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¿Quieres ser Lleno del Espíritu Santo?

 

Siempre menciono a la Argentina cristiana de los años 90, porque creo que fue la época más tremenda que mi pueblo vivió en su relación con el Señor. También fue la de mayor confusión doctrinal y la de mayor influencia de prácticas extrañas dentro de la iglesia estructural.

El tema de la unción apareció con muchísima fuerza en los cultos evangélicos y se adueñó en un momento dado de todas las reuniones. En las pentecostales, casi por exceso; en las más ortodoxas y conservadoras, al menos por el intento de hallarla.

El caso es que cuando se hablaba de un cristiano en esos tiempos, sólo se lo consideraba si se comprobaba que estaba lleno del Espíritu Santo; de otro modo, apenas era una personita que andaba por los templos casi como pidiendo por favor que lo aceptaran.

¿Y cuáles eran las premisas para determinar si alguien estaba lleno del Espíritu Santo o no? Variadas, conforme a las doctrinas centrales de la denominación en la cual se tratase el tema. Si era una iglesia pentecostal, el bautismo con las consiguientes lenguas; si se trataba de algo más ortodoxo, conductas, dones comprobados por los concilios, etc.

Recuerdo que era casi de uso y costumbre semanal asistir a reuniones en las que el predicador de turno preguntaba a la audiencia si deseaba ser llena del Espíritu Santo o “recibir la unción” y, ante su asentimiento, hacía un ademán específico o soplaba frente al micrófono, mientras decía con voz imperativa: ¡Recibe!

Esto no era un invento de la ridiculez templista ni mucho menos, sino una clara imitación a lo que habían visto (Y algunos de ellos también experimentado, personalmente), en reuniones de un afamado ministerio internacional o de su correlato argentino de esa década.

Lo cierto es que esta gente, cuando recibía el okey de los asistentes, ejecutaba esos gestos mencionados y, en la mayoría de los casos, la gente se iba de espaldas al suelo, casi en un efecto dominó o cascada. A eso, yo lo vi con mis propios ojos y no puedo decir de manera alguna que fuera algo armado o una sugestión psicológica masiva. La gente sentía una fuerza sobrenatural que lo empujaba de sus hombros y se iba al suelo. Hermanos muy confiables coincidieron en eso.

Algunos quedaban allí un buen rato, otros se levantaban de inmediato y, los menos, apenas una fracción no mayor a un cinco por ciento, quedaba de pie. Bien; debo decir que yo resulté lleno del Espíritu Santo en una de esas reuniones, aunque formé parte de ese cinco por ciento que no se cayó al piso.

¿Y cómo supe que había sido lleno o, como era de uso, que había recibido “la unción”? No fue por hablar en lenguas porque a ese don ya lo tenía, ni tampoco por tener ataques de risa o temblor. Fue, simplemente, porque al día siguiente, me levanté viendo verdades espirituales que antes no veía, aunque me las pusieran delante de mis narices; entendiendo pasajes bíblicos que antes eran chino básico (Con mi mayor respeto por el idioma chino, claro está), y, esencialmente, porque el Señor hizo en ese tiempo algunas señales sobrenaturales por mi mano que ni yo mismo alcanzaba a entender y por momentos, casi que tampoco a creer: sanidades, liberaciones, etc.

En el marco de este dilema que me tuvo como protagonista de una forma casi casual, yo brillaba por carencia de sabiduría, pero ardía de deseos de ser útil al Señor y, copiando lo que escuchaba, clamaba por esa unción y anhelaba fervientemente ser lleno del Espíritu. Hasta que un día oí esta pequeña enseñanza y de alguna manera, mi vida cambió en un giro de ciento ochenta grados:

(Lucas 3: 21) = Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió, (22) y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma de corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.

Cuando leíamos este pasaje, entendíamos que el Espíritu Santo sólo estaba disponible para con aquellos que obedecían el mandato del Señor con su bautismo. O, al menos, eso era lo que se nos enseñaba. Según la otra doctrina conjunta, Jesús había sido bautizado en agua y en el Espíritu Santo.

No decían que había salido orando en lenguas porque hubiese sido demasiado y no estaba probado. Pero algo era real. El Espíritu Santo había sido el factor de la vida de Jesús en el vientre de María, así que Jesús ya tenía su sello. Por tanto, esto tenía que ser la llenura, no cabía otra explicación.

Porque cuando leemos que Él fue el primogénito y nosotros sus sucesores, creo que no alcanzamos a tomar verdadera dimensión de lo que significa ser hijos de Dios, en este caso, por adopción y precio pagado con sangre.

Y de alguna manera, en muchas situaciones límites, pretendemos que Dios salga por sí mismo a brindarnos su ayuda, sin tomar demasiado en cuenta las condiciones mínimas que se necesitan para ello. Hemos enseñado que Dios es la locomotora que arrastra todo lo que se le cruce, pero que nuestra oración serán los rieles por los que esa locomotora pueda transitar.

Si no hay rieles, hay una locomotora inutilizada e inmóvil. Por eso todo esto que se cuenta en Lucas 3:21 sucede un segundo después de haber orado Jesús, y cinco segundo después de haber sido bautizado. No fue un resultado de su bautismo, sino de su oración. ¿Y para qué necesitaría Jesús ser lleno de un Espíritu Santo que era nada menos quien lo había engendrado en el vientre de María?

(Lucas 4: 1) = Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto.

Listo. Punto. Nadie necesitaría más pruebas contundentes que esta. ¿De dónde dice que viene Jesús, lleno del Espíritu Santo? Del Jordán. ¿Y qué fue lo que sucedió en el Jordán? Que fue bautizado en agua. ¿Y cómo fue lleno, entonces, del Espíritu Santo, Jesús? Luego de ser bautizado en agua y orar.

¿Cabría interpretar, entonces, y cómo muchos eligieron hacer, que la llenura del Espíritu Santo sólo sería posible en caso de bautismo en agua de la persona? En ese momento, en ausencia total de doctrinas claras y despojadas de los denominacionalismos tradicionales de esos años, el asunto quedaba latente. Pero sabes muy bien que no fueron pocos los que enseñaron y predicaron eso.

Pero algo sí se mostraba en una evidencia más que clara. A Jesús, al desierto, a vivir todo eso que luego será relatado como una tremenda prueba de carácter, resistencia y fe, no lo llevó Satanás. Ni siquiera fue Jesús por idea propia y ganas de lucirse, o para poder tener posibilidades de probar todos sus súper-poderes. Fue el Espíritu Santo el que le ordenó ir allí. Y fue, peleó y venció.

Ahora bien; ¿Para qué necesitaría el Espíritu Santo que Jesús fuera a un desierto, se pasara cuarenta días y sus noches sin comer y batallara con cada una de las tentaciones fuertes que Satanás le presentó casi en bandeja de oro?

¿Para probarle a Satanás que Él tenía más poder? Jesús no necesitaba hacer eso, ya lo sabía. Y Satanás tampoco lo hubiera entendido demasiado, porque Él ya sabía que ese hombre estaba allí para complicarle sus planes. De todos modos, si Satanás hubiera sabido quien era Jesús realmente, jamás hubiera presionado para que lo crucificaran. Fue como echarle combustible inflamable al fuego que lo estaba consumiendo y derrotando.

(Lucas 4: 14) = Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor.

Más que clara aquella enseñanza. Te deja en evidencia transparente que, sólo cuando has sido lleno del Espíritu Santo tú podrás enfrentar tu prueba personal, simbolizada en la vida de Jesús por esos cuarenta días en el desierto.

Y sólo cuando has vencido tu prueba personal como Él lo hizo, cuando has salido más que vencedor de esa crisis privada, es cuando recibes el poder del Espíritu Santo que te permitirá comenzar un ministerio, tal como Él lo hizo justamente a partir de ese momento.

