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Una Separación Que es Camino que Lleva a la Comunión

HÉCTOR SPACCAROTELLA

Río Gallegos – República Argentina

tiempodevocional@hotmail.com

“Jesús murió por nosotros para que nuestra muerte deje de ser tan solo una separación. Su muerte nos abre a la posibilidad de transformar nuestra propia muerte en un camino que lleve a la unidad y la comunión. Este es el cambio radical que la fe nos permite hacer” HENRI NOUWEN

En Los últimos años he tenido un contacto permanente con la enfermedad, con la vejez, y a través de ellas, la posibilidad de acompañar a otros hacia su último tiempo.

Supongo que es parte del proceso de la edad, ya que tengo 57 años, y al llegar a los cincuenta uno comienza a despedir a amigos y familiares; en mi caso, mis padres murieron en 2008 y creo que su fallecimiento dio comienzo e incluso fue preparación para mí abriendo una puerta hacia esta etapa.

He descubierto que muchas personas no están preparadas para su propia muerte, y terminan aceptándola como inevitable al ver el creciente debilitamiento de su cuerpo y la limitación para hacer lo que estaban acostumbrados.  Sin embargo tienen enorme incertidumbre porque no saben exactamente lo que viene después (aun siendo personas de fe), les angustia el dolor y también el ser una carga para sus familiares mientras viven y luego que ellos tengan que enfrentar el largo proceso de duelo emocional, social y psicológico que vivirán con su partida.

También aprendí que aquellos que rodean a la persona enferma o anciana no siempre están preparados para ese trance, y convierten sus miedos y su dolor en hechos dolorosos, como el abandono del sufriente, la negación de la realidad o incluso las conductas autodestructivas. Todas reacciones de evasión ante lo que no tienen resuelto.

Pero el enfermo o el anciano necesitan hablar de la muerte, de su muerte que ven cercana. Necesitan expresar en palabras lo que están procesando, porque el hablarlo los ayuda a avanzar en sus pensamientos, preparándose de ese modo para lo que sienten como próximo.

Es necesario entonces que alguien cercano a la persona comience a tener espacios de encuentro con él o ella de modo de generar un vínculo de intimidad y confianza para que abran su corazón poniendo en luz lo que viven en su presente a solas y en oscuridad y aquellas cosas que en ese balance final, descubren que han dejado sin resolver en el pasado. Es el tiempo de pedir perdón y de perdonar a los otros y a sí mismos, de ponerse también en paz con Dios.

Cuando mi hermana me anunció que mi papá estaba agonizando, viajé a la ciudad donde vivía y pasé muchas horas con él. Descubrimos juntos que necesitaba hablar de su propia vida y de su muerte cercana. También que aunque estaba rodeado de familiares y seres queridos no había encontrado en ellos la posibilidad de hablar con el alma en la mano de todo lo que tenía dentro.  Eso fue para mí una enorme posibilidad ya que en el tiempo de despedida, mi padre que había vivido 80 años como un agnóstico alejado de Dios, terminó entregando su vida a Jesucristo.

Solamente unos meses después, un amigo entrañable vino a charlar conmigo y me habló de cosas que no entendía. Me estaba poniendo en palabras su preocupación por quién seguiría a cargo de su ministerio cristiano y cómo resolvería su familia las situaciones posteriores a su partida. Yo lo miraba sin entender mucho, ya que se lo veía sano y estaba en la misma edad que yo. Sin embargo, solamente 5 días después cayó internado y tras 43 días de una agonía dolorosa en terapia intensiva del hospital, murió.

Claro que podría seguir porque estos encuentros con personas que viven momentos finales no han cesado y resultan permanentes para mí hasta el día de hoy.

Cada uno de estos muchos casos me ha confrontado con mis propias preguntas, y también me ha llevado a prepararme espiritualmente sobre cómo acompañar a los padecientes en esta etapa.

Las palabras de Nouwen que cité al principio de esta reflexión me trajeron a la mente a Miguel. Sin saberlo, estuve muy cerca de él y de su esposa a partir de que un viaje de visita a la ciudad donde vivo permitió que se alojaran en casa y fue para él el comienzo de un proceso de enfermedad que terminó pocos meses después en su muerte.  Tenía 69 años y su esposa 65. Llevaban 40 años de casados.

Claro que fue muy dolorosa su partida, pero Mónica, la ahora viuda, descubrió algo maravilloso: el amor que los unía había crecido después de la muerte de su esposo. El abandonar este mundo y tomar contacto pleno con Dios por parte de Miguel, los había hecho pasar como matrimonio a una etapa muchos más profunda de comunión y Mónica siente hoy (y lo cuenta en sus libros, lo predica, etc.) que está viviendo un nuevo enamoramiento, con el ser que la acompañó durante la mayor parte de su vida, esta vez con un amor eterno.

¡Qué maravilloso! Ese fue el legado de Jesús: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Juan 15:13).

Trasladando este bello versículo a la más profunda de las amistades que es el matrimonio, la familia, los hijos, uno entiende que la muerte en Cristo es el comienzo de una comunión más profunda. Morimos para bendecir, morimos para que los que nos rodean tengan la experiencia de vivir una nueva dimensión del amor. Morimos, para que los que amamos puedan conocer y palpar en vida la eternidad.

Sería maravilloso que pudiéramos meditar y orar sobre esto que comparto, porque nos sería de enorme ayuda en nuestro propio proceso de vida, y también en los duros momentos en que nos toque acompañar a alguien cercano que se despide.

En el caso de personas que no han tomado decisión por Cristo, el abrir sus mentes a esta realidad los ayuda a comprometer lo que les queda en esta vida a Dios, a entrar en la dimensión divina, a conquistar un nuevo nacimiento para darle una nueva perspectiva a su muerte y para que los que quedan puedan experimentar el dolor de la despedida esperanzados en rescatar esa nueva anchura del Amor Ágape también para ellos.

Es que si tomamos conciencia de este vínculo de comunión que trasciende la vida en esta tierra, nuestra muerte nunca será en vano.

Anselm Grün dice que “si nos ejercitamos en los diversos pasos del arte de envejecer, seremos una bendición para otros, tanto en la vida como en la muerte. No puede decirse nada más hermoso acerca del proceso de envejecimiento vivido en plenitud. Confiemos en que, cuando muramos, también digan de nosotros los demás: “FUE y ES una bendición para nosotros””.

Me doy cuenta que necesito reflexionar sobre estos temas permanentemente, y que posiblemente a ti también te ayude. Acompañemos a otros y preparémonos nosotros para vivir un último tiempo de bendición, en lugar de luchar aferrándonos a las agujas del reloj para preservar como eterno el manejo del tiempo.

Me despido pidiendo a Dios que nos permita encontrar esa paz que solamente Jesús puede dar, y que podamos vivir y acompañar a vivir a otros la ancianidad en plenitud para que sean nuestras las palabras del salmista: “en la vejez seguirá dando frutos, se mantendrá fresco y frondoso” (Salmos 92:15)

HÉCTOR SPACCAROTELLA

tiempodevocional@hotmail.com

 

La cita de Henri Nouwen está tomada de su libro “El Don de la Consumación. Morir para vivir”.

La cita de Anselm Grün está tomada de su libro “El Arte de Envejecer”

 

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febrero 3, 2016 Néstor Martínez