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Todo lo Que Digas, te Será Hecho

Quiero suponer que a través de toda tu militancia cristiana, habrás conocido muchas verdades que necesitamos imperiosamente para defendernos correctamente y para devolver cada ataque satánico como corresponde. El valor de las palabras que se pronuncian, que se expresan, seguramente habrá sido una de esas verdades.

Quiero comenzar este trabajo en esa dirección, yendo al evangelio de Lucas en el capítulo 6 y verso 45. En este pasaje, Jesús expone un principio espiritual muy poderoso. Dice: El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón, habla la boca.

Acompáñame ahora al salmo 33. Recordaba la validez de las respuestas que tienen los niños para con la enseñanza. Si tú le enseñas a un niño algo bien, es muy difícil que ese niño se lo olvide. En cambio los adultos, les enseñas algo con la misma dedicación, se impactan, les seduce de sobremanera la enseñanza y te felicitan durante todo el día. Pero a la semana ya está, se olvidaron de todo.

Y eso no es bueno, porque cuando Jesús habla, ¿Vieron la parábola del sembrador? ¿Saben ustedes que hay tres tipos de terrenos? Hay un terreno en que las aves del cielo vienen y se roban la semilla porque estaba junto al camino, ¿Se acuerdan? Y dice que esa semilla que cae junto al camino, esa palabra del Reino, si no es entendida, viene el malo y se la lleva. O sea: una palabra que no es entendida, es una palabra perdida.

El problema está en que si una palabra no es entendida, tendría que haber algún tipo de respuesta. Yo puedo decirte que se te está quemando tu casa y tú te me quedas mirándome con los ojos fijos pero sin verme. ¡Oye! ¡Se te está quemando la casa! ¿No me estás creyendo? ¡Amén! ¡Claro que le estoy creyendo, se quema!

Con eso quiero ejemplificarte que lo que yo te diga, necesariamente tendrá que provocar una respuesta en ti, una reacción. Podrías pararte como un resorte y salir corriendo, por ejemplo; o tomar el celular y llamar los bomberos; o avisarle a tu vecino para que haga algo. ¡Se te quema la casa! No puedes quedarte allí, como estupidizado y sin reaccionar.

Y lo digo porque a los ministros, y esencialmente a los maestros o predicadores, les ha costado y les sigue costando, mucho trabajo entender a las personas adultas. Cuando aprenden algo, aunque sepan que es muy bueno, igualmente no lo viven. Y dije todo esto, porque en este trabajo te voy a hablar, te voy a explicar, respecto a cómo puedes cambiar todo lo que te rodea.

De muy malo que sea, a como Dios quiere que sea. Te voy a mostrar cómo opera el reino de la fe y cómo puedes, en los próximos días, cambiar todo lo que te rodea que no está de acuerdo con el propósito y la voluntad de Dios y entrar en un nivel distinto de vida.

Y antes de leer el salmo 33 que es donde te mandé, quiero comentarte que en ese texto de Lucas que hemos visto, dice que el hombre saca lo que hay en su corazón, y eso es exactamente lo que habla. En la palabra, si prestas atención, Jesús dice que el hombre come de lo que entra, pero también de lo que sale. Hay un proceso muy especial.

(Salmo 33: 6) = Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.

(7) Él junta como montón las aguas del mar; Él pone en depósitos los abismos.

(8) Tema a Jehová toda la tierra; teman delante de él todos los habitantes del mundo.

(9) Porque él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió.

¿Tienes alguna remota idea respecto a cuál es la peor enfermedad que una persona pueda tener? La falta de expresión, perder la voz. Y te explico por qué. Porque es a través de la boca que alguien crece en la fe. Una persona muda, es una persona altamente incapacitada de poder cambiar su entorno. No puede.

Todo lo que Dios hizo, lo hizo hablando. Si ustedes leen Hebreos 11, van a entender que todo fue hecho por la palabra de Dios. Por eso, estoy convencido que hay algo que los latinos, la gente de habla hispana, pareceríamos no entender bien, y es cómo opera el mundo espiritual y el mundo en sí mismo, a partir de las palabras que nosotros lanzamos.

