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Adultos Sobrevivientes al Abuso Infantil Intrafamiliar – Partes 1 y 2

Colaboración de: Héctor Spaccarotella

Río Gallegos – Provincia de Santa Cruz – República Argentina

El abuelo Ignacio era muy querido y admirado por Juancito. Siempre que iban con sus padres a visitarlo los domingos, le contaba historias de cuando era marino, a principios de siglo 20. De cómo navegó en un barco mercante a velas y así vino de su Italia natal. El anciano conservaba esos elementos tan característicos de un marinero (el abrigo con grandes botones, la navaja hecha a mano, el reloj de bolsillo.). Hacía barquitos dentro de botellas. Sabía hacer nudos de todo tipo. Tenía muchas historias increíbles.

Un hombre lleno de misterios que hacían que cada tarde de visitas fuera un momento único.

Un domingo cuando Juan tenía alrededor de 9 años los abuelos fueron de visita a la casa donde vivía el niño. A pasar el día en familia. Y todo iba bien, como siempre, hasta que el abuelo llevó a Juan a un cuarto donde estaban solos, e hizo cosas con él que no podía entender; y lo obligó también a hacer otras cosas. No es que a Juan le parecieran buenas o malas, simplemente que no las entendía. Que nunca se le habían cruzado por la mente. Mientras esto pasaba el abuelo decía que no debía contarle a nadie lo que pasaba, que debía ser un secreto entre ellos.

Este hecho se repitió otras veces.

Hasta allí el recuerdo.

Esto que parece tan fuerte y de lo que no creo que sea necesario detallar más, por alguna razón quedó borrado en la mente de Juan durante 37 años. Durante ese tiempo creció, construyó una vida de adulto, se casó y tuvo unos hijos hermosos. Hoy tiene 46 años, y desde hace unos cuantos es cristiano nacido de nuevo.

¿Por qué el testimonio de algo tan lejano y tan íntimo?

En principio, porque de una u otra manera, con las variables de parentesco (padre, abuelo, tío, hermano mayor), uno de cada 5 de los lectores de este artículo pasó por algo parecido. En el grupo juvenil de una iglesia cristiana investigaciones y encuestas han mostrado que un 40% de jóvenes tiene una historia similar para contarnos[1]. Citando textualmente estas encuestas, la edad promedio en que comenzaron los abusos osciló entre los 6 y los 8 años de edad. Y en el 90% de los casos el abusador es un conocido, familiar o vecino.

Técnicamente alguien que vivió una situación de incesto de este tipo, es considerado adulto víctima de Abuso Sexual Infantil Intrafamiliar (A.S.I.I.). Actualmente los autores usan un término mucho más adecuado que “víctimas”: los llaman “sobrevivientes”.

Es frecuente ver a profesionales y organizaciones ocuparse de niños que han sido abusados. Los juzgados del menor en cada ciudad están abarrotados de situaciones de este tipo.  En todos los casos, la realidad que muestran los psicólogos y asistentes sociales encargados de tratar con estos temas, es que la cantidad de casos es tan grande que superan completamente sus posibilidades.

Esos niños de uno u otro modo comienzan a ser tratados desde ahora por lo que han sufrido.

Pero en los hogares hay una cantidad mucho mayor que nunca van a tener la oportunidad de contarle a nadie lo que les pasa. Guardarán estos hechos en la más absoluta soledad y secreto y crecerán con ello en su mente y en su corazón. Se harán adultos y vivirán sus vidas, en muchos casos “olvidándose” de los abusos.

De estos adultos es de quienes les propongo ocuparnos.

Para entender lo que pasa dentro de un adulto sobreviviente de A.S.I.I., es necesario que dedique unos párrafos a definir algunas cosas técnicamente:

La palabra ABUSO deriva de ab-uso; uso enajenado del cuerpo del otro tomando posesión de él, que queda limitado a un objeto.

La palabra VIOLENCIA deriva de violar, violentar, maltratar, profanar, deshonrar.

Las prácticas violentas en una familia están originadas en el desequilibrio de poder, que tiene como víctimas generalmente a niños, ancianos y mujeres.

Se trata de actos, discursos o palabras violentas donde el otro queda sometido a una situación de impotencia e indiferenciación[2].

