Dicen los buenos diccionarios que la envidia es un sentimiento de tristeza o irritación producido en una persona por el deseo de la felicidad o alguna otra cosa de otra persona, esto es: el deseo de algo que no se posee.
Es la tristeza o el pesar del bien ajeno, sentimiento de animadversión contra el que tiene una cosa que uno no tiene. Es también la emulación, el deseo honesto de ser como es otro. Es el celo o nobleza como sentimiento de disgusto que experimenta una persona que desea fervientemente lo que otra posee.
La envidia es aquel sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro, ya sea en bienes materiales, cualidades superiores, afectos sentimentales u otra clase de cosas.
En términos médicos la envidia ha sido definida por diversas expresiones según los diagnósticos psiquiátricos. El que más ha marcado redundancia en los últimos tiempos, es la frase citada por el doctor Saúl f. Salischiker, que dice así:
“Es cuando una persona se obsesiona y deja de vivir por estar pendiente de tu vida o en este caso en la vida de su adversario, de su entorno, y entre otras cosas siente agobio por cada uno de sus triunfos. Aparte de mostrar signos graves de inferioridad, te muestra que estás tratando con una persona psiquiátricamente enferma.”
De acuerdo con la primera definición, la envidia es sentir tristeza o pesar por el bien ajeno. Y de acuerdo con esta definición, lo que no le agrada al envidioso no es tanto algún objeto en particular que un tercero pueda tener, sino la felicidad en ese otro. Entendida de esta manera, es posible concluir que la envidia es la madre del resentimiento, un sentimiento que no busca que a uno le vaya mejor, sino que al otro le vaya peor.
De acuerdo con la segunda de las acepciones, la envidia se puede encuadrar dentro de la emulación o deseo de poseer algo que otro posee. Siendo en este caso que lo envidiado no es un sujeto sino un objeto material o intelectual.
Por lo tanto, en esta segunda acepción la base de la envidia sería el sentimiento de desagrado por no tener algo y, además de eso, el afán desmedido de poseer ese algo. Esto puede llegar a implicar el deseo de privar de ese algo al otro, en el caso de que el objeto en disputa sea el único disponible.
Una tercera posibilidad para comprender lo que la envidia implica, sería la combinación de las dos acepciones mencionadas anteriormente. Cualquiera sea el caso, la envidia es un sentimiento, -dice la ciencia-, que nunca produce nada positivo en el que lo padece, sino una insalvable amargura.
¿Pecado Capital o capital del Pecado?
Otra definición más relacionada con la envidia, es que el envidioso cuenta mentiras sobre la persona a la que envidia, o las cosas que tiene, para poder tenerlas. En ocasiones la envidia puede hacer que el envidiado muera a manos del envidioso en tremendos dramas policiales de homicidio.
En líneas generales, -dice la sabiduría popular-, la envidia es considerada como un pecado capital porque genera otros pecados, otros vicios. El término “capital” no se refiere a la magnitud del pecado, sino que da origen a muchos otros pecados y rompe con el amor al prójimo que proclama Jesús.
Un Papa del Catolicismo Romano llamado Gregorio fue quien, en el año 540, en Roma, seleccionó los tradicionales siete pecados capitales, decisión que fue sostenida y mantenida por la mayoría de los teólogos de la Edad Media.
Dante Alighieri, en el poema “El Purgatorio”, define a la envidia como el “amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos”. El castigo para los envidiosos es el de cerrar sus ojos y coserlos, porque habían recibido placer al ver a otros caer. En la Edad Media, el famoso cazador de brujas, el cardenal Beasbal, le atribuyó a la envidia el demonio llamado Leviatán, un demonio marino y que era sólo controlado por Dios.
Bertrand Russell, filósofo y escritor británico, y Premio Nobel de Literatura sostenía que la envidia es una de las más potentes causas de infelicidad. Siendo universal es el más desafortunado aspecto de la naturaleza humana, porque aquel que envidia no sólo sucumbe a la infelicidad que le produce su envidia, sino que además alimenta el deseo de producir el mal a otros.
Juego de Sentimientos
José Antonio Marina, filósofo, ensayista y pedagogo español, sostiene cierta nomenclatura afectiva en su obra “El Laberinto Sentimental”, en la que divide los fenómenos afectivos en: afecto, sensaciones de dolor, placer, deseos y sentimientos, subdividiendo estos en cuatro grupos según su intensidad como: estados sentimentales, emociones y pasiones.
Este último grupo, las pasiones son definidas como “sentimientos intensos, vehementes, tendenciales, con un influjo poderoso sobre el individuo”. Sería en este grupo en el que la envidia quedaría configurada.
