Iré algo desde lo personal. Trabajé toda mi vida, desde los quince años de edad, como periodista. Pero de los de antes, de los que habían sido capacitados y formados para ubicarse en medio de todas las facciones en litigio, sin involucrase con ninguna y, a partir de su innata imparcialidad, informar a la gente con limpieza, transparencia y carencia de intereses propios, cuestiones que les permitieran sacar sus propias conclusiones. Te lo aviso: no existe tal barbaridad corrupta como hacer un periodismo militante. No hay tal cosa. En todo caso, lo que sí puede haber es algún jugoso premio para mentirle a la gente a favor de tal o cual sector, que es el que te dará ese premio a tu lealtad…
Y militancia, también. Siento profundo respeto por los militantes de los distintos sectores ideológicos conocidos. Con algunos puedo compartir algunas ideas más que con otros, de hecho, pero jamás los ataqué con críticas simplemente por pensar diferente. Si formo parte de un sistema democrático, aunque me sobre experiencia y sabiduría para encontrarle tremendos errores, mi obligación moral de hombre bien nacido, será comportarme tal como ese sistema lo predica y lo incentiva: pensando y permitiendo pensar. Argumentando a favor de mis ideas, naturalmente, pero no insultando o agrediendo a los que tienen otras opuestas a las mías. Eso no es democracia, eso sigue siendo autoritarismo. Y los emperadores dejaron de existir hace mucho tiempo. Ahora bien; con todos esos elementos en las manos, como periodista me llevaron a ser: desconfiado, descreído y escéptico. Desconfiado de quienes me aseguraban ser los mejores y los únicos. Descreído de todos los discursos y relatos a favor o en contra y escéptico de todos los que aseguraban tener la gran solución para llevarnos a un mundo mejor.
Claro está que, con todos esos elementos personales en las manos, ¿Me puedes explicar cómo llegué a ser un creyente genuino e hijo de Dios por nuevo nacimiento? Yo tengo la respuesta: eso fue un milagro. Sacar de mi mente todo ese nivel de incredulidad general y convertirlo en auténtica fe casi ciega en lo dicho por el que convertí en Señor de mi vida, tuvo que ser un milagro sobrenatural. Ninguna persona, desde el convencimiento, el discurso o la estrategia que fuera, hubiera podido lograrlo en mí. La noche en que mirando aquellas estrellas brillantes en el telón negro del firmamento le dije a Dios que, si era cierto que existía, me ayudara a encontrarlo, no se lo dije con dudas ni tratando de sacar alguna ventaja. Se lo dije creyendo absolutamente que Él me estaba escuchando y que algo, que todavía no podía saber qué sería, iba a hacer a mi favor y yo iba a poder salirme de esa situación asfixiante a la que una vida personal no del todo correcta me había llevado. ¿Podría argumentar que hubo terceros que tuvieron responsabilidad en esa asfixia? Si, pero eso sería proceder como el psicópata, que siempre cargará culpas a los demás de sus propios errores. Convertirte, es comenzar a hacerte cargo de tus decisiones. Nadie te obliga a ser ni a hacer nada. Siempre eres tú el que eliges ser o no ser, hacer o no hacer, lo que sea.
Entonces, la cuestión es que fui estrictamente salvo por Gracia. No me lo merecía en lo más mínimo. Si bien no había asesinado a nadie, ni tampoco estafado, ni violado a nadie, eso no me convertía en un santo lleno de virtudes. Fui un pibe, (Así llamábamos aquí a los jóvenes que pasaban de la adolescencia a la madurez), decente, bastante puro, obediente y trabajador. Pero al mismo tiempo, por vivir y convivir con todo lo que se vive y se convive en esta sociedad de la que formamos parte, también pequé bastante y de todos los colores que puedas imaginarte. Buena persona, sin dudas, como muchos, pero pecador de cabo a rabo, como todos los que viven, o vivían sin Dios. Lo que vino después más o menos lo sabes, porque lo he contado en otros trabajos anteriores, y no me gusta repetir demasiado algo dicho, porque ese es uno de los signos más visibles de la senilidad galopante que va llegando a una vida. Ojo: no me molesta en absoluto estar envejeciendo, todo lo contrario. ¿Sabes por qué? Porque lo único que evita envejecer sin fallo alguno, es morirse. Y si bien es un destino final que todos tenemos en nuestro futuro, a mí, como supongo a la mayoría de ustedes, no me da ni medio gramo de gana apurarme para que llegue. No le temo y lo acepto, pero no tengo ninguna prisa, no sé si soy claro.
