En los últimos tiempos, y a partir de un claro despertamiento por parte de muchos creyentes, muchos ojos espirituales se han abierto y aquellos que estaban ciegos y automatizados por las tradiciones y costumbres, han comenzado a ver. Y lo que están viendo no les ha gustado en lo más mínimo. Y a partir de allí, la palabra estructura relacionada con el funcionamiento habitual de la iglesia que conocemos, ha comenzado a ser utilizada, pronunciada, censurada y alabada, todo a un mismo tiempo.
De acuerdo, pero para poder hablar de algo, mi humilde experiencia me dice que primeramente debo al menos indagar de qué se trata ese algo del cual deseo hablar, ya sea para aplaudirlo o para criticarlo. Entonces pregunto: cuando decimos “La Estructura”, ¿Concretamente a qué nos estamos refiriendo? Mi diccionario de la lengua española me dice que una estructura es la distribución y el orden de las partes importantes que componen un todo, es decir: el sistema de elementos relacionados e interdependientes entre sí. La tercera acepción tiene que ver con lo material, pero la incluyo porque si la observas con atención, podrás hallar algo más: armazón de hierro, madera u hormigón que soporta una edificación. Eso es, en grandes rasgos, una estructura. Mi pregunta, es: ¿En qué se parece todo esto que vimos, al cuerpo de Cristo en la tierra, que es en definitiva lo que llamamos o deberíamos llamar: iglesia?
(Mateo 23: 1-8) = Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí.
Hay algo que es muy notorio y visible a los ojos de la gente. De la gente del común, no creyentes y parte integrante de lo que llamamos “el mundo secular”, pero que no le resulta desconocido a la iglesia como grupo humano genuino. La iglesia de carne y hueso, hermanada a lo humano o inherente a ello, divaga entre dos tergiversaciones: el institucionalismo y el formalismo. Ambas visiones vacían al cristianismo de su esencia y lo vuelven una más de las religiones del mundo.
En cierto sentido el cristianismo, (Ya sabes que no me gusta demasiado llamarlo así, pero así es como mayoritariamente se lo conoce), es la mejor religión del mundo; el problema es que a quien consideramos su fundador caminó por su propia senda sin atenerse a los principios religiosos de su tiempo, y más aun, criticándolos como algo obsoleto para lograr el gran objetivo de transformar al ser humano en algo distinto a lo que es, no en el superhombre que algunos filósofos soñaron, sino el nuevo hombre, creado como ser espiritual, en un plano mayor —por encima de la barbarie que naturalmente se asume—, el que lleva la imagen de lo divino no en el cuerpo de carne sino en el ser profundo, en el espíritu.
Vivimos en algo muy distinto a lo que Jesús planteó como solución y sentido de la vida del hombre. Nuestra tarea como discípulos, si es que alardeamos de serlo, es encontrar la esencia de la propuesta de Jesús, primero para nuestras vidas y luego al mostrarlo en el día a día, para el mundo. Eso nos proponemos y espero que sirva todo lo que hoy quiero compartirte para, por lo menos, poner un tema en nuestro pensamiento que quizás, nunca en alguna otra parte lo incubemos.
Cuando el mundo secular, que no tiene por qué ser creyente ni pensar con nuestros pensamientos lo hace, llega a ciertas conclusiones como esta: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. O sea que lo que quieren o intentan decir es que juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Todo lo demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos; primeramente hay que responder. Y si es cierto, como pretendía Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esa respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo. Se trata de evidencias perceptibles para el corazón, pero que se debe profundizar a fin de hacerlas claras para el espíritu.
Si me pregunto en qué puedo basarme para juzgar si esa cuestión es más apremiante que otra, respondo que en los actos a los que obligue. Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. La ontología, que es un término que comenzó a utilizarse en el siglo diecisiete, es una parte de lo que llaman la metafísica, y que tú y yo, por poco ilustrados que seamos en guerra espiritual, sabemos de dónde y de qué procede. Algunos personajes históricos de los considerados importantes por el mundo secular, llegado un momento de crisis retrocedieron en esas creencias, y se supone que hicieron lo correcto, ya que esa clase de verdades podrán ser muy pintorescas, pero llegada la instancia, no merecen defenderlas yendo a una hoguera.
