Creo que a la gran mayoría de los ministros que pretenden servir fielmente al Señor lo más ajustadamente que puedan con su Palabra, les cuesta demasiado trabajo y tiempo de investigación, poder derivar a alguien con problemas espirituales de cierto nivel, digamos, pesado, a un lugar en donde puedan, de manera personal, darle salida y solución al mismo. En lo personal me sucede muy a menudo con gente que me escribe desde muy lejos, dejándome en evidencia que están padeciendo perturbación, opresión y en algunos casos hasta tormentos por parte de demonios, sin que en sus congregaciones locales acierten con la solución definitiva del asunto.
Entonces me escriben, cosa que yo siempre agradezco con gozo y gratificación, porque me demuestra que tengo cierta credibilidad en sus vidas y entienden que yo podría ser el paso previo a su sanidad total en ese problema. Sin embargo, mi deber en esos casos, es buscar un lugar físico al cual estas personas puedan acudir en búsqueda de ayuda, con la conciencia clara de que serán no solamente atendidos con deferencia y dedicación, sino también con la sabiduría, el conocimiento y el poder de Dios que se necesita para ser más que vencedor en una guerra abierta contra los personeros del infierno.
Sin embargo, es precisamente allí en donde me doy de narices con una falencia que vengo observando desde hace muchos años, y que todavía no puedo dar por zanjada ni mucho menos solucionada: hay muy pocos lugares en el mundo entero, donde un hombre o una mujer perturbados por demonios puedan acudir en búsqueda de ayuda. Porque todos sabemos que, si bien la oración intercesora de poder es muy beneficiosa y fuerte a la hora de la confrontación, no desconocemos que, para una gran mayoría de estos problemas, es necesario imperativamente estar cara a cara con la persona, que es como decir: cara a cara con los demonios.
Y eso nos lleva a lo que de alguna manera inspira esta clase de trabajos informativos como el que voy a encarar aquí: la carencia casi total y global por parte de la iglesia cristiana, primeramente de un conocimiento por lo menos elemental de las armas que el infierno utiliza en contra de los creyentes, y en segundo término, el desarrollo claro de la calidad y cantidad de nuestras propias armas, con las que seguramente seríamos más que vencedores, siempre que las utilizáramos con lo que indudablemente está faltando en esos lugares: fe y certeza, que sirven para pelear una guerra sin la cual, jamás gozaremos de paz. Porque cuando hablamos de paz, todos sabemos que no existe tal cosa si antes no se ha pasado por una guerra.
Cuando Jesús nos enseña que su paz nos deja y su paz nos da, y no como el mundo la da, sino como es patrimonio divino, lo que nos está diciendo es que, así como Él debió pelear su batalla con todos los elementos a disposición, a nosotros no nos será más leve, ya que el infierno insistirá en la destrucción del evangelio hasta el último día de su existencia, aun sabiendo que ya están derrotados y apelando a lo único que les queda, dilatar su final. Eso, es lo que nos impulsa a examinar primeramente qué clase de poder poseemos en realidad, que uso le debemos dar y bajo qué condiciones para, finalmente, ir paso a paso delineando todas aquellas áreas en las que la mismísima palabra de Dios nos proporciona las armas a tener en cuenta y usar llegado el momento de la necesidad concreta.
(Marcos 4: 36) = Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas.
(37) Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba.
(38) Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?
(39) Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.
(40) Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?
(41) Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aún el viento y el mar le obedecen?
Lo primero que vemos aquí es una actitud que Jesús siempre mostró durante su ministerio. Él no rechazaba el contacto directo con la gente en general, (Aunque convengamos que, salvo en casos excepcionales, no era Él el que los buscaba, sino ellos los que venían a él), pero en el momento en que decidía enseñar algo más profundo o de mayor relieve, procedía a despedir a todos los que indudablemente venían, como se dice normalmente, por los peces y los panes, y ahí sí, buscaba y se quedaba con los que debía discipular para el futuro. Esto nos deja un principio todavía muy vigente: iglesia no es multitud, es remanente apto.