(1 Juan 1: 5) = Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.

Vivo en Argentina y en una ciudad que pertenece a una provincia que debe ser una de las más costosas en la provisión de la energía eléctrica. El costo por kilowatt en Rosario es muy superior, incluso, al de la ciudad capital del país, Buenos Aires. No sé la razón ni corresponde que la analice en este trabajo.

Lo que sí puedo decirte, es que desde el momento mismo en que entregué mi vida a Jesucristo, y tomé para mí su promesa de suplir todas mis necesidades, procedí con la energía eléctrica del modo más espontáneo y libre que encontré. A mí me gusta tener mi casa y los ambientes donde trabajo, bien iluminados.

Será muy atendible desde el punto de vista estético y cultural tener esos ambientes casi en penumbras evaluándolos como parte de un sentido de recogimiento. No sé, a mí me hacen acordar aquellas antiguas catedrales católicas, donde la semi-penumbra más las estatuas de santos y crucifijos, más que paz y sosiego inspiraban un aura de terror.

No es casual ni fortuito que la aparición de salones iluminados a giorno con luz blanca a raudales, fueron reemplazando paulatinamente a las viejas estructuras eclesiásticas convencionales iluminadas apenas con pequeñas lámparas que hacían hasta dificultoso leer la Biblia en su interior. Allá cada uno con sus gustos y sus concepciones de elegancia, a mí me gusta tener mucha luz y así lo hago. Todavía el señor me sustenta para poder pagar los costos en la factura que me llega.

Y este verso dice que Dios es luz, y nosotros sabemos que la luz está constantemente compitiendo con las tinieblas. Por eso es tan importante el sol, por ejemplo. ¿Sabías que las estadísticas dicen que hay un 33 por ciento más de suicidios los días nublados que los días con pleno sol? Algo debe querer decir.

De hecho, un día nublado, (Aunque sé y respeto que haya gente a la cual le agrada), resulta más deprimente que un día de sol. Cuesta bastante salirse de casa cuando afuera está todo de color gris oscuro. Si por la ventana de tu dormitorio penetra un fuerte rayo de sol, tu das un salto en tu cama y te levantas sin dudarlo. En cambio sí está todo gris y nublado… ¿Cuántos no resisten la tentación de quedarse en cama aunque no estén enfermos?

Eso me lleva a decirte algo que es un secreto a voces. ¡Cómo nos condiciona para lo positivo la luz! Escucha: no hay niño sano al que le guste la oscuridad. Y no hablo de miedo, hablo de sensación de bienestar. Los niños quieren luz. Alguna vez supe de un niño pequeño que le preguntaba a su mamá por qué motivo tenía que haber noche, si era tan fea toda oscura como estaba. ¡Vaya pregunta!

Claro, cuando se habla de estas cosas no puedes menos que recordar ese verso que está en apocalipsis y dice que en aquel día, ya no habrá más noche. ¡Qué tremendo! Es que la naturaleza de Dios es esa, estar en luz. Es mucha la gente que todavía no puede entender esto.

Como será que en Juan 3, dice que los hombres amaron más la oscuridad que la luz. Y por eso crucificaron a Jesucristo; porque sus obras eran malas, y la luz que él irradiaba las sacaba a la luz pública. De hecho, la oscuridad está ligada al pecado, está ligada a la muerte. Mientras que la luz está ligada a la santidad, a la vida.

Vamos ahora a Isaías 14. Supongo que tú sabes algo sobre Satanás, ¿Sí? Bueno; ¿Cuántos saben que Satanás no fue siempre Satanás? Antes era un ángel tremendamente hermoso, muy simpático y buena gente que se llamaba Lucero y fue creado por Dios. Realmente fue un arcángel. Es uno de los tres arcángeles mencionados en la Biblia, de alto nivel, de alto rango.

Lucero, que era tan tremendo, se corrompió y se destruyó a sí mismo. Claro, la pregunta que segurametne te estás haciendo y que yo también me hice alguna vez, es ¿Por qué se corrompió? Ahí vamos, porque hay una explicación en Isaías 14 y verso 12.

