Atraídos Por lo No Atractivo
Ustedes ya lo saben, porque lo he contado en muchas ocasiones, como fue que aquella noche de cielo negro y estrellado en el que en el patio de la que por entonces era mi casa, levanté los ojos y dije: “Dios, si es cierto que existes, ayúdame a encontrarte”, fue la noche más importante de mi vida. Porque ese simple acto, más de angustia y desesperación que de fe auténtica, me catapultó en un viaje de ida sin retorno, a la dimensión de las cosas celestiales, donde me iba a dar de rostro contra principios, valores y sentencias que hasta allí no conocía. Un viaje que días después, encontraría su verdadera razón de ser, cuando uno de aquellos muchachos jóvenes, enviados por el Espíritu Santo a sembrar la semilla del evangelio en mi espíritu, iba a pronunciar, parafraseando, aquella sentencia bíblica que desde ese momento acompañaría toda mi vida: Ahora conoces la Verdad, y esta Verdad te está haciendo libre…
Fue allí, en ese lugar y en ese casi dramático instante, en que creo haber recibido mi primera clase bíblica. Porque sin haber leído jamás ni una sola página ni letra de una Biblia, (MI abuela materna, una rústica descendiente de italianos, católica romana a ultranza, creía que quien la leía se volvía loco), la misericordia divina me permitió conocer a mi primera Verdad, la que luego me enteraría que era Jesucristo resucitado, lejos ya de aquel que había visto decenas de veces en los crucifijos grandes, medianos y pequeños de la religión tradicional y oficial de mi país. Y también había logrado entender, casi en un mínimo instante, seguramente guiado a toda verdad por ese enorme maestro que es el Espíritu Santo, que ese Dios al cual le había pedido con un último hilo de voz, ahogado por el llanto de la desesperación humana, que si era verdad que existía me ayudara a encontrarlo, ya lo estaba haciendo, como para dejarme más que en evidencia que Él de ninguna manera iba a hacer discriminación ni selección a la hora de aceptar a alguien como su hijo
Por eso, cuando supe que Jesús era el Camino, la Verdad y la Vida, y que nadie iba al Padre sino por Él, una luz radiante entró en mi espíritu a oscuras para apartarme de una tiniebla que, tiempos más o tiempos menos, me podría haber sacado hasta de la vida, de esta vida terrenal. Así de dramáticas suelen ser estas cosas cuando Dios participa de ellas. Más adelante, alguien me iba a enseñar que esas tres palabras eran los nombres que tenían las tres puertas de ingreso del Tabernáculo antiguo; Camino para el Atrio, Verdad para el Lugar Santo y Vida para el Lugar Santísimo. Pero eso ya era una clase de Teología, y a mí parecía no interesarme demasiado ese conocimiento. Después de todo, yo no iba a ser maestro de nada ni de nadie, no era lo mío. Lo mío, era…bueno…en realidad en ese momento no tenía ni la menor idea qué cosa era lo mío. Yo, pero mi Padre celestial sí que la tenía, aunque yo todavía lo ignoraba.
Me motiva a sonreírme casi con una misericordiosa comprensión cuando escucho que alguien habla de buscar a Dios como si fuese un acto simple y sencillo más de alguien que no tiene otra cosa mejor que hacer. No lo censuro si así hubiera sido en su vida, pero sé que en la de una enorme mayoría, esa búsqueda se da en condiciones muy distintas. Dícese de un hombre que, sentado a la vera de un arroyo caudaloso junto a un amigo creyente, le preguntó cómo debía hacer para creer en ese mismo Dios que él creía, que cómo debía sentirse para lograrlo. El amigo lo miró y le pidió que se pusiera de bruces y metiera la cabeza dentro del agua del arroyo. Cuando este hombre lo hizo, el amigo lo sujetó fuerte de la nuca impidiéndole sacar la cabeza para respirar. Sólo lo soltó cuando vio que se asfixiaba. Al salir del agua, el hombre tragó oxígeno con desesperación y sus ojos aterrorizados. El amigo lo miró y le dijo: “Cuando te sientas así es momento de buscar a Dios” …
De todos modos, algo sí me quedó definitivamente claro: no era la Verdad simplemente lo que me hacía libre, sino el Conocimiento de ella. Porque, veamos; esa Verdad de la que ahora estoy hablando, calculo que estuvo girando en mí alrededor por espacio de mucho tiempo anterior al día de mi conversión. Yo compartía todos los días con esa Verdad, pero como no la conocía, todavía ella no podía liberarme. Porque el texto bíblico que anuncia esa sentencia es muy claro: Conoceréis la verdad, dice, y luego añade: …y la verdad os hará libres. Está más que claro que la Verdad te libera después que la conoces, que sabes cómo es y hasta quien es. Anteriormente, aunque esa Verdad te visite todos los días, es completamente inocua para liberarte. Es como tener un frasco de un medicamento en tu mesa de luz y esperar que desde allí sane tu dolencia. Si no lo abres y le sacas una de las pastillas que contiene y te la tragas, jamás podrá serte de utilidad.