Después vemos que una tremenda tormenta se desata en el mar. No podemos suponer que eso haya ocurrido en las cercanías de la costa, ya que todos sabemos que las mayores tempestades siempre son más violentas, como aquí se muestra, cuando las embarcaciones se internan mar adentro. Y en medio de todo ese fragor de viento, truenos, relámpagos y olas embravecidas, un hombre durmiendo plácidamente en la popa (Parte trasera) de esa embarcación que distaba mucho de ser un transatlántico inmutable a esos vaivenes como los que hoy surcan los mares. ¿Cómo podía dormir en esas condiciones? Paz interior, tranquilidad de saber qué sabes lo suficiente para resolver; en suma: Conciencia de Autoridad. Él sabía que podía, contra lo que fuera.
Acto seguido es cuando Jesús, con una enorme serenidad y absoluta firmeza, se levanta, reprende al viento y le ordena al mar: Calla, enmudece. Y de inmediato dice que cesa la tempestad. Yo personalmente, he imitado esto alguna vez. ¿Y sabes qué? ¡Funciona! Sólo te cuesta el valor de creerlo. Además, te deja una enseñanza paralela y anexa. Si Jesús reprendió la tempestad y la tempestad obedeció, ¿De dónde provenía esa fuerza ingobernable, de la propia naturaleza creada por Dios o de una sobre exageración de sus fuerzas instauradas por demonios? No lo sé, es muy difícil la pregunta. Lo único que sé es que Él la Reprendió y ella obedeció, tú saca tus propias conclusiones.
¿Qué hubiera ocurrido en cualquiera de nuestros lugares de reunión ante el conocimiento visual o testimonial de algo parecido? Seguramente se hubieran levantado miles de gargantas enrojecidas para aullar, ya no gritar, aleluyas y gloria a Dios por eso, ¿No te parece? Allí no pasó nada de eso. Se quedaron con la mandíbula en el piso de la cubierta de la barca y apenas se les ocurrió murmurar: Pero ¿Quién será este hombre que tanto el viento como el mar le obedecen? Perdón por si se te estaba olvidando: ¡Eran los llamados discípulos de Jesús los que se hacían esa pregunta! Está más que claro: ellos lo seguían, lo respetaban, le obedecían y le acompañaban a lo que fuera, pero lo cierto es que no tenían todavía ni la menor idea sobre quién era realmente Él.
Y te digo algo más, a ti que sé que te agrada y mucho que desmenucemos estos textos hasta que no quede nada, (Al menos desde nuestra vista humana) para extraerle. Si observas con suma atención, te darás cuenta la enorme diferencia y contraste que se da entre la reacción de Jesús y la de sus discípulos. ¡Ellos se pusieron a temblar ante la magnitud y la fiereza de la tormenta! ¡Del mismo modo en que hoy lo harían niños muy pequeñitos, ya que cuando crecen saben de qué se trata, la seguridad de los lugares que habitan, (Al menos los que la tienen), y lejos de temerles, las disfrutan! Claro está que lo que ellos tenían, era impotencia total. ¿Qué podían hacer ante los elementos desatados de la naturaleza?
Jesús actuó absolutamente de otro modo. Él simplemente se puso de pie con firmeza, (Pese a lo que debe haber sido mucho más que un simple bamboleo acuático), y enfrentó el problema con palabras llenas de esa hermosa y altísima palabra llamada Autoridad, poniéndole fin al aparente peligro. Y fíjate que en ningún momento vemos que Jesús incline su rostro, cierre sus ojos, junte sus manos como se lo ve en las estampitas, y haga una oración al Padre pidiéndole que calme la tormenta. ¿No sería eso lo que una gran mayoría de cristianos hubiera hecho como máximo atrevimiento ante lo que por dentro consideran inamovible? ¿Acaso Jesús era un vanidoso que suponía que no necesitaba de su Padre celestial para tener victoria allí? No y sí. No en lo concerniente a la vanidad, Él no la tenía y de eso hay pruebas en todos los evangelios. Y sí, por una simple razón: Él sabía que el Padre le había delegado autoridad para enfrentar, él mismo, las dificultades que se le presentaran. Mira como lo explica Juan a esto.