La envidia ha sido frecuentemente tema y ha inspirado relatos literarios como el de Caín y Abel que aparece en el Génesis de la Biblia. Este relato, en realidad, ejemplifica la rivalidad y conflictos históricos entre los sistemas de vida nómadas y sedentarios de pastores y agricultores que se han desarrollado a lo largo de la historia.
El escritor de “La Generación del 98”, Miguel de Unamuno, afirmaba que era el rasgo de carácter más propio de los españoles y escribió para ejemplificarlo su novela “Abel Sánchez”, en que el verdadero protagonista, que significativamente no da título a la obra, ansioso de hacer el bien por la humanidad, sólo recibe desprecio y falta de afecto por ello, mientras que el falso protagonista, que sí da título a la obra, recibe todo tipo de recompensas y afecto por lo que no ha hecho. Famosos envidiosos de la historia son: el famoso músico Antonio Salieri, el mismísimo Judas Iscariote y nada menos que Adolf Hitler.
Un psicólogo español llamado Iñaki Piñuel, describe la envidia que siente un acosador como un sentimiento de inferioridad, el cual opera en forma de culpabilidad, que el acosador siente por no poseer atributos que él estima ideales.
Los defectos físicos, intelectuales o emocionales generan un sentimiento de inferioridad que la persona intenta compensar superando esas carencias mediante el desarrollo de un complejo de superioridad.
El complejo de superioridad hace que el acosador viva en la ficción de la posesión de valores, atributos y cualidades que en realidad no posee, negándolos en los demás de manera defensiva. Cuando surge en su entorno una persona (La víctima) que sí posee en verdad tales características, ello supone para el acosador un verdadero choque con la realidad.
Su reacción ante esa dolorosa realidad suele consistir en negar, eliminando la fuente de la disonancia, desarrollando el psicoterror contra la víctima. El objetivo es hacer desaparecer a la víctima del horizonte psicológico del acosador porque sus capacidades suponen para éste una desestabilización psicológica.
Los griegos habían divinizado la envidia porque en su lengua phlohnos es masculino. Los romanos la hicieron diosa e hija de la noche. La comparaban a la anguila pues estaban en la creencia que este pez tiene envidia a los delfines.
El “Mal de Ojo”
Su nombre, Envidia, significa “El que no ve con buen ojo”. Los griegos le daban también el nombre de Mal Ojo y para librar a sus hijos de las influencias de este genio, tomaban con el dedo el cieno que había en el fondo de los baños y señalaban sus tiernas frentes. Yo he visto en zonas rurales de mi país “curar” este “mal” colocando en su frente un hilo rojo pegado con saliva del curandero sobre la piel del niño.
Esta superstición permanece aún entre los griegos modernos, los cuales temen a la Envidia o al Mal de Ojo. Se representa a esta deidad bajo la forma de un viejo espectro femenino con la cabeza ceñida de culebras, los ojos fieros y hundidos, el color lívido, una flaqueza horrible, con las serpientes en las manos y otra que le roe el seno. Algunas veces se pone a su lado una hidra de siete cabezas. La Envidia es un monstruo que el más brillante mérito no puede ahogar.
Se la pinta también despedazando un corazón y con un perro a su lado. Uno de los principales empleos de la Envidia era el servir de guía a la calumnia. De este modo la ha pintado Apeles. Rubens la pintó en Londres y en uno de los cuadros de Luxemburgo bajo la figura de una mujer muy flaca y de una palidez extrema. Poussin ha pintado este monstruo mordiéndose el brazo y sacudiendo las serpientes que rodean su cabeza. El tiempo que levanta la verdad abatida, arroja por tierra la Envidia.
Estos son, muy a grandes rasgos, algunos comentarios que puedes encontrar en cualquier sitio web de información general, esencialmente las enciclopedias donde casi todos ingresamos a buscar de casi todo lo que anda por allí. No es capital lo que has escuchado, pero te sirve para ponerte en situación y posición para ir en búsqueda de lo que la Biblia tiene para decirnos respecto a este flagelo humano, espiritual y social.
(Proverbios 14: 30) = El corazón apacible es vida de la carne; más la envidia es carcoma de los huesos.
Este es el primer texto en donde aparecen con cierta claridad las consecuencias anímicas y físicas que produce experimentar la envidia. Dice que es carcoma de los huesos. La palabra carcoma, según el diccionario, es el nombre de diversas especies de insectos, muy pequeños, cuyas larvas roen y taladran la madera produciendo a veces un ruido perceptible.
Asimismo, también se le llama carcoma a un polvo que produce este insecto después de digerir la madera que ha oído. Literal y gramaticalmente, se utiliza el término para determinar una preocupación continua que mortifica y consume. Por ejemplo, la de los celos.
