Quiero, en el inicio de este estudio, hacerle una pregunta que tiene que ver absolutamente con el contenido global del mismo: ¿De qué porcentaje de sus oraciones, recibe usted respuesta? ¿Del uno por ciento? ¿Del dos? ¿Del cinco? ¿Del diez?
Algunas personas dicen: “Dios siempre contesta la oración: algunas veces nos dice que sí, en otras ocasiones nos dice que no y en una tercera opción, suele decirnos que aguardemos.” Hay verdad, sin duda, en este modo de expresar tal idea. Y podríamos agregar que, cuando Dios nos dice que no, o que esperemos, ese hecho tiene que enseñarnos mucho a nosotros como cristianos que somos, en lo relacionado con nuestro rendimiento al Señor y con nuestra paciencia.
Pero cuando la mayoría de nosotros hablamos de las respuestas a las oraciones, nos referimos en realidad a las respuestas que se dan con un sí. Ese es el significado que la Biblia utiliza normalmente.
(2 Corintios 1: 20)= Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén.
Cuando Jesús animó a sus discípulos para que oraran con persistencia, les quiso decir que oraran para que recibieran un sí como respuesta. Cuando el apóstol Pablo urgió a las congregaciones de Filipos, Éfeso y Colosas para que oraran por él a fin de que tuviera osadía en la predicación del evangelio, él esperaba que ellos oraran para que la respuesta a la oración fuera un sí. Eso es lo que usualmente queremos decir cuando exclamamos: ¡Dios respondió a mi oración! ¿Pero cuan a menudo podemos decir eso? ¿Cuántas veces Dios responde “sí” a nuestras oraciones?
¡No muchas! No son muchas las veces cuando nos hallamos en esa posición de poder espiritual en que sabemos que la oración va a ser contestada. No son muchas las veces en que vemos que los obstáculos imposibles caen ante el poder invisible de Dios. No son muchas las veces en que nosotros presentamos la necesidad de alguna persona ante Dios con ese sentido de absoluta confianza en que dicha necesidad ha de ser resuelta, ¡y luego así resulta! No son muchas las veces en que nos encontramos orando de modo tan unido con otros creyentes cristianos, que virtualmente podemos ver la respuesta antes que llegue.
Hay un secreto, – una verdad básica -, que, más que ningún otro, hace que aquellas respuestas en que se nos dice que no o que esperemos, se conviertan en un sí. Si estamos dispuestos a aprender y a poner en práctica esta verdad, veremos un dramático crecimiento en el porcentaje de las oraciones por las cuales recibimos como respuesta un sí.
No es un método fácil. Los métodos de Dios – suponiendo que Dios los tenga -, rara vez lo son. Y sin embargo, es lo que más se acerca a un atajo en la vida cristiana. Por supuesto, realmente no hay atajos. Pero hay desvíos barrosos que pueden evitarse. Cuando uno evita un desvío innecesario, el efecto que le causa es el mismo como si hubiera descubierto un atajo. Uno pasa al lado de algunas piedras de tropiezo y de algunos sitios de titubeo. Se escapa de dificultades y de errores que se comen gran parte del tiempo y de la energía de que disponemos como cristianos.
1 – PENSAR CON LOS PENSAMIENTOS DE DIOS
Muchas de nuestras oraciones fallan precisamente en la plataforma de lanzamiento, porque comenzamos con nuestros pensamientos y no con los pensamientos de Dios. Se nos presenta una situación, y de una vez caemos sobre ella con los arpones de la razón humana.
Cuando Jesús les dijo a sus discípulos que Él tenía que subir a Jerusalén, a sufrir y a morir, Pedro lo reprendió, diciéndole: …Señor… ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero Jesús le contestó: ¡Quítate delante de mí, Satanás! Tú me eres piedra de tropiezo, porque no piensas como Dios, sino como hombre. No es suficiente pensar con respecto a una cosa que necesita nuestra oración. Tenemos que pensar en ella en la manera que Dios piensa en ella.