Siempre me pregunté, en este derrotero santo en el que decidí meterme, si Jesús caminara hoy entre nosotros, vestido simplemente con un jean en lugar de una túnica, cuanto tiempo le llevaría a la gente con la que se encuentre, reconocer que es alguien diferente. Imagínalo trabajando en tu oficina, en tu fábrica, o asistiendo a clases en tu escuela, ¿Cuánto tiempo crees que pasaría para que alguien acierte a decir o a pensar, al menos, que es alguien distinto a ellos? ¿Un mes? ¿Tres? Ahora mírate; ¿Cuánto tiempo crees que pueda llevarle a toda esa gente que a diario alterna contigo, saber, darse cuenta que eres alguien que camina con Jesús? ¿Un mes? ¿Tres? ¿Un año? ¿Nunca? La Palabra dice y nosotros lo repetimos, que estar en Cristo es ser un espíritu con Él. Y eso implica en lo natural, una sola cosa: reflejarlo a él.
Supongo que no basta que los creyentes nos destaquemos por no hacer determinadas cosas que el resto de la gente hace. Creo que, en suma, lo que el evangelio representa obliga a que seamos personas que influyamos positivamente en otras personas. Familia, vecinos, compañeros de trabajo, de la escuela, amigos, conocidos. Claro está que nuestra influencia puede ser buena o mala, positiva o negativa. Puede acercar gente a la cruz o alejarla. Sería como decir que somos luz del mundo, ¿Verdad? Eso significa que a Dios le interesa y mucho que el mundo vea quién eres, como eres y por qué razón lo eres. Eso no quiere decir que andes auto promocionándote, pero tampoco que en una falsa modestia seas ejemplo a escondidas. Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre, dijo Jesús. Y nosotros somos coherederos con él. Entiende.
Y cuando te pido que entiendas, es porque me tocó pasar mucho tiempo antes que tú por esa estación cristiana que te lleva a memorizar ciertas palabras como importantes, pero muy lejos de entender el contenido. Y una de esas palabras, al menos en mi caso, es justamente coherederos. Creo que mi mente hizo un giro de ciento ochenta grados el día que la luz celestial iluminó mi espíritu y me hizo entender que, ser coherederos con Cristo, es nada menos que tener su mismo nivel ante el Padre. ¿Lo puedes creer? ¿Tu antigua, reciente o actual religiosidad te lo permite? Hijos de un mismo Padre, heredan del mismo modo. Al menos, en la mayoría de las jurisprudencias que conozco. Cristo el primogénito, esa es su mayor credencial. Pero tú también tienes calidad de hijo. Eso, al menos, si tienes en mente heredar lo que tu Biblia dice que vas a heredar.
Alguien dijo y con mucho acierto, que Jesús nunca nos pidió que fuéramos una sub-cultura. Sí nos pidió, porque resulta implícito del relato de su ministerio, que fuéramos una contra cultura. Pero de ninguna manera un gheto, ni una secta, como muchos, demasiados para mi gusto, se han empeñado en construir durante mucho tiempo. Ser, cada uno de nosotros, alguien capaz de ir en contra de una cultura, mostrando que existe un diseño perfecto, que nada tiene que ver con la basura que el hombre ha inventado supuestamente para reemplazarlo. Por esa razón nos dijo que somos la sal de la tierra, pero si esa sal se vuelve insípida, ¿Cómo hace para recobrar su sabor? Además, si la encierras permanentemente en un envase sin volcarla en una comida, ¿De qué te servirá? No cumple su objetivo. Se endurece y resulta imposible que vuelva a su estado inicial.