El verbo que origina la palabra, en tanto, que es el verbo carcomer, se define como roer la carcoma la madera, corroer o consumir de a poco. Suele utilizarse como una figura literaria respecto al trabajo que el odio ejecuta en el corazón del hombre. Lo que el proverbio explicita, entonces, es que la envidia actúa como un insecto hipotético que corroe nuestros huesos.
No se necesita demasiada aclaración para descubrir que la envidia aquí es colocada como un elemento de choque superior a la ira y al ímpetu desatado de cualquier clase de furor. ¿Es por lo que produce con su sentimiento o por lo de la carcoma a los huesos?
Carcoma en el Alma
La palabra envidia, en hebrero quinah, significa literalmente ambición desmedida. En el concepto bíblico, es una enfermedad del alma. Salomón la llama “carcoma de los huesos”. Carcomer es roer, consumir, corroer, apolillar. La carcoma pudre lentamente lo que toca. Tú no te das cuenta. Cuando abres los ojos, todo está descompuesto.
Juan Crisóstomo acostumbraba decir: “De la misma forma que la polilla destruye mi ropa, así la envidia consume la vida”.La envidia duele no por lo que te falta a ti, sino por lo que los otros tienen. Nace la comparación. Lo que tortura al envidioso es la idea absurda de que los otros son más felices que él.
El apóstol Pablo dice a los Corintios: Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos.
La insensatez es contraria a la sabiduría. Es irracionalidad, pero controla la vida de mucha gente. Domina y subyuga las emociones, al punto de incapacitar para la felicidad. Una persona envidiosa sufre en el silencio del corazón, agoniza por dentro, llora a escondidas.
Como toda enfermedad, la envidia tiene remedio. Siendo una enfermedad del alma, es evidente que su cura, más que mental o emocional, es espiritual. Cuando tú vas a Jesús y le abres tu corazón, el Señor abre tus ojos para que veas una nueva dimensión de la vida.
Tú ves los desafíos, las metas, las montañas altas a escalar. No pierdas el tiempo mirando a los costados. Tu lucha no es contra los otros. Es contra ti mismo. El éxito de los otros, ya no te duele. Estás listo para volar por el azul infinito de la felicidad.
Tú y yo tenemos una larga jornada de crecimiento interior, pero no estamos solos. No te atrevas a comenzar el proceso de recuperación solo. Si lo haces, corres el riesgo de terminar en el desierto del cinismo espiritual.
Abre tus ojos y contempla el sol y la vida. Observa las maravillas de la creación. Tú eres parte de esa maravilla. El blanco de tu vida no es llegar a donde los otros llegan, sino alcanzar el plan divino para ti. Sé feliz, porque:El corazón apacible es vida de la carne; más la envidia es carcoma de los huesos.
Envidiando Dones y Ministerios
(2 Corintios 10: 12) = Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos.
¿Cuántos dones, talentos y habilidades y cuántas gracias y virtudes ha repartido Dios a toda la humanidad? Nos ha dado de lo suyo para que seamos de bendición; a cada uno lo indicado para que, con disposición y esmero produzcamos mucho fruto para Su gloria.
¡Qué hermoso y de cuánta satisfacción y bendición sería para toda la humanidad, que cada cual se dispusiera a descubrir ese tesoro que tiene escondido y determinara aportarlo para hacer de este mundo algo más armonioso y habitable, no pensando tanto en su propio bienestar, sino más bien, en el de los demás!
Es triste observar que, en muchos casos, se han enterrado los talentos, o no los han descubierto, o simplemente no les interesa tomarlos en cuenta y, como consecuencia, lo que aflora es lo negativo, lo vulgar, lo que no edifica, o las malas copias de unos originales que más que admiración, lo que les mueve es la pobre y baja pasión de la envidia, la carcoma de los huesos.
(Eclesiastés 4: 4) = He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu.
Es natural observar y admirar en otros aquello que es digno de elogio pero no debemos ofuscarnos tanto que vayamos a traspasar los límites de lo que es propio y pasemos por alto y/o menospreciemos lo que también hay en cada uno de nosotros.
Dios ha distribuido sus dones en todos según lo ha considerado conveniente. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de la alto, del Padre de las luces (Santiago 1:17)Estamos para agradecer a Dios por sus bondades para con nosotros y también para con los demás.
¡Cuánta satisfacción nos produce el llevar a cabo aquello para lo cual Dios nos dotó y preparó! ¡Es entonces cuando podemos ver con buenos ojos y admirar la labor de otros y regocijarnos juntamente con ellos, y todo para bendición nuestra y para Gloria de Dios!