Los pensamientos de Dios iban más allá del sufrimiento que Jesús hallaría en Jerusalén, más allá del rechazo y la humillación, más allá de la cruz y la tumba. Los pensamientos de Dios estaban adelante, en la resurrección, la ascensión triunfante, el derramamiento del Espíritu Santo, la segunda venida de Cristo, y el reino que Él ha de establecer sobre la tierra.
La respuesta de Pedro, típica de la respuesta que es meramente humana, tenía la vista corta. Él vio el problema inmediato pero no lo suficiente para descubrir como cuadraría ese problema en el pensamiento total de Dios. Él saltó en el acto y cercó al problema con un ejército de pensamientos reclutados en el patio de su propia razón humana.
(Isaías 55: 8-9)= Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos; como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.
Para poder pensar como Dios piensa, tenemos que estar preparados para ir más allá de los límites del mero pensamiento humano. Esto no significa que llegamos a ser necios o ilógicos. Significa que sometemos nuestros pensamientos a una sabiduría superior a la razón humana. En vez de estar restringidos por una visión corta, que sólo ve la situación inmediata, comenzamos a pensar en la forma como Dios piensa.
Esto tampoco significa que veamos y entendamos una situación plenamente, como Dios la comprende. En efecto, cuando nosotros comenzamos a pensar como Dios, usualmente no vemos su plan total. Sólo tenemos un pensamiento que nos guía a lo largo de una dirección específica. Lo importante es que sea el pensamiento de Dios, y que nosotros lo sigamos. Cuando lo hagamos, Dios nos revelará más de sus pensamientos.
Pero… ¿Cómo? Esa es la pregunta crítica. ¿Cómo podemos pensar en los pensamientos de Dios, de tal modo que obtengamos más respuestas a nuestras oraciones? Por supuesto, sabemos que Dios nos ha dado una norma como única revelación: La Biblia. Pero, ¿Cómo aplica Él la Escritura a las circunstancias específicas de nuestra vida diaria? Sabemos, por ejemplo, que Él quiere que en la iglesia todos crezcamos. – …hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, – como se señala en Efesios 4:13. pero, precisamente, ¿Cómo, en esta iglesia y en este tiempo?
Un pastor en el sur de Inglaterra había sentido que Dios quería que su congregación se apartara de las actividades normales, durante un mes durante el cual los miembros debían pasar en oración, en busca de la voluntad de Dios para la congregación. Él sabía, sin embargo, que tal pensamiento hubiera podido ser simplemente su propio pensamiento humano, aunque parecía piadoso y espiritual. De modo que le pidió al Señor que confirmara ese pensamiento, si realmente era de Él.
Poco después, uno de los diáconos de su iglesia fue a consultar con él y le dijo: Pastor, tuve un pensamiento sumamente extraño. No puedo sacarlo de mi mente; por eso pensé que debía decírselo a usted. Probablemente sea extravagante, pero se lo digo: que suspendamos todas las actividades durante un mes más o menos, y que empleemos ese tiempo sólo esperando en el Señor. Como le digo: probablemente sea una idea exagerada…
Cuando los pensamientos de Dios nos llegan, a menudo parecen al principio imposibles o irrazonables. Como pedro, nuestra tendencia natural es la de rechazarlos. Pero si esperamos y estamos alerta, Dios nos confirmará su pensamiento. Uno de los métodos con que Él hace esta confirmación, consiste en poner el mismo pensamiento en dos o más personas.
Los pensamientos de Dios rara vez se relacionan con nosotros solamente. Él piensa en nosotros en relación con otros, especialmente con nuestros hermanos en Cristo. De modo que si usted cree que Dios le está emitiendo un pensamiento, abra sus ojos y sus oídos para saber si Él les está diciendo la misma cosa a otros. Es uno de los modos más seguros en que Él nos confirma su Palabra. Y es un primer paso gigante hacia el logro de las respuestas a nuestras oraciones. Jesús dice: en Mateo 18:19: …Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi padre que está en los cielos. No es el hecho de que nos pongamos de acuerdo en nuestros pensamientos el que nos trae la respuesta a la oración, sino el estar de acuerdo con los pensamientos de Él. Eso es pensar con los pensamientos de Dios.