Dicen las estadísticas, (Y yo en algunas cosas, creo en el valor de las estadísticas), que después de más o menos cinco años de ser cristianos, ya no tenemos más amigos no cristianos. Porque nos enseñan que no debemos juntarnos con los mundanos, que no pueden tener comunión la luz con la tiniebla, lo cual es verdad y no deja de ser bueno cuando estás creciendo, pero en algún momento deberás acercarte a esa gente, porque es esa gente la que necesita a Jesús, y de otro modo estaríamos perdiendo la misión que tenemos mientras dure nuestro paso por esta tierra. Ocurre que, si juntas los granos de sal en los saleros, que es como decir en los templos, todo el resto de la comida lo sufre. La sal está para ser utilizada, no para amontonarse toda junta en un mismo lugar auto convenciéndose que el resto no la merece. Eso se llama soberbia, y si hay algo que el hijo de Dios no debe ser, ese algo es soberbio. Sigue estando escrito que ese es el paso previo a la caída, ¿Recuerdas?
Jesús nunca dijo que seríamos la mayoría en la tierra. Tampoco que dispondríamos de estadios de fútbol y multitudes para predicar lo que hubiera que predicar. Nunca nos dijo que seríamos considerados como gente importante a nivel social por las masas que nos siguieran. Sólo nos dijo que seríamos la sal de la tierra. Jesús nunca dijo, tampoco, que a la guerra la perdería el ejército con menos soldados; dijo que se perdería si esos soldados perdían el sentido de su misión.
El punto, aquí, es que hay mucha gente que no conoce a ese Jesús. ¿Cómo que a ese Jesús? ¿Es que hay dos? No, hay uno solo, pero sin querer, cuando lo sagrado se nos empieza a volver común, nos vamos olvidando de la misión de ese Dios. Pero, el objetivo siempre es y será que ellos se conviertan a lo que tú eres, y no que tú lo hagas en lo que ellos son, sólo para que no te marginen. Eso no funciona, y además no agrada a Dios, te lo aseguro. Y es lo que más estamos viendo, ambos lo sabemos, tú y yo.
Fíjate que Pablo les dice a los griegos que ellos adoran a un dios que todavía no conocen. Lo que les está diciendo, en realidad, es que han comenzado a fabricarse un dios a su medida, conforme a sus propias ideas humanas y también a sus necesidades. Y creo, con total sinceridad, que hoy mismo hay mucha gente, tal vez algunos de ustedes, quizás, que todavía están adorando a un Dios al que todavía no conocen. O, mejor dicho, adoran a un Dios que es el genuino, mientras al que conocen es un Dios que la religión fue construyendo para cumplimentar con sus intereses. ¿Y cual es la tendencia humana y carnal cuando ocurre eso? Reemplazar ese Dios desconocido, en alguien a quien se pueda definir, evaluar y disponer con tranquilidad y certeza de saber qué quiere y como piensa. Entonces, es allí donde el hombre comienza a construirse su propio dios personal. Un dios hecho a semejanza de un hombre, cuando Su Palabra nos dice lo contrario.
Porque, veamos: ¿Qué es ser espiritual? Para una gran mayoría, la espiritualidad suena como algo de otro mundo. Para muchos cristianos, es sinónimo de leer mucho la Biblia, ir a la iglesia a todos los cultos sin faltar a ninguno, orar a cada momento y por cualquier cosa, hablar con un idioma Reina Valera, decir aleluya y gloria a Dios cada tres palabras, orar en lenguas, no enojarse nunca, estar permanentemente con una sonrisa que muestra dos hileras de dientes blancos e inmaculados, o si no, parecerse a esos que, buscando ser santos, se recluyeron en monasterios en las montañas, y que solo consiguieron acceder al alcoholismo, a la homosexualidad y ahora en estos últimos tiempos, descubrimos que también a la pedofilia. ¿Eso es ser espiritual? ¿No se nos enredó algo en el camino? ¿Qué clase de espiritualidad busca Jesús en nosotros, hoy? Esa es la pregunta. Eso es lo que te estaría presentando y mostrando a un Dios que todavía no conoces. Y si no lo has conocido, si no has tenido intimidad con Él, muy difícilmente lo estarás adorando, y mucho menos en espíritu y en verdad, como Él nos demanda hacer.