De acuerdo; no fui un delincuente, ni un drogadicto, ni un corrupto de marca mayor. Pero así y todo, cuando hoy recibo algunas revelaciones que bendicen a mis hermanos, no puedo evitar recordar de qué desierto me levantó el Señor. Y no le es suficiente el resto del día para glorificar su nombre. Y de paso, bajarle absolutamente el perfil al mío, que  no te imaginas cuán sana decisión es.

Linda enseñanza. Breve, simple, práctica y, como vulgarmente se dice en los ambientes eclesiásticos, muy inspiradora. Pero; ¿Realmente eso es así? ¿Qué hay respecto al Espíritu Santo que nos permita con cierta certeza asegurar que eso es así?

No voy a realizar un concienzudo estudio del Espíritu Santo por dos razones esenciales: la primera de ella, es que no tengo la preparación divina ni el mandato supremo para hacerlo; y en segundo lugar, porque el eje de este trabajo no es la persona del Espíritu Santo, sino el hecho de ser lleno de su presencia.

De allí el título, que de ninguna manera es una argucia mercantilista para vender un producto, sino una conciencia clara de las necesidades básicas que Dios dijo, y yo me lo he creído, tendríamos cada uno de sus hijos para cumplir con su propósito y hacer su Soberana voluntad.

Entonces la duda que en primer término se nos presenta, es: ¿Dónde comienza el Espíritu a llenar con su presencia y posterior poder a los hijos de Dios? ¿Es todo un proceso que vemos en el Nuevo Testamento? ¿No hay nada detrás que lo confirme o respalde? Veamos.

En principio, déjame decirte que en el contexto de todo el Antiguo Testamento, no se menciona a la que hoy llamamos Tercera Persona de la Trinidad, como el Espíritu Santo, cosa que sí ocurre en el Nuevo, sino simplemente como el Espíritu de Dios.

El primer texto donde nos encontramos con el Espíritu de Dios, es el de Génesis 1:2. Allí se nos dice que la tierra, luego de la Creación, se encontraba desordenada y vacía, (Se entiende que había pasado mucho tiempo de creada), y que ese Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Esto nos deja bien en claro que el Espíritu de Dios no es un ente inmóvil o cristalizado en una especie de presencia abstracta. Muy por el contrario, el hecho de moverse sobre la faz de las aguas, que en la Biblia siempre suelen ser muchedumbres, nos muestra a esa persona divina activa y dinámica.

Porque creo que bien vale la pena que te recuerde que no somos hijos de un Dios estático o cristalizado en tradiciones del pasado, sino en un Dios dinámico, vivo y que a cada momento se mueve trastocando planes humanos y respaldando planes divinos.

Sin embargo, la primera mención relacionada con lo que estamos examinando, está en siguiente texto, donde Faraón hace mención de José argumentando a favor de otorgarle mayor poder. Él había salvado a José de morir y lo había incorporado a su corte de comando. Cuando José se gana su confianza, sucede esto que ahora leemos.

(Génesis 41: 38) = Y dijo Faraón a sus siervos: ¿Acaso hallaremos a otro hombre como este, en quien esté el Espíritu de Dios?  

¿Podríamos considerar a José, entonces, como el primer hombre en la Biblia que se menciona como lleno del Espíritu Santo? Hasta cierto punto, porque viniendo de labios de Faraón esa afirmación, deberíamos ponerla en duda por una simple cuestión de fuente informativa.

Han dicho prestigiosos comentaristas y teólogos a los que en modo alguno se me ocurriría ignorar, que lo de Faraón puede que constituya una alusión inconsciente a cierta providencia divina o sobrenatural sin procedencia clara, lo cual nos permitiría entender que la frase podría también ser traducida como: “el espíritu de un dios”.

Así es que, al no haber consenso entre los estudiosos ni los teólogos más puntillosos sobre este asunto, lo tendremos que dejar en suspenso y pasar al siguiente que, entiendo, es mucho más concreto y no deja lugar a dudas. Es cuando Moisés convoca a distintos artesanos con la intención de construir el tabernáculo.

(Éxodo 31: 1) = Habló Jehová a Moisés, diciendo: (2) mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; (3) y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, (4) para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, (5) y en artificio de piedras para engastarlas, y en artificio de madera; para trabajar en toda clase de labor.

Presta mucha atención a estas palabras que se leen en este antiguo texto, porque no sólo te están mostrando a uno de los primeros hombres, (Sino el primero), en ser llenos del Espíritu de Dios y, por consecuencia de ello, adquirir elementos humanos que no siempre son considerados dentro de la iglesia.

En primer lugar, sabiduría. Obvio que hablamos de sabiduría divina, aunque no queda descartada la sabiduría secular, porque luego estos hombres tendrían un trabajo concreto y material. Según nuestros diccionarios, sabiduría es conocimiento profundo que se adquiere a través del estudio o la experiencia, y también prudencia, cuidado en el comportamiento y modo de conducirse en la vida.

En cuanto a la sabiduría divina, la Ley expone los mandamientos y exigencias del Señor. La profecía juzga el comportamiento de los hombres a la luz de la voluntad de Dios, y revela el desarrollo de su plan eterno. Por lo que respecta a la sabiduría, ella se esfuerza, mediante la observación, experiencia y reflexión, en llegar a conocer a los hombres y a Dios.

La Ley y la profecía, puntos estos que provienen directamente de Dios, expresan Su misma Palabra. La sabiduría, expresión del buen sentido humano, es asimismo un don de Dios. Implica la reverencia hacia el Señor y la obediencia a sus mandamientos.

Inteligencia, que no siempre es comprendida en la misma entidad que la fe.

De hecho, en algunas culturas o sociedades, la gente que asiste a las iglesias cristianas tiene una onda tipo ignorante. Es más; así se los considera desde los sitios encumbrados de esas culturas, llevando a la creencia unánime de que religión siempre será sinónimo de incultura e ignorancia.

Sin embargo, aquí vemos que Dios otorga a un hombre, cuando lo llena con su Espíritu, inteligencia. Esto, entiendo, nos tiene que hacer reevaluar esa condición dentro de nuestros ambientes, y dejar a un costado esa manía de elegir a un bruto en lugar de un inteligente por considerarlo más del agrado de Dios. ¿Quién inventó esa doctrina castradora? Sí, ya sé; los mismos que un día se largaron a predicar que Dios amaba más a los miserables sin trabajo que a los empleados u obreros.

El caso es que la inteligencia, vista desde la gramática, es la facultad de conocer, analizar y comprender; es una especie de confluencia entre la habilidad, la destreza y la experiencia. Siempre se la adjudicó nada más que al intelecto, pero es evidente que también tiene mucho de don divino.

No debemos confundir inteligencia natural con formación académica. Particularmente, he conocido a profesionales universitarios no demasiado inteligentes, aunque sí muy probos en lo suyo, y a gente poco más que analfabeta con una inteligencia sagaz que les permitió sobrevivir en marcos muy negativos.

Esto también nos muestra que cuando alguien es y se sabe inteligente, de manera alguna podrá otorgarse a sí mismo mérito alguno por ello. Tendrá que entender que Dios le ha otorgado esa inteligencia para que la utilice en favor de Su Reino, y no para analizar sus decisiones.

Pero después añade que esa llenura del Espíritu de Dios le otorgó, a este hombre llamado Bezaleel, (Te confieso que cuando leí su nombre por primera vez casi tuve la certeza de no haberlo escuchado jamás mencionar. ¿Estaría antes en mi Biblia o habrá sido un milagro?), también ciencia.

Todos sabemos que la ciencia es, en principio, el conocimiento ordenado, y generalmente experimentado de las cosas. También el saber, la cultura y la habilidad o la maestría para la realización de una tarea. Desde el punto de vista espiritual, en tanto, la ciencia no debe confundirse con lo que acabo de mencionar.