(Juan 5: 19) = Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.
(Verso 30) = No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.
Es probable que haya muy pocos de ustedes que están leyendo o escuchando esto, que tengan rango de ministros. Sin embargo, quiero dirigirme a los que lo tienen o planean, piensan, imaginan o ansían tenerlo. Tomen debida nota del comportamiento de Jesús a partir de estos dos simples versículos recogidos entre tantos que testifican lo mismo. En ambos, queda más que en evidencia que Jesús, aun siendo el Hijo, no se iba a permitir hacer absolutamente nada que el Padre no le ordenara o le habilitara para hacer. Y tampoco decirlo, si llegara el caso. Porque Él asegura, (Y habrá que creerle) que no estaba dispuesto a hacer ni decir nada que su Padre no estuviera haciendo o diciendo. Te pregunto: Entiendes ahora, al fin, ¿Cuál era el tremendo y enorme secreto de Jesús, que le posibilitó hacer todo lo que Él vino a hacer? Dependencia total del Padre. Ya lo sabes: Obediencia y Dependencia, engendran Autoridad. ¿Te dejó reflexionando? Te doy otro ejemplo.
(Lucas 4: 38) = Entonces Jesús se levantó y salió de la sinagoga, y entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una gran fiebre; y le rogaron por ella.
(39) E inclinándose hacia ella, reprendió a la fiebre; y la fiebre la dejó, y levantándose ella al instante, les servía.
Segunda ocasión que, en unos minutos, repetimos una palabra que en algunos de nuestros ambientes, todavía resulta casi fantástica o sinónimo de fanatismo. Reprender. ¿Entiendes la sutil pero enorme diferencia entre decir: ¡Se sana!, a reprender esa fiebre? Ya lo sé, has visto a Jesús hacer las dos cosas y, ya sea por precauciones lógicas y convencionales o por respeto para con la doctrina denominacional que hayas recibido, aun tomándote el atrevimiento de creer en la sanidad divina por oración, seguramente optaste por la fórmula que te pareció menos fantasiosa: ¡Se sana! ¡Sé sano! Y, en nuestro caso, con el añadido de: ¡En el nombre de Jesús!
Permíteme decirte que no estamos hablando de la misma cuestión. Porque es evidente que una cosa es una enfermedad, una patología, de la cual, es verdad, alguien puede sanarse mediante la oración de fe, y otra cosa es una actividad demoníaca, que muy lejos de solucionarse con una simple oración, sólo tiene victoria reprendiendo a ese demonio en actividad y echándolo fuera de donde se está moviendo. Y, aunque te pueda parecer irónico y hasta lindando con lo ridículo, a partir de este texto, en muchos lugares que se auto rotulan como cristianos fervientes, inventaron la enseñanza de que la fiebre no es una enfermedad o una señal de aviso que el cuerpo envía para alertar sobre infecciones u otras patologías similares, sino un demonio al cual hay que reprender.
Déjame decirte que Dios ama al obediente y al ejecutivo, pero te pido por favor que, antes de obedecer una supuesta orden o salir a ejecutar algo con demasiada urgencia o prisa, te tomes el trabajo de detenerte un segundo en este pasaje y darte cuenta que, de ninguna manera aquí se sienta un precedente absoluto en cuanto a un síntoma. Aquí, lo que se detalla con claridad es que, en este caso y en esta circunstancia, este estado febril que padecía esta mujer, era producido por un demonio. Por eso él lo reprende, lo echa fuera de ella y ella recupera su salud de inmediato. Sólo me queda una duda, como para empezar a fastidiarte, ¿Te atreverías a hacer lo mismo, si así te fuera marcado por el Espíritu Santo, con la suegra de un importante miembro de la iglesia que te tiene como pastor? No me respondas, sólo piénsalo. Otro ejemplo.
(Marcos 5: 21) = Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar.
