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¡Despierta o Te Quedas Fuera!

Si abres tu Biblia y buscas el capítulo 22 del evangelio de Mateo, vas a encontrarte con un pasaje que te habla de la parábola de las bodas. Y te cuenta que el rey se levanta y ve que hay un hombre que no está vestido de boda. Entonces le dice el rey, versículo 12: Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. (13) Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. (14) Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.

En principio, tengo que decirte que no creo que aquí se esté hablando de un infierno. El mundo, es un mundo de tinieblas. Y allí es donde está el lloro y el crujir de dientes. Entonces hay dos realidades. Una realidad que es el Reino de Dios y su Justicia y otra que es una falsa realidad, que es el sistema de este mundo. Desde hace varios años Dios ha estado insistiendo que tenemos que movernos desde el Reino de Dios. Porque se vienen tiempos de gran dolor sobre el mundo.

Viene un sacudimiento muy fuerte para las naciones y por eso es necesario estar conformes al Reino de Dios. Porque no tendrán el mismo destino los que están en el Reino que los que no están. Porque así ha sido dicho: muchos serán los llamados, pero pocos los escogidos. Dios ha estado llamando y llamando a un pueblo de Luz. Pero vemos como, continuamente, el pueblo de Dios se rinde ante el sistema de este mundo. SE rinde a las soluciones de este mundo.

Y van a venir tiempos muy difíciles, que, si no entendemos claramente el Reino de Dios, la vamos a pasar muy mal. Ya ha sido dicho: el Reino de Dios no es una realidad para después que te mueras. Jesús dijo que había venido a traer el Reino de su Padre y no falló su misión. Por eso, antes que, a ningún otro, les dijo a sus discípulos: buscad el Reino de Dios. O sea que esto nos dice que el Reino de Dios está en medio de nosotros. Y a esto lo hemos oído muchísimas veces.

Pero te hago una pregunta al respecto: ¿Crees que el Reino de Dios está hoy en operación en tu vida? ¿O son las tinieblas de afuera las que gobierna lo que pasa en tu vida? Vamos al libro de Apocalipsis, capítulo 22. Mira lo que dice el verso 14: Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad. La religión, lo que ha hecho, es crear una ilusión fantasiosa.

¿Qué es lo que le dice Jesús en su gloria a la iglesia de Laodicea? Le dice: Tú dices que yo soy rico y me he enriquecido y que de ninguna cosa tengo necesidad. Pero aquí desde el cielo te ves desventurado, pobre, miserable, ciego y desnudo. Eso me dice a mí que hay una realidad de cómo mira el cielo y otra realidad de como se puede sentir la iglesia. Jesús aquí hace un llamado clarísimo a despertar interiormente y cambiar sus vestiduras.

Creo que estamos ante un terrible genocidio que viene sobre toda la tierra. Y el árbol de la vida es el que te va a mantener en la salud que necesitas. Cuidado; estoy hablando con entendimiento para el que tenga entendimiento. Y dice: Para que tengan derecho a entrar por las puertas de la ciudad. Ahora; si voy a Apocalipsis 21, habla de las puertas de esta ciudad y habla también de cómo esta ciudad está en medio de nosotros.

Desgraciadamente, las teologías tradicionales, han pasado de la ciudad celestial a un evento futuro inaccesible para nosotros. Sin embargo, creo que sería mucho mejor que veamos que dice la palabra. Dice Apocalipsis 21:23: La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Hemos hablado muchas veces de cómo hemos sido predestinados para ser glorificados. O sea que esa gloria de Dios que alumbra, mora dentro de nosotros.

LO que intento mostrarte es que Jesús es la lumbrera de la ciudad que es Jesús mismo. Porque Jesús es también la ciudad. Luego dice el verso 24: Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Pero, ¿Sabes qué? En ningún manuscrito original aparece esa frase. Y esta frase inventada, ha hecho que las teologías manden a la ciudad celestial al futuro.

Yo te invito que busques en los interlineales y vas a ver que esa frase no existe en ningún interlineal. Entonces, lo que está diciendo, es que Jesús es la lumbrera de la ciudad. Porque dice: Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Y sus puertas nunca serán cerradas de día, porque allí no habrá noche. Ahora bien; nosotros conocemos, si es que hemos estudiado correctamente el Génesis, que la noche tiene que ver con las tinieblas.