Cuando se subestima lo que Dios nos ha dado, se está faltando a la gratitud a un Dios justo y aproximándose al peligroso terreno de la envidia. Cuando se rechaza lo bueno, se está dejando el camino de la rectitud, y lo que emerge es todo lo contrario; entonces, se ensaña el corazón contra todo y todos los que, con su luz, le alumbran y señalan su condición.
Excelencias Peligrosas
(Juan 3: 20) = Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas
¿Saben por qué causa mató Caín a su hermano Abel? Porque sus obras eran malas y las de su hermano justas.(1Juan 3:12) y es que, Todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo.¿Por qué vendieron los hijos de Jacob a José, su hermano?
Estos fueron movidos por la envidia; no podían resistir el que su padre lo prefiriera y esto porque sus obras eran buenas. ¿Por qué soltaron a Barrabás y apresaron a Cristo? Pilatos sabía que por envidia lo habían perseguido y entregado.
(Santiago 4: 1) = ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?
Es la palabra envidia un término grotesco del cual casi no se habla y se considera hasta tabú en la mente de aquellos que se resisten a reconocer que tal pasión los está carcomiendo. Y, como es natural en estos casos, el móvil del envidioso es presentar el objeto de su envidia como lo más horrible; es ver en esa persona las debilidades y defectos que existen en su propio corazón; es tratar de despojar con su lengua de las virtudes que advierten en el otro u otra y de las que ellos mismos carecen.
La envidia es señal de la insatisfacción e infelicidad que existe en el corazón. Quien envidia a otro se está menospreciando a sí mismo; quien desea tener lo que otro tiene, está subestimando lo propio. Quien no se puede gozar del bienestar de los demás está gritando su desdicha y quien se goza de su mal, está clamando por AMOR. Dice Miguel de Unamuno: La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.
Es la envidia un sentimiento negativo y destructivo cuya principal víctima es quien lo padece. Esta se siente amenazada por no poder poseer lo que a toda costa quisiera tener. Quien profesa conocer a Dios pero con sus hechos lo niega, está pregonando su falta de amor.
Quien no ama no ha conocido a Dios porque Dios es AMOR. El amor… “No tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad.(1 Corintios 13)
Quien padece de tal sentimiento no provoca al malestar sino a la compasión… “Jesús, revélate a los enfermos del alma y muéstrale con una experiencia hermosa de Fe cuánto Dios les ama.”
(Gálatas 4:29) = Está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; más el de la libre, por la promesa. Así que, hermanos, nosotros, como Isaac somos hijos de la promesa. Pero como entonces, el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido del Espíritu, así también ahora.
Desde que el mundo es mundo, ha habido amigos y también enemigos. Los primeros te amarán como quieran, los postreros te odiarán de todas maneras… Por eso, nunca des explicaciones; tus amigos no las necesitan y tus enemigos no querrán creerlas. (Elbert Hubbard)
Seamos agradecidos por los dones y talentos que hemos recibido de Dios y velemos, no vaya a ser que las pequeñas zorras en el corazón, provoquen el deseo de perseguir a aquellos que se han esforzado por agradar a Aquel a quien todos tenemos que dar cuenta.
Propón en tu corazón el echar mano de lo que Dios te dio para multiplicarlo y gózate siempre por la excelencia que veas en la labor de los demás… en su tiempo podrás disfrutar de sus frutos y, como consecuencia natural y lógica, le darás toda la gloria a Dios.
Raíz de Infinitos Males
(Proverbios 24: 1) = No tengas envidia de los hombres malos, ni desees estar con ellos.
Lo dijo el sabio hace siglos atrás: la envidia es carcoma de los huesos. Cervantes la llamó raíz de infinitos males. La envidia es entristecerse por el bien ajeno. Es uno de los pecados más comunes, practicados y tolerados entre la gente cristiana, ayer y hoy. Es un pecado tan estéril como un desierto y costoso de comprender y de confesar. Puede estar en el corazón de una persona de manera tan imperceptible que difícilmente ésta lo notará.
Se me hace a mí que el envidioso es el más pobre y miserable de todos los mortales, por que sufre mientras se ahoga en el entristecimiento más inútil y más amargo: el causado por la felicidad ajena. Él es infeliz y desdichado cuando los demás son felices y dichosos. El envidioso procura aquietar su dolor disminuyendo en su interior los éxitos de su prójimo.
Cuando ve que otros son más alabados piensa que la gloria que se tributa a los demás se la están robando a él, e intenta compensarlo despreciando o desprestigiando a quienes sobresalen o poseen más cualidades que él. Pero un alma verdaderamente pura se alegra sinceramente con los éxitos de un amigo.