Se ubica al abuso sexual infantil dentro de una de las categorías de la violencia que pueden sufrir los niños, siendo las restantes: abandono físico, castigo corporal y maltrato emocional[3]

Y aquí el tema es la forma específica de violencia que usa la sexualidad como medio.

Estoy hablando de un padre, un tío, un abuelo, un hermano mayor que abusa sexualmente de un niño de su familia.

¿Es una violación?

Es mucho más grave que eso. La palabra “violación” da solamente una respuesta incompleta a los hechos. La palabra “abuso sexual” es mucho más abarcativa, porque comprende todas las actividades sexuales en las que los niños se ven involucrados con adultos, que van desde besos, manoseos, sexo oral, penetración vaginal y/o anal, obligar al niño a presenciar una relación sexual entre adultos, y prostituciòn infantil.[4]

La víctima es alguien que no está preparado para saber lo que están haciendo con él porque dada su temprana edad no cruzan por su mente estos temas, pero además que está sufriendo este ataque de alguien que ama, que respeta, que debería protegerlo y cuidarlo.

Es necesario enmarcar estos hechos dentro de la familia. La situación es bien distinta (y psicológicamente deja menos secuelas) cuando el abusador es un extraño.

¿Este adulto es un pedófilo? No.

Los adultos que cometen incesto no gustan de otros niños. Solamente con “éste”, que es su hijo-hermanito-nieto-sobrino.

¿Qué piensa el violador?

“Este es carne de mi carne. Es una parte de mí mismo. Es mi hijo, y tengo derecho sobre él.”

En la psicología perversa del adulto, el niño se convierte en una parte del cuerpo del abusador. Su cuerpo deja de pertenecerle.

No hay una sensación de placer. Es una experiencia que parte de una necesidad narcisista.

El hijo se convierte en HUERFANO. Pierde en ese instante a su padre (o al pariente abusador), pierde a su madre porque hay un secreto que no puede compartir con ella.  (En muchos casos, cuando el niño lo denuncia a su madre, ésta no le cree) y pierde su propio cuerpo, que pasa a formar parte del cuerpo del adulto.

Las prácticas de ASII se constituyen en la abolición del deseo y del pensamiento del niño.

¿Qué pasa cuando un niño es abusado?

  • Debería experimentar rechazo o resistencia, pero están inhibidos por el temor que genera la relación de parentesco.
  • El niño se asocia psicológicamente con su agresor. Se identifican. Se confunden. Se olvida de su propio deseo.  El agresor se hace intra-psíquico. Deja de ser alguien externo y se convierte en interno.
  • El niño se identifica con su agresor y se siente culpable. Al mismo tiempo es inocente y culpable. En la locura que deviene en su mente, la agresión se vuelve interna. El niño se vuelve su propio agresor, comparte la culpa con el otro.
  • El niño necesita generar estrategias de supervivencia. Y vive procesos que van desde petrificación inicial, negación, desmentida, minimización del problema, reducción a “cosa” y aceptar su nueva condición.
  • Cuando un niño sufre alguna situación que lo asusta, recurre a sus padres buscando contención, protección. En estos casos no pueden hacer eso, porque hay un secreto. Alguien le dijo “no se lo digas a nadie porque.” y hay una amenaza que sigue a los puntos suspensivos.  El pequeño siente que si habla será culpable de la destrucción de la familia, de la separación de sus padres, será responsable de mayor destrucción de la que él vive. En su mente, surge la idea de que su secreto mantendrá la familia unida[5].

Ahora bien. Como mencioné arriba, hoy el tema son los adultos. Personas que hoy tienen más de 20 años y que han sufrido durante su infancia estas situaciones de A.S.I.I..

En la vida de este adulto hubo un niño que vivió los terribles traumas que resumí. En ese momento algo se rompió para siempre. Hubo una mutilación, como la que sufre alguien que pierde un miembro de su cuerpo.  En el momento del abuso murió un niño. Murió la infancia. Quedó para siempre en tiempo pasado, un chico que no pudo llorar su dolor. Tal era su miedo y lo demencial de su realidad.

Hubo silencio. El tiempo fue pasando, sin hablar con nadie de esto. CON NADIE.

