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Cristianismo Pagano

Los orígenes de las prácticas de la iglesia contemporánea

Frank Viola

Traducido por Alejandro Field

Este libro que he preparado para compartir, pero que luego deberías conseguir en su estado original y volver a leer sin influencia mía, es el libro que yo hubiese escrito a continuación de mi “La Vida Fuera de los Templos”.

Frank da a conocer en su contenido una serie de elementos, producto de su investigación y ensamble, que si aquellos productos de mi página te habían tranquilizado por haber huido de las babilonias estructurales disfrazadas de iglesias, éste va a confirmar, respaldar y concluir con tus lógicos temores y dudas.

Tal como es el estilo de esta ventana, en letra común y de color negro, tienes el texto básico, original y propio de Frank Viola, al cual deberás respetar y entender como producto de un trabajo serio y sin resentimientos. En letra roja, (Este color), están mis acotaciones, las cuales puedes tener en cuenta o no, pero que están aquí porque no pude resistir añadirlas, como prueba inequívoca de un “¡Aleluya!” o un fuerte “¡Amén!” de iglesia ante cada expresión comentada.

A mis hermanos y hermanas olvidados que a lo largo de los siglos salieron valientemente fuera de los límites seguros del cristianismo institucional, arriesgándolo todo. Ustedes llevaron la antorcha, soportaron la persecución, renunciaron a la reputación, perdieron su familia, sufrieron la tortura y derramaron su sangre fielmente para preservar el testimonio primitivo de que Jesucristo es Cabeza de su Iglesia. Y que cada creyente es un sacerdote… un ministro… y un miembro en funcionamiento de la casa de Dios. Este libro está dedicado a ustedes.

ÍNDICE

Prólogo

Reconocimientos

Prefacio

Introducción: ¿Hemos estado haciendo las cosas según el libro realmente?

1. El orden del culto

2. El sermón

3. El edificio de iglesia

4. El Pastor

5. La vestimenta del domingo a la mañana

6. Los ministros de música

7. Diezmos y salarios del clero

8. El bautismo y la Cena del Señor

9. La educación cristiana

10. Una segunda mirada al Salvador

11. Un nuevo enfoque del Nuevo Testamento

Apéndice: Un resumen de los orígenes

PRÓLOGO

Este libro debió haber sido escrito hace trescientos años. De haber sido así, la historia cristiana hubiera tomado un rumbo completamente diferente. Si todos los pastores del mundo leyeran este libro hoy, harían una de dos cosas: dejarían el ministerio mañana o vivirían una vida de hipocresía.

La mayoría de las prácticas de nuestra fe cristiana no tienen absolutamente nada que ver con el Nuevo Testamento. Prácticamente todo lo que hacemos hoy como cristianos nos llegó por casualidad. Casi todas nuestras principales prácticas nos llegaron dentro de los cincuenta años posteriores al emperador Constantino (324 d.C.) o cincuenta años después del comienzo de la Reforma (1517 d.C.).

El Sr. Viola nos ha prestado un gran servicio al rastrear el origen de todo lo que practicamos los protestantes. Lo único que lamento es que este libro será solo uno entre 100.000 libros cristianos que aparecerán el año de su publicación.

Trescientos años atrás, o aún doscientos, Cristianismo Pagano hubiera sido uno entre sólo unos pocos cientos de libros y, por lo tanto, habría sido leído por una gran porción de cristianos. Usted puede ayudar a remediar esto contando a todos sus amigos acerca de este libro.

A propósito, usted también enfrentará una crisis de conciencia después de leer este libro. Se enterará de los orígenes paganos y no bíblicos de todo lo que hacemos hoy. Jamás podrá volver a decir: “Estamos centrados en la Biblia. Hacemos todo basándonos en el Nuevo Testamento”. Prácticamente no hacemos nada que está en el Nuevo Testamento, como verá.

Pero hay una tragedia mayor aquí. Tomamos el Nuevo Testamento y lo torcemos, haciendo que avale lo que hacemos hoy. Esta forma de pensar –que es universal– esta mentalidad compartida tanto por laicos como por el clero, esta forma de pensar ha destruido la fe cristiana, y la sigue destruyendo.

Esto nos deja en una situación hoy donde no tenemos absolutamente ninguna idea de cómo deberíamos practicar nuestra fe. ¿Qué se necesita? Con relación a la práctica actual de nuestra fe, necesitamos empezar de nuevo completamente, desde el fundamento hacia arriba, dejando a un lado todo lo que practicamos hoy.

En segundo lugar, necesitamos conocer la historia del primer siglo, y después seguirla en nuestras propias prácticas. Permítame animarle otra vez a no solamente leer este libro, sino a decir a todos los demás cristianos conocidos que lo lean también.

¿Y después? Siga su conciencia. Hágalo y veremos un resurgimiento de esas prácticas sencillas y primitivas del primer siglo.

Gene Edwards Jacksonville, Florida

La experiencia ofrece pruebas dolorosas de que las tradiciones alguna vez creadas primero son consideradas útiles, luego se vuelven necesarias. Finalmente, con demasiada frecuencia se convierten en ídolos, y todos deben inclinarse ante ellas para no ser castigados.

J. C. Ryle

Reconocimientos

Las ideas importantes son primeramente ridiculizadas, luego atacadas y finalmente se dan por sentadas.

Schopenhauer

Poco tiempo después de dejar el sistema religioso, traté de comprender cómo la iglesia cristiana terminó en su estado actual. Por años, traté de obtener un libro documentado que analizara el origen de todas las prácticas no bíblicas que los cristianos observamos cada semana.

Busqué en decenas de bibliografías y ficheros. También contacté a una gran cantidad de historiadores y eruditos, preguntándoles si sabían de un trabajo de este tipo. Mi búsqueda produjo una respuesta consistente: No se ha sido escrito un libro así jamás. Entonces, en un arrebato de locura, decidí poner mi propia mano en este arado.

No me avergüenza confesar que hubiera querido que otro se encargara de este proyecto abrumador. ¡Alguien como un profesor sin hijos y sin un trabajo de día! Me hubiera ahorrado innumerables horas de trabajo meticuloso y mucha frustración. Sin embargo, ahora que el trabajo está completo, me alegra haber tenido el privilegio de abrir una nueva senda en esta área demasiado descuidada.

Hay quienes podrán preguntarse por qué consideré que valía la pena gastar tanto sudor y sangre para documentar el origen de las prácticas de nuestra iglesia contemporánea. Es bastante sencillo. Comprender el origen de nuestras tradiciones eclesiásticas bien podría cambiar el rumbo de la historia de la iglesia. Como dijo el filósofo Soren Kierkegaard una vez, “La vida se vive hacia adelante, pero se comprende hacia atrás”.

Si no entendemos los errores del pasado, estamos condenados a un futuro defectuoso. Por esta razón di los primeros pasos en este proyecto hercúleo. Mi deseo, al publicar esta obra, es tan sencillo como serio: Que el Señor la use como una herramienta para llevar a su iglesia de vuelta a sus raíces originales. Entretanto, me gustaría hacer los siguientes reconocimientos:

A Gene Edwards, por abrir la senda. Sin tus esfuerzos pioneros y tu aliento personal, no la habría podido ensanchar.

A Frank Valdez, por tu aguda perspicacia y tu amistad inconmovible.

A Neil Carter, por tu tenacidad dispuesta a ayudarme a investigar todo. Gracias también por las horas que dedicaste a revisar el manuscrito.

A Howard Zinder, por aquellas invalorables opiniones que sólo pueden dar los eruditos.

La única obra que pude encontrar que analiza los orígenes de las prácticas de la iglesia moderna fue el pequeño libro de Gene Edwards, Beyond Radical (Jacksonville: Seedsowers, 1999). Si bien es un libro fantástico, no está documentado ni contiene notas al pie.

A Chris Lee y Adam Parke, por hacer repetidos viajes a la biblioteca y llevar un sinnúmero de libros polvorientos a mí estudio.

A Dave Norrington, por sus correos electrónicos periódicos con valiosas pistas desde el otro lado del Atlántico.

A Mike Biggerstaff, Dan Merillat, Phil Warmanen, Eric Rapp y Scott Manning, por su ayuda en la edición.

A los profesores de seminarios –demasiados como para mencionar individualmente– por responder amablemente a mis interminables y persistentes consultas.

Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.

George Santayana

Prefacio

¿Y por qué ustedes quebrantan el mandamiento de Dios a causa de la tradición?

Jesucristo

Cuando el Señor Jesús anduvo por esta tierra, su oposición principal vino de los dos partidos religiosos más importantes de ese tiempo: los fariseos y los saduceos. Los del partido fariseo agregaban cosas a las Sagradas Escrituras. Adosaban a la Palabra de Dios una gran cantidad de leyes humanas que se transmitían a las generaciones siguientes.

Este cuerpo de costumbres consagradas por el tiempo, a menudo denominadas “las tradiciones de los ancianos”, llegó a ser considerado en el mismo nivel que las Sagradas Escrituras. El error de los saduceos iba en la dirección contraria. Ellos quitaban segmentos completos de las Escrituras, y sólo consideraban que la Ley de Moisés merecía ser observada. (Los saduceos negaban la existencia de espíritus, ángeles, el alma, la vida después de la muerte y la resurrección.).

El efecto neto fue que cuando el Señor Jesús entró en el escenario de la historia humana, su autoridad fue cuestionada severamente. La razón era sencilla. No encajaba en el molde religioso de ninguno de los dos campos. Ambos partidos, los fariseos y los saduceos, desconfiaban de Jesús. No tardó mucho para que esta desconfianza se convirtiera en hostilidad. Y ambos, fariseos y saduceos, ¡tomaron medidas para matar al Hijo de Dios!

Vivimos en un tiempo en que la historia se está repitiendo. El cristianismo contemporáneo ha caído en los errores de los fariseos así como de los saduceos. Siguiendo la tradición de los saduceos, el grueso de las prácticas del primer siglo ha sido quitado del paisaje cristiano. Mi libro, Reconsiderando el odre, desentierra algunas de las prácticas olvidadas que caracterizaban la vida de la iglesia del primer siglo.

Pero el cristianismo moderno también es culpable del error de los fariseos. Es decir, ha agregado un montón de tradiciones hechas por hombres que han suprimido el señorío vivo, palpitante y funcional de Jesucristo en su iglesia.

Con todo, tanto los fariseos como los saduceos nos enseñan esta lección muchas veces olvidada: es tan dañino diluir la autoridad de la Palabra de Dios por agregados como por supresiones. Quebrantamos las Escrituras por igual cuando las enterramos bajo una montaña de tradiciones humanas como cuando ignoramos sus principios.

Estas prácticas están siendo restauradas actualmente en pequeña escala por aquellos osados que han dado el paso aterrador de dejar el campo seguro del cristianismo institucional. Este libro está dedicado a exponer las tradiciones que han sido adosadas a la forma de Dios para su Iglesia. Al hacerlo, propone algo tremendo: ¡la iglesia institucional contemporánea no tiene derecho bíblico ni histórico de existir!

Cualquiera de nosotros que se atreviera a decir esta enorme verdad en voz alta en nuestra sociedad religiosa, sería considerado de inmediato anatema, blasfemo y hereje. No dejaría de ser verdad, claro, pero sólo accederían a ella los que la buscan, tal como Pablo se lo profetiza a los Tesalonicenses. Los demás, tranquilos viviendo bajo el espíritu de engaño.

Esta no es una obra para eruditos, así que dista de ser exhaustiva. Un tratamiento exhaustivo de los orígenes de las prácticas de nuestra iglesia contemporánea llenaría varios volúmenes. Pero pocos lo leerían. Si bien este es un solo volumen, comprime una gran cantidad de historia en un pequeño espacio.

En realidad, ¡Podría decirse que el contenido de estas páginas es el resumen de toda una biblioteca! El libro no sigue cada recodo histórico. Más bien, se centra en analizar las prácticas centrales que definen el cristianismo dominante hoy.

Dado que es tan importante comprender las raíces de las prácticas de nuestra iglesia contemporánea, quisiera que todos los cristianos leyeran esta obra. Así que me propuse no emplear un lenguaje técnico, sino usar palabras de todos los días.

A la vez, cada capítulo está generosamente salpicado con notas al pie que contienen detalles y fuentes adicionales. (¡No quiero que mis lectores piensen que estoy inventando cosas o construyendo castillos en el aire!) (Esto fue sacado de este trabajo con la finalidad de darle agilidad, pero puedes encontrarlo y acceder a él procurando conseguir el libro original)

Los cristianos reflexivos que desean verificar mis afirmaciones y obtener una comprensión más profunda de los temas cubiertos deberían leer las notas al pie. Los que no se preocupan por tales cosas deberían ignorarlas.

Finalmente, este libro puede colocarse junto a mi primer libro, Reconsiderando el odre: La práctica de la iglesia neo testamentaria. Ambos libros muestran dos caras de la misma moneda. Reconsiderando el odre demuestra indiscutiblemente que quienes han dejado el redil del cristianismo institucional tienen derecho bíblico a existir. El libro que usted tiene en sus manos da vuelta esa moneda y muestra que también tienen derecho histórico a existir.

Frank Viola

Brandon, Florida

Diciembre de 2002

Este libro se centra en las prácticas cristianas protestantes. Y su alcance principal es la “iglesia baja” del protestantismo antes que las denominaciones de la “iglesia alta”, como la anglicana, episcopal y algunas versiones de los luteranos. Se tocan las prácticas católicas y de la “iglesia alta” solamente al pasar.

Como dijo Bacon una vez: “No son las obras de San Agustín ni de San Ambrosio que harán sabio a un santo tanto como la historia eclesiástica leída y examinada meticulosamente”. “¡Pero el Emperador no lleva nada puesto!”, dijo un niñito. “¡Escuchen la voz de la inocencia!”, exclamó el padre; y lo que dijo el niñito se fue repitiendo de oído en oído.

“¡Pero no lleva nada puesto!”, gritó finalmente todo el pueblo. El Emperador estaba contrariado, porque sabía que el pueblo tenía razón, pero pensó: “¡La procesión debe continuar ahora!”. Y los ayudas de cámara hicieron esfuerzos todavía mayores para sostener la cola, si bien en realidad no había ninguna cola para sostener.

Hans Christian Andersen

Introducción

¿Hemos Estado Haciendo las Cosas Según el Libro Realmente?

La vida no examinada no vale la pena ser vivida.

Sócrates

¡Nosotros hacemos todo según la Palabra de Dios! ¡El Nuevo Testamento es nuestra guía de fe y práctica! ¡Vivimos… y morimos… por este Libro! Las palabras tronaban de la boca del pastor Farías en su sermón del domingo a la mañana.

El Sr. Wilfredo Sinibaldo, un miembro de la iglesia del pastor Farías, las había escuchado decenas de veces antes. Pero esta vez era diferente. Vestido con su traje azul, sentado rígidamente en el último banco con su esposa, Trifosa Sinibaldo, Wilfredo contemplaba el techo mientras el pastor hablaba y hablaba acerca de “hacer todo según el Libro sagrado”.

Una hora antes de empezar su sermón el pastor, Wilfredo había tenido una fuerte pelea con Trifosa. Esto era frecuente cuando Wilfredo, Trifosa y sus tres hijas, Felicia, Gertrudis y Zanobia, se preparaban para ir a la iglesia los domingos a la mañana.

Su mente empezó a revivir el evento… “¡Trifosaaa! ¿Por qué no están listas las niñas? ¡Siempre llegamos tarde! ¿Por qué nunca las puedes alistar a tiempo?”, espetó Wilfredo. La respuesta de Trifosa era típica. “¡Si alguna vez se te ocurriera ayudarme, esto no sucedería siempre! ¿Por qué no empiezas por darme una mano en esta casa?”.

La discusión fue de un lado a otro hasta que Wilfredo se volvió contra las niñas: “¡Zanobia Sinibaldo!… ¿Por qué no puedes respetarnos lo suficiente como para estar lista a tiempo?… Felicia, ¿Cuántas veces debo decirte que apagues tu Play Station antes de las 9?”. A menudo una o más de las tres niñas se ponían a llorar a medida que aumentaban las recriminaciones.

Vestidos con su mejor ropa de domingo, la familia Sinibaldo se dirigió a la iglesia a una velocidad suicida. (Wilfredo odiaba llegar tarde y había recibido tres multas por exceso de velocidad el año pasado, ¡Todas el domingo a la mañana!)

Mientras se acercaban a toda velocidad al edificio de la iglesia, el silencio en el coche era ensordecedor. Wilfredo estaba furioso. Trifosa estaba de mal humor. Con las cabezas gachas, las tres niñas Sinibaldo intentaban preparar sus mentes para algo que detestaban: ¡Soportar otra aburrida hora de escuela dominical! (Por mucho menos que esto, hoy te dirían que estás endemoniado)

Cuando llegaron al estacionamiento de la iglesia, Wilfredo y Trifosa bajaron del coche elegantemente, luciendo grandes sonrisas. (Dime la verdad: ¿Cuántas veces has visto esas mismas sonrisas que parecen extraídas de una promoción televisiva de pasta dentífrica?) Tomados del brazo, saludaron a otros miembros de la iglesia, riéndose y haciendo de cuenta que todo estaba bien. Felicia, Gertrudis y Zanobia siguieron a sus padres con sus cabezas erguidas.

Estos eran los recuerdos frescos pero dolorosos que recorrían la mente de Wilfredo aquel domingo a la mañana mientras el pastor Farías seguía con su sermón. Absorto en sus críticas, Wilfredo empezó a hacerse algunas preguntas penetrantes: “¿Por qué estoy todo emperifollado dando la apariencia de ser un buen cristiano cuando actué como un pagano sólo una hora atrás?…

Me pregunto ¿Cuántas otras familias han tenido la misma penosa experiencia esta mañana? Sin embargo, lucimos todos bien perfumados y arreglados en la presencia de Dios”. Este tipo de preguntas nunca antes habían entrado en la conciencia de Wilfredo.

Mientras echaba una ojeada a la esposa y los hijos del pastor Farías, sentados primorosamente en el primer banco, Wilfredo fantaseó: “Me pregunto si el pastor Farías le gritó a su esposa y a sus hijos esta mañana… Hmmmm…”

La mente de Wilfredo seguía discurriendo en este sentido mientras veía al pastor golpear el púlpito y levantar la Biblia con su mano derecha. Su fogoso discurso continuaba así: “¡Nosotros en la Primera Iglesia de la Comunidad Bíblica del Nuevo Testamento hacemos todo según este libro! ¡TODO! ¡Esta es la Palabra de Dios, y no podemos desviarnos de ella… ni un solo milímetro!”.

Mientras los gritos salían de los labios del pastor Farías, Wilfredo tuvo repentinamente un pensamiento que nunca antes se le había ocurrido: “Yo no recuerdo haber leído en la Biblia que los cristianos deben arreglarse para ir a la iglesia. ¿Es esto algo según el Libro?”.

Este solitario pensamiento desató un torrente de otras preguntas punzantes. Mientras decenas de personas sentadas rígidamente en sus bancos cubrían su horizonte, la mente de Wilfredo se veía inundada por estas preguntas.

Preguntas que se supone que ningún cristiano debe hacerse. Por ejemplo: “¿Será estar sentado en un banco sin almohadón, viendo las nucas de cinco filas de asientos durante cuarenta y cinco minutos, hacer las cosas según el Libro?

¿Por qué gastamos toda esta plata para mantener este edificio, cuando estamos aquí solamente unas pocas horas dos veces a la semana? ¿Por qué la mitad de la congregación apenas puede permanecer despierta cuando predica el pastor Farías? (Por esa misma pregunta, a alguien que conozco le respondieron que era porque el diablo les enviaba un espíritu de sueño…)

¿Por qué odian mis hijas la escuela dominical? ¿Por qué pasamos por este mismo previsible y aburrido ritual cada domingo a la mañana? ¿Por qué voy a la iglesia cuando me muero de aburrimiento y no me aporta nada espiritualmente? ¿Por qué me pongo esta corbata incómoda cada domingo a la mañana cuando todo lo que parece lograr es cortar la circulación de la sangre a mi cerebro?”.

Wilfredo luchaba en su interior mientras las preguntas seguían entrando en su mente. Le parecía impuro y sacrílego pensar en estas cosas. Sin embargo, algo estaba pasando dentro de él que le obligó a dudar de toda su experiencia eclesiástica.

Estos pensamientos habían estado latentes en su subconsciente durante años. Hoy habían aflorado. Es interesante que las preguntas que Wilfredo tenía ese día son preguntas que prácticamente nunca entran en el pensamiento consciente de la mayoría de los cristianos.

Esos pliegues simplemente no aparecen en nuestros cerebros. Sin embargo, lo que realmente había pasado era que los ojos de Winchester se habían abiertos. Por asombroso que pueda parecer, casi todo lo que se hace en nuestras iglesias contemporáneas no tiene base bíblica. Mientras los pastores rugen desde sus púlpitos diciendo que son “bíblicos” y siguen la “pura Palabra de Dios”, sus palabras los traicionan.

Es alarmante que muy poco de lo que se observa hoy en el cristianismo contemporáneo se relaciona con algo que se encuentre en la iglesia del primer siglo. Preguntas que nunca se nos ocurre preguntar. Sócrates (470-399 a.C.) es considerado por algunos historiadores como el padre de la filosofía. Nacido y criado en Atenas, acostumbraba recorrer la ciudad haciendo preguntas y analizando asuntos implacablemente.

Sócrates cuestionaba audazmente las creencias populares de su tiempo. Él pensaba libremente sobre asuntos que los demás atenienses consideraban que estaban cerrados a la discusión. Su hábito de acosar a las personas con preguntas penetrantes y acorralarlas en diálogos críticos acerca de las costumbres que aceptaban terminó por llevarlo a la muerte.

Su incesante cuestionamiento de tradiciones fuertemente arraigadas hizo que los líderes atenienses lo acusaran de “corromper a la juventud”. Como resultado, le quitaron la vida. Los demás atenienses recibieron un mensaje claro: ¡Todos los que cuestionen las costumbres establecidas correrán el mismo destino!

De allí el refrán popular que dice: “Sócrates era un filósofo griego que andaba dando consejos por allí; los griegos lo mataron”. Lo vi escrito en un pequeño letrero en el escritorio de un jefe que tuve en una empresa donde trabajé por muchos años.

Sócrates no fue el único filósofo en sufrir fuertes represalias por su anticonformismo: Aristóteles fue exiliado, Spinoza fue excomulgado y Bruno fue quemado vivo, sin mencionar a los miles de cristianos que fueron torturados y martirizados por la iglesia institucional porque osaron cuestionar sus enseñanzas.

Como cristianos, nuestros líderes nos enseñan a creer ciertas ideas y comportarnos de ciertas maneras. Sí, tenemos la Biblia. Pero estamos condicionados a leerla con la lente que nos entrega la tradición cristiana a la cual pertenecemos. Se nos enseña a obedecer a nuestra denominación (o movimiento) y jamás cuestionar lo que enseña.

(En este momento, todos los corazones rebeldes están aplaudiendo y están tramando usar los párrafos anteriores para causar estragos en sus iglesias. Si usted es una de estas personas, querido corazón rebelde, está muy lejos de entenderme. No estoy de su lado. Mi consejo: deje su iglesia calladamente, rehusando causar divisiones, o quédese en paz con ella. Hay una enorme diferencia entre la rebelión y asumir una postura a favor de la verdad.)

Coincido total y absolutamente. Eso es exactamente lo que hicimos en el primer día del año 2001 con mi familia, en obediencia a una palabra recibida en oración para nuestra salida: “En silencio y en orden”. Amén.

A decir verdad, aparentemente los cristianos nunca nos preguntamos por qué hacemos lo que hacemos. En cambio, seguimos cumpliendo alegremente nuestras tradiciones religiosas, sin preguntarnos de dónde surgieron. La mayoría de los cristianos que dicen defender la integridad de la Palabra de Dios nunca han investigado para ver si las cosas que hacen domingo tras domingo cuentan con algún fundamento bíblico.

 ¿Cómo lo sé? Porque, si lo hicieran, los llevaría a algunas conclusiones muy perturbadoras, conclusiones que los obligaría por conciencia a abandonar para siempre lo que están haciendo. Es llamativo que el pensamiento y la práctica de la iglesia contemporánea han sido influidos mucho más por sucesos históricos postbíblicos que por los imperativos y ejemplos del Nuevo Testamento.

Sin embargo, la mayoría de los cristianos no son conscientes de esta influencia. Tampoco son conscientes de que esto ha creado un cúmulo de caras tradiciones. Sócrates creía que la verdad se encuentra dialogando extensamente acerca de un asunto y cuestionándolo implacablemente. Este método se conoce como dialéctica o “método socrático”.

Una invitación aterradora

Ahora le invito a caminar conmigo por un sendero inexplorado. Es un viaje aterrador donde usted se verá forzado a hacer preguntas que probablemente nunca han entrado en su pensamiento consciente. Preguntas duras. Preguntas irritantes. Aun preguntas que dan miedo. Y usted se verá confrontado de lleno con las respuestas perturbadoras. Sin embargo, estas respuestas lo llevarán cara a cara ante algunas de las cosas más ricas que un cristiano puede conocer.

Al leer las páginas que siguen, quedará pasmado al enterarse de que lo que hacemos los cristianos en la iglesia los domingos a la mañana no provino de Jesucristo, los apóstoles o la Biblia. Tampoco vino del judaísmo. Es perturbador saber que la mayoría de lo que pasa por “iglesia” fue tomado directamente de la cultura pagana del período pos apostólico.

Para ser más específico, el grueso de nuestras prácticas eclesiásticas se originaron durante tres períodos: (1) La primera era posterior a Constantino (324-600), (2) la era de la Reforma (siglo XVI) y (3) la era avivamentista (siglos XVIII y XIX).

Cada capítulo recorrerá una práctica eclesiástica tradicional aceptada. Luego contará la historia de dónde surgió esta práctica. Pero lo más importante es que explicará cómo esta práctica restringe el señorío funcional de Jesucristo y obstaculiza el funcionamiento de su Cuerpo.

Si usted no está dispuesto a que su cristianismo sea examinado seriamente, no siga leyendo. ¡Regale el libro a una entidad de beneficencia! Ahórrese el trabajo de que su vida cristiana sea trastornada.

Después que los romanos destruyeran Jerusalén en el año 70 d.C., el cristianismo judaico declinó en número y poder. El cristianismo gentil predominó y la nueva fe comenzó a absorber la filosofía y los rituales grecorromanos. El cristianismo judaico sobrevivió durante cinco siglos en el pequeño grupo de cristianos siríacos llamados Ebionim.

Pero su influencia no fue muy generalizada. Will Durant, Caesar to Christ (New York: Simon & Schuster, 1950), p. 577. Según Shirley J Case, “No solo fue el ambiente social del movimiento cristiano principalmente gentil mucho antes del fin del primer siglo, sino que este había cortado prácticamente todas las relaciones de contacto social anteriores con los cristianos judíos de Palestina…

 “Pos apostólico” quiere decir después de la muerte de los doce apóstoles. La leyenda dice que el último apóstol sobreviviente, Juan, murió alrededor del año 100 d.C. Según Paul F. Bradshaw, el cristianismo del cuarto siglo “absorbió y cristianizó ideas y prácticas religiosas paganas, viéndose a sí mismo como el cumplimiento al cual las religiones anteriores habían apuntado vagamente”.

Sin embargo, si usted opta por “tomar la pastilla roja” y quiere que le muestren “la profundidad de la conejera”… si usted quiere conocer la verdadera historia de los orígenes de sus prácticas cristianas… si está dispuesto a descorrer el velo de la iglesia contemporánea y que sus presuposiciones tradicionales sea cuestionadas despiadadamente… entonces encontrará que este es un trabajo perturbador, iluminador y que posiblemente transforme su vida.

Dicho de otra forma, si usted es un cristiano de la iglesia institucional que toma en serio su Nuevo Testamento, lo que está a punto de leer lo llevará a tener una crisis de conciencia. Porque se verá confrontado con información histórica inconmovible. Por otro lado, si usted es acaso una de esas especies raras que se congrega con otros cristianos fuera de los límites del cristianismo organizado, volverá a descubrir que no solamente están de su lado las Escrituras, sino que la historia también lo apoya.

Una cita tomada de la exitosa y muy provocadora película The Matrix. En la película, Morfeo le da al Sr. Anderson la opción de vivir en un mundo de ensueño engañoso o comprender la realidad. Sus palabras son aplicables al tema en cuestión: “Después de esto, no hay retorno. Usted toma la pastilla azul, la historia termina, usted se despierta en su cama, y creerá lo que quiera creer. Usted toma la pastilla roja… y yo le muestro la profundidad de la conejera”. ¡Espero que todo el pueblo de Dios quiera tomar la pastilla roja!

El Sendero Torcido

Un día, por el bosque primitivo

Caminaba un ternero a su destino

Trazando un sendero torcido

Como lo hace todo perdido.

Trescientos años han pasado

Y el ternero habrá expirado

Pero aun el sendero ha quedado

Dejando un mensaje grabado.

Al día siguiente lo recorrió

Un perro extraviado que lo usó

Luego pasó un buen día

Inteligente, una oveja guía

Con el rebaño que conducía

Siguiéndola como correspondía.

Y desde entonces, con todo rigor

En el bosque el sendero se afirmó

Y muchos hombres lo transitaron

Dando vueltas, giros y meandros

Pronunciando maldiciones

Por tantas circunvalaciones

Pero igualmente persistieron.

En aquel desconcierto del ternero

Por esta retorcida senda

Que trazó aquella vez primera.

El sendero se convirtió en camino

Girando y doblando sobre sí mismo.

Y luego éste en estrada

Por donde caballos con sus cargas

Trabajosamente transitaban

Durante horas, días y semanas

Y así durante siglo y medio

El camino del ternero recorrieron.

Pasaron los años a todo vuelo

La estrada fue calle de pueblo

Y pronto, sin pestañar

En poblada calle de una ciudad

Más tarde, en calle peatonal

De una gigantesca ciudad.

Y los hombres por dos siglos y medio

Han recorrido los pasos del ternero.

Cada día cien mil almas

Esa calle transitaban

Y por allí constantemente

El tráfico de un continente.

Cien mil hombres conducidos

Por un ternero muerto tres siglos

El camino torcido seguían

Perdiendo cien años al día

Pues tal es la reverencia

A la establecida herencia.

Una lección moral podría enseñar

Si fuera llamado a predicar

Pues los hombres tienden a cegarse

A los senderos de terneros mentales

Y trabajar de sol a sol

Para hacer lo que han hecho otros

Siguen el camino trillado

Ida y vuelta, de lado a lado.

Y aún su curso tortuoso recorren

Por seguir el rumbo de anteriores

Convirtiéndolo en sagrado surco

Por donde llevan su futuro

Pero ¡cómo ríen los dioses viejos

Que vieron al primer ternero!

Ah, muchas cosas enseña esta situación

Pero no es la predicación mi vocación.

Sam Walter Foss

Traducido por Alejandro Field

CAPÍTULO 1

El Orden del Culto

Mañanas de Domingo Inconmovibles

La costumbre sin verdad es error envejecido.

Tertuliano

Como cristiano que asiste a una iglesia contemporánea, usted sigue el mismo orden del culto cada vez que asiste a la iglesia. No importa a qué variante de protestantismo pertenezca –bautista, metodista, reformado, presbiteriano, evangélico libre, Iglesia de Cristo, Discípulos de Cristo, Alianza Cristiana y Misionera, pentecostal, carismático o independiente–, su culto dominical es prácticamente idéntico al de todas las demás iglesias protestantes.

Aun entre las llamadas denominaciones “de vanguardia” (como Vineyard y Calvary Chapel) las variaciones son menores. Es cierto que algunas iglesias usan canciones contemporáneas mientras otras usan Himnos. En algunas iglesias los asistentes alzan las manos. En otras, las manos nunca suben más allá de la cintura.

Algunas iglesias celebran la Cena del Señor semanalmente; otras, trimestralmente. En algunas iglesias, la liturgia (el orden del culto) está impresa en un boletín. En otras, no hay una liturgia escrita, pero es tan mecánica y previsible como si estuviera impresa. A pesar de estas variaciones menores, el orden del culto es esencialmente el mismo en todas las iglesias protestantes del mundo.

En la congregación a la que asistí hasta el último día de la década de los noventa, se sabía cuánto iba de culto y cuánto faltaba simplemente observando lo que ocurría en la plataforma. No había manera de equivocarse ya que los tiempos y las acciones siempre eran las mismas.

El orden del culto de la mañana de domingo

Quite las modificaciones superficiales que diferencian el culto de cada iglesia y encontrará la misma liturgia prescrita. Tiene este aspecto:

Hay tres excepciones a este punto. Los Hermanos Libres o Hermanos de Plymouth (tanto abiertos como cerrados) tienen una liturgia limitada donde los asistentes pueden compartir libremente hasta cierto punto al principio del culto. Sin embargo, el orden del culto es el mismo todas las semanas. Los cuáqueros de la vieja escuela tienen una reunión abierta donde los participantes tienen una actitud pasiva hasta que alguien es “iluminado”, luego de lo cual comparten. La otra excepción son los protestantes de la “iglesia alta”. Son quienes retienen los “olores y campanas” de una elaborada misa católica.

La palabra “liturgia” viene de la palabra griega leitourgia, que significa ‘servicio público’. Los cristianos la usaron para referirse al ministerio público a Dios. Por lo tanto, una liturgia es simplemente un servicio de adoración o un orden del culto establecido previamente. Leitourgia se refería a la realización de una tarea pública esperada de los ciudadanos de la antigua Atenas. Era el cumplimiento de obligaciones civiles.

El saludo.

(Al ingresar al edificio, usted es saludado por un ujier o una persona designada oficialmente como saludadora, ¡Que debe estar sonriendo! Después se le entregará un boletín u hoja de anuncios. Nota: Si usted pertenece a la denominación Vineyard, podría recibir café y rosquillas mientras ocupa su asiento.)

La oración o lectura bíblica. (Generalmente a cargo del pastor o director de canto.) El servicio de canto. (La congregación es guiada a cantar por un líder de canto profesional, un coro o un equipo de adoración. Si usted forma parte de una iglesia de estilo carismático, esto durará generalmente entre 30 y 45 minutos. En caso contrario, será más corto.)

Los anuncios. (Generalmente dados por el pastor o algún otro líder de la iglesia.) La ofrenda. (A veces llamado “el ofertorio”, suele ser acompañada por música especial del coro, el equipo de adoración o un solista.)

El sermón.

(Generalmente una disertación de 30 a 45 minutos dada por el pastor.) Una o más de las siguientes actividades posteriores al sermón: Una oración pastoral después del sermón, Un llamado, Más cantos dirigidos por el coro o el equipo de adoración, La Cena del Señor, Oración por los enfermos o afligidos. Anuncios finales. (Generalmente dados por el pastor o un “laico” afortunado que puede hablar.)

La bendición.

 (Esta es la bendición o canción que pone fin al culto.) Con algunos reordenamientos menores, esta es la liturgia ininterrumpida que siguen religiosamente, semana tras semana, unos 345 millones de protestantes en todo el mundo.

Y, durante los últimos quinientos años, nadie parece haberla cuestionado.

Vuelva a mirar el orden del culto. Note que contiene una estructura triple: (1) el canto, (2) el sermón y (3) la oración o canto de cierre. Este orden del culto es considerado como sacrosanto a los ojos de la mayoría de los cristianos contemporáneos. Pero, ¿por qué? Simplemente por el poder colosal de la tradición. Ver el capítulo 2 para una discusión completa de las raíces del sermón. Al momento de escribir esto hay 345.855.000 protestantes en el mundo: 70.164.000 en Norteamérica y 77.497.000 en Europa.

Un erudito define a la tradición como ‘prácticas de culto y creencias heredadas que demuestran continuidad de generación en generación’. Hemos heredado esta liturgia a través de una tradición consistente y en evolución. Y esa tradición ha congelado el orden del culto de la mañana de domingo durante cinco siglos, ¡para nunca más ser cambiada!

¿De dónde surgió el orden del culto protestante? Los pastores que acostumbran decir a su congregación que “hacemos todo según el Libro” y siguen practicando esta férrea liturgia están simplemente equivocados.

(Reconozco que esto es por ignorancia más que un claro engaño.) Usted puede recorrer su Biblia de punta a punta, y no encontrará nada que se le parezca. Esto se debe a que los cristianos del primer siglo lo desconocían por completo. ¡De hecho, el orden del culto protestante tiene casi tanto apoyo bíblico como la misa católico romana! Ninguno de los dos tiene punto de contacto alguno con el Nuevo Testamento.

En Reconsiderando el Odre describo las reuniones de la iglesia primitiva. Estas reuniones se caracterizaban por el funcionamiento de cada miembro, la espontaneidad, la libertad, la vivacidad y la participación abierta. Era un encuentro fluido, y no un ritual estático. Y era imprevisible, a diferencia del culto de la iglesia contemporánea.

Además, la reunión de iglesia del primer siglo no seguía el modelo de los cultos de la sinagoga judía, como han sugerido algunos autores recientes. En cambio, era completamente única para la cultura. La misa medieval es una mezcla de elementos romanos, galos y francos Todos los aspectos ceremoniales de la misa, como el incienso, las velas y la disposición del edificio fueron adoptados de la corte ceremonial de los emperadores romanos.

En el capítulo 1 de Reconsiderando el Odre describo detalladamente una reunión de iglesia del primer siglo. Este estilo de reunión está siendo seguido hoy en una escala muy pequeña. Si bien esta clase de reuniones son consideradas muchas veces como radicales y revolucionarias por el cristianismo establecido, no son más radicales o revolucionarias que la iglesia del primer siglo.: Bradshaw argumenta en contra de la idea de que el cristianismo del primer siglo heredó sus prácticas litúrgicas del judaísmo.

Señala que esta idea surgió alrededor del siglo XVII. David Norrington dice: “Tenemos poca evidencia que sugiera que los primeros cristianos intentaron perpetuar el estilo de la sinagoga”. Además, la sinagoga judía fue un invento humano. Algunos estudiosos creen que la sinagoga fue creada durante la cautividad babilónica (sexto siglo a.C.), cuando el culto en el templo de Jerusalén era una imposibilidad.

Otros creen que las sinagogas surgieron más tarde, en el tercer o segundo siglo a.C., con el surgimiento de los fariseos. Aun cuando la sinagoga se convirtió en el centro de la vida judía luego de que el templo de Jerusalén fuera destruido en el año 70 d.C., no hay ningún antecedente en el Antiguo Testamento (ni divino) para una institución de este tipo  Además, la inspiración arquitectónica para la sinagoga fue pagana.

Entonces, ¿de dónde surgió el orden del culto protestante? Tiene sus raíces principales en la misa católica. Es significativo que la misa no se originó en el Nuevo Testamento. Más bien, surgió del antiguo judaísmo y el paganismo. Según el famoso historiador Will Durant, la misa católica estaba “basada en parte en el servicio del templo judaico, en parte en los rituales de purificación de los misterios griegos, el sacrificio vicario y la participación…”

Gregorio Magno (540-604) fue el responsable de dar forma a la misa medieval. Gregorio era un hombre increíblemente supersticioso, cuyo pensamiento estaba influido por conceptos mágicos paganos. Encarnaba la mente medieval, una cruza entre el paganismo, la magia y el cristianismo. No es casual que Durant llame a Gregorio “el primer hombre completamente medieval”. La misa medieval reflejaba la mente de su padre, Gregorio. Era una mezcla de rituales paganos y judaicos salpicados de teología católica y vocabulario cristiano.

 Durant señala que la misa estaba profundamente impregnada del pensamiento mágico pagano así como del teatro griego. Escribe: “La moribunda mente griega revivió transmigrada en la teología y liturgia de la iglesia; el idioma griego, que había reinado durante siglos sobre la filosofía, se convirtió en el vehículo de la literatura y el ritual cristiano; los misterios griegos fueron transferidos al misterio impresionante de la misa”.

En realidad, la misa católica que surgió entre el cuarto y sexto siglo fue básicamente pagana. Los cristianos adoptaron la vestimenta de los sacerdotes paganos, el uso del incienso y el agua bendita en los ritos de purificación, las velas encendidas en el culto, la arquitectura de la basílica romana para sus edificios de iglesia, la ley de Roma como base de la “ley canónica”, el título Pontifex Maximus para el obispo principal y los rituales paganos para la misa católica.

La palabra “misa”, que significa ‘despedida’ (missa, dismissio) de la congregación, se convirtió a fines del cuarto siglo en la palabra para el servicio de adoración que celebraba la Eucaristía. La historia del origen de la misa está mucho más allá del alcance de este libro. Basta decir que la misa fue esencialmente una mezcla del resurgimiento del interés de los gentiles en el culto de la sinagoga y la influencia pagana que data del cuarto siglo.

Las importantes reformas de Gregorio dieron forma a la misa católica de todo el período medieval, hasta la Reforma. Philip Schaff reseña las diversas liturgias católicas, que alcanzaron su punto culminante en la liturgia de Gregorio, que dominó la iglesia latina por siglos y fue ratificada por el Concilio de Trento. Gregorio fue también quien desarrolló y popularizó la doctrina católica del “purgatorio”, si bien la extrajo de varios comentarios especulativos de Agustín.

De hecho, Gregorio hizo de las enseñanzas de Agustín la teología fundamental de la iglesia de Occidente. “Agustín”, dice Paul Johnson, “fue el genio oscuro del cristianismo imperial, el ideólogo de la alianza entre iglesia y estado, y el creador de la mentalidad medieval. Después de Pablo, que proveyó la teología básica, hizo más para dar forma al cristianismo que cualquier otro ser humano”. Durant dice que la teología de Agustín dominó la filosofía católica hasta el siglo XIII. Agustín también le dio un tinte neoplatónico.

Cuando nacieron varias denominaciones protestantes, todas ayudaron a remodelar la liturgia católica aportándole un elemento característico. Este es un periplo complejo y enormemente vasto para describir. Su tratamiento riguroso requeriría un volumen enorme. En este capítulo haremos una reseña de la historia básica. Después de que Gregorio estableciera la misa en el siglo sexto, quedó grabada a fuego y varió poco durante más de mil años. Pero, el estancamiento litúrgico experimentó su primera revisión cuando Martín Lutero (1483-1546) entró en escena.

El aporte de Lutero

En 1520 Lutero lanzó una violenta campaña contra la misa católico romana. El punto culminante de la misa siempre ha sido la Eucaristía, también conocida como la “Comunión” o “la Cena del Señor”. Todo está centrado en ese momento mágico en que el sacerdote parte el pan y lo entrega al pueblo, y todo conduce a ese momento. Para la mente católica medieval, la ofrenda de la Eucaristía era un nuevo sacrificio de Jesucristo. Tan atrás como Gregorio Magno (540-604), la iglesia católica enseñaba que Jesucristo es sacrificado nuevamente a través de la misa.

Lutero fustigó (a menudo groseramente) las mitras y báculos de los papistas y su enseñanza sobre la Eucaristía. El error cardinal de la misa, dijo Lutero, era afirmar que era una “obra” humana, basándose en un entendimiento incorrecto del sacrificio de Cristo. James F. White describe nueve tradiciones litúrgicas dentro del campo protestante en su libro Protestant Worhip: Traditions in Transition (Louisville: Westminster/John Knox Press, 1989). Frank C. Senn ha hecho un tratamiento técnico de la historia de las liturgias católicas y evangélicas en su influyente obra Christian Liturgy: Catholic and Evangelical (Minneapolis: Fortress Press, 1997). Junto a la obra de Senn está la gigantesca obra de Gregory Dix, The Shape of Liturgy (Continuum Publishing House, 2000). ¡Ambos libros tienen más de 700 páginas!

La misa moderna ha cambiado poco en los últimos 400 años. La forma que se usa hoy fue instituida en el Misal Romano: Sacramentario y Leccionario, de 1970. Aun así, la misa del siglo sexto se asemeja a la misa actual. Esta campaña fue articulada en el tratado radical de Lutero, La cautividad babilónica de la Iglesia. Este libro fue una bomba que cayó sobre el sistema católico romano, cuestionando la teología central detrás de la misa católica. En La cautividad babilónica de la Iglesia, Lutero atacó las siguientes tres características de la misa: 1) Privar de la copa a los laicos, 2) La transubstanciación (la creencia de que el pan y el vino se convierten en el cuerpo y sangre reales de Cristo) y 3) El concepto que la misa es una obra humana ofrecida a Dios como un sacrificio de Cristo.

Si bien Lutero rechazaba la transubstanciación, no obstante creía que la “verdadera presencia” del cuerpo y la sangre de Cristo están dentro, con y bajo los elementos del pan y el vino. Esta creencia se llama “consubstanciación”. En La cautividad Lutero también negó los siete sacramentos, aceptando solamente tres: bautismo, penitencia y el pan. Lutero eliminó posteriormente la penitencia como sacramento.

Desde este trabajo y de otros referidos a Martin Lutero, podemos observar con ojos de creyentes maduros actuales, que este reformador de alto prestigio en el protestantismo mundial, se dejó llevar en muchas ocasiones por impulsos ciento por ciento carnales, por encima de espirituales.

La palabra “Eucaristía” viene de la palabra griega eucharisteo, que quiere decir “dar gracias”. Aparece en 1 Corintios 11:24. Allí se nos dice que Jesús tomó el pan, lo partió y “dio gracias”. Los cristianos post apostólicos se referían a la Cena del Señor como la “Eucaristía”. Lutero puso por escrito sus revisiones litúrgicas en un tratado llamado La forma de la misa... Note que los teólogos católicos más recientes (en los últimos 70 años) han dicho que la misa es una re-presentación de un único sacrificio en vez de un sacrificio nuevo, como lo hacía la iglesia católica medieval.

Era habitual la referencia a la Eucaristía como una “oblación” o “sacrificio” del tercer al quinto siglo. Loraine Boettner ha detallado los errores de Así que en 1523 Lutero propuso sus propias revisiones de la misa católica. Estas revisiones son el fundamento de todo el culto protestante. El corazón de las revisiones fue que Lutero convirtió a la predicación en el centro de la reunión, en vez de la Eucaristía.

Por consiguiente, en el culto protestante moderno el elemento central es el púlpito, en vez de la mesa de altar. (La mesa de altar es donde se coloca la Eucaristía en las iglesias católicas.) A Lutero le corresponde el crédito por hacer del sermón el punto culminante del culto protestante. Estas son sus palabras: “Una congregación cristiana nunca debe reunirse sin la predicación de la Palabra de Dios y la oración, no importa cuán brevemente”… “la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios es la parte más importante del servicio divino”.

La creencia de Lutero en la centralidad de la predicación como marca distintiva del culto de adoración ha permanecido hasta el día de hoy. Sin embargo, no tiene ningún precedente bíblico. Como dijo un historiador: “El púlpito es el trono del pastor protestante”. Por esta razón, los ministros protestantes ordenados son llamados generalmente “predicadores”.

Yo mismo he aprendido, creído y enseñado esto durante años. Estuve totalmente convencido que el centro de un culto era la predicación. ¿Error? Sí, pero no por culpas ajenas, sino por falta de responsabilidad mía de no obedecer el mandato de escudriñar las escrituras que Dios mismo nos dejó a todos.

Pero, aparte de estos cambios, la liturgia de Lutero difería poco de la misa católica. Él intentó salvar simplemente lo que consideraba que eran los elementos “cristianos” del antiguo orden católico. Por consiguiente, si uno compara el orden del culto de Lutero con la misa católica medieval en el capítulo 8 de su libro Roman Catholicism (Phillipsburg: The Presbyterian and Reformed Publishing Company, 1962): Su nombre en latín fue Formula Missae. Protestant Worship: Traditions in Transition, pp. 36-37. 27 Ibid. pp. 41-42.

