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Si Yo no Puedo, ¡Tú Puedes!

 

(Gálatas 2: 20) = Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Gálatas 2:20 es un versículo que conocemos bien. En esta ocasión hablaremos más de esto. Sabemos que la vida vencedora es Cristo y también que la vida vencedora consiste en que Cristo vive en nosotros. La pregunta es ¿cómo podemos entrar en la experiencia de esta vida?

Cristo desea ser nuestra vida y puede hacernos victoriosos; pero, ¿cómo puede El ser nuestra vida? ¿Cómo puede Cristo expresar Su vida en nosotros? Hemos oído el evangelio y sabemos que Jesús es el Salvador; pero, ¿cómo lo podemos tomar como nuestro Salvador?

Conocemos la salvación efectuada en la cruz; pero, ¿cómo podemos unirnos a esta salvación? La pregunta que estudiaremos en este mensaje es ¿cómo podemos unirnos a Cristo y qué debemos hacer para que Él llegue a ser nuestra vida y viva en nosotros?

No vamos a examinar ni el comienzo ni el final de este versículo. Comenzaremos en medio del versículo. Allí encontramos una expresión maravillosa: Y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí. Podemos decir: “Ya no vivo yo, mas Cristo”. ¿Qué significa “ya no vivo yo, mas Cristo”? Estas seis palabras significan victoria.

Se refieren a la vida vencedora de la que hemos estado hablando. La vida vencedora es sencillamente (1) “ya no vivo yo” y (2) “más Cristo”. Esta es la vida vencedora. En tanto que se cumplan “ya no viva yo” y “más Cristo”, hay victoria. Si a “ya no vivo yo” añadimos “más Cristo” tenemos la victoria, y todos los problemas quedan resueltos.

Pero todavía quedan algunas preguntas. ¿Cómo puede un cristiano dejar de ser él para ser Cristo? ¿Cómo puede uno obtener esta vida? ¿Qué camino debe uno tomar antes de llegar a no ser uno sino Cristo? Esta es la razón por la que tenemos que estudiar Gálatas 2:20 detenidamente.

Según Gálatas 2:20, “ya no vivo yo, mas Cristo” se halla en el medio. Antes de este pasaje, tenemos una oración gramatical y después tenemos otra. Tenemos que ver cuál fue el punto de partida de Pablo en el que comenzó a experimentar esto de ya no vivo yo, mas Cristo.

Si podemos descubrirlo, podremos tomar el mismo camino y también experimentaremos ya no vivo yo, mas Cristo. Por lo tanto, tenemos que atravesar por lo que Pablo atravesó y seguir el mismo camino que él tomó. Su camino también debe ser el nuestro.

Veamos ahora cómo puede uno experimentar no vivo yo, mas Cristo. Necesitamos comenzar desde la primera oración de este versículo. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí. ¿Cómo pudo Pablo llegar al punto en el que podía decir ya no vivo yo, mas Cristo?.

Este es un pasaje muy conocido. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo. El “yo” queda excluido, pues está en la cruz. El “yo” ha muerto. Por tanto, puedo decir que ya no vivo yo. Sin embargo, ésta no es la primera vez que entre nosotros se predica esta verdad en cuanto a estar crucificado con Cristo. Hace mucho sabemos que estamos crucificados con Cristo. ¿Por qué la doctrina de nuestra crucifixión con Cristo no ha producido resultados?

¿Cuántos años has escuchado acerca de la doctrina de la crucifixión con Cristo? La has oído por más de diez, veinte, treinta años. ¿Produce esto algún resultado en tu vida? Por favor, sé franco con nosotros. ¿Cuánto ha obrado esto en ti? No mucho.

Te haré la misma pregunta ti. ¿Cuánto te ha guiado la doctrina de la cruz? ¿Cuán efectiva es en ti? ¿Tienes el poder que Pablo tenía? Hemos conocido la doctrina de la crucifixión con Cristo por más de diez, veinte o treinta años, pero no ha producido un resultado en nosotros.

Es posible que digamos que hemos hecho algo, pero ha sido tan poco que podría decirse que es insignificante. Ni siquiera podemos decir cómo Pablo: Con Cristo estoy juntamente crucificado, y tampoco podemos repetir las palabras “ya no vivo yo”.

Tal parece que la doctrina no ha tenido mucho efecto en nosotros. No estoy aquí repitiéndoles simplemente la doctrina de la cruz; ya sabemos mucho al respecto. Deseamos ver hasta qué grado la crucifixión con Cristo debe operar en nosotros y lo que debemos hacer antes de poder decir que estamos crucificados con Cristo.

Cuando el Señor Jesús fue clavado en la cruz, nosotros no le matamos, ni nos matamos a nosotros mismos. Cristo mismo murió allí, y Dios nos incluyó en Su muerte. Todos conocemos bien esto. Sin embargo, quisiera hacerles una pregunta: Si bien es cierto que Dios nos crucificó, ¿qué debemos hacer y qué proceso debemos atravesar antes de poder decir en realidad que estamos crucificados con Cristo?

Ya vimos lo que Dios hizo por nosotros, pero no vimos qué nos corresponde a nosotros. Aunque vimos que Dios nos crucificó, no sabemos cómo debemos considerar nuestra propia crucifixión. Quisiéramos ahora ver cuál es nuestra responsabilidad en nuestra crucifixión con Cristo.

¿Por qué crucificó Dios a Cristo? Esto es algo que nos interesa a todos; no se trata de algo solamente para mí. Cada uno de nosotros debe examinar esto cuidadosamente. ¿Por qué quiso Dios crucificarnos con el Señor Jesús? Puedo explicar este punto con una historia.