La denominada ciencia que emana de Dios, tiene que ver con conocimiento, erudición y sabiduría.  Seguramente habrás oído esa prédica bastante abundante que asegura que los científicos son todos satanistas o endemoniados.

No sé si existirán casos puntuales tan así, de acuerdo, pero yo he oído algunas opiniones bastante parecidas. Cuidado; también he oído decir que Dios es Padre de toda la ciencia, pero créeme que esta última es la que menos prensa tiene en los ambientes cristianos.

Cierto es que la mayoría de los científicos son escépticos, ateos o, lo peor, gnósticos o dados a los esoterismos varios, pero eso no sucede porque los haya parido un demonio, creo que sucede porque los ambientes eclesiásticos los han marginado desde siempre, y por puro resentimiento se han ubicado exactamente en la vereda de enfrente.

Pero aquí vemos que la capacidad para la ciencia, no sólo es un don divino, sino que es fruto de estar lleno del Espíritu de Dios. Y falta una más, que no es menor. Y de última, Dios no tiene la culpa que el hombre científico haya tergiversado sus conocimientos para el bien y los haya direccionado hacia las huestes del infierno.

La energía atómica no se descubrió ni se empezó a utilizar con fines bélicos; eso vino después. Las hierbas alucinógenas eran usadas por los aborígenes para sanidad física, de ninguna manera para tener “viajes” bonitos en marcos promiscuos. Pero eso no es todo.

Porque en el final del verso 3, dice que cuando Bezaleel es lleno del Espíritu de Dios, (Recuerda que era con motivo de convertirlo en apto para la construcción del tabernáculo), recibe a modo de don, cierta habilidad para todo arte.

¿Hemos leído bien? Dice todo arte? Sí, dice todo arte. Según la Biblia Textual, dice para toda obra de arte. No dice algunas artes, o ciertas artes, o determinadas artes, o artes santas, o artes del agrado de Dios, no; dice todo arte. ¿Esto no te dice a ti que todo arte es de Dios, aunque luego haya venido el enemigo y lo haya bastardeado y tergiversado?

Porque el arte, desde lo semántico, es el acto mediante el cual el hombre imita o expresa lo material o lo invisible, valiéndose de la materia, de la imagen o del sonido, y crea copiando lo que luego nosotros denominaremos como obras de arte.

Claro está que en un mundo moderno globalizado y desviado hacia el esnobismo y la chabacanería, se ha denominado como arte una serie de hechos que en modo alguno lo expresan. ¿Será que aquí el ser llenos del Espíritu de Dios nos introduce en un arte único y genuino?

Ni lo dudes. ¿Cantante? ¿Actor? ¿Pintor? ¿Escultor? Todo es arte. Y no se queda en lo antiguo, precisamente, porque a renglón seguido, el verso 4 le añade a ese “todo arte”, la razón: para inventar diseños. ¿Yo estoy muy anciano y divago, o el diseño como tal nos lo están vendiendo como una capacitación del siglo veintiuno y fruto de asistencias obligatorias a escuelas de arte?

Dice el diccionario que el diseño es una actividad creativa y técnica encaminada a idear objetos útiles y estéticos que puedan llegar a producirse en serie. Esto encaja perfectamente con lo que ya sabemos: que nuestro Dios siempre se maneja en base a diseños. Y lo hace partiendo de la base inclaudicable de ser eminentemente creador.

La sociedad secular no siempre valora o estima a los diseñadores, y los limita a ciertos aspectos que a la vista de todo lo creado son, eminentemente secundarios. ¿Verdad?  Pero eso es porque ignoran que si eres lleno del Espíritu de Dios, esa habilidad te llega sin necesidad de pasar por universidades, institutos o escuelas especializadas. Interesante, ¿No crees?

Como creativo desde lo literario al dedicarme al periodismo gráfico, siempre dije que podían existir millones de personas mejores que yo y apenas uno o dos peores, pero lo que jamás íbamos a encontrar era uno exactamente igual. Porque la creatividad impone exclusividad. Y eso suele llamarse artesanía, que es precisamente el origen de este texto en base la construcción mediante artesanía del tabernáculo.

Porque luego alude a los que trabajan el oro, la plata o el bronce. Y eso me sigue hablando de artesanía, ¿No es cierto? Lo mismo que los llamados artífices, tanto para las piedras preciosas como para la madera. Pregunto: ¿Sabrá alguien la razón por la cual una inmensa mayoría de artesanos son de cualquier creencia menos cristianos, siendo que su origen real es nada menos que en la unción fina del Espíritu de Dios?

Satanás no es creador, es apenas imitador. Y esencialmente, es engañador y tergiversador de verdades. Y esta es una: la de hacernos mirar a los artesanos, (Aun a los que tienen en sus labios cigarros de marihuana y a sus costados varillas de sahumerios), como locos, sucios y endemoniados, cuando en realidad es gente que recibió dones del Espíritu de Dios para poder hacer lo que hace, sólo que la mayoría de ellos lo ignora, y nadie tiene el argumento sólido para ir y decírselos.

Y no te lo digo porque se me ocurra a partir de un simple pasaje bíblico que cada uno podría interpretar como se le ocurra, te lo digo porque siempre que una palabra es genuina, tiene confirmación plena con otra.

(Éxodo 35: 30) = Y dijo Moisés a los hijos de Israel: mirad, Jehová ha nombrado a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; (31) y lo ha llenado del Espíritu de dios, en sabiduría, en inteligencia, en ciencia y en todo arte, (32) para proyectar diseños. Para trabajar en oro, en plata y en bronce, (33) y en la talla de piedras de engaste, y en obra de madera, para trabajar en toda labor ingeniosa.

Después nos encontraremos con Balaam. Era un profeta madianita que fue contratado por el rey Balac de Moab para maldecir a Israel, pero resulta ser que Dios lo empujó a bendecir en lugar de maldecir a su pueblo elegido. Dios hizo hablar una mula para torcerle su idea. La pregunta, es: ¿Cómo fue que Dios empujó a Balaam a bendecir en lugar de maldecir a Israel? Mira:

(Números 24: 1) = Cuando vio Balaam que parecía bien a Jehová que él bendijese a Israel, no fue, como la primera y segunda vez, en busca de agüero, sino que puso su rostro hacia el desierto; (2) y alzando sus ojos, vio a Israel alojado por sus tribus; y el Espíritu de Dios vino sobre él.

Dice que no fue en  busca de agüeros, (O sea: Adivinación), lo que permite sospechar que Balaam ya se había dado cuenta que los métodos del ocultismo para esto relacionado con Dios, eran inútiles. Y en otras versiones dice que le sobrevino un éxtasis, bajo el cual él profetiza bendición.

Ese éxtasis, puede ser relacionado con toda seguridad con el momento en que el Espíritu de Dios llega sobre él y lo impulsa a profetizar y bendecir al pueblo. Esto nos deja claramente que la presencia del Espíritu de Dios en nuestras vidas, además de cierto éxtasis anímico u corporal, produce profecía.

Dios prometió que Él suscitaría de entre el pueblo elegido a hombres inspirados, capaces de decir con autoridad la totalidad de lo que Él les ordenaría exponer.  Moisés es el modelo de todos los profetas que lo siguieron, en cuanto a la unción, doctrina, actitud en cuanto a la Ley y la enseñanza.

Sobre varios puntos hay unas analogías notables entre Moisés y Cristo. Zacarías habla asimismo de esta autoridad característica: el Espíritu de Dios ha inspirado a los profetas aquello que debían decir al pueblo; los acontecimientos preanunciados han sido cumplidos. Es Dios sólo quien ha elegido, preparado y llamado a los profetas; la vocación de ellos no es hereditaria, sino que con frecuencia encuentra al principio una resistencia interna.