Ahora; en el Reino de Dios, no hay tinieblas. Entonces dice que las naciones andan ¿A la luz de qué? De Cristo. Porque dice, reitero, que las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; De acuerdo, Pero, ¿Qué dice la carta de Pêdro? Dice: Vosotros sois nación santa. Esto te deja en evidencia que naciones, tiene que ver con personas. Esto es un misterio del Reino. Que una persona puede ser una nación. ¡Es una nación! Una persona es una nación y es una ciudad.

Esto, repito, son misterios del Reino, de la misma forma en que la deidad puede venir a habitar un cuerpo de carne. O sea que Dios no pone un trocito de Él en ti, ¡Se pone todo! El pone todo el Reino, toda una ciudad, todo lo que es Él dentro de una persona. Ahora bien; si las teologías tradicionales fueran verdaderas, el siguiente versículo no tiene cabida. Porque ellos piensan que la ciudad celestial viene en un planeta nuevo que Dios va a hacer. Y para ese momento, ya todos los malos se fueron al infierno.

Eso es lo que dice la teología tradicional. Pero aquí dice: Pero no entrará en ella ninguna cosa inmunda o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscriptos en el libro de la vida del Cordero. A ver; una ley no existe si no hay posibilidad de transgredirla. O sea que para que exista una ley, tiene que haber una posibilidad de que alguien la cumpla o no la cumpla. Es como si yo fuera alcalde o intendente y pusiera una ley que diga que nadie puede circular por las calles de mi ciudad a mil kilómetros por hora.

Primero, sería una ley descabellada e ilógica, porque no hay vehículo masivo que pueda circular a esa velocidad. Algún prototipo por allí y en pistas especiales, pero no un vehículo de uso general. Entonces, si ya todos los impíos están en el infierno, ¿Cómo es posible que diga que no puede entrar ninguna cosa inmunda? Indudablemente es porque hay una posibilidad de que lo inmundo y aborrecible quiera entrar. Es como el hombre que se metió a la boda y no estaba vestido de Reino.

Y esto se confirma también en Apocalipsis 22:15 Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira. Es notorio que estos versículos solamente pueden suceder mientras estamos aquí en la tierra. Hay una ciudad celestial en donde los hijos de Dios habitamos, donde están los bienaventurados que han lavado sus vestiduras, los que han sido escogidos por Dios y los demás están afuera, en las tinieblas de afuera.

¿Estás viendo cómo esto tiene que suceder aquí en la tierra, ahora? Eso te y me dice que la ciudad celestial es Jesús y Su Reino. La ciudad es la realidad de Cristo genuinamente en nosotros. Vamos al capítulo 22, verso 1: Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. (2) En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. 

No sé si puedes percibir que aquí estamos viendo, otra vez, la misma situación. Está la ciudad de Dios, y alrededor, naciones que están enfermas y necesitan sanidad. Ahora tenemos esta situación en el mundo. El mundo está terriblemente enfermo. Porque dice que, del árbol de la vida, las hojas son las que dan sanidad a las naciones. Y dice que no habrá más maldición y que el trono de Dios y del Cordero estarán en ella, y sus siervos le servirán.

Eso me dice a mí que, en la realidad del Reino, no hay maldición. El mayor problema es que la religión quiere ver todas las cosas en lo físico. Pero resulta ser que, el que vive en el Reino, vive en una realidad que no puede ser tocada. Por eso es que dice que en el Reino no hay maldición. Entonces, la pregunta es: ¿Por qué vienen las maldiciones? Porque los vestidos están manchados de iniquidad. Y la iglesia, créeme, descuida permanentemente sus vestidos.

Por eso dice que son bienaventurados los que lavan sus ropas. Eso es de la misma manera en que lavamos nuestra ropa porque debemos ponernos ropa limpia todos los días. Eso, al menos que seas un mugriento o no tengas posibilidades de lavarla. ¿Verdad? Con todo respeto, se sobreentiende. Y dice: Y sus siervos le servirán y verán su rostro. Los siervos, dentro de la nueva Jerusalén, ven el rostro de Dios. Por eso dice la palabra que nadie que no naciere del agua y del espíritu puede ver el Reino de Dios.

Y verán su rostro y su nombre estará en sus frentes, y no habrá allí más noche y no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz de sol, porque Dios el Señor los iluminará y reinarán por los siglos de los siglos. Muy bien; vamos ahora a 2 Corintios 4. Y dice el verso 4: en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

Lo que te está diciendo es que el diablo viene a cegar el entendimiento, para que no les resplandezca la luz Vimos que los siervos ven su rostro, y el Señor mismo los ilumina. Porque el entendimiento cambió. Se propusieron cambiar el entendimiento. Toma nota: eso no te va a suceder porque alguien te ponga las manos en la cabeza y tú digas: ¡Ay! ¡Ahora se me va a quitar el velo del entendimiento! Dice que el velo es quitado cuando se convierten a Cristo.