Lo que hizo que Jesús terminara en la cruz, fue la idea disparatada de que la gente común, que la gente quebrada y arruinada, pudiera acceder a la santidad y ser santa. ¡Eso fue lo que enloqueció a sus enemigos! Eso fue lo que desató las más ácidas críticas en su contra. Lo criticaban porque veían que Él hacía que la gente religiosa, la gente perfecta se sintiera expuesta por toda esa gente real, genuina y verdadera que lo seguía y se nutría de su alimento. Y ellos lo criticaban porque pensaban que era imposible que si era quien decía ser, estuviera con toda esa gente considerada imperfecta, impura. La implicación chocante del ministerio de Jesús, era que cualquiera podía ser espiritual. Y su mayor problema era que si tenía que sanar a alguien, lo haría, aunque fuera en sábado y se echara encima a todo el imperio fariseo. Ellos pensaban que no importaba si un ciego veía, si lo habían sanado en sábado, era escandaloso y merecía ser juzgado con todo el rigor.
De hecho, siempre resulta escandaloso a quien Dios decide usar, porque siempre pensamos que hay mejores que esa persona. De hecho, es lo que durante mucho tiempo yo sentí conmigo mismo. O, mejor dicho, -ahora me doy cuenta- me lo hicieron pensar. La persona que, desde un púlpito, en los años noventa, desarrolló un ministerio profético que marcó y cambió mi vida, no era muy querido por el liderazgo de mi ciudad porque era moreno, de piel negra, había sido drogadicto y además, estaba casado con una mujer divorciada. Un escándalo de persona. ¿Cómo podría Dios usar a alguien así? ¿Cómo iba a levantar para un ministerio de tamaño impacto a alguien que no era blanco? Bueno; creo que el texto que nos dice que Lo vil y lo necio levanta Dios para avergonzar a lo sabio, debe haber estado borrado en las Biblias de esos muchachos…No se preocupen; además de verlo en aquel moreno, después lo pude ver en mí mismo. Y no me avergüenzo, doy gloria a Dios por eso. Aunque todavía muchos “inmaculados” me lo sigan facturando como deuda a pagar…
Sucede que la espiritualidad, para algunos, es una fórmula. ¡Y no es una fórmula! ¡Ni es una prueba! Es una relación. La espiritualidad no tiene que ver con la competencia, tiene que ver con la intimidad. La espiritualidad no tiene que ver con la perfección, tiene que ver con la conexión. Es mucha la gente que cree que puede empezar una vida espiritual solamente después que acomode todo lo que está desacomodado en su vida, pero no es así. ¿Sabes qué? ¿Tienes en este momento un verdadero descalabro en tu vida? ¿Sí? Pues entonces déjame decirte que es un excelente momento para comenzar una vida espiritual en serio, sin simulaciones ni hipocresías. A Jesús le importaron los indignos, los que no eran nada, y con eso demostró que a Dios le importan y mucho los considerados don nadie. Dios ama a las personas, no como raza, no como especie, sino como individuos.
Alguien recomendó y con mucho tino, que cuando eres demasiado legalista o duro con los pecadores, hagas un ejercicio: ponle un rostro al pecado. Toma el peor pecado de todos los que puedas conocer y ponle el rostro de tu hijo, de tu padre, de tu hermano de sangre, vas a ver cómo te cambia la perspectiva. Por eso es que de ninguna manera hay lugar para fingir en la vida espiritual. Hay lugares que cuando ingresas y recibes todas las directivas de las ordenanzas y estatutos que rigen ese sitio, se les olvida del más importante de todos, que aprendas a simular, a fingir. Te enseñan a que te muevas y actúes como si realmente Dios estuviera en control de todo. Tienes que transmitirle a la gente que te mira que todo está bien en tu vida, aunque no lo esté, porque de ese modo atraerás a los inconversos. ¡No! ¡Así no los vas a atraer! ¡Así los vas a repeler! Está probado, eso. Pregunto: ¿Nadie leyó que en nuestras Biblias dice que sigue siendo Dios el que añade a los que van a ser salvos?