Una vez un ladrón fue declarado culpable ante un juez. Puesto que el crimen no era demasiado grave fue sentenciado sólo a diez años de cárcel. Otro ladrón también fue hallado culpable, y el juez lo sentenció a muerte. ¿Por qué uno fue sentenciado a muerte, y el otro sólo a diez años de cárcel?

 Porque todavía había esperanza para aquel que fue encarcelado. El juez todavía tenía esperanzas en él, y el país también tenía esperanzas en él. Aún existía la posibilidad de que este hombre llegara a ser un buen ciudadano. Después de diez años de encarcelamiento, saldría libre.

 Pero la nación no tenía esperanzas en el otro criminal, pues había cometido un crimen demasiado grave. El país no deseaba tener a tal persona, y la única manera de castigarlo era sentenciándolo a muerte. ¿Cómo nos ve Dios a nosotros hoy? Él nos crucificó. ¿Por qué hizo esto?

 Es posible que lo que voy a decir no sea muy alentador, pero es la verdad: Dios no tiene ninguna esperanza en nosotros. El perdió todas las esperanzas en nosotros. Dios considera nuestro caso imposible y sin esperanza. La carne es completamente corrupta, y no existe otra solución que la muerte.

Ni la obra del Señor Jesús, ni el poder de Dios, ni el Espíritu Santo pueden cambiar nuestra carne. Ni leer la Biblia ni orar pueden cambiar nuestra carne. Lo que es nacido de la carne, carne es. No hay esperanza y la carne nunca puede cambiar. Dios ha juzgado que la muerte es el merecido destino de la carne.

Dios perdió toda esperanza en nosotros. Por tanto, nos incluyó en la crucifixión de Cristo. No tenemos esperanza; la única solución es la muerte. Por esto, lo primero que Dios requiere de un cristiano después de que éste es salvo, es el bautismo.

El bautismo es la declaración de que Dios ha abandonado toda esperanza en la persona y la ha crucificado. También es nuestra declaración de que merecemos morir y de que les pedimos a otros que nos quiten de en medio y nos entierren.

¿Han visto ustedes que el bautismo es la declaración de Dios y nuestro reconocimiento de nuestra propia muerte? Equivale a decir “amén” a la evaluación que Dios hace de nosotros. Dios dice que merecemos morir y nosotros damos un paso adicional sepultándonos. Ya perdí toda esperanza en mí mismo. No hay absolutamente ninguna esperanza en mí. Sólo merezco morir y hoy estoy en pie sobre la base de la muerte.

Muchos cristianos han olvidado lo que hicieron en el momento del bautismo, y muchos han olvidado la evaluación que Dios hace de nosotros. ¿Cómo nos valora Dios? Según Su evaluación, nosotros debemos morir. Lo único que merecemos es la muerte. No hay otro camino.

Es inútil tratar de repararnos o remendarnos. No existe ninguna posibilidad de enmienda, y tampoco podemos cambiarnos a nosotros mismos. Somos completamente inútiles y no hay otra cosa que podamos hacer, excepto morir.

Por consiguiente, Dios nos incluyó en la muerte del Señor Jesús. Dios muestra cómo nos evalúa al ponernos en la cruz. Recuerden que la cruz es la valoración que Dios hace de nosotros. Dios nos ha mostrado que sólo merecemos morir y que no tenemos esperanza alguna.

Pero, ¿aceptamos nosotros este hecho? Los seres humanos con frecuencia se contradicen a sí mismos y muchas veces tienen pensamientos incongruentes. Por una parte, decimos durante años que estamos crucificados con Cristo; pero por otra, seguimos abrigando esperanzas en nosotros mismos. Por un lado, pensamos que no podemos hacer nada; y por otro, esperamos un día ser capaces. Nos mantenemos tropezando y cayendo, y aun así, conservamos la esperanza de vencer.

Hubo una mujer de la cual se cuenta que había mantenido el ataúd de su difunto esposo en frente de su puerta por treinta años. Ella no permitía que lo enterraran. Decía que su esposo sólo estaba dormido, y que ella esperaba que resucitara. Nosotros tenemos esta misma clase de esperanza con respecto a nosotros mismos.

 Por una parte, creemos que lo único que merecemos es la muerte y que estamos muertos en nuestras transgresiones. Pero por otra parte, pensamos que en tanto que haya aliento en nosotros, podemos servir para algo. Creemos que hemos fracasado porque no hemos sido lo suficientemente fuertes en nuestra resolución de vencer, y que lo lograremos, si lo intentamos con más ahínco la próxima vez.

Pensamos que hemos fallado porque no hemos estado velando y que podríamos permanecer firmes ante la tentación si en la siguiente ocasión velamos más vehementemente. Nos parece que hemos fracasado porque no hemos resistido la tentación y que venceremos si la resistimos la próxima vez.

Nos imaginamos que hemos fallado esta vez porque no hemos orado lo suficiente, y que si la próxima vez lo hacemos, venceremos. ¿Podemos ver lo que estamos haciendo? Dios nos ha crucificado y nos ha declarado muertos.

Pero todavía no hemos visto que estamos muertos; no hemos reconocido este hecho. Aún pensamos que la llama que ha sido apagada, se podrá encender nuevamente, si la soplamos lo suficiente. Es por esto que todavía seguimos soplando continuamente.

¿Qué significa estar crucificado con Cristo? A fin de experimentar esta verdad, hay una condición necesaria que nosotros debemos cumplir. Debemos decirle a Dios: “Tú has perdido toda esperanza en mí, y también yo la he perdido. Tú me das por perdido y yo también me considero perdido.