La envidia suele ser un pecado practicado en la familia y entre amigos. Se dice que al patriarca José sus hermanos le tenían envidia y que por eso conspiraron contra él para matarle. La envidia los arrastró al odio y los tornó en asesinos de su propio hermano. La envidia proviene de un corazón dañado y torcido, y para arreglar tal imperfección es necesaria una circuncisión en el alma.
Los que estudian el comportamiento humano afirman que la envidia es un pecado que afecta a temprana edad a las personas. Se manifiesta primero en esas envidias tontas de niños y muchachos, cuando no se quieren prestar un juguete, o cuando se entristecen porque a su amigo le han comprado algo que él no tiene. O porque su compañero sacó mejor nota que él, etc.
El apóstol Pablo da en el clavo cuando escribe que el amor no tiene envidia, porque lo único que puede curar al hombre de este mal, es el amor, pues el amor no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor. Claro que estoy hablando del amor que se hereda de nuestro Padre celestial; el amor humano, ya lo sabemos, nada tiene que ver con esto.
Salomón descubrió que toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo, y hallamos en Romanos 1:18-32 acerca de aquellos que habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido, por lo cual Dios los entregó a una mente reprobada para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia … Quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte.
A menudo nosotros los predicadores hablamos del adulterio, la fornicación, las embriagueces etc., pero tenemos una falta grave al no señalar y denunciar otros pecados como este horrible pecado mortal de la envidia, ¿O es que no queremos hablar de algo que nos está carcomiendo los huesos, a nosotros mismos dentro del ministerio?
La envidia lleva también a pensar mal de los demás sin fundamento suficiente. A interpretar las cosas aparentemente positivas de otras personas, siempre en clave de crítica. Así el envidioso llamará interesado y ambicioso a aquel que lo trata de corregir o que desea que las cosas mejoren en su entorno mutuo.
Llamará ladrón y sinvergüenza a cualquiera que tenga éxito material. Como sucedió con el rey Saúl le ocurre al envidioso cuando ve que su amigo y su hermano hace cosas que él no puede hacer, cuando oye que la gente habla mucho de su amigo y de su hermano y no habla tanto de él, entonces piensa que su amigo quiere quitarle del puesto, usurpar sus funciones, y le sobrevienen entonces al envidioso los más malignos pensamientos, contra su propio hermano o amigo. Puede ser que los demonios ocupen entonces la mente y el corazón de tal persona, trayéndole odio, rabia, celos, e intentos homicidas contra alguien que le ama de veras.
Los envidiosos no admiran a nadie. Los dones o cualidades es un sentimiento natural que los envidiosos ahogan llenos de rabia, en la estrechez de su corazón. Isaías dice que se avergonzarán los que envidian a tu pueblo. Y tú no tengas envidia de los hombres malos, ni desees estar con ellos; porque su corazón piensa en robar, e iniquidad hablan sus labios.
La Danza de la Envidia
(1 Samuel 18: 7) = Y cantaban las mujeres que danzaban, y decían: Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles.
Este pasaje de las sagradas escrituras anuncia el inicio de una larga carrera de persecución de Saúl en contra de David. La causa de la misma se ve nítidamente en la historia de la humanidad y que muchas veces culmina como una fría mortaja sobre el rostro del hombre.
Es el pecado de la envidia que llenó el corazón de Saúl transformándolo en un acérrimo enemigo de David; aquel muchacho que fue escogido y usado por Dios para derrotar al temible gigante Goliat y para reivindicar los escuadrones de Israel.
Fue tanto el impacto de la victoria de David sobre el gigante, que el pueblo y las mujeres cantaban y danzaban profiriendo de gran manera tal hazaña. Aquello no agradó en absoluto a Saúl y terminó abriendo su corazón a la envidia que acabó por destruirlo.
Sin dudas que el tema de la envidia es muy serio y parece al menos oportuno tratarlo con la máxima frecuencia que se pueda. Grandes conflictos de relaciones humanas brotan del manantial de la envidia, y conforma un panorama cotidiano en nuestras vidas, donde quiera que ellas se desarrollen.
La envidia, asimismo, se puede encuadrar dentro de la emulación o deseo de poseer algo que otro posee. Siendo en este caso que lo envidiado no es un sujeto sino un objeto material o intelectual. Por lo tanto, la base de la envidia sería, en este caso, un sentimiento de desagrado por no tener algo y, además de eso, el afán de poseer algo. Esto, naturalmente, puede llegar a implicar el deseo de privar de ese algo al otro en el caso de que el objeto en disputa sea el único disponible.
Lo más notorio es que cualquiera sea la forma, este sentimiento jamás produce algo positivo al que lo padece, sino una insalvable amargura. Una de las peculiaridades de la actuación envidiosa es que necesariamente se disfraza o se oculta, y no sólo ante terceros, sino también ante sí mismo. La forma de ocultación más usual es la negación: se niega ante los demás y ante uno mismo sentir envidia.