(Isaías 14: 12) = ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones.

(13) Tú que decías en tu corazón: subiré al cielo; en lo alto, junto a las est4rellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte.

¿Te diste cuenta cómo inicia este último verso? Tú que decías. El problema de Lucero empezó por causa de sus palabras. Cuidado, porque la oscuridad nació también por las palabras. Si tú lees en el libro de Génesis 1 dice: y dijo Dios, sea la luz. Lo primero que ellos hacen, en el proceso de restauración de la creación, 1:3 de Génesis, es restaurar la luz. Porque en el verso 2 dice que las tinieblas cubrían todo.

Pero en el verso siguiente, dijo Dios: sea la luz. ¿Por qué? Porque Dios es luz. No tiene luz, no fabrica luz, ES luz. Vayamos a Génesis 3. El hombre fue creado también por la palabra de Dios, ¿No es cierto? En Génesis 1:26 dice: Y dijo Dios: Hagamos al hombre a a nuestra imagen. Pero, así como el hombre fue creado por la palabra que habló Dios, también él pecó por la palabra.

(Génesis 3: 4) = Entonces la serpiente dijo a la mujer: no moriréis.

¿Qué instrumento utilizó Satanás para engañar al hombre y llevarlo a cometer su primer pecado? Su palabra. No la tocó, no la lastimó, no la presionó ni la encantó. Le habló. Ahora mira de qué el señor acusa de pecado, ve al verso 17, que es cuando el Señor vuelve y se descubre toda la tramoya que había hecho Satanás.

(Verso 17) = Y al hombre dijo: por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: no comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.

Vuelve a leerlo. ¿Cómo dice? Por cuanto obedeciste ¿A qué cosa? A la voz. No lo dudes, la palabra es tremenda. Y si no repasa tu vida, tus antiguos problemas, angustias, tristezas, y piensa: un golpe físico duele menos que una palabra violenta. Una palabra puede destrozar una vida.

La palabra es destructora por sí misma, y es vivificadora por sí misma. ¿Por qué? Porque tiene un secreto, Isaías 55, vete allí. Hay un poder que tiene la palabra, que Dios le ha dado. ¿Alguien recuerda cómo se produce el sonido en el ser humano? ¿Lo que nosotros normalmente llamamos: la voz?

Tú tienes unos músculos muy delgados, que se llaman cuerdas vocales. Son músculos. Por eso es que a medida que vamos creciendo nuestra voz va cambiando, porque nuestros músculos van cambiando. Se van engrosando y fortaleciendo, y tus cuerdas vocales, también.

Para que se produzca el sonido, esa membrana, esos músculos, deben ser activados por una corriente de aire. Entonces, cuando sacamos aire de dentro de nosotros, y ese aire pasa a través de las cuerdas vocales, se genera un sonido, como una trompeta, un clarinete, un trombón o cualquier instrumento de aire.

Ahora bien; en la Biblia, la palabra expirar o soplar, está ligada a proyectar mi espíritu. Lo aclaro: dice la Biblia, que Dios es Espíritu, ¿Verdad? Bien; ahora, la palabra espíritu, en el griego, es pneuma. Ustedes ya saben que de ahí se deriva nuestra más conocida neumático.

Para los que conocen poco de automovilismo, quiero aclarar que el neumático no es la llanta de metal, sino el elemento, generalmente caucho, que se llena de aire. Cuando Dios crea al hombre, dice que lo hace del polvo de la tierra. Pero cuando ya está listo el muñequito de barro inanimado, como si fuera un maniquí de los que hay en las tiendas para exhibir ropa, Dios se acerca y sopla en su nariz aliento de vida.

Eso es soplido. Ahora compara lo que te acabo de decir. Dios es Espíritu. La palabra espíritu, aliento o viento. Y dice que Dios lo sopla en el hombre. ¿Qué es lo que dios sopla dentro del hombre, entonces? Sopla su propio Espíritu, por eso es que el hombre es a su imagen.