Esto quiere decir cuando mi mentalidad entra en el Reino de Dios y lo veo. El verso 6, dice: Porque Dios que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Eso significa que el Cordero viene e ilumina nuestro entendimiento. Y eso nos va a dar una realidad que está por sobre todas las tinieblas de este mundo.

Tienes que darle gracias a Dios si llevas muchos años estableciendo una salud de Reino en tu vida. Porque eso significa que has peleado a brazo partido en contra de todo el sistema de Pharmakeia. Y eso te cuesta horrores, porque es muy difícil en este momento de la historia inventarse una salud de Reino. Sin embargo, en su misericordia, Dios los puede ayudar a todos. Pero el gran llamado de este mensaje es que son bienaventurados los que están lavando sus ropas para poder tener acceso a la ciudad.

Porque, el que puede entrar a la ciudad celestial, puede comer del árbol de la vida. Y de ese modo, llevar sanidad a las naciones. DE hecho, lo visible de un árbol son sus hojas, ¿Verdad? Jesús es la vid, nosotros somos los pámpanos. Y las hojas es lo visible de todos nosotros. Cuando tú ves un árbol, ese árbol es característico por sus hojas. Un árbol hermoso es un árbol lleno de hojas. Es la vida de Cristo manifestándose visiblemente alrededor nuestro.

Y, como ya lo hemos hablado muchas veces, nuestro espíritu es una onda expansiva que cambia todo a nuestro alrededor. Y esas hojas representan el crecimiento de nuestro espíritu. Como nuestro espíritu se expande para tocar a otras vidas. Veamos ahora lo que nos dice Isaías, capítulo 60. Verso 11: Tus puertas estarán de continúo abiertas; no se cerrarán de día ni de noche, para que a ti sean traídas las riquezas de las naciones, y conducidos a ti sus reyes. Este pasaje comienza diciendo Levántate y resplandece porque ha llegado su luz. ¿Cuál es esa luz? Es la luz de la ciudad. Es la luz de Jesucristo. Jesús es la ciudad. Cuando decimos que en Él estamos y nos movemos, es porque nos movemos en la ciudad.

(14) Y vendrán a ti humillados los hijos de los que te afligieron, y a las pisadas de tus pies se encorvarán todos los que te escarnecían, y te llamarán Ciudad de Jehová, Sion del Santo de Israel.  (20) No se pondrá jamás tu sol, ni menguará tu luna; porque Jehová te será por luz perpetua, y los días de tu luto serán acabados. (21 Y tu pueblo, todos ellos serán justos, para siempre heredarán la tierra; renuevos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme. Y este, justamente, es uno de los pasajes que te muestra que la tierra no se va a quemar como proclaman algunos.

Porque dice que para siempre heredarán la tierra. Y dice, verso 22: El pequeño vendrá a ser mil, el menor, un pueblo fuerte. Yo Jehová, a su tiempo haré que esto sea cumplido pronto. Observa este texto con cuidado. Dice que el pequeño vendrá a ser mil. Por eso es que somos una nación. Porque, el impacto de tu vida en Cristo. No es el de una personita en medio de un millón. En tu carne eres uno solo. En el Espíritu, tienes el impacto de miles. Somos varios unidos y somos el impacto en cada uno de nosotros.

Podemos cambiar muchas cosas en nuestras naciones, y el más pequeño será un pueblo fuerte. En medio de las tinieblas que se mueven en tu nación, hay un pueblo fuerte que eres tú. Hay un millar de impactos, que eres tú, produciendo la luz de la ciudad que habitas. Nunca más Dios quiere verte pensando que eres un pequeñito que no puede hacer nada ante los grandes poderes de las ideologías, la política o el dinero. ¡Por eso son bienaventurados los que lavan sus ropas y entran en la ciudad! Porque se convierten en el poder de la fuerza de Dios donde quiera que están. Por eso es tan importante que entendamos ese concepto de la ciudad en nosotros.

El gran desafío de esta generación no consiste en aprender más conceptos acerca del Reino de Dios, sino en vivir desde su realidad. Existe una diferencia inmensa entre conocer el lenguaje del Reino y habitar en él; entre hablar de Cristo y vivir en Cristo; entre defender una doctrina y manifestar una vida transformada por la presencia del Espíritu Santo. El Padre nunca tuvo el propósito de formar un pueblo que simplemente asistiera a reuniones o acumulase conocimientos bíblicos.