Asimismo, este sentir revela una deficiencia de la persona, del ser envidioso, que no está dispuesto a admitir. Si el envidioso estuviera dispuesto a sacer de sí, a reconocerse, asumiría ante los demás y ante sí mismo sus carencias.
La Biblia, quiero recordarte, cataloga a la envidia como pecado y como tal, el tema lo debemos abordar con altura de mira y asumiendo que nuestra pecaminosa naturaleza tiene ese germen que se puede desarrollar en cualquier momento y llenar todos los rincones de nuestro corazón.
Es menester, entonces, acudir inmediatamente a los pies de Cristo, ante el más mínimo asomo de las aristas de la envidia, ya que como la espuma que no se corta, terminará por llenarlo todo y contaminará inclusive a otros.
La envidia no sólo destruye al envidioso, sino que daña también profundamente al envidiado. En el ejemplo citado arriba, vemos a un Saúl lleno de envidia que pasó gran parte de sus días odiando y persiguiendo a David, el envidiado.
El envidioso ataca, difama y enfatiza los errores y debilidades del envidiado a fin de desacreditarlo. De esa manera, el envidioso logra aplacar parcialmente aquel escozor que le fastidia y le daña desde sus propias entrañas.
¿Quién Podrá Sostenerse?
(Proverbios 27: 4) = Cruel es la ira, e impetuoso el furor; Más, ¿Quién podrá sostenerse delante de la envidia?
En estos textos, la descripción de la envidia revela la crueldad y la potencia de ese pecado. Primeramente se presenta como carcoma de los huesos, lo que nos hace pensar del progresivo daño que la envidia produce desde una condición mínima inicial hasta un extremo fatal.
Es como el trabajo, la faena lenta y hasta sigilosa de las larvas que perforan la madera hasta el punto de derribar la construcción. La envidia, debemos saberlo de una vez por todas, destruye y derriba todo lo que ha tomado tanto tiempo construir.
Por otra parte, la palabra de Dios presenta a la envidia en un sentido superlativo. Sobre la ira o el furor se sobrepone la envidia. Es más; la retórica de Salomón especifica respecto a quién podrá sostenerse ante ella. Es una pesada locomotora que, al más mínimo descarrilamiento arranca de raíz a los árboles y a cuanto obstáculo se ponga a su paso. La envidia no perdona, se ensimisma y contamina sin misericordia.
La Biblia se encarga de confirmarnos que nuestro corazón es un continuo productor de envidia. Por lo tanto, es imperiosa la necesidad de observarla cual centinela mira en las rejas al prisionero que desde allí no debe salir.
(Romanos 1: 29) = Estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad, llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades.
(Gálatas 5: 20) = Idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, (21) envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.
En vano ocultamos esta condición ya que el Señor nos conoce plenamente. Por lo general, el envidioso oculta sus sentimientos y no está dispuesto a reconocer tal pecado. El cristiano inmaduro y que adolece de envidia, nunca reconocerá lo que está sintiendo y difícilmente pedirá perdón por tal pecado, que no él reconoce que lo tiene desarrollado.
No obstante, si el cristiano maduro llega a sentir envidia de algo o de alguien, inmediatamente acudirá al trono de la gracia de Dios para pedir ayuda, a fin de arrestar nuevamente en las celdas perpetuas, a aquella salvaje bestia desmenuzadora que constantemente está amenazando.
Si dejamos salir la envidia, los daños son insospechados. Tanto el envidioso como el envidiado, son afectados por este pecado. La biblia es insistente en tratar este tema que se da con tanta frecuencia en las relaciones interpersonales, tanto en lo secular como en la iglesia.
Andando Como de Día
(Romanos 13: 13) = Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contienda y en envidia.
El día lo esclarece todo. No obstante, tanto las contiendas como las envidias son parte de las tinieblas. No se hacen a la luz del día. Nunca he conocido a alguien que diga públicamente que sufre de envidia. Es un sentimiento oculto, que permanece en las tinieblas de los rincones más pecaminosos de nuestro corazón.
Allí se asila, se alimenta, crece y a veces se manifiesta con las más bajas intenciones. La palabra de Dios nos advierte que debemos andar como de día, mostrando nuestra cara y nuestra transparencia. La envidia debe desecharse tan pronto como aparece; de lo contrario, sólo nos resta esperar los letales efectos personales y en los demás.
(1 Corintios 13: 4) = El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;
Bien sabemos que la palabra Amor es una de las más prostituidas entre los vocablos de los seres humanos. El amor ha sido rebajado a expresiones de sensualidad, erotismo e inclusive tristes manifestaciones de bestialidad humana.