Si bien Lutero tenía una visión muy elevada de la Eucaristía, despojó a la misa de todo lenguaje sacrificial, y sólo mantuvo a la Eucaristía misma. Creía fuertemente tanto en la Palabra como en el Sacramento. Así que su Misa Alemana adoptó la predicación y la santa comunión. Algunas iglesias “litúrgicas” de la tradición protestante aún tienen una mesa de altar cerca del púlpito. Antes de la Edad Media, tanto el sermón como la Eucaristía ocupaban un lugar destacado en la liturgia cristiana. Sin embargo, el sermón sufrió una fuerte declinación durante el período medieval.

Muchos sacerdotes carecían de la instrucción como para predicar, y otros elementos fueron quitándole el lugar a la predicación de la Escritura… Gregorio Magno intentó restaurar el lugar del sermón en la misa. Sin embargo, sus esfuerzos fracasaron. Recién en la Reforma el sermón ocupó un lugar central en el culto. Lutero realizaba tres cultos el domingo a la mañana. Todos iban acompañados por un sermón. Roland Bainton contó 2.300 sermones existentes predicados por Lutero durante su vida.

 Lutero aún seguía el Rito Occidental. La principal diferencia fue que eliminó las oraciones del Ofertorio y las oraciones del Canon luego del Sanctus que hablaba de las ofrendas. En resumen, Lutero tachó de la misa todo lo que tuviera olor a “sacrificio”. Él, junto con los demás reformadores, quitó gran parte de los elementos decadentes de la misa del bajo medioevo. Lo hicieron presentando la misa en el lenguaje vernáculo común, incluyendo los cantos congregacionales (cánticos y corales para los luteranos; salmos métricos para los reformados), dando un lugar central al sermón y permitiendo a los asistentes participar en la santa comunión.

El reformador alemán Carlstadt (1477-1541) era más radical que Lutero. Durante la ausencia de éste, Carlstadt abolió la misa por completo, destruyendo los altares junto con las imágenes. la liturgia de Gregorio, ¡son prácticamente iguales! Básicamente, Lutero reinterpretó gran parte del ritual de la misa. Pero mantuvo la ceremonia, creyendo que era apropiada. Por ejemplo, Lutero retuvo el acto que marcaba el punto culminante de la misa católica, el momento en que el sacerdote levantaba el pan y la copa y los consagraba. Meramente reinterpretó el significado de este acto.

 La práctica de elevar el pan y la copa para consagrarlos empezó en el siglo XIII. Es una práctica basada principalmente en la superstición. Sin embargo, sigue siendo observada por muchos pastores hoy. De igual forma, Lutero hizo una cirugía mayor a la oración eucarística, reteniendo solamente las “palabras de institución” de 1 Corintios 11:23 en adelante: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan… y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo… Al día de hoy, los pastores protestantes recitan religiosamente este texto antes de administrar la comunión.

 ¡Al final, la liturgia de Lutero no era más que una versión truncada de la misa católica! Y estaba plagado de los mismos problemas obvios: Los asistentes seguían siendo espectadores pasivos (sólo que ahora podían cantar) y toda la liturgia seguía estando dirigida por un clérigo ordenado (el pastor había reemplazado al sacerdote). Según las propias palabras de Lutero: “Ni ahora ni nunca ha sido nuestra intención abolir el servicio litúrgico de Dios completamente, sino más bien purificar la que está en uso actualmente de las desdichadas adiciones que la corrompen…”

Sucede algo similar, hoy, con aquellos que salen de las babilonias y pretenden armar iglesias en sus casas. Terminan elaborando cultos idénticos a los que han visto mil veces realizar y, obviamente, se convierten muy a su pesar, en pequeñas babilonias falsas.

Trágicamente, Lutero no se dio cuenta de que el nuevo vino no puede volver a envasarse en odres viejos. En ningún momento demostró (ni ningún otro de los principales reformadores) un deseo de

volver a las prácticas de la iglesia del primer siglo. Estos hombres se propusieron meramente reformar la teología de la iglesia católica.

En resumen, los principales cambios duraderos que Lutero hizo a la misa católica fueron los siguientes: 1) Realizó la misa en el idioma de la gente, 2) Asignó al sermón un lugar céntrico en la reunión, 3) Introdujo el canto congregacional, 4) Eliminó la idea de que la misa era un sacrificio de Cristo, y 5) Permitió que la congregación tomara del pan y la copa (en vez de sólo el sacerdote, como ocurría en la práctica católica). Fuera de estas diferencias, ¡Lutero mantuvo el mismo orden del culto que el que se encuentra en la misa católica!

Frank Senn ha escrito la antigua liturgia católica en su libro (Christian Liturgy, p. 139). que Lutero hasta retuvo la palabra “misa”, que llegó a significar la totalidad del culto (p. 486). Lutero señaló el ceremonial de las cortes de los reyes, y creía que debía ser aplicado a la adoración de Dios. El capítulo 3 de este libro muestra cómo el protocolo imperial se introdujo en la liturgia cristiana durante el cuarto siglo, con el reinado de Constantino. Cuando el sacerdote católico levantaba el sacramento, lo hacía para inaugurar el sacrificio.

Lutero retuvo el orden básico de la misa medieval junto con los aspectos ceremoniales de las luces, el incienso y las vestimentas... Irónicamente, Lutero insistía en que su Misa Alemana no debería ser adoptada legalistamente, y que debía descartarse si quedaba desactualizada. Trágicamente, esto nunca ocurrió. ¡Las tradiciones se resisten demasiado a morir!

Lutero, un amante de la música, hizo de la música una parte clave del culto. Lutero era un genio musical. Estaba tan dotado musicalmente que los jesuitas decían que sus canciones “destruyeron más almas que sus escritos y predicaciones”. No es sorprendente que uno de los mayores talentos musicales en la historia de la iglesia fuera luterano. Su nombre fue Juan Sebastián Bach.

Aun peor, aunque Lutero hablaba mucho del “sacerdocio de todos los creyentes”, nunca abandonó la práctica de un clero ordenado. De hecho, tan fuerte era su creencia en un clero ordenado que escribió: “El ministerio público de la Palabra debe ser establecido por ordenación santa como la mayor y más elevada de las funciones de la iglesia”. Bajo la influencia de Lutero, el pastor protestante simplemente reemplazó al sacerdote católico. Y, por lo general, había poca diferencia práctica en la forma en que funcionaron estos dos cargos. Este sigue siendo el caso, como veremos más adelante.

A continuación aparece el orden del culto de Lutero. El bosquejo general debería resultarle muy conocido, ya que es la raíz principal de su servicio de iglesia de la mañana del domingo. Canto – Oración – El sermón – Exhortación al pueblo – La Cena del Señor – Canto – Oración después de la Comunión – La bendición –

El aporte de Zwinglio.

Con la llegada de la imprenta de Gutenberg (alrededor de 1450), la producción masiva de libros litúrgicos aceleró los cambios que los reformadores intentaban efectuar en la liturgia. Estos cambios ahora fueron puestos en tipos móviles e impresos en grandes cantidades.

El sacerdote administraba siete sacramentos, en tanto que el pastor solamente administraba dos (el bautismo y la Eucaristía). Sin embargo, se consideraba que ambos, el sacerdote y el pastor, tenían la autoridad exclusiva para proclamar la Palabra de Dios. Para Lutero, el uso de vestimentas clericales, velas en el altar y la actitud del ministro mientras oraba no eran importantes.  Pero, si bien para él no eran importantes, aconsejó mantenerlos. De ahí que sigan estando con nosotros hoy. Ver el capítulo 4. Esta liturgia fue publicada en su Misa Alemana y el Orden del Servicio Divino, en 1526. Christian Liturgy, pp. 282-283.

Note que el sermón era a la vez precedido y seguido por canto y oración. Lutero creía que colocar el sermón entre canciones lo fortalecía y brindaba una respuesta devocional a él. La mayoría de las canciones que se cantaban en la Misa Alemana de Lutero era versificaciones de cánticos litúrgicos en latín y credos. (La versificación es poner en verso un texto en prosa.) Lutero tiene a su favor que escribió unos 36 himnos y era un genio en cuanto a tomar canciones contemporáneas y redimirlas con letras cristianas. Él decía: “¿Por qué dejar que el diablo tenga todas las buenas melodías?”.

Esto mismo, hoy, está mal visto. Porque se dice, -a mi juicio con buen tino-, que lo que interesa de una composición musical no es tanto ni el sonido de su música ni el contenido de su letra. Lo que realmente importa es la fuente de la inspiración.

Ahí es donde nace el ejemplo doméstico dado en muchas iglesias: ¿Es considerado tema cristiano uno compuesto por Marcos Witt y cantado por Michel Jackson, o uno compuesto por el rey del pop y cantado por Marcos?

El reformador suizo Ulrico Zwinglio (1484-1531) hizo algunas reformas propias que ayudaron a dar forma al orden del culto de hoy. Reemplazó la mesa de altar por algo llamado “la mesa de la comunión”, desde donde se administraba el pan y el vino. También hizo que el pan y el vino fueran llevados a la gente en sus bancos usando bandejas de madera y copas. La mayoría de las iglesias protestantes todavía tienen una mesa de este tipo. Generalmente, tiene dos velas encima, ¡una costumbre que vino directamente de la corte ceremonial de los emperadores romanos! Y la mayoría lleva el pan y la copa a la gente sentada en sus bancos.

Zwinglio también recomendó que la Cena del Señor fuera celebrada trimestralmente (cuatro veces al año). Esto era en oposición a hacerlo semanalmente, como proponían los demás reformadores. Muchos protestantes siguen la celebración trimestral de la Cena del Señor hoy. Algunos la realizan mensualmente. También Zwinglio recibe el crédito por defender el punto de vista “conmemorativo” de la Santa Cena. Este punto de vista es abrazado por el protestantismo estadounidense dominante, que dice que el pan y la copa son meros símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo. Sin embargo, aparte de estas novedades, la liturgia de Zwinglio no difería mucho de la de Lutero. Como Lutero, Zwinglio enfatizó la centralidad de la predicación. A tal punto, que él y sus colegas predicaban tan frecuentemente como las noticias de la televisión: ¡Catorce veces a la semana!

El aporte de Calvino y compañía

Los reformadores Juan Calvino (1509-1564), Juan Knox (1513-1572), y Martín Bucero (1491-1551) contribuyeron a dar forma a la liturgia. Estos hombres crearon sus propios órdenes de culto entre 1537 y 1562. Aun cuando sus liturgias eran observadas en diferentes partes del mundo, eran prácticamente idénticas. Simplemente hicieron unos pocos ajustes a la liturgia de Lutero. El más notable era la colecta de dinero que seguía al sermón.  

Sobre este punto, Frank Senn escribe: “En las iglesias reformadas, el púlpito dominaba el altar tan completamente que, con el tiempo, el altar desapareció y fue reemplazado por una mesa usada para la santa comunión sólo unas pocas veces al año. La predicación de la Palabra dominaba el servicio. Se ha interpretado esto como una consecuencia del denominado redescubrimiento de la Biblia. Pero el redescubrimiento de la Biblia fue por el invento de la imprenta, un fenómeno cultural”.

El punto de vista de Zwinglio era más complejo que esto. Sin embargo, su idea de la Eucaristía no era tan “elevada” como la de Calvino o Lutero. Zwinglio es el padre de la idea protestante moderna de la Cena del Señor. Por supuesto, su punto de vista no sería representativo de las iglesias protestantes “litúrgicas”, que celebran tanto la Palabra como el Sacramento semanalmente. El orden del culto de Zwinglio aparece en Christian Liturgy, pp. 362-364.

 

Estas liturgias se usaron en Estrasburgo, Alemania (1537), Ginebra, Suiza (1542) y Escocia (1562).  La colecta era limosnas para los pobres. Calvino escribió: “Ninguna asamblea de la iglesia debe ser realizada sin que la Palabra sea predicada, se ofrezcan oraciones, se administre la Cena del Señor y se den limosnas”.

Como Lutero, Calvino enfatizó la centralidad de la prédica durante el servicio de adoración. El creía que cada creyente tenía acceso a Dios a través de la Palabra predicada en vez de a través de la Eucaristía. Gracias a su genio teológico, la prédica en la iglesia de Calvino en Ginebra fue fuertemente teológica y académica. También fue sumamente individualista, una característica que nunca abandonó el protestantismo.

La iglesia de Calvino en Ginebra fue exhibida como modelo para todas las iglesias reformadas. Por lo tanto, su orden del culto se extendió por todas partes. Esto explica el carácter cerebral de la mayoría de las iglesias protestantes hoy, especialmente la variante reformada y presbiteriana. Dado que los instrumentos musicales no se mencionan explícitamente en el Nuevo Testamento, Calvino eliminó el órgano de tubos y los coros. Todo canto era a capella. (Algunos protestantes modernos, como la Iglesia de Cristo, todavía siguen la rígida oposición a los instrumentos de Calvino.) Esto cambió a mediados del siglo XIX, cuando las iglesias reformadas empezaron a usar música instrumental y coros.

 Sin embargo, los puritanos (calvinistas ingleses) continuaron en el espíritu de Calvino, condenando tanto la música instrumental como el canto de los coros. ¡Probablemente la característica más dañina de la liturgia de Calvino era que él dirigía la mayor parte del servicio desde su púlpito! El cristianismo nunca se recuperó de esto. Hoy, es el pastor quien funciona como maestro de ceremonias y director general del culto del domingo a la mañana, ¡igual que el sacerdote en la misa católica!

No se trata simplemente de ser maestro de ceremonias del culto, también se trata del hombre alrededor del cual gira toda la potencia de la iglesia, al extremo de colocar su fotografía, (Acompañado de su familia) en tamaño gigante en la entrada del salón de eventos.

Otra característica que Calvino aportó al orden del culto es la actitud sombría que se enseña que debe adoptar la congregación al ingresar al edificio. Esta atmósfera es de un profundo sentido de auto humillación ante un Dios soberano y austero. Martín Lutero también recibe crédito por promover esta actitud. Al principio de cada servicio, hacía que se leyeran los Diez Mandamientos para crear un sentido de veneración. De esta mentalidad surgieron algunas prácticas bastante extrañas. La Nueva quería tener la Cena del Señor semanalmente, sus iglesias reformadas siguieron la práctica de Zwinglio de tomarla trimestralmente. La “Palabra”, según el uso reformado, significaba la Biblia y la palabra predicada, como una transmisión de la Palabra encarnada.

Tanto el sermón como la lectura de las Escrituras estaban conectados y eran considerados como la “Palabra”. La idea de que la predicación de la Biblia es la “Palabra de Dios” misma aparece en el Confessio Helvetica Posterior de 1566. El riguroso individualismo del Renacimiento influyó el mensaje de los reformadores. Eran un producto de su tiempo. El evangelio que predicaban estaba centrado en las necesidades individuales y el desarrollo

No era comunitario, era personal. No era comunitario, como el mensaje de los cristianos del primer siglo. Este énfasis individualista fue adoptado por los puritanos, pietistas y avivamentistas, y permeó todas las áreas de la vida y pensamiento estadounidenses.

Zwinglio, un músico él mismo, compartía la convicción de Calvino de que la música y los coros no debían formar parte del servicio de la iglesia. Para Calvino, todas las canciones debían incluir las palabras de las Escrituras del Antiguo Testamento, así que los himnos quedaron excluidos. Ésta era también la práctica del contemporáneo de Calvino, Martín Bucero.

La Inglaterra puritana era conocida por multar a los niños que sonreían en la iglesia! ¡Agregue a esto la creación del “diezmero” que despertaba a los asistentes dormidos aguijándolos con un pesado bastón! Esta forma de pensar es un retorno a visión de la piedad de fines del medioevo. Sin embargo, fue adoptado y mantenido vivo por Calvino y Bucero. Si bien muchos pentecostales y carismáticos contemporáneos han roto con esta tradición, es seguida mecánicamente en la mayoría de las iglesias hoy. El mensaje es: “¡Quédese quieto y en reverencia, porque esta es la casa de Dios!”.

Otra práctica que los reformadores retuvieron de la misa era que los clérigos caminaran a sus asientos designados al principio del servicio mientras la congregación permanecía de pie cantando. Empezó en el cuarto siglo, cuando los obispos entraban a sus magníficas iglesias-basílicas. ¡Era una práctica copiada directamente de la ceremonia de la corte imperial pagana! Cuando los magistrados romanos entraban en la sala de la corte, la gente se ponía de pie y cantaba. Es algo que se observa todavía en muchas iglesias protestantes. Pero nadie la cuestiona jamás. Al extenderse el calvinismo a través de Europa, la liturgia de Ginebra de Calvino fue adoptada en la mayoría de las iglesias protestantes. Fue transplantada y tomó raíces en muchos países. Éste es su aspecto:

Oración – Confesión – Canto (Salmos) – Oración pidiendo la iluminación del Espíritu en la prédica – El sermón –  Colecta de limosnas – Oración general – Comunión (en los momentos designados) mientras se canta un Salmo – Bendición. La gente del medioevo hacía equivaler lo sombrío con la santidad y el carácter taciturno con la piedad. En contraste, los cristianos primitivos se caracterizaban por una actitud de regocijo y alegría (Hechos 2:46; 8:8; 13:52; 15:3; 1 Pedro 1:8). En contraste, los salmos convocan al pueblo de Dios a entrar por sus puertas con gozo, alabanza y acción de gracias (Salmos 100 y otros).

Este llamado “rito de entrada” incluía una salmodia (introito), la oración de la letanía (Kyrie) y una canción de alabanza (Gloria). Fue adoptado de la ceremonia de la corte imperial. Como Constantino se consideraba el vicario de Dios en la tierra, Dios pasó a ser considerado como el Emperador del cielo. Por lo tanto, la misa se convirtió en una ceremonia realizada ante Dios y ante su representante, el obispo, al igual que el ceremonial realizado ante el Emperador y su magistrado.

El obispo, ataviado con las vestimentas de un alto magistrado, ingresaba al edificio de la iglesia en una procesión solemne precedida por velas. Entonces se sentaba en su trono especial, la sella curulis de un oficial romano. La iglesia del siglo cuarto había adoptado tanto el ritual como el sabor de la oficialidad romana en su culto. La liturgia de Ginebra era una “liturgia reformada fija usada sin variación o excepción no sólo para la celebración de los sacramentos sino para el culto habitual del domingo también”.

Debe señalarse que Calvino buscó modelar su orden del culto según los escritos de los padres de la iglesia primitiva, especialmente los que vivieron entre el tercer y sexto siglo. Esto explica su falta de claridad sobre el carácter de la reunión de la iglesia del primer siglo. Los padres primitivos del siglo III a VI eran fuertemente litúrgicos, racionales y ritualistas. No tenían la mentalidad de un cristiano del primer siglo. Eran también más teóricos que practicantes.

Para decirlo de otra manera, los padres de la iglesia de este período representan el catolicismo incipiente (temprano). ¡Y esto es lo que Calvino tomó como su modelo principal para establecer un nuevo orden del culto! No es de extrañar que la llamada “Reforma” produjera muy poca reforma en términos de la práctica de la iglesia. Como ocurrió con el orden del culto de Lutero, la liturgia de la Iglesia Reformada “no intentó cambiar las estructuras de la liturgia oficial [católica] sino, más bien, trató de mantener la vieja liturgia mientras cultivaba devociones extralitúrgicas”.

El aporte puritano

Los puritanos eran calvinistas de Inglaterra. Adoptaron un biblicismo riguroso y buscaban seguir ajustadamente el orden del culto del Nuevo Testamento. Los puritanos creían que el orden del culto de Calvino no era suficientemente bíblico. Por consiguiente, cuando los pastores truenan diciendo que “hacen todo conforme a la Palabra de Dios”, están haciéndose eco de ideas puritanas. Pero el esfuerzo puritano por restaurar la reunión de iglesia del Nuevo Testamento terminó en un fracaso dramático. Calvino también tomó a los padres post apostólicos como su modelo para el gobierno de la iglesia. Por lo tanto, adoptó un pastorado único.

Los padres de la iglesia estaban fuertemente influidos por su cultura grecorromana. Muchos de ellos, de hecho, habían sido filósofos y oradores paganos antes de convertirse en cristianos. Como ya se dijo, esta es la razón por la que sus servicios eclesiásticos reflejaban una mezcla de formas de la cultura pagana y la sinagoga judía. Además, estudios recientes han demostrado que los escritos de los padres sobre el culto cristiano fueron hechos más tarde de lo que se suponía y han sido remozados por varias capas de tradición. Los padres de la iglesia fueron influenciados fuertemente por el paganismo y el neoplatonismo.

Dado que este estudio se centra en las contribuciones no escriturales de los reformadores, indicar sus contribuciones positivas va más allá del alcance de este libro. No obstante, sépase que el autor es muy consciente de que Lutero, Zwinglio y los demás aportaron muchas prácticas y creencias positivas a la fe cristiana. Al mismo tiempo, no lograron llevarnos a una reforma completa. La Reforma protestante fue principalmente un movimiento intelectual. Si bien la teología era radical comparada con la del catolicismo romano, apenas tocó la práctica eclesiástica. Quienes avanzaron más allá en sus reformas son conocidos como “la Reforma radical”.

La renuncia a las vestiduras clericales, ídolos, ornamentos, junto con los clérigos que escribían sus propios sermones (en contraposición a las homilías leídas) fueron aportes positivos que nos dejaron los puritanos. Sin embargo, debido a su énfasis en la oración espontánea, los puritanos también nos legaron la larga “oración pastoral” que precede el sermón. ¡Una oración pastoral en un culto puritano del domingo a la mañana podía durar fácilmente una hora o más! (Alguien dijo alguna vez que los que hacen largas oraciones en público, seguramente no oran jamás en privado).

El sermón alcanzó su apogeo con los puritanos americanos. Lo consideraban algo casi sobrenatural. ¡Y castigaban a los miembros de la iglesia que faltaban al sermón del domingo a la mañana! ¡Los residentes de Nueva Inglaterra que no asistían al culto del domingo eran multados o puestos en el cepo! (La próxima vez que su pastor lo amenace con la ira desenfrenada de Dios por faltar a la iglesia, no olvide agradecer a los puritanos.)

Vale la pena notar que en algunas iglesias puritanas se les permitía a los laicos hablar al final de culto. Inmediatamente después del sermón, el pastor se sentaba y contestaba las preguntas de la congregación. También se les permitía a los asistentes dar testimonios. Pero, con la llegada del avivamentismo de frontera, esta práctica se desvaneció, y nunca más fue adoptada por el cristianismo dominante. Con todo, la contribución puritana a la formación de la liturgia protestante hizo poco por liberar al pueblo de Dios para que funcione bajo el liderazgo de Cristo.

Como las reformas litúrgicas que lo precedieron, el orden del culto puritano era altamente previsible. Estaba escrita detalladamente y era seguida uniformemente en cada iglesia. La liturgia puritana se indica a continuación. Compárela a las liturgias de Lutero y Calvino, y notará que las características principales no cambiaron: Llamado a adorar – Oración inicial – Lectura bíblica – Canto de los Salmos – Oración antes del sermón – El sermón – Oración después del sermón. (Cuando se celebra la comunión, el ministro exhorta a la congregación, bendice el pan y la copa, y los reparte a la congregación.) Un líder puritano escribió que “la predicación de la Palabra es el Cetro del Reino de Cristo, la gloria de una nación y la carroza sobre la cual la vida y la salvación vienen montados”. Un puritano podría escuchar 15.000 horas de predicación durante su vida.

La liturgia puritana básica está contenida en una obra llamada A Directory of Public Worship of God, escrita en 1644. Esta era una revisión del Libro de Oración Común anglicano, redactado en 1549. El Directory fue usado por los congregacionalistas y presbiterianos ingleses (no escoceses). Con el tiempo, los puritanos dieron origen a sus propias denominaciones derivadas.  Algunas formaban parte de la tradición de “iglesias libres”. Las iglesias libres crearon lo que se lama el “sándwich de himnos”. Tiene el siguiente aspecto:

Tres himnos – Lectura bíblica – Música del coro – Oraciones al unísono – Oración pastoral – El sermón – La ofrenda – La bendición.  ¿Le resulta conocido? Le aseguro que no puede encontrarlo en el Nuevo Testamento.

Los aportes de los metodistas y del avivamentismo de frontera Los metodistas del siglo XVIII trajeron una dimensión emocional al orden del culto protestante. Se invitaba a la gente a cantar fuerte, con vigor y fervor. En este sentido, los metodistas fueron los precursores de los pentecostales. Siguiendo la estela de los puritanos, los metodistas vitalizaron la oración pastoral antes del sermón dominical. La oración clerical metodista era angustiosamente larga, y universal en su alcance.

Engullía a todas las demás oraciones, cubriendo los aspectos de la confesión, la intercesión y la alabanza. Pero lo más importante era que siempre se hacía en inglés isabelino. Aun hoy, en el siglo XXI, la oración pastoral isabelina está viva y coleando. Una gran cantidad de pastores contemporáneos siguen orando en este lenguaje anticuado, ¡Aun cuando es un dialecto que ha estado muerto por 400 años! ¿Por qué? Por el poder irreflexivo de la tradición.

Los metodistas también popularizaron el culto de adoración de los domingos a la noche. El descubrimiento del gas incandescente como una forma de iluminación permitió a Juan Wesley (1703-1791) popularizar esta innovación. Hoy, muchas iglesias protestantes tienen un culto dominical a la noche, aun cuando suele tener una baja asistencia. Los descendientes del puritanismo son los bautistas, presbiterianos y congregacionalistas. La tradición denominada de “iglesias libres” incluye a los puritanos, separatistas, bautistas, cuáqueros del siglo XVII y XVIII, metodistas (fines del siglo XVIII) y los Discípulos de Cristo de principios del siglo XVIII.

La “oración pastoral antes del sermón” fue prescrita en detalle en el Westminster Directory of Worship. Los servicios de oración nocturnos eran frecuentes en la iglesia católica desde el cuarto siglo. Y los servicios vespertinos dominicales fueron una parte estable de la vida litúrgica de la catedral y la parroquia durante muchos siglos. Sin embargo, los metodistas son conocidos por llevar a la fe protestante el servicio de culto del domingo a la noche.

Los siglos XVIII y XIX trajeron un nuevo reto para el protestantismo estadounidense. Fue la presión para ajustarse a los populares cultos del avivamentismo de frontera. Durante estos dos siglos, estos cultos influyeron grandemente en el orden del culto en muchísimas iglesias, terminando por ser inyectados en la corriente sanguínea del protestantismo estadounidense. Veamos los cambios duraderos efectuados por los avivamentistas de frontera.

En primer lugar, cambiaron la meta de la predicación. Predicaban con una meta exclusiva: la conversión de almas perdidas. Para la mente del avivamentista de frontera, el plan de Dios no involucraba nada más allá de la salvación. Este énfasis encuentra sus semillas en la prédica innovadora de George Whitefield (1714-1770). Whitefield fue el primer evangelista moderno en predicar a multitudes al aire libre. Fue el hombre que desplazó el énfasis de la prédica de los planes de Dios para la iglesia a sus planes para el individuo.

El concepto popular de que “Dios lo ama y tiene un plan maravilloso para su vida” fue introducido por Whitefield. En segundo lugar, la música del avivamentismo de frontera hablaba al alma y buscaba suscitar una respuesta emocional al mensaje de salvación. Todos los grandes avivamentistas tenían un músico en su equipo con este propósito. La adoración comenzó a ser considerada como principalmente individualista, subjetiva y emocional.

El avivamentismo estadounidense dio a luz la “sociedad misionera” a fines del siglo XVIII. Esto incluyó la Baptist Missionary Society (1792), London Missionary Society (1795), General Methodist Missionary Society (1796) y Church Missionary Society (1799).

Whitefield es llamado “el padre del avivamentismo estadounidense”. El mensaje central de Whitefield era “el nuevo nacimiento” del cristiano individual. Con esto lideró el Gran Despertar (1740-1741) en Nueva Inglaterra. En 45 días, Whitefield predicó 175 sermones. Era un orador superlativo y su voz podía ser escuchada por 30.000 personas en una reunión. Venían a escucharlo hasta 50.000 personas. Se decía que la voz de Whitefield podía escucharse a una milla de distancia sin amplificación. Y su capacidad oratoria era tal que podía hacer llorar a un público con su entonación. Sin duda Whitefield merece el crédito por recuperar la práctica perdida del ministerio itinerante. También compartió el crédito con los puritanos por restaurar la oración y la predicación extemporáneas.

 

El Gran Despertar bajo Whitefield estampó en el protestantismo estadounidense un carácter avivamentista e individualista del cual nunca se ha recuperado. Finney usó a Thomas Hastings. Moody usó a Ira B. Sankey. Billy Graham continuó la tradición usando a Cliff Barrows y a George Beverly Shea. La música fue clave para promover las metas del avivamentismo. George Whitefield y John Wesley reciben el crédito por ser los primeros en emplear la música para inducir la convicción y una disposición a escuchar el evangelio.

Los cultos metodistas, inspirándose en las reuniones al aire libre de los avivamentistas, se convirtieron en un medio para un fin. La meta se desplazó, de adorar a Dios e instruir a los creyentes, a hacer conversos individuales. Los sermones pasaron de tratar asuntos de “la vida real” a proclamar el evangelio a los perdidos. Toda la humanidad fue dividida en dos campos irremediablemente polarizados: perdidos o salvos, conversos o inconversos, regenerados o condenados.

La teología del avivamentismo no mostraba ninguna comprensión del propósito eterno de Dios o de su plan para la iglesia. La música coral metodista estaba diseñada para ablandar el duro corazón de los pecadores. Las letras empezaron a reflejar la experiencia de salvación individual así como el testimonio personal. Charles Wesley (1707-1788) tiene el mérito de haber sido el primero en escribir himnos de invitación. Los pastores que orientan sus sermones del domingo a la mañana exclusivamente a ganar a los perdidos siguen reflejando la influencia avivamentista.

Esta influencia ha penetrado la mayor parte del evangelismo televisivo y radial actual. Muchas iglesias protestantes (no sólo las pentecostales y carismáticas) inician sus cultos con cantos entusiastas para preparar a la gente para el sermón, de orientación emocional. Pero pocos saben que esta tradición empezó con los avivamentistas de frontera, hace poco más de un siglo.

En tercer lugar, los metodistas y los avivamentistas de frontera dieron origen al “llamado al altar”. Esta novedad empezó con los metodistas en el siglo XVIII. Esta práctica de invitar a personas que deseaban oración a ponerse de pie y caminar al frente a recibir oración nos llegó a través de un evangelista metodista llamado Lorenzo Dow. Más tarde, en 1807, en Inglaterra, los metodistas crearon el “banco del doliente”.

Charles Wesley escribió más de 6.000 himnos. Fue el primer escritor de himnos en introducir un estilo de canto congregacional que expresaba los sentimientos y pensamientos del cristiano individual. Los bautistas son quienes más se destacan en cuanto a tener la meta de ganar a los perdidos durante el

culto del domingo a la mañana. El llamado del avivamentismo a hacer “decisiones personales” por Cristo

reflejaba y apelaba a la vez a la ideología cultural del individualismo estadounidense, así como las “nuevas medidas” reflejaban y apelaban al pragmatismo estadounidense.

El reverendo James Taylor fue uno de los primeros en llamar a los interesados al frente de su iglesia en 1785, en Tennessee. El primer uso registrado del altar con relación a una invitación pública ocurrió en 1799, en un campamento metodista en Red River, Kentucky.  Finney fue un innovador en la cuestión de ganar almas y comenzar avivamientos. Usando sus denominadas “nuevas medidas”, él sostenía que no existía ninguna forma de adoración estipulada en el Nuevo Testamento.

Pero todo lo que tuviera éxito para llevar a pecadores a Cristo estaba aprobado, como los que eran invitados a recorrer “la senda de aserrín”. Este método llegó a Estados Unidos pocos años después y fue denominado “el banco ansioso” por Charles Finney (1792-1872). El “banco ansioso” se colocaba al frente, donde los predicadores se paraban sobre una plataforma levantada. Era ahí donde se invitaba a pecadores y santos necesitados a recibir las oraciones del ministro.

 Finney elevó el “llamado al altar” a la categoría de bella arte. Su método consistía en pedir a los que deseaban ser salvos que se pusieran de pie y pasaran al frente. Finney popularizó este método tanto que “después de 1835, llegó a ser un componente indispensable de los avivamientos modernos”. Finney abandonó el banco ansioso luego y simplemente invitaba a los pecadores a pasar al frente por los pasillos y arrodillarse frente a la plataforma para recibir a Cristo. Además de popularizar el llamado al altar, se le atribuye a Finney la invención de la práctica de orar por las personas por nombre, movilizar grupos de obreros para hacer visitas a los hogares, y reemplazar los cultos rutinarios de la iglesia por servicios especiales cada noche de la semana.

Con el tiempo, el “banco ansioso” de la reunión al aire libre fue reemplazado por el “altar” en el edificio de iglesia. La “senda de aserrín” fue reemplazada por el pasillo de la iglesia. Y así nació el famoso “llamado al altar”. Tal vez el elemento más importante que Finney dio al cristianismo contemporáneo fue el pragmatismo. Con esto me refiero a la creencia de que, si algo funciona, debe ser

adoptado. Finney creía que el Nuevo Testamento no indicaba ninguna forma de culto prescrita. Él enseñaba que el propósito exclusivo de la prédica era ganar almas. Todo artificio que ayudara a lograr ese objetivo era aceptable.

 Bajo Finney, el avivamentismo del siglo XVIII siglo se convirtió en ciencia y fue llevado a las principales iglesias. El cristianismo contemporáneo nunca se recuperó de esta ideología poco espiritual. El pragmatismo, y no el biblicismo o la espiritualidad, rigen las actividades de la mayoría de las iglesias modernas. (Las iglesias “sensibles a los buscadores” son las que más se han destacado en seguir los pasos de Finney.) El pragmatismo es dañino porque enseña que “el fin justifica los medios”. Si el fin se considera “santo”, cualquier “medio” es aceptable. Finney comenzó a usar este método exclusivamente luego de su famosa cruzada de Rochester, Nueva York, en 1830.

El primer uso que puede rastrearse históricamente del “asiento ansioso” viene de Charles Wesley: “Oh, aquel bendito asiento ansioso”. La “senda de aserrín” pasó a ser el pasillo polvoriento de la carpa del evangelista. Este uso (“tomar la senda de aserrín”) fue popularizado por el ministerio de Billy Sunday (1862-1935).

Por estas razones Charles Finney ha sido llamado “el reformador litúrgico más influyente de la historia estadounidense” La mente protestante requiere que la doctrina sea verificada rigurosamente contra las Escrituras antes de aceptarla. Pero, en cuanto a la práctica de la iglesia, ¡todo vale mientras sirva para conseguir conversos!

En todos estos aspectos, el avivamentismo de frontera estadounidense convirtió a la iglesia en un puesto de predicación. Redujo la experiencia de la ekklesia a una misión evangelística. Normalizó los métodos avivamentistas de Finney y creó personalidades del púlpito como la atracción dominante de la iglesia. También hizo de la iglesia un asunto individualista, en vez de ser algo corporativo.

En otras palabras, la meta de los avivamentistas de frontera era llevar a pecadores individuales a una decisión individual de una fe individualista. Como resultado, la meta de la iglesia primitiva –la edificación mutua y el funcionamiento de cada miembro para manifestar a Jesucristo corporativamente ante principados y potestades– se perdió completamente.

Irónicamente, Juan Wesley, uno de los primeros avivamentistas, entendió los peligros de este movimiento. Escribió: “El cristianismo es, esencialmente, una religión social… convertirlo en una religión solitaria es, sin duda, destruirlo”. El último toque que el avivamentismo de frontera agregó al orden del culto protestante fue adosar el denominado “llamado al altar” al final del sándwich de himnos.

Esta es la liturgia que domina el protestantismo estadounidense hoy. Sorprendentemente, ha cambiado poco desde la invención de la Misa Alemana de Lutero cuatro siglos antes. Con la invención de la duplicación con esténcil de Albert Blake Dick (1856-1934), en 1884, el orden del culto empezó a ser impreso en boletines.138 ¡Así nació el famoso “boletín del domingo a la mañana!”.

Y no se trata solamente del protestantismo estadounidense. En Argentina, pensar una iglesia sin tener en cuenta “el dolor por las almas que se pierden”, enseñado siempre como verdad bíblica, es todavía en este siglo veintiuno, impensable.

La imponente influencia de D. L. Moody

Las semillas del “evangelio avivamentista” fueron esparcidas por todo el mundo occidental por la colosal influencia de D. L. Moody (1837-1899).140 El evangelio de Finney creía que sus métodos avivamentistas que habían funcionado en sus reuniones en campamentos podrían ser importados a las iglesias protestantes para producir avivamiento ahí. Esta idea fue popularizada e incorporada a la mentalidad protestante a través de su libro Lectures on Revival, de 1835. Este libro vendió 1200 copias el día que llegó a las librerías.

Iain Murray señala que las reuniones de campamento bajo los metodistas fueron las precursoras de las técnicas evangelísticas sistemáticas de Finney. En su concepción correcta, la meta de la predicación no es la salvación de almas. Es el nacimiento de la Iglesia. Como dice un erudito: “La conversión sólo puede ser el medio; la meta es la extensión de la iglesia visible”.

El erudito D. J. Tidball se ha hecho eco del mismo pensamiento al decir: “El interés primordial de Pablo no era la conversión de individuos sino la formación de comunidades cristianas. Los avivamentistas de frontera no tenían ningún concepto de la ekklesia.

Las liturgias escritas aparecieron en el cuarto siglo. Pero no fueron puestas en forma de boletín hasta el siglo XIX. El evangelio de Moody, como el de Whitefield, tenía un solo foco: salvación para el pecador. Todos los demás fines eran secundarios. La técnica de predicación de Moody estaba dominada por este único interés. Él inventó el himno cantado por un solista luego del sermón del pastor. Un solista cantaba el himno de invitación hasta que George Beverly Shea sugirió que lo hiciera un coro. Shea instó a Billy Graham a emplear a un coro para cantar canciones como “Tal como soy” mientras la gente pasaba al frente para recibir a Cristo.

Moody nos legó la testificación casa por casa junto con la publicidad y las campañas evangelísticas. Él nos dio la “canción evangelística” o el “himno evangelístico”. Y él popularizó la “tarjeta de decisión”, un invento de Absalom B. Earle (1812-1895). Además, Moody fue el primero de pedir a los que querían ser salvos que se pusieran de pie para ser guiados en una “oración del pecador”. (Conclusión: no sé tú, pero yo puedo decir que he vivido una gran parte de mi vida cultivando la doctrina “moodysta”).

Unos cincuenta años después, Billy Graham mejoró la técnica de Moody. Introdujo la práctica de pedir al público que inclinara sus rostros, cerrara sus ojos (“sin que nadie alrededor mire”) y levantara la mano como respuesta al mensaje de salvación. (Todos estos métodos han encontrado una fuerte oposición en quienes sostienen que son psicológicamente manipuladoras.) (Yo decidí romper con este protocolo después de ver como un endemoniado por el cual estaban orando tomó de la corbata a un pastor y casi lo estrangula)

Para Moody, la iglesia era simplemente una asociación voluntaria para los salvos. Su influencia fue tan imponente que en 1874 podía decirse que la iglesia “no es un gran cuerpo corporativo” sino “sólo una compañía de individuos”. Este énfasis fue adoptado por todos los avivamentistas que lo siguieron. Y terminó por entrar en la médula y los huesos del cristianismo evangélico.

Moody viajó más de un millón de millas y predicó a más de 100 millones de personas. Esto fue en un tiempo sin aviones, micrófonos, televisión o Internet. Como Whitefield, Moody predicaba un evangelio individualista. Su teología se resumía en tres aspectos: arruinado por el pecado, redimido por Cristo y regenerado por el Espíritu (en inglés, las tres R: Ruined, Redeemed, Regenerated). Moody no veía nada más allá de esto.

“Cada persona que pasaba al frente firmaba un tarjeta indicando su compromiso de vivir una vida cristiana y para indicar su preferencia por una iglesia. Esta parte de la tarjeta era retenida por el obrero personal, para acordar algún tipo de seguimiento. La otra parte de la tarjeta se entregaba al nuevo cristiano como una guía para la vida cristiana”. En su 45º año de ministerio, Graham había predicado a 100 millones de personas en 85 países diferentes.

Murray distingue entre el “avivamiento”, que es una obra auténtica y espontánea del Espíritu de Dios, y el “avivamentismo”, que son los métodos humanos para obtener (al menos en apariencia) las señales de convicción, arrepentimiento y nuevo nacimiento. El uso de presiones psicológicas y sociales para lograr conversos forma parte del “avivamentismo”.  Moody, junto con los predicadores del Gran Despertar como George Whitefield, apelaba fuertemente a las emociones. Estaban influenciados por la filosofía del Romanticismo, el cuerpo de pensamiento que enfatizaba

También vale la pena notar que Moody fue influenciado fuertemente por la enseñanza de los Hermanos de Plymouth sobre los últimos tiempos, que decía que Cristo podía volver en cualquier momento antes de la gran tribulación. (Esta enseñanza también se llama “dispensacionalismo pretribulacional”).153 El dispensacionalismo pretribulacional dio origen a la idea de que los cristianos debían salvar la mayor cantidad almas lo más rápido posible antes que termine el mundo.

 Con la fundación del Movimiento Estudiantil Voluntario (Student Volunteer Movement) por John Mott en 1888, surgió una idea relacionada: “La evangelización del mundo en una generación”. La consigna “en una generación” sigue viva y coleando hoy en la iglesia contemporánea. Pero no condice con la mentalidad de los cristianos del primer siglo.

El aporte pentecostal

Empezando alrededor de 1906, el movimiento pentecostal nos dio una expresión más emocional del canto congregacional, que incluía manos alzadas, danzar entre los bancos, batir las palmas, hablar en lenguas y el uso de panderetas. La expresión pentecostal concordaba bien con su énfasis en la obra extática del Espíritu Santo.

Pero pocos se dan cuenta de que, si uno quitara las características emotivas del culto de una iglesia pentecostal, sería idéntico a la liturgia bautista. Por lo tanto, no importa cuán fuertemente un pentecostal diga que está siguiendo modelos del Nuevo Testamento, los pentecostales y los carismáticos siguen el mismo orden del culto que todos los demás protestantes. ¡A un pentecostal simplemente se le permite más espacio para moverse en su banco!

Otra característica interesante del culto pentecostal ocurre durante el tiempo de canto. A veces, el canto es interrumpido por una palabra ocasional en lenguas, una interpretación de lenguas o una palabra de “profecía”. Pero estas expresiones raramente duran más que un minuto o dos. Una forma de participación abierta tan escasa difícilmente pueda considerarse como “ministerio del Cuerpo”.

La tradición pentecostal también nos legó la voluntad y las emociones. Esta era una reacción al énfasis en la razón que marcó el pensamiento cristiano anterior, modelado por el Iluminismo. El énfasis de los predicadores del Gran Despertar era la respuesta sentida del individuo a Dios. La conversión llegó a considerarse como la meta suprema de las actividades divinas.

Como señalan J. Stephen Lang y Mark A. Noll, “debido a la predicación del Gran Despertar, el sentido del yo religioso se intensificó. El principio de la elección individual quedó arraigada para siempre en el protestantismo estadounidense y sigue siendo evidente hoy entre los evangélicos y muchos otros”. John Nelson Darby produjo esta enseñanza.

El origen de la doctrina pretribulacional de Darby es a la vez fascinante como llamativo. Los apóstoles se quedaron en Jerusalén durante muchos años antes de ir “hasta lo último de la tierra”, como predijo Jesús. Ellos no tenían ninguna prisa para evangelizar al mundo. De igual forma, la iglesia de Jerusalén no evangelizó a nadie durante los primeros ocho años de su vida. Ellos tampoco tenían prisa alguna para evangelizar al mundo.

Finalmente, no hay el menor susurro en ninguna de las epístolas del Nuevo Testamento donde un apóstol haya dicho a una iglesia que evangelice porque “es tarde y los días son pocos”. Los primeros cristianos no tenían ninguna prisa para evangelizar el mundo.

Esto es absolutamente cierto. Es más, la prisa tiene que ver con un reloj en la mano de los hombres que, al mismo tiempo, tienen sus ojos fijos en los días que les marca un calendario gregoriano con el que se conducen. Nadie piensa en un Dios eterno, aunque se pasen todo el tiempo hablando de Él.

Como en todas las iglesias protestantes, el sermón es el punto culminante de la reunión pentecostal. Sin embargo, en una típica iglesia pentecostal el pastor a veces “siente que el Espíritu se está moviendo”. En estos casos, suspende su sermón hasta la semana siguiente. Entonces la congregación canta y ora durante el resto del culto. Para el pentecostal, esto representa lo máximo de un gran culto de iglesia.

La forma en que suele hablarse de estos cultos especiales es fascinante. Los asistentes generalmente describen esta ruptura con la liturgia normal diciendo: “El Espíritu Santo dirigió nuestra reunión esta semana. El Pastor Suárez no llegó a predicar”. Es interesante que a nadie se le ocurre preguntar: “¿No se supone que El Espíritu Santo debe dirigir todas nuestras reuniones?”. Hmmmm…

Aun así, como resultado de haber nacido en la estela del avivamentismo de frontera, el culto pentecostal es altamente subjetivo e individualista. Para la mente del pentecostal, adorar a Dios no es un asunto corporativo, sino una experiencia individual. Con la influencia penetrante del movimiento carismático, esta mentalidad de adoración individualista ha infiltrado la vasta mayoría de las tradiciones protestantes.

Muchos ajustes y ningún cambio vital

Nuestro estudio de la historia litúrgica de los luteranos (siglo XVI), los reformados (siglo XVI), los puritanos (siglo XVI), los metodistas (siglo XVIII), los avivamentistas de frontera (siglos XVIII y XIX) y los pentecostales (siglo XX) revela un punto ineludible: ¡Durante los últimos quinientos años, el orden del culto protestante ha sufrido cambios mínimos!

En el fondo, todas las tradiciones protestantes comparten las mismas características trágicas en su orden del culto: Son celebradas y dirigidas por un clérigo, hacen del sermón el punto central y la gente es pasiva y no se le permite ministrar.

Los reformadores hicieron mucho para cambiar la teología del catolicismo romano. Pero, en términos de la práctica real, hicieron reacomodamientos menores del mobiliario litúrgico. A pesar de las muchas variedades de iglesias protestantes que han aparecido en el lienzo de la historia de la iglesia, el orden del culto de los domingos a la mañana sigue grabado a fuego. Resultado: ¡El pueblo de Dios nunca se ha liberado de la camisa de fuerza que heredó del catolicismo romano!

El Gran Despertar del siglo XVIII fijó el tono para una fe individualista, algo que era ajeno a la iglesia del primer siglo. Estados Unidos se estaba volviendo rápidamente una nación de fuertes individualistas, así que este nuevo énfasis encajaba bien con el país.

Christian Liturgy, de Frank Senn, compara una gran cantidad de diferentes liturgias a lo largo de las edades. Todo el que las compare detectará rápidamente sus rasgos comunes. Senn compara cinco liturgias escritas contemporáneas lado a lado: el Misal Romano, el Libro Luterano de Culto, el Libro de Oración Común, la liturgia metodista y el Libro de Adoración Común. ¡Las similitudes son impactantes!

Debe señalarse que algunos eruditos han intentado extraer de los escritos de los padres de la iglesia una liturgia unificada y monolítica que fuera observada por todas las iglesias. Pero los estudios recientes han demostrado que los escritos de los padres son pluriformes antes que uniformes. Esto significa que ninguno de sus escritos puede ser universalizado para que represente lo que estaba ocurriendo en todas las iglesias en un mismo sitio.

La Reforma hizo poco para cambiar la estructura de la misa católica. En palabras de un autor: “Los reformadores aceptaron, en sustancia, el antiguo patrón de culto católico… las estructuras básicas de sus cultos fueron adoptadas casi universalmente de los distintos tipos de órdenes del final del medioevo…”

Los reformadores produjeron una reforma a medias de la liturgia católica. Su contribución principal fue el cambio del foco central. En las palabras de un erudito: “El catolicismo siguió cada vez más el camino de las sectas (paganas), al hacer de un rito el centro de sus actividades, y el protestantismo siguió el camino de la sinagoga al colocar el libro en el centro de sus cultos…”

Lamentablemente, ni el catolicismo ni el protestantismo lograron hacer de Jesucristo el centro de sus reuniones. Sí, el libro reemplazó a la Eucaristía, y el pastor reemplazó al sacerdote. Pero sigue habiendo un hombre dirigiendo al pueblo de Dios, convirtiéndolo en un conjunto de espectadores silenciosos.