Esto tiene correlato con lo que vemos en la historia de Saúl relatada por Samuel. En 1 Samuel 10: 6, leemos que Samuel le dice: Entonces el Espíritu de Jehová vendrá sobre ti con poder, y profetizarás con ellos, y serás mudado en otro hombre.

Esto se cumple más abajo, cuando en el verso 10 leemos: Y cuando llegaron allá al collado, he aquí la compañía de los profetas que venía a encontrarse con él; y el Espíritu de Dios vino sobre él con poder, y profetizó entre ellos.

Queda claro que la presencia del Espíritu de Dios en nosotros, nos habilita para profetizar con certeza, unción y enorme acierto en la vida de la iglesia. Pero además, aquí se le incluye una palabra que no es ajena a esa presencia.

Fíjate que esto se puede comprobar un capítulo más adelante, cuando Saúl defiende a Jabes de Galaad. Allí leemos en 1 Samuel 11:6, que dice: Al oír Saúl estas palabras, el Espíritu de Dios vino sobre él con poder; y él se encendió en ira en gran manera.

Aquí aparece nuestra última palabra encontrada en esa llenura, que era poder, pero viene acompañada con una reacción que en otros términos, esto es: carnales, es censurada por Dios, pero que en este caso, dadas las motivaciones, se podría considerar como ira santa.

La ira, que es un enojo muy violento y en casos hasta con deseos de venganza, tiene mala prensa dentro del pueblo cristiano. La ira, cuando se adueña del hombre, es generalmente una manifestación de la naturaleza pecaminosa de ese hombre que monta en cólera, y queda patente la desaprobación de Dios hacia ella y sus efectos. La ira del hombre no obra la justicia de Dios dice Santiago en 1:20

La ira, en el hombre, es pecaminosa en cuanto es fruto de su naturaleza caída, de su egoísmo. Por la ira, el hombre puede llegar a perder el dominio propio, cosa que Dios detesta. El creyente es exhortado a ser sobrio, lo cual implica evidentemente sobriedad en su manera de actuar, el dominio de sus emociones, para gloria de Dios.

Sin embargo, no es en pocos textos donde nos encontramos con la posibilidad de la ira de Dios. ¿Será contradictorio, entonces? En absoluto. Al ser Dios santo y justo, la manifestación de su ira es asimismo propia y justa. Sin embargo, las Escrituras afirman que Dios es tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad».

La clave de la manifestación de la ira de Dios se da en Romanos 1:18, se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad. Pese a que Él es lento para la ira, ésta se manifiesta, y se ha manifestado gubernamentalmente en la historia, con juicios sobre el pueblo de Israel, al provocarlo ellos a ira con sus múltiples infidelidades, injusticias, rapiñas, maldades y rebeliones.

Los profetas anuncian el día de la ira, cuando vendrá Dios a establecer su Reino. Será mediante juicios abrumadores que los moradores de la tierra aprenderán justicia. Aquellos que no han querido recibir el amor de Dios deberán ser objeto de su ira.

Apocalipsis habla de la ira del Cordero, y describe los tremendos juicios de la ira de Dios cuando llegue el momento en que Dios dé término a su paciencia ante un mundo que ha rechazado a su Cristo y que se burla de sus llamamientos de amor al arrepentimiento.

Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que desea la salvación para todos, llama y advierte, por boca del mismo Jesucristo, a huir de la ira que vendrá, habiendo llevado sobre Sí mismo, en Su gracia maravillosa, la ira de Dios por nuestros pecados para que pudiéramos quedar libres de la ira y maldición.

La pregunta, entonces, es: ¿Puede producir la llenura del Espíritu Santo en alguien, una incontenible ira; conforme a lo que hemos leído? Si se la observa desde el plano de ira santa, o mejor explicado como celo santo, sí que es posible. Te dan feroces deseos de comerte un ministro falso a la parrilla. Obvio, al segundo siguiente estás pidiendo perdón por el pensamiento y punto, pero lo que fue, fue.

Luego tenemos más expresiones proféticas bajo la presencia del Espíritu de Dios, en: 1 Samuel 19:20, donde lo hicieron los mensajeros de Saúl, luego vemos haciéndolo a Naiot, en Ramá, en 1 Samuel 19:23 y a Azarías, hijo de Obed, conforme a 2 Crónicas 15:1.

Sin embargo, la presencia del Espíritu de Dios en la vida de las personas, va todavía más allá de la profecía como declaración a futuro. También tiene que ver con lo que llamamos la predicación. Por ello es prácticamente imposible pretender predicar el evangelio sin la unción o llenura del Espíritu Santo de Dios.

En la etapa que te comentaba al principio, solía decirse con muchos visos de realidad que era tremendamente triste y lamentable escuchar predicar sobre la unción del Espíritu Santo, a mucha gente sin la unción del Espíritu Santo.

(2 Crónicas 24: 20) = Entonces el Espíritu de Dios vino sobre Zacarías hijo del sacerdote Joiada; y puesto en pie, donde estaba más alto que el pueblo, les dijo: así ha dicho Dios: ¿Por qué quebrantáis los mandamientos de Jehová? No os vendrá bien por ello; porque por haber dejado a Jehová, él también os abandonará.

En el Libro de Job cuando Eliú, que es el más joven de los cuatro amigos de Job resuelve contradecirlo, expresa que todo lo que sus labios sepan con sinceridad será lo que hable, para reafirmarlo proclama que es el Espíritu de Dios el que lo formó, como para que nadie descrea ni soslaye sus dichos.

(Ezequiel 11: 24) = Luego me levantó el Espíritu y me volvió a llevar en visión del Espíritu de Dios a la tierra de los caldeos, a los cautivos. Y se fue de mí la visión que había visto.

(25) Y hablé a los cautivos todas las cosas que Jehová me había mostrado.

Aquí vemos a otra clase de predicador ungido por la llenura o plenitud del Espíritu de Dios: Ezequiel. ¿Lo hace a través de la profecía antes mencionada? No, no dice eso. Dice que habla lo que Dios, mediante la obra y el poder de su Espíritu, le ha mostrado en visión.

Hay varias acepciones para el término visión. Acción y resultado de ver, capacidad de ver, comprensión inmediata de las cosas, de manera sobrenatural, punto de vista particular sobre un asunto, imagen irreal, sobrenatural o fantástica y dejarse llevar excesivamente por la propia imaginación.

Bajo la óptica de Dios, en cambio, esta palabra tiene otras connotaciones. Una visión es, esencialmente, en este caso, todo aquello que Dios muestra de forma sobrenatural al espíritu o a los ojos corporales. La Biblia no siempre distingue netamente entre visiones y sueños, pero señala la gran diferencia entre las visiones vanas y las visiones de los profetas de Jehová.

Las visiones pueden dirigirse a los sentidos por mediación de un objeto externo. Moisés vio la zarza ardiente. Pueden también presentarse a la imaginación, sin el concurso de los sentidos. Ezequiel tuvo una visión de cuatro seres vivientes.

La visión se dirige en ocasiones sólo a la inteligencia. Un ejemplo es la revelación de las semanas. Puede haber una combinación de las tres formas de visión. Estos fenómenos sobrenaturales pueden darse de día o de noche, con o sin éxtasis, a veces por medio de un sueño.

Las visiones no están reservadas únicamente a los santos; hubo paganos que las tuvieron. El que recibe la visión está convencido de que Dios se dirige a él. Las Escrituras advierten en contra de las falsas visiones y señalan a quien lo reconozca lo vano de estas manifestaciones.

Las visiones que provienen de Dios llevan la impronta de Su Espíritu de sabiduría, de pureza, de verdad, de justicia. Su contenido, siempre moral, tiene un objeto didáctico, frecuentemente en relación con acontecimientos próximos o futuros.