La persona se hizo adulta. En su mente carga con un pasado que de tan doloroso se fue ocultando, hasta que en muchos casos quedó en el olvido. Pero quedaron las culpas. La sensación de desprecio por su cuerpo. El sentir que no se es nada. Que el cuerpo no le pertenece. Quedaron los miedos, aunque no se sabe a qué. Quedó el desprecio por el sexo.

Espero ser claro. Estos hechos del pasado, imposibles de comprender por el niño que era, han sido negados o minimizados. De modo que no se asocian a situaciones del presente. Pero quedan las secuelas.

Un adulto sobreviviente de A.S.I.I. concurre a consejería pastoral o a buscar ayuda profesional, porque (sin conocer la causa) sufre de:

  • Problemas para dormir. Insomnio o pesadillas recurrentes.
  • Irritabilidad, inestabilidad emocional. Cambios bruscos de comportamiento. Agresividad.
  • Problemas con la autoestima.
  • Conductas obsesivas.
  • Depresión.
  • Aislamiento de amigos y familia.
  • Desprecio por lo relacionado al sexo o promiscuidad y desenfreno.
  • Rechazo a los lugares donde hay mucha gente.
  • Comportamiento suicida, Autoagresión  .

Todos estos síntomas son característicos en un adulto sobreviviente de abuso sexual infantil ¿los reconoce? ¿ha recibido personas buscando ayuda con estos síntomas?.

Estos hombres y mujeres buscan ayuda. Uno de cada cinco en nuestra congregación. En números estadísticos, más de 20 de cada 100 personas que se sientan en el templo.

El A.S.I.I. no respeta situación espiritual, condición social, formación intelectual. La iglesia es una muestra de la realidad del mundo en que vivimos, y entonces hay en ella familiares abusadores, niños que hoy son víctimas de incesto y adultos sobrevivientes de una infancia donde hubo abuso sexual infantil.

¿Podemos comprender la magnitud del problema?

Si no estamos preparados a ser sensibles, a escuchar, si no estamos entrenados para pensar en esto, no podremos dar ayuda.

¿Cuántos hablan hoy con usted, pastor o consejero, manifestando los síntomas que describí?

En mi experiencia creo que es un error atribuir a estos casos cuestiones únicamente espirituales. ¿Cuántos cristianos han pasado por nuestra oficina buscando una ayuda que no siempre pudimos dar?

Creo que debemos aprender a usar la psicología como una herramienta más de ayuda pastoral. Es indispensable que  el pastor o consejero sepan distinguir e identificar estos síntomas. Y estén preparados para responder adecuadamente. Muchas veces la persona que busca ayuda necesitará la interacción con un profesional.

¿Puede un adulto sobreviviente de ASII recuperarse?

Seguramente que sí, en la medida en que pueda reconocer la causa real de sus problemas, ponerle nombre, identificar las consecuencias que vive. Liberarse de una culpa que no es propia. En la medida en que pueda encontrarse real o espiritualmente con su agresor, confrontarlo para enfrentar sus propios miedos y sentimientos de intimidación  y perdonarlo.

Debe irse hacia el pasado a buscar ese niño que quedó en un cuarto a oscuras, sólo y asustado, sucio y lastimado. Se lo debe abrazar, consolar, limpiar, sanar. Se le debe enseñar a llorar.

La sensación será la de recuperación de una inmensa paz. La de dormir mejor,  la de aprender a sonreir, la de aprender a devolver el amor que se recibe, la de aprender a amar nuestro cuerpo, la imagen que vemos en el espejo.

Conocer nuestro valor, generar nuestra propia identidad. Controlar nuestras adicciones. Reconocer nuestras conductas. Levantarse de buen humor. Poder pensar en futuro y hacer planes. Conquistar la alegría de vivir.

La sensación de mutilación quedará, como la de alguien a quien le falta una parte de su cuerpo por un accidente traumático. Pero se puede aprender a vivir con esa carencia.

No es cuestión de olvidar el pasado. Los hechos ocurrieron y estarán allí por siempre. Ser sanado interiormente permitirá convivir con lo que es parte de nuestra vida y recordarlo sin dolor.

Es un aprendizaje que puede hacerse.  Y vale la pena.

Citando nuevamente al matrimonio Cinalli:

“La persona debe ser conducida al perdón.

