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Para Los Prisioneros de la Angustia

Los Prisioneros de la Angustia

     Al haber sido dado el Espíritu Santo al cristiano, como la energía en él de la vida en Cristo, es exhortado a orar con el espíritu, cantar con el espíritu, andar en el espíritu, de forma que en algunos casos es difícil distinguir en estos pasajes entre el Espíritu de Dios y el espíritu del cristiano. Es la tercera persona de la Trinidad. Se le llama, además de Espíritu Santo, también: Espíritu de Jehová, Espíritu del Señor, Espíritu del Padre, Espíritu de Jesús, y es también el Espíritu de verdad, de vida, de fe, de amor, de poder, de sabiduría, de gracia y de gloria.

     El Espíritu no es un mero poder ni una expresión figurada de la energía divina, como lo pretenden, por ejemplo, los antitrinitarios. Porque ya lo sabes, hay gente que se auto titula como cristiana que no cree en la Trinidad. ¿Será que por eso no tienen acceso a toda verdad? Sé perfectamente que esa palabra no está escrita en la Biblia, pero no puedes negarme que está implícita. La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, como también sucede con el Padre y con el Hijo. Siempre se emplea en relación con el pronombre personal masculino a pesar de que en griego el término “Espíritu” sea neutro.

     El Espíritu piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad. Se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir, se le puede contristar, se le puede afrentar. Por otra parte también enseña, testifica, convence, conduce, entiende, habla y anuncia. Cuando decimos que unidad es estar en un mismo Espíritu, estamos hablando de esto. ¿Lo entiendes? Los textos que hablan de la personalidad del Espíritu afirman también generalmente su divinidad. Posee los atributos divinos, esto es: Omnisciencia, Omnipresencia, Omnipotencia, Eternidad. Es identificado con Dios o con el señor. Es la blasfemia contra el Espíritu Santo la que no tiene perdón.

     Es Él quien da aliento al hombre y a los animales, está en medio del pueblo de Dios, capacita a ciertos hombres de cara a una tarea especial, pero nos es dado y también nos puede ser retirado. Así se explica la oración de David, cuando en Salmos 51:11, dice: No quites de mí tu santo Espíritu. Los profetas ya anunciaban muy claramente cuál iba a ser Su obra en el Nuevo Pacto. Será derramado sobre todo Israel, (Que hoy es la iglesia genuina del Señor) y sobre toda carne. A esto último todavía no se lo ha terminado de aceptar y por eso se cometen errores conceptuales. Será dado para siempre, morará en el corazón del hombre, al cual regenerará y santificará.

     El Señor Jesucristo fue asistido por el Espíritu a lo largo de toda su carrera aquí en la tierra. Por el Espíritu, fue concebido, ungido, sellado, llenado, revestido de poder, conducido, ofrecido en sacrificio, y resucitado. Si el Hijo del Dios viviente no pudo pasar ni un solo día sin la asistencia del Espíritu, ¿Cuánto más lo necesitaremos nosotros? Según el Señor Jesús, la primera obra del Espíritu en el hombre es la de convencerle de pecado. Sin esta convicción, nadie puede sentir la necesidad de un Salvador, y el pecado que el Espíritu destaca es precisamente el de no haber creído todavía en Cristo. En efecto, los hombres están perdidos no por ser pecadores, sino porque siendo pecadores no deciden recibir al Salvador.

     La blasfemia contra el Espíritu Santo es la atribución de las obras y testimonio del Espíritu Santo a Satanás con contumacia, cuando es innegable y totalmente evidente que la obra de testimonio es de Dios. Es este estado en el que el hombre se cierra ante toda la luz posible, ante la misma manifestación plena del poder de Dios en gracia, la Palabra se manifiesta de un modo inexorable. Este pecado involucra un corazón lleno de odio hacia la verdad y hacia la luz de Dios, y lleva a la perdición, por cuanto encierra al hombre en una actitud totalmente aberrante en contra de Dios y de su testimonio. Esto ha sucedido en nuestras iglesias, y mucho más de lo que supones.

     Se hace así absolutamente incapaz e indispuesto a creer. Entonces se hace imposible el arrepentimiento y el perdón. Es un estado irreversible, en el que se da un endurecimiento judicial (El caso de Faraón, endurecido por Dios). Por otra parte, el caso de la persona que anhele ir a Jesús, pero que está atormentada por la idea de que ha cometido el pecado imperdonable, es totalmente distinto. Su angustia y deseo de ir a Jesús para recibir su perdón constituyen evidencia clara de que no lo han cometido. Las personas encerradas en el castillo de la angustia tienen a su disposición la llave de la promesa. El texto bíblico recibe su plena fuerza cuando señala y puntualiza que: Al que a mí viene, de ningún modo le echaré fuera.

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enero 6, 2018 Néstor Martínez