Momento de entrar con el Espíritu de Dios, (No todavía denominado como Espíritu Santo), en lo que vulgarmente se denomina como Nuevo Testamento, aunque yo siempre he tenido mis dudas al respecto. Porque el Nuevo Pacto comienza con la sangre derramada en la cruz, y eso recién se puede leer en el final de los evangelios, no en el principio.

(Mateo 3: 16) = Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.

(17) Y hubo una voz de los cielos, que decía: este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

Todos sabemos que Jesús fue concebido y engendrado en el vientre de una joven virgen llamada María, por obra y poder del Espíritu de Dios, ¿No es así? Ese sello que todos nosotros recibimos como marca indeleble de salvación cuando nos convertimos, Jesús lo traía desde el vientre de su madre.

Así es que, lo único que Él, al igual que todos nosotros, necesitaba imperiosamente para poder comenzar su ministerio, era ser lleno del Espíritu, y de esa manera recibir todo lo que hemos venido anotando hasta ahora, y esencialmente el poder.

Por tanto, es en este hecho de venir el Espíritu de Dios “como” paloma (Nadie ha dicho que haya sido una paloma natural, física), sobre Él, determina que a partir de ese momento, sea estimado y considerado como Hijo.

Seguramente si te encuentras con cualquier cristiano nominal, (Y en esto debo incluir diversas formas de cristianismo muy cuestionadas desde la óptica bíblica), te dirá: ¿Pero no somos todos hijos de Dios? Efectivamente, hay una creencia errónea de que todos los hombres y mujeres que habitan el planeta, son hijos de Dios porque Él fue quien les dio la vida.

Sin embargo, la Biblia es más que clara al respecto, y sólo podrían confundirse con esto aquellos que no la tienen como manual de vida o libro de permanente consulta. La palabra dice que son hijos de Dios los que han aceptado a Jesucristo como Salvador, han recibido al Espíritu Santo como guía a toda verdad y han convertido a Cristo como Señor de sus vidas. ¿Los demás? Creación de Dios, pero no hijos.

Más adelante, en el mismo evangelio de Mateo, nos encontramos promediando el capítulo 12, con la enseñanza de la casa dividida. Allí Jesús les enseña a los fariseos que nadie puede hacer algo que atente contra su misma esencia, y que todo reino que se divide, inexorablemente cae.

Y para ejemplificarlo, toma un acto que Él mismo ha producido: liberar a un endemoniado, que además era ciego y mudo, al que dice la palabra que no sólo liberó de sus demonios, sino que además sanó de su ceguera y mudez, ya que luego se menciona que veía y hablaba.

Al ver esto, los fariseos sostenían lo mismo que a veces se nos ha dicho a algún cristiano: que era algo sobrenatural, sí, pero que lo hacía por Beelzebú, nombre del llamado Príncipe de los demonios. Eso determina que Jesús diga lo siguiente:

(Mateo 12. 28) = Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios.

¿Había sido Jesús lleno del Espíritu de Dios? Sí, lo había sido a renglón seguido de su bautismo en aguas del Jordán. ¿Era, entonces, Jesús, un hombre lleno del Espíritu de Dios? Sí, lo era. Y, en este caso, Él mismo señala y declara que es la llenura del Espíritu de Dios la que le otorga el poder para liberar.

Y quiero detenerme un momento aquí porque, todos los cristianos que alguna vez pasamos por iglesias lo sabemos, el asunto de la liberación de demonios es una actividad que tiene un enorme prestigio y respeto dentro de las congregaciones.

Es como si aquellos que el Señor ha enviado o levantado para liberar a los cautivos de Satanás, fueran una especie de súper hombres o mujeres que están varios escalones por encima de todos los demás, ya que el mismísimo infierno aparentemente los respeta y no los puede tocar.

Pensar así, de hecho, es un error y evidencia falta de conocimiento elemental de la palabra. Cualquier hijo de Dios genuino, que esté viviendo conforme al propósito y la voluntad de Dios y que, tal como aquí se ha señalado, esté lleno del Espíritu de Dios, tiene sus vestiduras espirituales sin mancha como para tener autoridad total sobre el infierno y ordenar en el nombre de Jesús que cualquier demonio se vaya de donde esté sin derecho legal a hacerlo.

Porque así como cualquier hijo de Dios con unción y autoridad moral puede ser factor de la liberación de un oprimido, así también cualquiera que abre puertas espirituales con pecado para permitir el ingreso de demonios, deberá primeramente cerrar esas puertas, ya que de otro modo no podrá ser liberado por nadie.

Para seguir hablando del Espíritu de Dios en el Nuevo testamento, debemos irnos a la carta que el apóstol Pablo les escribe a los cristianos de Roma. En ese contexto, Pablo les muestra a esos creyentes las bondades de andar espiritualmente por la vida, en contraposición con los riesgos de andar en la carne.

(Romanos 8: 5) = Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.

(6) Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.

(7) Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; (8) y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.

(9) Más vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo (Que es lo mismo), no es de él.

Aquí creo que está más que clara la diferencia espiritual básica. Puedes ser un cristiano sincero, que asiste a una iglesia y cumple con todas las ordenanzas y estatutos eclesiásticos, pero si no tienes morando en tu interior al Espíritu de Dios, (Esto es: no has sido lleno de ese Espíritu) indefectiblemente andarás en la carne. La llenura del Espíritu Santo es lo único que posibilita, andar en el Espíritu.

Claro; uno lo dice así con total soltura por la costumbre que los cristianos con origen evangélico tenemos de manejarnos con estos términos tan íntimos de las iglesias, pero nos olvidamos que hay un enorme conglomerado humano, (Donde también hay otro tipo de cristianos), que no tienen ni la menor idea de lo que verdaderamente significa andar en el Espíritu.

De hecho, no se trata de un súper, híper o macro misticismo que haría que alguien camine por la vida como si estuviera pisando nubes, con la vista perdida en un más allá invisible y con  gestos de permanente éxtasis o aislamiento de la realidad. No. Eso no es andar en el Espíritu, eso es estar a punto de ingresar en la otra punta del ataque satánico: el delirio místico. La punta de acá es la incredulidad. Cuando el diablo ya no te puede frenar, entonces se pone a tus espaldas y te empuja. Antiguo y cierto.

Andar en el Espíritu, es nada más que entregarle a Cristo cada uno de los pasos que damos en el día, así parezcan tontos y sin importancia. No tomar ninguna decisión sin antes haber orado y obtenido alguna clase de respuesta y dirección. En suma: andar en el Espíritu es andar conforme al propósito y la voluntad de Dios y no como nos gusta, nos conviene o nos ordenan andar.

Esto se confirma cinco versículos más adelante, en el verso 14, donde además de respaldar esto, se consigna que Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. Simple: ¿Estás lleno del Espíritu de Dios? Eres un hijo de Dios peleando la buena batalla. ¿No estás lleno del Espíritu de Dios? Eres un miembro de la religión cristiana buscando la solución para tu vida.

Pablo les cuenta a los Romanos, allá por el capítulo 15 y verso 19, que por su mano, el Espíritu de Dios le ha otorgado poder para articular con potencia señales y prodigios. Esto quiere decir que Pablo era un hombre lleno del Espíritu de Dios, ya que esas señales y prodigios lo acompañaron durante todo su ministerio.

En primer lugar: ¿Qué son las señales? Esencialmente actos de potencia, prodigios y señales. El Nuevo Testamento designa los milagros con los términos de: dunameis, que quiere decir poderes,  terata, que se traduce como prodigios, hechos asombrosos, y  semeia, que simplemente se lee como señales.

En efecto, un milagro es: una obra de poder. Los milagros en Egipto tuvieron como objeto mostrar a Faraón el poder de Dios, lo mismo que los ejecutados en la conquista de Canaán continuaron manifestándolo ante los israelitas. De la misma manera, la curación de Hechos 3:6, 12, 16 demostró el poder infinito del nombre de Jesús.

