(Juan 2: 13-17) = Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén, y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados. Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado. Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume. Este acontecimiento tuvo lugar en el sitio más sagrado de Israel y en el momento más solemne del año; cuando los peregrinos se agolpaban en Jerusalén para celebrar las fiestas. Estaba prefijado que conforme al grado de pecado que el que acudía al templo deseara expiar, era el tipo de animal que debía llevar para su sacrificio. Lo más leve correspondía a las palomas, lo de mayor intensidad a las ovejas y los más graves a los bueyes.
Claro está que esto tenía un aditamento singular y determinado. Cada uno debía llevar en sus manos o sobre sus hombros o de tiro a ese animal, para que el pueblo tomara conocimiento de la calidad de su pecado y, en esa humillación, se cumpliera parte de la expiación. El hecho de que los vendieran en el templo, evitaba ese último paso y desvirtuaba su esencia. Por eso Jesús arremetió contra ellos. Los cambistas, mientras tanto, eran personas que cambiaban el dinero de los que venían lejos de Jerusalén, para que pudieran pagar el impuesto del templo, medio siclo, a cambio de las monedas que trajeran (dracmas griegas, denarios romanos, etc.). Este último no parecía ser un servicio corrupto, todo lo contrario. Sin embargo, lo que les dijo el Señor al expulsarlos del templo da a entender que ellos se abusaban en los cambios, y redoblaban sus ganancias a costas de gente que no conocía los valores y confiaba ciegamente en ellos porque tenían permiso para hacer esa tarea nada menos que en el templo.
Claro está que este sí era un acto de corrupción visible de tal magnitud que resultaba intolerable que sucediera precisamente en ese sagrado lugar. Mi duda es: ¿Cuál sería el comportamiento del manso Jesús con relación a todo lo que podemos encontrar en los diferentes kioscos instalados en el hall de ingreso a una gran parte de nuestros mayores y mejores templos? De hecho, y como podrás suponer, no me estoy refiriendo ni a los que expenden golosinas (aunque luego el templo termine pareciéndose a una sala cinematográfica o un teatro de variedades), ni tampoco a los que venden audios o videos con música cristiana o predicaciones. Me refiero a los otros. Estos otros no están en todas las congregaciones, es cierto, pero sí en muchas de las más frecuentadas. Pequeñas botellitas con aceites de la unción, pequeños retazos de tela llamados “paños ungidos” por los cuales, supuestamente, ha orado previamente el pastor del lugar y mil productos más que podríamos incluir en una especie de mercadocracia cristiana.
Esto, resulta más que obvio, no tiene absolutamente nada que ver con el evangelio de Jesucristo. Aún con las mejores intenciones o la peor de las ignorancias, esto se debe inscribir dentro del rubro del ocultismo, ya que a todas luces es un servicio de idolatría de objetos contrapuesto a la propia Palabra de Dios. Muchos, entonces, se preguntan con total honestidad y sinceridad, como puede ser posible que hermanos fieles y honestos puedan caer en el grave y tremendo error de andar enfocando sus adoraciones y alabanzas a objetos supuestamente sagrados. Simple. Nadie les ha enseñado a escudriñar la Palabra. Al contrario, los han incentivado a despreocuparse de eso y dejar que sus líderes interpreten los textos y se los expliquen conforme a las doctrinas sanas y respectivas a la denominación que se trate.
Sin embargo, lo que queda visible en todos estos hechos concretos, es que la mansedumbre de Jesús no se debía a ninguna clase de debilidad de su parte, sino a todo lo contrario. Él podía ser manso porque tenía un poder y una fuerza que Él sabía perfectamente que era imbatible. ¿Sabes qué? Tú tienes esa misma fuerza y poder en tu vida. La mansedumbre o humildad, entonces, es esa cualidad virtuosa por la que tratamos a todos los hombres con cortesía perfecta, que podemos reprender sin rencor, que podemos discutir sin intolerancia, que podemos enfrentar la verdad sin resentimiento, que podemos estar enojados y sin pecar, que podemos ser gentiles y sin embargo no ser débiles. De nuevo, esta cualidad viene de tener una opinión humilde de uno mismo, junto con la fortaleza interior para controlar las emociones, la lengua y el comportamiento de uno. Está más que claro que sólo se puede ser manso cuando no se busca repercusión ni lucimiento personal.
¿Es abundante esto? Lo cierto es que, si vamos a servir en el Reino de Dios, esta condición curricular será indispensable. Porque deberemos ponerla en práctica activa en más de una ocasión, ya que representa el factor principal que nos identifica y nos hace distintos. De otro modo, apenas somos gente religiosa que va a un templo, pero que vive su vida de modo similar a quienes no lo hacen. Y aquí llegamos a la gran pregunta: ¿Es positiva la disciplina eclesiástica? No estoy en contra de la disciplina por dos motivos: 1) Porque es bíblica y si Dios la instauró nadie lo discute, es bueno; Dios jamás se equivoca. 2) Porque he visto muchos casos donde sirvió, restauró y catapultó espiritualmente a muchos disciplinados. Pero algo tengo claro y cierta Palabra me lo confirma: si un acto disciplinario no se realiza con capacidad espiritual y espíritu de mansedumbre, ese recurso bíblico se convierte, como muchos otros, en un garrote que destroza la cabeza de un creyente, en lugar de vendársela y sanársela. Lo que Jesús hizo con los cambistas y mercaderes del templo, fue disciplina.¿Quieres Formar Hombres de Bien? VALORES, PRINCIPIOS Y DISCIPLINA