O sea que nosotros, somos seres neumáticos; somos seres soplados. Entonces, cada vez que tú hablas, sale aire de dentro de ti. Fíjate que una persona se puede deshidratar, simplemente hablando, si no toma agua. ¿Por qué? Porque el aire que sale está mezclado con partículas de vapor.

A esto lo puedes comprobar muy fácilmente cuando hace mucho frío en el entorno, tú hablas y al hacerlo sale vapor de tu boca. Y eso ocurre porque la temperatura exterior es mucho menor a la temperatura interior. Cuando no hace frío extremo eso no se ve, lo que no quiere decir que no exista. Sí existe y sigue saliendo, pero al equiparar las temperaturas, es invisible al ojo humano.

Cuando alguien habla, en el mundo espiritual, no sólo salen palabras, sino que tu espíritu es proyectado por lo que tú dices. Porque soplar, es un ejercicio tanto del cuerpo, como del espíritu. Jesús miró a sus discípulos, sopló sobre ellos y les dijo: recibid el espíritu. Jesús nunca les impuso las manos. Sólo sopló sobre ellos. Y el Espíritu luego estuvo en ellos.

Entonces, cuando una persona habla, hay un ejercicio que es, primero, natural: sus cuerdas trabajan, sale aire de su diafragma y todo lo que científicamente se conoce. Pero hay un proceso que es espiritual, que está saliendo también, aire de su espíritu.

Por eso un “te odio”, o “nunca te he querido”, no es sólo una palabra, no es solamente sonido, es un ejercicio del espíritu, y el espíritu que tú tienes, tanto puede golpear como puede abrazar. Mira lo que dice en Isaías 55, este verso es tremendo.

(Isaías 55: 11) = Así será la palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.

¿Estás entendiendo? Aclaremos algo: este es un principio universal del cual no estás exento. Lo que quiero decir es que toda palabra que sale de tu boca, tampoco vuelve vacía. Y he dicho toda palabra, ¿Eh? ¡Toda palabra! Repítelo para ti mismo todas las veces que sea necesario hasta que lo entiendas: ¡Toda palabra!

Porque toda palabra provoca algo. Y tengo un ejemplo para mostrarte, el de Elías y Jezabel. Jezabel dice: para mañana a esta hora, Elías estará muerto; háganle saber esto a él. Y Elías, que acababa de tener una victoria tremenda en el Monte Carmelo, recibe el mensaje, y se deprime, y le da miedo. Y se escapa.

Hay muchos ejemplos en la palabra, de cómo una persona es intimidada por lo que escuchó. La intimidación, utiliza esencialmente una vía rápida para llegar, una especie de autopista, que se llama la palabra. Es por eso que, cuando dos personas se pelean, lo primero que hacen, es amenazarse. ¡Te voy a! ¡Te voy a!

Se están intimidando. No tenemos cuernos como tienen algunos animales que los usan, precisamente, para amenazar a sus rivales y tratar de intimidarlos, o rugir fuertemente para asustar, así que usamos lo que mejor sabemos: las palabras. “Si me sigues haciendo renegar, me voy a ir y te voy a dejar solo”. ¿Ves? Esa es una intimidación a un niño. ¿Se va a ir esa mamá de verdad y lo va a dejar solo? ¡No! ¡Jamás! ¿Y entonces? Se lo dice como amenaza para lograr un resultado.

Sin embargo, y partiendo de este ejemplo, lo que una amenaza logra es, precisamente, destruir lo único que a ese niño le inspiraba seguridad y tranquilidad: la presencia de su madre. Porque no hay ni habrá nada que le dé más seguridad a un niño que saber que mañana estará agarrado de la mano de su mamá.

Una cosa es ejercer disciplina si algo no funciona como debe funcionar, pero otra cosa es implementar elementos destructivos. En el libro de Josué, en el capítulo 10 y versos 12 y 13, cuando Josué hace detener el sol, ¿Sabes lo que utiliza? La palabra. ¡Sol! ¡Detente! ¿Qué crees que está saliendo ahí de Josué?