Tú crees que merezco morir y yo también lo creo. Tú me consideras incapaz y yo también me considero incapaz. Me estimas inútil para hacer cualquier cosa y yo también me considero así”. Tenemos que permanecer sobre esta base constantemente.

Este es el significado de ser crucificado juntamente con Cristo. Lo que Dios hizo no se puede cambiar, pues constituye hechos cumplidos. Sin embargo, por nuestra parte, tenemos una responsabilidad que debemos cumplir: aceptar la evaluación que Dios hace de nosotros.

Dios ha perdido las esperanzas con respecto a nosotros; así que también nosotros tenemos que perder las esperanzas en nosotros mismos. Cuando perdemos la esperanza en nosotros, podremos experimentar “ya no vivo yo”.

El problema que predomina hoy es que la mayoría de los cristianos no han querido abrir los ojos. No han visto que Dios perdió toda esperanza en ellos y dejó de exigirles cosas. Él sabe que somos absolutamente inútiles. Todos somos corruptos hasta lo más profundo de nuestro ser. Somos absolutamente inútiles.

No servimos para otra cosa que la muerte. El único camino que nos queda es morir. Nunca podemos cambiar y estamos desahuciados. Somos completamente malignos y sólo merecemos morir. Esta es la valoración que Dios hace de nosotros, y no debemos tener ninguna otra clase de valoración delante de Dios.

Tenemos muchos conceptos acerca de nosotros mismos. Estamos llenos de esperanza en nosotros mismos. Por lo tanto, tenemos que ver en este mensaje cómo podemos echar mano de la realidad de que fuimos crucificados juntamente con Cristo.

Dios ha abandonado toda esperanza en nosotros. Entonces, ¿qué debemos hacer? Debemos decirle a Dios que también nosotros hemos abandonado la esperanza en nosotros y tenemos que dar un paso más. Por el momento pongamos a un lado Gálatas 2 y examinemos Lucas 18:18-27.

Personalmente valoro mucho este pasaje de la Palabra. Nos revela la primera condición necesaria para obtener la victoria. Síganme con paciencia en el estudio de esta porción, y veamos lo que realmente dice. Un hombre principal vino al Señor Jesús y le preguntó acerca de la vida eterna, la vida de Dios.

La vida eterna incluye tanto la salvación como la victoria. Por consiguiente, en los siguientes versículos, se habla tanto de la salvación como de la entrada en el Reino de Dios. Vemos que la esfera abarca tanto la salvación como la victoria.

Este hombre importante vino al Señor Jesús, y le preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna. El Señor le hizo una lista de cinco condiciones muy rigurosas: “No adulteres; no mates; no hurtes; no digas falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre”.

Ningún joven, por importante que fuera, podría guardar estos mandamientos. Era imposible que un joven gobernante no cometiera adulterio ni matara ni hurtara ni dijera falso testimonio y honrara a su padre y a su madre. Ningún joven gobernante podía cumplir estas cinco condiciones.

Sin embargo, sorprendentemente este joven respondió a Jesús: “Todo esto lo he guardado desde mi juventud”. Él no había quebrantado ninguno de estos mandamientos ni una sola vez. Era como si dijese: “Maestro, ¿hay alguna otra condición? Porque si no, entonces yo debo heredar la vida eterna. Yo soy apto para obtener vida eterna”.

Pero el Señor le dijo que todavía le faltaba algo. “Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y repártelo a los pobres, y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sígueme”. ¿Puede ver que todavía le falta una cosa? ¿Qué significa faltarle una cosa?

El Señor Jesús le dijo que todavía le faltaba una cosa, y que no era apto si no la tenía. ¿Significa esto que quien viene al Señor tiene que vender todo lo que posee o que quien cree en el Señor Jesús tiene que abandonarlo todo?

No. Debemos reconocer que muchos ricos pueden recibir vida eterna. Pero ¿por qué no vemos que muchos de ellos sean salvos? ¿Por qué son tan pocos los ricos que se salvan? Algunos han dicho: “No puedo vender todo lo que tengo”. El v.26 indica que algunos que escucharon estas palabras murmuraron: “¿Quién, pues, podrá ser salvo?”. Sin embargo, en el v.27 el Señor Jesús dijo: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”.

El Señor le estaba demostrando al joven gobernante, que la salvación es inalcanzable para el hombre, pero el joven no quiso aceptar este hecho. Él pensaba que podía abstenerse de cometer adulterio, de matar, de hurtar, de decir falso testimonio y que podía honrar a su padre y a su madre.

El propósito de lo que le dijo el Señor, era demostrarle que la salvación y la victoria son imposibles para el hombre. Sin embargo, este joven pensaba que era posible obtenerlas. Por lo tanto, el Señor le puso una condición más.

Con esto le estaba diciendo: “Puesto que tú dices que puedes guardar estas cinco condiciones, te pondré una condición más. Puedo seguir añadiendo un requisito tras otro, para ver si puedes guardarlos todos”. Cuando el joven comprendió que no podía cumplir las condiciones que el Señor le ponía, se entristeció mucho y se marchó.

Si tú tratas de ser salvo, o si tratas de vencer, Dios con frecuencia te pondrá “una cosa” delante tuyo. Frecuentemente creemos que hemos hecho un buen trabajo. Nos enojábamos con facilidad, pero ahora podemos controlarnos. Éramos orgullosos, pero ahora podemos humillarnos.

Teníamos celos de otros, pero ahora no somos tan envidiosos. Éramos muy locuaces, pero ahora no hablamos tanto. Creemos que no estamos tan lejos de la victoria y que hemos vencido bastante. Pero aunque no seamos impacientes, orgullosos, celosos ni habladores, seguimos teniendo una cosa, un defecto.

