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Preparándose Para la Tormenta

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     Voy a ponerlo desde la óptica de una disciplina deportiva muy cara al sentimiento del pueblo latinoamericano en su conjunto: el fútbol. Y lo voy a especificar a partir de lo que se observa a simple vista en mi país, que es el que tengo más cerca. En Argentina, los dos clubes más grandes en cantidad de simpatizantes, son River Plate y Boca Juniors. Así vemos que una gran parte del país es “hincha” (Así se denomina aquí al seguidor de un club) de Boca y otra gran parte es de River.

     La rivalidad deportiva es grande y los enfrentamientos entre ambos constituyen todo un clásico, un Derby que por poco paraliza al país cuando se disputa. Algo parecido, pero en escala menor, sucede en mi ciudad de residencia, Rosario, con los clubes Newell’s Old Boys y Rosario Central. Aquí el “hinchismo” se reduce al millón y medio, más o menos, que son los habitantes de esta city donde una parte es fanático de uno y la otra parte del otro. No hay tibiezas ni medias tintas.

     El punto, sin embargo, va más allá de esto que apenas podría contabilizarse como una pintura simpática de algo que en definitiva, no es más que un entretenimiento. Porque el punto es examinar la fiereza y la ferocidad que se ponen de manifiesto en la rivalidad. No es una cuestión de folklore futbolero o bromas y chanzas a la hora de las victorias o las derrotas. Tanto en lo nacional con Boca y River como en lo local con Central y Newells, los enfrentamientos entre sus simpatizantes, han llegado a extremos de suma gravedad.

     Pero, levantando los ojos ya de algo tan superficial y somero como es una simple disciplina deportiva, nos encontramos que en casi todos los rubros existen rivalidades que, por poco, se han convertido en estos últimos tiempos en enemistades agresivas. En mi país, hoy, eso también se da en lo político. Y no se trata de ideologías, plataformas o propuestas. Dentro de un gris casi mediocre es muy complicado establecer diferencias operativas en las distintas fuerzas. La rivalidad, sin embargo, está llegando a enfrentamientos que por ahora, gracias a Dios, son sólo verbales, odios manifiestos y dientes mostrados sin llegar al mordisco.

     Y si continuamos levantando los ojos, ya por encima de países, ciudades, deportes o politiquerías, nos encontraremos con que el asunto este de la rivalidad, no es nuevo. Y que no se da por circunstancias casuales ni por episodios aislados. Es evidente y conocido por aquellos que han profundizado más que yo, que lo de la izquierda y la derecha fue un invento que, en su momento, produjo una enorme brecha, (Grieta se la llama en Argentina, hoy), y debilitó a los pueblos por causa de no poder mantenerse en unidad frente a otras amenazas.

     Los creyentes sabemos muy bien que ninguna casa dividida prevalece, así que nuestros mensajes, son y deben ser siempre de unidad. Sin embargo, los creyentes podremos ser mansos, pero no mensos, y también sabemos que eso, al menos en lo concreto, hasta hoy ha sido una utopía. El egocentrismo ha sentado sus reales también en nuestros ambientes, y Católicos y Protestantes, Judíos y Musulmanes y Cristianos y ateos, han pasado años de sus vidas blandiendo amenazas. Y si nos metemos dentro de lo que llamamos la Iglesia Evangélica, podremos comprobar que, denominacionalmente, también hay enconadas rivalidades.

     ¿Por qué sentí la necesidad de escribir sobre esto, hoy? Porque entiendo que los tiempos que se acercan no serán fáciles para los creyentes. Hay un movimiento todavía en las sombras, tendiente a unificar criterios en todo lo que mueve una sociedad. Pero no con el concepto de la unidad, sino con el antiguo concepto de la unilateralidad. Eso que se suele llamar como pensamiento único. Muy peligroso en lo social, político y económico, pero definitivamente mortal en lo espiritual.

     Sólo es un llamado de atención. Nadie puede arrogarse pruebas concretas que permitan ir más allá, sin caer en el terreno de la fantasía o la exageración lindante con el ridículo. Pero las condiciones no contradicen la información. ¿Cuál es nuestra obligación? No dividirnos por tonterías. No hacer alianzas con lo que no tiene fundamento espiritual sólido y, esencialmente, no dejarnos convencer por los predicadores seculares de los medios de comunicación. Dios nos ha dado una mente y es para que la utilicemos con El cómo centro. Eso se llama madurez. Y para eso están los Ministerios, para madurar a los santos.

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agosto 22, 2018 Néstor Martínez