Un prodigio que suscita el asombro. Toda la naturaleza está repleta de manifestaciones inexplicables del poder y de la sabiduría de Dios, y nuestro propio cuerpo es un verdadero milagro ambulante (pensemos sólo en el funcionamiento de nuestro cerebro).

Pero estamos tan habituados a ello que ya no nos causa asombro. Dios suscita en ocasiones prodigios inusitados para forzar al hombre a detenerse y a decir, junto con los magos de Egipto: Dedo de Dios es éste.

Una señal. El milagro no es un fin en sí mismo; dirige nuestra mirada hacia más lejos, para revelamos la presencia inmediata de Dios. Demuestra que el instrumento milagroso está en relación directa con el mundo espiritual, y viene a ser el sello de su autoridad como mensajero de Dios.

Por tanto, los milagros forman parte de la revelación. Los milagros de Cristo han sido el Acto, en tanto que el Evangelio ha sido la Palabra. El Salvador no se limitó a enseñar, sino que actuó sobre el medio, y libró a los hombres de sus dolencias, físicas o morales.

Hay una estrecha relación entre las declaraciones de Jesús y sus acciones. Inmediatamente después de haber dicho Yo soy la luz del mundo dio la vista al ciego de nacimiento. Habiendo declarado: Yo soy la resurrección y la vida, hizo salir a Lázaro de la tumba.

Todo su discurso sobre el pan de vida es un comentario a la multiplicación de los panes. Es después de haber sanado a un hombre que había estado enfermo durante treinta y ocho años que Jesús dijo: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.

Los milagros efectuados por Moisés son asimismo señales de la soberanía de Dios, que tiene tanta autoridad sobre Faraón como sobre Israel. Cada una de las diez plagas debía producir este efecto: Y sabrán los egipcios que yo soy Jehová.

La muerte de los primogénitos en particular es un juicio sobre todos los impotentes ídolos del país. El milagro de las codornices demostró a Israel que el suyo era un Dios capaz de proveer a sus necesidades. Así, se puede decir que los milagros tienen siempre un objeto espiritual; por ejemplo, Cristo rehusó deliberadamente llevar a cabo prodigios si no cumplían esta condición.

(1 Corintios 2: 11) = Porque ¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.

(12) Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido.

De la misma manera que sólo tú conoces tus pensamientos, así sólo el Espíritu Santo de Dios conoce lo que está en la mente de Dios. Así es que Dios ha escogido revelarse en Jesucristo, y el Espíritu de Dios  ha traído esta revelación de Cristo a la iglesia por medio de los apóstoles.

Por lo tanto, si somos llenos del Espíritu de Dios, de inmediato tenemos acceso a su conocimiento, que no es un simple conocimiento de cosas banales o huecas, sino conocimiento pleno de vida abundante, aquí y ahora, y de vida eterna en un futuro.

En esta palabra es, precisamente, donde se establece una enorme y abismal distancia entre la sabiduría del mundo secular y el espiritual. Porque conocer, en términos humanos, es poseer entendimiento e inteligencia, tener la facultad de entender y juzgar las cosas; tener conciencia y sentido de la realidad.

Por tanto, no podemos asombrarnos ni fastidiarnos cuando en una iglesia babilónica sin unción del Espíritu Santo presente, se promueve el conocimiento desde la instauración de institutos, escuelas, seminarios y hasta universidades que lo otorguen. La iglesia funciona desde lo espiritual, o no es iglesia; es club religioso.

Porque el conocimiento que tiene que ver con lo divino, con lo espiritual, es una acción que está íntimamente emparentada a la creación. ¿Te has fijado que cuando la Biblia quiere decir que un matrimonio tuvo relaciones sexuales y engendró un hijo, dice que el esposo conoció a su esposa?

El relato de la Creación nos cuenta que Adán conoció a Eva, y Eva concibió. ¿Alguien puede enseñar que Adán estudio la vida de Eva? No; tuvo intimidad con ella. Luego nos dice que José se casó con María la virgen niña embarazada de Jesús, pero que no la conoció hasta que ella dio a luz a Jesús.

Eso significa que si bien estaba legal y legítimamente casado con ella y podía disponer de ella como su mujer, él no lo hizo hasta que ella no parió a Jesús. Esto da por sentado que luego de parir a Jesús, y pasados sus días de preservación, María y José tuvieron relaciones sexuales como cualquier matrimonio.

Porque conocer, en términos espirituales, siempre es intimidad. ¿No dice la palabra que conoceremos la verdad, y la verdad nos hará libres? ¿No sabemos que la verdad no es una materia, sino una persona llamada Cristo? Entonces, ¿Es aventurado entender que conocer la verdad es tener intimidad con ella? Claro que, para tener intimidad de este nivel, primero hay que tener pasión.

Esto se complementa con el verso 14, donde dice: Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. Aquí tienes otra condición más de gente llena del Espíritu de Dios: discernimiento.

El discernimiento, dicen los eruditos literarios, es el juicio por medio del cual percibimos y declaramos la diferencia que existe entre varias cosas. Fíjate que eso sería lo más parecido a lo que experimentaron Adán y Eva luego de comer del árbol prohibido. Ellos tomaban las máximas decisiones conforme a lo que Dios les enseñaba, pero luego de la caída empezaron a hacerlo conforme a sus sabidurías humanas. Así la humanidad fue a parar a donde hoy se encuentra.

Sin embargo, el descernimiento espiritual es absolutamente otra cosa. Y como es algo que provee el Espíritu Santo de Dios, no puede explicarse en términos humanos. Es algo así como: “Yo sé, que sé, que sé y que sé, aunque no me preguntes cómo es que lo sé, porque no lo sé”. Casi irracional, ¿Verdad?

Puede ser, porque: ¿Quién te enseñó que el evangelio de la cruz se puede racionalizar? ¿Quién te capacitó en la materia llamada “fe”, cuando su premisa básica y bíblica es: Certeza de lo que se espera, convicción de lo que no se ve. ¿Alguien puede decirme cómo razono eso?

Ahora bien; ¿Qué sucede con el hombre (O la mujer, claro), que tienen morando en su interior al Espíritu Santo de Dios? Se convierten en imbatibles. ¿Y qué hará el enemigo al respecto? Contra el poder de Dios manifestado por medio de todos estos hombres y mujeres, nada puede hacer, está derrotado.

Sin embargo, lo que sí puede hacer, (Y de hecho lo ha hecho, lo está haciendo y, tal como se ven las cosas, seguramente lo seguirá haciendo), es tratar de infiltrar pensamientos negativos o pecaminosos en las mentes de esos hombres y mujeres, con la finalidad de debilitarlos al punto de colocarlos en estado vulnerable a sus ataques.

Por esa razón es que Pablo, consciente de que los Corintios estaban haciendo algunas cosas que desagradaban a Dios, les pregunta en el capítulo 3 y verso 16: ¿No sabéis que sois templos de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Y añade en el verso siguiente: Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.

De esto podemos extraer algo más en claro: cuando estamos llenos del Espíritu de Dios, somos templo suyo. Y créeme, ese es el único templo que Dios valora, ama y bendice; no a los de mampostería. A esos simplemente los soporta, como soportó el fastuoso que construyó Salomón, y se lo bendijo sólo como premio al esfuerzo que le había significado crearlo.

Porque un profeta llamado Natán había profetizado al rey David que de su descendencia se levantaría templo para Dios, y Salomón entendió que era él quien debía hacerlo. Ninguno de ellos pudo saber que ese templo del cual hablaba Dios por medio del profeta, era Jesús, descendencia de David.