La centralidad del Autor del libro nunca fue recuperada tampoco. Por lo tanto, los reformadores fracasaron dramáticamente en señalar el meollo del problema original: un servicio de adoración dirigido por el clero con la asistencia de un laicado pasivo. Entonces no es sorprendente que los reformadores se vieran a sí mismos como católicos reformados.

Además, los descubrimientos arqueológicos han demostrado que los escritos de los padres de la iglesia no brindan una visión correcta de la iglesia del segundo y tercer siglo. Los padres de la iglesia eran los teólogos de su tiempo. No nos dan un atisbo de las creencias o prácticas de los típicos cristianos de esos tiempos. Ante Pacem: es un estudio de la evidencia arqueológica que contradice el cuadro que nos dan los padres de la iglesia de la vida eclesiástica antes de Constantino.

Según un escritor de seminario, “Snyder plantea la pregunta: Los escritos de los intelectuales del cristianismo primitivo, ¿Nos dan un retrato adecuado de la iglesia de su tiempo? Sólo hace falta hacer la pregunta para escuchar la obvia respuesta, ‘no’, de nuestros labios. ¿Acaso los intelectuales de cualquier época cuentan lo que pasa en las trincheras? ¿Describen los Barth, los Tillich o aun los Niebuhr de alguna forma cómo ha sido el cristianismo estadounidense popular del siglo veinte?

Todos sabemos que no y, sin embargo, hemos supuesto que el Nuevo Testamento y los denominados teólogos ‘patrísticos’ nos dan una descripción precisa del cristianismo de los primeros tres

siglos. En parte, por supuesto, esto se ha asumido porque hemos pensado que son las únicas fuentes que tenemos, y en gran medida esto es cierto, en lo que se refiere a documentos literarios”.

Los reformadores tradujeron y adaptaron la misa, pero asumieron muy poca responsabilidad creativa en cambiarla. “Gran parte de la terminología y conceptos teológicos tradicionales [es decir, católicos] realmente forman parte del enfoque luterano también, ya que integraban el enfoque católico romano”

 El capítulo 3 trata la influencia de la arquitectura eclesiástica del cuarto siglo sobre el clero activo y la congregación pasiva. Con esta idea, Horton Davies escribe: “El paso de tres o cuatro siglos revela una gran alteración en el carácter de la adoración cristiana… En el cuarto siglo, el culto no se celebra en las casas privadas, sino en catedrales imponentes e iglesias majestuosas; no en formas de servicio libres y sencillas, sino en un culto fijo y ordenado”.

¿Qué tiene de malo este cuadro? Es lastimosamente claro que el orden del culto protestante no se originó en el Señor Jesús, los apóstoles o las escrituras de Nuevo Testamento. Esto, en sí mismo, no lo convierte en algo erróneo. Simplemente significa que no tiene ninguna base bíblica.

El uso de sillas y alfombras tejidas en reuniones cristianas tampoco tiene apoyo bíblico. Y ambos fueron inventados por paganos. Pero nadie diría que sentarse en sillas o usar alfombras está “mal” simplemente porque son invenciones postbíblicas creadas por paganos.

El hecho es que hacemos muchas cosas en nuestra cultura que tienen raíces paganas. Considere el calendario que usamos. Los días de nuestra semana y los meses de nuestro año fueron nombrados en honor a dioses paganos. Pero usar el calendario aceptado no nos hace paganos.

Sin embargo, el orden del culto dominical es un asunto distinto. Aparte de no ser bíblico y estar muy influido por el paganismo (que va en contra de lo que se predica del púlpito), es dañino espiritualmente.

Lo he dicho públicamente y se me ha mirado muy torcido por ello. Yo aprendí por guía del Espíritu Santo, que absolutamente todo lo que no emana de Dios, tenga la forma que tenga y produzca el placer que produzca, no es de Dios y, por consecuencia, como no hay grises ni neutros y el que con Él que no recoge desparrama, imagínate de donde viene.

Primeramente, el orden del culto protestante reprime la participación mutua y el crecimiento de la comunidad cristiana. Ahoga el funcionamiento del Cuerpo de Cristo al silenciar a sus miembros. No hay absolutamente ningún espacio para que usted dé una palabra de exhortación, comparta una perspectiva, inicie o introduzca una canción o dirija una oración espontáneamente. ¡No tiene más opción que quedarse sentado, portándose bien y en silencio!

Como todos los demás pobres e infelices “laicos”, usted sólo puede abrir su boca durante el canto congregacional. (Por supuesto, si es un pentecostal o carismático, tal vez se le permita dar una expresión extática durante un minuto. Pero después tiene que sentarse y quedarse callado.)

Aun cuando el compartir abiertamente en una reunión de iglesia es completamente bíblico, ¡Usted estaría rompiendo la liturgia si se atreviera a intentar algo tan inaudito! Se lo consideraría “fuera de orden” y se le daría la opción de portarse bien o marcharse.

Algunos lingüistas eruditos, como el anglicano Gregory Dix, han intentado argumentar que el Nuevo Testamento contiene un modelo primitivo de la misa. Sin embargo, un análisis cuidadoso de sus argumentos muestra que son simples intentos de leer su tradición actual en el texto bíblico.

Las primeras sillas conocidas fueron hechas en Egipto. Durante miles de años fueron usadas exclusivamente por la realeza, la nobleza, los sacerdotes y los ricos. Las sillas no fueron de uso común en el pueblo hasta el siglo XVI.

Las alfombras tejidas fueron creadas en India en el siglo XI y se difundieron por el resto del mundo oriental. La semana de siete días se originó en la antigua Mesopotamia y pasó a formar parte del calendario romano en 321 d.C. Enero (January en inglés) toma su nombre del dios romano Jano; marzo, del dios romano Marte; abril, de Aprilis, el mes sagrado de Venus; mayo, de la diosa Maia; y junio toma su nombre de la diosa Juno.

El domingo (Sunday en inglés) celebra al dios sol (Sun en inglés); el lunes (Monday) es el día de la diosa luna (Moon en inglés); el martes (Tuesday) toma su nombre del dios guerrero Tiw; el miércoles (Wednesday), del dios teutónico Wotan; el jueves (Thursday), del dios escandinavo Thor; el viernes (Friday), de la diosa escandinava Frigg; el sábado (Saturday), de Saturno, el dios romano de la agricultura.

David Norrington señala que, si bien no hay nada intrínsecamente malo en que la iglesia adopte ideas de la cultura que la rodea, el hecho que sean paganas suelen significar que son contrarias a la fe bíblica. Por lo tanto, el sincretismo y la aculturación suelen ser dañinos para la iglesia.

En segundo lugar, el orden del culto protestante sofoca el señorío de Jesucristo. Todo el servicio es dirigido por un hombre. ¿Dónde está la libertad para que nuestro Señor Jesús hable a través de su Cuerpo libremente? ¿En qué parte de la liturgia puede Dios dar a un hermano o hermana una palabra para compartir con toda la congregación? El orden del culto no permite tal cosa. Jesucristo no tiene la libertad de expresarse a través de su Cuerpo a discreción. ¡Se encuentra preso de nuestra liturgia! ¡Él también ha sido convertido en un espectador pasivo!

Es cierto que Cristo puede expresarse a través de uno o dos miembros de la iglesia, generalmente el pastor y el líder de música. Pero, esta es una expresión muy limitada. La manifestación del Señor a través de los demás miembros del Cuerpo se encuentra limitada. Por consiguiente, la liturgia protestante distorsiona al Cuerpo de Cristo, convirtiéndolo en un monstruo. ¡Se convierte en una enorme lengua (el pastor) y muchas orejas pequeñas (la congregación)! Esto violenta la visión de Pablo del Cuerpo de Cristo, en la que cada miembro funciona en la reunión de iglesia para el bien común.

En tercer lugar, para muchos cristianos el culto dominical es tremendamente aburrido. Carece de variedad y espontaneidad. Es muy previsible, muy superficial y muy mecánico. Hay poco que sea fresco o innovador. El orden del culto del domingo a la mañana es un violín de una sola cuerda que ha quedado congelado en la inmovilidad durante cinco siglos. Es el mismo espectáculo cada semana.

Dicho sin rodeos, el orden del culto encarna el poder ambiguo de la repetición. Y la repetición se vuelve rápidamente rutina, que a su vez se convierte en algo cansador, sin sentido y finalmente invisible. Las iglesias “sensibles a los buscadores” (seeker sensitive) han reconocido la naturaleza estéril del culto de iglesia moderno. En respuesta, han incorporado una gran cantidad de medios de comunicación y modernizaciones teatrales a la liturgia.

Esto se hace para comercializar el culto a las personas que no concurren a la iglesia. Utilizando la última tecnología electrónica, estas iglesias han logrado aumentar sus filas. Como resultado, han logrado la mayor participación de mercado entre todas las tradiciones protestantes de Estados Unidos. Pero, a pesar del entretenimiento adicional que ofrece, el movimiento “sensible a los buscadores” no ha podido sacarse de encima la liturgia protestante, inamovible, poco imaginativa, poco creativa, inflexible, absurdamente ritualista y pro forma.

El culto sigue estando en manos del pastor, el triple “sándwich de himnos” permanece intacto y los asistentes siguen siendo espectadores mudos (solo que ahora están algo más entretenidos.) En cuarto lugar, la liturgia protestante a la que usted asiste silenciosamente cada domingo, año tras año, en realidad obstaculiza la transformación espiritual porque: (1) alienta la pasividad, (2) limita el funcionamiento y (3) sugiere que la inversión de una hora semanal es la clave de la vida cristiana victoriosa.

1 Corintios 14:26. El Nuevo Testamento enseña que todos los cristianos deben usar sus dones como sacerdotes en funcionamiento para edificarse mutuamente cuando se reúnen (Romanos 12:3, 6; 1 Corintios 12:7; Efesios 4:7; Hebreos 10:24, 25; 13:15, 16; 1 Pedro 2:5, 9).

En palabras de Arthur Wallis: “Las liturgias, sean antiguas o modernas, escritas o no escritas, son un mecanismo humano para mantener la ruedas religiosas en movimiento haciendo lo de costumbre en vez de ejercer fe en la presencia y la operación inmediatas del Espíritu”. 1 Corintios 12:1ff.

Cada domingo usted asiste al culto para ser vendado y recargado, como el resto de los soldados maltrechos. Pero esto es algo que nunca se logra. La razón es bastante simple. El Nuevo Testamento nunca relaciona el permanecer sentado durante un ritual osificado que rotulamos erróneamente como “iglesia” con algo que tenga alguna relación con la transformación espiritual. Crecemos funcionando, y no mirando y escuchando pasivamente.

Reconózcalo. El orden del culto protestante no es bíblico, es impráctico y no es espiritual. No tiene ningún equivalente en el Nuevo Testamento. Más bien, encuentra sus raíces en la cultura del hombre caído. Ataca el corazón del cristianismo primitivo, que era informal y libre de rituales. Cinco siglos después de la Reforma, el orden del culto protestante todavía difiere poco de la misa católica, un ritual religioso que es una fusión de elementos paganos y judaicos. (Esto es lo que muchísimos siervos del Señor sin compromisos, hemos llamado en nuestros trabajos: Babilonia)

Como dijo un erudito de la liturgia: “La historia de la adoración cristiana es la del tira y afloja entre culto y cultura. Al predicar el evangelio en diferentes tiempos y lugares, los misioneros traían con ellos las formas y estilos de adoración que conocían… Como resultado, las prácticas de los populares cultos de misterio fueron empleadas a veces por la iglesia…”

En mi libro, Reconsiderando el odre, describo una reunión de iglesia al estilo del primer siglo. Yo no soy un liturgista de café. Lo que he escrito concerniente a las reuniones abiertas bajo la dirección de Cristo no es una teoría fantasiosa. He participado en este tipo de reuniones durante los últimos quince años.

Estas reuniones se destacan por una variedad increíble. No están restringidas a un modelo de culto de un hombre, dominado por el púlpito. Hay mucha espontaneidad, creatividad y frescura. La característica dominante de estas reuniones es la dirección visible de Cristo y el funcionamiento libre pero ordenado del Cuerpo de Cristo.

Para cerrar, el Nuevo Testamento no mantiene silencio respecto de cómo debemos reunirnos los cristianos. ¿Optaremos, entonces, por la tradición del hombre cuando se opone claramente a la idea de Dios para su Iglesia? ¿Seguiremos minando la dirección funcional de Cristo en aras de nuestra liturgia sacrosanta? La iglesia de Jesucristo, ¿Es columna y fundamento de la verdad o es defensora de la tradición del hombre?

La única manera de descongelar al pueblo congelado de Dios es haciendo un corte dramático con el ritual del domingo a la mañana. La otra opción es ser culpable de las palabras estremecedoras de nuestro Señor: “Ustedes han desechado los mandamientos divinos y se aferran a las tradiciones humanas”.

El propósito de la reunión de iglesia del primer siglo no era el evangelismo, el sermón, la adoración o la comunión. Más bien, era la edificación mutua a través de la manifestación de Cristo corporativamente 1 Timoteo 3:15. Marcos 7:8. Ver también Mateo 15:2-6; Marcos 7:9-13; Colosenses 2:8

Hijo de hombre, cuéntale al pueblo de Israel acerca del templo… para que se avergüencen de sus iniquidades…

Ezequiel, el profeta

CAPÍTULO 2

El Sermón: la Vaca más Sagrada del Protestantismo

El cristianismo no destruyó al paganismo; lo adoptó.

Will Durant

Llegamos ahora a una de las prácticas eclesiásticas más sacrosantas de todas: el sermón. Elimine el sermón, y el orden del culto protestante no es más que una reunión de canto. Quite el sermón, y la asistencia al servicio del domingo a la mañana está condenada a bajar dramáticamente.

Cierto y real. Puedo dar fe de una docena de congregaciones en las que la gente se las compone para llegar a la hora que estiman, (Y aciertan casi siempre) comenzará el sermón. Lo demás, no les interesa.

El sermón es la base de la liturgia protestante. Durante quinientos años ha funcionado como un mecanismo de relojería. Cada domingo a la mañana, el pastor sube a su púlpito y da un discurso inspirador a un público pasivo que calienta los bancos. Tan clave es el sermón que es la razón misma por la que la mayoría de los cristianos asisten a la iglesia. De hecho, todo el culto suele ser juzgado por la calidad del sermón. Pregúntele a una persona cómo estuvo el culto del domingo y recibirá invariablemente una descripción del sermón. Por ejemplo:

Pregunta: “¿Cómo estuvo la iglesia el domingo pasado?”.

Respuesta: “Oh, maravilloso. El pastor García habló de la importancia de dar “semillas de fe” como ofrenda para aumentar nuestros ingresos; fue tremendo. Me motivó a dar toda mi paga el próximo domingo”.

En resumen, la mentalidad cristiana actual hace equivaler al sermón con el culto del domingo a la mañana. Pero no termina aquí. La mayoría de los cristianos son adictos al sermón. Llegan a la iglesia con un balde vacío esperando que el predicador lo llene con un mensaje que lo haga sentir bien. Para el

cristiano típico, el sermón es el principal medio de sustento espiritual. Está por encima de la oración, la lectura bíblica y la comunión con otros creyentes.

Y, si somos completamente sinceros, ¡Está hasta por encima de la comunión con Jesucristo (al menos en la práctica)! Elimine el sermón y ha eliminado la fuente más importante de nutrición espiritual de la mayoría de los creyentes (según el pensamiento general). ¡Pero la asombrosa realidad es que el sermón no tiene ninguna raíz en las Escrituras!

Más bien, fue tomado de la cultura pagana, y criado y adoptado dentro de la fe cristiana. Esta es una declaración alarmante, ¿no es cierto? Pero hay más. A veces la asistencia baja debido al sermón… cuando es aburrido. “No hay nada más característico del protestantismo que la importancia que asigna a la predicación”.

En realidad, el sermón atenta contra el propósito mismo para el cual Dios ideó la reunión de iglesia. Y tiene muy poco que ver con el auténtico crecimiento espiritual. Voy a demostrar estas palabras en este capítulo.

El sermón y la Biblia

Sin duda, alguien que lea lo que acabo de escribir replicará: “En toda la Biblia aparecen personas que predicaron. ¡Por supuesto que el sermón es bíblico!”. Es cierto que las Escrituras registran a hombres y mujeres predicando. Sin embargo, hay una enorme diferencia entre la prédica inspirada por el Espíritu descrita en la Biblia y el sermón moderno. Esta diferencia casi siempre se pasa por alto porque hemos sido condicionados inadvertidamente a leer nuestras prácticas actuales en la Biblia. Así que, aceptamos, erróneamente, el culto al púlpito actual como algo bíblico.

Déjeme analizarlo un poco más. El sermón cristiano contemporáneo tiene las siguientes características: Es algo que ocurre con regularidad, entregado fielmente desde el púlpito al menos una

vez por semana. – Es entregado por la misma persona; generalmente, el pastor. – Es entregado a un público pasivo; es esencialmente un monólogo. – Es una forma de hablar elaborada, con una estructura específica. Suele tener una introducción, tres a cinco puntos y una conclusión.

Contraste esto con el tipo de prédica que aparece en la Biblia. En el Antiguo Testamento, había hombres de Dios que predicaban y enseñaban. Pero sus disertaciones no encajan en el sermón moderno. Estas son las características de las predicaciones y enseñanzas del Antiguo Testamento: Eran habituales la participación y las interrupciones del público. – Hablaban extemporáneamente y por una carga del momento, en vez de hacerlo usando un escrito preparado. – No hay ninguna indicación de que los profetas o sacerdotes del Antiguo Testamento dieran mensajes con regularidad al pueblo de Dios.

En cambio, la naturaleza de las predicaciones del Antiguo Testamento era esporádica, fluida y abierta a la participación del público. La prédica de la antigua sinagoga seguía un modelo similar. De vez en cuando el pastor podrá tener en cuenta a oradores invitados, que suelen ser otros ministros profesionales. La única diferencia en la predicación de la sinagoga era que un mensaje dado sobre un texto bíblico era algo habitual. Aun así, algunas sinagogas permitían que cualquier miembro que deseara hacerlo predicara a la gente.

Esto, por supuesto, está en contradicción directa con el sermón moderno, donde sólo se les permite a los “especialistas” religiosos hablar a la congregación. Llegamos ahora al Nuevo Testamento. El Señor Jesús no predicaba un sermón en forma regular al mismo público. Sus prédicas y enseñanzas asumían muchas formas diferentes. Y daba sus mensajes a muchos públicos diferentes. (Por supuesto que concentró la mayor parte de su enseñanza en sus discípulos. Sin embargo, los mensajes que Él les daba eran siempre espontáneos e informales.

Siguiendo el mismo modelo, la predicación apostólica que se registra en Hechos poseía las siguientes características: Era esporádica. – Era entregada en ocasiones especiales para tratar con problemas específicos. – Era extemporánea y sin estructura retórica. – Tenía habitualmente características de diálogo (es decir que incluía las opiniones e interrupciones del público) en vez de un monólogo (un discurso de un solo sentido).

Similarmente, las cartas del Nuevo Testamento muestran que el ministerio de la Palabra de Dios surgía de toda la iglesia en sus reuniones habituales. Este funcionamiento “de todos los miembros” era también conversacional y con interrupciones. De igual manera, las exhortaciones de los ancianos locales eran generalmente espontáneas.

En resumen, el sermón moderno dado para el consumo cristiano es ajeno tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento. No hay absolutamente nada en las Escrituras que indique su existencia en las reuniones de los primeros cristianos.

¿De dónde vino el sermón cristiano? La fuente cristiana más antigua conocida con relación al uso habitual de sermones se encuentra a fines del segundo siglo 18 Clemente de Alejandría (150-215) lamentaba el El denominado “Sermón del Monte” del Señor recibió este nombre durante el período pos apostólico. Agustín fue el primero en dar a Mateo 5-7 este nombre, en su libro El sermón del Señor en la montaña, en 395 d.C. Pero el pasaje no fue llamado “el Sermón del Monte” en forma general hasta el siglo XVI.

Aun así, el llamado “Sermón del Monte” tiene poco que ver con el sermón contemporáneo, tanto en su estilo como en su retórica. Norrington analiza los discursos en el Nuevo Testamento y los contrasta con el sermón actual. El carácter espontáneo y no retórico de los mensajes apostólicos dados en Hechos es evidente cuando se los analiza de cerca.

 La palabra griega utilizada a menudo para describir la predicación y enseñanza del primer siglo es dialegomai. Esta palabra significa una forma de comunicación de dos vías. Nuestra palabra “diálogo” se deriva de ella. En breve, el ministerio apostólico era más diálogo que sermones monologados.

En muchos casos fue puntualizado el hecho de que los sermones hacían tan poco para cambiar a los cristianos. Sin embargo, a pesar de su fracaso reconocido, el sermón se convirtió en una práctica habitual entre los creyentes a principios del cuarto siglo.

Esto plantea una pregunta espinosa. Si los cristianos del primer siglo no se destacaban por sus sermones, ¿De dónde tomaron los cristianos pos apostólicos el sermón? La respuesta es elocuente: ¡El sermón cristiano fue adoptado directamente de la fuente pagana de la cultura griega!

Para encontrar los orígenes del sermón, tenemos que ir al quinto siglo a.C., a un grupo de maestros errantes llamados sofistas. Se les atribuye a los sofistas la invención de la retórica (el arte de hablar persuasivamente.) Ellos reclutaban discípulos y exigían el pago por sus discursos.

Los sofistas eran expertos discutidores. Eran maestros en el empleo de apelaciones emocionales, la apariencia física y el lenguaje ingenioso para “vender” sus argumentos. Con el tiempo, el estilo, la forma y la destreza oratoria de los sofistas llegaron a ser más valoradas que su precisión.

Esto produjo una clase de hombres que se convirtieron en maestros de frases elegantes, “cultivando el estilo por el estilo mismo”. Las verdades que predicaban eran abstractas en vez de verdades practicadas en sus propias vidas. (Pregunto: ¿Qué ha cambiado?)

Eran expertos en imitar la forma antes que la sustancia. Los sofistas se identificaban por la ropa especial que usaban. Algunos vivían en un lugar fijo donde daban sus sermones regularmente al mismo público. Otros viajaban para dar sus pulidos discursos. (Sacaban bastante dinero cuando lo hacían.) A veces, el orador griego ingresaba al foro donde daría su discurso “vestido ya con su túnica para el púlpito”. Después subía los escalones para sentarse en su silla profesional, desde donde daba su sermón. (Una vez más: ¿Qué ha cambiado?)

Obtenemos nuestra palabra “sofisma” de los sofistas. Un sofisma es un razonamiento engañoso y falaz (falso) usado para persuadir. Los griegos celebraban el estilo y la forma del orador por sobre la precisión del contenido de su sermón. Por lo tanto, un buen orador podía usar su sermón para hacer que su público creyera lo que él sabía que era falso.

Para la mente griega, ganar una discusión era una mayor virtud que destilar la verdad. (En los seminarios se sigue enseñando técnicas para “rebatir” argumentos opuestos) Lamentablemente, hay elementos del sofismo que nunca han abandonado el campo cristiano.  Para sostener sus argumentos, el sofista solía citar versos de Homero. (Algunos oradores estudiaron a Homero tan bien que podían repetirlo de memoria.) El sofista era tan cautivante que a menudo incitaba a su público a aplaudir durante su discurso.

Si su mensaje era bien recibido, algunos decían que su sermón estaba “inspirado”. Los sofistas eran los hombres más distinguidos de su tiempo. A tal punto que muchos vivían del estado. Otros tuvieron estatuas públicas erigidas en su honor. (¿No les recuerda todo esto a muchos predicadores modernos?)

Casi un siglo más tarde, el filósofo griego Aristóteles (384-322 d.C.) dio a la retórica el discurso de tres puntos. “Un todo”, dijo Aristóteles, “necesita un principio, un centro y un final”. Con el tiempo, los oradores griegos incorporaron el principio de los tres puntos de Aristóteles en sus discursos.

Los griegos estaban intoxicados con la retórica. Así que les iba bien a los sofistas. Cuando Roma conquistó Grecia, los romanos cayeron bajo el hechizo griego y su obsesión por la retórica. Por consiguiente, la cultura grecorromana desarrolló un deseo insaciable de escuchar a alguien dar un discurso elocuente.

Se puso tan de moda que un “pequeño sermón” de un filósofo profesional después de la cena era una forma habitual de entretenimiento. Los antiguos griegos y romanos consideraban a la retórica como una de las mayores formas de arte. En consecuencia, los oradores del Imperio Romano eran honrados con la misma condición glamorosa que los estadounidenses asignan a las estrellas del cine y a los atletas profesionales. Eran las estrellas rutilantes de su tiempo.

Los oradores podían llevar a una multitud al frenesí simplemente con sus poderosas habilidades de oratoria. Los maestros de retórica, la ciencia líder de ese tiempo, eran el orgullo de cada ciudad importante. Los oradores que producían recibían el trato de celebridades. En resumen, los griegos y romanos eran adictos al sermón pagano, así como muchos cristianos contemporáneos son adictos al sermón “cristiano”.

Soy locutor profesional, aprendí esas técnicas porque nos contrataban para conducir festivales donde había que acicatear a los espectadores. Jamás lo utilicé en la iglesia. Por esa razón, nunca fui considerado como un buen predicador. Gloria a Dios por ello.

La llegada de una corriente contaminada

¿Cómo terminó el sermón griego en la iglesia cristiana? Alrededor del tercer siglo, se creó un vacío cuando el ministerio mutuo se extinguió en el Cuerpo de Cristo. En este momento el obrero itinerante que hablaba desde una carga espontánea desapareció de la iglesia. Para cubrir su ausencia, comenzó a surgir la casta clerical. Las reuniones abiertas comenzaron a desaparecer, y las reuniones de iglesia se volvieron cada vez más litúrgicas.

Si bien Aristóteles hablaba acerca de escribir una “trama” o una “fábula”, su principio se aplicaba igualmente a los discursos. El amor por las palabras era una segunda naturaleza para los griegos. “Eran una nación de habladores”.

Te recuerdo la definición de “fábula”, de la cual Pablo le habla a Timoteo. Es un relato basado en una historia ficticia que consta de tres puntos específicos y concretos, y una conclusión en forma de moraleja extractada de la enseñanza básica del relato. ¿Sermón?

Durante el tercer siglo, la distinción entre el clero y el laicado se estaba ampliando a una velocidad arrolladora. Comenzó a arraigarse una estructura jerárquica, y apareció el concepto del “especialista religioso”. En vista de estos cambios, el cristiano participativo tuvo problemas para encajar en esta estructura eclesiástica en evolución. No había lugar para que él ejerciera sus dones.

Para el cuarto siglo, la iglesia se había vuelto completamente institucionalizada y la participación del pueblo de Dios se congeló. Mientras ocurría esto, muchos oradores paganos se estaban volviendo cristianos. Como resultado, se introdujeron inadvertidamente ideas filosóficas paganas en la comunidad

cristiana.

Algunos de los nuevos creyentes de este tiempo eran ex oradores y filósofos paganos. Lamentablemente, muchos de estos hombres pasaron a ser los teólogos de la iglesia cristiana primitiva. Son conocidos como los “padres de la iglesia” y algunos de sus escritos están con nosotros todavía.

Por lo tanto, el concepto pagano de un orador profesional entrenado que da discursos o sermones por un arancel pasó directamente a la corriente sanguínea del cristianismo. Note que el concepto de un “maestro especialista pago” no vino del judaísmo. Vino de Grecia. Los rabinos judíos acostumbraban tener un oficio o profesión para no cobrar por su enseñanza. (¡Oh! ¿Y ahora dónde sepultamos aquello de “el obrero es digno de su salario” con el que se ha esquilmado a más de una congregación?)

La conclusión de esta historia es que estos ex oradores paganos (ahora convertidos en cristianos) empezaron a utilizar sus destrezas en la oratoria grecorromana para propósitos cristianos. Se sentaban en su silla oficial y “explicaban el texto sagrado de las Escrituras, así como el sofista acostumbraba dar una exégesis del texto cuasi sagrado de Homero…” Si usted compara un sermón pagano del tercer siglo con un sermón dado por uno de los padres de la iglesia, encontrará que tanto la estructura como la fraseología de ambos se parecen impresionantemente.

Así que un nuevo estilo de comunicación estaba naciendo en la iglesia cristiana, un estilo que enfatizaba la retórica pulida, la gramática sofisticada, la elocuencia florida y el monólogo. Era un estilo ideado para entretener y hacer alarde de las destrezas en oratoria del expositor. Era la retórica grecorromana. ¡Y solamente a las personas entrenadas en estas capacidades se les permitía dirigirse a la congregación! (¿Le suena conocido?)

El destacado rabino Hillel dijo: “Quien hace de la Torá una corona terrenal, se consumirá”. Un alumno que estudiaba retórica completaba sus estudios cuando podía hablar improvisadamente sobre cualquier tema que le presentaban. La lógica, en forma de debate, era habitual en el estudio de la retórica. Cada estudiante aprendía a discutir y a hacerlo bien. La lógica era algo natural para la mente griega.

Un erudito lo expresa de la siguiente manera: La proclamación original del mensaje cristiano era una conversación de doble vía… pero cuando las escuelas de oratoria del mundo occidental se apoderaron del mensaje cristiano, convirtieron a la prédica cristiana en algo enormemente diferente. La oratoria tendió a ocupar el lugar de la conversación. La grandeza del orador tomó el lugar del asombroso hecho de Jesucristo. Y el diálogo entre el orador y el oyente pasó a ser un monólogo.

En resumen, el sermón grecorromano reemplazó el profetizar, el compartir abiertamente y la enseñanza inspirada por el Espíritu. El sermón pasó a ser el privilegio elitista de los oficiales de la iglesia, especialmente los obispos. Estas personas debían ser educadas en las escuelas de retórica para aprender a hablar.  Sin esta clase de educación, no se le permitía a un cristiano hablar al pueblo de Dios.

Ya en el tercer siglo los cristianos llamaban a sus sermones con el mismo nombre que los oradores griegos denominaban sus discursos. Los llamaban homilías. Hoy uno puede tomar un curso de seminario llamado homilética para aprender a predicar. Se considera a la homilética como “una ciencia que aplica las reglas de la retórica, que tienen su origen en Grecia y Roma”.

Expresado de otra manera, ni las homilías (los sermones) ni la homilética (el arte de dar un sermón) tienen un origen cristiano. Fueron tomados de los paganos. Una corriente contaminada se introdujo en la fe cristiana y envenenó sus aguas. Y esa corriente fluye tan fuerte hoy como en el cuarto siglo.

Crisóstomo y Agustín

Juan Crisóstomo (347-407 d.C.) fue uno de los más grandes oradores cristianos de su tiempo. (Crisóstomo significa ‘boca de oro’.) Constantinopla jamás había escuchado “sermones tan poderosos, brillantes y francos” como los predicados por Crisóstomo. La prédica de Crisóstomo era tan convincente que la gente a veces se abría camino al frente para escucharlo mejor.

Sin embargo, el análisis profundo de sus discursos, evidenciaban una lógica divorciada de la práctica y construida sobre argumentos teóricos. Toda esta mentalidad se infiltró en la fe cristiana tempranamente. Hatch escribe: “… con el crecimiento de la organización creció también, no sólo una fusión de la enseñanza y la exhortación, sino también la restricción gradual de la libertad de la comunidad para dirigirse a la clase oficial”.

En su lecho de muerte, Libanio (el tutor pagano de Crisóstomo) dijo que Crisóstomo habría sido su más digno sucesor “si los cristianos no lo hubieran robado”  Juan fue apodado “boca de oro” (Chrysostomos) por su predicación elocuente e intransigente. Cabe añadir que todavía sobreviven más de 600 de los sermones que predicó Crisóstomo.

Crisóstomo, que tenía el don natural de locuacidad de un orador, aprendió a hablar bajo el sofista más destacado del cuarto siglo, Libanio. La elocuencia de Crisóstomo en el púlpito era incomparable. Sus discursos eran tan poderosos que eran interrumpidos a menudo por el aplauso de la congregación. Una vez dio un sermón condenando el aplauso como algo impropio de la casa de Dios. Pero, después de concluir el sermón, a la congregación le gustó tanto el sermón que aplaudió. Esta historia ilustra el poder irrefrenable de la retórica griega.

Podemos dar crédito tanto a Crisóstomo como a Agustín (354-430 d.C.), un ex profesor de retórica, por convertir al discurso desde el púlpito en una parte esencial de la fe cristiana. En Crisóstomo, el sermón griego alcanzó su apogeo. El estilo del sermón griego echaba mano de la brillantez retórica, la cita de poesías y se centraba en impresionar al público. Crisóstomo enfatizaba que “el predicador necesita trabajar en sus sermones mucho tiempo para lograr el poder de la elocuencia”.

En Agustín, el sermón en latín alcanzó su punto más alto. El estilo del sermón latino era más práctico que el estilo griego. Se centraba en el “hombre común” y apuntaba a un tema moral más sencillo. Zwinglio tomó a Juan Crisóstomo como su modelo en la predicación, mientras que Lutero tomó a Agustín como el suyo.

 Ambos estilos, el latino y griego, incluían la modalidad del comentario versículo por versículo así como una forma de paráfrasis. Aun así, Crisóstomo y Agustín pertenecían al linaje de los sofistas griegos. Nos dieron la pulida retórica cristiana. Nos dieron el sermón “cristiano”. Bíblico en contenido, pero griego en estilo.

Los reformadores, los puritanos y el Gran Despertar

Durante los tiempos medievales, la Eucaristía dominó la misa católica romana y la predicación ocupó un lugar secundario. Pero, con la llegada de Martín Lutero (1483-1546), el sermón volvió a ocupar un lugar destacado en el culto de adoración. Lutero concebía a la iglesia, incorrectamente, como una reunión de personas que escuchan la Palabra de Dios hablada a ellas. Por esta razón, ¡Una vez llamó al edificio de iglesia Mundhaus (casa de la boca o del habla)!

Juan Calvino (1509-1564), siguiendo a Lutero, sostenía que el predicador es la “boca de Dios”. (Irónicamente, ambos hombres denostaron vehemente la idea de que el Papa era el Vicario de Cristo.) No es sorprendente que muchos de los reformadores hayan estudiado retórica y estuvieran fuertemente influenciados por los sermones grecorromanos de Agustín, Crisóstomo, Orígenes y Gregorio Magno.

De esta forma, los defectos de los padres de la iglesia fueron reproducidos por los reformadores y las subculturas protestantes que crearon. Este fue el caso especialmente de los puritanos. De hecho, la tradición de predicación evangélica moderna encuentra sus raíces más recientes en el movimiento puritano del siglo XVII y el Gran Despertar del siglo XVIII.

Los puritanos adoptaron su estilo de predicación de Calvino. ¿Cuál era ese estilo? Era la exposición sistemática de las Escrituras. Un estilo adoptado de los padres de la iglesia primitiva y que se hizo muy popular durante el Renacimiento. Los eruditos del Renacimiento daban un comentario oración por oración de un escrito de la antigüedad clásica. Calvino era un maestro de esta forma.

Antes de su conversión, usó este estilo para un comentario del autor pagano Séneca. Cuando se convirtió y empezó a predicar sermones, aplicó el mismo estilo analítico a la Biblia. Siguiendo los pasos de su padre, Juan Calvino, los puritanos centraban todos sus cultos eclesiásticos alrededor de la enseñanza sistemática de la Biblia. Al buscar protestantizar Inglaterra (purificándolo de las fallas del anglicanismo), los puritanos centraron todos sus cultos de iglesia alrededor de exposiciones de las Escrituras muy estructuradas, metódicas, lógicas y versículo por versículo.

Su énfasis era que el protestantismo era una religión “del Libro”. (Irónicamente, ¡“el Libro” no dice nada del sermón!). Los puritanos también inventaron una forma de predicación llamada de “estilo sencillo”. Este estilo se basaba en la memorización de las notas del sermón. La división, subdivisión y análisis del texto bíblico que hacían elevó al sermón al nivel de una ciencia refinada. Aún hoy muchísimos pastores usan esta forma. Además, los puritanos nos dieron el sermón de una hora, la práctica de que los asistentes tomaran apuntes del sermón, el prolijo bosquejo del sermón de cuatro partes y el uso de ayuda memorias por el pastor durante su discurso.

La evolución del contenido del sermón desde la Reforma hasta hoy es una larga historia que excede el alcance de este libro. Basta decir que los sermones durante el período de la Iluminación degeneraron en discursos morales vacíos. Se convirtieron en instrumentos para mejorar la sociedad humana. Los puritanos trajeron de vuelta la predicación expositiva versículo por versículo que comenzó con los padres de la iglesia.

Algunos pastores puritanos explicaron cada versículo de la Biblia. Los temas de justicia social se volvieron importantes en el metodismo del siglo XIX. Y, con la llegada del avivamentismo de frontera, la predicación en las iglesias evangélicas estuvo dominada por el llamado de salvación. Los puritanos también hicieron contribuciones a la retórica de los sermones modernos.

El sermón puritano era escrito por adelantado en un prolijo bosquejo de cuatro partes con una estructura organizacional detallada. El bosquejo de cuatro partes que usaban todos los predicadores puritanos consistía en texto (la lectura de las Escrituras), doctrina (declaración teológica), usos (probar e ilustrar la doctrina) y aplicación.

Otra influencia, el Gran Despertar, es responsable del tipo de predicación que fue común en las primeras iglesias metodistas, y que aún se usa en las iglesias pentecostales actuales. Los fuertes estallidos de emoción, los gritos, el correr de un lado de la plataforma al otro, son todos vestigios de esta tradición.

Resumiendo el origen del sermón moderno, podemos decir lo siguiente: el cristianismo adoptó, bautizó y envolvió en pañales la retórica grecorromana. La homilía griega se introdujo en la iglesia cristiana alrededor del segundo siglo, y alcanzó su punto más alto en los oradores de púlpito del cuarto siglo: a saber, Crisóstomo y Agustín.

El sermón cristiano ocupó un puesto secundario desde el quinto siglo hasta la Reforma, cuando fue arropado y venerado como el foco central del culto protestante. Sin embargo, durante quinientos años la mayoría de los cristianos nunca se ha cuestionado su origen o su eficacia.

Cómo daña a la iglesia el uso de sermones

Aunque venerado durante cinco siglos, el sermón convencional ha contribuido al mal funcionamiento de la iglesia de varias maneras. Primero, el sermón convierte al predicador en el ejecutante virtuoso del culto de la iglesia. Como resultado, la participación de la congregación es obstaculizada, en el mejor de los casos, e impedida, en el peor de los casos.

El sermón convierte a la iglesia en un puesto de predicación. La congregación degenera en un grupo de espectadores enmudecidos que presencian una función. No hay espacio para interrumpir o cuestionar al predicador mientras da su discurso. El sermón congela y aprisiona el funcionamiento de Cuerpo de Cristo. Fomenta un sacerdocio dócil al permitir a los profesionales del púlpito dominar la reunión de la iglesia semana tras semana con sus juegos de manos.

En segundo lugar, el sermón estanca el crecimiento espiritual. Al ser unidireccional, ahoga la curiosidad y genera pasividad. El sermón incapacita el funcionamiento de la iglesia. Sofoca el ministerio mutuo. Ahoga la participación abierta. Hace que el crecimiento espiritual del pueblo de Dios caiga en picada.

Como cristianos, necesitamos funcionar si queremos crecer. No crecemos sentándonos como estatuas de sal en el banco mientras un hombre nos predica semana tras semana. De hecho, una de las metas de la predicación y la enseñanza al estilo del Nuevo Testamento es ponerlo en funcionamiento a usted. Alentarlo a abrir su boca en la reunión de iglesia. El sermón convencional obstaculiza este mismo proceso.

. Los fantasmas de la predicación puritana siguen con nosotros hoy. Cada vez que usted escucha a un pastor protestante dar un sermón, por debajo encontrará el estilo puritano, cuyas raíces se encuentran en la retórica pagana. En tercer lugar, el sermón preserva la mentalidad antibíblica de un clero. Crea una dependencia excesiva y patológica del clero. El sermón hace del predicador el especialista religioso, el único que tiene algo digno de compartir. Todos los demás son tratados como cristianos de segunda, silenciosos calentadores de bancos. (Si bien esto no suele expresarse, es la realidad.)

¿Cómo puede el pastor aprender de los demás miembros del Cuerpo de Cristo cuando están en silencio? ¿Cómo puede la iglesia aprender del pastor cuando sus miembros no le pueden hacer preguntas durante su discurso? ¿Cómo pueden los hermanos y hermanas aprender el uno del otro si están amordazados y sin poder hablar durante las reuniones?

Puedes sumarle que en muchas congregaciones ese pastor es muy poco lo que podría enseñar, ya que está en la función por causa del arreglo efectuado por gente influyente de su denominación y no por llamado divino.

El sermón hace que la “iglesia” sea lejana e impersonal. Priva al pastor de recibir sostén espiritual de la iglesia. Y priva a la iglesia de recibir nutrición espiritual unos de otros. Por estas razones, ¡El sermón es una de las vallas más grandes para un sacerdocio funcional!

En cuarto lugar, más que equipar a los santos, el sermón les quita las destrezas. No importa con cuánta fuerza los ministros hablen de “equipar a los santos para la obra del ministerio”, lo cierto es que la predicación de sermones no equipa a nadie para el servicio espiritual. En realidad, el pueblo de Dios está tan adicto a escuchar sermones como los pastores a predicarlos. (Soy consciente de que a algunos cristianos no les gusta que le prediquen constantemente semana tras semana. Pero la mayoría parece disfrutarlo.)

A mí, particularmente, nunca me gustaron las predicaciones convencionales. Siempre consideré que era innecesario e ilógico que alguien nos tuviera que recordar, semanalmente, que no debemos mentir, robar, etc. Sí fui y soy muy afecto a escuchar enseñanza  que, entiendo, el autor no incluye en la misma bolsa de la predicación emocional y moralista.

 En contraste, la predicación y enseñanza al estilo del Nuevo Testamento equipa a la iglesia para que pueda funcionar sin la presencia de un clérigo. En quinto lugar, el sermón moderno es completamente impráctico. La mayoría de los predicadores son expertos en lo que nunca han experimentado. Sea abstracto/teórico, devocional/inspirador, exigente/convincente, entretenido/divertido, el sermón no logra poner a los oyentes en una experiencia directa y práctica de lo que ha sido predicado.

Por lo tanto, ¡el típico sermón es una lección de natación en tierra firme! Carece de todo valor práctico. Se predica mucho, pero poco llega. La mayor parte está dirigida al lóbulo frontal. El moderno énfasis en el púlpito no trasciende de meramente diseminar información para cumplir con el papel de equipar a los creyentes para que experimenten y usen lo que han escuchado.

En este sentido, el sermón refleja a su verdadero padre, la retórica grecorromana, impregnada de abstracción. “Involucraba formas ideadas para entretener y mostrar genialidad en vez de instruir o desarrollar talentos en los demás”. El moderno sermón pulido podrá calentar el corazón, inspirar la voluntad y estimular la mente. ¡Pero rara vez, o nunca, muestra al equipo cómo dejar el abrazo grupal!

Efesios 4:11-16. Este pasaje también señala que el funcionamiento es necesario para la madurez espiritual. Ver 1 Corintios 12-14. La reunión que se describe en este pasaje es, claramente, una reunión de iglesia. Algunos pastores han expresado la idea irreflexiva de que “todo lo que hacen las ovejas es decir ‘baa’ y comer pasto”.

Si bien muchos pastores hablan de “equipar a los santos” y “liberar a los laicos”, las promesas de liberar a los fláccidos laicos y equipar a la iglesia para el ministerio casi siempre demuestran ser vacías. Mientras el pastor siga dominando el culto de la iglesia a través de sus sermones, el pueblo de Dios no está libre para funcionar. Por lo tanto, “equipar a los santos” generalmente no pasa de ser retórica vacía.

Listo: invitemos a Frank a tu iglesia, yo lo acompaño bien en silencio, pero de acuerdo con todo. Tú controlas tu reloj para ver cuánto tarda alguien en llegarse hasta el púlpito a invitar cordialmente a que nos retiremos todos…

Para quienes consideramos que el sermón es exóticamente aburrido, entendemos el sentimiento de ser “predicados hasta la muerte”. La cita de Sydney Smith capta el sentimiento: “¡Merece ser predicado hasta la muerte por clérigos salvajes!”. Considere el método de Pablo de predicar a una iglesia naciente para luego dejarla sola por largos períodos de tiempo.

En todas estas formas, el sermón no logra promover el crecimiento espiritual. En cambio, intensifica el empobrecimiento de la iglesia. El sermón actúa como un estimulante momentáneo. Sus efectos son efímeros, en el mejor de los casos. Seamos sinceros. Hay montones de cristianos que han sido sermoneados por décadas, y siguen siendo bebés en Cristo. Los cristianos no somos transformados por escuchar sermones. Somos transformados por encuentros regulares con el Señor Jesucristo.

 Los que ministran, por lo tanto, son llamados a asegurarse de que su ministerio sea intensamente práctico. Están llamados no solamente a revelar a Cristo, sino a mostrar a sus oyentes cómo experimentarlo, conocerlo, seguirlo y servirlo. Si un predicador no puede llevar a sus oyentes a una experiencia viva y espiritual de lo que está ministrando, los resultados de su mensaje serán efímeros. Por lo tanto, la iglesia necesita menos personas en el púlpito y más facilitadores espirituales.

Hay una tremenda necesidad de personas que puedan proclamar a Cristo y sepan cómo alistar al pueblo de Dios para que experimente a Quien ha sido predicado. Necesitamos restaurar la práctica del primer siglo de la exhortación mutua y el ministerio mutuo. Porque el Nuevo Testamento hace girar la transformación espiritual alrededor de estas dos cosas. Es cierto que el don de la enseñanza está presente en la iglesia. Pero la enseñanza debe surgir de todos los creyentes, así como de los que poseen dones especiales para enseñar.

Nos alejamos mucho de los límites bíblicos cuando permitimos que la enseñanza asuma la forma de un sermón convencional y la relegamos a una clase de oradores profesionales. No importa si uno está predicando (kerygma) a incrédulos o enseñando (didache) a creyentes, el mensaje, tanto al creyente como al incrédulo, es Jesucristo. Hablando de la iglesia primitiva, Michael Green escribe: “Ellos predicaban a una persona. Su mensaje era abiertamente cristocéntrico.

Por cierto, el evangelio se menciona como simplemente Jesús o Cristo: ‘Él le predicó Jesús…’ Jesús el hombre, Jesús crucificado, Jesús resucitado, Jesús exaltado al lugar de poder en el universo… Jesús que, mientras tanto, estaba presente entre su pueblo en el Espíritu… El Cristo resucitado era inconfundiblemente central en el mensaje de ellos”.

En resumen

El sermón del púlpito no es el equivalente de la predicación que se encuentra en las Escrituras. No puede encontrarse en el judaísmo del Antiguo Testamento, el ministerio de Jesús o la vida de la iglesia primitiva. Es más, Pablo dijo a sus conversos griegos que él rehusó ser influenciado por los patrones de comunicación de sus contemporáneos paganos.

El sermón es una vaca sagrada que fue concebida en el vientre de la retórica griega. Nació a la comunidad cristiana cuando ex paganos convertidos en cristianos empezaron a traer sus estilos de oratoria a la iglesia. Para el tercer siglo, era habitual que los líderes cristianos dieran sermones. Para el cuarto, pasó a ser la norma. El cristianismo ha absorbido la cultura que lo rodea. Cuando su pastor se sube al púlpito llevando su vestimenta clerical y da su sermón sagrado, está jugando el papel del antiguo orador griego.