Relaciones sentimentales, fugaces o sensuales, han recibido el apelativo de Amor. Se habla de “hacer el amor” como si aquello fuera una fábrica para producir algo material, y se endilga esto incluso hasta en las relaciones sexuales donde se usa la prostitución.
La Biblia enseña que el amor tiene aquellos ingredientes menos apetecidos por los hombres. El sufrimiento y la benignidad no son parte del inventario de aquellas telenovelas o seriales en cuyos libretos abunda la palabra amor.
Sin embargo, a la luz de lo que Dios enseña respecto al amor, el que ama sufre por causa del otro. Y no sólo eso, sino que no hay cabida a la envidia, o a la jactancia, o al envanecimiento. Cuando hay amor, no puede brotar la envidia, pero la envidia evidencia la carencia de amor.
Cuando recién nos incorporamos a una iglesia, jamás nos imaginamos que existían aquellas tenebrosas sombras de las cuales veníamos escapando. Pensábamos que la iglesia era un refugio inmune al odio, a la vanagloria o a la envidia.
Estábamos convencidos de que cada integrante de una iglesia ya no pecaba más y que sus vidas gozaban de integridad y de plenitud. Cuán equivocados estábamos. No obstante, cuando aprendimos la lección fue un gran impacto a nuestra vida.
La iglesia de Dios está compuesta por seres humanos pecadores que constantemente erran al blanco, por lo tanto, todas aquellas bajezas y miserias nuestras aparecen en medio de himnos y cánticos muy religiosos, arruinando y eclipsando todo. Entre ellas, la envidia.
Sin duda que la iglesia más carnal que la Biblia presenta es la de Corinto. Allí, se nos dice, había pecado de incesto, partidismos, pleitos, se cuestionaba el apostolado de Pablo y, por cierto, también había una profusa y manifiesta envidia entre los hermanos.
¿Quién Envidia la Gracia?
(2 Corintios 12: 20) = Pues me temo que cuando llegue, no os halle tales como quiero, y yo sea hallado de vosotros cual no queréis; que haya entre vosotros contiendas, envidias, iras, divisiones, maledicencias, murmuraciones, soberbias, desórdenes.
El temor de Pablo revela ciertos precedentes que ya existían en esta comunidad de Corinto, iglesia que gozaba de cierta abundancia y de dones espirituales, sin embargo, había mucha carnalidad entre los hermanos. La envidia era una constante entre ellos.
Existe un hecho sintomático y frecuente que se da en las iglesias respecto a envidiar los dones y capacidades que Dios en su sola potestad y soberanía ha repartido a cada uno en particular. Corinto era una iglesia que gozaba de varios dones espirituales, sin embargo y paradójicamente, la envidia de los hermanos los lleva a despreciarse y a enemistarse entre sí, produciendo murmuraciones, bandos y pleitos entre ellos. Es por esa razón que Pablo se encarga de insistir que todo es por gracia y nadie es más importante que otro.
(1 Corintios 3: 2) = Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, (3) porque aún sois carnales, pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿No sois carnales, y andáis cómo hombres?
(4) Porque diciendo el uno: yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: yo soy de Apolos, ¿No sois carnales?
(5) ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor.
(6) Yo planté, Apolos regó, pero el crecimiento lo ha dado Dios.
(7) Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.
En este pasaje se deja ver con claridad la carnalidad de la iglesia de Corinto al formar partidos políticos o bandos en su interior. Los celos y la envidia llevan a eso. Los Corintios se olvidaron de que todo es del Señor y que es Él el que da el crecimiento.
No hay algo más triste que envidiar a un hermano por tal o cual razón. Por lo que tenga en términos materiales o en sentido espiritual. Envidia por asuntos seculares y por asuntos ministeriales. Envidia por lo que el otro posee y por lo que Dios le ha dado.
Esos sentimientos, son los que comienzan a quebrar la unidad de la iglesia. El que padece de envidia comienza lentamente a reclutar personas sensibles, con menor discernimiento y compatibles con sus incontrolables impulsos de envidia, y la faena llega a tal punto que sin darse cuenta, ya ha formado un partido político o un bando que le representa y defiende. Obviamente, este desarrollo nunca declara su verdadera motivación, sino que se oculta tras argumentos insostenibles, llenos de toda falacia y actuación.
(Gálatas 5: 26) = No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros.
La envidia no sólo carcome al envidioso, sino que a toda la iglesia, es por eso que debemos oportunamente extirparla. Por lo general, el que envidia siente una gran, pero oculta admiración por el envidiado. Se siente menor y siente que no tiene la capacidad para tomar su lugar.