Primero: en el mundo natural, ¿Qué sale? Salen palabras, sonidos. Pero, en el mundo espiritual, ¿Qué sale? Proyecta su propio espíritu. Lo que sale de él, es fe. ¿Cómo expresa una persona su fe? Por sus palabras. Cuando le da la orden al sol de detenerse, algo sale de su espíritu. ¿Y qué es lo que sale de su espíritu? Fe.

De hecho, todos los que me están escuchando ahora hablan el idioma español, ¿Verdad? Sin embargo, muchos de ustedes y por distintas razones, quizás también hablan inglés, o portugués, o alemán o alguna otra lengua que necesitan por motivos valederos. Muy bien; el espíritu que tú tienes, habla fe. Ese es su idioma.

Y no tienes que enseñárselo, ya lo aprendió de Dios. Entonces, el problema del hombre es cuando deja hablar a su espíritu y cuando permite que hable su mente. Por eso es que Pablo dice que, a veces, es mejor orar con el espíritu. ¿Por qué? Porque con el espíritu tú dices lo que no entiendes, pero que implica un ejercicio en el cual se está liberando fe.

Las lenguas son fantásticas, porque ejercitan tu fe. La persona que no acepta hablar en lenguas o no cree en ellas, lo que está haciendo es restringir su propia fe. La fe tiene que ser entrenada como si fuera un músculo cualquiera. Nadie puede tener fe de la noche a la mañana, es un ejercicio. Es una progresión en Dios, es algo que se forma con los años.

Una persona que viene caminando con Dios desde hace años, tendrá mucho más fe que la que acaba de dar el primer paso en su compañía. Y ninguno es mejor que el otro, sólo comenzó antes. Y vuelvo al ejemplo del niño pequeño. Un niño nacido en mi país, Argentina, obviamente que aprende a hablar en español, ¿Verdad?

 Sí, pero no habla todo el español. Hay palabras que no conoce, otras que todavía no conjuga bien, otras de las que todavía no conoce bien su significado. Así que, a medida que se va ejercitando en el idioma va aprendiendo y su vocabulario se hace más amplio. Del mismo modo, entiende, tu espíritu crece cuando tú hablas y cuando la fe sale de ti. Por eso tiene tanto valor la alabanza, ya sea que cantes o soples instrumentos a aire.

Es lo mismo que el entrenamiento deportivo. Ningún equipo de ninguna disciplina deportiva sale a disputar su partido sin antes hacer una larga sesión de calentamiento muscular. Cuando salen al campo de juego sus músculos ya están listos para la alta competencia y su exigencia. ¿Qué pasaría si lanzaras a un equipo a competir sin ese ejercicio previo? Distensiones, desgarros, mala performance y derrota. Lo mismo sucede con el creyente. No puedes llegar a la palabra de Dios sin saber muy bien de qué se trata, gritar amén y salir corriendo de nuevo a ver la novela. ¡No puedes! Distensión, desgarro, mala performance y derrota.

En Números capítulo 24 hay otro ejemplo. No voy a leerlo. En ese capítulo hay un hombre que se llama Balaam. Este Balaam es un hombre que tenía mucho poder en su palabra. A él lo contratan para que maldiga a Israel. El final es muy distinto, pero vayamos por partes.

(Números 24: 10) = Entonces se encendió la ira de Balac contra Balaam, y batiendo sus manos le dijo: para maldecir a mis enemigos te he llamado, y he aquí los has bendecido ya tres veces.

Algo es sumamente claro: Dios no permite que Balaam maldiga a Israel. Claro, pero esto te deja pensando muy seriamente el asunto, porque, pregunto: ¿El Dios de Israel, creador del universo, no era suficientemente poderoso como para no preocuparse por lo que pudiera decir uno de sus hombres creados?

Cierto, pero Dios jamás transgrede sus propias leyes, y Dios sabe que nuestras palabras pueden proyectar luz o pueden proyectar oscuridad. Y Dios nunca permitirá que se proyecte oscuridad o muerte sobre el pueblo, aunque eso venga de un hombre.