Parece que todo lo demás ha sido solucionado, pero que todavía nos hace falta una cosa. Puede ser algo muy insignificante. Puede ser un gusto exagerado por la comida, o tal vez no podamos levantarnos en la mañana antes de las ocho o las nueve.

Parece extraño que podamos vencer muchos pecados y que a la vez seamos incapaces de vencer este pecado. Somos inútiles en este asunto. Gastamos todo nuestro esfuerzo en vencerlo. Es posible que les pidamos a otros que nos despierten o tal vez usemos un despertador, y ni siquiera así logramos despertarnos. No podemos explicarlo. Podemos vencer muchas otras cosas, pero no conseguimos vencer este asunto.

Este es el principio establecido en Lucas 18, el principio de que todavía nos falta una cosa. Dios nos comprueba que no somos capaces. Tarde o temprano tendremos que reconocer que no somos capaces. Quizá el Señor nos permita llegar a ser capaces en algo, pero nos mostrará que todavía nos falta una cosa.

Él debe mostrarnos que hay por lo menos una cosa que no podemos hacer. Para poder darnos la victoria, Él debe mostrarnos primero que nosotros no podemos obtenerla. La victoria es un don de parte de Cristo; no podemos vencer en nosotros mismos. Por consiguiente, Dios dejará una o dos cosas que no podamos vencer. Así nos demostrará que “todavía nos falta una cosa”.

Es posible que el joven gobernante pudiera cumplir cinco o cincuenta o inclusive quinientas condiciones, pero Dios le puso algo delante de él para mostrarle que no era capaz. Amigos, el primer paso hacia la victoria es comprender que no somos capaces.

Una vez que comprendamos que somos impotentes, hemos dado el primer paso. Todos los aquí presentes tienen algo que no pueden vencer. Es extraño que siempre fracasemos en esto. Para algunos es su mal genio, sus pensamientos impuros, su locuacidad, su incapacidad para levantarse temprano, sus exigencias dogmáticas, su envidia o su orgullo.

No entendemos por qué, pero siempre hay algo que uno no puede vencer. Todos los que deseen vencer, tienen que descubrir delante de Dios aquello que les falta. A cada uno le falta “una cosa” en particular. Por lo menos carece de “una cosa”. A veces hay más. Cuando estemos delante de Dios, Él nos demostrará que no somos capaces.

Permíteme decirte: cuando tú eres impotente para hacer algo, Él llega a ser muy capaz. He aquí el principio de la victoria”.  La manera de vencer es ver que siempre falta una cosa. Tú puedes pensar que tienes razón en esto o aquello. Es posible que pienses que puedes hacer algo, pero Dios tiene que demostrarte que no puedes hacer nada.

Todos los que deseen vencer, deben descubrir primero aquello que no pueden hacer. Uno sólo puede descubrir su incapacidad por medio de este asunto particular. ¿Tienes algún pecado particular? ¿Hay en tu vida un pecado que no puedes vencer?

Aquellos que son demasiado amplios nunca pueden cruzar la puerta de la victoria. Tú debes conocer las áreas específicas en las que eres débil. Esto te demostrará que necesitas vencer algo. Para algunos es el orgullo. Para otros es la envidia. Para otros puede ser su sensibilidad, pues el cambio más leve los afecta.

Para algunos, son sus pensamientos impuros. Para otros, es su exagerada locuacidad. Para otros es su meticulosidad excesiva. A algunos les gusta hablar de otros y esparcir rumores. Otros no pueden controlar sus apetitos físicos. Siempre hay algo que uno no puede vencer. Después de oír esto, espero que tú te detengas y escribas en tu Biblia las siguientes palabras: “Aún te falta una cosa”. Tú tienes que descubrir cuál es.

Al joven de Lucas 18 le faltaba vender todo lo que tenía. Temo que algunos por allí también son incapaces de soltar su dinero. Para algunas personas tal vez el problema no sea el dinero, pero todavía les hace falta una cosa. Si tu problema no es apego al dinero, ¿cuál es?

Escribe el pecado que te es imposible vencer. Si sabes dónde está tu debilidad, podrás ser específico delante de Dios en cuanto a vencer tal pecado. Cada persona tiene que percatarse dónde está su problema específico. Toda persona tiene su debilidad específica y debe pedirle a Dios que lo ilumine y le muestre su debilidad.

Cada persona tiene, por lo menos, una cosa que no puede vencer. Para algunas personas puede ser más de una cosa. Tú tienes que descubrir aquello que no puedes vencer. Una vez que veas que no puedes, podrás ver que Dios sí puede. Si no ves tu propia debilidad, no verás el poder de Cristo. ¿Por qué Dios dejó una o dos cosas no resueltas en nuestra vida? Para mostrarnos que no somos capaces de hacer nada por nosotros mismos.

Este es un principio general de las Escrituras, y es un principio muy importante. Al declarar que el Señor Jesús fue crucificado por nosotros, es muy fácil olvidar que al mismo tiempo opera este principio. Dios sabe que tú eres incapaz y que yo soy incapaz. Él sabe que nada bueno procede de la carne.

Él lo sabe desde hace mucho tiempo, pero parece que nosotros no lo sabemos. Nosotros no comprendemos que nada bueno puede provenir de la carne. Como resultado, seguimos esperando y procurando hacer lo posible por agradar a Dios.