2 – SENTIR LAS EMOCIONES DE DIOS
Un muy conocido drama musical titulado “1776”, tiene una escena en que se lee un comunicado de Jorge Washington al Congreso Continental. Él describe la situación desesperada de la causa americana, el desánimo de las tropas, y concluye con estas palabras: “¿No hay nadie allí? ¿Nadie se preocupa?” Todo el drama gira en torno a la lucha de los hombres del Congreso Continental por elevarse sobre sus mezquinos sentimientos personales, para unirse, de corazón y alma, en la causa de la independencia americana. Una gran causa tiene que estar ligada a una emoción común si ha de tener éxito.
Día tras día, el gigante Goliat se pavoneaba para arriba y para abajo ante los ejércitos de Israel, burlándose de ellos, desafiándolos a la batalla. Los hombres de Israel temblaban. Ninguno se atrevía a aceptar el desafío del gigante.
Cuando David oyó ese desafío, su corazón se encolerizó. Él sintió el dolor de que los ejércitos del Señor fueran ridiculizados con tantos insultos. Se sintió indignado y celoso por el honor del Señor.
(1 Samuel 17: 45-46)= Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; más yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano.
El corazón de David estaba lleno de los sentimientos de Dios. No había lugar para el temor que había inmovilizado a los hombres de Israel.
Nuestras oraciones carecen de poder porque muy a menudo están atadas e inmovilizadas por nuestras propias emociones. No reflejan los sentimientos de Dios.
¿Nos sorprende pensar que Dios tenga sentimientos? La Biblia afirma eso de una manera sumamente clara. Dios es de corazón tierno y compasivo. Él se entristece. Él siente dolor por su pueblo. Dios se enoja. Él odia el pecado y la perversidad.
Además, las personas y los ángeles comparten la emoción de Dios. Jesús lloró por Jerusalén. Los ángeles se regocijan cuando un pecador se arrepiente. Cuando Nehemías oyó acerca de la desolación de la santa ciudad de Jerusalén, se sentó y lloró durante días.
Dios no toma en serio a aquellos que no comparten con Él sus sentimientos. Mateo 15:8 dice: Este pueblo de labios me honra; más su corazón está lejos de mí. Si han de ser contestadas nuestras oraciones, no sólo debemos pensar como Dios, también debemos sentir como Él.
Cuando hablamos de pensar con los pensamientos de Dios, vimos que es importante esperar las señales que se puedan ver en otros cristianos. Dios, a menudo, confirma algo poniendo el mismo pensamiento en más de una persona. Esto es aún más cierto con respecto a los sentimientos de Dios. Nunca podremos aprender a sentir la emoción de Dios por nuestra propia cuenta.
La emoción, por su propia naturaleza, tiende a ser una experiencia compartida. Si usted siente una emoción, le es casi imposible mantenerlo dentro de usted mismo. Aún si usted trata de mantenerla, los que mejor le conocen, pueden descubrirla. Cuando usted siente algo, tiene la inmediata tendencia a comunicárselo a otros.
Por otra parte, cuando otros sienten algo, usted lo obtiene de ellos. ¿Nunca se le ha pegado a usted el mal humor de otra persona? Usted comenzó el día de lo más feliz y con confianza, pero se le introdujo de pronto un rostro lleno de pesimismo y toda su disposición para el día, tomó una apariencia más bien sombría. O, tal vez, usted puede haber estado traqueteando con sólo dos pistones hasta que un muchacho de ojos brillantes irrumpió en su cuarto derramando entusiasmo por todos lados, y de repente, usted se encuentra inexplicablemente animado.