Sin embargo, a pesar de que el sermón no tiene un ápice de mérito bíblico para justificar su existencia, sigue siendo admirado acríticamente por la mayoría de los cristianos actuales. Se ha arraigado tanto en la mente cristiana que la mayoría de los pastores y “laicos” que creen en la Biblia no ven que están afirmando y perpetuando una práctica antibíblica por pura tradición. El sermón ha quedado implantado permanentemente en una compleja estructura organizacional que dista mucho de la vida eclesiástica del primer siglo.

En vista de todo lo que hemos descubierto acerca del sermón moderno, considere estas preguntas penetrantes: ¿Cómo puede un hombre predicar un sermón acerca de ser fiel a la Palabra de Dios cuando está predicando un sermón? Y ¿cómo puede un cristiano sentarse pasivamente en un banco y afirmar el sacerdocio de todos los creyentes cuando está sentado pasivamente en un banco? Hilando más fino, ¿cómo puede usted, querido cristiano, afirmar que defiende la doctrina protestante de sola Scriptura (“sólo por la Escritura”) y seguir apoyando el sermón del púlpito?

Como dijo un autor de manera tan elocuente: “El sermón es, en la práctica, incuestionable. Ha llegado a ser un fin en sí mismo, sagrado, producto de una reverencia distorsionada por ‘las tradiciones de los ancianos’… Parece ser extrañamente inconsistente que los que están más dispuestos a afirmar que la Biblia es la Palabra de Dios, ‘la guía suprema en todos los asuntos de la fe y la práctica’, se encuentran entre los primeros en rechazar los métodos bíblicos a favor de las ‘cisternas rotas’ de sus padres (Jeremías 2:13).” Dicho de otra forma, ¡no hay espacio en el corral de la iglesia para vacas sagradas como el sermón!

No les hablé ni les prediqué con palabras sabias y elocuentes sino con demostración del poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no dependiera de la sabiduría humana sino del poder de Dios.

Pablo de Tarso

CAPÍTULO 3

El Edificio de la Iglesia

Heredando el Complejo del Edificio

En el proceso de reemplazar las antiguas religiones, el cristianismo se convirtió en una religión.

Alexander Schmemann

El cristiano contemporáneo está enamorado del ladrillo y el cemento. El complejo del edificio está tan arraigado en nuestro pensamiento que si un grupo de creyentes empieza a reunirse, sus primeros pensamientos están dirigidos a conseguir un edificio. Porque ¿cómo puede pretender un grupo de cristianos ser una iglesia legítimamente sin un edificio? (Esta es la forma de pensar.)

El edificio de la “iglesia” está tan relacionado con la idea de iglesia que, inconscientemente, los equiparamos. Escuche simplemente el vocabulario del cristiano promedio de hoy: “¡Vaya, cariño! ¿Viste esa hermosa iglesia que acabamos de pasar?”.

“¡Caramba! ¡Esa es la iglesia más grande que he visto jamás! Me pregunto cuánto pagarán por la electricidad para que funcione”. “Nuestra iglesia es demasiado pequeña. Me está dando claustrofobia. Necesitamos ampliar el balcón”.

“La iglesia está helada hoy; ¡Me estoy congelando aquí!”. “Hemos ido a la iglesia todos los domingos el año pasado salvo cuando se le cayó el microondas sobre el dedo del pie de la tía Yolanda”. ¿Y la terminología del pastor típico? “¿No es maravilloso estar en la casa de Dios hoy?”.

“Debemos mostrar reverencia cuando entramos en el santuario del Señor”. ¿Y la madre que le dice a su hija feliz (por lo bajo): “Quítate esa sonrisa de la cara. ¡Estás en la iglesia ahora! ¡Hay que portarse bien en la casa de Dios!”. Francamente, ninguno de estos pensamientos tiene nada que ver con el cristianismo del Nuevo Testamento. Más bien reflejan el pensamiento de otras religiones; principalmente el judaísmo y el paganismo.

Templos, sacerdotes y sacrificios

El antiguo judaísmo estaba centrado en tres elementos: el templo, el sacerdocio y el sacrificio. Cuando vino Jesús, puso fin a cada uno de ellos, cumpliéndolos en sí mismo. Él Como se mencionó anteriormente, una mezcla del judaísmo y la religión pagana de los misterios tuvo una gran influencia en la forma de la iglesia después de la era apostólica.

Como consecuencia, tanto el templo como el sacerdocio y el sacrificio del judaísmo cesaron con la venida de Jesucristo. Cristo es el cumplimiento y la realidad de todo ello. En el paganismo grecorromano, estos tres elementos también estaban presentes: los paganos tenían sus templos, sus sacerdotes y sus sacrificios.

Sólo los cristianos se deshicieron de todos estos elementos. Bien puede decirse que el cristianismo fue la primera religión que haya surgido jamás no basada en un templo. En las mentes de los primitivos cristianos, era el pueblo que constituía un espacio sagrado, y no la arquitectura. Los primeros cristianos entendían que ellos mismos, corporativamente, eran el templo de Dios y la casa de Dios.

Es llamativo que en ninguna parte del Nuevo Testamento encontramos los términos “iglesia” (ekklesia), “templo” o “casa de Dios” usados para referirse a un edificio. Hebreos enfatiza continuamente que Jesús se ofreció a sí mismo “una vez para siempre”, enfatizando el hecho de que Él no necesita ser sacrificado otra vez. El sacrificio de Cristo en el Calvario fue completamente suficiente.

El mensaje de Esteban en Hechos 7 indica que “el templo era meramente una casa hecha por hombres que se originó con Salomón; no tenía ninguna relación con la tienda de reunión que se le había ordenado a Moisés erigir según un patrón revelado divinamente y que había seguido hasta el tiempo de David”.

Esteban usa las mismas palabras en Hechos 7:48: “…el Altísimo no habita en templos hechos de mano”. En otras palabras, ¡nuestro Padre celestial no mora en templos! Colosenses 2:16, 17. Que Cristo vino a cumplir las sombras de la ley judía es el tema central del libro de Hebreos. Todos los escritores del Nuevo Testamento afirman que Dios no requiere ningún sacrificio santo ni un sacerdocio mediador. Todo ha sido cumplido en Jesús: el Sacrificio y el Sacerdote Mediador.

El paganismo dominó el Imperio Romano hasta alrededor del cuarto siglo. Pero muchos de sus elementos fueron absorbidos por los cristianos en el siglo tres y cuatro. El término “pagano” fue un invento de los apologistas cristianos, en un intento por agrupar a los no cristianos en un paquete conveniente. En esencia, un “pagano” es alguien que vive en el campo, un habitante del pagus, o distrito rural. Debido a que el cristianismo se extendió principalmente en las ciudades, los provincianos, o “paganos”, eran considerados personas que creían en los antiguos dioses.

1 Corintios 3:16; Gálatas 6:10; Efesios 2:20-22; Hebreos 3:5; 1 Timoteo 3:15; 1 Pedro 2:5; 4:17. Todos estos pasajes se refieren al pueblo de Dios, no a un edificio. En palabras de Arthur Wallis: “En el Antiguo Testamento, Dios tenía un santuario para su pueblo; en el Nuevo, Dios tiene a su pueblo como un santuario”.

Hay una expresión más bien muy apta para un cristiano del primer siglo, ¡denominar ekklesia (iglesia) a un edificio sería como llamar rascacielos a una mujer! El primer uso registrado de la palabra ekklesia (iglesia) para referirse a un lugar de reunión cristiano fue en el año 190 d.C., por Clemente de Alejandría (150-215).15 Clemente fue la primera persona en utilizar la frase “ir a la iglesia”, un pensamiento extraño para los creyentes del primer siglo. (¡Uno no puede ir a algo que uno es!

A lo largo del Nuevo Testamento, ekklesia siempre se refiere a una asamblea de personas, no un lugar.) Aun así, la referencia de Clemente a “ir a la iglesia” no es una referencia a asistir a un edificio especial para el culto. Más bien se refiere a un hogar privado que los cristianos del segundo siglo usaban para sus reuniones.

 Los cristianos no erigieron edificios especiales para el culto hasta la era de Constantino, en el siglo cuarto. Tampoco tuvieron una casta sacerdotal especial apartada para servir a Dios. En cambio, cada creyente reconocía que él o ella era un sacerdote para con Dios. Los primeros cristianos también se deshicieron de los sacrificios. Porque entendían que el Sacrificio verdadero y final (Cristo) había venido. Los únicos sacrificios que ofrecían eran sacrificios espirituales de alabanza y acción de gracias.

Cuando el catolicismo romano evolucionó entre el cuarto y el sexto siglo, absorbió las prácticas religiosas del paganismo y el judaísmo. Creó un sistema sacerdotal profesional. Erigió edificios sagrados. Y convirtió a la Cena del Señor en un sacrificio misterioso.

La palabra inglesa “church” (iglesia), así como la palabra escocesa kirk y la palabra alemana kirche, se derivan todas de la palabra griega kuriakon, que significa “perteneciente al Señor”. “Church” viene del inglés antiguo cirice o circe, derivados del griego kuriakon. Con el tiempo, asumió el significado de “casa de Dios” y terminó refiriéndose a un edificio.

Los traductores de la Biblia inglesa cometieron un gran error al traducir ekklesia como “church” (iglesia). Ekklesia, en la totalidad de sus 114 apariciones en el Nuevo Testamento, siempre significa una asamblea de personas. William Tyndale merece ser elogiado porque, en su traducción del Nuevo Testamento, se rehusó a usar la palabra “church” para traducir ekklesia. En cambio, la tradujo más correctamente como “congregation” (congregación).

Lamentablemente, los traductores de la versión King James prefirieron no seguir la traducción superior de Tyndale en esta cuestión y recurrieron a “church” como traducción de ekklesia. Rechazaron la traducción correcta de ekklesia como “congregación” porque era la terminología de los puritanos.

Snyder dice: “No hay ninguna evidencia literaria ni indicación arqueológica de que ninguna de estas casas se haya convertido en un edificio de iglesia existente. Ni hay ninguna iglesia existente que haya sido construido indubitablemente antes de Constantino”. En otra obra, Snyder escribe: “Las primeras iglesias se reunieron invariablemente en hogares. Hasta el año 300 no conocemos ningún edificio que haya sido construido primero como iglesia”.

Siguiendo el camino de los paganos, el catolicismo adoptó la práctica de quemar incienso y tener vírgenes vestales (sagradas). Afortunadamente los protestantes desecharon el uso de la Cena del Señor como sacrificio, la quema de incienso y las vírgenes vestales. Pero retuvieron la casta sacerdotal (el clero) así como el edificio sagrado.

De iglesias caseras a catedrales sagradas

Los primeros cristianos creían que Jesús es la presencia misma de Dios. Creían que el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, constituye un templo. Cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra, hizo algunas declaraciones radicalmente negativas en cuanto al templo judío. ¡La principal fue que sería destruido!

Si bien Jesús apuntaba al templo que existía en el sentido arquitectónico, en realidad hablaba de su Cuerpo. Jesús dijo que, después que el templo fuera destruido, Él lo levantaría en tres días. Significativamente, se refería al verdadero templo –la iglesia– que Él levantó en sí mismo al tercer día.

Desde que Cristo resucitó, nosotros los cristianos hemos pasado a ser el templo de Dios. Por esta razón el Nuevo Testamento siempre reserva la palabra “iglesia” (ekklesia) para el pueblo de Dios. Nunca emplea esta palabra para referirse a un edificio de ningún tipo.

El acto de Jesús de limpiar el templo significaba que el “culto del templo” del judaísmo estaba siendo reemplazado por Él mismo. Con su llegada, el Padre ya no sería adorado en un monte o en un templo. En cambio, sería adorado en espíritu y en verdad.

Cuando nació el cristianismo, era la única religión en la tierra que no tenía objetos sagrados, personas sagradas ni espacios sagrados. Aunque estaban rodeados por sinagogas judías y templos paganos, los primeros cristianos eran las únicas personas religiosas en la tierra que no erigían templos sagrados para su culto. La fe cristiana nació en hogares, en patios, junto a caminos y en salas de estar.

Tal cual. Esto te hace recapacitar una vez más en la potencia que tiene, si se lo deja moverse a voluntad, el espíritu de religiosidad. He aquí lo que llamamos sutileza diabólica, algo que parece hasta bueno si no lo entiendes, pero que en verdad es nefasto.

Los primeros cristianos creían que la Iglesia, la comunidad de creyentes, era el templo. Y que la

adoración no estaba localizada espacialmente ni alejada de la totalidad de la vida. Por lo tanto, en sus mentes no existía la idea de un “lugar santo”. ¡El “lugar santo” de los cristianos es tan omnipresente como su Señor ascendido! La adoración no es algo que sucede en cierto lugar en cierto momento. Es un estilo de vida.

Durante los primeros tres siglos, los cristianos no tuvieron ningún edificio especial. Como dijo un erudito: “El cristianismo que conquistó el Imperio Romano fue esencialmente un movimiento centrado en los hogares”. Algunos han sostenido que esto fue por la fuerza. Pero no es cierto. Fue una elección consciente de parte de ellos.

Al crecer el tamaño de las congregaciones, empezaron a remodelar sus casas para acomodar mayor cantidad de personas. Uno de los descubrimientos más destacados de la arqueología es la casa de Dura Europos, en lo que hoy es Siria. Este es el lugar de reunión cristiano más antiguo identificable. Era simplemente un hogar privado remodelado como lugar de reunión cristiano alrededor del año 232 d.C.

La casa de Dura Europos era, esencialmente, una casa donde se había quitado la pared entre dos dormitorios para crear una sala de estar grande. Con esta modificación, la casa pudo alojar unas setenta personas. Las casas remodeladas, como la de Dura Europos, no pueden clasificarse correctamente como “edificios de iglesia”.

Eran simplemente casas remozadas para acomodar congregaciones más grandes. Además, estas casas nunca fueron llamadas “templos”, el término que usaban tanto paganos como judíos para sus lugares sagrados. ¡Los cristianos no comenzaron a llamar a sus edificios “templos” hasta el siglo XV!

Debería señalarse que en ocasiones los cristianos usaron edificios ya existentes para propósitos especiales y temporales. El pórtico de Salomón y la escuela de Tiranno son ejemplos (Hechos 5:12; 19:9). Sin embargo, sus reuniones de iglesia habituales siempre se realizaban en un hogar privado.

La casa en Dura Europos fue destruida en 256 d.C. Según Frank Senn, “los cristianos de los primeros siglos carecían de la publicidad de los cultos paganos. No tenían santuarios, templos, estatuas o sacrificios. No realizaban festivales, bailes, espectáculos o peregrinajes públicos. Su principal rito involucraba una comida que tenía un origen y un entorno doméstico heredados del judaísmo.

Por cierto, los cristianos de los primeros tres siglos solían reunirse en residencias privadas que habían sido convertidas en espacios de reunión adecuados para la comunidad cristiana… Esto indica que la austeridad ritual de los primeros cultos cristianos no debe ser tomada como una señal de primitividad sino, más bien, como una forma de enfatizar el carácter espiritual del culto cristiano”. Estas casas reestructuradas se denominaban domus ecclesiae.

Hay quienes han argumentado que los cristianos anteriores a Constantino eran pobres y no podían ser dueños de propiedades. Pero esto no es cierto. Bajo la persecución del emperador Valeriano (253-260), por ejemplo, todas las propiedades de los cristianos fueron confiscadas.

L. Michael White señala que los primeros cristianos tenían acceso a los estratos socioeconómicos más elevados. Además, el entorno grecorromano del segundo y tercer siglo estaba bastante abierto a que muchos grupos adaptaran edificios privados para su uso comunitario y religioso.

La creación de espacios y objetos sagrados

A fines del siglo segundo y en el tercero hubo un cambio. Los cristianos empezaron a adoptar la costumbre pagana de venerar a los muertos. Su foco era la memoria de los mártires. Así empezaron las oraciones por los santos (que luego se convirtieron en oración a ellos). Los cristianos tomaron de los paganos la práctica de realizar comidas en honor de los muertos. Tanto el funeral cristiano como la endecha fúnebre salieron directamente del paganismo del tercer siglo.

Los cristianos del tercer siglo tenían dos lugares para sus reuniones: sus hogares privados y el cementerio. Se reunían en el cementerio porque querían estar cerca de sus hermanos fallecidos. Creían que compartir una comida en el cementerio de un mártir era hacer memoria de él y adorar en su compañía. Dado que los cuerpos de los “santos” mártires estaban allí, los lugares de entierro cristiano comenzaron a verse como “espacios sagrados”.

Entonces los cristianos comenzaron a construir pequeños monumentos sobre estos espacios, especialmente sobre las tumbas de los santos famosos. Construir un santuario sobre un lugar de entierro y llamarlo “sagrado” era también una práctica pagana.

Además de remodelar hogares privados, Alan Kreider dice que “para mediados del siglo tercero, las congregaciones estaban creciendo en número y en riqueza. Así que los cristianos que se reunían en insulae (islas), manzanas que contenían casas y tiendas, comenzaron a convertir discretamente espacios privados en complejos domésticos adaptados a las necesidades de la congregación.

Derribaron paredes para unir apartamentos, con lo cual crearon espacios variados, grandes y pequeños, que eran requeridos por la vida de sus comunidades crecientes”  Los teóricos del Renacimiento Alberti y Palladio estudiaron los templos de la antigua Roma y comenzaron a usar el término “templo” para referirse al edificio de iglesia cristiano. Más tarde, Calvino se refirió a los edificios cristianos como templos, agregándolo al vocabulario de la Reforma (p. 207).

Tertuliano (160-225) demuestra los esfuerzos implacables de los cristianos por deshacerse de la costumbre pagana del cortejo fúnebre. Sin embargo, los cristianos sucumbieron a esta práctica. Los ritos funerales cristianos, fuertemente inspirados en formas paganas, comienzan a aparecer en el tercer siglo.

La práctica de orar por los muertos parece haber surgido alrededor del segundo siglo. Tertuliano nos dice que era una práctica habitual en su tiempo. En Roma, los cristianos empezaron a decorar las catacumbas (lugares de entierro subterráneos) con símbolos cristianos. Así, el arte comenzó a asociarse con los espacios sagrados.

Clemente de Alejandría (150-215 d.C.) fue uno de los primeros cristianos en apoyar el uso de artes visuales en la adoración. (Entre paréntesis, la cruz como una referencia artística a la muerte de Cristo no puede encontrarse antes del tiempo de Constantino. El crucifijo, una representación artística del Salvador colgando de la cruz, hizo su primera aparición en el quinto siglo. La costumbre de hacer la “señal de la cruz” con las manos se retrotrae al segundo siglo.)

Alrededor del segundo siglo, los cristianos empezaron a venerar los huesos de los santos, considerándolos sagrados. Con el tiempo, esto llevó a la colección de reliquias. La veneración de los muertos fue la mayor fuerza formadora de comunidades en el Imperio Romano.

 Ahora los cristianos la estaban incorporando a su propia fe. A fines del segundo siglo hubo un cambio en la forma de ver la Cena del Señor. Pasó de ser una comida completa a una ceremonia estilizada llamada “Santa Comunión”.

Para el cuarto siglo, esta tendencia se volvió ridícula. La copa y el pan eran considerados como cosas que producían una sensación de sobrecogimiento, temor y misterio. A tal punto que las iglesias en el Oriente ponían un dosel sobre la mesa de altar, donde se colocaban el pan y la copa. (En el siglo XVI, se le agregaron barandillas a la mesa de altar. Las barandillas indicaban que la mesa de altar era un objeto santo que sólo podía ser manipulado por personas santas; es decir, ¡El clero!).

Esta es la mesa donde se colocaba la santa comunión. La mesa de altar representa lo que se ofrece a Dios (el altar) y lo que es dado al hombre (mesa). Los altares laterales no entraron en uso hasta Gregorio Magno. Así que, para el tercer siglo, los cristianos no solamente tenían espacios sagrados. Tenían objetos sagrados también. (Pronto desarrollarían un sacerdocio sagrado.)

En todo esto, los cristianos del segundo y tercer siglo comenzaron a asimilar la mentalidad mágica que caracterizaba el pensamiento de los paganos. Todos estos factores abonaron el terreno cristiano para el hombre que sería responsable de crear los edificios de iglesia. Constantino: el padre del edificio de iglesia.

 La historia de Constantino (285-337 d.C.) es una página oscura en el cristianismo. Los edificios de iglesia comenzaron con él. La historia es asombrosa. Cuando apareció en escena Constantino, el ambiente estaba listo para que los cristianos escaparan de su condición de despreciados y minoría. La tentación de ser aceptados fue simplemente demasiado fuerte para resistir, y la bola de nieve constantiniana comenzó a rodar.

En 312 d.C., Constantino se convirtió en César del Imperio Occidental. En 324 se convirtió en Emperador de todo el Imperio Romano. Poco después, empezó a encargar la construcción de edificios de iglesia para promover la popularidad y aceptación del cristianismo. Si los cristianos tuvieran sus propios edificios sagrados -como los judíos y los paganos- su fe sería considerada legítima.

Es importante entender la mentalidad de Constantino, porque fue la matriz que dio a luz el edificio de iglesia. El pensamiento de Constantino estaba dominado por la superstición y la magia pagana. Aun después de convertirse en Emperador, permitió que las antiguas instituciones paganas permanecieran como estaban.

Son significativas las primeras palabras de Schaff: “Luego que el cristianismo fuera reconocido por el estado y que se le posibilitara tener propiedades, erigió casas de adoración por todo el Imperio Romano. Probablemente hubo más construcción de este tipo en el cuarto siglo que en cualquier otro período, salvo tal vez el siglo XIX en Estados Unidos…”

Norrington señala que, al crecer en riqueza los obispos del cuarto y quinto siglo, la derivaron hacia elaborados programas de construcción de edificios de iglesia. Everett Ferguson escribe: “Recién en la era de Constantino encontramos edificios especialmente construidos; inicialmente simples salones y luego las basílicas constantinianas”.

Antes de Constantino, todas las estructuras usadas para reuniones de iglesia eran “casas o edificios comerciales modificados para su uso por la iglesia”. En 312 d.C., Constantino derrotó al emperador occidental Maxentio en la batalla del Puente de Milvio.

Después de su conversión al cristianismo, Constantino nunca abandonó el culto al sol. Mantuvo el sol en sus monedas. Y erigió una estatua del dios sol que llevaba su propia imagen en el Foro de Constantinopla (su nueva capital).

También construyó una estatua de la diosa madre Cibeles. (Si bien la presentó en una postura de oración cristiana.). (Los historiadores siguen debatiendo si Constantino fue o no un cristiano genuino. El hecho de que habría hecho ejecutar a su hijo mayor, su sobrino y su cuñado no ayuda a fortalecer el caso a favor de su conversión. Pero no vamos a investigar esta línea demasiado profundamente aquí.)

En 321 d.C., Constantino decretó que el domingo sería un día de descanso, un feriado legal. Aparentemente, la intención de Constantino al hacerlo era honrar al dios Mitras, el Sol Invicto. (Él describía al domingo como “el día del sol”.) Para demostrar aún más su afinidad con la adoración del sol, las excavaciones de San Pedro en Roma descubrieron un mosaico de Cristo como el Sol Invicto.

Casi hasta el día de su muerte Constantino “siguió funcionando como el sumo sacerdote del paganismo”. De hecho, ¡Retuvo el título pagano Pontifex Maximus, que significa jefe de los sacerdotes paganos! (En el siglo XV, ¡Este mismo título pasó a ser el título honorífico del Papa católico!)

Constantino usó rituales y decoraciones paganos así como cristianos al dedicar su nueva capital, Constantinopla. Y utilizó fórmulas mágicas paganas para proteger las cosechas y sanar enfermedades. Además, toda la evidencia histórica indica que Constantino era un egomaníaco.

Cuando construyó la nueva “Iglesia de los Apóstoles”, erigió monumentos a los doce apóstoles. Los doce monumentos rodeaban un único sepulcro que yacía en el centro. Esa tumba estaba reservada para Constantino mismo, ¡Lo cual lo convertía en el decimotercer y principal apóstol!

De esta forma Constantino no solamente continuó la práctica pagana de honrar a los muertos, ¡Sino que él también buscó ser incluido entre los muertos importantes! Constantino también reforzó el concepto pagano del carácter sagrado de objetos y lugares. En gran parte gracias a su influencia, el tráfico de reliquias se hizo habitual en la iglesia.

 Para el cuarto siglo la obsesión con las reliquias se volvió tan grave que algunos líderes cristianos se pronunciaron en su contra diciendo: “Una práctica pagana introducida en las iglesias bajo el manto de la religión… la obra de idólatras”.

Constantino es reconocido también por traer a la fe cristiana el concepto de “sitio sagrado”, que estaba basado en el modelo del santuario pagano. Debido a la aureola de “carácter sagrado” que los cristianos del cuarto siglo atribuyeron a Palestina, llegó a ser conocida como “la Tierra Santa” para el sexto siglo.

Aún más asombroso es que, después de la muerte de Constantino, fue declarado “divino”. (Esta era la costumbre para todos los emperadores paganos que murieron antes que él.) Fue el Senado el que lo declaró un dios pagano al morir. Y nadie les impidió hacerlo.

Al llegar a este punto deberíamos decir algo sobre la madre de Constantino, Helena. Esta mujer era muy conocida por su obsesión por las reliquias. En 326, Helena hizo un peregrinaje a Tierra Santa. En 327, en Jerusalén, encontró supuestamente la cruz y los clavos usados para crucificar a Jesús.

¡Se dice que Constantino promovió la idea de que los pedazos de madera de la cruz de Cristo tenían poderes espirituales! Sin duda había una mente mágica pagana obrando en el Emperador Constantino. He aquí el padre del edificio de iglesia.

El programa de construcción de Constantino

Después del viaje de Helena a Jerusalén, en 327, Constantino comenzó a erigir los primeros edificios de iglesias por todo el Imperio Romano. Al hacerlo, siguió el camino de los paganos que construían templos para honrar a Dios.

Es interesante que dio a sus iglesias nombres de santos, igual que los paganos, que daban a sus templos los nombres de sus dioses. Constantino construyó sus primeros edificios de iglesia sobre los cementerios donde los cristianos celebraban comidas por los santos muertos. Es decir, los construyó sobre los cuerpos de santos muertos. ¿Por qué?

Porque durante al menos un siglo antes los lugares de entierro de los santos eran considerados “espacios sagrados”. Muchos de los edificios más grandes fueron construidos sobre las tumbas de los mártires. Esta práctica estaba basada en la idea de que los mártires tenían el mismo poder que antes habían atribuido a los dioses del paganismo.

Aunque era una práctica pagana, los cristianos adoptaron este punto de vista en su totalidad. Los más famosos “espacios sagrados” cristianos fueron: San Pedro, sobre el monte Vaticano (construida sobre la presunta tumba de Pedro), San Pablo Extramuros (construida sobre la presunta tumba de Pablo), la deslumbrante y asombrosa iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén (construida sobre la presunta tumba de Cristo) y la iglesia de la Natividad, en Belén (construida sobre la cueva donde supuestamente nació Jesús).

Constantino construyó nueve iglesias en Roma y muchas más en Jerusalén, Belén y Constantinopla. He aquí las raíces del edificio de iglesia “sagrado”, querido cristiano. Es completamente pagano. Fue inventado por un ex pagano que todavía tenía una mente pagana. Y fue construido sobre la idea pagana de que los muertos crean un espacio sagrado. ¡Por favor recuerde esto la próxima vez que usted escucha hablar de un edificio de iglesia como la casa “santa” y “sagrada” de Dios!

Explorando los primeros edificios de iglesias

Como el edificio era considerado sagrado, los asistentes debían pasar por un rito de purificación antes de entrar. Así que, en el siglo cuatro, se construyeron fuentes en el atrio para que los cristianos pudieran lavarse antes de ingresar al edificio.

Los edificios de iglesia de Constantino eran construcciones espaciosas y magníficas que se decía eran “dignos de un Emperador”. ¡Eran tan espléndidos que sus contemporáneos paganos señalaban que “estos enormes edificios imitaban la estructura de los templos paganos”!  Esto no debería ser ninguna sorpresa. ¡Constantino decoraba profusamente los nuevos edificios de iglesia con arte pagano!

Los edificios de iglesia construidos bajo Constantino seguían el modelo exacto de la basílica. La basílica era el edificio gubernamental común. Y estaba diseñada siguiendo el estilo de los templos paganos griegos.

Las basílicas cumplían la misma función que los auditorios de colegios secundarios actuales. Eran ideales para tener sentadas multitudes pasivas y dóciles que observan una función. Esta fue una de las razones por la que Constantino escogió el modelo de la basílica.

También la privilegió por su fascinación con la adoración del sol. Las basílicas eran diseñadas de forma tal que el sol cayera sobre el orador cuando enfrentaba la congregación. Al igual que los templos de los griegos y romanos, las basílicas cristianas fueron construidas con una fachada (frente) que miraba hacia el este.

Exploremos la basílica cristiana por dentro. Era una réplica exacta de la basílica romana usada para los magistrados y oficiales romanos. Las basílicas cristianas tenían una plataforma elevada donde ministraba el clero, a la que se solía acceder mediante varios escalones. También había una baranda o pantalla que separaba al clero de los laicos.

Constantino, al decidir cómo sería la iglesia pionera de San Juan Laterano, escogió la basílica como modelo, con lo cual la estableció como norma para los lugares de culto cristianos de Roma”  La palabra “basílica” viene de la palabra griega basileus, que significa “rey”. Los arquitectos cristianos adaptaron el plan pagano e instalaron un altar cerca del hueco grande y redondeado, o ábside, en un extremo del edificio, donde se sentaba el rey o juez; el obispo ahora ocupaba el lugar del dignatario pagan.

El edificio de iglesia, según esta visión, ya no era la casa del pueblo de Dios para su adoración en común, sino la Casa de Dios, donde se les permitía entrar con la debida reverencia. Debían permanecer en la nave (donde la congregación permanece de pie o sentada) y abstenerse de entrar al antealtar (la plataforma del clero), que era para el coro o el santuario reservado para los sacerdotes”.

En el centro del edificio estaba el altar. Podía ser una mesa (mesa de altar) o un cofre cubierto por una tapa. El altar era considerado el lugar más sagrado del edificio por dos razones. Primeramente, solía contener las reliquias de los mártires. (Después del quinto siglo, la presencia de una reliquia en el altar de la iglesia era esencial para legitimar una iglesia.)

En segundo lugar, la Eucaristía (el pan y la copa) estaba sobre el altar. La Eucaristía, considerada ahora como un sacrificio sagrado, era ofrecida sobre el altar. Como eran considerados “hombres santos”, ¡sólo al clero se le permitía recibir la Eucaristía dentro de la barandilla del altar!

Frente al altar estaba la silla del obispo, denominada cathedra. El término ex cátedra proviene de esta silla, y quiere decir ‘desde el trono’. La silla del obispo, o “trono”, como se la denominaba, era el asiento más grande y elaborado del edificio. Reemplazaba el asiento del juez en la basílica romana. Estaba rodeada por dos filas de sillas reservadas para los ancianos.

El sermón era predicado desde la silla del obispo. El poder y la autoridad descansaban en la silla, que estaba cubierta con una tela de lino blanca. Los ancianos y diáconos se sentaban a ambos lados de ella, en un semicírculo.

 La distinción jerárquica inserta en la arquitectura de la basílica era inconfundible. Es interesante que la mayoría de los edificios de iglesia modernos tengan sillas especiales para el pastor y su personal situadas sobre la plataforma detrás del púlpito. (Como el trono del obispo, ¡La silla del pastor suele ser las mayor! Todas estas cosas son, claramente, vestigios de la basílica pagana.

Además de todo esto, Constantino no realizó una destrucción masiva de los templos paganos. Tampoco los clausuró. En algunos lugares, los templos paganos existentes fueron vaciados de sus ídolos y convertidos en edificios cristianos.

 Los cristianos usaron materiales quitados de los templos paganos y construyeron nuevos edificios de iglesia sobre los sitios de los templos paganos. Los altares fueron hechos inicialmente de madera. Luego, a partir del sexto siglo, fueron hechos de mármol, piedra, plata u oro.

Influencias sobre el culto

El edificio de iglesia produjo cambios significativos en el culto cristiano. Dado que el Emperador era el “laico” número uno de la iglesia, una simple ceremonia no era suficiente. Para honrarlo, la pompa y el ritual de la corte imperial fueron adoptados en la liturgia cristiana.

Era costumbre llevar lámparas delante de los emperadores romanos cada vez que aparecían en público. Las lámparas eran acompañadas por un cuenco con fuego lleno de especias aromáticas. Siguiendo esta costumbre, Constantino introdujo las velas y la quema de incienso como parte del culto de la iglesia, ¡que eran traídas cuando ingresaba el clero en el salón!

Bajo el reinado de Constantino, los clérigos, que inicialmente habían usado ropa común, comenzaron a vestirse con atuendos especiales. ¿Qué era esta ropa especial? Era la vestimenta de los oficiales romanos. Además, se introdujeron varios gestos de respeto hacia el clero comparables con los gestos usados para honrar a los oficiales romanos. También se adoptó la costumbre romana de iniciar un culto con música procesional.

Con este propósito, se desarrollaron coros que fueron incorporados a la iglesia cristiana. El culto se volvió más profesional, teatral y ceremonial. Todas estas características fueron adoptadas de la cultura grecorromana e introducidas directamente en la iglesia cristiana. El cristianismo del siglo cuarto estaba siendo modelado profundamente por el paganismo griego y el imperialismo romano.

El resultado de todo esto fue una pérdida inmediata de la intimidad y la participación abierta. El clero profesional realizaba los actos del culto mientras que los laicos observaban como espectadores. Como reconoció un erudito católico, con la venida de Constantino “varias costumbres de la antigua cultura romana se introdujeron en la liturgia cristiana… aun las ceremonias involucradas en el antiguo culto al Emperador como deidad se infiltraron en el culto de la iglesia, sólo en su forma secularizada”. Constantino trajo paz para todos los cristianos. Bajo su reino, la fe cristiana se había vuelto legítima. De hecho, había alcanzado una condición superior al judaísmo y al paganismo.

Los historiadores llaman al período del reinado de Constantino “la Paz”. La Paz llegó en realidad con el Edicto de Galerio, en 311 d.C. Luego fue popularizada por el Edicto de Milán, en 313. Estos edictos pusieron fin a la feroz persecución de Diocleciano de los cristianos lanzada en 303. Apenas 11 años después del Edicto Por estas razones, los cristianos vieron la ascensión de Constantino a Emperador como un acto de Dios.

 Aquí estaba el instrumento de Dios que había venido a su rescate. El cristianismo y la cultura romana ahora se habían fusionado. El edificio cristiano demuestra que la iglesia, queriéndolo o no, había entrado en una estrecha alianza con la cultura pagana. Según Will Durant, “quedaron islas paganas en medios del mar cristiano que se extendía”. Esto fue un cambio trágico de la primitiva sencillez que la iglesia de Jesucristo conoció inicialmente.

Los cristianos del primer siglo se veían enfrentados al mundo y evitaban todo contacto con el paganismo. Todo esto cambió durante el cuarto siglo, cuando la iglesia surgió como una institución pública en el mundo y comenzó a “absorber y cristianizar ideas y prácticas religiosas paganas”. Como dijo un historiador, “los edificios de iglesia ocuparon el lugar de los templos; las subvenciones a las iglesias reemplazaron las tierras y fondos de los templos”. Bajo Constantino, todas las propiedades de la iglesia quedaron exentas de impuestos.

Por consiguiente, el edificio de iglesia es la triste historia de un cristianismo que adoptó la cultura pagana. Una adopción que transformó radicalmente el rostro de nuestra fe. Claramente, los edificios de iglesia de la era constantiniana y postconstantiniana se convirtieron básicamente en santuarios sagrados. Los cristianos abrazaron el concepto del templo. Incorporaron la idea pagana de que existe un lugar especial donde Dios mora de una manera especial.

Y ese lugar está hecho “con manos”. Al igual que las demás costumbres paganas que fueron absorbidas en la fe cristiana (la liturgia, el sermón, las vestiduras clericales, la estructura de liderazgo jerárquica, etc.), los cristianos del tercer y cuarto siglo atribuyeron incorrectamente el origen del edificio de Iglesia al Antiguo Testamento. Pero este era un pensamiento erróneo. de Milán, Constantino, el primer emperador cristiano, se convirtió en el único soberano del Imperio Romano.

J. D. Davies escribe: “Cuando los cristianos empezaron a construir sus grandes basílicas, buscaron orientación en la Biblia, y pronto estaban aplicando todo lo que decía acerca del Templo de Jerusalén a sus nuevos edificios, aparentemente ignorando el hecho de que, al hacerlo, estaban comportándose en sentido contrario a la perspectiva del Nuevo Testamento”.

Davies continúa diciendo que el culto a los santos [la veneración de santos muertos] y su constante penetración en los edificios de iglesia terminó por poner su sello a la perspectiva de la iglesia como un lugar sagrado, “hacia el cual los cristianos debían adoptar la misma actitud que los judíos respecto del Templo de Jerusalén y los paganos con relación a sus santuarios”.

Oscar Hardman escribe: “el sistema de administración romana y la arquitectura de sus casas y salones públicos más grandes aportaron una dirección El edificio de iglesia fue adoptado directamente de la cultura pagana, como hemos visto. “El ritual dignificado y sacramental había entrado en los cultos de la iglesia mediante los misterios [los cultos paganos] y se justificaban, como tantas otras cosas, haciendo referencia al Antiguo Testamento”.

Usar el Antiguo Testamento como una justificación del edificio de iglesia no es solamente incorrecto, sino un argumento que se destruye a sí mismo. La antigua economía mosaica de sacerdotes sagrados, edificios sagrados, rituales sagrados y objetos sagrados ha sido destruida para siempre por la cruz de Cristo. Además, ha sido reemplazada por un organismo no jerárquico, no ritualista y no litúrgico llamado ekklesia (iglesia).

La evolución de la arquitectura de la iglesia

Después de la era de Constantino, los edificios de iglesia pasaron por varias etapas diferentes. (Son demasiado complejas para detallarlas aquí.) En palabras de un erudito: “Los cambios en la arquitectura eclesiástica son más el resultado de mutaciones que de una línea de evolución continua”.

Estas mutaciones no hicieron mucho para cambiar las características arquitecturales dominantes que fomentaron un clero monopolizador y una congregación inerte. Examinemos rápidamente la evolución de la arquitectura eclesiástica: Después de Constantino, la arquitectura cristiana pasó de la fase de la basílica a la fase bizantina. Las iglesias bizantinas tenían amplias cúpulas centrales e íconos y

mosaicos decorativos.

La arquitectura bizantina fue seguida por la románica. Los edificios románicos se caracterizaban por una elevación de tres plantas, columnas gigantescas que sostenían arcos redondos y un interior colorido. Este diseño de edificio surgió poco después de que Carlomagno se convirtiera en Emperador del Santo Imperio Romano el día de Navidad de 800 d.C.

Después del período románico vino la era gótica del siglo XII. La arquitectura gótica dio origen a impresionantes catedrales góticas con sus bóvedas de crucería, arcos sugestiva a la iglesia en la categorización de su jerarquía y la subsiguiente definición de las esferas de jurisdicción, así como la construcción de sus lugares de culto”

El vidrio de color fue introducido en las iglesias en el siglo VI, con Gregorio de Tours (538-593). El vidrio fue colocado en las ventanas angostas de algunas iglesias románicas. Suger (1081-1151), abad de Saint Denis, llevó el vidrio coloreado a otro nivel. Decoró el vidrio con cuadros sagrados. Por lo tanto, fue el primero en utilizar vitrales en edificios de iglesia, colocándolos en sus catedrales góticas. Los grandes paneles de vidrio de color pasaron a llenar las paredes de las iglesias góticas, emitiendo una luz brillante y coloreada.

También se usaron colores profundos y oscuros para crear el efecto de la Nueva Jerusalén. Los vitrales del siglo XII y XIII han sido difíciles de superar en su belleza y calidad. Con sus colores deslumbrantes, creaban un sentido de majestad y esplendor en el alma. Inducían sentimientos asociados con la adoración de un Dios poderoso e intimidante.

Como en el caso de las basílicas de Constantino, la raíz de la catedral gótica es completamente pagana. Los arquitectos góticos se apoyaban mucho en las enseñanzas del filósofo pagano griego Platón. Platón enseñaba que el sonido, el color y la luz poseen significados místicos elevados. Pueden inducir estados de ánimo y ayudar a llevar a una persona más cerca del “Bien Eterno”.

Los diseñadores góticos tomaron las enseñanzas de Platón y las transformaron en ladrillos y piedras. Crearon una iluminación sobrecogedora para evocar un sentido de esplendor y adoración abrumadores. El color es uno de los más poderosos factores emocionales que existen. Por lo tanto, los vitrales góticos fueron utilizados hábilmente para crear un sentido de misterio y trascendencia. Inspirándose en las grandiosas estatuas y torres del antiguo Egipto, la arquitectura gótica buscó recapturar el sentido de lo sublime a través de sus alturas exageradas.

Frank Senn escribe: “El mayor espacio entre las columnas podía ser llenado con ventanas más grandes, lo cual daba una ligereza y una brillantez a los nuevos edificios que no tenían los antiguos edificios románicos. Las ventanas podían ser llenadas con vitrales, que podían contar historias bíblicas o emplear los símbolos teológicos que antes se pintaban en las paredes.

Von Simon muestra cómo la metafísica de Platón dio forma a la arquitectura gótica. La luz y la luminosidad alcanzan su perfección en los vitrales góticos. Números de proporciones perfectas armonizan todos los elementos del edificio. La luz y la armonía son imágenes del cielo; son los principios ordenadores de la creación. Platón enseñaba que la luz es el más notable de los fenómenos naturales, el más cercano a la forma pura. Los neoplatónicos consideraban a la luz como una realidad trascendente que ilumina nuestro intelecto para comprender la verdad.

El diseño gótico era, esencialmente, una mezcla de las visiones de Platón, Agustín y el Pseudo Dionisio Areopagita (un conocido neoplatónico). Se ha dicho de la estructura gótica que “el edificio entero parece estar encadenado a la tierra en un vuelo fijo… Se levanta como una exhalación del suelo…

Ninguna arquitectura espiritualiza, refina y lleva hacia al cielo la sustancia que maneja tanto como ésta”. Era el símbolo último del cielo uniéndose a la tierra. Así que, con su hábil uso de la luz, el color y la altura excesiva, la catedral gótica fomentaba un sentido de misterio, trascendencia y sobrecogimiento.

Todas estas características fueron adoptadas de Platón y se hicieron pasar por cristianas. Las basílicas y los edificios de iglesia románicos y góticos son un intento humano de duplicar lo que es celestial y espiritual. De una manera muy real, el edificio de iglesia, a través de la historia, refleja la necesidad errónea del hombre de percibir lo divino con sus manos y ojos humanos. Revela el hecho de que, para el cuarto siglo, la comunidad cristiana había perdido contacto con aquellas realidades celestiales que no se pueden percibir con los sentidos sino que solamente puede ser registradas por el espíritu humano.

Aun peor, el mensaje principal de la arquitectura gótica es: “Dios es trascendente e inalcanzable, así que sobrecógete por su majestad”. Pero este mensaje desafía el mensaje del evangelio que dice que Dios es muy accesible. ¡A tal punto que ha fijado su residencia dentro de nosotros!

El edificio de iglesia protestante

En el siglo XVI, los reformadores heredaron la tradición que mencionamos con relación a los edificios. En poco tiempo, miles de catedrales medievales se convirtieron en propiedad de ellos. La mayoría de los reformadores eran ex sacerdotes. Por lo tanto, habían sido condicionados involuntariamente por los esquemas mentales del catolicismo medieval.

Sin haber leído a Frank, yo he dicho esto mismo en ciertas reuniones donde, obviamente, se me ha mirado torcidamente por ello y hasta se ha murmurado sobre alguna intención aviesa contra “la iglesia del Señor”. ¿Del Señor?

Si bien anticuada, la arquitectura gótica hizo su reaparición entre los protestantes con el avivamiento gótico de mediados del siglo XIX. Pero la construcción gótica cesó luego de la Segunda Guerra Mundial. La primera iglesia protestante fue el castillo de Torgua, construido en 1544 para el culto luterano. No tenía un antealtar, y el altar se había convertido en una simple mesa.

Así que, si bien los reformadores hicieron alguna remodelación de los edificios recién adquiridos, hicieron muy pocos cambios funcionales en la arquitectura. Aun cuando los reformadores quisieran hacer cambios radicales en la práctica de la iglesia, las masas no estaban listas para estos cambios. Martín Lutero tenía muy en claro que la iglesia no era un edificio ni una institución. Pero le habría resultado imposible dar por tierra con más de un milenio de confusión en este tema.

El cambio arquitectural principal que realizaron los reformadores reflejaba su teología. Convirtieron al púlpito en el centro dominante del edificio en vez de la mesa de altar. La verdad fundamental de la Reforma era la idea de que la gente no podría conocer a Dios ni crecer espiritualmente a menos que escucharan predicaciones. Por lo tanto, cuando los reformadores heredaron los edificios de iglesia existentes, los adaptaron para este objetivo.

La aguja

Desde que los habitantes de Babel construyeron una torre “cuya cúspide llegue al cielo”, las civilizaciones han seguido su ejemplo, construyendo estructuras que culminan en puntas. Los babilonios y egipcios construyeron obeliscos y pirámides que reflejaban su creencia de que avanzaban hacia la inmortalidad. Cuando llegaron la filosofía y cultura griegas, la dirección de la arquitectura cambió de estar dirigida hacia arriba, en dirección vertical, a estar dirigida hacia abajo, en forma horizontal.

Todo esto sugería la creencia griega en la democracia, la igualdad humana y en dioses arraigados a la tierra. Sin embargo, con el surgimiento de la Iglesia Católica Romana, volvió a aparecer la práctica de producir techos con puntas para coronar los edificios. Hacia fines del período bizantino, los papas católicos se inspiraron en los obeliscos del antiguo Egipto.

A medida que la arquitectura ingresaba en el período románico, comenzaron a aparecer puntas en las superficies y esquinas de cada catedral construida en el Imperio Romano. Esta tendencia alcanzó su culminación durante la era de la arquitectura gótica con la construcción de la catedral de Saint Denis por el abad Suger.

La mesa de altar bajó de su elevada posición de “altar” por las escaleras del antealtar (la plataforma del clero) a una posición de menor prominencia. El púlpito fue movido más cerca de la nave, donde se sentaba la gente, para que el sermón fuera una parte fija del culto. A diferencia de la arquitectura griega, la línea característica de la arquitectura gótica era vertical, sugiriendo un esfuerzo hacia arriba. A esta altura, empezaron a aparecer en toda Italia torres cerca de las entradas de los edificios de iglesia.

Las torres tenían campanas para llamar a la gente al culto. Estas torres representaban el contacto entre el cielo y la tierra. Con el pasar de los años, los arquitectos góticos (enamorados de la verticalidad) buscaron agregar una aguja alta a cada torre. Las agujas (también llamadas chapiteles) eran un símbolo de la aspiración del hombre de unirse a su Creador. Durante los siglos que siguieron, las torres se volvieron más altas y más delgadas. Finalmente llegaron a ser un punto focal visual de la arquitectura.

También redujeron su número, del vestíbulo (o narthex) con torres dobles a la aguja individual tan característica de las iglesias de Normandía y Gran Bretaña. En el año 1666 sucedió algo que cambió el curso de la arquitectura de las torres. Un incendio arrasó la ciudad de Londres dañando la mayoría de sus 97 edificios de iglesia. Entonces se le encomendó a Sir Christopher Wren (1632-1723) rediseñar todas las iglesias de Londres. Utilizando sus propias innovaciones estilísticas para modificar las agujas góticas de Francia y Alemania, Wren creó la aguja moderna.

