conecté con un reloj que atrasa? ¿Qué necesita el creyente en este 2025? ¿Seguir aumentando su conocimiento bíblico? ¿Introducirse durante todo el tiempo que sea necesario, en un mar de capítulos y versículos que le permita conocer algo nuevo sobre Cristo? ¿Profundizar en una palabra que millones citan a diario y muy pocos conocen en real profundidad? ¿O llegó el tiempo de esos últimos tiempos, donde lo único que un hijo de Dios necesita es que alguien le recuerde que el Dios de todo poder está de su lado? ¿Qué es un hijo de Dios auténtico? ¿Alguien con estudios teológicos del más alto nivel, o alguien apenas formado intelectualmente, pero operando con poder de Dios en su vida y revelación del Espíritu para cada paso a transitar? ¿Qué tiempo es este?

Entonces me veo en la obligación de retroceder en mi popio tiempo y buscar en la dirección recibida en los inicios, una ruta que me permita comprobar si estoy en el camino correcto según Dios, o en otro adecuado según los hombres. Cuando en mis comienzos tuve la duda sobre si enseñar, que era lo que me agradaba a mí, o salir a evangelizar, que era aparentemente lo que Dios nos demandaba, le pedí al Padre que me lo confirmara. De la nada me surgió el Salmo 22:22, que obviamente jamás había leído anteriormente. Y leí: Anunciaré tu nombre a mis hermanos; En medio de la congregación te alabaré. No lo creí. Me pareció que no era algo de Él, sino algo mío, porque era lo que más me agradaba. Entonces puse un vellón y pedí confirmación de la confirmación. Simplemente oí “Hebreos 2”, sin más detalles. Y comencé a leerlo, pensando que seguía siendo cosa de mi mente. No me decía nada. Hasta que llegué al verso 12: diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, En medio de la congregación te alabaré. ¡Incrédulo! ¡Perdóname Señor! Eso haré toda mi vida: anunciar Tu Nombre a Mis Hermanos. Es lo que hice, hago y suponía seguir haciendo.

Hasta hoy. Algo en mi interior me viene advirtiendo que ya hay cambios sustanciales en marcha y que se avecinan muchos más. Y no estoy hablando del mundo secular, obviamente. A ese mundo, ya no me caben dudas que le irá yendo cada día peor, porque así está escrito. Lo que sí me interesa, y no sólo para mí, sino para todo el caudal humano creyente con el que hemos estado compartiendo todo esto, es qué debemos hacer los que de alguna manera y no por propia elección, quedamos ubicados medianamente con un punto de referencia para otros. ¿Seguir enseñando lo mismo, con los tiempos de costumbre, y sin prestar atención en absoluto a lo que sucede a nuestro alrededor? ¿O quizás buscar el modo, la forma o la manera de adaptarnos a esos cambios y tratar de entregar lo máximo que se pueda en las condiciones factibles? Pese a estar en edad de adulto mayor, siempre pude adaptarme a los cambios, esencialmente los técnicos, sin desentonar demasiado. Pero lo de este tiempo tiene otro aroma, otro color, otro sonido.

Cuando comencé a publicar material en “X”, que todavía se llamaba Twitter, hubo muchos hermanos que movían sus cabezas con dudas, porque me advertían que era una red social que se utilizaba para denostar a gente con la que había oposición y hasta para agredir de palabra o con injurias a todo el que no estuviera de acuerdo. Me aconsejaban que no me metiera allí, que era una pena que me contaminara con toda la porquería que se publicaba. Yo sentí del Señor responder que, si bien ya sabía todo eso, yo no pensaba adaptarme a las formas tradicionales de Twitter, sino procurar que eso se adaptara a lo nuestro. No sé si lo conseguí, pero llegando a los cinco años de estar en esa red, nunca tuve el menor inconveniente y siempre estuve acompañado de hermanos en Cristo que comulgan con el estilo que hemos implementado. Con estos sectores no hubo ni hay demasiados problemas. El punto neurálgico del asunto, está en la base central del ministerio, que es lo que tiene que ver con los estudios más preparados, extensos y profundos.

