Me tocó nacer en un lugar del planeta donde se habla idioma español. (En realidad, en Argentina se habla de un modo que en muchas ocasiones deforma y en otras casi que ofende al idioma base. Pero esa base es el español y oficialmente ese es nuestro idioma nacional). Amo mi idioma porque es extremadamente rico y fructífero en giros y modismos. Su inagotable cantidad de verbos nos permiten identificar cada objeto, lugar o situación de un modo mucho más preciso que lo hacen otros idiomas importantes. Por eso trato de cuidar mi manera de expresar mi idioma y cuidarme yo al difundirlo. Lo hablo usando nuestras terminologías y modismos propios porque fundamentalmente quiero llegar al oyente como portador de la Palabra de Dios mediante una forma de cultura que para muchos resulta hasta pintoresca. De adolescente estudié una disciplina ya casi extinguida como era la taquigrafía, en una academia particular cuyo profesor era de ascendencia francesa. Y él se reía mucho cuando contaba el inmenso trabajo que le costó adaptarse a nuestros modismos. Y ponía como ejemplo lo que todavía hoy en Argentina es un clásico: decimos ¡Qué macana! cuando algo es malo o negativo, y ¡Qué macanudo! cuando nos referimos a una persona agradable y simpática. Si a esto le añadimos que la macana era un palo que usaban los indios, una especie de garrote con el que golpeaban a sus enemigos, el combo está completo. Nadie lo puede entender ni tampoco explicar. Esto sería “hablar en argentino”…
¿Por qué se supone que hice esta reflexión tan localista a modo de introducción? porque en el primer verso del capítulo 5 de la carta a los Efesios, que estoy examinando para tratar de encontrar los puntos que la conviertan, como se ha dicho proféticamente, en la revelación de la iglesia, me encuentro con un mandato que Pablo les acerca sin ponerle anestesia alguna. Él les dice sencillamente deben ser, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Yo te confieso que la primera vez que leí esto, se me cruzaron los cables de mi cerebro mal, porque me sentí en medio de una mezcla de ideas contradictorias que no me permitían entender el concepto. ¿Cómo Pablo, nada menos que Pablo, me va a recomendar que imite a Dios, si antes nos habían enseñado que el gran imitador de Dios es Satanás y con esas imitaciones logra engañar a una enorme porción de la humanidad? En aquel tiempo, hice lo que la mayoría de los cristianos hacen cuando no entienden algo en sus biblias: lo dejan ahí y pasan a otra cosa. Piensan que algún día alguien les explicará eso que no entendieron. Ese es un error. Olvidan que tenemos un mandamiento alto y eterno: Escudriñar las escrituras.
Y allí descubro que esta recomendación a los Efesios, no es la única que Pablo deja escrita. En 1 Corintios 11: 1: dice: Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo. En Filipenses 3:17 renueva la apuesta y escribe: Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros. En 1 Tesalonicenses 1: 6 lo muestra así: Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu Santo. Hay algunos textos más de Pablo, pero quiero rescatar que también el autor de la carta a los Hebreos menciona esta palabra cuando dice, en 6:12: a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas. De hecho, estos textos no añaden demasiado al que tenemos como base, pero nos llevan a examinar los originales. Allí encontramos que lo que se traduce como Imitadores, es la palabra griega mimetés, de la que luego los intelectuales tomarán la expresión Mímica, para toda forma de copia de gestos y actitudes de alguien, y entre un par de acepciones, también nos da la de Seguir, la de ser seguidor de. Y esto es lo que nos confundió. Porque en nuestro idioma, Imitar es simplemente hacer una cosa copiando fielmente otra, o parecerse una cosa a otra. Y eso, lo miremos por donde lo miremos, no es ni puede ser malo.