Desde el principio, Su propósito fue levantar hijos maduros que reflejaran Su naturaleza en medio de una creación que gime esperando la manifestación de esos hijos. El Reino nunca fue diseñado para ser una teoría religiosa ni una promesa reservada exclusivamente para la eternidad. Es una realidad presente que invade la historia cada vez que un hombre o una mujer decide rendir completamente su vida al gobierno de Jesucristo.

Por eso la verdadera pregunta no es cuánto sabemos acerca del Reino, sino cuánto del Reino gobierna realmente nuestra manera de pensar, de decidir, de amar, de trabajar, de enfrentar las dificultades y de responder ante las crisis. Porque el Reino no transforma únicamente nuestro destino eterno; transforma nuestro presente. Mientras el sistema del mundo intenta gobernar mediante el temor, el Reino gobierna mediante la paz. Mientras el mundo sostiene a las personas mediante el control, el Reino las sostiene mediante la confianza en el Padre.

Mientras el mundo produce ansiedad por el mañana, el Reino enseña a descansar en Aquel que conoce el fin desde el principio. Allí está la gran diferencia. No se trata de escapar del mundo, sino de vivir en él desde una realidad superior. Jesús jamás pidió que sus discípulos fueran sacados del mundo, sino guardados del mal mientras permanecían en él. Eso significa que el ciudadano del Reino no niega la existencia de las tinieblas, pero tampoco permite que las tinieblas definan su identidad ni determinen sus decisiones.

Su referencia ya no es el caos que lo rodea, sino la presencia del Rey que habita en él. Cuando comprendemos esto, dejamos de reaccionar como víctimas para comenzar a responder como hijos. Un hijo del Reino no vive dominado por las noticias, las estadísticas o los pronósticos humanos. Escucha lo que sucede, pero su corazón permanece anclado en la voz del Espíritu Santo. No ignora la realidad visible, pero sabe que existe una realidad aún más verdadera: la del Reino eterno de Dios.

Ese cambio interior es el verdadero lavado de las vestiduras. No consiste únicamente en abandonar ciertos pecados visibles. Consiste en permitir que Cristo purifique continuamente nuestras motivaciones, nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestros afectos y nuestras prioridades. Cada día el Espíritu Santo nos conduce a una renovación más profunda para que nada del viejo hombre siga gobernando nuestra vida. Porque las vestiduras del Reino no son un disfraz espiritual. Son el carácter de Cristo manifestándose en nosotros. Son la humildad sustituyendo al orgullo. La verdad reemplazando a la mentira. La misericordia venciendo al juicio. La fe desplazando al temor. El amor expulsando al egoísmo. La obediencia derrotando a la autosuficiencia.

Y esa transformación jamás puede producirla el esfuerzo humano. Es fruto de una comunión permanente con el Señor. Allí fracasa toda religión vacía. La religión intenta modificar conductas desde afuera. El Espíritu Santo transforma la naturaleza desde adentro. La religión fabrica apariencias. Cristo produce vida. La religión exige cargas imposibles. Jesús comparte Su yugo y Su descanso. La religión multiplica normas. El Reino forma hijos que aman la voluntad del Padre porque Su ley ha sido escrita en el corazón.

Por eso, el futuro del pueblo de Dios nunca dependerá de la capacidad de las estructuras religiosas para sostenerse, sino de la intimidad que cada creyente desarrolle con Cristo. Los días que vienen exigirán hombres y mujeres cuya seguridad no nazca de instituciones humanas, sino de la presencia permanente del Espíritu Santo. Creyentes que sepan discernir Su voz por encima del ruido del mundo. Creyentes cuya paz no pueda comprarse ni destruirse. Creyentes cuya esperanza no dependa de las circunstancias. Creyentes que vivan conscientes de que el Reino ya ha sido establecido en ellos.

Porque allí donde un hijo de Dios camina gobernado por el Espíritu, la atmósfera cambia. No porque él posea poder propio. Sino porque Cristo manifiesta Su vida a través de él. El Reino nunca avanza mediante propaganda. Avanza mediante personas transformadas. Una familia transformada puede cambiar un barrio. Un matrimonio restaurado puede abrir esperanza para decenas de hogares. Un empresario gobernado por el Reino puede transformar una cultura laboral. Un maestro lleno del Espíritu puede sembrar generaciones enteras.