Dios sabe que nuestra carne es inútil. Pero nosotros lo ignoramos. Es por eso que Él nos dio la ley. El propósito de la ley es demostrarle al hombre que es pecaminoso e impotente. La ley no fue dada para que la guardáramos; Dios sabe que no podemos guardar la ley. La ley fue dada para que la quebrantásemos.

No fue dada para que el hombre la guardara, sino para que la quebrantara. Dios sabe que vamos a quebrantar la ley, pero nosotros no lo sabemos. Por tanto, nos dio la ley y permitió que la quebrantásemos. Es así como llegamos a saber lo que Dios ya sabe, y es así como llegamos a estar conscientes de nuestra impotencia.

Como cristianos declaramos que estamos por encima de la ley. Pensamos que los diez mandamientos son la ley, pero olvidamos que todos los mandamientos del Nuevo Testamento también son la ley. Por medio de estos mandamientos Dios nos demuestra que no podemos cumplirlos.

Dios tiene que llevarnos al punto en que confesemos que no podemos lograrlo. Sólo entonces podremos reconocer la sabiduría que Dios ejerció al crucificarnos, y sólo entonces comprenderemos que somos inútiles y que la única manera de solucionar nuestro problema es la muerte. De no ser así, creeríamos que es un error que Dios nos crucifique porque todavía pensamos que podemos hacer algo.

Es por esto que Romanos 7 es tan valioso. La persona descrita en Romanos 7 estaba en una constante lucha. ¿Por qué luchaba? Porque todavía estaba llena de esperanza en sí misma, aunque Dios ya había perdido esperanza en ella.

Este hombre trataba de agradar a Dios y de guardar la ley. Pero el resultado fue un fracaso total. Al final tuvo que reconocer cuán sabio fue Dios al crucificarlo. Era correcto que Dios lo crucificara. Dios dijo que tal hombre debía morir y el hombre reconoció que debía morir.

Muchos cristianos no vencen porque no han fracasado lo suficiente. Todavía no han cometido suficientes pecados; por eso no han vencido. Si cometieran más pecados, les sería más fácil vencer. Si vieran la corrupción de la carne, les sería más fácil vencer.

La persona de Romanos 7 estaba tan desesperada que finalmente clamó y dijo: “¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?”. Se dio cuenta de que él no lo lograría, así que preguntó si alguien lo podría librar del cuerpo de muerte. Al descubrir que era un asunto de “alguien”, ya iba en camino de la victoria.

Una vez que vio que había “alguien”, ese alguien podía acudir a rescatarlo inmediatamente. Por tanto, lo primero que tenemos que ver es que según el punto de vista de Dios somos absolutamente inútiles delante de Él. Dios ve que somos absolutamente inútiles.

De la misma forma, debemos vernos a nosotros mismos como absolutamente inútiles. Si no hemos llegado a ver nuestra absoluta incapacidad, nunca aceptaremos la evaluación que hace la cruz y nunca podremos llegar a decir que estamos crucificados juntamente con Cristo ni que ya no soy yo quien vive. Si todavía tenemos esperanza en nosotros, quiere decir que creemos que aún somos útiles y no diremos: “Ya no vivo yo”.

Creo que necesitamos examinar un asunto más. Muchos hermanos y hermanas ya saben que no son capaces de hacer nada. Quizás usted sabe que no puede hacer nada. Pero debo preguntarles otra vez: ¿Es capaz o no? Hermanos, ¿han muerto a toda esperanza en ustedes mismos? ¿Todavía creen que pueden vencer?

Antes vimos hechos objetivos, ahora estamos viendo algo subjetivo por primera vez. No hay duda de que Cristo vencerá en tu lugar, pero hay una condición para que Él pueda hacerlo: tú debes reconocer que eres impotente. ¿Eres capaz o no?

Dios ha permitido que fracases muchas veces, pero sigue vivo tu corazón. ¿Eres capaz o no? Todo depende de esta pregunta crucial. Tu futuro avance depende de esto. Si continúas diciendo en tu corazón que puedes y que eres capaz de lograr algo por tus propios esfuerzos, Cristo no puede vivir por ti.

Cristo sólo puede vivir por los que son absolutamente incapaces. La victoria está a la espera de aquellos que han fracasado completamente. Solamente aquellos que han fracasado por completo pueden vencer. Si alguien no ha fracasado totalmente, Dios no podrá vencer por él. Esta es la primera condición. La primera condición es confesar que somos incapaces.

Una cosa es decir que no podemos lograrlo, y otra cosa es cesar de intentarlo. ¿Han visto que existen estas dos cosas? No podemos lograrlo y no debemos tratar de hacerlo. Muchas veces sabemos que no podemos lograrlo, y aun así, continuamos tratando de hacerlo.

La primera condición para obtener victoria es comprender que no podemos lograrlo; y la segunda es desistir de intentarlo. Si admitimos que no podemos lograrlo y cesamos de intentar, venceremos. El problema es que aunque sabemos que no podemos lograrlo, nos esforzamos al máximo por lograrlo.

Queremos valernos de nuestras fuerzas. Pensamos que si oramos más, podremos lograrlo o que si tomamos determinaciones más firmes, podremos permanecer en pie. Aunque no podamos lograrlo, seguimos intentándolo.

Supongamos que tenemos en frente un objeto que pesa 100 kilos, y supongamos también que tú sabes que sólo puedes levantar 50 kilos. No hay posibilidad de que puedas levantar 100 kilos. Sin embargo, muchas personas tratan de levantar un peso que saben muy bien que no pueden levantar.

Dicen: “Sé que no puedo hacerlo, pero ¿por qué no intentarlo?”. No pueden hacerlo y aun así hacen el intento. Una cosa es que una persona sea incapaz de hacer algo, y otra que desista de intentarlo. Puesto que sabemos que no podemos lograrlo, no tenemos que tratar de hacerlo.