La emoción es contagiosa. Esa es la razón por la cual el escritor de la carta a los Hebreos le dice a su pueblo que no descuiden la reunión donde pueden estimularse el amor y las buenas obras, donde pueden animarse unos con otros.
Cuando nos metemos en ambientes no cristianos, o nos reunimos con ellos, los sentimientos que tienden a expresarse son los nuestros. Aún cuando nos reunimos como cristianos, muy a menudo damos simplemente rienda suelta a nuestros propios sentimientos. Necesitamos ser sensibles para los sentimientos de Dios y expresarlos. Porque lo que expresamos se difunde entre otros.
3 – DESEAR EL PLAN DE DIOS
Usted puede pensar con los pensamientos de Dios y sentir las emociones de Dios, sin embargo, todavía parece estar en las líneas de los lados como observador. Este es el paso del sometimiento personal. Es aquí donde los pensamientos y los sentimientos de Dios llegan a ser su preocupación personal. Usted no sólo sabe lo que Dios sabe y siente lo que Dios siente, sino que quiere lo que Él quiere.
(Salmo 84: 10)= Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad.
David hubiera rendido todos los honores terrenales y aceptado la posición más baja en la casa de Dios. Tan intenso era su deseo de estar con Dios. Nótese que David contrastó una vida en las moradas de maldad con una vida en la casa de Dios. El deseo por el plan de Dios aumenta sólo cuando nosotros abandonamos nuestro deseo por algún otro plan. Para poder desear el plan de Dios, tenemos que estar listos a sacrificar cualquier cosa que esté en el camino de ese plan.
Muchas de nuestras oraciones quedan sin respuesta por el hecho de que tratamos de servir a Dios y obedecerle sin desear realmente su plan. Sentimos cierta obligación hacia Dios, por tanto, damos un poquito y hacemos un poquito. Pero no nos preocupa profundamente si de ello se logra algo o no. Tan pronto como hemos cumplido nuestro deber, podemos volver a aquello que realmente deseamos, que es nuestro propio plan, nuestra propia vida vivida a nuestra manera.
Necesitamos estar tan completamente envueltos en los planes de Dios, que si ellos caen, nosotros caemos con ellos. Necesitamos llegar a ser sensibles hasta comprender cuales son las cosas que Dios quiere que dejemos, a fin de que Él pueda encender en nosotros el deseo por su plan. La expresión “Venga tu reino”, tiene que llegar a ser más que una frase aprendida de memoria. Tiene que llegar a ser una pasión que consume nuestras vidas.
Loren Cunningham, fundador de la Organización Juventud con Una Misión, (Más vulgarmente conocida como “JUCUM”), cuenta como Dios le indicó un nuevo ministerio que económicamente era imposible emprender. Pero cuando él comprendió que ese era el pensamiento de Dios y no el suyo propio, y comenzó a sentir la emoción de Dios en ello, descubrió que cada vez le era más difícil descartar tal ministerio.
– Señor, ¿Qué es lo que tú quieres que hagamos? – Preguntó él.
– Dad todo – Le contestó Dios. – Todo, hasta quedar sin nada.
Cuando ellos dieron cuanto tenían, y quedaron sin nada, comenzaron a desear este plan con todo su corazón y su alma. Y fue entonces cuando Dios comenzó a contestar sus oraciones en forma milagrosa. Para poder lograr respuesta a nuestras oraciones, tenemos que desear el plan de Dios, tenemos que sacrificar todo lo que esté en el camino de ese plan.
4 – HABLAR CON LAS PALABRAS DE DIOS
Pensar, sentir, desear: pensemos que estas expresiones son esencialmente silenciosas, aunque como lo hemos visto, envuelven un sometimiento real. Pero en nuestras oraciones llegamos a un punto en que tenemos que hablar. Tenemos que poner nuestra fe a prueba.