Es profundamente indiferente saber cuál es el astro que gira alrededor del otro, si la tierra o el sol. Para decirlo todo, es una cuestión profundamente insignificante. Sin embargo, seguimos pudiendo observar como muchas personas siguen muriendo, dejándose morir o directamente eliminándose a sí mismas, porque estiman que la vida no vale la pena de vivirla. Pero, por rara paradoja, veo a otras tantas que llegan al extremo de hacerse matar por las ideas o las ilusiones que les dan una razón para vivir (En este caso, lo que nos están diciendo es que lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir). Opino, en consecuencia, que el sentido de la vida es la pregunta más apremiante.
La propuesta de Jesús sobre el sentido de la vida puede sonar como una paradoja: Porque dice que quien quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa suya, la hallará (Mt. 16:25). Dicha de otro modo en Lucas 9:23 por el mismo Jesús es: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Seguirlo a él es lo que le da el verdadero sentido a la vida, seguirlo a él es confiar en su palabra y aceptarla como cierta y válida, susceptible de ponerla en práctica y necesaria para un mundo en catástrofe. Seguirlo a él dista mucho de ser un participante de los beneficios y servicios religiosos o identificarse con experiencias ajenas para nombrarnos Calvinistas, Wesleyanos, Menonitas o cualquiera de esos otros nombres de los muchos que pululan y que seguramente conoces tanto o mejor que yo. Seguirlo a él es mucho más que tener una religión, es vivir con el resucitado cada día, no en el recuerdo de su persona, sino prestándole nuestros miembros para que él siga actuando en el mundo, ministrándolo y salvándolo. Es ser parte de él y él parte de nosotros indivisiblemente por razón de su sacrificio en el Gólgota.
Aquí es donde, específicamente, llegamos a lo que normalmente llamamos Institucionalismo. El institucionalismo es inherente a cualquier organización humana, y suele darse formalizando lo que antes fueron funciones naturales, reglamentándolas y sancionándolas. Es darle mayor importancia a la organización que a los fines para los que fue creada. En el institucionalismo la atención no está puesta en las personas o en el contenido con significado, o en los propósitos y metas concretas que se deben lograr, sino en la organización. En nuestro pasaje de Mateo, vemos a Jesús criticando el institucionalismo del judaísmo representado por los escribas y fariseos. No solo en este pasaje, sino en variadas ocasiones fustigó a los escribas y fariseos por darle un valor demasiado alto a las leyes y tradiciones en detrimento de las personas. ¿Por qué si nuestro Maestro jamás se circunscribió a esa camisa de fuerza que es esa religiosidad legalista, muchas iglesias tienen estructuras tan o más rígidas que esos hombres perdidos? Podemos enumerar algunos síntomas de institucionalismo en nuestras iglesias:
En el primer lugar, vemos que conforme a esos rudimentos, la iglesia es una más de las instituciones de servicio que se ocupa de las necesidades religiosas, sociales y a veces hasta políticas de la sociedad en la que está inserta. Los individuos que componen su membresía o congregación, tienen obviamente la necesidad de “cumplir” debidamente con todos esos formalismos religiosos más que conocidos: ser bautizados, casados por las dos leyes, presentar a sus niños recién nacidos y presentar a esa tan particular comunidad que es una suerte de sociedad cerrada, a sus jóvenes señoritas de 15 años. Quien llegue a ser mal pensado y suponer que se trata de una especie de exposición preparatoria para un matrimonio a futuro, miente o está endemoniado.