¿Qué me demanda esta época? ¿Proseguir con trabajos apuntados al crecimiento del espíritu, o modificar la estructura para dedicarme a enriquecer las almas de los receptores, a fin de que puedan dar solución a sus problemas más acuciantes? Es un ministerio magisterial, de eso no tengo ninguna duda. Pero tampoco la tengo con relación a las necesidades básicas que lo que conocemos como la iglesia en su conjunto, presenta en estos tiempos. ¿Debo seguir enseñando que el cristiano no ha sido levantado por Dios para participar de gobiernos humanos? ¿O debo acompañar a los que eligen formar parte de partidos políticos, presentarse a elecciones y buscar el voto popular de la mayor parte de los miembros de las iglesias cristianas? Hay una palabra en Zacarías 3:7, que de alguna manera nos da una pista: Así dice Jehová de los ejércitos: Si anduviereis por mis caminos, y si guardares mi ordenanza, también tú gobernarás mi casa, también guardarás mis atrios, y entre estos que aquí están te daré lugar. Listo. La iglesia no fue creada para adherirse a gobiernos humanos. La iglesia ES gobierno. Pero desde sus rodillas…

Muy bien. Hasta aquí mi catarsis ministerial. Tómala o déjala. Créela o ignórala. Adhiérete u oponte. Me da lo mismo. Si bien trabajo para los creyentes, no aspiro a que todos ellos coincidan con mi mirada de las cosas. Pero ahora me resta un lapso y lo quiero apuntar a ustedes. No a ustedes que esperan cada semana algo nuevo para incorporar a sus conocimientos. A creer lo que se enseña y, esencialmente, a ponerlo por obra todos los días. Hasta en las más pequeñas cosas. ¿Cuántos serán? No lo sé, no llevo controles tiránicos sobre quienes me acompañan a diario en esto. Lo que sí pienso, es que no son mayoría. Si me dejo guiar por lo que hemos visto decenas o centenares de veces en las iglesias tradicionales, la mayoría la compone todo ese caudal humano que, siendo cristiano por decisión, tal como marcan los libros, luego viven una vida que de ninguna manera se diferencia en nada con la de cualquier hombre de mundo secular. Con una sola diferencia. Una vez por semana, se visten de manera especial, ponen una Biblia bajo su brazo y van a convivir una o dos horas con otra gente que, muy probablemente, en su vida privada está viviendo del mismo modo.

¿Cuánto tiempo llevas escuchándome o leyendo mis trabajos? ¿Diez? ¿Quince? ¿Veinte años? Gracias. Gracias por tu fidelidad, por tu respeto y por tu consideración al estar siempre allí, esperando cada producto y devorándotelo ni bien se publica. Sólo una duda: ¿Qué has hecho con todo eso? ¿Te ha servido de algo en tu vida personal, familiar, laboral, matrimonial o simplemente espiritual? ¿Sí? ¡Gloria a Dios! Pero entonces eres de los que mencioné primero. ¿No? ¿Y entonces por qué sigues oyéndome? Estaba leyendo, en un diario digital de mi país, una nota sobre una corrupción de alto vuelo, con gente de mucho dinero involucrada y no resuelta por la justicia, por “falta de pruebas”. Convivo con esto y no me asombra. Pero un comentario hecho por una persona de ideología absolutamente opuesta a nuestra fe, me dejó pensando. Esta persona escribió: “La guita (Término lunfardo, nuestro, que significa dinero) siempre termina rompiendo todo. Nunca fui un tipo (Persona) religioso, pero tal vez tienen razón, y el espacio vacío que quedó al desaparecer la religión de la vida diaria lo llenaron la codicia y el materialismo. Qué mundo de excremento heredamos / construimos. Cuánto hay para dinamitar.” No coincido en lo último, obvio, pero me llamó poderosamente la atención lo anterior, aun llamándolo “religión”, que es como se nos reconoce.