Y en lo familiar no es muy distinto. Mantén la imagen de que tu matrimonio es perfecto, saludable y la envidia de todo el barrio. Y si tu familia es igual a tantas otras, con sus disfunciones, no la muestres, escóndela para lo secreto y para cierta gente, nada más. Y no importa lo que hagas, jamás reconozcas que pecaste. En la práctica, fingir es eficiente, no es complicado y es rápido. Yo recuerdo la que fuera la primera iglesia que yo visité, en la que fui bautizado, de la que nunca fui miembro, pero a la que asistí muchas veces porque allí congregaban los jóvenes amigos que me habían presentado a Cristo. Era habitual que encontrabas a un hermano y su sonrisa era una promo de pasta dental de punta a punta, y repetía como para convencerse a sí mismo cuando le preguntabas como estaba, te decía: ¡Bendecido! Amén, aleluya, gloria a su nombre, ¡Bendecido! Y recuerdo también a alguien que se preguntaba todos los domingos si sería verdad que Dios lo amaba. ¡Cantaba en el coro! ¡Tocaba la guitarra! Pero no sabía si Dios lo amaba y llevaba veinticinco años yendo a esa iglesia…
En suma; fingir nos conecta sobre la base de lo que no somos. Es mucha la gente que tiene relaciones fingidas. No debe haber cosa más horrible que una iglesia que se mueve en simulación continua y masiva. Es un coro repetitivo de ¡Dios le bendiga! ¡Dios le bendiga! Son los que te advierten que debes desconfiar del predicador que te dice que él también es pecador. ¡Eso no es así, tenemos que mostrar un modelo! Es verdad, eso, jamás lo discutiría, pero…mientras no me alcanza para llegar a ser ese modelo, ¿Me das permiso para decirle a la gente que me escucha que yo también estoy tratando de ser modelo en Cristo?
Yo creo que la esencia de la espiritualidad es, precisamente, negarse a fingir. Y fíjate que cuando sale alguien que no finge ni simula nada, a los religiosos se les revuelve el estómago. Lo que sucede es que cuando tú y yo decidimos no simular, dejamos expuesto y de manifiesto a los que venían fingiendo y simulando. De pronto la burbuja de la tranquilidad cristiana explota y todo queda al descubierto. Eso fue lo que llevó a Jesús a la cruz: que expuso el fingimiento y la simulación de todos. Por eso los entiendo y los seguiré entendiendo; a la religión les molesta los hombres como tú o como yo. O las mujeres como tú, que, para colmo de males, ni sumisa, ni sujeta, eres… ¡Qué horror!
Nos apartamos de la vida espiritual, al negarnos a acudir a Dios tal como somos. Y decidimos mejorar todo lo que podamos mejorar, para recién entonces acercarnos a Dios. Decidimos y enseñamos que cuando estamos devaluados es imposible que podamos ser útiles para algo. Y nos lo dicen a cada paso. ¡¡¡Así Dios no te puede usar, hermano!!! ¿Ah, sí, ¿eh? ¿Y qué hago con David después de su affaire con Betsabé? Hay mucha gente que cree sinceramente que, hasta que no elijan una correcta manera de vivir, no pueden ser elegidos por Dios. Que hasta que no ordenen su desorden, Jesús no va a poder tener nada que ver con ellos. Sin embargo, déjame decirte que la verdad es exactamente lo opuesto a eso. Eso es lo que emana de ese Dios No Conocido. Ese que no conocías. Lo adorabas, como los griegos, pero no lo conocías. Hasta que no reconozcas que eres un desorden, Jesús no va a querer tener nada que ver contigo. Una vez que reconozcas lo poco digno de ser amado que eres, lo poco atractivo que eres y lo perdido que puedes estar, yo te aseguro que Jesús aparecerá inesperadamente en tu vida. Porque de acuerdo con lo escrito y leído en el Nuevo Testamento, que es como decir Nuevo Pacto, Jesús se siente atraído por lo no atractivo.
Prefiere a los perdidos, antes que a los encontrados. A los perdedores, antes que a los ganadores. A los desordenados, en lugar de los ordenados. A los discapacitados, en lugar de los que son capaces. Amo a ese Dios. He escuchado a muchos reconocer que si ese Dios no fuera como es, ninguno de ellos ni nosotros estaríamos aquí. ¿Tú crees que el Néstor Martínez ese, antes de sus treinta y un años de edad, podía ni tan siquiera soñar en estar aquí, enseñando secretos y misterios de la bendita palabra de Dios? No es casual que los escribas y los fariseos se pusieran muy nerviosos al ver que tantos indignos quedaban dentro del alcance de la Gracia divina.