Primeramente, creí en el Dios Católico Apostólico Romano. Luego creí en el Dios de la iglesia evangélica. Hoy estoy creyendo en el Dios de la Biblia. Y tengo certeza de estar creyendo en lo correcto, por dos motivos. Primero, porque esa Biblia contiene la Palabra de Dios en toda su intensidad, la misma Palabra utilizada para crear todo lo visible e invisible. Y, en segundo término, porque a esa misma Biblia no todos los sectores anteriormente mencionados la creen y respetan fielmente. Tanto la iglesia católica como la evangélica, respetan de la Biblia solamente lo que coincide con las doctrinas por ellos mismos construidas, enseñadas y hasta obligadas a respetar fielmente. Y si a eso le sumamos distintas áreas en cada uno de ambos credos, entonces ya entramos en un derrotero bastante sinuoso, donde subsiste mucho más lo que le hacemos decir a esa Biblia que lo que ella te está diciendo en verdad. No invento nada si te digo que he conocido personas que no vacilan en interpretar algún texto bíblico de manera tendenciosa para hacerlo coincidir con sus pensamientos. Llegaron al extremo de darles a David y Jonatan una entidad casi homosexual, con la simple intención de justificar esa forma de vida.
De hecho, lo más serio, si me permites verlo de ese modo, que la Biblia contiene, es que no te arrima ningún argumento detallado de la existencia de Dios. Lo que sí te dice, con esa tremenda y contundente simpleza que tienen las verdades absolutas que sólo existen en lo sobrenatural, es que si quieres ver a Dios puedes verlo en todo lo creado. Y eso nos impide algo a lo que el hombre, en su naturaleza caída y pecadora, es tan afecto: colocar todo bajo el microscopio de su sapiencia humana y luego adherirle un rótulo, una etiqueta que diga que eso es tal y cual cosa y no se habla más del asunto. Demasiado lineal y vacuo como para incorporarlo a un ámbito que, como el espiritual e invisible, es altamente profundo e inescrutable desde los cinco sentidos carnales. Podemos estudiar a Dios, nadie te lo va a prohibir, ni siquiera Él mismo. Pero lo que no podemos hacer en modo alguno es analizarlo, y mucho menos desde la lógica racional humana. Es contundente y determinante: sólo podemos saber y conocer de Dios, lo que Él esté dispuesto a revelarnos.
Por eso, Cuando los Dibujantes te muestran a ese Dios anciano, de profusa barba y largos cabellos blancos, es más que obvio que no han recibido ninguna revelación, sino sólo el impulso interno y carnal de sus propias imaginaciones creativas, que pueden ser muy útiles y hasta positivas para todo el andamiaje publicitario o de ficción, pero jamás en lo concerniente al mundo espiritual. Si alguno de ellos hubiera tenido el mínimo contacto con el Espíritu Santo, hubiera entendido que Dios es eterno, y que hasta donde podemos saber, nada que posea el concepto de eternidad vive dentro del tiempo cronos que vivimos nosotros, los seres humanos que poblamos este planeta. Dios, simplemente ES. Ni un niño, ni un adolescente, ni un joven de físico cultivado en gym, ni un hombre de edad madura onda empresario y mucho menos un anciano. ¿Por qué? Porque no vive en este tiempo material, porque es Espíritu y los espíritus viven en un ámbito sin tiempo. ¿Entenderlo? No, con tu mente finita y carnal, es imposible que entiendas esto. ¿Sabes qué? Créelo, con eso te alcanzará. Al menos, hasta que recibas algo de revelación y luz.