“Señor, no puedo vencer y no tengo la intención de tratar. No lo intentaré más”. Tus manos deben soltar el asunto completamente. Soltar las cosas no es algo insignificante. Ya que sabes que no puedes hacerlo, debes permanecer en esa posición y dejar de intentarlo.

He conocido muchos hermanos que repetidas veces cometen pecados. Confiesan que no han podido vencer. Pero al preguntarles si todavía están tratando de vencer, ellos se rinden y dicen: “¿Qué otra cosa podemos hacer? Nos damos por vencidos”. Dios lo ha puesto en la cruz y ha abandonado esperanza con respecto a ti. Pero es necesario que también tú reconozcas que no puedes hacerlo; también debes reconocer esto.

Desafortunadamente todavía tratamos de lograr cosas por nosotros mismos. ¿Qué significa tratar de lograrlo? Permítanme tomar la ira como ejemplo. Suponte que tú eres una persona que se enoja fácilmente y que no puede controlar su ira. Cuanto más lo intentas, más fracasas.

Al final reconoces que no puedes hacer nada en cuanto a tu mal carácter. ¿Qué debes hacer? Tú sabes con certeza que no tienes manera de controlar tu mal carácter, y sin embargo, tratas de hacerlo. ¿Qué harás después? Tratarás de ser más cuidadoso al hablar. Luego harás lo posible por evitar a las personas con las que no te llevas bien y sólo hablarás con aquellas con quienes tienes una buena relación.

Tú evitarás relacionarte con los que te provocan y huirás de ellos. Cada vez que estés a punto de perder la paciencia, harás lo posible por controlarte. Tratarás de controlarte con más oraciones. ¿Qué es esto? Esto es ser incapaz y al mismo tiempo tratar de hacer cosas.

Por un lado no puedes lograrlo, pero por otro, sigues tratando de realizarlo. Aunque no puedas hacer nada, te seguirás esforzando por hacer algo. Esta clase de persona nunca vencerá. Nunca podrás llegar a decir: “Con Cristo estoy juntamente crucificado”.

Recuerden que la condición para obtener la victoria es reconocer que somos incapaces y que la barrera más grande es intentar. La victoria procede de Cristo, y es el Cristo que vive en nuestro lugar. La vida vencedora requiere que tomemos una posición firme y declaremos: “No puedo hacer nada y no seguiré intentándolo.

 Señor, hazlo Tú por mí. No trataré ya de labrar mi propia victoria”. Si hacemos esto, venceremos. Dios no puede hacer nada por aquellos que constantemente tratan de hacer algo. Él no puede hacer nada por ellos. Si tratamos de hacer algo y si nos decidimos a hacerlo, Dios se detendrá en el momento en que nosotros intervengamos.

Cristo vive en nosotros a fin de expresarse por medio de nosotros. El problema es que nosotros tratamos de preservar la integridad de nuestro propio trabajo. Debemos rechazar por completo nuestro propio trabajo antes de que Cristo pueda expresar Su vida por medio de nosotros.

Si tratamos de ayudarlo sólo un poco y comenzamos a introducir obras humanas, Su gracia se irá. Si Cristo no vence en nuestro lugar, cualquier victoria que tengamos, será algo nuestro. El poder de Cristo no tiene como fin suplir lo que nos falta.

La vida de Cristo no tiene como fin llenar los vacíos que tengamos en nuestras vidas. Él quiere vivir en nuestro lugar. Si deseamos que Cristo viva en nuestro lugar, no debemos vivir nosotros. Primeramente debemos saber que no podemos lograr nada, y Dios tendrá libertad para actuar.

No trate de prolongar la batalla. En el momento en que tratemos de luchar, perdemos. No obstante, tenemos esperanzas de lograrlo y creemos que sería maravilloso si lo hiciéramos. Pero mientras estamos en esta lucha, Cristo no expresa Su vida en nosotros.

En todo empeño humano, siempre existe la posibilidad de superposición. Suponte que tengo un sirviente en mi casa. Si él renunciara, tendría que contratar a otro, pero le pediría al primero que se quedase otras dos semanas a fin de enseñarle al siervo nuevo todos los oficios.

El hombre siempre tiene la necesidad de retener una cosa hasta que otra lo reemplace. Antes de que el primer sirviente se vaya, el nuevo sirviente tiene que venir dos semanas antes de su partida. Pero con Cristo esto nunca sucederá. Si nosotros no decidimos irnos, El nunca tomará ninguna iniciativa.

Cuando nos detengamos nosotros, El comenzará. Pensamos que El obrará mientras nosotros todavía estemos laborando; pero esto nunca sucederá. Cuando cesemos nuestras obras por completo, Cristo comenzará la Suya. Mientras aún sigamos haciendo algo, Cristo no se moverá ni un centímetro.

Vimos lo que significa: “Ya no vivo yo, mas Cristo”. Pero ¿cuándo experimentaremos “más Cristo”? Esto sólo sucederá cuando se cumpla “ya no vivo yo”. Esperamos hasta ver que Cristo y nosotros estemos allí al mismo tiempo; esto jamás sucederá.

No podemos lograr nada, y tampoco debemos tratar de hacerlo. Nuestras manos deben soltarlo todo sin reservas. Todo debe quedar en las manos del Señor; tenemos que entregarle todo a Él. No podemos lograr nada y tampoco debemos intentarlo. Si hacemos esto, venceremos.