  • A perdonar a Dios (las víctimas creen que Dios no las protegió durante los abusos)
  • A perdonar al ofensor (La amargura es la consecuencia de la falta de perdón en el corazón. La única manera de ser libre es perdonando)
  • A perdonarse a sí mismo (muchas personas abusadas no pueden perdonarse a sí mismas. Creen haber colaborado con el abuso. “

En una prédica que escuché recientemente del pastor  Juan José Churruarín, grabé una frase: “podemos hablar con autoridad de aquello que hemos visto hacer a nuestro Padre”.  Creo en eso, y puedo hablar con autoridad porque soy un adulto de 46 años víctima de ASII. Un trauma que tenía tan negado que sólo pude reconocerlo hace unos meses.

El encontrarme con esta realidad y comenzar el camino de recuperación me ha permitido crecer en mi relación con Dios, en mi intimidad con Él. Aprendì a reconocerlo como Padre, como “papito”. Me resultaba muy dificil entablar ese vínculo filial porque no lo había conocido. Fui abusado por mi abuelo durante mi infancia.

Pero también siento el maravilloso privilegio que puedo leer en Mateo 13: 16 y 17. “Dichosos ustedes, porque tienen ojos que ven y oídos que oyen. Les aseguro que muchos profetas y personas justas quisieron ver esto que ustedes ven y no lo vieron; quisieron oir lo que ustedes oyen y no lo oyeron”

Sé que Dios inició una obra en mí y sé que esta obra será terminada. Es parte de mi crecimiento hacia Él.  Parte del proceso de conversión que se inició cuando hice mi oración de fe.

Le dije al Señor: “te abro la puerta, transfórmame, límpiame, sáname”.

En este último tiempo fue maravilloso tomar contacto con otros hermanos en Cristo que pasan por situaciones similares.  Otros adultos sobrevivientes de A.S.I.I.. que viven un proceso de recuperación de su cuerpo, alma y espíritu similar al mío.

Creo que usted que está leyendo puede comprenderme, identificarse. Le invito a que se ponga en manos de Dios, y le permita tratar con esto que tiene muy dentro suyo. Que se ponga en contacto con otros hermanos que viven su realidad. No deje que este pasado lo intimide, lo paralice. Levántese, pida ayuda.

“HE AQUÍ QUE YO LES TRAERÉ SANIDAD Y MEDICINA; Y LOS CURARÉ, Y LES REVELARÉ ABUNDANCIA DE PAZ Y DE VERDAD” (Jeremías 33: 6)

Notas: [1] Esta estadística fue hecha entre cristianos evangélicos en el libro ” De eso no se habla” escrito por los pastores Silvia y José Cinalli

[2] Liliana Álvarez, psicóloga forense en un foro sobre ASII en Caleta Olivia, mayo de 2005.

[3] Corsi Jorge, Violencia Familiar. Una mirada interdisciplinaria sobre un grave problema social. Buenos Aires, Editorial Paidós (página 33)

[4] Marta del Carmen Podestá-Ofelia Laura Rovea, Abuso Sexual Intrafamiliar: Un abordaje desde el Trabajo social. Editorial Espacio, página 20.

[5] Liliana Álvarez, psicóloga forense en un foro sobre ASII en Caleta Olivia, mayo de 2005

 

Comentarios o consultas al autor: hectorspaccarotella@yahoo.com.ar

 

Parte 2

He hablado bastante ya de abuso sexual infantil. Lo hice a partir de mi propia experiencia de sobreviviente, de mi búsqueda por entender y entenderme, y el tristísimo descubrimiento de que mi caso no es único, sino todo lo contrario es mucho más frecuente de lo que imaginaba.

Uno de cada cinco adultos de más de veinticinco años, estadísticamente, ha pasado por experiencias de este tipo en su infancia.

A partir de ese artículo también publicado en este sitio Web, no he cesado en estos años de recibir mensajes de personas de todo el mundo de habla hispana que me cuentan sus historias, me consultan sobre sus dudas, buscan ayuda para ellos o para su pareja al descubrir  que los problemas de relación pueden estar relacionados con este trauma.

El sentido que trato de dar a mis palabras es más allá de lo descriptivo, o la búsqueda de manos dando palmaditas en la espalda como diciendo “pobrecito”.