¿Tan así? Eso me han preguntado muchas veces. ¿Es serio enseñar que se debe creer lo que no se ve, aunque no exista ningún elemento de prueba que ayude a creer? Para el concepto de nuestro mundo que analiza, examina y prueba y comprueba todo desde su propia sabiduría terrenal, no. No parece ser demasiado serio, pero ¿Sabes qué? Es tan serio como cuando Jesús le hizo recuperar la vista a un ciego escupiendo sobre la tierra y pasándole el resultado de esa acción por los ojos al hombre. ¿Es que el barro puede sanar una ceguera de nacimiento? Media iglesia que sí, la otra que no. Comienzo de una grieta ideológica, religiosa y política en marcha. Divisiones. Satanás chocho de la vida y de parranda corrida celebrando las idioteces humanas con disfraz eclesiástico. Barristas por un lado, anti barristas por el otro. La estupidez humana, a veces, no tiene límites. Aunque semanalmente se junten en un lugar a cantar coritos, levantar sus manos y cerrar sus ojos en un ensueño o éxtasis producto de sus emociones o, lo peor, simulado.
En el principio, creó Dios los cielos y la tierra, dice el primer verso del Génesis en la versión Reina Valera tradicional. Un voluminoso moreno puertorriqueño que trajo palabra ungida en los años noventa a mi país, cuando aquí todavía se enseñaba el evangelio según escuelita bíblica para niños, dijo que aquel que entendiera este primer verso de Génesis, estaba en condiciones de entender todo el libro. Y redoblando la apuesta ante ojos abiertos como un par de huevos fritos de todos nosotros y nuestra mandíbula caída por exceso de ignorancia, añadió que quien lograra entender Génesis, iba a comprobar cómo toda la Biblia le tomaba sentido. Tenía total y absoluta razón. Era mandato del Espíritu Santo que nos dijera eso justo en ese tiempo y momento, donde todavía aquí había una batalla global entre católicos y evangélicos y, yendo hacia dentro, bautistas versus pentecostales. Si existen o no existen los demonios, si se habla o no se habla en lenguas y un sinfín de tonterías religiosas por el estilo, ocupando el lugar de atención general, en lugar de darle prioridad a lo más importante: conocer a Cristo y ser un mismo espíritu con Él.
A mí no me cerraba eso de En el principio… ¿Cómo que en el principio? ¿De qué principio me está hablando, si en el concepto de eternidad no existe el tiempo tal como nosotros lo medimos con nuestros relojes o ahora con nuestros teléfonos móviles? ¿No existe Dios desde siempre de los siempres? Ya lo sé, no puedes entender eso, ¿Verdad? No te preocupes, yo tampoco, pero así funcionan nuestras mentes finitas destinadas a nacer, desarrollarse, crecer y morirse. ¿A quien se le ocurre, con esos elementos, entender a un ser que dice ser eterno? ¿Alguno de ustedes me puede explicar con pelos y señales qué cosa es la eternidad? ¡Sí, ya sé lo que dicen los buenos libros escritos sobre el tema! Pero no te estoy hablando de libros, te estoy hablando de sabiduría genuina, esa que te viene desde adentro y que no puedes saber de donde y por qué te viene. ¿Entonces te estoy diciendo que no hubo un día o momento en que Dios dijo ¡Zácate! y todo esto que vemos se formó? No lo sé, yo más bien creo que se fue formando de a poco, una cosa detrás de la otra. Pero no hubo un principio, hubo una prosecución de algo que en la eternidad ya estaba formado. Sólo debió reproducirlo en lo visible aquí y ahora.