En resumen, la aguja moderna es una invención medieval que encuentra sus raíces en las agujas y torres góticas. Fue mejorada y popularizada por el programa de construcción de Sir Christopher Wren en Londres después del Gran Incendio de 1666. De ahí en adelante, la aguja se convirtió en una característica dominante de la arquitectura anglosajona.

Cuando surgieron los puritanos, hicieron sus edificios de iglesia mucho más sencillos que sus predecesores católicos y anglicanos. Pero mantuvieron la aguja y la trajeron al nuevo mundo de las Américas. Por lo tanto, la mayoría de las iglesias estadounidenses lucen una aguja, ¡Una estructura arraigada en la arquitectura y filosofía primitivas de los babilonios y egipcios! (Si tú no has escuchado las barbaridades mayúsculas que yo he oído respecto a esto, eres un afortunado que debe dar gloria a Dios por haberle evitado eso.)

Como las iglesias estaban tan comprimidas entre otros edificios, quedaba poco espacio para resaltar algo que no fuera la aguja misma. Por consiguiente, Wren estableció la tendencia de construir iglesias de lados relativamente sencillos con una aguja desproporcionalmente alta y ornamentada en un extremo. El mensaje de la aguja contradice el mensaje del Nuevo Testamento. Los cristianos no necesitan buscar a Dios en el cielo. ¡Él está aquí! Con la llegada de Emmanuel, Dios está con nosotros.200 Y, con su resurrección, tenemos un Señor que mora en nosotros. La aguja atenta contra estas realidades.

El púlpito

Los primeros sermones fueron dados desde la silla del obispo, o cathedra, que estaba ubicada detrás del altar. Más adelante, el ambón, un pupitre elevado al lado del antealtar desde donde se leían las lecciones bíblicas, se convirtió en el lugar desde donde se daban los sermones. El ambón fue tomado de la sinagoga judía.

Sin embargo, tiene raíces anteriores en los pupitres y plataformas de lectura de la antigüedad grecorromana. Juan Crisóstomo (347-407) se destacó por hacer del ambón un lugar para la predicación. Ya en el año 250 d.C., el ambón fue reemplazado por el púlpito. Cipriano (200-258) habla de instalar al líder de la iglesia en el cargo público sobre el pulpitum. Nuestra palabra “púlpito” se deriva de la palabra latina pulpitum, ¡qué significa ‘escenario’!

 El pulpitum, o púlpito, estaba colocado en el lugar más elevado de la congregación. Con el tiempo, la frase “ascender a la plataforma” (ad pulpitum venire) se convirtió en parte del vocabulario religioso del clero. Para el año, Cipriano alude a la plataforma elevada que segregaba al clero de los laicos como “¡el congestum sagrado y venerado del clero!”.

Para fines de la Edad Media, el púlpito se volvió habitual en las parroquias. Con la Reforma, se convirtió en el mueble central del edificio de iglesia. El púlpito simbolizaba el reemplazo de la centralidad de la acción ritualista (la misa) por la instrucción verbal clerical (el sermón). En las iglesias luteranas, el púlpito fue movido frente al altar. En las iglesias reformadas, el púlpito dominó hasta que el altar desapareció y fue reemplazado por la “mesa de comunión”.

 ¡Hoy es impensable tener un culto en una iglesia protestante sin la presencia del “pupitre sagrado”! El púlpito es la decoración central de la iglesia protestante. Al punto que un pastor muy conocido que habló durante una conferencia patrocinada por la Asociación Evangelística Billy Graham afirmó: “Si la iglesia está viva, es porque el púlpito está vivo; si la iglesia está muerta, es porque el púlpito está muerto”.

El púlpito es perjudicial porque eleva al clero a una posición de prominencia. Fiel a su significado, coloca al predicador en el centro del “escenario”, separándolo y poniéndolo muy arriba del pueblo de Dios.

Uno de los trabajos más arduos que me toca realizar en el marco de este ministerio, es el de lograr que los hermanos no me vean como alguien especial, fuera de serie y, esencialmente, como a alguien más cercano a Dios que ellos.

Esa es la pesada herencia que hemos recibido todos aquellos que procuramos ministrar conforme a los rudimentos del Reino de Dios, donde el más grande es el más pequeño sirviendo, tal como lo hizo Jesús. Ese “escenario” consiguió exactamente lo opuesto y aún lo estamos sufriendo.

El banco y el balcón

Ahora veamos el banco, el gran inhibidor de la comunión cara a cara. El banco, el gran símbolo del letargo y la pasividad en la iglesia moderna. El banco, que ha convertido a la adoración corporativa en un deporte para espectadores.

La palabra para “banco” en inglés (pew) se deriva de la palabra latina podium. Significa un asiento elevado sobre el nivel del piso, o “balcón”. Los bancos eran desconocidos en los edificios de iglesia durante los primeros mil años de historia cristiana. En las primeras basílicas, la congregación permanecía de pie durante todo el culto. (Este es el caso hoy entre muchos ortodoxos orientales.)

Esto me lleva a una reflexión sencilla. ¿No es norma habitual en nuestras congregaciones, hacer poner de pie a la gente a la hora de cantar, ya sea en adoración o alabanza? ¿Alguien preguntó por qué se hace? Yo pregunté; me dijeron que era en señal de reverencia y respeto hacia esa adoración o a hacia esa alabanza a Dios.

Mi duda, entonces, fue: si luego, en lo que se denomina como el “dar la palabra de Dios” todos nos sentamos, ¿Eso significa que no tenemos para con la Palabra esa misma rverencia o respeto? A eso, nadie me lo ha respondido todavía.

Para el siglo XIII, se fueron introduciendo gradualmente bancos sin respaldos en los edificios de parroquia ingleses. Estos bancos estaban hechos de piedra y estaban colocados contra las paredes. Luego fueron trasladados al cuerpo de la iglesia (el sector llamado nave).

 Al inicio, los bancos se ordenaban en un semicírculo alrededor del púlpito. Más tarde fueron fijados al piso. El banco moderno fue introducido en el siglo XIV. Pero no llegó a ser algo común hasta el siglo XV. En ese momento, los bancos de madera reemplazaron los asientos de piedra.

 Ya para el siglo XVIII los bancos tipo cajón se volvieron populares.  De vez en cuando se proveían unos pocos bancos de madera o de piedra para los ancianos y enfermos. Para fines de la Edad Media, estos bancos estaban decorados elaboradamante con imágenes de santos y animales fantasiosos.

Los bancos tipo cajón tienen una historia cómica. Venían con almohadones, alfombras y otros accesorios y eran vendidos a familias y considerados como propiedad privada. Los dueños buscaban hacerlos lo más cómodos posible. ¡Algunos los decoraban con cortinas, almohadones, sillones acolchados, hogares y compartimentos especiales para los perros! ¡No era infrecuente que los dueños mantuvieran sus bancos bajo llave!

 Después de muchas críticas de parte del clero, estos bancos ornamentados fueron reemplazados por asientos abiertos. Dado que muchas veces los bancos tipo cajón tenían los costados altos, los púlpitos necesitaban ser elevados para que todos pudieran verlos. Así surgió el púlpito en forma de copa durante los tiempos coloniales.

En la que fuera nuestra última congregación, el pastor solía decir que, con una simple mirada desde la plataforma hacia ciertos y determinados bancos, él ya sabía quién había venido al culto y quién o quienes habían faltado. Los bancos estaban poco menos que numerados y reservados; la gente siempre se sentaba en los mismos lugares como si les pertenecieran.

 Este púlpito hizo que el pastor fuera “excelso y sublime”, como en la visión de Isaías del templo. Los bancos de familia del siglo XVIII fueron reemplazados por bancos comunes, para que toda la gente mirara hacia la recién construida plataforma elevada donde el pastor dirigía el culto.

Entonces, ¿qué es el banco? Es un “balcón” que se ha bajado, un asiento aislado desde donde observar funciones en un escenario (el púlpito). Inmoviliza la congregación de los santos y los convierte en espectadores mudos. Entorpece la comunión y la interacción cara a cara.

Las galerías (o balcones de iglesia) fueron inventadas por los alemanes en el siglo XVI. Fueron popularizadas por los puritanos en el siglo XVIII. Desde entonces, los balcones han pasado a ser la marca distintiva del edificio de iglesia protestante. Su propósito es acercar a la congregación al púlpito. De nuevo, escuchar al predicador siempre ha sido la principal preocupación en el diseño de la iglesia protestante.

La arquitectura de iglesia moderna

Durante los últimos doscientos años, los dos modelos arquitectónicos predominantes utilizados por las iglesias protestantes son la forma de antealtar dividido (usada en las iglesias litúrgicas) y la forma de escenario de concierto (usada en las iglesias evangélicas).

 El antealtar es el sector donde el clero (y, a veces, el coro) conducen el culto. En la iglesia tipo antealtar aún existe una baranda o mampara que separa al clero de los laicos. El edificio de iglesia estilo concierto fue influenciado profundamente por el avivamentismo del siglo XIX. Es, en esencia, un auditorio.

El edificio estilo concierto está estructurado para enfatizar la función teatral del predicador y el coro. Su estructura sugiere implícitamente que el coro (o equipo de adoración) actúa para la congregación para estimular su adoración o entretenerla… También pone excesiva atención en el predicador, sea que esté parado o sentado.

En el edificio tipo concierto, generalmente hay una pequeña mesa de comunión sobre el piso debajo del púlpito. Esta mesa suele estar decorada con candeleros de bronce, una cruz y flores. Las dos velas sobre la mesa de comunión se han convertido en señal de ortodoxia en la mayoría de las iglesias protestantes hoy.

 Como ocurre con muchas partes del culto de la iglesia, la presencia de las velas fue tomada de la corte ceremonial del Imperio Romano. Sin embargo, a pesar de estas variaciones, toda la arquitectura protestante produce los mismos efectos estériles que estaban presentes en las basílicas de Constantino.

Siguen manteniendo la división antibíblica entre el clero y los laicos, y alienta a la congregación a

asumir un papel de espectador. La disposición y la ambientación del edificio condiciona a la congregación para la pasividad. La plataforma del púlpito funciona como un escenario, y la congregación ocupa el teatro. En resumen, la arquitectura cristiana ha quedado paralizada desde que nació en el cuarto siglo.

Una exégesis del edificio

A esta altura, usted tal vez esté pensando para sus adentros: “¿Y por qué tanta alharaca? ¿A quién le importa si los cristianos del primer siglo no tenían edificios? O si los edificios de iglesia fueron construidos basados en creencias y prácticas paganas. O si los católicos medievales basaron su arquitectura en una filosofía pagana. ¿Qué tiene que ver esto con nosotros hoy?”.

En Reconsiderando el odre explico que la ámbito social de la reunión de iglesia expresa e influencia el carácter de la iglesia. Si uno supone que el lugar donde se reúne la iglesia es simplemente una cuestión de conveniencia, está trágicamente equivocado. Está pasando por alto una realidad básica de la humanidad.

Todo edificio evoca una respuesta en nosotros. Por su exterior o por su interior, nos muestra explícitamente lo que es la iglesia y cómo funciona. En palabras de Henri Lefebvre, “el espacio nunca está vacío; siempre encierra un significado”. Este principio se encarna en el lema arquitectónico “la forma sigue a la función”. La forma del edificio refleja su función específica.

El entorno social del lugar de reunión de una iglesia es un buen indicio de la comprensión de esa iglesia del propósito de Dios para su Cuerpo. El lugar de una iglesia nos enseña cómo reunirnos. Nos enseña lo que es importante y lo que no lo es. Y nos enseña lo que es aceptable decirnos unos a otros y lo que no es aceptable.

Aprendemos estas lecciones del entorno en el cual nos reunimos, sea un edificio de iglesia o un hogar privado. Estas lecciones no son, de ninguna forma, “neutrales”. Entre en cualquier edificio de iglesia y haga una exégesis de la arquitectura. Pregúntese qué es lo más alto y lo más bajo. Pregúntese qué es el frente y que es la parte de atrás. Pregúntese de qué formas podría ser posible “ajustar” lo que ocurre imprevistamente. Pregúntese cuán fácil o cuán difícil sería para un miembro de la iglesia hablar desde donde está sentado para que todos puedan verlo y oírlo.

Si usted mira el entorno del edificio de iglesia y se hace estas preguntas (y otras similares), entenderá por qué la iglesia moderna tiene el carácter que tiene. Si hace este mismo conjunto de preguntas acerca de una sala de estar, obtendrá un conjunto muy distinto de respuestas. Entenderá por qué ser una iglesia en un entorno hogareño (como ocurría con los primeros cristianos) tiene el carácter que tiene.

El lugar social de la iglesia es un actor crítico en la vida de la iglesia. No puede ser asumido simplemente como “una verdad accidental de la historia”. Los lugares sociales pueden enseñar a personas buenas y piadosas malas lecciones y ahogar su vida conjunta. Llamar la atención a la importancia del lugar social de la iglesia (casa o edificio de iglesia) nos ayuda a entender el poder tremendo de nuestro entorno social.

Hilando más fino, el edificio de iglesia está basado en la anochecida idea de que la adoración es algo cualitativamente distinto de la vida cotidiana. Por supuesto, la gente varía en el grado de profundidad de esta disyunción. Algunos grupos han hecho un gran esfuerzo para enfatizarlo, insistiendo en que la adoración sólo puede ocurrir en espacios específicos diseñados para hacerlo sentir de forma diferente de lo que se siente en la vida cotidiana.

La disyunción entre la adoración y la vida cotidiana caracteriza al cristianismo occidental. La adoración es vista como algo separado del tejido total de la vida, envasado para el consumo grupal. Siglos de arquitectura gótica han sido una mala enseñanza en cuanto a lo que es la adoración realmente. Pocas personas pueden entrar en una catedral poderosa sin experimentar el poder del espacio.

La luz es indirecta y tenue. Los techos, exageradamente altos. Los colores son sencillos y ricos. El sonido viaja de una forma específica. Todas estas cosas trabajan en conjunto para darnos un sentido de sobrecogimiento y asombro. Están diseñadas para manipular los sentidos y crear una “atmósfera de adoración”.

Algunas tradiciones agregan fragancias a la mezcla. Pero el efecto es siempre el mismo: Nuestros sentidos interactúan con nuestro espacio para llevarnos a un estado particular del alma. Un estado de sobrecogimiento, misterio y trascendencia que equivale a un escape de la vida normal.

Nosotros, los protestantes, hemos eliminado algunos de estos elementos y los hemos reemplazado por un uso específico de la música para lograr el mismo fin. En consecuencia, en círculos protestantes, los “buenos” líderes de adoración son los que pueden usar la música para evocar lo que otras tradiciones logran evocar con el espacio. Lo que evocan es un sentido de adoración “del alma”.

Pero esto está desconectado de la vida diaria, aparte del hecho de que tampoco es real. Jonathan Edwards señaló, correctamente, que las emociones son efímeras y no pueden ser utilizadas para medir la relación que uno tiene con Dios. Esta desconexión entre lo secular y lo espiritual está realzada por el hecho de que el típico edificio de iglesia exige que uno “siga un proceso”, subiendo escaleras o atravesando el vestíbulo.

La razón de esto es que uno está pasando de la vida cotidiana a otra vida. Por lo tanto, se requiere una transición. Todo esto no pasa la prueba del lunes. No importa cuán bueno haya sido el domingo, la mañana del lunes igual vendrá a probar nuestra adoración.

Observe un coro vistiéndose antes del comienzo del culto. Se sonríen, se ríen y hasta hacen bromas. Pero, una vez que comienza el culto, se convierten en personas diferentes. No los encontrará sonriendo o riendo. Esta falsa separación entre lo secular y lo sagrado, esta “mística de los vitrales” de iglesia del domingo a la mañana se opone abiertamente a la verdad y la realidad.

Además, el edificio de iglesia no es un lugar amistoso. Es frío, incómodo e impersonal. No está diseñado para la intimidad ni la fraternidad. En la mayoría de los edificios de iglesia, los asientos consisten en bancos de madera fijados al piso. Los bancos o sillas están ordenados en filas, todos mirando hacia al púlpito. El púlpito está sobre una plataforma elevada donde se sienta el clero (vestigios de la basílica romana).

De nuevo, la arquitectura del edificio de iglesia protestante apunta todas sus flechas en dirección de la persona que da el sermón. El edificio se presta al dominio del púlpito. Y también pone límites al funcionamiento de la congregación. Esta disposición hace que sea prácticamente imposible que un adorador vea la cara de otro adorador.

En cambio, ¡crea una forma de adoración de “sentarse y remojarse” que convierte a los cristianos funcionales en “papas de banco”!  Dicho de otra manera, ¡la arquitectura misma impide la comunión, excepto entre Dios y su pueblo a través del pastor!

Y, a pesar de estos hechos, nosotros los cristianos seguimos creyendo que el edificio es sagrado. Es cierto que algunos de ustedes pueden oponerse severamente a la idea de que el edificio de iglesia es sagrado. Pero, para la mayoría de ustedes, sus acciones los traicionan. Escúchense hablar acerca del edificio de iglesia. Todavía lo llaman “la iglesia” y, a veces, se refieren a él como “la casa de Dios”.

El consenso general entre los cristianos de todas las denominaciones es que “una iglesia es, en esencia, un lugar apartado para la adoración”. Esto ha sido así durante los últimos mil setecientos años. Constantino sigue vivo y coleando en la mente de la mayoría de los cristianos hoy.

Los exorbitantes gastos fijos

La mayoría de los cristianos ven, erróneamente, al edificio de iglesia como una parte necesaria del culto. Por lo tanto, la cuestión financiera del edificio y el mantenimiento no es un tema. El edificio de iglesia exige una enorme cantidad de dinero. Sólo en Estados Unidos, las propiedades de las iglesias institucionales hoy superan los 230.000 millones de dólares.

Honestidad: Criticamos que con el oro que hay en el Vaticano se podría darle de comer a todas las naciones hambrientas de África, lo cual indudablemente es cierto. ¿Y con estos millones de dólares qué? ¿Nosotros quedaremos al margen de esa comparación?

Las deudas, los servicios y el mantenimiento del edificio de iglesia consumen alrededor de 18% de los 11.000 millones de dólares que se diezman para las iglesias anualmente. El punto: ¡Los cristianos hoy están gastando una cantidad astronómica de dinero en edificios innecesarios!

No hay ninguna buena razón para poseer un edificio de iglesia. De hecho, todas las razones tradicionales propuestas en cuanto a la “necesidad” de un edificio se desploman ante un escrutinio cuidadoso. Nos olvidamos demasiado fácilmente que los primeros cristianos trastornaron el mundo sin edificios.

 Crecieron rápidamente durante trescientos años sin la ayuda (o el obstáculo) de los edificios de iglesia. En el mundo de negocios, los gastos fijos son fatales. Los gastos fijos son lo que se agrega al trabajo “real” que una empresa hace para sus clientes. Los gastos fijos pagan el edificio, los lápices y el personal de contabilidad. Son fatales porque sacan a una empresa del mercado por el precio, sin contribuir al valor “real” que los trabajadores entregan a sus clientes.

Quienes escogen reunirse en casas en vez de edificios de iglesia han eliminado dos cuentas de gastos fijos muy sustanciosas: salarios de pastores y edificios de iglesia. Contraste esto con los gastos fijos de una iglesia casera.

En vez de que los “gastos fijos” del personal pago y el edificio succionen 50 a 85% de las donaciones monetarias de la iglesia casera, sus gastos fijos representan un pequeño porcentaje de su presupuesto. Una iglesia casera puede utilizar más del 95% de su dinero compartido para brindar servicios reales como ministerio, misión y alcanzar al mundo.

Los edificios de iglesia (así como los pastores asalariados) representan gastos continuos muy grandes en vez de erogaciones de una sola vez. Estos destructores de presupuestos sacan su tajada de las donaciones monetarias de la iglesia, no solamente hoy, sino el próximo mes, el próximo año, etc.

Si elimina estas dos cuentas de su mundo financiero, la iglesia logrará reducir sus gastos fijos a unos pocos cientos de dólares al año. El resto de las finanzas compartidas de la iglesia pueden ser usadas para la misión de la iglesia (otro tema por completo).

¿Podemos oponernos a esta tradición?

El edificio de iglesia es un obstáculo, no una ayuda. Atenta contra el corazón mismo de la fe cristiana, una fe que nació en salas de estar. Cada domingo a la mañana, usted se sienta en un edificio que tiene orígenes paganos y está basado en la filosofía pagana. No existe un ápice de apoyo bíblico para el edificio de iglesia. Sin embargo, usted, querido cristiano, sigue pagando buen dinero para santificar sus ladrillos y piedras.

Al hacerlo, ha apoyado un entorno artificial donde es arrullado hacia la pasividad y se le impide ser natural o tener intimidad. (Aun si está teniendo una hermosa comunión en el estacionamiento, desaparece al pasar por la puerta de entrada e ingresar al vestíbulo.) No tenemos ninguna conciencia de lo que hemos perdido como cristianos al crear el edificio de iglesia. Nos hemos convertido en víctimas de nuestro pasado. La tradición nos ha derribado.

Hemos sido adoptados por Constantino que nos dio el prestigioso estatus de ser dueños de un edificio. Hemos sido cegados por los romanos y griegos, que nos impusieron a la fuerza sus basílicas estructuradas jerárquicamente. Hemos sido engañados por los godos, que nos impusieron su arquitectura platónica. Hemos sido secuestrados por los egipcios y babilonios, que nos dieron nuestras agujas sagradas. Hemos sido estafados por los atenienses, que nos impusieron sus columnas dóricas.

De alguna manera hemos sido enseñados a sentirnos más santos cuando estamos en “la casa de Dios”. Hemos heredado una dependencia patológica de un edificio para llevar a cabo nuestra adoración a Dios. ¡Pero la realidad es que no hay nada más anquilosado, artificial, impersonal o estirado que el frío edificio de iglesia! En ese edificio, usted no es más que una estadística, un nombre en una ficha para ser archivado en la oficina de la secretaria del pastor. No tiene nada de cálido o personal.

En el fondo, el edificio de iglesia nos ha enseñado, incorrectamente, lo que es y lo que hace la iglesia. El edificio es una negación arquitectónica del sacerdocio de todos los creyentes. Es una contradicción de la naturaleza misma de la ekklesia: una comunidad contracultural. El edificio de iglesia impide nuestra comprensión y experiencia de que la iglesia es el Cuerpo de Cristo en funcionamiento, que vive y respira bajo su dirección directa.

Un escritor católico inglés lo expresó de la siguiente forma: “Si hay un método simple de salvar la misión de la iglesia, probablemente sea la decisión de abandonar los edificios de iglesia, porque son, básicamente, lugares no naturales… y no se corresponden con nada que sea normal en la vida cotidiana”  Entre 1820 y 1840, las iglesias estadounidenses comenzaron a aparecer con columnas dóricas con reminiscencias del clasicismo griego y arcadas que recordaban la antigua Roma.

La aparición del edificio de iglesia no es más que la reaparición del judaísmo y el paganismo con un nuevo disfraz. Las distinciones jerárquicas implícitas presentes en su arquitectura serían rechazadas por la mayoría de los protestantes si fueran expresadas en palabras. Pero las hemos aceptado inconscientemente durante siglos. ¿Por qué? Por el poder enceguecedor de la tradición.

Ya es hora de que los cristianos nos despertemos al hecho de que no estamos actuando bíblica o espiritualmente cuando aceptamos y apoyamos los edificios de iglesia. John Newton dijo, correctamente: “Que el que adora bajo una aguja no condene al que adora bajo una chimenea”. Me gustaría agregar una pregunta a esta cita: ¿Qué autoridad bíblica o histórica tiene un cristiano para reunirse bajo una aguja en primer lugar?

Que los cristianos en la era apostólica hayan construido casas de culto especiales es impensable… Así como el Salvador del mundo nació en un establo y ascendió al cielo desde una montaña, sus apóstoles y sus sucesores hasta el tercer siglo predicaron en las calles, los mercados, en montañas, en barcos, sepulcros, cuevas y desiertos, y en las casas de sus convertidos.

Pero, ¿cuántos miles de iglesias y capillas costosas han sido construidas desde entonces y todavía son construidas constantemente en todas partes del mundo para honrar el Redentor crucificado, que en los días de su humillación no tuvo un lugar propio donde apoyar su cabeza?

Philip Schaff

CAPÍTULO 4

El Pastor; Enemigo del Funcionamiento de Cada Miembro

Hay una tendencia universal en la religión cristiana, como en muchas otras religiones, de dar una interpretación teológica a instituciones que se han desarrollado gradualmente a lo largo de un período de tiempo por cuestiones de utilidad práctica, y después tratar de leer esa interpretación en los períodos más tempranos y la infancia de estas instituciones, atribuyéndolas a una etapa en la que en realidad nadie se imaginaba que tuvieran tal significado.

Richard Hanson

El Pastor. Él es la figura fundamental de la fe protestante. Es el hombre orquesta del cristianismo de hoy. ¡El Pastor es tan preponderante en la mente de la mayoría de los cristianos que se lo conoce mejor, se lo alaba más y dependen más de él que de Jesucristo mismo!

Quite el Pastor y el cristianismo moderno se viene abajo. Quite el Pastor y prácticamente todas las iglesias protestantes entrarían en pánico. Quite el Pastor y el protestantismo, tal como lo conocemos, se muere. El Pastor es el punto focal dominante, el sostén principal y la pieza central de la iglesia moderna. Es la personificación del cristianismo protestante.

Pero he aquí la profunda ironía. ¡No hay un solo versículo en todo el Nuevo Testamento que apoye la existencia del Pastor moderno! Simplemente no existía en la iglesia primitiva. (Note que estoy utilizando el término “Pastor” en todo este capítulo para describir el cargo y el papel pastoral modernos.

No estoy hablando de los individuos específicos que cumplen este papel. En general, quienes ocupan el cargo de Pastor son personas maravillosas. Son cristianos honrados, decentes y frecuentemente dotados que aman a Dios y tienen celo por servir a su pueblo.  Pero tanto la Biblia como la historia de la iglesia se oponen al papel que cumplen, como veremos en este capítulo.

El Pastor se encuentra en la Biblia… ¿No es cierto?

La palabra “Pastores” ciertamente aparece en el Nuevo Testamento: Pongo en mayúscula la palabra “Pastor” para hablar del cargo antes que a la persona que lo ocupa. La mayoría de los hombres y mujeres que llegaron a ser Pastores nunca han considerado las raíces de este cargo. Y nunca se les ofreció otra forma alternativa de servir a Dios.

Esto, ciertamente, es una tragedia terrible. Sin embargo, aunque su cargo no tiene apoyo en las Escrituras, los Pastores ciertamente son de ayuda a menudo para las personas. Pero las ayudan a pesar de su cargo, no debido a él.

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, PASTORES y maestros” (Efesios 4:11).

Podemos hacer las siguientes observaciones acerca de este texto. Este es el único versículo en el Nuevo Testamento donde se emplea la palabra “Pastor”. ¡Un versículo solitario es una pieza de evidencia bastante escasa sobre la cual basar todo la fe protestante! En este sentido, hay más autoridad bíblica para manipular serpientes que para el Pastor moderno (Tanto Marcos 16:18 como Hechos 28:3-6

mencionan la manipulación de serpientes. Así que esta práctica gana por dos versículos contra uno.)

La palabra es usada en plural. Es “Pastores”. Esto es significativo. Porque, quienesquiera sean estos “Pastores”, son plurales en la iglesia, no singulares. Por consiguiente, no hay ningún apoyo bíblico para la práctica de Sola Pastora (un único Pastor).

La palabra griega que se traduce como “Pastores” es poimen. Quiere decir pastores de ganado. Así que “Pastor” es una metáfora para describir una función específica en la iglesia. No es un cargo ni un título. Un pastor del primer siglo no tenía nada que ver con el sentido especializado y profesional que ha llegado a tener en el cristianismo moderno.

Por lo tanto, Efesios 4:11 no visualiza un cargo pastoral, sino meramente una de las muchas funciones en una iglesia. Los pastores son los que proveen naturalmente sustento y cuidado a las ovejas de Dios. Por lo tanto, es un error profundo confundir a los pastores con un cargo o título, como suele concebirse hoy.

En el mejor de los casos, este texto es indirecto. No ofrece absolutamente ninguna definición o descripción de quiénes son los Pastores. Simplemente los menciona. Lamentablemente, hemos llenado esta palabra con nuestro propio concepto occidental de lo que es un Pastor. Hemos querido leer la idea moderna del Pastor moderno en el Nuevo Testamento.

¡Ningún cristiano del primer siglo soñaría siquiera con el moderno cargo de Pastor! Los católicos han cometido el mismo error con la palabra “sacerdote”. Uno puede encontrar la palabra “sacerdote” en el Nuevo Testamento tres veces para describir a ministros de la iglesia o referirse a un cristiano.

Sin embargo, ¡un sacerdote de la iglesia del primer siglo distaba mucho del hombre vestido de negro con un collar puesto al revés! Richard Hanson aclara este punto cuando dice: “Para nosotros, las palabras ‘obispos’, ‘presbíteros’ y ‘diáconos’ están almacenados con las asociaciones de casi dos mil años.

Para las personas que utilizaron estas palabras por primera vez, los títulos de estos cargos no pueden haber significado más que inspectores, hombres mayores y ayudantes… fue cuando comenzaron a asignarles significados teológicos inapropiados que empezó la distorsión del concepto de ministerio cristiano”.

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Además, aun cuando la mayoría de los autores del Nuevo Testamento estaban embebidos del sistema sacerdotal judío del Antiguo Testamento, nunca usan hiereus (sacerdote) para referirse al ministerio cristiano. El ordenamiento al cargo presupone un papel de liderazgo eclesiástico estático y definible que no existía en las iglesias apostólicas.

Trágicamente, hay hombres que harían lo imposible sólo para ser llamados “Pastor” o “Reverendo”. Vienen a la mente las palabras de Job: “No haré ahora acepción de personas, ni usaré con nadie de títulos lisonjeros” (Job 32:21).

En mis libros Reconsiderando el odre y ¿Quién es su cobertura?, demuestro que los pastores del primer siglo eran los ancianos (presbíteros)9 y supervisores locales de la iglesia. Y su función estaba completamente reñida con el papel pastoral moderno.

¿De dónde vino?

Si el Pastor moderno no existía en la iglesia primitiva, ¿de dónde vino? ¿Y cómo fue que se elevó a una posición tan prominente en la fe cristiana? Es una historia dolorosa, cuyas raíces son intrincadas y complejas. Estas raíces van tan atrás como la caída del hombre.

Con la caída del hombre surgió el deseo implícito en el hombre de tener un líder físico para llevarlo a Dios. Por esta razón, las sociedades humanas a lo largo de la historia han creado constantemente una casta espiritual especial de íconos religiosos.

El hechicero, el chamán, el rapsoda, el milagrero, el brujo, el adivino, el sabio y el sacerdote, todos han estado con nosotros desde el error de Adán. El hombre caído siempre ha tenido el deseo de erigir una casta sacerdotal especial que esté singularmente dotada para implorar a los dioses en nombre de él.

Esta búsqueda está en nuestra corriente sanguínea. Vive en la médula de nuestros huesos. Como criaturas caídas, buscamos una persona dotada de poderes espirituales especiales. Y esa persona siempre está marcada por un entrenamiento especial, una vestimenta especial, un vocabulario especial y un modo de vida especial.

Podemos ver cómo este instinto alza su desagradable cabeza en la historia del antiguo Israel. Hizo su primera aparición durante el tiempo de Moisés. Dos siervos del Señor, Eldad y Medad, recibieron el Espíritu de Dios y empezaron a profetizar.

Un joven fanático, en una respuesta precipitada, instó a Moisés: “¡Impídelos!”. Moisés desaprobó al joven supresor diciendo que todo el pueblo de Dios puede profetizar. Se había opuesto a un espíritu clerical que había querido controlar al pueblo de Dios.

Lo vemos otra vez cuando Moisés ascendió al monte Horeb. El pueblo quería que él fuera un mediador físico entre ellos y Dios, porque tenían miedo de una relación personal con el Todopoderoso. Este instinto caído hizo otra aparición durante el tiempo de Samuel. Dios quería que su pueblo viviera bajo su dirección directa. En cambio, Israel pidió a gritos un rey humano.

Las semillas del Pastor moderno pueden ser detectadas aun en el tiempo del Nuevo Testamento. Diótrefes, “al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos” en la iglesia, asumió el control ilegítimamente. Además, algunos eruditos han sugerido que la doctrina de los nicolaítas, que Jesús condena en Apocalipsis 2:6, es una referencia al surgimiento de un clero temprano.

Junto a la búsqueda del hombre caído de un mediador espiritual humano se encuentra su obsesión por la forma jerárquica de liderazgo. Todas las antiguas culturas fueron jerárquicas en sus estructuras sociales en un grado u otro. Lamentablemente, los cristianos postapostólicos adoptaron y adaptaron estas estructuras para su vida eclesiástica, como veremos.

El nacimiento del gobierno del obispo único

Hasta el segundo siglo, la iglesia no tuvo ningún liderazgo oficial. En este sentido, las congregaciones del primer siglo eran una verdadera rareza. Eran grupos religiosos sin sacerdote, templo o sacrificio. Los cristianos mismos dirigían la iglesia bajo la dirección directa de Cristo.

Entre la grey o rebaño estaban los ancianos (pastores o supervisores). Todos estos hombres estaban en un pie de igualdad. No había ninguna jerarquía entre ellos. También había obreros extralocales que plantaban iglesias. Eran denominados “enviados” o apóstoles. Pero ellos no fijaban residencia en las iglesias que cuidaban. Tampoco las controlaban.

El vocabulario del liderazgo en el Nuevo Testamento no permite ninguna estructura piramidal. Es, más bien, un lenguaje de relaciones horizontales que incluye la acción ejemplar. Todo esto fue así hasta que Ignacio de Antioquía (35-107 d.C.) apareció en escena.

Ignacio fue la primera figura de la historia de la iglesia en dar el primer paso por el camino resbaloso hacia un líder único en la iglesia. Podemos encontrar el origen del Pastor moderno y la jerarquía eclesiástica en él.

Ignacio elevó a uno de los ancianos por encima de todos los demás. El anciano elevado era conocido ahora como “el obispo”. Todas las responsabilidades que pertenecían al cuerpo de ancianos eran ejercidas por el obispo.

En el año 107 d.C., Ignacio escribió una serie de cartas mientras iba camino a Roma para ser martirizado. Seis de las siete cartas tratan el mismo tema. Están llenas de una exaltación exagerada de la autoridad y la importancia del cargo de obispo.

Según Ignacio, el obispo tiene el poder último y debe ser obedecido absolutamente. Considere los siguientes extractos de sus cartas: “Todos ustedes siguen al obispo como Jesucristo sigue al Padre… Nadie debe realizar ningún asunto de la iglesia sin el obispo… Donde aparezca el obispo, ahí debe estar el pueblo… Ustedes mismos nunca deben actuar independientemente del obispo y el clero.

Deben considerar a su obispo como un tipo del Padre…Todo lo que él apruebe complace al Padre…” Para Ignacio, el obispo ocupaba el lugar de Dios, en tanto que los presbíteros ocupaban el lugar de los doce apóstoles. Solamente el obispo podía celebrar la Cena del Señor, realizar bautismos, dar consejos, disciplinar a los miembros de la iglesia, aprobar matrimonios y predicar sermones.

Los ancianos se sentaban con el obispo durante la Cena del Señor. Pero era el obispo quien la presidía. Él se encargaba de dirigir las oraciones públicas y el ministerio. Solamente en los casos más extremos podía un “laico” tomar la Santa Cena sin que el obispo estuviera presente. Porque el obispo, decía Ignacio, debe “presidir” los elementos y distribuirlos.

En la mente de Ignacio, el obispo era el remedio para ahuyentar la falsa doctrina y establecer la unidad de la iglesia. Ignacio creía que, si la iglesia pretendía sobrevivir el embate de la herejía, debía desarrollar una estructura de poder rígida según el modelo de la estructura política centralizada de Roma. El gobierno del obispo único rescataría a la iglesia de la herejía y las luchas internas.

Históricamente, esto se conoce como el “monoepiscopado” o “episcopado monárquico”. Es el tipo de organización donde el obispo se distingue de los ancianos (el presbiterio) y está por encima de ellos. En el tiempo de Ignacio, el gobierno del obispo único no había prendido en otras regiones. Pero, para mediados del segundo siglo, este modelo estaba firmemente establecido en la mayoría de las iglesias. Para fines del tercer siglo predominaba en todas partes.

Con el tiempo, el obispo se convirtió en el principal administrador y distribuidor de la riqueza de la iglesia. Era el hombre responsable de enseñar la fe y de saber de qué se trataba el cristianismo. La congregación, otrora activa, había sido transformada en sorda y muda. Los santos meramente observaban la actuación del obispo.

En efecto, el obispo llegó a ser el único Pastor de la iglesia, el profesional de la adoración común. Era considerado el portavoz y la cabeza de la congregación. La persona cuyas manos manejaban todos los hilos de control. Todos estos papeles hicieron que el obispo fuera el precursor del Pastor moderno.

De presbítero a sacerdote

Ya para mediados del tercer siglo la autoridad del obispo se había rigidizado en un cargo fijo. Entonces apareció Cipriano de Cartago (200-258 d. C.), y el daño se extendió. Cipriano era un ex orador y maestro de retórica pagano.42 Cuando se hizo cristiano, empezó a escribir prolíficamente. Pero nunca abandonó algunas de sus ideas paganas.

Debido a la influencia de Cipriano, la puerta quedó abierta para resucitar el sistema de sacerdotes, templos, altares y sacrificios del Antiguo Testamento. Los obispos comenzaron a ser llamados “sacerdotes”, una costumbre que llegó a ser común en el tercer siglo.

También fueron llamados “Pastores” en ocasiones. En el tercer siglo, cada iglesia tenía su propio obispo. Y los obispos y presbíteros, en conjunto, comenzaron a ser llamados “el clero”. El origen de la doctrina antibíblica de la “cobertura” también puede atribuirse a Cipriano. Él enseñaba que el obispo no tiene ningún superior salvo Dios.

Solamente debía rendir cuentas a Dios. Todo el que se separa del obispo se separa de Dios. Cipriano También enseñaba que una porción del rebaño del Señor era asignada a cada pastor (obispo) individual.

Después del Concilio de Nicea (325 d.C.), los obispos empezaron a delegar la responsabilidad de la Cena del Señor a los presbíteros. Los presbíteros eran poco más que delegados del obispo que ejercían la autoridad de él en sus iglesias.

Debido a que los presbíteros eran quienes administraban la Santa Cena, empezaron a ser llamados “sacerdotes”. ¡Aún más sorprendente fue que el obispo llegó a ser considerado como el “sumo sacerdote” que podía perdonar pecados! Todas estas tendencias oscurecían la realidad neotestamentaria de que todos los creyentes son sacerdotes para Dios.

Para fines del cuarto siglo, esta jerarquía categorizada dominaba la fe cristiana. La casta clerical se había consolidado. El obispo encabezaba la iglesia. Bajo él estaba el colegio de presbíteros. Por debajo de éstos estaban los diáconos. Y debajo de todos ellos se arrastraban los pobres y miserables “laicos”.

El gobierno del obispo único se convirtió en la forma de gobierno de iglesia aceptada en todo el Imperio Romano. (Durante este tiempo, ciertas iglesias empezaron a ejercer autoridad sobre otras iglesias, lo cual amplió la estructura jerárquica.)

Para fines del cuarto siglo, los obispos se codeaban con la gente importante. Se les otorgaba tremendos privilegios. Se involucraron en la política, lo que los separó aún más de los presbíteros. En sus intentos de fortalecer el cargo de obispo, Cipriano abogó por una sucesión continua de obispos que se remontaban hasta Pedro. Esto se conoce como “sucesión apostólica”.

A lo largo de sus escritos, Cipriano emplea el lenguaje oficial del sacerdocio del Antiguo Testamento para justificar esta práctica. Al igual que Tertuliano (160-225) e Hipólito (170-236) antes que él, Cipriano utilizaba el término sacerdotes para describir a los presbíteros y obispos. Pero dio un paso más.

Podemos atribuir a Cipriano el concepto contrario al Nuevo Testamento del sacerdotalismo: la creencia de que existe una persona divinamente designada para mediar entre Dios y el pueblo. ¡Cipriano sostenía que, debido a que los clérigos cristianos son sacerdotes que ofrecen el sacrificio santo (la Eucaristía), ellos mismos son sacrosantos!

También podemos acreditar a Cipriano el concepto de que, cuando el sacerdote ofrece la Eucaristía, en realidad está ofreciendo la muerte de Cristo en nombre de la congregación. En la mente de Cipriano, el cuerpo y la sangre de Cristo se vuelven a sacrificar a través de la Eucaristía.

 Por consiguiente, es en Cipriano donde encontramos las semillas de la misa católica medieval. Esta idea agrandó la cuña entre el clero y los laicos. También creó una dependencia insalubre del clero de parte de los laicos.

El papel del sacerdote

Hasta la Edad Media, los presbíteros (ahora conocidos comúnmente como “sacerdotes”) desempeñaron un papel secundario con relación al obispo. Pero, durante la Edad Media, hubo un cambio. Los presbíteros empezaron a representar a los sacerdotes, mientras los obispos se ocupaban de las tareas políticas.

 Los sacerdotes parroquiales (locales) se volvieron más centrales para la vida de la iglesia que el obispo. Era el sacerdote quien ahora ocupaba el lugar de Dios y controlaba los sacramentos. Al convertirse el latín en el lenguaje popular a mediados del cuarto siglo, el sacerdote acostumbraba a invocar la frase hoc est corpus meum. Estas palabras latinas quieren decir: “Esto es mi cuerpo”.

Con estas palabras, el sacerdote se convirtió en el supervisor de la pretensiosa palabrería que empezó a marcar la misa católica. Se le puede acreditar a Ambrosio de Milán (339- 397) la idea de que la mera pronunciación de hoc est corpus meum convertía mágicamente el pan y el vino en el cuerpo y la sangre físicos del Señor. (La frase de magia en inglés “hocus pocus” –“abracadabra” en español– viene de hoc est corpus meum.)

Según Ambrosio, ¡el sacerdote estaba dotado de poderes especiales para hacer bajar a Dios del

cielo y entrar dentro del pan! Debido a su función sacerdotal, la palabra presbyteros llegó a significar sacerdos (sacerdote). Por consiguiente, cuando la palabra latina para presbítero fue adoptada por el inglés, tuvo el significado de “sacerdote” en vez de “anciano”. Por lo tanto, en la iglesia católica romana, la palabra “sacerdote” fue el término usado en general para referirse al presbítero local.

La influencia de la cultura grecorromana

La cultura grecorromana que rodeaba a los primeros cristianos reforzó la jerarquía escalonada que se estaba introduciendo lentamente en la iglesia. La cultura grecorromana era jerárquica por naturaleza. Esta influencia se infiltró en la iglesia cuando los nuevos conversos trajeron su bagaje cultural a la comunidad creyente.

La jerarquía humana y el ministerio “oficial” institucionalizaron la iglesia de Jesucristo. Para el cuarto siglo, estos elementos endurecieron las arterias de lo que una vez fue la ekklesia viva y vital de Dios, dentro de la cual el ministerio era funcional, dirigido por el Espíritu, orgánico y compartido por todos los creyentes.

Pero, ¿cómo y por qué sucedió esto? Podemos rastrearlo al tiempo de la desaparición de los obreros apostólicos itinerantes (plantadores de iglesias). A fines del primer siglo y principios del segundo, los presbíteros locales empezaron a surgir como los “sucesores” residentes del papel de liderazgo único que cumplían los obreros apostólicos.

 Esto dio origen a una única figura principal en cada iglesia. Sin la influencia de los obreros extralocales que habían sido mentoreados por los apóstoles del Nuevo Testamento, la Iglesia empezó a desplazarse hacia los patrones organizativos de la cultura que la rodeaba.

Líderes destacados de la iglesia que habían adoptado el pensamiento pagano también tuvieron una gran influencia. Detrás de Ignacio de Antioquia, Cipriano sostuvo que la organización de la iglesia debía seguir el modelo del Imperio Romano. Como resultado, el imperialismo y una jerarquía inexpugnable penetraron la fe cristiana.

Como ya hemos visto, el papel del obispo empezó a cambiar, de ser la cabeza de una iglesia local hasta convertirse en el representante de todos en una región dada. Los obispos gobernaban las iglesias de la misma forma que los gobernadores romanos sus provincias. Con el tiempo, al obispo de Roma se le otorgó la mayor autoridad y finalmente evolucionó para convertirse en el “Papa”. honrado, no tenía ese tipo de autoridad eclesiástica.

 La palabra “papa” es un término usado para expresar el cuidado paterno de cualquier obispo. Recién en el sexto siglo el término comenzó a ser usado exclusivamente para el obispo de Roma. He aquí un breve bosquejo del origen del Papa católico romano. A fines del segundo siglo, se les daba gran honor a los obispos romanos.

Esteban I (f. 257) fue el primero en usar el texto petrino (Mateo 16:18) en apoyo de la preeminencia del obispo romano. Pero esto no era sostenido universalmente. El surgimiento del Papa moderno puede rastrearse a León el Grande (440–461). León fue el primero en hacer un reclamo teológico y bíblico a favor de la primacía del obispo romano.

Así que entre los años 100 y 300 d.C., el liderazgo de la Iglesia tomó el modelo del gobierno romano. Y se usó la jerarquía del Antiguo Testamento para justificarlo. El gobierno de un solo obispo se había engullido el sacerdocio de todos los creyentes. Ignacio convirtió al obispo, de hecho, en la autoridad local. Cipriano lo convirtió en el representante de todas las congregaciones por su doctrina de la sucesión apostólica.

Constantino y la jerarquía romana

Tenga en mente que el mundo social en el cual el cristianismo se difundió estaba gobernado por una sola persona, el emperador. Poco después de subir al trono Constantino, a principio del cuarto siglo, la iglesia se convirtió en una sociedad organizada jerárquicamente de arriba abajo, con todas las de la ley.

Edwin Hatch escribe: “En su mayor parte las iglesias cristianas se asociaron entre sí siguiendo la línea del Imperio Romano.…El desarrollo de la organización de las iglesias cristianas fue gradual [y] los elementos que componían esa organización ya existían en la sociedad humana”. Podemos rastrear la estructura del liderazgo jerárquico tan atrás como en el antiguo Egipto, Babilonia y Persia. Luego fue llevada a la cultura griega y romana, donde fue perfeccionada.

El historiador D. C. Trueman escribe: “Los persas hicieron dos aportes destacados al mundo antiguo: la organización de su imperio y su religión. Estos dos aportes han tenido una influencia considerable sobre nuestro mundo occidental. El sistema de administración imperial fue heredado por Alejandro Magno, adoptado por el Imperio Romano y finalmente legado a la Europa moderna”.

Will Durant plantea un punto similar, al decir que el cristianismo “creció por la absorción de la fe y los ritos paganos; se convirtió en una iglesia triunfante heredando los modelos de la organización y el genio de Roma… Así como Judea le había dado la ética al el mayor terrateniente de Italia, fijando un precedente para los ricos y poderosos Papas que lo siguieron.)

Grecia le había dado la teología, ahora Roma le daba la organización; todos estos elementos, junto con una docena de creencias absorbidas y rivales, ingresaron en la síntesis cristiana”. Para el cuarto siglo, la iglesia siguió los mismos pasos que el Imperio Romano.

El emperador Constantino organizó la iglesia en diócesis siguiendo el modelo de los distritos regionales romanos. (La palabra “diócesis” era un término secular que se refería a las unidades administrativas más grandes del Imperio Romano.)

 Más adelante, el papa Gregorio diseñó el ministerio de toda la iglesia según la ley romana. Durant vuelve a lamentarse: “Cuando el cristianismo conquistó Roma, la estructura eclesiástica de la iglesia pagana, el título y la vestimenta del pontifex maximus… y la grandiosidad del ceremonial inmemorial entraron como la sangre materna en la nueva religión, y la Roma cautiva capturó a su conquistador”.