(22) Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, (23) y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.
Aunque no lo termines de creer, me ha tocado ver alguna situación muy parecida. Aquí, Jesús está en medio de una gran multitud. Se acerca a él uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo, quien se postra a sus pies y le ruega que lo acompañe a su casa para poner sus manos sobre su hija de doce años que está agonizando. ¿Te imaginas algo así en este tiempo? Mira; cuando se trata de asuntos críticos casi de vida o muerte, nadie examina demasiado dónde va a pedir ayuda. La desesperación ante lo aparentemente irreversible es mucho más fuerte y, en contra de lo que alguien pueda suponer, la gente que acude a un ministro con experiencias de sanidad comprobables en búsqueda de ayuda, puede ser la misma gente que, si se ofrece la ocasión, acuda a un curandero o un sanador del ámbito esotérico. Los panes y los peces fue una antigua historia que hoy, lamentablemente, tiene reiteración muy a menudo. Y aquí, ¿Cómo termina el episodio?
(Verso 35) = Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro?
(36) Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente.
(37) Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo.
5:38 Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho.
(39) Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme.
(40) Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña.
(41) Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate.
(42) Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente.
(43) Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer.
La respuesta que Jesús le da al principal, es la misma que todavía hoy le da a cada uno de esos cristianos muy sinceros y fieles, que andan asustados con las inclemencias de la sociedad en la que viven. No temas, cree solamente. El verso 40 dice que se burlaban de él. ¿Te das cuenta? Aquí tienes la respuesta más clara y puntual, además de bíblica, cuando tu hijo que va contigo a la iglesia viene de la escuela y te dice que sus compañeros se burlan de él porque es cristiano. Cuando la niña se levanta y empieza a caminar, como todos pensaban que había muerto, dice que se espantaron. ¡Claro! A la distancia en el tiempo, tú dices hoy con el periódico del lunes en tus manos: ¿Cómo se van a espantar? ¿Acaso no lo habían llevado para eso? De acuerdo, ríete de ellos, si quieres. Me gustaría verte siendo testigo directo de una resurrección, hoy, a ver qué carita pones. Y, finalmente, le dijo a toda esa gente que todavía estaba maravillada e impactada, exactamente lo opuesto a lo que cualquier ministro de este tiempo les diría: vayan, recuerden lo que han visto, pero no se lo cuenten a nadie. Jesús trabajaba para mostrar la Gloria del Padre como testimonio, no para promocionar su ministerio, ¿Está claro? Un ejemplo final sobre este punto.
(Marcos 1: 21) = Y entraron en Capernaum; y los días de reposo, entrando en la sinagoga, enseñaba. (22) Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.
(23) Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, (24) diciendo: ¡Ah! ¿Qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios.
(25) Pero Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él!
(26) Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él.
(27) Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?
¿Creo que te ha quedado suficientemente claro que lo que hubo en ese lugar fue una manifestación de demonios que no pudieron soportar la presencia de la santidad de Jesús allí, verdad? Y fíjate que él no le pidió al Padre que liberara a ese hombre, sino que directamente, consciente de su autoridad, se encaró cara a cara con ese demonio e hizo lo que cualquier cristiano con sus vestiduras blancas delante de Dios, hoy, podría hacer: lo expulsó de esa vida. El poder es de Dios. La ejecutividad de ese poder es tuya. El canal de fluidez de ese poder, es tu estado puro delante del Padre y también del infierno. Si no estás en pureza, ¡Ni se te ocurra!
Creo que no necesitas más ejemplos bíblicos puntuales para entender lo que quizás ya sabías, pero que a lo mejor no se te había expuesto con tanta claridad, que Jesús tenía toda la autoridad del Cielo para hacer las cosas que hacía. Que, dicho sea de paso, vendría a ser la misma autoridad que tú deberías tener hoy. Él declara haberla recibida cuando, en mateo 28:18-20, dice: Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén. Te voy a repetir esta Su promesa varias veces en este trabajo, recíbela: Estoy contigo, todos los días, hasta el fin de los tiempos.