¡Muy bien! ¡Genial! ¡Grande el maestrito Néstor! Ahora dime gran sabihondo humanoide por qué motivo ese versículo dice lo que dice. Por qué dice En el principio, si ya entendemos que no hubo ningún principio. La respuesta era tan simple que me dio vergüenza el día que se hizo la luz en mi entendimiento, de no haberla visto antes. Porque hubo un error de traducción en la versión tradicional que conocemos. Porque aquellos monjes decidieron entender que donde dice principio, está refiriéndose a comienzo, a inicio de todo. Y ahí nomás interpretaron eso y le mandaron lápiz, carbón, pluma, ya que teclado todavía no existía. Digo: ¿Nadie pensó que esa interpretación provenía de un montón de mentes que tomaban los manuscritos sagrados y antiguos con una preponderancia intelectual formada por las escuelas griegas? No. Eran monjes y, como tales, dueños de ese Dios y sus mandatos, como religión derivada del judaísmo. ¿Para qué se iban a tomar el trabajo monótono de indagar en los originales para ver si lo que estaban escribiendo era así? ¡Que a ese trabajo lo hiciera algún tonto! Okey, aquí tienes a uno de esos tontos. Obviamente no el único, hubo otros que también lo hicieron, gracias a Dios.
Fui a consultar a otras versiones y eran todas más o menos dependientes de la tradicional, que como todos sabemos, fue traducida al español previo paso anterior por el inglés. Es decir que mucho de lo que se lee en nuestras biblias, es producto de una doble traducción. Del hebreo o griego, conforme a si es del Antiguo o Nuevo Testamento, al inglés, y de allí al español. Muy meticuloso y prolijo, pero peligroso en cuanto a lo interpretativo. Porque en la versión Biblia Textual, que es la única que tengo noticias fue traducida directamente de los originales al español sin pasar previamente por el inglés, me encuentro con una novedad para nada menor: Allí no se lee En EL principio, sino En UN principio. Y allí se nos dan vueltas patas para arriba todas nuestras interpretaciones de craneotecos teológicos. Porque no es lo mismo usar EL, que cualquier literato menor sabe que un artículo determinado neutro que se antepone a un sustantivo masculino para indicar que el referente es conocido por el hablante y el oyente que UN. EL principio, es efectivamente el comienzo y todo lo que creímos y entendimos durante años.
Sin embargo, decir En UN principio, es otra cosa. Porque UN, que, si bien también es un artículo, en este caso es indeterminado, lo que te dice a ti y a mí que se utiliza para presentar o introducir sustantivos que designan personas o cosas desconocidas o no mencionadas anteriormente. Con lo que, haciendo un muy somero análisis literario normal, llegas a darte cuenta que decir en UN principio no te está hablando de comienzo, sino de modelo, de patrón, de croquis, de… ¡Diseño! Haz la prueba simple, doméstica y hasta casera. Lee ese verso con esta modificación. ¿Qué te dirá? Que En UN diseño de Dios fueron creados los cielos y la tierra. ¿Verdad que suena mucho más coherente que lo anterior? Porque nuestro Creador de todos los universos habidos y por haber, de todos los cielos conocidos y por conocerse y de todos los planetas entre los que se encuentra el nuestro, tenía un diseño divino a infalible para ejecutarlo. Y así fue como lo hizo. Eso es, de alguna manera, entender ese primer versículo y, tal como lo dijo aquel moreno, ahora podrás entender el resto del Génesis. Haz la prueba. Yo no soy un comentarista que te estudiará el Génesis, apenas soy alguien que da de lo que ha recibido por Gracia y revelación. Sólo eso.
¿Y qué cosa es el contenido básico o elemental de este libro adjudicado nada menos que a Moisés? En primer término, que te muestra el fundamento de las doctrinas del pecado, de la caída, de la redención y de la justificación. No es poca cosa, créeme. Pero no se queda con eso, sino que también te va a mostrar la promesa del Mesías, la personalidad y la persona del Dios en el que creemos y el Reino de ese Dios y sus jurisdicciones y fundamentos. Eso en un comienzo. Luego te deja vislumbrar el origen del universo que habitas, su orden y complejidad, la organización operativa de nuestro sistema solar, los elementos que componen nuestra atmósfera e hidrósfera, el de la vida, el del hombre e, incluso, el del mismísimo matrimonio, que es como dimos en denominar legalmente lo que para Dios sencillamente era una unión bajo pacto delante de Él. Asimismo, Génesis te muestra acabadamente el origen del bien y el mal y, como corolario, el lenguaje, el gobierno, la cultura, las naciones y la religión. ¿Y sabes qué? Debido a que la gente ha abandonado la Verdad que se lee en Génesis, es que la sociedad hoy navega en tal nivel de confusión.