Dios pensó con respecto a un mundo; Él deseó un mundo. Pero el mundo llegó a existir sólo cuando Dios habló.
Jesús pensó en levantar a Lázaro, aún antes de llegar a Betania, donde Lázaro había muerto. Él experimentó la emoción de Dios junto a la tumba, y lloró, pues Él dijo, en Juan 5:19: …No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. Él sabía que el plan de Dios era el de que Lázaro fuera resucitado, y Él deseó ese plan. Pero Lázaro permaneció en la tumba hasta que Jesús clamó: ¡Lázaro! ¡Sal fuera! La Palabra hablada activa los planes de Dios.
Hablar las palabras de Dios, por supuesto, es algo que está estrechamente relacionado con pensar con los pensamientos de Dios, pero no es lo mismo. La acción de pensar con los pensamientos de Dios se realiza quietamente dentro de nosotros. Nuestro deseo por el plan de Dios puede ser un cometido bastante privado. Pero cuando hablamos las palabras de Dios, el sometimiento llega a ser público. Y esto presenta dos peligros opuestos e iguales.
Por una parte, estamos en peligro de hablar sólo lo que deseamos o ambicionamos. Por otro lado, tememos que pudiéramos no estar hablando las palabras de Dios y, por tanto, nos callamos y no decimos nada. ¿Cuál es la solución para este dilema?
El apóstol Pablo dice, en 1 Corintios 14:29: …Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen… El profeta pudiera estar hablando la Palabra de dios según su mejor comprensión. Pero es posible que no haya obtenido el mensaje completo, o que no lo haya comprendido plenamente. De modo que sus palabras son pesadas por otros. Si queremos aprender a hablar las palabras de Dios, tenemos que estar dispuestos a someter nuestras oraciones y pronunciamientos a la evaluación y corrección de nuestros hermanos.
Esto significaría una radical revalorización de toda nuestra actitud hacia la oración. Si una persona hace una declaración falsa o mal fundada en una discusión, se le llama la atención. Pero si alguno hace lo mismo en la oración, nos lo tragamos con un silencio piadoso. Hablar las palabras de Dios no es algo fácil. ¿De donde sacamos la idea que podemos hablarlas sin siquiera aceptar algo de ayuda, ni de corrección, ni de dirección? Si queremos hablar la Palabra de Dios, tenemos que estar dispuestos a entrar en la escuela de oración, en el sentido literal de este término. Por medio de la ayuda y de la corrección de otros hermanos, podemos aprender a distinguir la Palabra de Dios. Entonces lo que digamos no serán puras palabras que se quedan en el aire, sino poder que se libera. Esto es hablar las palabras de Dios.
5 – HACER LAS OBRAS DE DIOS
Si hemos comenzado pensando con los pensamientos de Dios, y seguimos hablando sus palabras, ¡Existe una posibilidad de que quedemos atrapados en una situación imposible! Y es allí donde muchas respuestas a las oraciones se pierden. Vemos la situación imposible y oprimimos el botón del pánico; ¡Tuve que haber cometido un error en alguna parte! ¡Esto es imposible! La tragedia consiste en que cuando se llega a este punto, la oración es tan buena como si estuviera contestada. Lo único que se necesita ahora es que hagamos lo posible, y confiamos en que Dios haga lo imposible.
Lo “posible” puede ser alguna clase de compromiso o sacrificio de nuestra parte, que no es suficiente para que se realice todo, pero aquello que nuestra capacidad nos permite hacer. Esa es la historia del muchacho que tenía los cinco panes y los dos peces. Lo único que era posible para él, era dárselos a Jesús. Pero eso era lo único que Dios necesitaba para realizar el milagro. “Hacer las obras de dios”, significa hacer todo lo que es posible y confiar que Dios va a hacer todo lo demás.
El secreto para lograr respuesta a la oración está en descubrir qué es lo que Dios está haciendo, y hacer lo mismo.
Tenemos que vender semilla, no chicles y caramelos…