Todo conduce a una certeza de corte social que muestra a esa población como respetables Cristianos Evangélicos, aunque también queda a la vista que en cada motivo valedero esos grupos ven la oportunidad del compadrazgo y la celebración. Luego resulta que la “fiesta” era el verdadero motivo y la sanción religiosa el pretexto. Por algo los críticos sitúan a las iglesias como parte de los aparatos ideológicos del Estado. Son necesarias como mecanismos de control y de aceptación de status quo. De hecho, creo no exagerar ni mentir en nada si te digo que en los últimos años, la iglesia cristiana evangélica fue la responsable, gestora y promotora de por lo menos tres gobiernos nacionales en tres naciones latinoamericanas.
En segundo término, nos encontraremos con lo que podríamos denominar como cristianos de las cuatro paredes. Son más que cristianos para con ellos mismos y para con los miembros de la iglesia. Eso se percibe con mucha claridad y hasta cierta ostentación en los días de reunión, culto o servicio. En el resto del tiempo, estos tan singulares “cristianos”, comparten trabajos, escuelas o simplemente calle con los incrédulos, impíos y pecadores, y no se diferencian en nada. Aceptan de buen grado sus compañías, sus costumbres, sus bromas, sus excesos y hasta sus pasadas de línea. No cuestionan jamás sus valores, sus ideas y sus formas de llevarlas a cabo. Ninguna persona de las que suelen reunirse con ellos, podría arriesgarse a decir que son distintos en algo. Si es que lo saben, lo único que los diferencian, es que mientras estos los fines de semana van a bailar, al fútbol o a los casinos, ellos van a una iglesia. A esta altura, tampoco serían muchos los que se atrevan a asegurar que una vez que salen de ellas, no viven exactamente igual que sus amigos no creyentes el resto del fin de semana.
Como tercer punto está aquello que podríamos denominar como ostracismo o quizás con cierto humor, el club de los santos. Porque es en ese marco, en esas posiciones externas e internas, donde con toda pomposidad, un mucho de acartonamiento vestido a la usanza de la solemnidad, donde le damos una aceptación, un “sí” mental a la doctrina que nos han implantado como bueno y obligatoria. Pero al mismo tiempo, dejamos a la vista pública y más que en evidencia notoria que esa doctrina, por buena que sea, no tiene ninguna relación con la vida personal que llevamos. Ahí es donde he dicho muchas veces y sigo diciendo, aunque oírlo a algunos les causa ofensa o enojo, que ser parte de una iglesia en esas condiciones, no se diferencia en nada a pertenecer o ser socio de un buen club o cualquier otro grupo secular de acciones privadas. Lamento decirte que todas estas aparentes “sanas” costumbres y legendarias tradiciones, lo único que consiguen en nuestras vidas y las de aquellos que conforman nuestro entorno cercano o intermedio, es neutralizar la verdadera palabra de Dios y todo su efecto y consecuencia.
En la cuarta posición de esta simbólica estadística, se encuentra una palabra que la mayoría despreciamos y que la misma mayoría sin querer o queriendo, alimentamos: burocracia. ¿Qué trámite o cosa importante en nuestras vidas no se ha visto demorada hasta la irritabilidad por causa de esos interminables trámites burocráticos? Mira; yo descubrí ya de creyente con trayectoria, que el libro disciplinario o la constitución escrita de una iglesia, tiene en algunos casos, una importancia mayor que los asuntos particulares y las circunstancias adversas de su gente. Ni hablar de lo espiritual. Es normal que pierda por goleada con la burocracia interna.
En muchas congregaciones, todavía, y a lo mejor con la más inmejorable intención, todavía se requiere y es obligatorio tramitar un permiso especial para visitar otra congregación o relacionarse con cristianos de ellas. Mi testimonio personal es breve pero contundente. Yo daba clases en la escuela dominical en un salón con capacidad para cuarenta personas sentadas. La asistencia fue creciendo y, cuando un domingo tuve a setenta y cinco alumnos, comencé a gestionar que me cambiaran a un salón más amplio, que los había disponibles y más de uno. Los documentos de solicitud, las firmas de los supervisores y ministros de enseñanza hasta llegar a la firma del pastor principal, llevaron nada menos que diez meses. Diez meses para cambiarme al salón contiguo que tenía capacidad para ciento cincuenta personas. ¡Diez meses! Burocracia.