Además, hay que estar más que bien plantado en la fe y la confianza para atreverte a decirle a la gente que te imite a ti, porque tú imitas a Cristo. ¡Ese era Pablo! Pero no era un extraterrestre, así como él deberíamos ser todos los que decimos creer en Jesucristo y nos dedicamos a predicar el evangelio del Reino. Que lo lleva a decirnos que tenemos que andar en Amor, como también Cristo nos amó. Y entonces nosotros, como iglesia, no tuvimos mejor idea que acudir a un buen dibujante, o pintor, y hacerle dibujar una sonrisa luminosa que muestre dientes blancos y brillantes. La incorporamos a nuestras propias bocas, y así comenzamos a caminar por nuestra vida de cristianos. Porque esa sonrisa permanente y casi calcada entre unos y otros, era la demostración más visible del amor que sentíamos por nuestro prójimo. Está bien, esto no es malo y debemos hacerlo, sin dudas, pero el problema radica en que la palabra que aquí se traduce como Amor, es ágape, y como todos saben y ya hemos enseñado, en su traducción más amplia y general, es Carácter. El otro amor, ese de la sonrisa y los gestos, no es ágape, es phileo. Amor de padres, de hijos, de esposos, de hermanos de sangre, de novios, etc.
El verso 3, en su texto, parecería brindar un consejo sencillo, pero como todo lo que tiene que ver con el evangelio genuino, con el Reino de Dios y su Justicia, y con lo elevado que Pablo les habla a sus ministrados, esto que vas a leer va mucho más allá de lo que leerás: Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; Lo que Pablo está transmitiendo aquí, es una síntesis del manejo de las conversaciones que edifican, desechando las que no sólo no edifican, sino que además empujan hacia los dominios de las tinieblas. Se puede mencionar un pecado sexual si es que se va a ministrar a alguien que lo está viviendo o lo ha vivido, pero no como tema central de una conversación que, en el instante menos pensado, girará hacia la morbosidad y la curiosidad, dos elementos que en modo alguno colaboran para una conducta acorde a nuestra identidad. Lo mismo es válido para las bromas no sólo obscenas, sino con el aditivo de relatos llenos de inmundicia y grosería, a la que tanta gente es afecta. Tanto que hay pseudo humoristas que basan sus éxitos teatrales en esas dos rutinas pervertidas. El otro tema que se incluye en esta advertencia, es la avaricia, lo que elimina como tema de conversación entre creyentes, a todos los vaivenes de las trampas o recursos ilegales financieros para aumentar ganancias. El verso 6 completa la historia cuando dice: ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias.
¿Qué cosa es una palabra deshonesta? Algo que se dice sin respaldo de la honestidad. ¿Y qué significa hablar necedades? Algo que se opone tercamente a una verdad de Dios aunque quien lo hace esté sabiendo que no tiene razón. ¿Qué es cometer una truhanería? Tuve que recurrir al diccionario porque esta palabrita está fuera de uso. Ser un truhán tiene dos acepciones. Una es ser alguien que vive de estafas y engaños. La otra, es la de pretender hacer reír o divertir mediante bufonadas, chistes y muecas. Lo más parecido a nuestro concepto de algo payasesco, un payaso no convencional. ¿Pablo está diciendo que no debemos participar de eso? Sí, eso dice en el verso 7. ¿Motivos? Veo uno solo y no es menor: evitar buscar ser centro de las miradas y la atención de las personas. De eso a la vanidad, la arrogancia y el orgullo egocéntrico, hay un paso. Un creyente no tiene ninguna traba ni prohibición para ser artista, deportista de élite o figura mediática. Pero deberá estar muy bien plantado sobre sus pies para que todo eso no le juegue en contra y termine amándose más a sí mismo en alto narcisismo en lugar de poner a Dios por delante de todas las cosas de su vida. Clarísimo. Iglesia post pandemia, aprende. Y si te cuesta aceptar que Dios te recomiende que no tengas nada que ver con esa clase de gente y lo entiendes como una discriminación, enójate con Él. Pablo y yo sólo te lo estamos recordando.