Cuando estos sentimientos comienzan a gobernar la mente y el corazón de un individuo, es que estamos frente a un preocupante síntoma de descontrolada envidia. La Biblia es tan fuerte para precisar y diagnosticar a este germen, que inclusive agrega:
(Filipenses 1: 15) = Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad.
Siendo viles pecadores, nos sorprende que la Biblia enseñe que algunos predican a Cristo por envidia, ¡Cuanto más tristeza sentirá el Señor por ello! Por lo que vemos, la envidia nos enceguece y nos puede llevar a la locura de tomar el nombre de Dios en vano.
Predicar el evangelio por envidia es lo más terrible que nos podría pasar. Fingir ser un predicador por envidia a quienes sí han sido llamados a predicar, es lo más nefasto que una persona puede hacer. Así como este texto, los otros citados anteriormente siempre se presentan juntos, a la envidia y la contienda, y por ella, de destrucción.
Ostentaciones Fatales
(Santiago 4: 2) = Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.
Si no conociéramos la autoría de este texto, jamás nos imaginaríamos que se trata de una instrucción apostólica hacia hermanos de una iglesia cristiana. Existen las iglesias, hermanos, que codician cosas onerosas y ostentosas.
Aun careciendo de lo básico, no están dispuestos a tener lo suficientemente necesario, sino que sus aspiraciones son tan elevadas que nunca consiguen nada y continúan en la triste cadena de la indigencia y de la codicia. Por lo general se dice que el que posee mucho es un codicioso, pero hay algunos que no teniendo lo básico, codician aquello que no logran conseguir.
Este arquetipo de personas y que cuesta decir que hay muchas en las iglesias, son por lo general, aquellos que la Biblia dice que “arden de envidia”. Que se desesperan por no alcanzar lo que otros ya poseen. A estos, Dios les dice que por causa de la envidia no reciben lo que tanto anhelan. La envidia es una resistencia u oposición a la gracia de Dios.
Los que viven envidiosos de sus vecinos, compañeros y hermanos, no soportan la prosperidad y los avances del otro, se entristecen cuando el otro es bendecido y usado por Dios. Se agobian al ver fluir la gracia y la bendición de sus semejantes. ¡Qué triste es la vida en medio del fuego de la envidia!
En todos nosotros se asila un germen destructivo y devastador que se llama envidia. En vano podemos decir que somos inmunes a ese parásito destructor. No obstante, sí podemos contrarrestar su manifestación acudiendo de manera urgente al supremo cirujano, nuestro Señor Jesucristo, apenas intente mostrar su amenaza y sus efectos.
El creyente no ama la envidia, pero puede desarrollarla, y es por eso que no debemos negarnos a abordar este tema con madurez y responsabilidad. Cualquier de nosotros puede, un día cualquiera, verse sintiendo envidia por alguien. Será el momento de acudir al Dios de todo poder y rendirse definitivamente a sus pies.
(1 Pedro 2: 1) = Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, (2) desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, (3) si es que habéis gustado la benignidad del Señor.
Encontré una definición abundante sobre lo expresado en un proverbio, interpretado luego de distintas maneras. Se trata del proverbio 12:4, donde la palabra carcoma vuelve a ser utilizada en otra área muy valiosa de nuestras vidas: la relación de pareja.
(Proverbios 12: 4) = La mujer virtuosa es corona de su marido; más la mala, como carcoma en sus huesos.´
Lo que esto te está diciendo, es que una mujer mala y la envidia producen en ti el mismo efecto físico: deterioro de tus huesos, carcoma, que llevado a concepto clínico, tomaría un nombre altamente conocido: osteoporosis. No significa que todo el que la sufra tiene este problema, pero tampoco que deba evadirlo y no ocuparse en analizar su vida y la de quienes lo acompañan.
Versión 1: La mujer virtuosa es corona de su marido; más la que lo avergüenza, como podredumbre en sus huesos.
Versión 2: La mujer ejemplar hace de su marido un rey; pero la mala esposa lo destruye por completo.
Versión 3: La mujer virtuosa es corona de su marido; más la mala como carcoma en sus huesos.
Versión 4: La mujer virtuosa es corona de su marido; pero la que lo avergüenza es como podredumbre en sus huesos.
Versión 5: Un esposa digna es una corona para su marido; pero la desvergonzada es como cáncer a sus huesos.
Versión 6: La mujer ejemplar es corona de su esposo; la desvergonzada es carcoma en los huesos.
Versión 7: La esposa buena es orgullo de su esposo; pero la mala acaba con él.
Versión 8: Mujer de valía es corona del marido; la desvergonzada cáncer de sus huesos.
Versión 9: La mujer noble es corona de su esposo; la malvada es como carcoma en sus huesos.
Versión: 10: La buena esposa llena de orgullo a su esposo; la mala le arruina la vida.