Como quinta expresión, nos encontramos con lo que llaman el Clericalismo, que vendría a ere algo así como lo que ostentaban los antiguos levitas, una suerte de profesionalización ministerial. Dentro del ambiente cristiano evangélico eso se comenzó a poner en práctica y respetar a full hace ya varios años, cuando directamente se profesionalizó el pastorado como posición eclesiástica, por encima de lo que bíblicamente es, una función. Los pastores debían tener un título que los acreditara como tales, aun a contramano con lo que su propio nombre original determina, ya que poimano no es título, es función. Y como profesionales, incluso con salario en blanco, pasaron a ser algo así como empleados de la iglesia, con sus prestaciones de ley, su aguinaldo, vacaciones y seguro social. De todos modos, conformaron una especie de clase especial, ya que sólo ellos tienen derecho a bautizar, impartirlo todo y legitimar los votos matrimoniales, ya que dicen que los demás son laicos. Sin embargo, la realidad bíblica, que es la única que Dios nos dejó escrita, nos dice que todos somos laicos, es decir que todos somos parte del pueblo, y al mismo tiempo todos ministros (sacerdotes) competentes. No le encuentro coherencia, pero así es como está.
Y, finalmente, nos encontramos en sexto lugar con el Proselitismo. Es más que visible que, en detrimento de un discipulado verdadero y victorioso, que es el resultado natural de vivir bajo el señorío de Jesucristo, lo que se persigue en mayor cantidad es incrementar el número de miembros de un grupo, ministerio o congregación como si ese fuera el fin en sí mismo. A esto es a lo que llamamos Proselitismo, y contiene altas y muchas visibles diferencias con lo genuino. Paso a mostrarte algunas:
El llamado. El llamado proselitista se refiere a ingresar a las filas de la organización, el llamado al discipulado a aceptar el señorío de Jesucristo de forma incondicional.
Las consecuencias. El proselitismo ata al individuo a las tradiciones y costumbres de su estructura, hasta que llega a incorporarlas como algo natural. El discipulado libera, el verdadero discípulo obra en la convicción de que las enseñanzas de Cristo son la sanidad que el mundo necesita.
La competitividad. La labor proselitista es altamente competitiva; se trata de reclutar al mayor número de adeptos posible por los medios que sea. El fin del discipulado es llevar a cada discípulo a un compromiso de obediencia y de llevar la cruz.
La jerarquización. El proselitismo produce elitismo, se trata de buscar siempre los primeros asientos en las sinagogas, ser los mayores, se buscan incansablemente los galardones de los símbolos de la jerarquía. En el discipulado no hay jerarquías sino roles y funciones, nadie busca ser jefe porque uno es nuestro jefe: Cristo.
El éxito. Los éxitos del proselitismo son a nivel de la misma estructura. Se le enseña al adepto a sentirse satisfecho cuando la iglesia tiene un templo más grande, se venden más libros, tienen más decisiones, etc. En el discipulado solo se siente estimulado cuando ve que los propósitos del reino se van cumpliendo y su Señor es glorificado. Estas son las consecuencias de confundir el seguimiento de Jesucristo con una religión, muchos están viviendo en esas estructuras y las siguen reproduciendo sin cuestionarlas, sin preguntarse si cumplen los propósitos originales de nuestro Rey Salvador o si solamente se le está siguiendo el juego ambicioso a algún líder humano.
Alguien ha escrito que en nuestro tiempo se prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser, lo que es ‘sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado. Cae perfectamente la observación del autor filósofo, a las maneras de la casta farisaica y a muchos de nuestros cristianos modernos preocupados por la imagen y la apariencia. Esto entraña el otro gran problema al que tiene que enfrentarse la visión discipuladora de Jesucristo. Se la quiere encasillar en los modos de las religiones simbólicas, que requieren ciertas imágenes y representaciones que representen las supuestas verdades que proclaman.