Todo esto estaba fuertemente reñido con la forma de Dios para su iglesia. Cuando Jesús entró en el teatro de la historia humana, erradicó tanto los íconos profesionales religiosos como la forma de liderazgo jerárquica. Como extensión de la naturaleza y misión de Cristo, la iglesia primitiva fue el primer movimiento de la historia “dirigido por laicos”.

Pero, con la muerte de los apóstoles y los hombres que ellos entrenaron, las cosas empezaron a cambiar. Desde entonces, la iglesia de Jesucristo ha buscado su modelo de organización eclesiástica de las sociedades en las que ha sido colocada, a pesar de la advertencia de nuestro Señor de que Él iniciaría una sociedad nueva con un carácter único.

 En un contraste llamativo con las provisiones del Antiguo Testamento hechas en el monte Sinaí, ni Jesús ni Pablo impusieron modelos organizacionales fijos para la Nueva Israel. Constantino y la exaltación del clero. Entre 313 y 325 d.C., el cristianismo dejó de ser una religión que luchaba por sobrevivir ante el gobierno romano. Se regodeaba al calor del imperialismo, cargado de dinero y prestigio.

Ya no era una desventaja ser un cristiano bajo del reinado de Constantino. Era una ventaja. Formar parte de la religión del emperador estaba de moda. Y ser parte del clero significaba recibir las mayores ventajas. A esta altura el término “clero” se amplió para incluir a todos los oficiales de la iglesia.

Constantino enalteció al clero cristiano. En el año 313 le otorgó la exención del pago de impuestos, algo que los sacerdotes paganos habían disfrutado tradicionalmente. También los eximió de los cargos públicos obligatorios y demás deberes cívicos. Quedaron liberados de ser juzgados por tribunales seculares y de servir en el ejército. (Los obispos podían ser juzgados sólo por un tribunal de obispos, no por tribunales comunes.)

En todas estas cosas, se le otorgó al clero la condición de clase especial. Constantino fue el primero en usar las palabras “clerical” y “clérigos” para describir una clase social superior. También consideraba que el clero cristiano merecía el mismo privilegio que los oficiales del gobierno. Así que los obispos participaban en juicios, como los jueces seculares.

Los clérigos recibían los mismos honores que los más altos oficiales del Imperio Romano y aun el Emperador mismo. En realidad, ¡Constantino dio a los obispos de Roma más poder que a los gobernadores romanos! ¡También ordenó que el clero recibiera asignaciones anuales fijas (un pago ministerial)!

El resultado neto de esto fue alarmante: El clero tenía el prestigio de funcionarios de la iglesia, los privilegios de una clase favorecida y el poder de una elite acaudalada. Se había convertido en una clase aislada con un estado civil y una forma de vida apartes. (Esto incluía el celibato del clero.) Hasta se vestían y arreglaban de forma distinta de la gente común.

En mi país, hablar de separación de iglesia-Estado, con relación al catolicismo romano, es sacar patente de marxista. Yo no lo soy, obviamente. Pero sostengo que alguien que dice representar a Dios, no puede ser empleado de un gobierno humano.

Porque si un estado de un país sostiene con salarios a determinadas jerarquías religiosas, de alguna manera está comprando la fidelidad espiritual de esa religión. ¿O quieren que yo crea que un sacerdote o un ministro va a decir o hacer algo en contra de su patrón financiero?

Los obispos y sacerdotes se rapaban la cabeza. Esta práctica, conocido como tonsura, provenía de la antigua ceremonia romana de la adopción. Todos los que se rapaban la cabeza eran célibes. En Occidente, el Concilio de Elvira, celebrado en España en 306. fue el primero en exigir que el clero fuera célibe. Esto fue reafirmado por el papa Siricio, en 386.

Todo sacerdote que se casaba o seguía viviendo con su esposa debía dejar los hábitos. En Oriente, los sacerdotes y diáconos podían casarse antes de la ordenación, pero no después. Los obispos debían ser célibes. Gregorio Magno hizo mucho para promover el celibato del clero, que muchos no estaban siguiendo. El celibato clerical sólo ensanchó la brecha entre el clero y el denominado pueblo “común” de Dios.

No quiero referirme al celibato porque es un asunto doctrinal para otro sector de esta página. Pero sí quiero dividir lo que existe con lo que supuestamente debería existir. Celibato es decidir vivir sin pareja, mientras que lo que hay es ausencia de matrimonio legal, nada más.

La vestimenta del obispo era la antigua túnica de un magistrado romano. Los clérigos no debían dejar su cabello largo como los filósofos paganos. No debería sorprendernos que tantas personas en tiempo de Constantino experimentaran un repentino “llamado al ministerio”. Para ellos, ser oficial de la iglesia se había convertido en una carrera más que un llamado.

Una falsa dicotomía

Bajo Constantino, el cristianismo fue a la vez reconocido y respetado por el Estado. Esto desdibujó la línea que dividía a la iglesia del mundo. La fe cristiana ya no era una religión minoritaria. En cambio, estaba protegida por los emperadores. Como consecuencia, la membresía de la iglesia creció rápidamente. Hubo conversos a carradas, pobremente convertidos, que trajeron a la iglesia una gran variedad de ideas paganas.

En palabras de Will Durant: “Mientras el cristianismo convirtió al mundo, el mundo convirtió al cristianismo y exhibió el paganismo natural de la humanidad”. Como ya hemos visto, las prácticas de las religiones de misterio empezaron a ser utilizadas en el culto de la iglesia. Y el concepto pagano de la dicotomía entre lo sagrado y lo profano se introdujo en la mentalidad cristiana.

Nadie le presta demasiada atención, (Y además –seamos honestos-, no nos gusta leerlo), recordamos las palabras de: “muchos serán llamados, pero pocos escogidos”. Sin embargo, esto que terminas de leer y tu propia experiencia otorgan la razón a ese cumplimiento.

Puede decirse correctamente que la distinción de clase entre el clero y los laicos surgió de esta misma dicotomía. La vida cristiana ahora estaba siendo dividida en dos partes: secular y espiritual, sagrado y profano. Pero para el cuarto siglo esta idea falsa fue adoptada universalmente por los cristianos. Y llevó a la idea profundamente errónea de que hay profesiones sagradas (un llamado al

“ministerio”) y profesiones comunes (un llamado a una vocación mundana).

El historiador Philip Schaff describe correctamente estos factores como creadores de “la secularización de la iglesia” donde “la corriente pura del cristianismo” se había contaminado. Note que esta dicotomía errónea aún perdura en la mente de la mayoría de los creyentes de hoy. Pero el concepto es pagano, no cristiano. Destruye la realidad neotestamentaria de que la vida cotidiana es santificada por Dios.

Clemente de Roma (f. 100 d.C.) fue el primer autor cristiano que hizo una distinción de estatus entre líderes y no líderes cristianos. Fue el primero en usar la palabra “laico” en contraste con los ministros. Clemente sostenía que el orden de sacerdotes del Antiguo Testamento debía encontrar su cumplimiento en la iglesia cristiana.

Tertuliano es el primer escritor en usar la palabra “clero” para referirse a una clase separada de cristianos. Tanto Tertuliano como Clemente de Alejandría (150-215) popularizaron la palabra “clero” en sus escritos. Para el tercer siglo, la brecha entre el clero y los laicos se ensanchó a un punto de no retorno. Los clérigos eran los líderes capacitados de la iglesia los guardianes de la ortodoxia, los gobernantes y maestros de la gente. Ellos poseían los dones y las gracias que no estaban al alcance de los mortales menores.

Los laicos eran los cristianos no capacitados y de segunda clase. El gran teólogo Karl Barth dijo, correctamente: “El término ‘laico’ es uno de los peores del vocabulario religioso y debería ser desterrado de la conversación cristiana”. Los términos “clero” y “laico” no aparecen en el Nuevo Testamento. Tampoco se encuentra el concepto de que hay quienes realizan el ministerio (clero) y quienes son objeto

del ministerio (laicos).

Por lo tanto, lo que tenemos en Tertuliano y en los dos Clementes es una clara ruptura con la mentalidad de los cristianos del primer siglo, donde todos los creyentes compartían el mismo estatus. La distinción entre el clero y los laicos -púlpito y banco- pertenece al otro lado de la cruz. Con el Nuevo Pacto en Cristo, se eliminaron el clero y los laicos. Hay un único pueblo de Dios.

Junto con estos cambios de mentalidad llegó un nuevo vocabulario. Los cristianos empezaron a adoptar el vocabulario de las sectas paganas. El título pontifex (pontífice, un título pagano) se convirtió en un término común para los clérigos cristianos en el cuarto siglo. Al igual que “Maestro de Ceremonias” y “Gran Maestro de la Logia”.

Todo esto reforzó la mística del clero como custodios de los misterios de Dios. Para el quinto siglo, la idea del sacerdocio de cada creyente había desaparecido por completo del horizonte cristiano. El acceso a Dios estaba controlado ahora por la casta clerical. Comenzó a implementarse el celibato clerical. La comunión infrecuente se volvió habitual para los denominados “laicos”. El edificio de iglesia ahora estaba velado con incienso y humo.

Las oraciones del clero se hacían en secreto. Y se introdujo la pequeña pero profundamente significativa pantalla que separó al clero de los laicos. En resumen, para fines del cuarto siglo y principios del quinto, el clero se había convertido en una casta sacerdotal, un grupo de elite espiritual de “hombres santos”. Esto nos lleva al tema espinoso de la ordenación.

La falacia de la ordenación

En el cuarto siglo, la teología y el ministerio eran el dominio de los sacerdotes. El trabajo y la guerra eran el dominio de los laicos. ¿Cuál era el rito iniciático al dominio sagrado del sacerdote? La ordenación.

Antes de analizar las raíces históricas de la ordenación, veamos cómo se reconocía al liderazgo de la iglesia primitiva. Los obreros apostólicos (los plantadores de iglesias) del primer siglo volvían a visitar a una iglesia después de un tiempo. En algunas de esas iglesias, los obreros reconocían públicamente a los ancianos. En todos los casos, los ancianos ya estaban “en el lugar” antes de ser respaldados públicamente.

Los ancianos surgían naturalmente en una iglesia con el paso del tiempo. No eran nombrados a un cargo externo. En cambio, eran reconocidos en virtud de su antigüedad y contribución a la iglesia. Según el Nuevo Testamento, el reconocimiento de ciertos miembros dotados es algo instintivo y orgánico. Hay un principio interno dentro de cada creyente de reconocer los diversos ministerios de la iglesia.

Llamativamente, hay sólo tres pasajes en el Nuevo Testamento que nos dicen que los ancianos fueron reconocidos públicamente. Hubo ancianos reconocidos en las iglesias de Galacia. Pablo dijo a Timoteo que reconociera ancianos en Éfeso. También dijo a Tito que los reconociera en las iglesias de Creta.

La palabra “ordenar” (“ordain”, en inglés) en estos pasajes no quiere decir instalar en un cargo. Más bien, transmiten la idea de respaldar, afirmar y presentar lo que ya ha estado sucediendo. También transmite la idea de bendición. El reconocimiento público de ancianos y otros ministerios generalmente era acompañado por la imposición de manos por obreros apostólicos. (En el caso de obreros enviados a otros lugares, lo hacía la iglesia o los ancianos.)

En el primer siglo, la imposición de manos significaba meramente el apoyo o afirmación de una función, no la instalación en un cargo o el otorgamiento de un estatus especial. Lamentablemente, pasó a significar esto último a fines del segundo siglo y principios del tercero.

Durante el tercer siglo, la “ordenación” adoptó un significado completamente diferente. Era un rito cristiano formalizado. Para el cuarto siglo, la ceremonia de ordenación era engalanada con vestimentas simbólicas y un ritual solemne. La ordenación produjo una casta eclesiástica que usurpó el sacerdocio de los creyentes.

¿De dónde supone usted que los cristianos tomaron su modelo de ordenación? Modelaron su ceremonia de ordenación según la costumbre romana de designar a hombres para cargos civiles. ¡Todo el proceso, hasta las palabras mismas, vino directamente del mundo cívico romano.

De acuerdo; ahora cuando tú le recrimines a un ministro su falta de sustento legal por no estar ordenado correctametne según las reglamentaciones denominacionales respectivas, te sugiero que lo pienses mejor y luego digas algo. Si puedes…

Para el cuarto siglo, los términos usados para el nombramiento para un cargo romano y para la ordenación cristiana se volvieron sinónimos. Cuando Constantino convirtió al cristianismo en la religión preferida, las estructuras de liderazgo de la iglesia se vieron reforzadas por la aprobación política. Las formas del sacerdocio del Antiguo Testamento se combinaron con la jerarquía griega. Tristemente, la iglesia se sentía cómoda con esta nueva forma, igual que hoy.

Agustín (293-373 d.C.) dio un paso más: ¡Enseñó que la ordenación confería una “impronta definitiva e inamovible” al sacerdote que lo habilita para cumplir sus funciones sacerdotales! Para Agustín, la ordenación era una posesión permanente que no podía ser revocada.

Entonces se llegó a entender la ordenación cristiana como algo que constituye la diferencia esencial entre el clero y los laicos. Mediante la ordenación el clero era habilitado para administrar los sacramentos. Se creía que el sacerdote, que realiza el servicio divino, debía ser el más perfecto y santo entre todos los cristianos.

Gregorio de Nacianzo (329-389) y Crisóstomo (347-407) incrementaron tanto el nivel de exigencia para los sacerdotes que corrían peligro si no vivían de acuerdo con la santidad de su servicio. Según Crisóstomo, el sacerdote es como un ángel. ¡No está hecho del mismo material frágil que el resto de los hombres!

¿Cómo podría el sacerdote vivir en tal estado de santidad pura? ¿Cómo podría ser digno de servir en el “coro de ángeles”? La respuesta era la ordenación. Mediante la ordenación, la corriente de las gracias divinas fluía dentro del sacerdote, haciéndolo apto para ser usado por Dios. Esta idea, también conocida como “dotación sacerdotal”, aparece primeramente en Gregorio de Nisa (330-395).

Gregorio sostenía que la ordenación hacía del sacerdote, “invisiblemente pero realmente un hombre diferente y mejor”, elevándolo muy por encima del laicado. “El mismo poder de la palabra”, dice Gregorio, “hace que el sacerdote sea venerable y honorable, separado… Mientras apenas ayer era uno entre la masa, uno del pueblo, de pronto es convertido en un guía, un presidente, un maestro de justicia, un instructor de misterios ocultos…”

Preste atención a las palabras de un documento del cuarto siglo: “El obispo es el ministro de la Palabra, el guardián del conocimiento, el mediador entre Dios y usted en varias partes de su culto divino… él es quien lo rige y lo gobierna… él está en segundo lugar después de Dios, su dios terrenal, con derecho de ser honrado por usted”.

A través de la ordenación, al sacerdote (u obispo) se le otorgaban poderes divinos especiales para ofrecer el sacrificio de la misa. ¡La ordenación también lo convertía en una clase de hombre completamente separado y santo! Los sacerdotes llegaron a ser identificados como los “vicarios de Dios en la tierra”. Se convirtieron en parte de una clase especial de hombres. Una orden que estaba separada de los denominados “miembros laicos” de la iglesia.

Para mostrar esta diferencia, tanto el estilo de vida como la vestimenta del sacerdote eran distintos de los laicos. Lamentablemente, este concepto de la ordenación nunca dejó la fe cristiana. Está vivo y coleando en el cristianismo moderno. De hecho, si usted está preguntándose por qué y cómo el pastor moderno llegó a ser tan exaltado como “el hombre santo de Dios”, estas son sus raíces.

Eduard Schweizer, en su obra clásica Church Order in the New Testament, sostiene que Pablo era completamente ajeno a una ordenación que confiere poderes ministeriales o clericales a un cristiano. Los pastores (ancianos, supervisores) del primer siglo no recibieron nada que se pareciera a la ordenación moderna. No eran puestos por encima del resto del rebaño. Eran quienes servían entre ellos.

Los ancianos del primer siglo simplemente eran respaldados públicamente por obreros externos como personas que se preocupaban por la iglesia. Esta aceptación era simplemente el reconocimiento de una función. No confería poderes especiales. Tampoco era una posesión permanente, como creía Agustín.

La práctica moderna de la ordenación crea una casta especial de cristianos. No importa si es el sacerdote del catolicismo o el Pastor del protestantismo, el resultado es el mismo: el ministerio más importante está restringido a unos pocos creyentes “especiales”. Esta idea es tan dañina como antibíblica. En ningún lugar el Nuevo Testamento limita la predicación, el bautismo o la distribución de la Cena del Señor a los “ordenados”.

¡El eminente erudito James D. G. Dunn fue quien mejor lo expresó al decir que la tradición de clero y laicado ha hecho más para socavar la autoridad del Nuevo Testamento que la mayoría de las herejías! Dado que los cargos eclesiásticos sólo podían ocuparse a través del rito de la ordenación, el poder de ordenar se convirtió en el tema crítico para tener autoridad religiosa.

Se había perdido el contexto bíblico. Y se usaron métodos de textos de prueba para justificar la jerarquía entre el clero y los laicos. ¡El creyente común, generalmente inculto e ignorante, estaba a la merced de un clero profesional!

La Reforma

Los reformadores del siglo XVI cuestionaron fuertemente el sacerdocio católico. Atacaron la idea de que el sacerdote poseía poderes especiales para convertir el vino en sangre. Rechazaron la sucesión apostólica. Alentaron al clero a casarse. Revisaron la liturgia para dar a la congregación más participación. También abolieron el cargo de obispo y redujeron el sacerdote nuevamente a presbítero.

Pero, lamentablemente, los reformadores llevaron la distinción católica entre clero y laicos directamente al movimiento protestante. También mantuvieron la idea católica de la ordenación. Si bien abolieron el cargo de obispo, resucitaron, con otro disfraz, el gobierno del obispo único. El grito de batalla de la Reforma fue la restauración del sacerdocio de todos los creyentes.

Sin embargo, esta restauración fue sólo parcial. Lutero (1483-1546), Calvino (1509-1564) y Zwinglio (1484-1531) afirmaron el sacerdocio de los creyentes con respecto a su relación individual con Dios. Enseñaron, correctamente, que todo cristiano tiene acceso directo a Dios, sin necesidad de un mediador humano.

Esta fue una restauración maravillosa. Pero fue parcial. Lo que los reformadores no hicieron fue recuperar la dimensión corporativa del sacerdocio de los creyentes. Restauraron la doctrina del sacerdocio de los creyentes soteriológicamente, es decir con relación a la salvación. Pero no la restauraron eclesiásticamente, con relación a la iglesia.

En otras palabras, los reformadores solamente recuperaron el sacerdocio del creyente (singular). Nos recordaron que todo cristiano tiene acceso individual e inmediato a Dios. Por maravilloso que sea esto, no recuperaron el sacerdocio de todos los creyentes (plural colectivo). Esta es la bendita verdad de que cada cristiano forma parte de un grupo que comparte la Palabra de Dios unos con otros. (Fueron los anabautistas quienes recuperaron esta práctica.

Lamentablemente, esta recuperación fue una de las razones por las cuales las espadas protestantes y católicas quedaron rojas con la sangre de este grupo.)  Si bien los reformadores se opusieron al Papa y a su jerarquía religiosa, siguieron sosteniendo la visión estrecha del ministerio que habían heredado. Creían que “el ministerio” era una institución restringida a unos pocos que eran “llamados” y “ordenados”.

Así que los reformadores siguieron afirmando la división entre el clero y los laicos. Sólo en su retórica los reformadores afirmaban que todos los creyentes eran sacerdotes y ministros. En la práctica, lo negaban. Así que, una vez que se disipó el humo de la Reforma, terminamos con lo mismo que nos dieron los católicos: ¡un sacerdocio selectivo!

Lutero sostenía la idea de que los que predicaban requerían una capacitación especial. Como los católicos, los reformadores creían que solamente el “ministro ordenado” podía predicar, bautizar y administrar la Cena del Señor. Como resultado, la ordenación le daba al ministro un aura de favor divino que no podía ser cuestionado.

Trágicamente, Lutero y los demás reformadores denunciaron violentamente a los anabautistas por practicar el funcionamiento de cada miembro en la iglesia. Los anabautistas creían que cada cristiano tiene el derecho de pararse y hablar en una reunión. No era el dominio del clero. ¡Lutero estaba tan en contra de esta práctica que dijo que provenía “del pozo del infierno”, y que quienes la realizaban debían ser muertos! (¡He aquí su herencia, querido cristiano protestante!)

 “El sacerdocio de todos los creyentes se refiere no sólo a la relación de cada persona con Dios y al sacerdocio de cada uno para con su prójimo, como en Lutero; se refiere también a la igualdad de todas las personas de la comunidad cristiana con relación a la función formal”  

Resumiendo, los reformadores retuvieron la idea de que la ordenación era la clave para tener poder en la iglesia. Era responsabilidad del ministro ordenado transmitir la revelación de Dios a su pueblo. Y se le pagaba para este papel. Como el sacerdote católico, el ministro reformado era considerado por la iglesia como el “hombre de Dios”, el mediador pago entre Dios y su pueblo.

 No un mediador para perdonar pecados, sino un mediador para comunicar la voluntad divina. Así que, en el protestantismo, un viejo problema asumió una forma nueva. La jerga cambió, pero el veneno permaneció.

De sacerdote a pastor

A Juan Calvino no le gustaba la palabra “sacerdote” para referirse a los ministros. Prefería el término “Pastor”. Para él, “Pastor” era la palabra más elevada que uno podía usar para el ministerio. Le gustaba porque la Biblia se refería a Jesucristo como “el gran Pastor de las ovejas” (Hebreos 13:20).174 Irónicamente, ¡Calvino creía que estaba restaurando el obispo (episkopos) del Nuevo Testamento en la persona del Pastor!

A Lutero tampoco le gustaba la palabra “sacerdote” para definir a los nuevos ministros protestantes. Escribió: “No podemos ni debemos dar el nombre de sacerdote a los que están encargados de la Palabra y los sacramentos entre el pueblo. La razón por la que han sido llamados sacerdotes es por la costumbre de los pueblos paganos o como un vestigio de la nación judía.  El resultado es perjudicial para la iglesia”. Así que él también adoptó los términos “predicador”, “ministro” y “Pastor” para referirse a este nuevo cargo.

Zwinglio y Martín Bucero (1491-1551) también preferían la palabra “Pastor”. Escribieron tratados populares sobre esto. Como resultado, el término empezó a penetrar en las iglesias de la Reforma. Sin embargo, debido a su obsesión con la predicación, el “confusión deplorable”.

Así como el clero católico romano era considerado el guardián de la salvación, se veía al clero protestante como el custodio de la revelación divina. Según la Confesión de Augsburgo de 1530, el cargo más alto de la iglesia era el de predicador. En el antiguo judaísmo, el rabino interpretaba la Torá para el pueblo. En la iglesia protestante, el ministro era considerado como el custodio de los misterios de Dios.

El orden eclesiástico de Calvino, de Pastores con el gobierno de ancianos en Ginebra, se convirtió en el modelo más influyente durante la Reforma. Pasó a ser el modelo para las iglesias protestantes de Francia, Holanda, Hungría, Escocia y entre los puritanos ingleses y sus descendientes.

Recién en el siglo XVIII el término “Pastor” se volvió de uso corriente, eclipsando a “predicador” y “ministro”. Esta influencia vino de los pietistas luteranos. Desde entonces, el término se ha generalizado en el cristianismo dominante.

Aun así, los reformadores elevaron al Pastor a cabeza funcional de la iglesia. Según Calvino, “El cargo pastoral es necesario para preservar la iglesia en la tierra de una forma mayor que el sol, los alimentos y las bebidas son necesarios para nutrir y sostener la vida presente”.

Los reformadores creían que el Pastor poseía poder y autoridad divinos. No hablaba por su propia cuenta, sino en nombre de Dios. Calvino reforzó aún más la primacía del Pastor al considerar las acciones de desprecio o burla hacia el ministro como serias ofensas públicas.

Esto no debería ser una sorpresa cuando vemos de dónde tomó Calvino su modelo para el ministerio. No tomó la iglesia de la era apostólica. En cambio, ¡tomó como modelo el Shepherd, p. 28). Durante el siglo XVII, los puritanos usaron el término “Pastor” en algunas de sus obras publicadas. Las obras anglicanas y puritanas del siglo XVII sobre cuidado pastoral se referían a los clérigos parroquiales (locales) como “párrocos”.

 “Los reformadores alemanes también adhirieron al uso medieval y llamaron al predicador Pfarrer, es decir párroco (derivado de parochia–parroquia y parochus– párroco). Mientras que los predicadores luteranos son llamados “Pastores” en Estados Unidos, siguen siendo llamados Pfarrer (cabeza de la parroquia) en Alemania.

Dada la transición gradual del sacerdote católico al Pastor protestante, no era infrecuente que las personas siguieran llamando a sus nuevos predicadores protestantes con los viejos títulos católicos, como “sacerdote”.

La palabra “Pastor” ha aparecido siempre en la literatura teológica tan atrás como en el período patrístico. La elección de la palabra dependía de la función que se deseaba resaltar: Un Pastor guiaba moralmente y espiritualmente. El sacerdote oficiaba los sacramentos. Aun así, el término “Pastor” no estuvo en labios de los creyentes comunes hasta después de la Reforma.

La palabra “sacerdote” pertenece a la tradición católica/anglicana, la palabra “ministro” pertenece a la tradición reformada y la palabra “Pastor” pertenece a la tradición luterana y evangélica (p. viii). Es cierto que los reformadores se referían a su ministro como “Pastor”, pero en general lo llamaban “predicador”.

La palabra “Pastor” luego evolucionó para convertirse en el término predominante del cristianismo para este cargo. Esto se debió al predominio de estos grupos, que buscaban distanciarse del vocabulario de la “iglesia alta”. El término “ministro” fue introducido gradualmente al mundo de habla inglesa por los no conformistas y disidentes. Ellos deseaban diferenciar el “ministerio” protestante del clero anglicano.

La ironía aquí es que Juan Calvino se quejaba de la iglesia católica romana porque edificaba sus prácticas sobre “invenciones humanas” en vez de la Biblia. ¡Pero él hizo lo mismo! En este sentido, los protestantes son tan culpables como los católicos.

Ambas denominaciones basan sus prácticas en la tradición humana. Calvino enseñaba que la predicación de la Palabra de Dios y la administración correcta de los sacramentos son las marcas de una verdadera iglesia.

 Para él, la predicación, el bautismo y la Eucaristía debían ser realizados por el Pastor y no por la congregación. Para todos los reformadores, la función primaria de un ministro es la predicación. Como Calvino, Lutero también hizo del Pastor un cargo aparte y exaltado. Mientras sostenía que las llaves del reino pertenecían a todos los creyentes, Lutero confinó su uso a quienes ocupaban cargos en la iglesia.

“Todos somos sacerdotes”, decía Lutero, “en tanto y en cuanto somos cristianos, pero los que llamamos sacerdotes son ministros escogidos de entre nosotros para actuar en nuestro nombre, y el sacerdocio de ellos es nuestro ministerio”. Tristemente, Lutero creía que todos están en el sacerdocio, pero no todos pueden ejercer el sacerdocio.

Esto es, lisa y llanamente, sacerdotalismo. Lutero se separó del campo católico al rechazar un sacerdocio sacrificial. Pero, en su lugar, creía que el ministerio de la Palabra de Dios pertenecía a un orden especial. “Pues su modelo (el de Calvino) se retrotrae a la iglesia de principios del segundo siglo más que a la de la era estrictamente apostólica.

En la era apostólica la comunidad cristiana local estaba a cargo no de un pastor único sino de varios funcionarios conocidos indistintamente, según lo señala, como presbíteros (ancianos) y obispos. Fue sólo en el segundo siglo que vino a la existencia el obispo o pastor único de la comunidad cristiana, como en las Epístolas de Ignacio…

Fue de esta etapa de desarrollo del cargo ministerial en la iglesia de principios del segundo siglo que Calvino tómo su modelo”.  James H. Nichols escribe: “Los reformadores también aceptaron, en general, el sistema del segundo siglo de un ministerio institucionalizado de pastores u obispos para guiar a los laicos en la adoración… No intentaron volver a la era de los apóstoles.

El lugar destacado de la predicación se refleja especialmente en la Misa Alemana de Lutero: tres cultos el domingo. Temprano, a las cinco o seis de la mañana, se daba un sermón sobre la Epístola del día. En el culto principal, a las ocho o nueve, el ministro predicaba sobre el Evangelio del día. El sermón de las Vísperas, por la tarde, estaba basado en el Antiguo Testamento.

Los restantes días de la semana estaban dedicados a la predicación también (p. 131). Lutero era

cáustico, poderoso y dramático. Comunicaba su propia persona en sus sermones sin superponerse al mensaje. Era un predicador voraz, y se estima que dio unos cuatro mil sermones. Sus mensajes eran sobrecogedores, poéticos y creativos. Zwinglio predicaba directamente y naturalmente, pero era demasiado intelectual. Calvino era coherente en su exposición exhaustiva de los pasajes, pero era siempre impersonal. Bucero era de muchas palabras y tendía a divagar (p. 133).

Aun así, la primitiva predicación protestante era muy doctrinal y estaba obsesionada con la “doctrina correcta y pura”. Por esta razón, los predicadores de la Reforma eran principalmente maestros de la Biblia.

Las siguientes son declaraciones características de Lutero en su exaltación del Pastor: “Dios habla a través del predicador… Un predicador cristiano es un ministro de Dios que es apartado, sí, es un ángel de Dios, un obispo mismo enviado por Dios, un salvador de muchas personas, un rey y príncipe en el Reino de Cristo… No hay nada más precioso o noble en la tierra y en esta vida que un párroco o predicador verdadero y fiel”.

Dijo Lutero: “No deberíamos permitir a nuestro pastor hablar las palabras de Cristo por sí mismo como si él estuviera hablándolas para su propia persona; más bien, él es la boca de todos nosotros y todos hablamos las palabras con él en nuestros corazones… Es una cosa maravillosa que la boca de cada pastor es la boca de Cristo, así que debemos escuchar al pastor no como un hombre, sino como Dios”.

Uno puede escuchar los ecos de Ignacio resonando a través de las palabras de Lutero. Estas ideas corrompieron la visión de la iglesia de Lutero. Él consideraba que no era más que un centro de predicación. “La congregación cristiana”, dijo Lutero, “nunca debería reunirse a menos que la Palabra de Dios sea predicada y se haga oración, no importa cuán breve sea este tiempo”.

 Lutero creía que la iglesia es simplemente una reunión de personas que escuchan la predicación. Por esta razón, ¡llamaba al edificio de iglesia Mundhaus, que significa una boca o una casa del habla! También dijo: “Los oídos son los únicos órganos de un cristiano”. Querido cristiano protestante, ¡he aquí sus raíces!

La cura de almas

Tanto Calvino como Lutero compartían la visión de que las dos funciones clave del Pastor eran la proclamación de la Palabra (predicación) y la celebración de la Eucaristía (comunión). Pero Calvino agregó un tercer elemento. Hizo énfasis en que el Pastor tenía el deber de proveer cuidado y sanidad a la congregación. Esto se conoce como la “cura de almas”.

La “cura de almas” se retrotrae al cuarto y quinto siglo.202 La encontramos en la enseñanza de Gregorio de Nacianzo. Gregorio llamaba al obispo “Pastor”, un médico de almas que diagnostica las enfermedades de su paciente y receta un remedio o el cuchillo. Los primeros seguidores de Lutero también practicaron el cuidado de almas.

Pero fue elevado a una forma de arte en la Ginebra de Calvino. Se exigía que cada pastor y un anciano visitaran los hogares de sus feligreses. También se hacían visitas periódicas a los enfermos y a los presos. Para Calvino y Bucero, el Pastor no era solamente un predicador y un dispensador de los sacramentos. Era la “cura de almas” o el “cura”. Su tarea era llevar sanidad, curación y compasión al pueblo sufriente de Dios.

Esta idea está viva en el mundo protestante hoy. Se la ve fácilmente en los modernos conceptos de “cuidado pastoral”, “aconsejamiento pastoral” y el “psicoparloteo cristiano”. En la iglesia moderna, la carga de este cuidado recae sobre los hombros de un hombre, el Pastor. (En el primer siglo, recaía sobre los hombros de toda la congregación y un grupo de hombres maduros llamados “ancianos”.)

La primacía del Pastor

En breve, la Reforma protestante asestó un golpe al sacerdotalismo católico romano. Pero no fue un golpe mortal. Los reformadores siguieron manteniendo el gobierno de un solo obispo. Simplemente sufrió un cambio semántico. Ahora el Pastor cumplía el papel de obispo. Llegó a ser considerado como la cabeza local de una iglesia, el anciano principal.

 Como escribió un escritor: “En el protestantismo, los predicadores tienden a ser los voceros y representantes de la iglesia, y la iglesia suele ser la iglesia del predicador. Esto es un gran peligro y amenaza para la religión cristiana, muy relacionado con el clericalismo”.

Las reformas hechas por los reformadores no fueron lo suficientemente radicales como para cambiar el curso que habían comenzado Ignacio y Cipriano. La Reforma abrazó la estructura jerárquica católica con una aceptación irreflexiva. También mantuvo la distinción antibíblica entre ordenados y no ordenados.

En su retórica, los reformadores denunciaron la división entre el clero y los laicos. Pero en su práctica la retuvieron completamente. Como dijo Kevin Giles: “Las diferencias entre el clero católico y el clero protestante se desdibujaron en la práctica y en la teología. En ambos tipos de iglesias, el clero era una clase aparte; en ambas, su estatus especial se basaba en iniciativas divinas (mediadas de diferentes maneras); y, en ambas, ciertas tareas eran reservadas para ellos”.

En 1550, se emitió una orden que decía que los ministros debían visitar cada hogar al menos una vez al año.  Bucero escribió el libro más destacado sobre la “cura de almas”, titulado La verdadera cura de almas, en 1538. Este libro salió en una versión en alemán y otra en latín.

Muchas iglesias reformadas distinguen entre ancianos “enseñadores” y ancianos “gobernantes”. Los ancianos enseñadores ocupan la posición tradicional de obispo o ministro, mientras que los gobernadores manejan la administración y la disciplina. Esta forma de organización política eclesiástica fue llevada a Nueva Inglaterra desde Europa.

Con el tiempo, debido la impopularidad del cargo, los ancianos gobernantes fueron dejados de lado y quedó el anciano enseñador. Esto ocurrió también en las iglesias bautistas del siglo XVIII y XIX. A menudo estas iglesias carecían de los recursos financieros como para sostener a un “ministro”. De esta forma, para fines del siglo XIX, las iglesias evangélicas adoptaron la tradición del “Pastor único”.

Así que el Pastor único en las iglesias evangélicas evolucionó a partir de una pluralidad de ancianos en la tradición reformada. El denominado “predicador laico” surgió de los avivamientos evangélicos del siglo XVIII.

La larga tradición posbíblica del gobierno del obispo único (ahora personificado en el Pastor) prevalece en la iglesia protestante hoy. Debido a que la línea de falla entre el clero y los laicos está grabada en piedra, existen tremendas presiones psicológicas que hacen que los denominados “laicos” sientan que el ministerio es la responsabilidad del Pastor.

“Es su trabajo. Él es el experto”, es la forma de pensar. La palabra del Nuevo Testamento para ministro es diakonos. Significa ‘siervo’. Pero, esta palabra ha sido prostituida porque los hombres han profesionalizado el ministerio. Hemos tomado la palabra “ministro” y la hemos equiparado con el Pastor sin ninguna justificación bíblica. De la misma manera, hemos equiparado erróneamente la predicación y el ministerio con el sermón del púlpito.

Otra vez, sin justificación bíblica.

Siguiendo la tendencia de Calvino y Lutero, los escritores puritanos John Owen (1616- 1683) y Thomas Goodwin (1600-1680) elevaron el pastorado a un aditamento fijo en la casa de Dios. Owen y Goodwin llevaron a los puritanos a centrar toda la autoridad en el papel pastoral. Para ellos, al Pastor se le da “el poder de las llaves”. Sólo él está ordenado para predicar, administrar a los sacramentos, leer las Escrituras públicamente y ser capacitado en los idiomas originales de la Biblia, así como en lógica y filosofía.

Tanto los reformadores como los puritanos sostenían que los ministros de Dios debían ser profesionales competentes. Por lo tanto, los Pastores debían tener una amplia capacitación académica para cumplir su función. Todas estas características explican cómo y por qué hoy se trata al Pastor como una clase de elite… un cristiano especial… alguien que merece ser reverenciado (de ahí el título

de “Reverendo”).

El Pastor y su púlpito son centrales para el culto protestante. Cómo destruye el Pastor la vida de cuerpo Ahora que hemos desenterrado las raíces del Pastor moderno, consideremos los efectos prácticos que un Pastor tiene sobre el pueblo de Dios. La distinción antibíblica entre el clero y los laicos ha causado un daño incalculable al cuerpo de Cristo. Ha dividido a la comunidad de creyentes entre cristianos de primera y de segunda clase.

Esta dicotomía perpetúa una terrible falsedad. A saber, que algunos cristianos son más privilegiados que otros en cuanto a servir al Señor. Nuestro desconocimiento de la historia de la iglesia ha permitido que seamos embaucados. El ministerio de un solo hombre es completamente ajeno al Nuevo Testamento, pero lo aceptamos mientras ahoga nuestro funcionamiento. Somos piedras vivas, no muertas.

Sin embargo, el cargo pastoral nos ha transformado en piedras que no respiran. Permítame hablar en tono personal. ¡La función pastoral le ha quitado su derecho de funcionar como miembro del Cuerpo de Cristo! Ha cerrado su boca y lo ha amarrado a un banco. Ha distorsionado la realidad del Cuerpo, convirtiendo al Pastor en una gran boca y a usted en una diminuta oreja. ¡Lo ha transformado en un espectador mudo experto en tomar apuntes de sermón y pasar el plato de la ofrenda!

Pero eso no es todo. La moderna función pastoral ha dado por tierra con el punto central de la carta a los Hebreos: la finalización del antiguo sacerdocio. Ha hecho ineficaz la enseñanza de 1 Corintios 12 a 14, que cada miembro tiene el derecho y el privilegio de ministrar en una reunión de iglesia. Ha anulado el mensaje de 1 Pedro 2, que cada hermano y hermana es un sacerdote funcional.

Ser un sacerdote funcional no quiere decir que sólo puede realizar algunas formas reducidas de ministerio como cantar canciones desde su banco, alzar las manos durante la adoración, pasar transparencias o enseñar en una clase de escuela dominical. Esta no es la idea de ministerio del Nuevo Testamento. ¡Estas son sólo ayudas para el ministerio del Pastor!

Como dijo un erudito: “Gran parte del culto protestante hasta hoy ha sido infectada también por una abrumadora tendencia de considerar al culto como el trabajo del Pastor (y tal vez el coro), donde la mayoría de los laicos tienen muy poco para hacer excepto cantar unos himnos y escuchar atentamente en actitud de oración”.

Tratamos al Pastor como si fuera el experto profesional. Esperamos que los médicos y abogados nos sirvan, no que nos capaciten para servir a otros. ¿Por qué? Porque son los expertos. Son profesionales capacitados. Lamentablemente, vemos al Pastor de la misma manera. Todo esto vulnera el hecho de que cada creyente es un sacerdote. No solamente ante Dios, sino unos para con otros.

Pero hay algo más. El pastorado moderno compite con el liderazgo funcional de Cristo en su iglesia. Ocupa ilegítimamente el lugar único de centralidad y liderazgo entre el pueblo de Dios. Un lugar que está reservado sólo para una Persona: el Señor Jesús. Jesucristo es la única cabeza de la iglesia y la palabra final para ella. Por su cargo, el Pastor desplaza y suplanta el liderazgo de Cristo al colocarse como la cabeza humana de la iglesia.

Por esta razón, no hay nada que obstaculiza tanto el cumplimiento del propósito eterno de Dios como la moderna función pastoral. ¿Por qué? Porque ese propósito está centrado en hacer que el liderazgo de Cristo se manifieste visiblemente en la iglesia a través del funcionamiento libre y abierto de todos los miembros del Cuerpo. Mientras el cargo pastoral esté presente, usted nunca verá algo así.

En este sentido (y contrario a la opinión común), el Pastor no es “el cerebelo, el centro de comunicación de mensajes, coordinando funciones y transmitiendo respuestas entre la Cabeza y el Cuerpo”. No está llamado a dar la “comunicación autorizada de la verdad desde la Cabeza al Cuerpo”. Y no es el “comunicador preciso de las necesidades desde el Cuerpo a la Cabeza”.

Cómo se autodestruye el Pastor

El Pastor moderno no solamente perjudica al pueblo de Dios, sino que se perjudica a sí mismo. La función pastoral tiene la virtud de destruir todo lo que se le acerca. Las depresiones, los agotamientos, el estrés y las crisis emocionales son sumamente frecuentes entre los Pastores. Al momento de escribir esto, hay más de 500.000 pastores trabajando en iglesias de Estados Unidos.

 Entre este gran número, considere las siguientes estadísticas que dejan al descubierto el peligro mortal del cargo pastoral: El 94% se siente presionado para tener una familia ideal. – El 90% trabaja más de 46 horas semanales. – El 81% dice que pasa tiempo insuficiente con su cónyuge. – El 80% cree que el ministerio pastoral afecta a su familia negativamente. – El 70% no tiene alguien que consideren un amigo íntimo. – El 70% tiene una autoestima más baja ahora que cuando ingresó al ministerio. – El 50% se siente incapaz de cumplir los requisitos del cargo. – El 80% está desanimado o tratando con la depresión. – Más del 40% dice que sufre de agotamiento, horarios frenéticos y expectativas irreales. – El 33% considera que el ministerio pastoral es un claro peligro para la familia. – El 33% ha pensado seriamente en renunciar a su cargo durante el último año. –  El 40% de las renuncias pastorales se deben al agotamiento.

Se espera de la mayoría de los pastores que hagan 16 tareas importantes a la vez. Y la mayoría se derrumba bajo la presión. Por esta razón, 1.600 ministros de todas las denominaciones de Estados Unidos son despedidos u obligados a renunciar cada mes.

The Christian Citizen (November 2000) informó que 1400 Pastores dejan el pastorado cada mes. Siguiendo la misma línea, The Washington Times publicó una serie de cinco artículos sobre la “crisis del clero” que está barriendo Estados Unidos (por Larry Witham). Decía lo siguiente: Muy pocos integrantes del clero de este país son jóvenes.

Sólo el 8% tiene 35 años o menos. De los 70.000 estudiantes inscriptos en los 237 seminarios teológicos acreditados del país, sólo un tercio quiere dirigir una iglesia como Pastor. El pastorado atrae a candidatos mayores. Generalmente a quienes llegan luego de trabajos sin futuro o divorcios. De forma similar, una escasez clerical ha afectado a las principales iglesias protestantes de Canadá.

“Si bien podría ser enriquecedor personalmente ministrar a un rebaño, es también aterrador por poco dinero cumplir con las expectativas como teólogo, consejero, orador público, administrador y organizador comunitario, todo en uno”. Durante los últimos 20 años, ¡la duración promedio de un pastorado ha bajado, de siete años a poco más de dos!

Lamentablemente, pocos pastores han unido los puntos para descubrir que es su cargo de pastor el que causa esta turbulencia subyacente. Sencillamente, ¡nunca fue la intención de Jesucristo que ninguna persona usara todos los sombreros que se espera que use el Pastor! Jamás fue su intención que ningún hombre llevara una carga tal. Las demandas del pastorado son abrumadoras.

A tal punto que pueden agotar a cualquier mortal. Imagínese por un momento que usted estuviera trabajando para una compañía que le pagara de acuerdo con lo bien que hace que se sientan las personas que están con usted. ¿Y si su pago dependiera de cuán entretenido, cuán amistoso es usted, cuán populares son su esposa y sus hijos, lo bien que se viste y lo perfecto de su comportamiento?

¿Puede imaginarse el profundo estrés que le causaría? ¿Puede ver cómo esta presión lo obligaría a cumplir el papel de una persona altanera para mantener su poder, su prestigio y la seguridad de su trabajo? (Por esta razón, la mayoría de los Pastores se resisten a recibir cualquier tipo de ayuda.)

La profesión pastoral fija normas de conducta, como cualquier otra profesión, sea maestro, médico o abogado. La profesión dicta cómo el Pastor debe vestirse, hablar y actuar. Esta es una de las principales razones por las que tantos Pastores viven vidas muy artificiales.

En este sentido, la función pastoral fomenta la deshonestidad. Los feligreses esperan que su Pastor siempre esté alegre, disponible al instante ante cualquier llamado, nunca ofendido, nunca amargado, con una familia perfectamente disciplinada, y completamente espiritual en todo momento.

Los Pastores cumplen este papel como actores en un drama griego. Esto explica el extraño cambio de voz cuando ora la mayoría de los Pastores. Explica su manera piadosa de unir las manos. La manera particular de pronunciar la frase “el Señor”. Y la forma especial de vestirse.

Todas estas cosas son mayormente cartón pintado, completamente vacías de realidad espiritual. La mayoría de los Pastores no pueden mantenerse en su cargo sin corromperse en alguna medida. La política del poder endémica del cargo es un enorme problema que aísla a muchos de ellos y contamina su relación con los demás.

En un agudo artículo para Pastores titulado Preventing Clergy Burnout (Cómo impedir el agotamiento del clero), el autor sugiere algo asombroso. Su consejo a los Pastores nos da una clara mirada a la política del poder que acompaña el pastorado. Implora a los Pastores que “fraternicen con el clero de otras denominaciones. Estas personas no lo pueden dañar eclesiásticamente, ya que no pertenecen a su círculo oficial. No hay hilos políticos que puedan tirar para deshacerlo a usted”.

La soledad profesional es otro virus muy frecuente entre Pastores. La plaga del llanero solitario impulsa a algunos pastores a otras carreras. A otros, los lleva a destinos más crueles. Todas estas patologías encuentran su raíz en la historia del pastorado. Se está “muy solo en la cima” porque Dios nunca quiso que alguien estuviera en la cima, ¡salvo su Hijo! En efecto, el pastor moderno trata de cargar sobre sus hombros las cincuenta y ocho exhortaciones de “unos a otros” del Nuevo Testamento por su cuenta. No es de extrañar que la mayoría termine aplastada por el peso.

Conclusión

El pastor moderno es el elemento menos cuestionado del cristianismo moderno. Sin embargo, ¡no tiene una pizca de apoyo escritural para su existencia, ni una hoja de higuera para cubrirla! Más bien, el pastor moderno nació del gobierno del obispo único que pergeñaron Ignacio y Cipriano. El obispo evolucionó hacia el presbítero local.

En la Edad Media, el presbítero evolucionó hacia el sacerdote católico. Durante la Reforma, se transformó en “el Predicador”, “el Ministro” y, finalmente, en “el Pastor”, el hombre del cual pende todo el

protestantismo. Para resumirlo en una frase: ¡El Pastor protestante no es más que un sacerdote católico ligeramente reformado!

Los sacerdotes católicos tenían siete tareas en el tiempo de la Reforma: predicar, los sacramentos, oraciones por la grey, una vida piadosa, disciplina, ritos de la iglesia, y apoyar a los pobres y visitar a los enfermos. El Pastor protestante asume todas estas responsabilidades; además, a veces bendice eventos cívicos.

El famoso poeta John Milton fue quien mejor lo expresó cuando dijo: “¡Presbítero nuevo no es más que sacerdote viejo escrito grande!”. Esto significa: El Pastor moderno no es nada más que un viejo sacerdote escrito con letras más grandes.

Me especialicé en Biblia en la universidad. Fui al seminario y me especialicé en lo único que enseñan ahí: el ministerio profesional. Cuando me gradué, me di cuenta de que podía hablar latín, griego y hebreo, y la única cosa en la tierra para la cual estaba calificado era ser Papa. Pero alguien ya tenía el puesto.