Un médico, un agricultor, un científico, un artista o un gobernante que vive sometido a Cristo puede convertirse en un canal mediante el cual la luz del Reino alcance lugares donde ningún sermón llegaría. Así obra Dios. Siempre comienza con una vida completamente rendida. Por eso nunca debemos despreciar el lugar donde el Señor nos ha plantado. El Reino no necesita escenarios gigantes para manifestarse. Necesita corazones disponibles. No importa si el mundo considera pequeña tu influencia.

En las manos de Dios, la obediencia siempre produce un alcance mucho mayor del que nuestros ojos pueden medir. El Reino jamás ha dependido de mayorías. Ha dependido de hombres y mujeres que dijeron sí al llamado del Rey. Nuestra verdadera autoridad nace precisamente de esa rendición. No luchamos para obtener una identidad. Luchamos porque ya hemos recibido una. No buscamos convertirnos en hijos. Vivimos como hijos porque hemos nacido de Dios. No procuramos ganar el amor del Padre. Servimos porque ya somos profundamente amados.

Esa diferencia cambia absolutamente todo. El servicio deja de ser una obligación para convertirse en una expresión natural de amor. La santidad deja de ser un esfuerzo agotador para convertirse en el fruto de permanecer en Cristo. La obediencia deja de ser una imposición para transformarse en el gozo de caminar junto al Padre. Entonces entendemos que el Reino no se manifiesta únicamente mediante milagros extraordinarios. También se manifiesta en la paciencia con que perdonamos. En la fidelidad con que cumplimos nuestra palabra. En la integridad con que administramos nuestros recursos. En la compasión con que tratamos al necesitado. En la verdad que hablamos, aunque tenga un costo. En la esperanza que conservamos cuando todo parece derrumbarse.

Es allí donde el mundo comienza a contemplar una luz diferente. No la luz de hombres extraordinarios. La luz de Cristo reflejada en personas comunes que decidieron permanecer unidas a Él. Quizá esa sea una de las mayores necesidades de este tiempo. No más cristianos fascinados con experiencias pasajeras. Sino discípulos profundamente establecidos en Cristo. No más creyentes movidos por emociones cambiantes. Sino hijos guiados diariamente por el Espíritu Santo. No más personas buscando únicamente bendiciones. Sino ciudadanos del Reino deseando representar dignamente al Rey.

Porque el propósito final nunca fue que el mundo admirara a la Iglesia. El propósito es que el mundo vea a Cristo. Que descubra Su amor. Que conozca Su verdad. Que experimente Su justicia. Que encuentre Su paz. Que sea alcanzado por Su gracia. Y eso comienza cuando cada uno de nosotros comprende que la ciudad de Dios no es simplemente un concepto para estudiar, sino una realidad para manifestar. Somos llamados a vivir de tal manera que nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestras acciones anuncien continuamente que existe un Reino inconmovible en medio de un mundo que se estremece.

Mientras muchos vivirán dominados por el miedo, los hijos caminarán en confianza. Mientras muchos serán arrastrados por la desesperación, los hijos permanecerán firmes. Mientras muchos buscarán refugio en sistemas que finalmente fracasan, los hijos hallarán refugio en el gobierno eterno del Padre. Ésa es la esperanza del Evangelio. No una promesa vacía. No una ilusión religiosa. No una evasión de la realidad. Sino la certeza de que Jesucristo vive, reina y continúa edificando Su Reino en aquellos que le pertenecen.

Que cada día podamos permitir que el Espíritu Santo siga lavando nuestras vestiduras, renovando nuestro entendimiento y conformándonos a la imagen del Hijo. Que aprendamos a caminar desde la identidad que hemos recibido y no desde las limitaciones que el mundo pretende imponernos. Que vivamos como verdaderos embajadores del Reino, llevando la presencia de Cristo allí donde Él nos envíe. Porque el mundo necesita mucho más que argumentos: necesita contemplar la vida de Jesús reflejada en Sus hijos.

Y cuando un hijo del Reino vive plenamente unido a su Señor, la oscuridad nunca tiene la última palabra. La luz siempre termina revelando el camino. El amor siempre encuentra una puerta. La verdad siempre rompe el engaño. Y la vida de Cristo siempre será suficiente para manifestar, aquí y ahora, la gloria del Reino del Padre hasta que toda la tierra sea llena del conocimiento de Su gloria, como las aguas cubren el mar.

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septiembre 13, 2026 Néstor Martínez