Pero está bueno tener conciencia de nuestra condición de templos vivientes, porque eso nos permite elaborar buenas defensas para las seguras manifestaciones satánicas venideras en forma de tentación. Si somos templos de Dios, ante cada situación que nos toque vivir, está bueno preguntarse qué hubiera hecho Cristo en nuestro lugar. Funciona, te lo garantizo.

¿Puedes imaginarte a Cristo bebiendo alcohol hasta altas horas de la madrugada en un pub? ¿Puedes imaginarlo correteando con mujeres de ligera reputación en los prostíbulos, o sencillamente cometiendo adulterio o fornicación con las hermanitas que se le acercan para ser ministradas? No sé cuál será tu respuesta, pero tú eres el cuerpo de Cristo en la tierra; nada más procede como tal.

Algo de esto, o tal vez todo, era lo que Pablo tenía en claro para consigo mismo. Una actitud que no siempre tienen los cristianos de este tiempo. Por eso el apóstol, cuando termina de advertir y aconsejar a los solteros y viudos de Corinto, concluye diciendo algo que lo deja de manifiesto.

(1 Corintios 7: 40) = Pero a mi juicio, más dichosa será si se quedare así; y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios.

¿Qué significa concretamente esto que Pablo expresa al final? La constancia suprema de que lo que termina de enseñar, no es algo que le pertenezca o que sea fruto de sus conocimientos o experiencia, sino algo que ha surgido de la guía del Espíritu de Dios que, según consigna, también habita en él.

Por eso es tan importante lo que luego leeremos en el capítulo 12 y verso 3. Allí Pablo dice: Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.

  Aquí entrega a la tercera persona de la Trinidad con sus dos acepciones: Espíritu de Dios y Espíritu Santo. (Y cuando digo Trinidad, me refiero a una forma tradicional de denominarla, ya que la Biblia jamás la menciona como tal). Y dice que nadie puede llamar a Jesús Señor, si no tiene al Espíritu Santo. ¿Cómo puede ser, entonces, que luego Jesús diga que no todo el que le dice Señor, Señor, entrará al Reino de los Cielos?

Simple: porque el Espíritu de Dios es guía para salvación, pero al Reino se ingresa por obediencia. Además, no te olvides que en las babilonias falsas devenidas en supuestas iglesias cristianas, todo el mundo se refiere a Jesús como “el Señor”. Nadie sabe cómo concluirán sus historias personales. ¿Les dirá el Señor “pasa buen siervo y fiel” o sencillamente “nunca os conocí”?

De todos modos, en este examen donde estamos buscando a manera introductoria todo aquello a lo que accedemos cuando accedemos a la plenitud del Espíritu de Dios, recién vamos a hallar algo más en la primera carta de Pedro. Allí cuando este apóstol explica las razones o motivaciones de los padecimientos conducentes a la gloria de Dios, dice:

(1 Pedro 4: 14) = Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente, de parte de ellos, él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado.

Quiero que entiendas esto muy bien; para evitar confusiones y también falsas excusas. Para evitar falsas victimizaciones y para ubicar precisamente las cosas en su exacto sitio. No podemos ser vituperados por el mundo secular por el simple hecho de asistir a una iglesia.

En todo caso, ese acto tan cotidiano de parte de tantos y tantos cristianos durante cada fin de semana, podrá ser objeto de burlas o intentos de ridiculizar, pero no de vituperio. El vituperio sólo tiene lugar simplemente porque somos portadores del nombre de Cristo con el poder del Espíritu de Dios que mora en nuestras vidas.

Haz una prueba. Ve con una Biblia y párate a hablar con la gente que pasa en una calle concurrida de tu ciudad. Ponte en el mismo lugar en el que has visto estar sin que nadie los moleste a los Hare Kirshna, vendedores de cristales, budistas, hinduistas y vas a comprobar algo: que a ti sí vendrá alguien a pedirte que te retires de allí. ¿Motivos? Espirituales, de los otros no hay prueba concreta alguna.

Juan trae la otra, la última que encontramos con la rotulación de “Espíritu de Dios”;  la que tiene que ver con nuestra aceptación dentro del pueblo de Dios. Que no se produce porque nos inscribamos en una congregación determinada o porque poseamos una credencial habilitante, sino por las causas que aquí Juan detalla:

(1 Juan 4: 1) = Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.

(2) En esto conoced el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios.

Esto, que a muchos que están muy acostumbrados a manejar estos términos, podrá parecerle casi una tontería, sin embargo no lo es. ¿O no has encontrado a mucha gente que asegura ser cristiana y, en el momento de hablar de Jesucristo, te salen con el profeta, un buen hombre y todas esas variantes que procuran eliminar su categoría de Hijo de Dios y, mucho menos, de su encarnación como tal?

Lo cierto es que, si no tienes el Espíritu de Dios morando en tu interior y llenado tu espíritu humano, no puedes ver, para luego confesar, que Jesucristo no sólo es tu Salvador y tu Señor, sino el Hijo de Dios encarnado que vino a este mundo a pagar el precio por tu pecado y el mío.

No se trata de andar por la calle vociferando que Cristo viene ya mismo y que todos los pecadores irán a arder a las llamas del infierno, porque eso en lugar de dar evidencia de tu llenura del Espíritu Santo, estará testificando que te pareces mucho a esos personajes cinematográficos con los que por años el cine nos ha ridiculizado.

Simplemente se trata de confesar a Jesucristo en instancias en las que no muchos se atreverían a hacerlo. Cuando el muchacho cristiano muy guapo es acosado despiadadamente por esa infartante señorita que no le propone matrimonio, precisamente.

O el empresario que a la hora de rendir cuentas para sus tributos al estado, rechaza la sugerencia o la invitación de su contador para dibujar números que le permita evadir porcentajes de impuestos a pagar. Eso, a modo de ejemplo, es confesar a Jesucristo. Lo demás, un blá blá inconsistente que no resiste ni el menor embate.

Ya entrando en los dominios de lo que nosotros llamamos el Nuevo Testamento, nos encontramos con la primera mención del Espíritu de Dios, ahora con su nuevo nombre que ya utilizaremos en todo el contexto neo-testamentario: el Espíritu Santo. Y lo hallamos en referencia nada menos que a Juan el Bautista, de acuerdo con lo que el ángel del Señor le expresa a Zacarías, padre de Juan.

(Lucas 1: 13) = Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.

(14) Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; (15) porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre.

Si la llenura del Espíritu Santo es un acto de unción por el cual deberemos pasar todos los creyentes, a fin de ser dotados con el poder de Dios para el ministerio terrenal, aquí debemos entender que Juan el Bautista, (Y no se dice que tenga que ser estrictamente el único), demuestra que alguien, si Dios así lo dispone, puede nacer ungido.

Creo que lo peor que hemos hecho los cristianos, ha sido dar por descontado que Dios hace las cosas de una cierta manera y punto. Dios es Creador, Dinámico, Majestuoso y Omnipotente, por lo que si a esto se le suma que es Soberano, mientras todo esté dentro de sus principios básicos, Él lo hará como le dé la gana o considere más conveniente.

Sólo no es negociable ni postergable el hecho de ser lleno del Espíritu Santo, esa es una condición básica para poder rendir un buen servicio para el Reino. De otro modo, sólo serán esfuerzos humanos y religiosos. Que han ayudado y aportado lo suyo muchas veces, es cierto, pero que no son suficientes a la hora de tener auténtica victoria.

 

Eso en el caso de Juan, el hijo. El padre, mientras tanto, que era un notorio sacerdote de la época, debió quedar mudo para no estorbar el plan de Dios. Sin embargo, cuando recuperó el habla, Dios lo puso en un sitial de mayor relieve. Dice en el verso 67 que: Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo y profetizó, diciendo: y se va hasta el verso 80 con una palabra profética de aquellas.