Cuando tú lees lo que les pasa en Números 14 a los espías que vuelven de inspeccionar la tierra, eso te deja pensando. ¿Lo recuerdas, verdad? Es un pasaje sumamente triste. Porque de los doce espías, diez dan un informa negativo, y entonces tuercen la fe de la gente.

O sea: la fe de esa nación de más de un millón de personas, es seriamente afectada por la incredulidad de diez personas. Dos de ellos tenían fe y hablaron fe. Pero la gente, que era muy democrática, resolvió aceptar lo que dijo la mayoría. Y esa decisión determinó que toda una generación quedara condenada a morir en el desierto sin entrar a la tierra prometida. Por moverse en democracia.

¿Y cómo contaminan al pueblo esos diez? Por las palabras. Y te podría dar muchísimos ejemplos más, pero el punto en cuestión, es este: ¿Cómo afecta la oscuridad a la gente hoy, en este tiempo presente? ¿Por qué en las casas de tantos hermanos hay extrema pobreza, enfermedad, división y destrucción? ¿Por qué ese matrimonio todavía tiene que estar agrediéndose?

Porque, en principio, no han aprendido lo que significa el poder de las palabras. Aseguran los consejeros matrimoniales cristianos que, normalmente, lo primero que hacen es anular las palabras que se puedan haber dicho durante tanto tiempo. Eso es muy triste, porque Satanás está detrás de las palabras.

¿Cómo se casa una pareja? Respondiendo a la clásica pregunta: ¿Aceptas por esposo o por esposa? Y entonces ella o él dirán Sí, acepto. ¿Qué crees? ¿Acaso que lo que te casa es un documento firmado en las oficinas del Estado? ¿O que lo hace el pastor cuando ora bendiciendo esa boda? No, mi hermano; no mi hermana: lo que te casa es tu pacto de palabra hecho delante de Dios.

Eso es el matrimonio: un pacto de palabra. Y los invitados, más allá de comerse y beberse todo lo que le pongas en la mesa, están allí con un propósito divino: ser testigos presenciales, oculares y auditivos de ese pacto. Cada uno de ellos podrá jurar que escuchó cuando él o ella, voluntariamente, dijo que aceptaba a esa persona por esposo.

Entonces, ¿Cuál se supone que debería ser la base de un matrimonio? La promesa realizada con palabras. Claro está que, bajo esa misma óptica, te puedo asegurar que hay parejas que ya se han divorciado hace años por sus palabras, aunque sigan viviendo juntas por el qué dirán los hermanos…

Se podrán llevar a cabo todos los esfuerzos habidos y por haber para restaurar ese matrimonio, pero si ellos no modifican su manera de hablar, es muy difícil que algo cambie. Porque lo que Satanás hace en la oscuridad, es tratar de destruir tu vida a través de las palabras que se vierten sobre ti.

Por eso la depresión es un problema. Porque la depresión te lleva a hablar. Y ahí comienzas a decir y a declarar que ya no das más, que prefieres morirte, que no tiene sentido estar vivo, etc. Y no te das cuenta que cada palabra que tú plantas, puede traer luz o puede traer tinieblas. Porque ninguna palabra vuelve vacía.

Entonces, bajo esta perspectiva, puedo asegurarte que toda palabra pronunciada traerá luz o traerá tinieblas. Será vehículo del Dios de amor, o será vehículo del destructor. Y no hay término medio, así que si aceptas una sugerencia bien intencionada, es mucho mejor que, cuando estés enojado, te calles.

Está dicho: si quieres crecer en la fe, vas a tener que prestar muchísima atención a tus modos de hablar. Y no es ninguna broma lo que digo. Porque aunque aceptes a Jesús con arrepentimiento genuino, lágrimas en los ojos y la mejor predisposición para no pecar, si no modificas tu vocabulario y sigues derrochando palabras de oscuridad, esa misma oscuridad te impedirá disfrutar y disponer de tu nueva vida. Jesús lo dijo: del buen tesoro del corazón, habla el hombre.

(Proverbios 18: 21) = La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.