Pero esto no es suficiente. Muchas personas se dan cuenta de que no pueden hacer nada y lloran y se lamentan. Por supuesto, es bueno llorar. Muchas veces nuestros pecados sólo pueden ser lavados con nuestras lágrimas. Con frecuencia hemos derramado muchas lágrimas delante del Señor.

Pero también debemos darnos cuenta que muchos cristianos siguen el ejemplo del joven rico, que se marchan tristes al ver que no pueden vencer, sólo ven sus problemas y que les falta una cosa. Puesto que ellos no pueden hacer nada, piensan que Dios tampoco puede. Por lo tanto, piensan que no tienen esperanza al no poder repartir todos sus bienes a los pobres. Pero esto no es así. No, todavía hay esperanza.

Siempre me ha parecido muy significativo que después de Lucas 18 esté Lucas 19. ¿Sabe de qué habla el capítulo diecinueve? Es la historia de Zaqueo. ¿Quién era este hombre? Era un hombre de edad avanzada; mientras que el hombre del capítulo dieciocho era joven.

Tanto el joven como Zaqueo eran ricos. En términos humanos, se espera que el joven sea más generoso, y el anciano más egoísta. Pero es asombroso ver que cuando Zaqueo descendió del árbol, sin que Señor le pidiera que repartiera su dinero, él de su propia iniciativa decidió devolver cuadruplicado lo que había tomado por fraude y repartir la mitad de sus bienes a los pobres.

Inmediatamente estuvo dispuesto a entregar todo su dinero. El Señor Jesús le pidió al joven rico que diera su dinero y éste no pudo hacerlo. Pero este hombre anciano, a quien el Señor no le pidió que diera su dinero, lo dio voluntariamente. ¿Por qué se ve esta diferencia?

Porque las cosas que son imposibles para el hombre, son posibles para Dios. En el caso del joven rico vemos lo que es imposible para el hombre, mientras que en el de Zaqueo vemos lo que es posible para Dios. ¿Qué es posible para Dios?

El Señor Jesús dijo que Zaqueo también era hijo de Abraham y que la salvación había llegado a su casa. Esto significa que Dios lo había salvado. El joven rico sabía que era imposible para él; pero no pidió a Dios la salvación. Para el hombre es imposible, más para Dios es posible.

¿Qué hace un cristiano cuando ve su impaciencia, sus pensamientos impuros o su pecado carnal o espiritual? Anhela el día en que será librado de estos problemas. Es maravilloso que ustedes vean que no pueden vencer algo. Regocíjense en el hecho de no poder hacer nada”.

En 2 Corintios12:9 dice: “Y me ha dicho: Bástate Mi gracia; porque Mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo extienda tabernáculo sobre mí”.

¿Pueden ver esto? La debilidad no es algo por lo que debamos lamentarnos o llorar. La debilidad es algo en qué gloriarnos. Tú tal vez hayas dicho: “Agradezco al Señor y lo alabo por haberme hecho vencer”. ¿Pero alguna vez has llegado a decir: “Le agradezco al Señor y lo alabo por haber permitido que fracasara miserablemente”?

Tú alabas al Señor y le das gracias por darte paciencia; pero ¿alguna vez le has dado gracias y lo has alabado por tu carácter incontrolable? ¿Le has llegado a dar gracias y lo has alabado por tu orgullo? ¿Has llegado a darle gracias y a alabarlo por tu envidia?

¿Le has dado gracias y lo has alabado por tu impureza interior y por tu pecado? Si tú tienes estos problemas, debes darle gracias al Señor y alabarlo por ellos. Lo primero que debes hacer es darte cuenta de que no puedes superarlos. En segundo lugar, debes renunciar a tratar de lograrlo. Y en tercer lugar, debes alabar al Señor y darle gracias por esa incapacidad. ¡Aleluya! No puedo hacer nada. ¡Aleluya, no puedo hacer nada!

¿Por qué dijo Pablo: “De buena gana, me gloriaré más bien en mis debilidades”? Pablo dijo que consideraba su debilidad motivo de gloriarse. Porque su debilidad le daba a Cristo la oportunidad de manifestar Su poder y de que dicho poder extendiera tabernáculo sobre él.

El poder de Cristo no puede extender tabernáculo sobre los que no tienen debilidades. Sólo aquellos que tienen debilidades pueden llegar a experimentar el poder de Cristo que extiende tabernáculo. Me gloriaré más bien en mis debilidades, porque mis debilidades le dan al Señor la oportunidad de obrar en mí y de manifestar Su poder y actuar en mí.

¿Tienen algún pecado que ni siquiera pueden confesar? ¿Hay algo que no puedan consagrar a Dios? ¿Existe algún obstáculo que no puedan quitar? ¿Carecen de alguna cualidad delante del Señor? ¿Qué van a hacer? ¿Van a entristecerse? Si es así, entonces están en la situación del joven rico.

Él se entristeció y ustedes también. Finalmente seguirán el mismo camino que él. Él se marchó triste, y ustedes también lo harán. Pero no hay por qué entristecerse. El error del joven rico no fue darse cuenta de lo que le era imposible, sino no ver lo que es posible para Dios.

El error del joven rico no radicaba en su propia impotencia, sino en no aplicar la capacidad de Dios. No es pecado descubrir nuestras propias debilidades, pero sí es pecado no creer en el poder de Dios. No es pecado ser incapaces de dar el dinero, pero sí lo es no creer que Dios pueda hacer apta a una persona para hacerlo.

No es pecado tener mal carácter, pero sí lo es no creer que Dios pueda llegar a ser nuestra paciencia. No es pecado tener un pecado insuperable, pero sí lo es no creer que Dios pueda vencer tal pecado por uno.

