El que me diga que la guerra espiritual no existe, que se busque una religión al tono. En el evangelio del Reino, la guerra sí existe y se pelea todos los días. Todos MIS días. Todos TUS días. Cómo será la somnolencia que ciertos grupos cristianos padecen, que hasta los he oído decir, predicar y enseñar que en el Antiguo Testamento no se habla de guerra espiritual, de demonios, ni de Satanás. Que todo eso es una innovación por fuera del judaísmo que nace desde las dudosas interpretaciones que Roma realizó con las sagradas escrituras. Suena lindo, ¿Verdad? Tanto que no fueron pocos los conservadores rígidos y espiritualmente congelados que se tomaron de esas enseñanzas y las hicieron suyas.
Sólo un pequeño problema: ni esos pseudo maestros y, mucho menos, esos cabezones alumnos, se dispusieran a lo único que debían hacer sí o sí para acceder a las verdades: leer sus Biblias con paz, serenidad y sin influencias dogmáticas o doctrinales ciento por ciento carne, otra hubiera sido esta historia. Porque de haberlo hecho, hubieran observado que en Levítico 17, Deuteronomio 32, 2 Crónicas 11 y el Salmo 106, se habla de ellos. Y que en 1 Crónicas 21, Job 1 y 2, Salmo 109 y Zacarías 3, también se menciona a Satanás. Es muy cierto que no figura la palabra infierno y tampoco la compuesta de guerra espiritual, pero supongo que no habrá que ser demasiado ungido para darse cuenta que en esos textos están implícitas ambas cosas, ¿Verdad?
Durante años, el cristianismo mayoritario, ha confundido transparencia y pureza con ingenuidad y estupidez. Suena duro y feo, ya lo sé, pero no encuentro algo más elegante para definirlo. Nos enseñaron en la escuelita dominical para parvulitos, que Dios creó a Adán y Eva y que, de allí en más, aparecimos todos nosotros. De acuerdo, hay un vestigio de verdad en esto, pero no es la verdad total y mucho menos completa. En primer lugar, lo que Dios forma del polvo de la tierra, es una figura humana de género masculino. Inanimado, sin vida, tierra mezclada con enorme porcentaje de agua y otros elementos anexos.
Ese muñeco rojizo, porque la arcilla usada en esa región tenía ese color, tiene un nombre que la identifica como arcilla rojiza. Ese vocablo es Adam, así, con “m” final. A la “n” que conocemos, se la añadieron los hombres después para otorgarle más categoría. De todos modos, ese Adam, que es rojo o rojizo, recién se despabiló y cobró vida cuando Dios mismo le sopló en su nariz algo que la Biblia llama aliento de vida, pero que se describe como pneuma, una especie de recipiente maleable y contenedor de aire, de oxígeno, (De allí nace nuestro término de rodamientos, neumático) y que es mucho más simple traducirlo como espíritu, así con la “e” minúscula, porque no es el de Dios, sino el que Dios le cede al ser humano.
Lo cierto es que el tal Adán, no es el nombre de ese primer hombre. De hecho, el original Adam, o Adamah, sintetiza mucho más la calidad de ser humano que de hombre de género masculino. Hay un texto muy poco difundido, en Génesis 2:23, que nos cuenta que el mismo Adán, (Así es traducido en nuestras Biblias), que fue quien le implantó el nombre a todo lo creado por orden de Dios Padre, también lo hizo con ese ser femenino que le crearon a partir de su costado como ayuda idónea y que él determinó llamarla Varona, porque del Varón, que era él mismo, fue tomada. No dijo Eva, dijo Varona. Sin embargo, al tomar conciencia que ella sería madre de todos los vivientes, el mismo Adán cambió de idea y, como leemos más adelante en Génesis 3:20, la rebautizó como Eva.
En realidad, el original dice Kjavvá, que se traduce como dadora de vida, o Java; luego Eva. Pero esta ida y vuelta no es la única en la etapa de la creación, sino que también quedaron algunas perlas que están por fuera de las densas, profundas y hasta aburridas clases al respecto. Una de ellas, ni tan dorada ni tan rara, es la que tiene que ver con la creación de la pareja en sí. Independientemente de sus nombres y significados, está la contundencia de sus géneros. Cuatro textos avalan algo que de tan claro resulta tedioso buscar y mucho más complicado encontrar, algo que nos muestre que no fue tan así.
Eso, si deseamos justificar algunos cambios que estos tiempos pretenden introducir incluso en la iglesia, como pasibles de justificación. Génesis 1:27 dice, además de a su imagen, que Dios los creó varón y hembra. Lo mismo se reitera en Génesis 5:2, donde además de varón y hembra, dice que Adán fue el nombre de ellos. ¿De ambos? Con relación a la base de arcilla roja, sí, de ambos. Para no errar, Mateo e19:4 y Marcos 10:6, reiteran esa calificación genérica: varón y hembra. Zakár y Nequebá, si lo quieres en el idioma original hebreo del Antiguo, o Arren y Dselús, en el griego Neotestamentario.