El doctor Jorge León, prestigioso pastor evangélico y psicólogo escritor de numerosos libros de psico-pastoral, habla de la Iglesia de Cristo como COMUNIDAD TERAPEUTICA.

Esto es, el entender que Jesús nos ofrece la restauración plena de la salud como una consecuencia directa de nuestro proceso de conversión.

Después de muchos siglos de historia de la ciencia, los médicos han hallado que hay una clara interrelación entre la salud del cuerpo, del alma y del espíritu.

Hace dos mil años atrás, Pablo estaba preocupado por ese tema y oraba por los cristianos de Tesalónica:

1Tesalonicenses 5:23  Y que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

Todo nuestro ser, dice Pablo, entendiendo que se refiere a las tres caras del prisma triangular que conforman el hombre. Tres caras de un mismo prisma, formando una unidad integral que no puede ser analizada separadamente.

La ciencia habla hoy de medicina holística.  Es una tendencia relativamente nueva que esta haciendo furor en Estados Unidos, Inglaterra y norte de Europa. En los últimos años médicos y psicólogos se sumergen también en Latinoamérica en este enfoque, al descubrir que la restauración plena de la salud necesita ir más allá de los síntomas.

El enfoque holístico trata al individuo como un ser compuesto por tres aspectos que interactúan entre si:

El cuerpo

El alma (intelecto, emociones, sentimientos)

El espíritu

Según la filosofía holística, el entorno en que vivimos influye en cada uno de estos tres aspectos. Y, para ser un individuo sano, debemos encontrar el equilibrio en cada aspecto que rige nuestra vida. Si uno de los tres aspectos no esta equilibrado, el resto, debido a la compleja interacción que existe entre ellos, se reciente y podemos llegar a enfermar.

Por eso Pablo estaba preocupado porque los tesalonicenses cuidaran los tres aspectos del ser humano, de modo que se mantenga preparado para el momento en que tengamos que rendir cuentas ante Dios.

Servimos a un Dios bueno, que está lleno de amor y que desea vernos sanos y viviendo bien.

Un Dios que se preocupa por nuestra sanidad integral, holística.

El tema de la sanidad Divina ha sido y sigue siendo hoy usado muchísimo como un argumento para motivar al individuo a que se acerque a nuestras congregaciones. Por aquí y por allá se anuncian campañas de sanidad y milagros entre evangélicos, o “curas sanadores” entre católicos.

Y creo firmemente que es INDISPENSABLE que cuando la persona se acerca, se haga por ellos más que ofrecerles pasar al frente a recibir oración.

Claro que la oración es importante. Es indispensable.

En la oración El Espíritu Santo abre puertas que estaban cerradas. Revela secretos del alma que estaban ocultos.

Esto es muy frecuente en el caso de adultos sobrevivientes de Abuso. Esto sucedió en mi caso personal, donde la magnitud del stress post traumático en mi infancia fue tan severo que recién después de los 40 años y con la ayuda del Señor, pude hacer consciente la situación de abuso vivida.

Pero me gustaría ir más allá.

Porque cuando la puerta se abre, tiene que haber alguien preparado para “leer”  lo que está saliendo a la luz en la persona ministrada. Clérigos y líderes entrenados que sepan cómo ayudar.

La característica más común en la gente que me escribe o me consulta, es que buscan ayuda en mí que no están hallando en su propia congregación.

A ver si puedo ser suficientemente claro.

No tiene sentido abrir un hospital si no está equipado con la tecnología y los profesionales de la medicina que atiendan las necesidades de los pacientes.

¿Estás de acuerdo?

Claro, es evidente. Si no hay médicos, el hospital debe cerrarse porque la gente puede morir debido a enfermedades mal tratadas.

Eso es exactamente lo que está pasando en las iglesias. La gente se está muriendo (física o espiritualmente) porque quienes están a cargo de responsabilidades ministeriales no están preparados para “escuchar”  lo que los feligreses dicen con palabras o lo que el Espíritu Santo revela de ellos.

Ayudar a personas sobrevivientes de abuso me llevó a darme cuenta que tienen problemas serios con su sexualidad, con su pareja, con su familia, con su falta de paz. Necesitan pastillas para dormir.