Los versos 8 y 9 constituyen otro recordatorio con un mandato incluido: Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz. (Porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad). Lo que les y NOS está queriendo decir es que cuando no conocemos a Dios, es como si estuviéramos viviendo en la mayor y más acentuada oscuridad, a esto muchos de nosotros lo sabemos y no por libros ni sermones, sino por haberlo vivido antes de encontrar a Jesucristo. Pero ahora ya no podemos dar ninguna excusa, hemos conocido al Señor y hemos pasado de esa densa e inexpugnable oscuridad, a una luz diáfana y apta para iluminar todo lo que toquemos. Cuidado con esto para no caer en falsos esoterismos que seguramente muchos de ustedes han conocido o conocen. Esa luz que irradiamos, no es nuestra. Es SU luz que se refleja en nosotros, pero siempre y cuando nosotros lo reconozcamos como Señor de nuestras vidas. Si a esas vidas las queremos controlar o conducir nosotros con nuestra sabiduría humana, podremos tener éxitos y fortuna, pero jamás seremos luz para nadie. Muy por el contrario, la llegada a un lugar de un anónimo desconocido, sin lauros ni prestigio alguno, aunque obediente al Señor, de inmediato nos dejará a todos encandilados con su presencia. Ese es el diseño que Dios imaginó para cada uno de nosotros. Traten de hacer lo que agrada a Dios, es lo que Pablo concluye en este párrafo. Esa es nuestra responsabilidad.
Y luego pasa a lo que sería el siguiente estado. Les dice: Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; Suena bastante formal y hasta acartonado esto, pero entiende que lo que les está advirtiendo es que los creyentes no se tienen que hacer cómplices de los que no conocen a Dios, sino hacerles ver su error, porque lo que ellos hacen, aunque lo consideren muy importante, la gran verdad es que no sirve para nada. Y no es un mandato menor, este. ¡Tú no tienes una idea de la enorme cantidad de cristianos que, con tal de no ser marginados o discriminados por sus amigos no creyentes, resuelven acompañarlos en sus correrías llegando incluso al pecado por esta causa. Pablo no exagera, sabe de lo que está hablando. Conoce la naturaleza de aquel hombre, que dicho sea de paso, no difiere en demasía con el actual. Y luego si quieres súmale todos los adelantos técnicos que, más que servir para la proclamación del Evangelio por todo el planeta, hasta ahora ha sido más útil al infierno para facilitar el pecado. Por eso añade que le causa vergüenza (Lo que hoy llamaríamos “vergüenza ajena”, que es la que sentimos por lo que hacen otros), de lo que ellos hacen a escondidas, cuando nadie los ve. La gran duda o pregunta, es: ¿Se refiere a la gente incrédula que conoce o a gente que se dice creyente? No lo sé, pero la Biblia no fue escrita para los incrédulos. Fue escrita para la iglesia.
No obstante, él aclara y puntualiza algo que nosotros no siempre tenemos en cuenta. Les dice: Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo. Es concreto y contundente. Dios es luz. Nosotros, sus hijos, somos hijos de luz. Eso significa que, aunque tú tengas un secreto de algo que haces en oculto con la certeza que nadie lo sabrá nunca, por simple discernimiento o revelación singular, la sola presencia de un hijo de luz en tus cercanías, te dejará al descubierto de todo. Eso es lo que les dice. Y no exagera ni un gramo, así es. Por esa razón es que les dice lo que sigue, que en modo alguno va dirigido a gente inconversa, eso es evidente:
Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, Y levántate de los muertos, Y te alumbrará Cristo. Pablo hace mención a algo que fue escrito en otro contexto y lo utiliza en este porque estima que es lo adecuado. Y no se equivoca. Porque muchos cristianos, hoy, siguen tan dormidos como antes de la pandemia. Y una de las razones por las cuales Dios permitió este Covid19 que todavía sigue fastidiándonos, fue para que buscáramos refugio en Él y, definitivamente, nos despertáramos a este nuevo mover que ha comenzado. Que no es un mover congregacional, sino individual. Al Cuerpo de Cristo en la tierra no lo reúnen ciertos hombres, lo reúne Cristo mismo. Nuestra opción es: obedezco y tengo victoria o desobedezco y me pierdo. Soy libre. Para vivir o para morir.
Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, Eso les dice en el verso 15 de este capítulo 5 de Efesios. Recuerdo que cuando al principio de mi vida de creyente leía este texto, la palabra diligencia me retrotraía a mi infancia y las películas de indios y vaqueros americanos. Sin embargo, muy pronto descubrí la acepción puntual a la que aquí Pablo se refiere, y es que diligencia es el cuidado, la prontitud y la eficiencia con la que se lleva a cabo una gestión. Muy bien; con esa idea en mente es que debemos hacer la retrospección que el apóstol nos demanda. Debemos tener mucho cuidado, la máxima prontitud que podamos y la mayor eficiencia para examinar nuestro andar por nuestra vida de fe. Y sin ser en absoluto condescendientes o permisivos.
Déjale eso al mundo secular, lo nuestro es Justicia, así como la escribo, con la jota mayúscula, que a mí me asegura que se trata de la Justicia divina, no la terrenal y humana. La primera es perfecta y no falla jamás, la segunda… Y luego nos recomienda que una vez nos hayamos examinado con la mayor profundidad, comprobemos si estamos funcionando como necios o como sabios. ¿Cuál es la diferencia? Los primeros, saben lo que tienen que hacer o no hacer, pero deciden hacer otra cosa porque les conviene o porque les gusta o no les gusta. Necedad no es sinónimo de ignorancia, es sinónimo de rebeldía. Ser sabios, en tanto, no significa haber aprobado todas las materias en una universidad científica, sino saber que sabes que supiste y lo creíste, que lo que Dios quiere para tu vida es exactamente lo que estás haciendo. Es como decirte en la calle que vivas como personas que saben lo que hacen, y no como tontos mediocres que en lugar de pensar, por comodidad, deciden dejarse pensar por otros.
Y la recomendación que le brota a Pablo después de decirles todo eso, es que traten de aprovechar bien el tiempo y los tiempos, ya que él está vislumbrando que los días que se están viviendo y los venideros, serán malos. ¿Te cabe alguna duda que independientemente de como hayan sido esos días en los que él estaba escribiendo esta carta, los actuales dos mil años después, no son mucho mejores? El mundo secular a través de algunos de sus pensadores, escribió frases de aliento para tener en cuenta esa clase de días, pero por una simple cuestión de identidades, rescaté algunas que son fruto de la inspiración de pensadores creyentes. No doy sus nombres porque el derecho de autor de cada uno de esos pensamientos, es del Espíritu Santo, sin dudas. – Los recuerdos son la llave no del pasado, sino del futuro – La vida tiene un lado sombrío y otro que es brillante, y de nosotros depende elegir el que más nos guste – Deja que tu esperanza y no tus heridas den forma a tu futuro – No te desesperes. Muchas veces es la última llave del manojo la que abre la puerta – Todo lo que se hace en el mundo es a través de la esperanza – Hay cosas mucho mejores delante de nosotros que aquellas que hemos dejado atrás – Nunca se es demasiado viejo para ponerse una nueva meta – Hay cosas que siempre parecen imposibles, hasta que se hacen. Hay muchas más, pero creo que con estas te tiene que alcanzar para aprovechar el tiempo como te demanda Pablo aunque estos días sigan siendo malos….
Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor. Eso les dice en el verso 17, que es como si les dijera: ¡Eh, muchachos! ¡No sean tontos! Antes de moverse traten de saber qué es lo que Dios quiere que ustedes hagan. Creo que esta es una expresión, un deseo, una intención y un mandato que indudablemente trascendió aquellos tiempos remotos y es más que vigente y apto para poner por obra hoy mismo, ahora mismo, y en un ochenta por ciento de los grupos cristianos, sean cuales sean. Por cada creyente que tiene intimidad con el Señor y hace lo que el Espíritu Santo le da dirección para hacer, hay no menos de cien en la proporción estadística, que hacen cosas buenas y hasta muy buenas, pero no por dirección divina, sino por decisiones propias basadas en lo que cada uno cree que es necesario o está bien. Cuidado; nadie censura esto porque casi siempre, salvo excepciones que mejor no mencionar, redundan en buenas acciones y en cosas que favorecen a la gente, pero como son obras producto de la sabiduría humana, Dios tiene todo el derecho legal a tomarlas como obras de la carne, y ya está escrito y no en un solo lugar, que Dios aborrece las obras de la carne. El error está en suponer que se trata de las malas obras de la carne. No es así. En ningún lugar especifica eso. Dice simplemente que Dios aborrece las obras de la carne, lo cual me está diciendo a mí y también a ti, que son todas, parezcan buenas, buenísimas o malas.
Y luego remata esta parte de su discurso con algo que parecería estar por fuera de todo, aunque si se observa desde las profundidades que marca el Espíritu Santo, obviamente que no es así. Él dice: No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, Muchos que vivieron los impactos de despertamiento que hubo en muchos lugares en la década de los años noventa, con las “borracheras” que muchos cristianos parecían tener por causa de haber sido tocados, llenos o bautizados en el Espíritu Santo. Tuve la misericordia divina de vivir algunas de estas experiencias, pero creo que Pablo va mucho más allá de esto que en todo caso fue lineal y casi hasta regional. Lo que él les dice, creo que recibir una tremenda revelación del Espíritu Santo, (Esto está representado por el vino), puede embriagar a quien la recibe de tal modo que, si se deja llevar por su egocentrismo y sus vanidades íntimas, muy bien puede caer en la disolución de utilizar esa revelación para lucimiento personal o, lo peor y más pobre, lucrar con ella como tantos lo hicieron en esos tiempos. Es muy cierta la palabra que nos asegura que Dios protege a su Ungido, que no necesariamente nos habla de Jesús, sino de todo aquel que hoy mismo lo sea, pero es una palabra que, al mismo tiempo, nos da la certeza total que no permitirá que esa unción sea derramada sobre ningún hombre que la esté esperando para aprovecharse de ella para delinquir o pecar. Aquí ya no protege a su Ungido, aquí protege su Unción. Y es excelente que así sea.
Y concluye esta parte inicial de este capítulo 5, con una expresión de dirección para con el pueblo reunido: hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. De hecho, es obvio que una gran parte del pueblo cristiano, al leer esto, se identifica con lo que normalmente se realiza dentro de los templos o salones donde se reúnen las congregaciones, pero una vez más me temo que no se refiere a eso Pablo cuando les recomienda todo esto. En principio, no se trata de repetir como en una letanía uno o varios de los ciento cincuenta salmos que hay en nuestras biblias. El salmo (La palabra griega es psalmós) era una pieza fija de música, una especie de oda sagrada y tenía que ver con ejecutar uno o varios instrumentos de cuerdas.
Los himnos a los que él se refiere, eran temas muy rítmicos que trasuntaban alegría o movimiento. Nada que ver con nuestros himnos gregorianos que, tal como su nombre lo dice, nacieron bajo el papado de Gregorio y tienen más relación con la música clásica europea que con la hebrea que se estilaba en aquellas sinagogas a las que Pablo hace referencia. Los cánticos espirituales no son necesariamente los temas escritos por distintos autores cristianos que están de moda, aunque nadie está en oposición a ellos, sino cánticos nuevos, improvisados y espontáneos producto de la inspiración del Espíritu Santo. Todo lo demás, es lo que todavía hoy la iglesia debería hacer tanto en lo corporal como en lo individual. Dar gracias POR TODO a Dios, no sólo por lo que nos parece bonito y siempre en el nombre de Jesucristo, que es el nombre que está por encima de todo nombre. Esto último puede parecer una muletilla, pero es una realidad que aquellos que han tenido experiencias en guerra espiritual saben y conocen perfectamente.