Es probable que algunos de nosotros estemos a salvo de muchas de estas formas aunque quizás no logremos escaparnos del todo. En algunos grupos adquieren relevancia las vestiduras y la apariencia personal, en otros van ganando importancia ciertos elementos sagrados o consagrados: el mobiliario y el templo, los velos, el aceite de la unción, la Biblia y cosas así. La forma sobre el contenido adquiere tanta importancia que nos hace vivir tan solo en una representación de una realidad que cada día se nos escapa más. Ahora nosotros nos sentamos en la cátedra de los apóstoles e imponemos cargas a los demás que nosotros no queremos tocar ni con un dedo, extendemos los flecos de nuestros mantos y buscamos que la gente nos considere muy entregados. Ese parecería ser el ABC del ministro siglo veintiuno. Debo estar anciano, porque no apruebo eso.
Pero hay un problema mayúsculo que cada día que pasa carcome más la vida de las iglesias como estructuras institucionales visibles. La llamada Mercadotecnia y sus oropeles convierten más y más a las iglesias en empresas que generan grandes ganancias. Y para estar acordes con los tiempos hemos abaratado el llamado de Jesucristo para hacerlo lo menos comprometedor, lo menos que podamos dar, lo menos exigente, por un lado, pero a la vez, lo más digerible, lo más divertido o por lo menos entretenido. Es así como caemos en las garras de ese mal que hace todo vacuo y sin profundidad, el espectáculo.
Nadie ignora, piense como piense, que la palabra Mercado, hoy, goza de un respeto real o sobre enfatizado, depende quien lo mire. Pero resulta ser que nosotros, por ignorancia, en la forma más burda queremos copiar lo que ha dado resultado al mercado. La oferta es amplia de manera que vamos desde música para todos los gustos, con artistas que no le piden nada a los seculares, publicidad y presencia en la redes sociales, ahora, en lugar de los aburridos directores de culto de antaño tenemos animadores al estilo del show, en lugar de predicadores, showmans milagreros y espectaculares; han convertido al culto en una prolongación de la diversión y la fiesta, donde nosotros somos los protagonistas y no Dios, donde el yo es el centro de todo y la gratificación personal la razón de ser de las reuniones. Obvio, hay excepcione y gloria a Dios por ellas, pero como puedes imaginarte, esto no va dirigido a esas excepciones benditas que todavía bendicen en medio de la maraña de confusión…
El contenido ha quedado sepultado bajo capas y capas de ilusión y apariencia, de espectáculo y superficialidad. La consecuencia más grave es precisamente la idea que queda en los participantes de que la fe en Jesús es otro más de los asuntos divertidos de la vida, se ha hecho banal, se le ha dado un lugar entre los posibles entretenimientos. Se la ha rebajado para que encaje en las leyes de la oferta y la demanda, de modo que compita con los demás espectáculos que asechan el ocio.
Anulando toda la perturbación y desgarramiento que el mensaje de Jesús provoca la iglesia moderna nos ha colocado en un sitial de espectadores. Espectadores en cultos y ceremonias que nos dan la imagen de creer en algo pero que no tienen la acción que nuestro Maestro propuso con un llamamiento tan singular cuando invitaba: sígueme, es decir, involúcrate en mi tarea, en mi manera de vivir, de pensar y de actuar; vive en la senda de la paradoja: ama a tu enemigo, pon la otra mejilla, felices los pobres, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, es más dichoso dar que recibir, el que pierda su vida por mí, la hallará, toma tu cruz cada día.
Jesús no propone otra cosa que un Espíritu que paso a paso, en un proceso que dura toda la vida, pueda crear en cada seguidor un hombre nuevo, ciudadano del Reino de los cielos, un verdadero extraterrestre, un ser con características tan celestiales viviendo con una misión, con un accionar preludiado por el accionar de su Maestro, no con una aburrida y asfixiante religión o una alegre pero hueca como la que pese al parate de la pandemia todavía se vive hoy.