¿Te doy un dato técnico, pero que de ninguna manera es menor? Tú, que estimas que lo que realmente vale de la lectura bíblica es el Nuevo Testamento, ya que el Antiguo, -te enseñaron-, sólo es una compilación de historia hebrea, te cuento que, en este libro del Nuevo Pacto, directa o indirectamente, literal o implícitos, hay no menos de doscientas citas del libro de Génesis. Eso me dice a mí y te dice a ti que, aunque hayan pasado los tiempos, Génesis es importante para el Reino de los Cielos, y a mi eso me basta. Y si te quedan dudas, también puedo contarte que Jesús declaró la importancia de creer lo que Moisés había escrito, y dijo lo que Juan 5:46-47 consigna: Porque si creyereis a Moisés, me creerías a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis sus escritos, ¿Cómo creeréis mis palabras? En suma: ninguno de nosotros puede decir que cree en Jesús sino cree en el libro de Génesis escrito, a la sazón, por Moisés. Por algo Martín Lutero expresó que por muy simples que parezcan, las palabras de Génesis son juicios y hechos de la alta Majestad, poder y sabiduría de Dios.
El tema es que la Creación, con toda su dimensión y su tremenda mezcla de ciencia, sabiduría y cultura ha sido, es y seguirá siendo por mucho tiempo un verdadero misterio. Y por más que me esfuerce en escribir lindo y con contenido creíble a toda mente, no solo la de mis hermanos en la fe, no encuentro la manera. Es imposible escribir sobre nuestro Dios desde la óptica humana. O lo hago desde mi ubicación celestial en la que estoy sentado desde mi conversión o no lo hago. Ya lo intentaron algunos alumnos de una de las clases de Albert Einstein, que supongo que sabes quien fue. Ellos fueron y le dijeron que habían decidido creer y pensar que no había ningún Dios. Einstein, entonces, les preguntó que cuanto del conocimiento del mundo suponían que tenían ellos en conjunto. Los muchachos lo discutieron un rato y decidieron que era no más de un cinco por ciento. Einstein pensó que la estimación era demasiado generosa, pero lo dejó pasar para preguntarles: ¿Entonces podría ser posible que ese Dios exista en el noventa y cinco por ciento de lo que no conocen? Tremendo.
En ese sentido, Génesis 1:1 refleja el orden en el acto creador de Dios: lo espiritual precede a lo natural. Sin embargo, como bien dice Pablo en 1 Corintios 15:46-48, el orden en la experiencia humana es inverso: nacemos en lo natural y, en el mejor de los casos, alcanzamos lo espiritual en la medida en que manifestemos “la mente de Cristo”. De ahí que nuestro esquema de pensamiento, limitado por la lógica del tiempo y el espacio, sea un verdadero obstáculo para conocer a Dios. Apartados de él, surgen al menos tres posturas que evidencian el vacío y la confusión del hombre sin Dios:
• Aferrarnos a una religiosidad llena de práctica de ritos, normas y tradiciones religiosas que reduce la revelación bíblica formas externas de devoción o autojustificación.
• Endiosar su propio «yo», esclavizándose a la angustia que genera vivir negando su finitud.
• Procurar una espiritualidad sin Dios, con consecuencias nefastas de las que poco se habla y que, en lo personal, me preocupan profundamente.
Desde hace años, y en el contexto de mi conversión, me pregunto sobre los riesgos de una espiritualidad sin Dios. Esta pregunta adquiere una dimensión trascendental cuando la pienso desde la perspectiva de la eternidad, pero admito que aún no cuento con la revelación suficiente para intentar responderla.