Te guste o no te guste, del lado de adentro del Reino de Dios, también hay gente como yo. Es muy difícil ser raro y distinto en una cultura donde todo es igual, copiado, clonado, calcado. La sociedad no es amable con lo raro, lo extraño, lo diferente, lo marginal. Jesús si lo es. Jesús se metería en una iglesia de esas bien delicadas y buscaría sentarse al lado del muchacho con el pelo verde y el aro en la nariz o de la jovencita con esa minifalda que le deja todo a la vista. A ellos les hablaría de Su Reino. O a aquel otro jovencito con aliento a alcohol o aroma a marihuana en lugar del que huele a perfume francés. Estaría buscando al que tiene piojos, en lugar de trabajo de peluquería de alto nivel. En cambio, la cultura sofisticada de la iglesia rechaza todo eso. La mayor parte de la gente que acude a las iglesias jamás elegiría a la gente rara, pero Jesús sí. Me eligió a mí, hermano. ¡Te eligió a ti, hermana!
La creación de Dios pudo haber sido de cuatro maneras posibles, (Luego me dices si encuentras otra).
1 – Que Dios no es Creador, que en realidad no creó nada, ni a la naturaleza ni al hombre.
2 – Que Dios creó un mundo amoral, que no hay tal cosa como escoger lo bueno o lo malo
3 – Que Dios creó un mundo en donde solo se le obedezca a él, se le ame a él, y se haga Su voluntad y el hombre solo tenga la opción de escoger lo bueno. Así, todos sus resultados serán buenos y así no se irá al infierno.
4 – Que Dios creó un mundo en donde el hombre tenga la posibilidad de escoger, la libertad de elegir hacer la voluntad de Dios o la suya propia y el libre albedrio que es la potestad que el ser humano tiene de obrar según considere y elija. Esto significa que el hombre tendría naturalmente libertad para tomar sus propias decisiones, sin estar sujeto a presiones, necesidades o limitaciones, o a una predeterminación divina.
Claro está que todo esto presentado así, parecería estar dándole la máxima importancia al Conocimiento, por encima de la Verdad, lo que sería decir que el estudio está por encima de Jesucristo, lo cual sería como promocionar ocultismo, que es gnosis y no el sano cristianismo que decimos profesar. Eso, de hecho, si tomas al Conocimiento como enriquecimiento del intelecto, cosa que, en este caso, no lo es en lo absoluto. Cuando en términos espirituales hablamos de Conocimiento, de lo que estamos hablando, es de Intimidad. Conoció Adán a Eva y Eva concibió. Intimidad. Y para que exista cualquier clase de Intimidad, previamente tiene que haber Pasión. Por lo tanto, Conocer la Verdad y ser libres, es apasionarse por Jesucristo, tener toda la máxima intimidad con él y ser y sentirse libres. Eso es conocer al Dios en el cual creemos.
Y es a partir de allí cuando empieza a desarrollarse todo el mundo singular en el que ingresamos. Un mundo que tiene, como especial premisa, que tú sepas quien es el Dios en el cual has decidido creer. Entonces escuchas a hombres y mujeres que dicen conocerlo, contarte de Él todo aquello que, se supone, tu deberías saber para que realmente puedas salir a gritar a los cuatro vientos y a contarle a quien quiera oírte que sí, que verdaderamente has llegado a conocer al Dios majestuoso e imponente en el que crees. Que es como decir que has llegado a tener una intimidad tal con Él, que ya puedes por lo menos saber cómo piensa en muchas de las cosas en las que los hombres piensan tan distinto. Sin embargo, no es así, y un día, un día cualquiera, te das cuenta que, en definitiva, todo lo que tienes de ese Dios, es una imagen, cierta información y una serie de reglas y estatutos que, te aseguran, fueron dictados por él para que tú respetes y sigas al pie de la letra, si es que deseas pertenecer a su familia estelar.
Y allí, precisamente allí, en ese día, momento y lugar, es en el que caes en cuenta que, en realidad, todavía no conoces al Dios de tu vida. Que lo que conoces, tan solo es a alguien que te han presentado y, en ciertos sitios, hasta “vendido” como interesante y bueno, pero que no es el Dios en el que deberías depositar todo lo que eres, toda tu vida misma. A ese Dios, todavía lo tienes oculto. Y todo lo que está oculto, no es conocido. Y si Dios todavía es alguien no conocido por ti, todavía no eres nada en lo espiritual. Porque lo que no conocemos, no es íntimo con nosotros. Apenas es algo muy similar a lo que en otras épocas vivieron otras culturas.