Un Pastor anónimo

Muy bien; habiendo leído toda esta información fidedigna y fundamentada con seriedad y esmero, ¿Cómo debo interpretar que alguien me asegure que tiene de parte de Dios un llamado al pastorado, y que el indagarle qué clase de pastorado, me de a entender que se trata de lo que hoy estamos viendo como tal?

¿Es eso, verdaderamente, un llamado de parte de Dios o una simple expresión de anhelo por parte de quien lo manifiesta? Es muy triste y muy duro lo que añadiré a esto tan claro que Frank comparte, pero estoy convencido que se trata de lo segundo. Dios jamás podría llamar a alguien para que haga algo que Él no creó ni instauró.

CAPÍTULO 5

La Vestimenta del Domingo a la Mañana: Tapando el Problema

Tengan cuidado de los maestros de la ley. Les gusta pasearse con ropas ostentosas.

Jesucristo

Cada domingo a la mañana, más de trescientos millones de protestantes se visten con su mejor ropa para asistir al culto de iglesia. Pero nadie parece cuestionarse el porqué. Miles de pastores usan atuendos especiales que los separan de sus feligreses. Y a nadie parece importarle. En este capítulo analizaremos el origen de “vestirse bien” para la iglesia. También rastrearemos las raíces de la “vestimenta clerical”.

Vestirse bien para la iglesia

La costumbre de vestirse bien para la iglesia es un fenómeno relativamente reciente. Comenzó a fines del siglo XVIII, con la Revolución Industrial, y se generalizó a mediados del siglo XIX. Antes de esto, vestirse bien para eventos sociales sólo ocurría entre los muy ricos.

La razón era sencilla. ¡Sólo los aristócratas de la sociedad podían comprar buena ropa! La gente común sólo tenía dos juegos de ropa: ropa de trabajo para trabajar en el campo y ropa menos andrajosa para ir al pueblo.

Vestirse bien para ciertas ocasiones era solamente una opción para la nobleza más rica. En la Europa medieval y hasta el siglo XVIII, la vestimenta era un claro indicador de la clase social de una persona. En algunos lugares como Inglaterra, se le llegó a prohibir a los pobres vestir la ropa de la gente “mejor”.

Esto cambió con la invención de la fabricación textil en masa y el desarrollo de la sociedad urbana. La ropa buena pasó a ser más accesible para la gente común. Nació la clase media, y quienes pertenecían a ella pudieron emular a la envidiada aristocracia. Por primera vez, la clase media pudo distinguirse de los campesinos.

Para demostrar su nuevo estatus mejorado, ahora podían vestirse bien para los eventos sociales, igual que los ricos. Algunos grupos cristianos a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX resistieron esta tendencia cultural. Juan Wesley escribió en contra de vestir ropa cara o llamativa.

Los primeros metodistas resistieron la idea de vestirse bien para ir a la iglesia tanto que rechazaban a todo el que usara ropa cara en sus reuniones. Los primeros bautistas también fustigaron la ropa fina, y enseñaban que separaba a los ricos de los pobres.

Sin embargo, a pesar de estos reclamos, el cristianismo dominante comenzó a usar ropa fina cada vez que podía. La creciente clase media prosperó, creando casas más grandes, edificios de iglesia de mayor tamaño y ropa más elegante.

Con el creciente aculturamiento victoriano de la clase media, los edificios de iglesia más elegantes comenzaron a atraer personas más influyentes de la sociedad. Esto hizo que las congregaciones más comunes (metodistas, bautistas, etc.) trabajaran más duro para intentar mantenerse al corriente de las mejoras en sus propios edificios.

Todo esto hizo crisis cuando en 1843 Horace Bushnell, un influyente ministro congregacional de Connecticut, publicó un ensayo llamado Taste and Fashion (El gusto y la moda), donde sostenía que la sofisticación y el refinamiento eran atributos de Dios, y los cristianos debían emularlos. ¡Así nació la idea de vestirse bien para la iglesia para honrar a Dios!

Los miembros de la iglesia ahora adoraban en edificios decorados elaboradamente, luciendo su ropa formal para honrar a Dios. William Henry Foote, un presbiteriano de Carolina del Norte, siguiendo las huellas de Bushnell, escribió en 1846 que “un pueblo que va a la iglesia es un pueblo al que le gusta

vestir bien”.

Esta declaración simplemente expresaba el ritual de vestimenta formal que colonial. Un folleto publicado anónimamente en Filadelfia en 1722 titulado The Miraculous Power of Clothes, and Dignity of the Taylors: Being an Essay on the Words, Clothes Make Men sugería lo siguiente: La condición social, la posición social y el poder se desplegaban, expresaban y sostenían a través de la vestimenta.

La conexión entre vestimenta y jerarquía en la sociedad colonial investía a la ropa de un poder

simbólico. Esta mentalidad terminó por filtrarse en la iglesia cristiana. La enseñanza de Wesley sobre la vestimenta ha sido denominada “un evangelio de la sencillez”. Su mensaje principal era que el cristiano debía vestirse sencilla y prolijamente. Wesley habló sobre este tema tan frecuentemente que se le acredita la siguiente frase: “La limpieza se encuentra junto a la piedad”. Sin embargo, la tomó de un rabino.

Las denominaciones con mayor cantidad de miembros ricos (episcopales, unitarios, etc.) empezaron a vender bancos a las familias ricas para financiar elaborados programas de construcción de

iglesias.

“Además del costo del banco, los asistentes tenían que usar ropa acorde con el esplendor del edificio, y el estilo de la congregación se convirtió en una barrera insuperable para muchos. Un siglo antes, un granjero común podía vestirse bien para la iglesia poniéndose una camisa de cuadros azul. En el ambiente refinado de las nuevas y hermosas iglesias, se requería más”.

Esta tendencia fue tan poderosa que, para la década de 1850, hasta los metodistas, resistentes al vestido formal, fueron absorbidos por ella. Y ellos también empezaron a vestirse con su mejor “ropa de domingo” para la iglesia.

Por consiguiente, como prácticamente toda otra práctica eclesiástica aceptada, vestirse bien para la iglesia es producto de la influencia de la cultura que rodea al cristiano. Hoy, querido cristiano, usted se emperifolla para ir a la iglesia el domingo a la mañana sin siquiera preguntarse por qué. Pero ahora sabe la historia detrás de esta costumbre sin sentido.

Es puramente resultado de los esfuerzos de la clase media del siglo XIX de ser como sus contemporáneos aristócratas ricos, haciendo alarde de su nivel de vida mejorado mediante su ropa. (Este esfuerzo fue apoyado también por las ideas victorianas de la respetabilidad.) Puesto de otra manera, usar su “ropa de domingo” es simplemente producto de la cultura secular. ¡No tiene nada que ver con la Biblia, Jesucristo o el Espíritu Santo!

Pero, ¿qué tiene de malo? Pero, ¿por qué tanta alharaca por vestirse bien para la iglesia? Estoy de acuerdo que dista de ser un tema candente. De hecho, me importa poco qué se pone una persona para ir a una reunión de iglesia. El tema candente es lo que representa esta práctica. (No se crea; en algunas congregaciones no sólo miran muy mal, sino que además tildan de falso hermano a aquel que no viste lo mejor que tiene el día domingo para ir al culto)

Primero, refleja la falsa división entre lo secular y lo sagrado. Pensar que a Dios le interesa un ápice si usted usa ropa elegante el domingo para “encontrase con Él” es una violación del Nuevo Pacto. Tenemos acceso a la presencia de Dios en todo momento y en cualquier circunstancia. ¿Realmente espera Él que su pueblo se vista como para un desfile de belleza el domingo a la mañana?

Segundo, la ropa atractiva y llamativa el domingo a la mañana da un mensaje falso: que la iglesia es el lugar donde los cristianos ocultan quiénes son verdaderamente y “lo visten” para que parezca lindo y bonito. Piénselo. Ponerse la “ropa de domingo” para la iglesia no dista mucho de ser un manejo de imagen. Aporta a la casa de Dios todos los elementos de un espectáculo en vivo: trajes, maquillaje, decorado, iluminación, ujieres, música especial, maestro de ceremonias, la función y el programa.

Vestirse bien para la iglesia viola la realidad de que la iglesia está formada por personas reales con problemas complejos. ¡Personas reales que tal vez tuvieron una gran discusión con sus cónyuges justo antes de ingresar al estacionamiento y muestran una gran sonrisa para taparla!

“Vestirnos de domingo” oculta un problema subyacente básico. Fomenta la ilusión exagerada de que somos de alguna forma “buenos” porque nos vestimos bien para Dios. Es un acto de simulación deshumanizador y constituye un testimonio falso ante el mundo.

 “Los primeros metodistas sabían que la ropa elegante era el enemigo, y ahora el enemigo estaba ganando”. Schmidt escribe: “La gente se preocupaba el día de reposo… por ponerse la mejor ropa. La ropa de domingo ya era proverbial. Hasta los pietistas y evangélicos, que insistían en la ropa común, se aseguraban de que su cuerpo estuviera vestido solemnemente y decentemente.

Dios mira el corazón; a Él no le impresiona el atuendo que llevemos (1 Samuel 16:7; Lucas 11:39; 1 Pedro 3:3–5). Nuestra adoración es en el espíritu, no en las formas físicas exteriores (Juan 4.20–24). Reconózcalo. Como humanos caídos, rara vez estamos dispuestos a aparecer como realmente somos.

Casi siempre nos apoyamos en nuestro comportamiento o nuestra vestimenta para dar a la gente cierta impresión de lo que queremos que ellos crean que somos. Todo esto difiere marcadamente de la simplicidad que distinguía a la iglesia primitiva.

Tercero, “vestirse bien” para la iglesia se da de bruces con la simplicidad primitiva que era el sello distintivo de la iglesia primitiva. Los cristianos del primer siglo no se “vestían bien” para asistir a las reuniones de iglesia. Se reunían en la simplicidad de las salas de estar. No se vestían para exhibir su clase social. De hecho, los primeros cristianos hacían esfuerzos concretos para demostrar su desprecio absoluto por las distinciones de clase social.

En la iglesia, todas las distinciones sociales se borran. Los primeros cristianos sabían bien que eran una nueva especie en este planeta. Por esta razón, Santiago reprocha a los creyentes que trataban mejor a los santos ricos que a los santos pobres. ¡Reprocha osadamente a los ricos por vestirse de forma diferente que los pobres!

Y, sin embargo, muchos cristianos están bajo de la falsa ilusión de que es “irreverente” usar ropa informal para asistir al culto del domingo a la mañana. Esto no difiere de cómo los escribas y fariseos acusaban al Señor y sus discípulos de ser “irreverentes” por no seguir la tradición de los ancianos.

En resumen, decir que el Señor espera que su pueblo se vista con ropa fina cuando la iglesia se reúne es añadir a las Escrituras y hablar donde Dios no ha hablado. Esta clase de práctica es pura tradición humana.

El atuendo del clero

Hacemos un viraje ahora para ver el desarrollo de la vestidura del clero. El clero cristiano no se vistió de forma diferente a la gente común hasta la llegada de Constantino. Contrariamente a la opinión popular, el atuendo del clero (incluso las “vestimentas eclesiásticas” tradicionales en la iglesia alta) no se originó en la vestidura sacerdotal del Antiguo Testamento. Más bien tiene su origen en la ropa secular del mundo grecorromano.

“Una consideración de la vestidura eclesiástica revelará que tuvo sus orígenes en la ropa secular romana. La idea de que las vestiduras tuvieron un origen levítico y surgieron Clemente de Alejandría (150-215) sostenía que el clero debía usar ropa mejor que los laicos. (Para este tiempo, la liturgia de la iglesia era considerada un evento formal.)

Clemente decía que la ropa del ministro debía ser “sencilla” y “blanca”. El blanco fue el color del clero durante siglos. Aparentemente esta costumbre fue adoptada del filósofo pagano Platón, quien escribió que “el blanco era el color de los dioses”. En este sentido, tanto Clemente como Tertuliano (160-225) creían que los colores no eran del agrado de Dios.

Con la llegada de Constantino, las distinciones entre el obispo, el sacerdote y el diácono comenzaron a arraigarse. Cuando trasladó su corte a Bizancio y la renombró Constantinopla en el año 330, la vestidura romana oficial fue adoptada gradualmente por los sacerdotes y diáconos. El clero se identificaba ahora porque vestía el atuendo de los oficiales seculares.

Después de las conquistas germánicas del Imperio Romano, desde el cuarto siglo en adelante, la moda de la vestimenta secular cambió. La ropa suelta de los romanos dio lugar a las túnicas cortas de los godos. Pero el clero, deseando diferenciarse de los laicos, ¡siguió usando las vestiduras fuera de moda y arcaicas de los romanos!

El clero usó esta vestimenta pasada de moda en el culto de la iglesia siguiendo el modelo del ritual de la corte secular. Cuando los laicos adoptaron el nuevo estilo de vestimenta, el clero creyó que esta ropa era “mundana” y “bárbara”. Retuvieron lo que ellos consideraban que era una vestidura “civilizada”. Y esto fue lo que se convirtió en el atavío clerical.

Esta práctica fue apoyada por los teólogos de aquel tiempo. Por ejemplo, Jerónimo (347-420) comentó que el clero nunca debía entrar al santuario usando ropa común. Del quinto siglo en adelante, los obispos vistieron de púrpura. En los siglos VI y VII, el atuendo del clero se volvió más elaborado y costoso. Para la Edad Media, su vestimenta de la vestimenta sacerdotal judía es posterior…” Para una historia poco habitual de la vestimenta religiosa, adquirió significados místicos y simbólicos.

 Surgieron ropajes especiales alrededor del siglo sexto y séptimo. Y apareció la costumbre de mantener un juego de vestimentas especiales en la sacristía para poner encima de la ropa de calle. Durante el séptimo y octavo siglos, las vestimentas fueron aceptadas como objetos sagrados heredados de la ropa usada por los sacerdotes levíticos del Antiguo Testamento. (Esto era una racionalización para justificar la práctica.) En el siglo XII, el clero empezó a vestir ropa de calle que los distinguía del pueblo.

Lo que cambió la Reforma

Durante la Reforma, la ruptura con la tradición y las vestimentas clericales fue lenta y gradual. En lugar de la vestidura del clero, los reformadores adoptaron la túnica negra del erudito. También se la conocía como la “capa del filósofo”, ya que había sido usada por los filósofos del cuarto y quinto siglo.

 Fue tan predominante el nuevo atuendo clerical que la túnica negra del erudito secular se convirtió en la vestimenta del pastor protestante. El pastor luterano usaba su larga túnica negra en la calle. También usaba un “collarín” redondo en su cuello que se volvió más grande con el tiempo. Creció tanto que para el siglo XVII se lo denominaba el “collarín de piedra de molino”. (El collarín aún se usa en

algunas iglesias luteranas hoy.)

Sin embargo, es interesante que los reformadores mantuvieran la vestimenta clerical. El pastor protestante la usaba cuando administraba la Cena del Señor. Éste sigue siendo el caso hoy en la mayoría de las denominaciones protestantes. El pastor se pone su ropa clerical cuando levanta el pan y la copa. En ese momento, se muestra como quien es realmente: ¡Un sacerdote católico reformado!

El atuendo del pastor reformado simbolizaba autoridad espiritual. Usar la túnica negra demostraba el poder espiritual del ministro. Esta tendencia continuó a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Los pastores siempre usaban ropa oscura, preferentemente negra. (Este era el color tradicional para abogados y médicos durante el siglo XVI. Era el color de los “profesionales”.)

El negro pronto se convirtió en el color de todos los ministros de cada rama de la iglesia. La túnica negra del erudito evolucionó con el tiempo hacia la “casaca” de la década de 1940. La casaca fue reemplazada luego por el traje oscuro, negro o gris, del siglo XX.

A comienzos del siglo XIX, todos los clérigos llevaban cuellos blancos con una corbata. De hecho, era considerado fuera de lugar que un clérigo apareciera sin corbata. El clero de la iglesia baja (bautistas, pentecostales, etc.) llevaba el cuello y la corbata. El clero de la iglesia alta (anglicanos, episcopales, luteranos, etc.) adoptaron el collar clerical, denominado a menudo “collar de perro”.

El origen del collar clerical se remonta al año 1865. No fue un invento católico, como se cree popularmente. Fue inventado por los anglicanos. Tradicionalmente, los sacerdotes de los siglos XVIII y XIX usaban casacas negras (prendas hasta el suelo con cuellos levantados) encima de una vestimenta blanca (a veces denominada alba).

En otras palabras, usaban un collar negro con blanco en el medio. El collar clerical era simplemente una versión removible de este collar. ¡Fue inventado para que los sacerdotes, tanto anglicanos como católicos, pudieran ponérselo encima de su ropa de calle y ser reconocidos como “hombres de Dios” en cualquier lugar!

Hoy, el traje oscuro con corbata es el atuendo clerical de la mayoría de los pastores protestantes. ¡Muchos pastores preferirían morir antes que los vieran sin traje! Suele usarse cuando el pastor aparece en eventos públicos no religiosos. Algunos pastores protestantes usan el collar clerical también, en caso que la gente se olvide de que es “un hombre de Dios”.

Una vez me invitaron a predicar a una congregación que era sumamente estricta en que el predicdor se presentara de traje y corbata. Cumplí con lo solicitado, pero mi mensaje fue apuntado a demostrar que la unción del Espíritu Santo no mora en una corbata, que por otra parte es un accesorio de origen militar y, por consecuencia casi natural, de estirpe masónica.

¿Son dañinas las vestimentas clericales?

Un clero con ropa especial es una afrenta a los principios espirituales que gobiernan la casa de Dios. Es un golpe al corazón de la iglesia, porque separa al pueblo de Dios en dos clases: “profesionales” y “no profesionales”.

Como vestirse bien para ir a la iglesia, la vestimenta clerical –sea el atuendo elaborado del ministro de la “iglesia alta” o el traje oscuro del pastor evangélico– tiene sus raíces en la cultura mundana. La vestidura distintiva del clero se remonta al cuarto siglo, cuando los clérigos adoptaron la vestimenta de los oficiales romanos seculares.

El Señor Jesús y sus discípulos eran ajenos a la idea de usar ropa especial para impresionar a Dios o para distinguirse del pueblo de Dios. Usar un atuendo especial para propósitos religiosos era, más bien, una característica de los escribas y fariseos.

Y ni el escriba ni el fariseo pudieron escapar de la mirada penetrante del Señor cuando dijo: “Cuídense de los maestros de la ley. Les gusta pasearse con ropas ostentosas y les encanta que los saluden en las plazas, y ocupar el primer puesto en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes”. Lucas 7:25; 2 Corintios 8:9.

Parece que la mejor ropa que tuvo Jesús mientras estuvo en la tierra fue una que recibió en tono de burla, en Lucas 23:11. Recuerde que el Hijo del Hombre entró en esta tierra, no con vestidura real sino envuelto en pañales (Lucas 2:7). Note que Juan el Bautista es el caso más extremo de quienes no buscaban impresionar a Dios con su vestimenta (Mateo 3:4). Mateo 23:5, Marcos 12:38. Lucas 20:46.

Cuídense de que nadie los cautive con la vana y engañosa filosofía que sigue tradiciones humanas, la que va de acuerdo con los principios de este mundo y no conforme a Cristo.

Pablo de Tarso

CAPÍTULO 6

Ministros de Música: Clero de Segundo Nivel

No podemos evitar llevar nuestra cultura a la iglesia con nosotros; es parte misma de nuestro ser. Pero, a la luz de la tradición, necesitamos individualizar aquellas influencias culturales que contribuyen a la integridad del culto cristiano de las que atentan contra ella.

Frank C. Senn

Entre a cualquier iglesia moderna y la liturgia casi siempre empieza con el canto de himnos, coros o cantos de alabanza y adoración. No hay excepciones. En cada caso, habrá una persona (o un equipo de personas) que dirige y controla el canto. En las iglesias más tradicionales, será el “director del coro” o el “ministro de música”. Podría ser hasta el coro mismo. En las iglesias más contemporáneas, será el “líder de adoración” o el “equipo de alabanza y adoración”. (Un predicador que conozco, famoso por no buscar simpatías ministeriales, llamó a esto “los porristas cristianos”)

Los que “dirigen la adoración” seleccionan las canciones que se van a cantar camino al sermón sagrado. Ellos las inician. Deciden cómo deben cantarse. Y deciden cuándo se han terminado. El pueblo de Dios no dirige el canto de ninguna forma concebible. Más bien, es dirigido por alguien que suele formar parte del cuerpo clerical, o que recibe un honor similar.

Esto contrasta fuertemente con la forma del primer siglo. En la iglesia primitiva, la adoración y la música estaban en manos del pueblo de Dios. La iglesia misma dirigía sus propias canciones. El cantar y dirigir los cantos era un asunto corporativo, no un evento profesional dirigido por especialistas.

El origen del coro

Todo esto empezó a cambiar con la llegada del coro cristiano, cuyo origen se remonta al cuarto siglo. Poco después del Edicto de Milán (313 d.C.), la persecución de los cristianos cesó. Bajo el reinado de Constantino, se desarrollaron y entrenaron coros para ayudar en la celebración de la Eucaristía.

La práctica fue tomada de la costumbre romana, que comenzaba sus ceremonias imperiales con música procesional. Se crearon escuelas especiales y se les otorgó a los cantantes de los coros la condición de clero de segundo nivel.

Las raíces del coro se encuentran en los templos paganos griegos y los dramas griegos. Will Durant lo expresó de forma muy clara: “En la Edad Media, como en la antigua Grecia, la principal fuente del drama era la liturgia religiosa.

La misa misma era un espectáculo dramático; el santuario era un escenario sagrado; los celebrantes usaban vestiduras simbólicas; el sacerdote y sus acólitos participaban en diálogos; y las respuestas antifonales entre el sacerdote y el coro, y entre el coro y el coro, sugerían precisamente esa misma evolución del drama desde el diálogo que había generado la sagrada representación teatral dionisiana”.

Con la llegada del coro a la iglesia cristiana, el canto pasó de las manos del pueblo de Dios al personal clerical, compuesto por cantantes entrenados. Este cambio se debió en parte al hecho de que se difundían doctrinas heréticas a través del canto de himnos. El clero sentía que, si el canto de los himnos estaba bajo su control, limitaría la difusión de las herejías. Pero estaba arraigado también en el poder cada vez mayor del clero como los principales ejecutantes del drama cristiano.

Para el año 367 d.C., el canto congregacional fue desterrado por completo. Fue reemplazado por los coros entrenados. Así nació el cantante profesional entrenado en la iglesia. El canto en el culto cristiano estaba ahora bajo el dominio del clero y el coro.

Se acredita a Ambrosio (339-397) la creación de los primeros himnos postapostólicos. Estos himnos seguían el modelo de los antiguos modos griegos y tenían nombres griegos. Ambrosio también creó una colección de cánticos litúrgicos que aún se usan hoy en algunas iglesias católicas.

 El cántico litúrgico es el descendiente directo del cántico pagano romano, que se remonta a las antiguas ciudades de Sumeria. Los coros papales empezaron en el quinto siglo. Cuando Gregorio Magno llegó a ser Papa al final del sexto siglo, reorganizó la Schola Cantorum (escuela de canto) en Roma. (Esta escuela fue fundada por el Papa Silvestre, que murió en 335).

Con esta escuela, Gregorio estableció cantantes profesionales que entrenaban coros cristianos en todo el Imperio Romano. Los cantantes se entrenaban durante nueve años. Debían memorizar cada canto que cantaban, incluyendo el famoso “canto gregoriano”. Gregorio eliminó los últimos vestigios del canto congregacional, ya que consideraba que era el derecho exclusivo de los cantantes entrenados. Creía que el canto era una función clerical.

Los coros entrenados, los cantantes entrenados y el fin del canto congregacional reflejaban, todos, la mentalidad cultural de los griegos. Esta cultura, de forma similar a la oratoria (el discurso profesional), estaba basada en una dinámica de público–intérprete. Trágicamente, ¡esta característica fue tomada de los templos de Diana y los dramas griegos y llevada directamente a la iglesia cristiana! La congregación del pueblo de Dios se convirtió en espectadores, ¡no solamente en el ministerio hablado, sino en el canto también!

Lamentablemente, el espíritu de espectador de los griegos aún vive en la iglesia contemporánea. Los coros de niños se remontan a los días de Constantino. La mayoría de ellos fueron creados de orfanatos. Los coros de niños permanecieron en la iglesia durante varios cientos de años después de su fundación.

El Coro de Niños de Viena, por ejemplo, fue fundado en Viena, Austria en 1498. El coro cantaba exclusivamente para la corte, en la misa, en conciertos privados y eventos de estado. Un hecho poco conocido es que los coros de niños se originaron entre los paganos. Los paganos creían que las voces de los niños poseían características especiales.

Cortejos fúnebres

Durante los días de Constantino, las prácticas de los esponsales romanos y los cortejos fúnebres fueron adaptadas y transformadas en “bodas” y “funerales” cristianos. Ambos fueron adoptados de la práctica pagana. Como dijo un erudito: “El culto pagano a los muertos era una parte demasiado importante de la vida previa de muchos cristianos, anteriormente paganos, como para que pudieran reemplazar los cantos y la música fúnebre paganos con la salmodia”.

El denominado canto fúnebre que observan y aceptan los cristianos también tuvo su origen en el paganismo. Fue traído a la iglesia cristiana a principios del tercer siglo. Tertuliano se opuso a los cortejos fúnebres cristianos simplemente porque tenían un origen pagano.

No sólo el cortejo fúnebre surgió del paganismo. También la oración fúnebre. Era una práctica habitual de los paganos en el Imperio Romano contratar a uno de los profesores elocuentes del pueblo para que hablara en el funeral de un ser querido. El orador seguía un pequeño manual para tales ocasiones.

Era habitual que fuera aumentando la intensidad hasta llegar a decir del fallecido, en un tono apasionado: “Él vive ahora entre los dioses, atravesando los cielos y mirando la vida abajo”. Su tarea era consolar a los seres queridos del fallecido. Este papel es cumplido hoy por el pastor moderno, ¡aun hasta las palabras mismas de la oración!

El aporte de la Reforma

La principal contribución musical de los reformadores fue la restauración del canto congregacional y el uso de instrumentos. Juan Hus (1372-1415) de Bohemia y sus seguidores (denominados husitas), fueron entre los primeros en restaurar el canto congregacional en la iglesia. Lutero también alentó el canto congregacional en ciertas partes del culto. Pero el canto congregacional de himnos no alcanzó su culminación hasta el siglo XVIII, durante el avivamiento wesleyano en Inglaterra.

Durante el tiempo de Lutero, se publicaron unos 60 himnarios. Más específicamente, Lutero incrementó el canto congregacional como parte de la liturgia. Dejó una Misa Latina, que era cantada por el coro en pueblos y universidades, y una Misa Alemana, que era cantada por la congregación en aldeas y zonas rurales. Estos dos modelos fueron combinados en la práctica luterana en los siglos XVI al XVIII. Los Reformados se oponían tanto a la música coral como a los himnos congregacionales.

Aprobaban sólo el canto de salmos métricos (versificados) y otros cánticos bíblicos. Desde su perspectiva, los coros e himnos eran romanos. Así que el uso luterano de éstos indicaba una reforma a medias. En las iglesias de la Reforma, el coro se mantuvo. Apoyaba y dirigía a la vez el canto congregacional.

Ciento cincuenta años luego de la Reforma, el canto congregacional pasó a ser una práctica aceptada generalmente. Para el siglo XVIII, el órgano reemplazaría al coro en la dirección de la adoración cristiana. Es interesante que no haya ninguna evidencia de instrumentos musicales en el culto de la iglesia cristiana hasta la Edad Media.

Hasta entonces, todo el canto durante el culto se realizaba sin instrumentos. Los padres de la iglesia no tenían una buena opinión de los instrumentos musicales, asociándolos con la inmoralidad y la idolatría. Calvino continuó esta práctica. Consideraba que los instrumentos musicales eran paganos. En consecuencia, durante dos siglos, las iglesias reformadas cantaron salmos sin el uso de instrumentos.

El órgano fue el primer instrumento usado por los cristianos después de Constantino. Se han encontrado órganos en iglesias cristianas tan atrás como el siglo sexto. Pero no fueron usados durante la misa hasta el siglo XII. Para el siglo XIII, el órgano llegó a ser una parte integral de la misa.

El órgano se usó inicialmente para dar la nota a los sacerdotes y al coro.40 Durante la Reforma, el órgano pasó a ser el instrumento estándar usado en el culto protestante. Mientras los calvinistas (y los puritanos) quitaron, demolieron y arruinaron los órganos de las iglesias, los luteranos los aprovecharon al máximo.

 El primer órgano comprado por una iglesia norteamericana fue en 1704. Los primeros coros protestantes comenzaron a florecer a mediados del siglo XVIII.43 Se les asignaban asientos especiales a los miembros del coro para demostrar su condición especial.

Inicialmente, la función del coro era dar el tono correcto para dirigir la música congregacional. Pero no pasó mucho tiempo antes que el coro empezara a aportar selecciones especiales. Así nació la “música especial” del coro mientras la congregación presenciaba su interpretación.

A fines del siglo XIX, hicieron su aparición los coros de niños en las iglesias norteamericanas. A esta altura, se volvió costumbre que el coro en iglesias no litúrgicas ejecutara “música especial”. (Esta práctica terminó por ser trasladada a las iglesias litúrgicas también.)

Vale la pena notar la ubicación del coro. A fines del siglo XVI, el coro se trasladó del antealtar (la plataforma del clero) a la galería posterior, donde había un órgano instalado. Pero, durante el Movimiento de Oxford de fines del siglo XIX y principios del XX, el coro volvió al antealtar. Fue durante este tiempo que los miembros del coro empezaron a usar vestiduras eclesiásticas.

Para las décadas de 1920 y 1930, era habitual que los coros norteamericanos usaran esta vestimenta especial para hacer juego con los recién comprados edificios de iglesia neogóticos. ¡El coro ahora estaba de pie con el clero frente al pueblo exhibiéndose en vestimenta clerical arcaica!

No sé tú, pero yo he visto y oído, al ser presentado algunos de estos coros (Tuvimos la visita de un enrome coro “negro spiritual” de muy buena calidad profesional), que esa ropa era lo que Dios les demandaba utilizaran. ¿Quién se los dijo? ¿De dónde lo sacaron? ¿Fueron engañados?

El origen del equipo de adoración

En muchas iglesias contemporáneas, sean carismáticas o no carismáticas, el coro ha sido reemplazado por el fenómeno reciente del equipo de adoración. En este tipo de iglesias, el lugar de reunión tiene pocos símbolos religiosos (excepto algunas banderas, tal vez).

Al frente del escenario hay un podio sencillo, algunas plantas, amplificadores, parlantes y muchos cables. La vestimenta suele ser informal. Las sillas plegables o butacas reemplazan en general a los bancos. El equipo de adoración estándar incluye una guitarra eléctrica, batería, teclado, tal vez un bajo y algunos vocalistas especiales.

Humorístico: en una congregación de tono bien pentecostal y bulliciosa, pero de raíces y fundamentos altamente tradicionales, se estuvo discutiendo más de un año si le otorgaban permiso a su banda de alabanza para incorporar percusión y batería.

Ojo: no era descabellado el argumento, ya que sostenían algunos de los más ancianos que todo tam-tam era utilizado en ritos de origen africanos para atraer espíritus satánicos, lo cual es cierto. No obstante, el modernismo resultó triunfante y los tam-tam se incoporaron a la alabanza.

Las letras de las canciones suelen proyectarse sobre una pantalla o la pared mediante un retroproyector o equipo de video. Alguien “llamado por Dios” para la tarea pasa las transparencias o usa una computadora con las letras de las canciones que han sido seleccionadas previamente, antes del culto. Es evidente la falta de cancioneros o himnarios.

Esto, simplemente esto, que seguramente es patrimonio activo de un ochenta y cinco por ciento de congregaciones, deja en evidencia algo muy concreto: nadie está adorando ni alabando con lo que dice en un canto; sólo se está sumando a un canto conjunto sobre algo que no siempre entiende.

En este tipo de iglesias, adoración significa seguir las canciones indicadas por la banda. El “tiempo de alabanza y adoración” suele durar entre 30 y 40 minutos. Las primeras canciones suelen ser de alabanza y movidas.

Luego el equipo dirige a una congregación animada, que bate palmas, mueve sus cuerpos, levanta sus manos (y a veces baila) en un popurrí de música individualista, suave y centrada en la adoración. (El enfoque de todos los cantos es la experiencia individual. Los pronombres personales –“yo, mi, mío”– dominan en prácticamente todas las canciones.)

Mientras la banda baja de la plataforma, los ujieres pasan los platos para la ofrenda. Esto generalmente es seguido por el sermón, donde el pastor dominará el resto del culto. En muchas iglesias, el pastor llamará al equipo de música para que regrese al escenario para ejecutar unos cantos de adoración más mientras va terminando su sermón. Un “tiempo de ministrar” puede seguir mientras toca la banda.

La liturgia de canto que acabo de describir funciona como un reloj en la mayoría de las iglesias carismáticas y no carismáticas. Pero, ¿dónde se originó? El origen del “equipo de adoración” se remonta a la fundación de Calvary Chapel, en 1965.

Chuck Smith, el fundador de la denominación, comenzó un ministerio para hippies y surfeadores. Smith invitó a los hippies recién convertidos a volver a afinar sus guitarras y tocar su música ahora redimida en la iglesia. Dio a la contracultura un escenario para su música, permitiéndoles tocar los domingos a la noche y en conciertos.

Las nuevas formas musicales comenzaron a llamarse “alabanza y adoración”. Cuando el Movimiento de Jesús comenzó a florecer, Smith fundó la compañía de grabación Maranatha Music, en 1973. Su meta era distribuir la música de estos jóvenes artistas.

The Vineyard (la Viña), bajo la influencia del genio musical John Wimber, vino después, con el concepto de equipo de adoración, en 1977. En este año, Wimber fundó Anaheim Vineyard Christian Fellowship. The Vineyard probablemente ha demostrado más influencia sobre la familia cristiana en establecer equipos de adoración y música de adoración que Calvary Chapel. La música de Vineyard es considerada como más íntima y orientada a la adoración, mientras que la música de Calvary Chapel se conoce más por sus canciones movidas orientadas a la alabanza.

La himnología estadounidense había estado experimentando una reforma antes de Calvary Chapel y Vineyard. Comenzando en Dublane, Escocia, en 1962, un grupo de La recuperación del canto de coros tomados de la Biblia fue incorporado por el Movimiento de Jesús (Jesús Movement) de la década de 1970.

Esto encaja perfectamente con el enfoque individualista de los baby–boomers (los nacidos entre la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Vietnam en Estados Unidos). músicos de iglesia insatisfechos de Inglaterra trataron de revitalizar las canciones cristianas tradicionales.

Dieron origen a un nuevo tipo de música influida por ciertos artistas de música folk populares. Esta reforma preparó el escenario para que los cambios musicales revolucionarios echaran raíces en la iglesia cristiana a través de Calvary Chapel y Vineyard.

A su debido tiempo, la guitarra reemplazó al órgano como el instrumento principal que dirigía la adoración en la iglesia protestante. Aunque seguía el modelo del concierto de rock de la cultura secular, el equipo de adoración había llegado a ser tan habitual como el púlpito.

Pero, ¿cuál es el problema?

Tal vez usted se esté preguntando: “¿Qué hay de malo en tener un líder de coro, un líder de adoración o un equipo de adoración para dirigir el canto de la iglesia?”. Nada. Excepto que le quita al pueblo de Dios una función vital: escoger y dirigir su propio canto en las reuniones –tener el culto divino en sus propias manos– para permitir que Jesucristo dirija la música de su iglesia en vez de un facilitador humano.

Escuche la descripción de Pablo de una reunión de iglesia: “…cuando se reúnan, cada uno puede tener un himno…” “Anímense unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales”. Los directores de música, los coros y los equipos de adoración hacen que esto sea imposible. También limitan la dirección de Cristo; específicamente, su ministerio de guiar a sus hermanos a cantar canciones de alabanza a su Padre.

Con relación a este ministerio (muy poco conocido hoy), el escritor de Hebreos dice: “Tanto el que santifica como los que son santificados tienen un mismo origen, por lo cual Jesús no se avergüenza

de llamarlos hermanos, cuando dice: ‘Proclamaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación [ekklesia] te alabaré’”.

Cuando solamente los talentosos pueden cantar las canciones de adoración, se vuelve más un entretenimiento que adoración corporativa. Y sólo a los que “califican” se les permite participar en el ministerio de dirigir los cantos. Es un ministerio que pertenece a todo el pueblo de Dios.

Estos artistas, liderados por el ministro congregacional Eric Routley, dieron origen a un nuevo tipo de música cristiana influida por Bob Dylan y Sydney Carter. Este estilo nuevo fue difundido a EE.UU. por George Shorney Jr., de Hope Publishing Company.

Los nuevos himnos cristianos fueron una reforma, no una revolución. La revolución llegó cuando el rock and roll fue adaptado para la música cristiana con la llegada del Movimiento de Jesús (Jesús Movement). Con la aparición de Calvary Chapel y luego Vineyard, las formas de la música de los “baby boomers” habían sido incorporadas ahora a la iglesia cristiana.

Desde la llegada de la música cristiana contemporánea, han comenzado las “guerras de adoración”, que consisten en una fuerza divisiva que balcanizaron a las iglesias cristianas en “amantes de la música tradicional al estilo antiguo” vs. “amantes de la música contemporánea al estilo nuevo”. No pocas iglesias han sido divididas por la mitad sobre la forma de música a ser usada durante el culto de la iglesia.

La música contemporánea vs. la música tradicional se ha convertido en la raíz, el tallo y la rama del nuevo tribalismo sectario y cristiano que asuela a la iglesia moderna. No tengo absolutamente ningún problema con músicos talentosos que tocan para un público para animarlo, instruirlo, inspirarlo o aun entretenerlo. Sin embargo, eso no debería confundirse con el ministerio de canto de alabanza y adoración que pertenece a toda la iglesia.

Yo me reúno en iglesias donde cada miembro es libre para iniciar una canción espontáneamente. Imagínelo: ¡Cada hermano y hermana dirigiendo canciones bajo la dirección de Cristo! Aun escribiendo sus propias canciones y trayéndolas a la reunión para que todos puedan aprenderlas. Uno tras otro. Sin largas pausas. Todos participan en el canto. Cristianos comunes y corrientes. Sin ningún líder visible presente. Esta experiencia es desconocida en la iglesia institucional.

Sin embargo, está disponible para todos los que quieran experimentar la dirección de Cristo en una reunión. Además, el canto en estas congregaciones es intensamente corporativo en vez de individualista y subjetivo. Pero permítame advertirle. Una vez que haya saboreado la experiencia de tener los cantos de adoración y alabanza en sus propias manos, nunca querrá volver a pararse detrás de un banco y ser dirigido por un director de coro o un equipo de adoración. Muy probablemente ya no quiera otra cosa.

Por hermoso que sea el equipo de adoración, hay algo superior e infinitamente más rico. Ya es hora de que el ministerio de la música y el canto sea quitado del clero de segundo nivel y sea devuelto al pueblo de Dios. Sólo entonces podrán los hijos de Dios entender plenamente las palabras del salmista: “Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos, y llorábamos al acordarnos de Sión. En los álamos que había en la ciudad colgábamos nuestras arpas.

Allí, los que nos tenían cautivos nos pedían que entonáramos canciones; nuestros opresores nos pedían estar alegres; nos decían: ‘¡Cántennos un cántico de Sión!’. ¿Cómo cantar las canciones del Señor en una tierra extraña?… Cuando el Señor hizo volver a Sión a los cautivos, nos parecía estar soñando. Nuestra boca se llenó de risas; nuestra lengua, de canciones jubilosas. Hasta los otros pueblos decían: ‘El Señor ha hecho grandes cosas por ellos’”. Efesios 5:19 y Colosenses 3:16 capturan el sabor de la naturaleza corporativa del canto cristiano del primer siglo. Salmos 137:1–4; 126:1,2.

El verdadero problema no es que la iglesia sea demasiado rica, sino que se ha vuelto fuertemente institucionalizada, con una inversión aplastante en mantenimiento. Tiene las características del dinosaurio y del buque de guerra. Está cargada con una planta y un programa que supera sus medios, de forma que está absorbida en problemas de aprovisionamiento y preocupada por la supervivencia.

La inercia de la máquina es tal que las asignaciones financieras, los requisitos legales, los canales de organización, las actitudes mentales, están todas puestas en la dirección de continuar y realzar el statu quo. Si uno quiere seguir un rumbo que se sale de estos canales, entonces la mayoría de sus energías se agotarán antes de llegar a la líneas enemigas.

John A. T. Robinson

CAPÍTULO 7

Diezmos y Salarios del Clero: Puntos Sensibles en la Billetera

A diferencia de muchos, nosotros no somos de los que trafican con la palabra de Dios.

Pablo de Tarso

“¿Acaso roba el hombre a Dios? ¡Ustedes me están robando! Y todavía preguntan: ¿En qué te robamos? En los diezmos y en las ofrendas. Ustedes la nación entera están bajo gran maldición, pues es a mí a quien están robando. Traigan íntegro el diezmo para los fondos del templo, y así habrá alimento en mi casa. Pruébenme en esto dice el Señor Todopoderoso, y vean si no abro las compuertas del cielo y derramo sobre ustedes bendición hasta que sobreabunde”.

Este pasaje de Malaquías capítulo 3 parece ser el texto bíblico favorito de muchos pastores. Especialmente cuando las donaciones de la iglesia están en un punto bajo. Si usted ha pasado algún tiempo en la iglesia moderna, ha escuchado este pasaje tronando desde el púlpito muchísimas veces. A mí me lo han metido por la garganta tantas veces que he perdido la cuenta.

Veamos algunas argumentaciones que acompañan al pasaje: “Dios ha ordenado que ustedes den sus diezmos fielmente. Si ustedes no diezman, están robando a Dios Todopoderoso, y se colocan bajo una maldición.” “Repitamos juntos el ‘Credo del diezmador’, ¿les parece? ‘El diezmo es del Señor.

En verdad lo aprendimos. En fe lo creemos. En gozo lo damos. ¡El diezmo!’”. “¡Sus diezmos y ofrendas son necesarias para que la obra de Dios continúe!”. (La “obra de Dios”, por supuesto, quiere decir asalariar al cuerpo pastoral y pagar la cuenta eléctrica mensual para mantener en funcionamiento el edificio.)

¿Cuál es el resultado de este tipo de presión? El pueblo de Dios es llevado por la culpa a dar la décima parte de sus ingresos cada semana. Cuando lo hacen, sienten que lo han alegrado a Dios. Y pueden esperar que Él los bendiga económicamente. Cuando fallan, sienten que están siendo desobedientes, y una maldición financiera se cierne sobre ellos.

Pero retrocedamos unos pasos y hagamos la pregunta incisiva: “La Biblia, ¿nos enseña a diezmar? Y, ¿estamos obligados espiritualmente a financiar al pastor y a su personal?”. La respuesta a estas dos preguntas es impactante. (Si usted es un pastor, es fascinante. ¡Así que tal vez quiera sacar sus remedios para el corazón ahora!) 1 Malaquías 3:8–10.

¿Es bíblico el diezmo?

El diezmo ciertamente aparece en la Biblia. Así que sí, el diezmo es bíblico. Pero no es cristiano. El diezmo pertenece al antiguo Israel. Era, esencialmente, su impuesto a las ganancias. No encontramos que los cristianos del primer siglo hayan diezmado jamás en el Nuevo Testamento.

La mayoría de los cristianos no tiene la menor idea de lo que enseña la Biblia con relación al diezmo. Así que veámoslo. La palabra “diezmo” significa simplemente la décima parte. El Señor instituyó tres clases de diezmos para Israel como parte de su sistema de impuestos. Estos son:

Un diezmo del producto de la tierra para apoyar a los levitas, que no tenían ninguna herencia en Canaán. Un diezmo del producto de la tierra para costear las fiestas religiosas en Jerusalén. Si era muy difícil para una familia llevar el producto a Jerusalén, podía convertirlo en dinero. Un diezmo del producto de la tierra, recogido cada tres años para los levitas, huérfanos, extranjeros y viudas del lugar.

Este era el diezmo bíblico. Note que Dios ordenó a Israel dar el 23,3 % de sus ingresos cada año, en contraposición con el 10%.6 Estos diezmos consistían en productos de la tierra, es decir la semilla de la tierra, el fruto de la tierra y ganado. Era el producto de la tierra, no dinero.

Se puede ver un claro paralelo entre el sistema del diezmo de Israel y el moderno sistema impositivo de Estados Unidos. Israel estaba obligado a apoyar a sus trabajadores nacionales (sacerdotes), sus feriados (festivales) y sus pobres (extranjeros, viudas y huérfanos) mediante sus diezmos anuales.

La mayoría de los sistemas impositivos modernos cumplen el mismo propósito. Con la muerte de Jesús, todos los códigos ceremoniales, gubernamentales y religiosos que pertenecían a los judíos fueron clavados a su cruz y enterrados… para nunca más volver a condenarnos. Por esta razón, nunca vemos a los cristianos dando el diezmo en el Nuevo Testamento. ¡Así como no los vemos sacrificando cabras y toros para cubrir sus pecados!

Pablo escribe: “Antes de recibir esa circuncisión, ustedes estaban muertos en sus pecados. Sin embargo, Dios nos dio vida en unión con Cristo, al perdonarnos todos los pecados y anular la deuda que teníamos pendiente por los requisitos de la ley. Él anuló esa deuda que nos era adversa, clavándola en la cruz. Desarmó a los poderes y a las  potestades, y por medio de Cristo los humilló en público al exhibirlos en su desfile triunfal.

Así que nadie los juzgue a ustedes por lo que comen o beben, o con respecto a días de fiesta religiosa, de luna nueva o de reposo. Todo esto es una sombra de las cosas que están por venir; la realidad se halla en Cristo.

Por tanto, que nadie los critique a ustedes por lo que comen o beben, o por cuestiones tales como días de fiesta, lunas nuevas o sábados. Todo esto no es más que la sombra de lo que ha de venir, pero la verdadera realidad es Cristo”. El diezmo perteneció exclusivamente a Israel bajo la Ley.

Con relación a la mayordomía financiera, vemos que los santos del primer siglo daban con gozo según su capacidad, no por obligación ante una orden. Las donaciones, en la iglesia primitiva, eran voluntarias. Y los beneficiarios eran los pobres, los huérfanos, las viudas, los enfermos, los presos y los extranjeros.

Puedo escuchar a alguien haciendo la siguiente objeción ahora mismo: “Pero ¿y Abraham? Él vivió antes la Ley. Y lo vemos diezmando al sumo sacerdote Melquisedec. ¿No rebate esto su argumento de que el diezmo forma parte de la ley mosaica?”. No, no lo hace. En primer lugar, el diezmo de Abraham fue completamente voluntario. No fue obligatorio. Dios no lo ordenó, como hizo con el diezmo para Israel.

En segundo lugar, Abraham diezmó el botín que había logrado después de una batalla específica en la que había participado. No diezmó de sus propios ingresos corrientes ni de su propiedad. El acto de diezmar de Abraham sería algo parecido a ganar la lotería, un premio mayor o recibir una bonificación en el trabajo, y después dar el diezmo de este monto.

En tercer lugar, y lo más importante, esta fue la única vez que Abraham diezmó en sus 175 años de vida en esta tierra. No tenemos ninguna evidencia de que volviera a hacerlo. Así que, si usted desea usar a Abraham como un “texto de prueba” para sostener que los cristianos deben diezmar, ¡entonces sólo está obligado a diezmar una vez!

Esto nos lleva de vuelta al texto citado muchas veces de Malaquías 3. ¿Qué estaba diciendo Dios allí? Primeramente, este pasaje fue dirigido al antiguo Israel, cuando estaba bajo la ley mosaica. El pueblo de Dios estaba reteniendo sus diezmos y ofrendas.