Es un hecho glorioso que un hombre comprenda que es inútil.

El propósito del Señor era mostrarle al joven rico su incapacidad. Pero cuando el joven regresó a casa, no estaba contento sino triste. Una vez que el Señor muestra que uno no puede hacer nada, inmediatamente revela que Dios puede hacer algo.

El Señor no le muestra a uno su incapacidad con fin de desanimarlo, sino de que crea que Él tiene una excelente oportunidad para trabajar en uno. Usted debe decirle: “Señor, no puedo hacer nada y tampoco quiero intentarlo. Te agradezco y te alabo porque no puedo hacer nada”.

Una vez que uno comprenda que no puede hacer nada y que es totalmente incapaz, y cuando pueda ver que solamente el Señor puede hacer algo, le dará gracias a Él y lo alabará. Entonces entenderá que es muy natural dar gracias al Señor y alabarlo.

Es posible que anteriormente te hayas lamentado por tus debilidades o hayas derramado lágrimas por tus pecados. Pero hoy puedes gloriarte y dar alabanzas. Puedes decir: “Señor, te agradezco porque no puedo hacer nada. Te agradezco porque no tengo posibilidad de vencer. Soy incapaz. Me regocijo porque estoy incapacitado. Me regocijo porque no puedo hacer nada. Solamente Tú puedes hacerlo todo”. Si haces esto, vencerás.

Lee ahora 2 Corintios 12:9 ¿Qué es lo que crees que debes hacer acerca de tus debilidades? ¿Debes llorar? No hay necesidad de hacerlo. ¿Entonces qué debes hacer? Debes regocijarte en tus debilidades. Tú debes gloriarte en tus debilidades; debes estar contento de poder jactarte de tus debilidades porque cuando tú eres débil, entonces el poder de Cristo extenderá tabernáculo sobre ti.

 Dime: ¿Puedes acudir al Señor Jesús hoy y decirle: ‘Señor Jesús, he estado cometiendo tal o cual pecado por más de diez años. Te agradezco porque no puedo dejar de hacerlo; Señor Jesús he tratado de abandonar esto durante cuatro años y he fracasado completamente.

Te doy gracias y te alabo porque traté de dejar de pecar siete u ocho veces el año pasado sin ningún éxito. Te agradezco porque no puedo hacer nada. Te agradezco porque soy débil. Te agradezco porque no puedo lograrlo. Señor Jesús te agradezco porque peco.

De ahora en adelante reconoceré que no puedo dejar de pecar y tampoco intentaré hacerlo. Oro pidiendo que Tú dejes de pecar por mí. Si tú no dejas de pecar por mí, yo no podré hacerlo por mi cuenta. No usaré más mi propia fuerza para dejar de pecar. Simplemente dejaré que Tú hagas esto en mi lugar. Te agradezco y te alabo porque Tu poder se perfecciona en mi debilidad’.

Debo decirles que Dios sí puede lograrlo. Si deseamos tener un entendimiento completo de que hemos sido crucificados juntamente con Cristo, debemos comprender que no podemos lograrlo y que tampoco debemos intentarlo.

Por último, debemos darle gracias a Dios y alabarlo porque no podemos lograrlo. Ni nuestra debilidad ni nuestros fracasos ni nuestros pensamientos ni nuestros hábitos ni siquiera nuestro mal carácter nos estorbará. El Señor Jesús es capaz. Repito, El puede.

El Señor Jesús hará un milagro en todos aquellos que reconozcan que no pueden hacer nada. Debemos ver que no podemos hacer nada y debemos permanecer sobre la base en la cual Dios nos ha puesto. Dios nos ha mostrado que no podemos hacer nada.

A los ojos de Dios, solamente merecemos la muerte. Debemos decir: “Señor, sólo merezco la muerte. Ya no trataré de cambiarme o de mejorar. Vengo a Ti tal como soy con mis debilidades. Te agradezco porque no puedo lograrlo”.

En los últimos meses Satanás ha venido a mí y me ha hablado muchas veces. El nunca desiste, siempre me pregunta: “¿Has logrado vencer? Veo que sigues siendo el mismo”. Yo entonces le respondo: “Si fuera asunto mío me preocuparía. Pero el Señor es mi victoria”.

Luego el diablo me dice que no soy bueno en esto o aquello; pero yo solamente le digo: “Doy gracias al Señor y lo alabo porque no soy bueno”. El viene a decirme que soy débil, pero yo sólo le digo: “Eso es maravilloso, ahora Cristo tiene la oportunidad de manifestar Su poder”.

 Podemos ver entonces lo valioso que es ser débil. ¡Qué gozo es ser débil! No tenemos ningún temor y nuestros corazones se llenan de agradecimiento y alabanzas al darnos cuenta de que no podemos hacer nada por nuestra cuenta.

Nuestra incapacidad no es un obstáculo sino una ayuda. Cuanto más impotentes seamos para alcanzar la victoria, más oportunidad tendrá Cristo de manifestar Su poder. Él se especializa en ocuparse de nuestra incapacidad y debilidad.

Cuanto más desvalidos, débiles y fracasados seamos, más oportunidad tiene nuestro Señor de manifestar Su poder en nosotros. ¡Aleluya! ¡Jesús es el Salvador! ¡Aleluya! Él es nuestro Señor. ¡Aleluya! El es nuestra vida. ¡Aleluya! Su poder nos es dado a propósito para extender tabernáculo sobre nuestras debilidades. Nuestros ojos deben estar puestos en El y no en nosotros mismos.

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mayo 10, 2018 Néstor Martínez