Entonces, cada vez que Dios quiere crear algo en el corazón de la gente, supongamos, la gran meta de Dios es hacer de ti una persona que le cree. Porque cuando tú le crees a Dios, has pasado del umbral natural al umbral espiritual. Vivimos en dos dimensiones. En la dimensión natural, nos vemos como nos vemos y nos conocemos como nos conocemos.

En esa dimensión usamos nuestros relojes, (En realidad, hoy usamos nuestros celulares también como relojes portátiles), armamos nuestras agendas en función de nuestros tiempos libres u ocupados y todo eso. Es decir que, en el plano natural, hay un orden de tiempo, de circunstancias, de limitaciones y también de ventajas.

En el mundo espiritual, mientras tanto, en la carta a los Efesios, Pablo dice que ya hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual, en los lugares celestiales en Cristo Jesús. Pero tú tienes a esa persona que no tiene para movilizarse mañana, que no tiene dinero para ir mañana a trabajar.

Pero, en el plano espiritual, se dice que esta persona ha sido bendecida con toda bendición espiritual. Pero, claro, resulta que hay un velo. Un velo que separa lo natural de lo espiritual. Fíjate el tabernáculo. En el tabernáculo había un área que era natural, y había un área que era espiritual.

El área espiritual, voy a empezar por allí, era el Lugar Santísimo. Todo lo demás, era el área natural. Incluido el Lugar Santo, aunque te parezca novedoso lo que digo. Entonces, cuando Jesús muere en la cruz, dice que el velo del templo se rasgó.

Y eso ocurrió para decir y demostrar que ya no había necesidad de esta separación, y que nosotros, siendo naturales, también estaríamos de allí en más aptos para hacerlo en el plano espiritual. ¿Por qué? Porque ustedes habrán escuchado proclamar que en Cristo tenemos esto, tenemos aquello y aquello otro, pero resulta que de pronto nos enteramos que esa persona que lo proclama por ahí no tiene para comprar el pan de este día para llevar a sus hijos.

Ha habido una dicotomía, una especie de contradicción, y es de que, conociendo la palabra y teniendo tantas promesas, exista tanta esterilidad por otro lado, en mucha gente, y no haya resultados. Ahora bien; si tú observas con cuidado a esa persona que no tiene para comprar el pan, vas a ver que su problema no es precisamente Dios, sino que su problema resulta ser él mismo.

 ¿Y en qué parte de él está el problema? ¿Acaso en su mente? Sí, en parte, pero no sólo en su mente. Para tú saber qué es lo que hay en su mente, tienes que escucharlo hablar. Tú puedes darte cuenta cómo piensa una persona, por cómo habla. Tú escuchas hablar a alguien, y puedes ver si está amargado, si está feliz, si está triste, si es inteligente, si es medio lelo, si lee mucho, lee poco, o no lee nada.

Es como se nos enseñaba a los estudiantes de locución, cuando se nos decía que mientras más leyéramos, mejor dicción y expresión oral tendríamos. Pero, lo que le impide cruzar de este lado, donde están todas sus bendiciones, es la incapacidad, no tanto de creer, porque a lo mejor quiere creer, y cree, sino la incapacidad de cambiar su lenguaje.

Eso, claro está, conjuntamente con permitir que tú fe crezca. ¿Y cómo crece tu fe? Cuando depositas tu confianza en Dios y, así pase un mes, dos, cinco, un año, y la respuesta a tu petición, a tu clamor, no llega, tú sigues confiando y esperando. Podría firmarte que si logras hacer eso, el día menos pensado la respuesta llega.

Declara la palabra. Ya sé que la aceptas, ya sé que la crees, ya sé que la pones por obra, ya sé que la enseñas, ya asé que la predicas. Ahora te pido que la declares. Si estás pidiendo, no sé, un trabajo, simplemente cambia tu forma de pedirlo. Ya no digas “Señor, dame un trabajo”. Empieza a declarar: “Gracias Señor por el trabajo que me has dado. Es el mejor que podía existir para mí.”

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mayo 10, 2018 Néstor Martínez