Muchas veces son personas violentas. Tienen enfermedades raras que los médicos no pueden diagnosticar. Personas que no pueden orar, porque no encuentran un camino de comunicación con Dios.

En el ochenta y cinco por ciento de los casos, el abuso ha sido perpetrado por un familiar directo. Generalmente el padre o adulto que cumple esa función en su mente.  Alguien en quien el niño confía ciegamente.

Culturalmente  vemos a Dios como nuestro Padre Espiritual. Resulta muy difícil crecer en nuestra relación con Él si no está sana nuestra relación con nuestro padre terrenal.

…Y la persona entra a nuestro “hospital” con el corazón herido o enfermo.

Las herramientas de diagnóstico, las tomografías computadas espirituales del Señor muestran el daño… pero luego no hay quien esté preparado para ayudar en la recuperación.

Entonces la persona se expone, se desnuda, muestra su dolor, muestra sus heridas, pide ayuda… y no puede irse con la palmadita en la espalda y el “oraré por usted” únicamente.

¿Me explico?

En el Nuevo Testamento, los Evangelios registran la mayor cantidad de sanidades divinas. Jesús liberó a muchos de espíritus malignos que eran responsables de aflicciones en el cuerpo. Enfermedades del espíritu o del alma que traían síntomas en el cuerpo.

Es conocido el caso de la mujer encorvada, relatado por Lucas:

Lucas 13:11 y 12  y había allí una mujer que durante dieciocho años había tenido una enfermedad causada por un espíritu; estaba encorvada, y de ninguna manera se podía enderezar.

Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijoMujer, has quedado libre de tu enfermedad.

El espíritu enfermo manifestaba síntomas  en el cuerpo de esa mujer. Lo que los ojos veían era una mujer con su cuerpo deteriorado… pero el origen de la enfermedad estaba en el espíritu.

Igual que hace dos mil años, también hoy en día necesitamos la sanidad de Cristo.  Necesitamos experimentar el poder sanador de Dios.

Es reconfortante saber que Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre, como dice el escritor de Hebreos:

Hebreos 13:8  Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos.

Es razonable pensar que si Jesús sintió gran compasión por los enfermos en el pasado, también la sienta hoy en día, y sigue sanando a los enfermos a través del Espíritu Santo.

También hoy habla mirándote directamente a tus ojos, ahora mismo, y te dice lo mismo que relata Marcos en el capítulo 7: ¡Effatá!, que quiere decir : ¡Ábrete!

De verdad creo con todo el corazón que Dios quiere hoy sanarnos de nuestras enfermedades y lo puede hacer.

Pero las personas sobrevivientes de abuso me preguntan… ¿Cuál es el camino hacia la sanidad?

Un viejo dicho dice que la victoria está segura si conocemos al enemigo.

El camino hacia la recuperación del sobreviviente comienza por el traer as la conciencia el abuso, y comenzar a hablar del tema. Cuanto más hable mejor.

La persona que lo ministra tiene que tener su oído abierto a escuchar, y la actitud de liberarlo de la culpa que siente.

El sobreviviente se siente culpable porque cree erróneamente que podría haber evitado que abusaran de él. En su mente termina creyendo que colaboró a que sucediera lo que sucedió. Eso es totalmente erróneo, porque en el niño la experiencia es tan terrible que lo paraliza, entra en shock emocional y no puede reaccionar ni defenderse.

Cuando ministrando al sobreviviente se le dice “tú no tienes la culpa de lo vivido”, la persona se quiebra porque arrastra ese sentimiento desde hace muchos años.

Luego de la desculpabilización, la persona que ministra sanidad interior debe trabajar el “hacerse cargo del trauma”.

El sobreviviente debe aprender a reconocer las secuelas para combatirlas, para contrarrestarlas.

Debe aprender a eliminar la autocompasión (pobrecito yo) y darse cuenta que se puede ser feliz y llevar una vida plena después del abuso.

Oídos entrenados, palabras sanadoras y brazos que abracen.

Ministros entrenados, de modo que cuando el Señor trae a ellos el discernimiento del problema, sepan realmente como ayudar.

Es nuestra responsabilidad como Iglesia.

Los abrazo.

 

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mayo 31, 2015 Néstor Martínez