No creó un tercer sexo ni tampoco los determinó bisexuales. Y lo que digo no es una antigüedad ni un impulso legalista: es Palabra y punto. No hay nada que nos incentive a investigar más allá. Como siempre, luego el hombre usará su voluntad como desee, y será responsable de sus decisiones ahora y después de esta vida. Porque ese hombre, como quiera que se comporte en esta tierra, y donde quiera que por ese motivo deba pasar su eternidad, así y todo, fue, es y seguirá siendo el centro de la creación. Si bien cronológicamente Dios creó todo lo que vemos y como si fuera lo que vulgarmente llamamos la frutilla del postre, puso al hombre para que disfrutara y señoreara, que significa gobernara, sobre todo lo creado, lo hizo con un motivo.
Porque lo que resulta implícito de todo esto es que todo fue creado para él, para que supiera valorarlo, aprovecharlo y honrarlo, o no, según su santa o profana voluntad. Incluso, luego de la famosa expresión respecto a que no era bueno que ese hombre estuviera solo, Dios se preocupó mucho y bien por traerle lo que masivamente los cristianos llamamos ayuda idónea, pero que muchos machistas ingobernables siguen viendo como una especie de bastón o muleta que ayude a que su majestad el hombre camine bien, en la traducción amplia no es precisamente así. Porque decir ayuda idónea es, a todas luces, referirnos a lo mejor que Dios encontró para ese hombre, nada menos.
Y es precisamente respecto a esa mujer, la primera que vemos pisando el planeta, que lo dicho en la escritura en más de una ocasión me dejó pensando. Confieso que no lo tengo resuelto y que para mi gusto todavía el Espíritu Santo no ha dado una última palabra al respecto, pero hay un texto que todavía no termino de interpretar correctamente. Lo intento, con absoluta imparcialidad y sin involucrarme en ninguna teoría rara ni fantasiosa. Es un término el que me tiene tieso y sin saber cómo verlo. Te doy un ejemplo en primer término. En Génesis 16:10, cuando el ángel de Jehová le transmite a Abraham el pensamiento de Dios, le dice multiplicará tanto su descendencia, que no podrá ser contada a causa de la multitud.
La matemática es clara y concisa: para una suma se necesitan dos cantidades. Para una resta, también. Pero para una multiplicación, es necesario un número al cual multiplicar por la cantidad de veces que se desee. De UN hijo de Abraham, se multiplicarán por miles, cosa que de hecho ha sido, es y seguirá siendo así a partir de la reproducción multigeneracional. ¿Está claro? Multiplicar es tomar una cantidad ya presente y hacerla reproducir y crecer hasta el infinito.orrecto, estamos en claro y entendimos perfectamente la base de esa operación matemática. Entonces allí es cuando me doy de narices con Génesis 3:16, y leo que, como parte de la maldición que Dios desata contra la pareja humana por causa de su desobediencia y pecado, a la mujer, estrictamente a ella y por fuera de lo que ya le dijo y le dirá al hombre, le dice que multiplicará sus dolores en sus preñeces.
De hecho, así ha sido desde entonces y todavía hoy, pleno siglo veintiuno, con todos los avances técnicos y científicos que se te ocurran, nadie puede disminuir ni atenuar los considerados como naturales dolores de parto. Que cada mujer sabe muy bien que, aunque luego con el niño en sus brazos comienzan a olvidarse, en el momento que los padece, le hace pensar que se morirá allí mismo. Todo bien, pero… ¿Alguien me puede explicar por qué Dios le dice que multiplicará esos dolores, si se supone que ella jamás había tenido ninguno, y eso considerando que era la primera mujer que pisaba esta tierra? ¿Cómo multiplicaría Dios, algo que todavía no se había manifestado? Si esa mujer hubiese parido un niño sin dolor y luego le llega este decreto, sería entendible, pero no había parido ninguno, ¿Cómo lo entendemos?
No lo sé, pero lo que sí sé es que, la versión denominada como de Lenguaje Actual, comete un minúsculo pero importante error. Como lo dicho por Dios no le cierra igual que a mí, sus redactores optan por lo más sencillo, decirlo como -por lógica- debería decirse: Cuando tengas tus hijos, ¡Haré que los tengas con muchos dolores! Correcto, reitero, desde el punto de vista de la lógica humana y griega con la que, intelectualmente, pretendemos traducir las cosas de un Dios que no es ni griego, ni humano y mucho menos lógico. Porque si acudimos a una interlineal, veremos que, en el original, el término es rabá, y no se traduce como multiplicar, sino como aumentar, que, en todo caso y acorde a lo dicho anteriormente, lo confirma.
Nadie puede aumentar lo que no existe. Crear algo que no hay, es una cosa, pero aumentar es, definitivamente, hacer crecer algo que ya existía y se aumenta en su volumen, intensidad o lo que sea. La gran duda que queda flotando, es: ¿Hubo pariciones de la primera mujer, antes de poner a Caín en el mundo y comenzar esa historia que todos conocemos? De acuerdo, no es vital ni clave, pero es un tema que muy bueno sería que el Espíritu Santo nos arroje luz definitiva. ¿Y mientras tanto, qué? Hacer lo que todo hijo de Dios bien nacido de nuevo debe hacer: creer lo que tiene, creer lo que hay, creer lo que ya sabe y esperar en el Espíritu Santo una revelación que le demande modificar algo de lo aprendido. Si el pueblo de Dios hubiese hecho eso, hace ya mucho tiempo que sería apto para ver y entrar al Reino de los Cielos. Pero, en lugar de eso, ese pueblo porfiado, rebelde y presuntuoso, eligió irse por caminos raros, porque así se lo demandaban sus mentes intelectuales.