Luego aparece Jesús, que como quedó dicho, fue lleno del Espíritu Santo a renglón seguido de su bautismo en aguas en el Jordán. Y como también quedó dicho, sólo con ese aval pudo comenzar su ministerio terrenal de poder, señales y milagros.

Y posterior a él, también funcionó. El Libro de los Hechos, registra en su capítulo cuarto, un vibrante y ungido discurso que Pedro pronuncia delante del Sanedrín, donde habían sido llevados acusados de estar enseñando una falsa doctrina. ¿Lo hizo Pedro tal como lo haríamos nosotros hoy, con apoyatura de sus estudios teológicos o con el aval de sus credenciales oficiales?

(Hechos 4: 8) = Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel:

En algún lugar la palabra de Dios nos asegura que, cuando nos encontremos en problemas, el Espíritu Santo intercederá por nosotros, poniendo en nuestros labios las palabras que deberemos responder.

Palabras que inocultablemente, producirán en quienes nos cuestionen, un impacto muy distinto al que podría vivirse si nuestras respuestas fueran el fruto de nuestra sabiduría humana, intelectual y terrenal. El Espíritu Santo actuó en Pedro, aquí, tal como está escrito en la promesa vigente: guiándolo a toda verdad, y eso sirvió a los fines de una contundente defensa.

Tres capítulos más adelante, nos encontramos con Esteban, ese mártir del cual casi todos conocemos seguramente su historia. ¿Cómo se defendió Esteban ante el enardecido ataque de los que querían eliminarlo, con Saulo de Tarso, (Luego Pablo) a la cabeza?

(Hechos 7: 55) = Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, (56) y dijo: he aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios.

(57) Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él.

La primera pregunta que a mí me surgió cuando leí este pasaje con entendimiento, fuera de las costumbres tradicionales de las escuelitas bíblicas, fue: ¿Por qué se taparon los oídos? Respuesta simple: porque el Espíritu Santo estaba poniendo en boca de Esteban todas aquellas palabras que ellos no querían oír porque les producía vergüenza, angustia, miedo y dolor. La batalla dialéctica y la confrontación tienen en el Espíritu Santo, un estupendo aliado para todo creyente.

Y llegamos a un asunto que, por poco o por mucho, se ha utilizado mínimamente o, por el contrario, más que abundantemente y hasta el abuso en las llamadas iglesias cristianas. Tiene que ver con la unción y con la llenura del Espíritu Santo; no es nuevo y ha sido tomado de las propias escrituras. Sin embargo, no siempre ha sido bien utilizado.

La escena debe resultarte más que conocida. Va el cruel y feroz Saulo de Tarso camino a Damasco persiguiendo a la joven iglesia de Jesucristo en representación de lo que hoy sería la iglesia estructural y convencional de su tiempo.

Todos hemos leído lo que le ocurre antes de llegar a Damasco. Como de improviso y ante una aparición sobrenatural, cae al piso (No está claro si de algún tipo de cabalgadura o simplemente de sus pies), y queda ciego. Escucha la voz del Señor y de inmediato toma una tremenda decisión personal de fe: seguir al mismo Cristo que seguían los que hasta hace un instante perseguía. Allí conoce a Ananías.

(Hechos 9: 17) = Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: hermano Saulo: el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo.

Más allá de la sanidad física, tal como fue la de recuperar la visión por métodos sobrenaturales, Saulo de Tarso, quien de allí en más sería conocido como Pablo, recibe la llenura del Espíritu Santo mediante un ya conocido método que se usaba en otros menesteres: la imposición de manos.

Más atrás, en el capítulo anterior de Hechos, en 8:14, se relata un suceso singular: Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan, (15) los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; (16) porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús.

(17) Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo.

¿Esto nos determina que la unción o llenura del Espíritu Santo se recibe por la imposición de manos? No. Sólo describe que es una de las formas de acceder a ella. Pero no dice que sea la única. Juan el Bautista nació con ella, Jesús la recibió del cielo, otros por imposición de manos.

Sin embargo, está bueno esto para hacer un paréntesis y aprovechar para puntualizar algo muy importante. Si la imposición de manos permite acceso del Espíritu Santo a la vida de alguien, también puede posibilitar acceso de otra clase de espíritus.

Por eso es que no se puede ser ni tan ingenuo ni tan inmaduro como para ir a poner la cabeza delante de cualquier mano que se levanta en una plataforma de un templo. Así como tampoco, si nos toca ser los dadores, hacer lo que Pablo le aconseja a Timoteo no hacer: imponer nuestras manos con ligereza.

Más adelante, en Hechos 11: 24, cuando se habla de Bernabé y su llegada a Antioquía, se dice de él que se regocijó de sobremanera por todo lo que Dios había hecho allí: Porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud fue agregada al Señor.

Es mucho lo que dentro de nuestras iglesias tradicionales hemos visto al respecto, y mucho también lo que hemos debido lamentar por causa de gente que amábamos y respetábamos, pero que fracasaron estrepitosamente en sus trabajos misioneros. Olvidamos que para ser un verdadero misionero de Dios y no de hombres, debe estar inexorablemente, lleno del Espíritu Santo y de fe.

Sin embargo, no creo equivocarme para nada si digo que la mayor difusión de la llenura del Espíritu Santo está relacionada con un suceso de características inéditas ocurrido en la iglesia primitiva, y que es conocido como el Día del Pentecostés. Quiero darte el relato y luego podrás ver sus implicaciones.

(Hechos 2: 1) = Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.

(2) Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; (3) y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.

(4) Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.

Hay muchísimo para extraer de este texto, pero en principio voy a cometer el mismo error que ha cometido hasta hoy una gran parte de la iglesia cristiana, de sobremanera los sectores más radicalizados con el pentecostalismo, aunque en este caso yo lo haré ex-profeso, para que tú puedas verlo con claridad y te dejes ya mismo de enfrentar con hermanos por esta causa. ¿Una señal visible de la llenura del Espíritu Santo? Hablar en lenguas. Cuidado; no dice orar, dice hablar.

(Hechos 4: 31) = Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.

Quiero que entiendas esto con tranquilidad y sin ninguna clase de pantallas denominacionales que, seguramente, no sólo te confundirían mucho más, sino que incluso te impedirían arribar a un entendimiento claro. El suceso es similar al del Día de Pentecostés, pero aquí la señal de la llenura del Espíritu Santo no es el hablar en lenguas, sino el hablar la palabra con denuedo.

Predicar la palabra con denuedo, generalmente, ha sido interpretado como hacerlo con potencia, vigor y fuerza. Cabe, pero en su traducción más amplia, nos encontramos con una sorpresa. Predicar la palabra con denuedo es, en suma, hacerlo sin contaminaciones humanas, con pureza espiritual divina.

Y aquí seguramente voy a caer muy antipático a ciertas doctrinas, pero si se exige hablar en lenguas para aceptar que alguien ha sido lleno del Espíritu Santo, ¿Por qué no se exige igualmente que alguien predique la palabra con denuedo?

Llegamos, finalmente, a una instancia que se parece en mucho a cualquiera de las que a diario se podría vivir en cualquiera de nuestras congregaciones cristianas: la conformación de cuerpos ministeriales y el nombramiento, (Más conocido como “ordenación”) de gente apta para ello. La biblia es clara y concisa al respecto; los hombres religiosos, no siempre.

(Hechos 6: 1) = En aquellos días, como creciera el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que las viudas de aquellos eran desatendidas en la distribución diaria.

(2) entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: no es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas.

(3) Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo.

No sé si ha sido suficientemente clara la palabra escrita como para que te confundas o malinterpretes su esencia, pero si así hubiera sido, déjame decirte que aquí se está exigiendo como condición inapelable para servir las mesas, esto es: servicio práctico, a gente de buen testimonio, llena del Espíritu Santo y de sabiduría.

 

 

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junio 5, 2015 Néstor Martínez