Hay un mundo que necesita a Jesucristo. Hay un grupo de muchísima gente que lo conoce o dice conocerlo y ser parte de su cuerpo en la tierra. Pero se lo guarda en su mochila para que lo acompañe donde vaya, cuidándose muy bien de presentárselo a otros, si es que eso le complica su vida tranquila y sin riesgos. Pregunto y, al mismo tiempo, me pregunto a mí mismo: ¿Eso es ser cristiano? Por eso mi aversión por el término. Amo a Dios Padre, al Hijo Cristo y al Espíritu Santo, pero me produce vergüenza ajena cuando la sociedad en la que vivo habla de “los cristianos”. Hay una pequeña diferencia con aquellos griegos que, burlándose de los seguidores de Jesús, los bautizaron así. Ellos mentían, porque aquella gente había dejado todo, incluso sus vidas, para seguir a alguien que no les prometía oro, ni riquezas, ni posiciones sociales de alto nivel, ni poder terrenal. Que, muy por el contrario, les hablaba de tomar una cruz, cargarla sobre nuestros hombros y seguirlo a cualquier costo. Pero los actuales, no. Transitan sendas más de apatía o indiferencia que de guerra, entrega genuina y batallas arduas.

Entonces no me queda otra salida que mirar hacia atrás. Recordar que fui llamado a anunciar Su Nombre a mis hermanos. No a saturarlos con capítulos y versículos que hablan de todas las cosas maravillosas que podemos hacer con solo creer, sino a compartirles realidades que son palpables y que, en honor a la verdad, todavía están muy lejanas de esas maravillas que sólo resultan aceptables si quien ocupa el púlpito tiene un nombre y un apellido con alto marketing. No quiero ser ni pesimista ni negativo. Declaro, decreto y activo Victoria, porque con esa palabra fui llamado a servir. Pero no debo ni puedo callar lo que hoy es una verdad a gritos. El llamado pueblo de Dios, o pueblo santo, anda en sus propias sendas, que, en casos, están más o menos cercanas de la Verdad única que es Cristo, pero que, en la mayoría de las ocasiones, se ubican casi en la acera de enfrente, aunque ellos lo ignoren.

Anunciaré Su Nombre a mis hermanos. Ya hemos dicho que la totalidad de este Salmo se refiere a la cruz. Él no murió derrotado; porque cuando se acercó al mismo final dijo: Anunciaré tu nombre a mis hermanos. Fue como si se hubiera referido al Evangelio que sería proclamado. Podemos recordar a Pedro en medio del Sanedrín, compuesto de fariseos y saduceos, diciéndoles: no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Aquí podemos ver la similitud con las palabras Anunciaré tu nombre a mis hermanos. MI última y gran duda magisterial, es: ¿Por qué anunciarle eso a mis hermanos, cuando se supone que ellos ya lo saben? ¿Por qué no dice a los incrédulos? Porque el Señor nos ama, es misericordioso y lleno de amor. Pero también es un Dios justo. Y conoce nuestros corazones. Él sabe cómo somos, y no se engaña por como nos mostramos.

No sé como debo continuar. No sé si es tiempo de extensos estudios que aportan conocimiento, pero no siempre vida abundante. No sé si continuar apostando a que todos quienes me oyen están viajando en la misma súper nave que nos lleva donde creemos ir. Pero, por las dudas, por si alguno se hubiera quedado en el aeropuerto, déjame decirte que, entre ser un enorme maestro de altísimo conocimiento, al que da placer escuchar, o un simple hombre desesperado para que no te pierdas por exceso de confianza, falta de guerra y ausencia de armadura, me quedo con esto último. De hecho, aunque te aburra, debería limitarme a anunciar Su Nombre a todos mis hermanos. A TODOS.

Así es que, como ha sido durante estos últimos años en una serie de cosas, voy a dejarle la palabra y la decisión a mi amado Espíritu Santo. Cuando Él hable, si no estoy distraído o disperso, seguramente tendré oídos para oír y firmeza para obedecer. Y lo que salga de eso, será lo que haré. Y ya no tendré que preguntárselo más. Con una sola vez que me lo diga, será suficiente.

Comentarios o consultas a tiempodevictoria@yahoo.com.ar

marzo 15, 2025 Néstor Martínez