Piense en lo que pasaría si una gran proporción de estadounidenses se rehusaran a pagar sus impuestos a las ganancias. La ley estadounidense lo considera como un robo. Los culpables serían castigados por haber robado al gobierno.

De igual forma, cuando Israel retenía sus diezmos (impuestos), estaba robando a Dios, Aquél que instituyó el sistema de diezmos. Así que el Señor ordenó a su pueblo que trajera Lo mismo se aplica a Jacob. Según Génesis 28:20-22, Jacob prometió diezmar al Señor. Pero, como el diezmo de Abraham, el de Jacob fue completamente voluntario. Y, hasta donde sabemos, no fue una práctica de por vida.

Si Jacob comenzó a diezmar regularmente (y esto no se puede comprobar), ¡esperó que pasaran

unos 20 años antes de comenzar! Citando a Stuart Murray, “El diezmo parece ser algo accesorio a las historias (de Abraham y Jacob) y el autor no le atribuye ningún significado teológico”.

Soy consciente de que algunos cristianos creen que es completamente legal rehusarse a pagar el impuesto a las ganancias. Sin embargo, ¡varias de estas personas están en la cárcel en este momento por seguir esta creencia!

Note el contexto de Malaquías 3:8-10. En el versículo 5, el Señor dice que juzgará a los que opriman a la viuda, el huérfano y el extranjero. Dice: “De modo que me acercaré a ustedes para juicio. Estaré presto a testificar contra los hechiceros, los adúlteros y los perjuros, contra los que explotan a sus asalariados; contra los que oprimen a las viudas y a los huérfanos, y niegan el derecho del extranjero, sin mostrarme ningún temor dice el Señor Todopoderoso”.

Las viudas, huérfanos y extranjeros eran los legítimos receptores del diezmo. Como estaba reteniendo sus diezmos, Israel era culpable de oprimir a estos tres grupos. Este es el corazón de Dios en Malaquías 3:8-10: la opresión de los pobres.

¿Cuántas veces ha escuchado usted a los predicadores señalar este punto cuando lo arengaron con Malaquías 3? De las decenas de sermones que he escuchado sobre el diezmo, jamás escuché una sola palabra acerca de lo que realmente trataba este pasaje. Es decir, que los diezmos tenían el propósito de sostener a las viudas, los huérfanos, los extranjeros y los levitas (que no eran dueños de nada). Esto es lo que la Palabra del Señor en Malaquías 3 tiene en mente.

El origen del diezmo y el salario del clero

 Cipriano (200-258 d.C.) es el primer escritor cristiano que menciona la práctica de sostener económicamente al clero. Argumentaba que el clero cristiano debía ser sostenido por el diezmo, tal como ocurría con los levitas. Pero este es un pensamiento erróneo. Hoy el sistema levítico ha sido abolido. Todos somos sacerdotes ahora. Así que, si un sacerdote exige un diezmo, ¡entonces todos los cristianos deberían darse el diezmo unos a otros!

El pedido de Cipriano era sumamente extraño para su tiempo. El pueblo cristiano no lo apoyó ni se hizo eco de él hasta mucho más tarde. Fuera de Cipriano, ningún escritor cristiano antes de Constantino usó jamás referencias al Antiguo Testamento para apoyar el diezmo. Recién en el cuarto siglo, 300 años después de Cristo, algunos líderes cristianos empezaron a apoyar el diezmo como una práctica cristiana para sostener al clero. ¡Pero no se generalizó entre los cristianos hasta el octavo siglo!

Según un erudito: “Durante los primeros setecientos años casi no se mencionó [el diezmo]”. Trazar la historia del diezmo cristiano es un ejercicio fascinante. El diezmo evolucionó desde el estado hacia la iglesia. Dar la décima parte de lo que uno producía era el arriendo habitual para las tierras en Europa Occidental. A medida que la iglesia tuvo más tierras en Europa, el 10% de arriendo fue entregado a la iglesia.

Esto dio un nuevo significado al pago del arriendo del 10%. ¡Llegó a identificarse con el diezmo levítico! Por consiguiente, el diezmo cristiano, como institución, se basó en una fusión de la práctica del Antiguo Testamento y una institución pagana.

Para el siglo VIII, el diezmo se convirtió en un requisito legal en muchas zonas de Europa Occidental. Para fines del décimo siglo, la distinción entre el diezmo como pago de arriendo y un requisito moral apoyado por el Antiguo Testamento se había esfumado.

El diezmo pasó a ser obligatorio en toda la Europa cristiana. Dicho de otra manera, antes del siglo VIII, el diezmo se practicaba como una ofrenda voluntaria. Pero para fines del siglo X se había convertido en un requisito legal para sostener a la iglesia estatal, ¡exigido por el clero y que hacían cumplir las autoridades seculares!

Afortunadamente la mayoría de las iglesias modernas han desistido del diezmo como un requisito legal. Pero la práctica del diezmo está tan viva hoy como cuando era un requisito legal. Es cierto que no será castigado físicamente por no diezmar. Pero si usted no es un diezmador en la mayoría de las iglesias modernas, será excluido de una gran cantidad de cargos ministeriales. ¡Y será cargado de culpa constantemente desde el púlpito!

En cuanto a los salarios del clero, los ministros no recibieron salarios durante los primeros tres siglos. Pero, cuando apareció Constantino, instituyó la práctica de pagar un salario fijo al clero de los fondos eclesiásticos y de los tesoros municipales e imperiales. Así nació el salario del clero, una práctica dañina que no tiene ninguna raíz en el Nuevo Testamento.

En los decretos pseudoisidorianos, los diezmos evolucionaron de pagos de alquiler para el uso de tierras eclesiásticas. El Concilio de Valencia de 855 indica que “este decreto trata del pago de diezmos como alquiler, acerca del cual algunos arrendatarios de tierras eclesiásticas parecen haber sido descuidados, y luego insta a su pago general por todos los cristianos”.

Carlomagno codificó el diezmo y lo hizo obligatorio en todo su extenso reino en 779 y 794.  La excepción a esto fue en Galia, durante el sexto siglo. El Sínodo de Tours de 567 hizo que el diezmo fuera obligatorio en la región. El Sínodo de Macon de 585 amenazó a quienes se rehusaban a diezmar con la excomunión.

Los teólogos y legisladores elaboraron los detalles del sistema de diezmos. Llamativamente, la Iglesia de Inglaterra eliminó el diezmo como un requisito legal recién en la década de 1930.  Por favor tome nota que yo creo firmemente en apoyar la obra del Señor económicamente y en dar generosamente.

La Biblia ordena ambas cosas, y el reino de Dios necesita de ambos desesperadamente. Lo que estoy atacando en este capítulo es el diezmo como una ley cristiana y para lo que se lo suele usar: los salarios del clero y los gastos fijos del edificio de iglesia. Los montanistas del segundo siglo fueron los primeros en pagar a sus líderes, pero esta práctica no se generalizó hasta que apareció Constantino.

La raíz de todos los males

Si un creyente desea diezmar por decisión o convicción personal, está perfecto. El diezmo se convierte en un problema cuando se lo presenta como un mandato de Dios, obligatorio para todo creyente.

El diezmo obligatorio equivale a opresión para los pobres. No pocos cristianos pobres han sido empujados precipitadamente a una mayor pobreza porque se les dijo que, si no diezmaban, estaban robándole a Dios. Cuando se enseña el diezmo como un mandato de Dios, los cristianos que apenas llegan a fin de mes son empujados por la culpa a una pobreza mayor. De esta manera, el diezmo hace que el evangelio deje de ser “buenas nuevas para los pobres”.

En vez de buenas noticias, pasa a ser una pesada carga. En vez de libertad, se convierte en opresión. ¡Con cuánta facilidad nos olvidamos que el diezmo original que Dios estableció para Israel era para beneficiar a los pobres, no para perjudicarlos!

Inversamente, el diezmo moderno significa buenas nuevas para los ricos. Para una persona de altos ingresos, el 10% es una suma ínfima. El diezmo, por lo tanto, aquieta la conciencia de los ricos, ya que no tiene ningún impacto significativo sobre su estilo de vida. No pocos cristianos adinerados se engañan pensando que están “obedeciendo a Dios” porque ponen un mísero 10 % de sus ingresos en el plato de ofrendas.

Pero Dios tiene una perspectiva muy diferente respecto del dar. Recuerde la parábola de la moneda de la viuda: “Jesús se detuvo a observar y vio a los ricos que echaban sus ofrendas en las alcancías del templo. También vio a una viuda pobre que echaba dos moneditas de cobre. ‘Les aseguro’, dijo, ‘que esta viuda pobre ha echado más que todos los demás. Todos ellos dieron sus ofrendas de lo que les sobraba; pero ella, de su pobreza, echó todo lo que tenía para su sustento’”.

Lamentablemente, el diezmo suele verse como una prueba determinante del discípulo. Si uno es un buen cristiano, diezmará (según se piensa). Pero esto es una aplicación falsa. El diezmo no es signo alguno de devoción cristiana. Si lo fuera, ¡todos los cristianos del primer siglo estarían condenados por falta de piedad!

La raíz persistente detrás del constante impulso para diezmar en la iglesia moderna es el salario del clero. No pocos pastores sienten que deben predicar sobre el diezmo para recordar a su congregación acerca de su obligación de apoyarlos a ellos y a sus programas. Y usan la promesa de bendición financiera o el temor a la maldición financiera para asegurarse de que los diezmos sigan ingresando.

De esta manera, el diezmo moderno es el equivalente de una lotería cristiana. Paga el diezmo, y Dios te devolverá más plata después. Rehúsate a diezmar, y Dios te castigará. Sin hablar de las complejidades que se pasan por alto del diezmo. Considere los siguientes aspectos:

¿Diezma uno sobre el bruto o el neto? ¿Cómo se aplican las exenciones impositivas? Murray detalla las complejidades ignoradas de tratar de importar el sistema bíblico del diezmo según lo practicaba el antiguo Israel a nuestra cultura actual. En un sistema de años de jubileo, días de reposo, espigueos y primicias, el diezmo tenía sentido y ayudaba a distribuir la riqueza de la nación. Hoy, suele conducir a grandes injusticias.

Según Edwin Hatch, “ninguna institución de la Edad Media ha dado origen a más errores que la institución de los diezmos”. Esta clase de pensamientos son un golpe al corazón mismo de las buenas nuevas del evangelio. Lo mismo puede decirse acerca del salario del clero. Tampoco tiene respaldo alguno en el Nuevo Testamento. De hecho, el salario del clero está a contrapelo de todo el Nuevo Pacto.

Los ancianos (pastores) del primer siglo nunca recibieron salarios. Eran hombres con una vocación terrenal. Daban al rebaño en vez de tomar de él. Asalariar a los pastores los convierte en profesionales remunerados.

Los eleva por sobre el resto del pueblo de Dios. Crea una casta clerical que convierte al cuerpo vivo de Cristo en una empresa. Dado que al pastor y su personal se les “paga” para hacer el ministerio, son profesionales pagos. El resto de la iglesia cae en un estado de dependencia pasiva.

Si cada cristiano se encontrara con el llamado que tiene de ser un sacerdote funcional en la casa del Señor (y se le permitiera ejercer ese llamado), surgiría inmediatamente la pregunta: “¿Para qué le estamos pagando a nuestro pastor?”. Pero, en la presencia de un sacerdocio pasivo, este tipo de preguntas nunca surge.

A la inversa, cuando la iglesia funciona como debería, un clero profesional se vuelve innecesario. De pronto, el pensamiento que dice: “esa es tarea del pastor” aparece como herético. En palabras sencillas, un clero profesional fomenta la ilusión tranquilizadora de que la Palabra de Dios es material clasificado (y peligroso) que sólo puede manejar expertos con credenciales.

Pero esto no es todo. Pagar al pastor lo obliga a complacer a los hombres. Lo convierte en esclavo de los hombres. Su “vale de comida” depende de cuánto le agrada a su congregación. Por lo tanto, no está libre para hablar libremente sin temor a perder algunos fuertes diezmadores. He aquí el flagelo del sistema de pastores.

Un peligro adicional del sistema de pastores pagos es que produce hombres desprovistos de toda destreza, algo que heredamos de los griegos paganos. Por esta razón, se requiere un hombre de una tremenda valentía para dejar el pastorado.

Todo el énfasis de las referencias del Nuevo Testamento a los ancianos deja en claro esto. Además, 1 Timoteo 3:7 dice que un sobreveedor debe ser bien considerado en la comunidad. La implicancia natural de esto es que se encuentra empleado regularmente en un trabajo secular.

Según Elton Trueblood: “Nuestra oportunidad para dar un gran paso yace en abrir el ministerio del cristiano común de una forma muy similar a como nuestros antecesores abrieron la lectura de la Biblia al cristiano común. Hacer esto significa, en cierto sentido, la inauguración de una nueva Reforma, mientras que en otro sentido significa la terminación lógica de la Reforma anterior, en la que las consecuencias de la posición asumida no fueron entendidas completamente ni seguidas lealmente”.

Vienen a la mente las palabras de Jesús: “¡Ay de ustedes, expertos en la ley!, porque se han adueñado de la llave del conocimiento…” (Lucas 11:52). Los griegos despreciaban el trabajo manual. Hablaban en público por una tarifa. Los rabinos judíos aprendían una destreza y no podían aceptar dinero por servicios religiosos. De esta forma, el predicador moderno ha adoptado la costumbre griega antes que la judía, que siguió Pablo, aun como cristiano.

Desgraciadamente, la mayoría del pueblo de Dios es profundamente ingenuo respecto del poder abrumador del sistema de pastores. Es un sistema sin rostro que no se cansa de masticar y escupir a sus jóvenes. Repito: nunca fue intención de Dios que existiera un pastorado profesional. No hay ningún mandato o justificación bíblicos al respecto. De hecho, es imposible defenderlo bíblicamente.

Generalmente hay ujieres que se encargan de recibir el dinero durante el culto, pasando un “plato para la colecta” entre la congregación. Esta práctica es otra invención postapostólica. Comenzó en 1662, si bien los platos y cajas para limosnas existían antes de esta fecha. El ujier surgió de la reorganización de la liturgia de la Iglesia de Inglaterra bajo la reina Isabel I (1533-1603). La tarea de los ujieres era acomodar a la gente, recolectar las ofrendas y mantener los registros de quienes comulgaban.

El antecesor del ujier fue el “portero” de la iglesia. El portero era una orden menor (clero inferior) que se remontaba al tercer siglo. Los porteros tenían la responsabilidad de supervisar el cierre y la apertura de las puertas de la iglesia, mantener el orden dentro del edificio y la dirección general de los diáconos. Los porteros fueron reemplazados por “capilleros” en Inglaterra antes y durante el período de la Reforma.48 De los capilleros salió el ujier.

Conclusión

En conclusión, el diezmo, si bien es bíblico, no es cristiano. Jesucristo no lo avaló. Los cristianos del primer siglo no lo observaron. Y, durante 300 años, el pueblo de Dios no lo practicó. ¡El diezmo no se convirtió en una práctica ampliamente aceptada entre los cristianos hasta el octavo siglo!

En el Nuevo Testamento, cada uno da según su capacidad. Los cristianos daban para ayudar a otros creyentes, además de apoyar a obreros apostólicos, permitiéndoles viajar para plantar iglesias. Uno de los testimonios más destacados de la iglesia primitiva tiene que ver con la generosidad de los cristianos hacia los pobres y necesitados. Esto fue lo que llevó a personas fuera de la iglesia, incluyendo el filósofo Galeno, a ver el poder asombroso y atractivo de la iglesia primitiva y decir: “Mirad cómo se aman unos a otros”.

El diezmo sólo se menciona cuatro veces en el Nuevo Testamento. Pero en ninguna de estas ocasiones se aplica a los cristianos. Repito: el diezmo pertenece al Antiguo Testamento, donde se necesitaba de un sistema de impuestos para apoyar a los pobres y donde había un sacerdocio especial apartado para ministrar al Señor. Con la venida de Jesucristo, ha habido un “cambio de ley”: la anterior ha sido “anulada” y convertida en obsoleta por la nueva.

Todos somos sacerdotes ahora, libres para funcionar en la casa de Dios. La Ley, el viejo sacerdocio y el diezmo han sido todos crucificados. No hay ahora ningún velo en el templo, ningún impuesto para el templo y ningún sacerdocio especial que se interponga entre Dios y el hombre. Usted, querido cristiano, ha sido liberado de la atadura del diezmo y de la obligación de apoyar un sistema clerical que no es bíblico.

Murray trata cada una de los cuatro casos detalladamente, demostrando que no son textos de prueba para el diezmo cristiano. También demuestra que, según Jesús, el diezmo está relacionado con el legalismo y el fariseísmo más que con un modelo a imitar.

La Iglesia, que incluía la masa de la población del Imperio, desde el César hasta el esclavo más insignificante, y que vivía en medio de todas sus instituciones, recibió en su regazo vastos depósitos de material extranjero del mundo y del paganismo… Si bien la antigua Grecia y Roma han caído para siempre, el espíritu del paganismo grecorromano no se extinguió. Vive aún en el corazón natural del hombre que, al día de hoy, necesita, como siempre lo ha necesitado, la regeneración del Espíritu de Dios. Vive también en muchas prácticas idólatras y supersticiosas de las iglesias griegas y romanas, contra las cuales el espíritu puro del cristianismo ha protestado instintivamente desde el principio, y seguirá protestando, hasta que todos los vestigios de la idolatría grosera y refinada sean superados externamente así como internamente, y bautizados y santificados no solamente con agua, sino también con el espíritu y el fuego del evangelio.

Philip Schaff

Señor: ¿Debo vender algo del material que produzco para pagar mis gastos fijos en la Web? “No”, fue la lacónica respuesta. ¿Y entonces cómo debo hacer? – “No debes hacer nada, sólo empieza con el trabajo y paga los gastos de tu bolsillo”.

No hay problemas, Señor, pero mi bolsillo no es ilimitado, tú lo sabes. “Sí, lo sé. Tú haz lo que te digo y olvídalo”. Esta especie de pintoresca conversación sucedió hace ya diez años. ¿Sabes qué? Jamás saqué un mísero centavo de mi salario para pagar estos gastos.

Y lo más curioso: jamás pedí un centavo a nadie, ni coloqué una cuenta para donaciones, ni me extralimité predicando sobre diezmos y ofrendas, ni tampoco salí al ruedo con aquello de que “el obrero es digno de su salario”.

Porque Dios ya me había hablado y había sido más que claro. Yo no estaba trabajando en esto para hacerme rico, ni comprar costosos yates o levantar monumentales empresas paralelas con pantalla eclesiástica. Yo estaba administrando un simple ministerio y Él, como lo anticipara siempre en su Palabra, corría con los gastos.

La manera, el cómo, con quién o quiénes, en qué momento, desde dónde y mediante qué métodos, no era asunto mío. Lo he contado porque, creo, es un modo rústico de depender del Señor en algo que es para el Señor y no pretender conducirlo según nuestros métodos, habilidades o, lo peor, nuestras ambiciones.

CAPÍTULO 8

El Bautismo y la Cena del Señor: Sacramentos Diluidos

Muchas instituciones y elementos de instituciones, considerados a veces como pertenecientes al cristianismo primitivo, pertenecen en realidad a la Edad Media.

Edwin Hatch

Se han escrito un sinnúmero de libros sobre los dos sacramentos protestantes: el bautismo y la Cena del Señor. Sin embargo, no existe nada impreso que rastree el origen de cómo los practicamos hoy. En este capítulo, veremos cuánto nos hemos alejado en la práctica del bautismo en agua y la Cena del Señor.

Diluyendo las aguas del bautismo

La mayoría de los cristianos evangélicos creen y practican el “bautismo del creyente”, en contraposición con el “bautismo de bebés”. Asimismo, la mayoría de los protestantes creen y practican el bautismo por “inmersión” en vez del bautismo por “aspersión”.

El Nuevo Testamento, así como la historia de la iglesia primitiva, apoya estas dos posiciones. El bautismo de bebés tiene su raíz en las creencias supersticiosas que se extendieron por la cultura grecorromana.

Según un erudito, “Primeramente está la superstición, que en el transcurso del segundo siglo se asoció con los Misterios, las presentaciones místicas paganas y sagradas (de los paganos), y después el establecimiento de la iglesia estatal. Las ideas supersticiosas que llegaron a asociarse con el bautismo no podían menos que producir el bautismo de bebés”.

Cipriano, un fuerte defensor del bautismo de bebés, le atribuía poderes mágicos en su capacidad de lavar el pecado. Haciéndose eco del mismo sentimiento, Graydon F. Snyder escribió que “el bautismo de bebés fue practicado cuando la matriz social y la comunidad religiosa se habían vuelto la misma cosa”.

La primera referencia verosímil al bautismo de bebés se encuentra en Ireneo (130–200). Tertuliano (160–225) fue también uno de los primeros en hablar sobre el tema, pero se oponía a él. El bautismo de bebés parece haber comenzado a principios del segundo siglo y estaba acompañado por una teología elaborada. Para el quinto siglo, el bautismo de bebés se convirtió en una práctica general que reemplazó el bautismo de adultos.

 El anabautista Menno Simons fechó “la caída de la iglesia” cuando el papa Inocencio I firmó el edicto que hizo obligatorio el bautismo de bebés, en 416. Desde un punto de vista teológico, el bautismo de bebés divorcia dos cosas que la Biblia une consistentemente: 1) la fe y el arrepentimiento, y 2) el bautismo en agua.

En 197 d.C., Tertuliano condenó el bautismo de bebés junto con el bautismo de los muertos. Pero Agustín proveyó una justificación bíblica plena de la práctica. La palabra “bautismo” en griego (baptizo) significa literalmente ‘inmersión’. Juan 3:23 no tiene mucho sentido si se practicaba la aspersión. La inmersión fue la práctica habitual de la iglesia cristiana hasta fines de la Edad Media en Occidente.

Sin embargo, en la mayoría de las iglesias modernas es habitual que el bautismo esté separado de la conversión por un tiempo considerable. Muchos cristianos fueron salvos a una edad y bautizados a una edad mucho mayor. En el primer siglo, esta práctica era desconocida.

En la iglesia primitiva, los conversos eran bautizados inmediatamente después de creer. Un erudito dice del bautismo y la conversión: “Van juntos. Quienes se arrepentían y creían la Palabra eran bautizados. Ese fue el patrón invariable, hasta donde sabemos”. Otro, escribe: “Cuando nació la Iglesia, los convertidos eran bautizados con poca o ninguna demora”.

En el primer siglo, el bautismo en agua era la confesión exterior de la fe de una persona. Pero, más que eso, era la manera en que alguien acudía al Señor en el primer siglo. Por esta razón, la confesión del bautismo está vinculada vitalmente con el ejercicio de la fe salvadora. A tal punto que los escritores del Nuevo Testamento a menudo usan la palabra “bautismo” en vez de “fe” y la relacionan con ser “salvo”.

Esto se debe al hecho de que el bautismo era la confesión inicial de fe en Cristo de los primeros cristianos. En nuestros días, la “oración del pecador” ha reemplazado el papel del agua del bautismo como la confesión de fe inicial. Se les dice a los incrédulos: “Repita esta oración conmigo, acepte a Jesús como su ‘Salvador personal’ y será salvo”. Pero en ninguna parte del Nuevo Testamento encontramos que alguna persona sea llevada a Jesús por una “oración del pecador”. Y no hay el menor indicio en la Biblia acerca de un “Salvador personal”.

En cambio, los incrédulos del primer siglo eran llevados a Jesucristo pasando por las aguas del bautismo. Si me permite decirlo de esta manera, ¡el bautismo en agua era la “oración de pecador” en el primer siglo! El bautismo acompañaba la aceptación del evangelio. Indicaba un corte completo con el pasado y una entrada plena a Cristo y su iglesia. El bautismo era simultáneamente un acto de fe y una expresión de fe.

Entonces, ¿cuándo se separó el bautismo de recibir a Cristo? Empezó a principios del segundo siglo. Ciertos cristianos influyentes enseñaban que el bautismo necesita ser precedido por un período de instrucción, oración y ayuno.9 ¡Esta tendencia se agravó en el tercer siglo, cuando los jóvenes conversos debían esperar tres años para bautizarse!

Si usted fuera un candidato al bautismo en el tercer siglo, su vida sería examinada con un peine fino. Debía demostrar que era digno del bautismo por su conducta. El bautismo se convirtió en un ritual rígido y ornamentado que adoptó muchas cosas de la cultura judía y griega, incluyendo aspectos elaborados como bendecir el agua, quitarse la ropa por completo, repetir un credo, el aceite de unción con exorcismo y dar leche y miel a la persona recién bautizada.

Se había convertido en un acto asociado con las obras en vez de estar relacionado con la fe. El legalismo que rodeaba el bautismo dio origen a un concepto aún más sorprendente: sólo el bautismo perdona los pecados. Si una persona comete un pecado después del bautismo, no puede ser perdonada. Por esta razón, demorar el bautismo se volvió bastante habitual para el cuarto siglo.

Como se creía que el bautismo producía el perdón de pecados, muchos pensaban que lo mejor era demorar el bautismo hasta que se pudieran obtener los máximos beneficios. Por lo tanto, algunas personas, como Constantino, ¡esperaron hasta su lecho de muerte para bautizarse!

La oración del pecador y un Salvador personal

Como dije antes, la “oración del pecador” terminó por reemplazar el papel bíblico del bautismo en agua. Por más que se la presente como el evangelio hoy, la “oración del pecador” es una invención muy reciente. D. L. Moody (1837-1899) fue el primero en utilizarla.

Moody usaba este “modelo” de oración para entrenar a sus colegas evangelistas. Pero no llegó a popularizarse hasta la década de 1950 con el tratado Paz con Dios, de Billy Graham, y posteriormente con Las Cuatro Leyes Espirituales, de Campus Crusade for Christ (Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo).

La costumbre de dar leche y miel fue adoptada del paganismo. El nuevo converso (“catecúmeno”, como llegó a llamarse y de donde se deriva la palabra “catecismo”) solía bautizarse un

domingo de Pascua o en Pentecostés. El jueves anterior el candidato debía bañarse. Pasaba el viernes y sábado ayunando, y luego era exorcizado por el obispo para echar fuera cualquier demonio que tuviera.

Para fines del segundo siglo, esta era una ceremonia bautismal bastante uniforme en Occidente. Gregory Dix señala que la introducción del credo en el cristianismo comienza en la primera mitad del segundo siglo, con el credo bautismal.

El credo bautismal estaba formado por una serie de tres preguntas que trataban respectivamente con las tres Personas de la Trinidad. El Concilio de Nicea, en 325 d.C., llevó el credo un paso más lejos. Éste evolucionó para convertirse en una prueba de comunión para quienes estaban dentro de la iglesia antes que una prueba de fe para quienes estaban fuera de ella.

He aquí la clásica “oración del pecador” que aparece en el tratado “Las Cuatro Leyes Espirituales”: “Señor Jesús, te necesito. Gracias por morir en la cruz por mis pecados. Te abro la puerta de mi vida y te recibo como mi Salvador y Señor. Gracias por perdonar mis pecados y por darme vida eterna. Toma control del trono de mi vida. Hazme la persona que Tú quieres que yo sea. Amén”.

En el primer siglo, el bautismo en agua era el testimonio visible que demostraba públicamente el corazón de esta oración. La frase “Salvador personal” es otra innovación moderna producto del espíritu del avivamentismo norteamericano del siglo XIX.17 Surgió a mediados del siglo XIX, para ser exacto. Pero se convirtió en una expresión popular gracias a Charles Fuller (1887-1968).

Fuller usó la frase literalmente miles de veces en su programa de radio increíblemente popular, “Old–Fashioned Revival Hour” (La hora del avivamiento a la antigua) que se transmitió en las décadas de 1940, 1950 y 1960. Su programa alcanzaba, desde Estados Unidos, cada rincón del mundo. Cuando murió, el programa era escuchado por más de 500 emisoras de todo el mundo.

Hoy, el uso de la frase “Salvador personal” está tan generalizado que parece ser bíblica. Pero considere lo absurdo de usarla. ¿Ha presentado alguna vez uno de sus amigos usando esta designación: “Este es mi ‘amigo personal’, Juan Pérez”?

Aparte del hecho de que esta frase tiene pocos puntos de contacto con la vida real, hay un problema mayor. La frase “Salvador personal” limita a Jesús a lo que nosotros consideramos como nuestra vida personal. El hecho es que Jesucristo nos salva de cada dimensión de la vida, sea personal, impersonal, interpersonal, corporativo, etc. Él es el Salvador de cada rincón, recoveco y sala del edificio.

Además, la frase “Salvador personal” refuerza el concepto de un cristianismo altamente individualista. Pero el Nuevo Testamento es completamente ajeno a una fe cristiana de “sólo Jesús y yo”. Más bien, es intensamente corporativo. El cristianismo es una vida vivida entre un Cuerpo de creyentes que conocen a Jesús en conjunto como Señor y Salvador.

Creo, y pongo mi propio testimonio como ejemplo, que esto que acaba de explicar brevemente Frank, es la base real y genuina del evangelio del Reino. Un Reino que se ha acercado, que fue, es y será un todo macizo y que la iglesia moderna ha convertido en algo individual y, por una lógica suma de carnalidades, individualista.

La Cena del Señor

Ríos de sangre han sido derramados por cristianos protestantes y católicos por igual sobre las complejidades doctrinales relacionadas con este tema. La Cena del Señor, alguna vez preciosa y viva, se convirtió en el centro del debate teológico durante siglos.

Trágicamente, pasó de ser una imagen dramática y concreta del cuerpo y sangre de Cristo a un estudio de pensamiento abstracto y metafísico. No nos vamos a ocupar de las minucias teológicas que rodean la Cena del Señor. Pero los protestantes (así como los católicos) no practican la Cena de la manera que se celebraba en el primer siglo.

Para los primitivos cristianos, era una comida festiva. Hoy, la tradición nos ha obligado a tomar la Cena en forma de un dedal de jugo de uva que apenas moja la lengua y una pequeña galleta desabrida, en una atmósfera triste y lúgubre. Se nos dice que recordemos los horrores de la muerte de nuestro Señor, y somos llamados a reflexionar sobre nuestros pecados.

Además, la tradición nos ha enseñado que tomar la Cena del Señor puede ser algo peligroso. Así que la mayoría de los cristianos contemporáneos no la tomarían ni muertos sin un clérigo ordenado presente. Todos estos elementos eran desconocidos para los primeros cristianos. Para ellos, era una comida comunitaria. El espíritu era de celebración y gozo. Y no había ningún clérigo para oficiarla. La Cena del Señor era, esencialmente, un banquete cristiano.

La comida truncada

Entonces, ¿cuándo cesó la comida completa, dejando sólo el pan y la copa? He aquí la historia. Durante el primer siglo y principios del segundo, los primeros cristianos llamaban a la Cena del Señor la “fiesta de amor”. En ese tiempo, tomaban el pan y la copa en el contexto de una comida festiva. Pero, alrededor del tiempo de Tertuliano (160-225), se empezó a separar el pan y la copa de la comida. Para fines del segundo siglo, la separación era completa.

Algunos eruditos han sostenido que los cristianos eliminaron la parte de la comida porque no querían que el Eucaristía se profanara por la participación de incrédulos. Esto podría ser parcialmente cierto. Pero es más probable que la influencia creciente del ritual religioso pagano sacara a la Cena del ambiente gozoso, terrenal y no religioso de una comida en la sala de estar de una persona. Para el cuarto siglo, ¡la fiesta de amor fue “prohibida” entre los cristianos!

“A lo largo del período del Nuevo Testamento, la Cena del Señor era una comida real compartida en los hogares de cristianos” (John Drane); “En los primeros tiempos, la Cena del Señor se realizaba durante el transcurso de una comida comunitaria. Todos traían la comida que podían, y era compartida en conjunto” (Donald Guthrie); “En Corinto, la santa comunión no era simplemente una comida simbólica como ocurre entre nosotros, sino una comida real. Por otra parte, parece claro que era una comida a la cual cada uno de los participantes traía comida” (León Morris).

En el primer y segundo siglo, la Cena del Señor parece haber sido tomada a la noche, como una comida. Hay fuentes del segundo siglo que demuestran que fue tomada sólo en domingos. En la Didaché, la Eucaristía sigue apareciendo como algo que se tomaba con la comida del ágape (fiesta de amor).

Con el abandono de la comida, las expresiones “partir el pan” y “Cena del Señor” desaparecieron. La expresión común para el ritual ahora truncado (sólo el pan y la copa) fue “la Eucaristía”. Ireneo (130-200) fue uno de los primeros en llamar al pan y la copa una “ofrenda”. Después de él, comenzó a llamarse la “ofrenda” o “sacrificio”.

La mesa de altar donde se colocaba el pan y la copa pasó a verse como un altar donde se ofrecía la víctima. La Cena ya no era un evento comunitario. Era, más bien, un ritual sacerdotal para ser presenciado a la distancia. A lo largo del siglo cuarto y quinto, hubo un sentido creciente de sobrecogimiento y temor asociado con la mesa donde se celebraba la sagrada Eucaristía. Se convirtió en un ritual sombrío. El gozo que alguna vez había formado parte de él había desaparecido.

La mística asociada con la Eucaristía se debía a la influencia de las religiones de misterio paganas. Estas religiones estaban rodeadas de misterio y superstición. Con esta influencia, los cristianos empezaron a atribuir al pan y a la copa connotaciones sagradas. Eran considerados como objetos sagrados por virtud propia.

Como la Cena del Señor se convirtió en un ritual sagrado, requería de una persona sagrada para administrarla. Aquí hace su ingreso el sacerdote para ofrecer el sacrificio de la misa. Se creía que él tenía el poder para hacer descender a Dios del cielo para confinarlo en un trozo de pan.

Alrededor del siglo X, el significado de la palabra “cuerpo” cambió en la literatura cristiana. Previamente, los escritores cristianos la usaban para referirse a una de tres cosas: 1) El cuerpo físico de Jesús, 2) la iglesia, o 3) el pan de la Eucaristía.

Escritores tan atrás como Clemente de Alejandría, Tertuliano e Hipólito (principios del tercer siglo) comenzaron a usar una terminología que hablaba de una presencia de Cristo en forma general en el pan y el vino. Pero no se hizo ningún intento, en esta etapa temprana, por sostener un realismo físico que “cambiara” al pan y el vino en carne y sangre. Más tarde, algunos escritores orientales (Cirilo, Serapio, Atanasio) introdujeron una oración al Espíritu Santo para que transforme el pan y el vino en el cuerpo y la sangre.

Pero fue Ambrosio de Milán (fines del cuarto siglo) que comenzó a localizar el poder consagrador en la recitación de las palabras de institución. Se creía que las palabras “Esto es mi cuerpo” (en latín, hoc est corpus meum) contenían el poder de transformar el pan y el vino.

Dicho sea de paso, el latín comenzó en el norte de África a fines del segundo siglo y se difundió lentamente hacia Roma hasta que pasó a ser común para fines del cuarto siglo. Este cambio se refleja también en el arte cristiano. No hay imágenes lúgubres de Jesús antes del cuarto siglo.

Esto ocurrió en el siglo noveno. Antes de esto, era al acto de tomar la Eucaristía lo que se consideraba sagrado. Pero en 830 d.C. un hombre llamado Radberto escribió el primer tratado que encaraba la Eucaristía centrándose directamente en el pan y el vino.

Todos los escritores cristianos antes de Radberto describieron lo que los cristianos estaban haciendo cuando tomaban el pan y el vino. Describían la acción de tomar los elementos. Radberto fue el primero en centrarse exclusivamente en los elementos mismos, el pan y el vino que estaban sobre la mesa de altar.

Los primeros padres de la iglesia veían a la iglesia como una comunidad de fe que se identificaba a sí misma por el partimiento el pan. Pero, para el décimo siglo, hubo un cambio en el pensamiento y el lenguaje. La palabra “cuerpo” ya no se usaba para referirse a la iglesia. Era utilizada solamente para referirse al cuerpo físico del Señor o al pan de la Eucaristía. Había sido vaciada de su otro significado: la iglesia.

Por consiguiente, la Cena del Señor quedó muy distanciada de la idea de una iglesia que se reunía para celebrar el partimiento del pan. El cambio de vocabulario reflejaba esta práctica. La Eucaristía no tenía nada que ver con la iglesia, sino que llegó a ser considerada como “sagrada” en sí misma, aun mientras permanecía sobre la mesa. Quedó envuelta en una bruma religiosa. Observada con sobrecogimiento. Tomada sombríamente por el sacerdote. Completamente alejada de la naturaleza comunitaria de la ekklesia.

Todos estos factores dieron lugar a la doctrina de la transubstanciación. En el cuarto siglo, la creencia de que el pan y el vino se transformaban en el cuerpo y la sangre literales del Señor era explícita. La transubstanciación, sin embargo, fue la doctrina que dio una explicación teológica de cómo ocurría ese cambio. (Esta doctrina fue desarrollada entre el siglo XI y el siglo XIII.)

Con la doctrina de transubstanciación, hubo un sentimiento de temor que rodeaba los elementos. El temor era tan intenso que el pueblo de Dios era renuente a aproximarse a ellos. Cuando se pronunciaban las palabras de la Eucaristía, se creía que el pan se convertía literalmente en Dios. Todo esto convertía a la Cena del Señor en un ritual sagrado realizado por personas sagradas y quitado de las manos del pueblo de Dios.

La idea medieval de que el pan y la copa eran una “ofrenda” estaba tan arraigada que aun algunos de los reformadores la sostuvieron. Si bien los modernos cristianos protestantes han descartado el concepto católico de que la Cena del Señor es un sacrificio, siguieron adoptando la práctica católica de la Cena. Observe cualquier servicio de la Cena del Señor (a menudo llamada “Santa Comunión”) en cualquier iglesia protestante y verá lo siguiente:

La Cena del Señor es un bocado de galleta (o de pan) y una copita de jugo de uva (o vino). Dista de ser una comida, igual que en la iglesia católica. – La atmósfera es sombría y lúgubre, igual que en la iglesia católica. – El pastor les dice a los asistentes que deben examinarse con relación al pecado antes de participar de los elementos, una práctica originada en Juan Calvino.

Como el sacerdote católico, muchos pastores usan su vestimenta clerical para la ocasión. Pero siempre el pastor administra la Cena y recita las palabras de institución, “Esto es mi cuerpo”, antes de distribuir los elementos entre la congregación, igual que en la iglesia católica. Con solo unos pocos ajustes menores, todo esto es catolicismo medieval de punta a punta.

Conocí a un hermano de excelente conducta, tanto en lo espiritual como en lo social, que me aseguraba que, cuando tomaba el vino de la pequeña copa en la celebración, sentía como un fuego descender por su interior hasta llegar a su estómago, donde simplemente “sentía” la necesidad de caer de rodillas.

Visto y leído lo que has visto y leído, lo que te relato te servirá para entender la capacidad y el poder que tiene nuestra mente por sobre nuestras acciones y comportamientos. Nadie censurará de ninguna manera lo que este hombre experimentaba, pero por favor, que nadie lo convierta en doctrina y lo predique.

Resumen

Por nuestra tradición hemos vaciado el verdadero significado y poder detrás del bautismo en agua. Cuando se lo entiende y practica correctamente, el bautismo en agua es la confesión de fe inicial del creyente ante los hombres, demonios, ángeles y Dios.

El bautismo es un signo visible que describe nuestra separación del mundo, nuestra muerte con Cristo, el entierro de nuestro viejo hombre, la muerte de la vieja creación y el lavamiento de la Palabra de Dios. El bautismo en agua es la forma de conversión/iniciación del Nuevo Testamento. Es idea de Dios.  Reemplazarlo por la “oración del pecador”, un invento humano, es vaciar al bautismo de su testimonio, dado por Dios.

Similarmente, la Cena del Señor, cuando se la separa de su contexto correcto de una comida completa, se convierte en un rito extraño, casi pagano. La Cena se ha vuelto un ritual vacío oficiado por un clérigo, en vez de ser una experiencia de vida compartida que disfruta la iglesia. Se ha convertido en un morboso ejercicio religioso, en vez de un festival gozoso; una rancia ceremonia individualista, en vez de un significativo evento corporativo.

En palabras de un erudito: “No cabe duda de que la Cena del Señor empezó como una comida familiar o una comida de amigos en una casa privada… pasó de ser una verdadera comida a una comida simbólica… dejó la austera simplicidad por el esplendor elaborado… la celebración de la Cena del Señor pasó de ser una función laica a una función sacerdotal.

En el Nuevo Testamento mismo, no hay ninguna indicación de que fuera el privilegio o deber especial de ninguna persona guiar a la comunidad de adoradores en la Cena del Señor”. Mediante nuestra tradición, hemos anulado la experiencia neotestamentaria del bautismo en agua y la Cena del Señor.

Ojalá usted, querido cristiano, pueda evitar las tradiciones vanas de los hombres y volver a los senderos antiguos, como clamó alguna vez el profeta: “Así dice el Señor: ‘Deténganse en los caminos y miren; pregunten por los senderos antiguos. Pregunten por el buen camino, y no se aparten de él. Así hallarán el descanso anhelado’”.

¿Andará usted por los senderos antiguos, o seguirá adhiriendo despreocupadamente a sus caras tradiciones, atascado en la vieja huella de nuestros antepasados? El clero protestante ha rescatado a la Biblia de la oscuridad de las bibliotecas papales y la ha esparcido por toda la tierra. La ha exaltado en los términos más elevados del elogio humano. La ha estudiado, comentado y explicado, al punto de torturar cada palabra, frase y expresión en el original y en las traducciones, buscando toda clase de interpretación posible. El resultado fue que el cristianismo está ahogado en la teología y la crítica: las verdades de la revelación son trefiladas, hiladas y dobladas produciendo las figuras más fantásticas que pueden idear la fantasía o lógica humanas. Se ha construido un sistema de Divinidad técnica que rivaliza con la complejidad de toda la maquinaria de la iglesia romana.

Steven Colwell

CAPÍTULO 9

Educación Cristiana: El Cráneo Henchido

¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?

Tertuliano

En la mente de la mayoría de los cristianos, la educación cristiana formal califica a una persona para hacer el trabajo del Señor. A menos que un cristiano se haya graduado de un instituto o seminario bíblico, es considerado como un paraministro. Un pseudoobrero cristiano.

Alguien menos que los peces gordos. ¿Cómo se atreve una persona así a predicar, enseñar, bautizar o administrar la Cena del Señor, si nunca ha sido entrenado formalmente para hacer tales cosas… eh? (A esto me lo han dicho, sin exagerar, como tanto nos gusta a los argentinos, por lo menos veinte veces)

La idea de que un obrero cristiano necesita asistir a un instituto o seminario bíblico para ser legítimo está espantosamente arraigada. A tal punto que, cuando una persona siente un “llamado” de Dios para su vida, está condicionada a empezar a buscar un instituto o seminario bíblico al cual asistir. (Ese es el otro punto a examinar: ¿Existe de verdad esa clase de “llamado”o todo se limita a un deseo de “estar ahí arriba” y mandar?)

Este tipo de pensamiento tiene poco que ver con la mentalidad cristiana primitiva. Los institutos y seminarios bíblicos, y aun las escuelas dominicales, estaban ausentes por completo en la iglesia primitiva. Son todas invenciones humanas que aparecieron cientos de años después que los apóstoles dejaran la escena humana.

Entonces, ¿Cómo eran entrenados los obreros cristianos durante el primer siglo, si no asistían a una escuela religiosa? A diferencia del entrenamiento ministerial de hoy, el del primer siglo era práctico, más que académico. Era el entrenamiento de un aprendiz más que de un intelectual. Apuntaba principalmente al espíritu, y no al lóbulo frontal.

En el primer siglo, los que eran llamados a la obra del Señor eran entrenados de dos maneras: (1) Aprendían las lecciones esenciales del ministerio cristiano viviendo una vida compartida con un grupo de cristianos. En otras palabras, eran entrenados experimentando la vida de iglesia como no líderes. 2) Aprendían la obra del Señor bajo la tutela de un obrero mayor y experimentado.

Comentando acerca de la iglesia del primer siglo, el puritano John Owen dijo: “Cada iglesia era entonces un seminario, donde se hacía provisión y preparación…”. Haciéndose eco de estas palabras, R. Paul Stevens dice: “La mejor estructura para equipar a cada cristiano ya existe. Precede al seminario y al curso de fin de semana, y sobrevivirá a ambos.

En el Nuevo Testamento no se ofrecía ningún otro cuidado y equipamiento que la iglesia local. En la iglesia del Nuevo Testamento, como en el ministerio de Jesús, la gente  aprendía en el crisol de la vida, en un contexto de relación, de vida, de trabajo y de ministración”.

En marcado contraste, la capacitación ministerial moderna se puede describir por la palabrería religiosa de los miserables consoladores de Job: racional, objetiva y abstracta. No es ni práctica, ni experiencial, ni espiritual, como debería ser.

El verdadero método mediante el cual los obreros cristianos eran entrenados en el primer siglo está más allá del alcance de este libro. Sin embargo, hay varios libros que han tratado este tema. En este capítulo, examinaremos el origen del seminario, el instituto bíblico y la escuela dominical. También rastrearemos la historia del pastor de jóvenes. Y veremos cómo cada uno se opone a la forma de Cristo, porque todos están basados en el sistema educativo del mundo.

Cuatro etapas de educación teológica

A lo largo de la historia de la iglesia hubo cuatro etapas de educación teológica. Estas son: episcopal, monástica, escolástica y pastoral. Examinemos brevemente cada una: Episcopal: La teología en la era patrística (del tercer al quinto siglo) fue llamada “episcopal”, porque los principales teólogos de ese tiempo eran obispos. Se caracterizaba por la capacitación de obispos y sacerdotes en cómo realizar los diversos ritos y liturgias de la iglesia.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     Agustín fue una de estas personas. Un grupo de clérigos se reunió alrededor de él en el quinto siglo para la capacitación. Las escuelas episcopales no asumieron un carácter académico para capacitar al clero hasta el sexto siglo. Anteriormente, los candidatos a sacerdotes aprendían bajo la dirección de sus obispos cómo realizar ritos y llevar a cabo liturgias.  

Monástica: La etapa monástica de la educación teológica estuvo vinculada con la vida ascética y mística. Fue enseñada por monjes que vivían en comunidades monásticas (y más tarde en escuelas de catedrales). Las escuelas monásticas fueron fundadas en el tercer siglo. Estas escuelas enviaron misioneros a territorios inexplorados después del cuarto siglo.

Durante esta etapa, los padres de la iglesia oriental estuvieron imbuidos del pensamiento platónico. Sostenían el punto de vista erróneo de que Platón y Aristóteles eran maestros que llevaban a los hombres a Cristo. Pero la fuerte dependencia de los padres de la iglesia oriental de estos filósofos paganos diluyó severamente la fe cristiana.

No tuvieron la intención de desviar a la gente. Sucedió simplemente por aceptar una corriente contaminada. Dado que muchos de los padres de la iglesia habían sido filósofos y oradores paganos antes de su conversión, la fe cristiana pronto empezó a tomar un sesgo filosófico.

Justino Mártir (100-165), uno de los maestros cristianos más influyentes del segundo siglo, “usaba el atuendo de un filósofo”.11 Él creía que la filosofía era la revelación de Dios a los griegos. Decía que Sócrates, Platón y los demás tenían la misma importancia para los gentiles que Moisés para los judíos.

Después de 200 d.C., Alejandría se convirtió en la capital intelectual del mundo cristiano, como lo había sido para los griegos. Allí se formó una escuela especial en 180 d.C.13 Esta escuela era el equivalente de una universidad teológica.

En Alejandría tenemos el comienzo del estudio institucional de la doctrina cristiana. Orígenes (185-254), uno de los primeros maestros de la escuela, fue influenciado profundamente por la filosofía pagana. Fue el primero en organizar conceptos teológicos clave en forma de teología sistemática.

Antes del siglo XII, la única educación en Occidente era provista por escuelas monásticas y de catedrales. En su libro Ascension and Ecclesia (Eerdmans, 1999), Douglas Farrow muestra cómo el pensamiento griego se apoderó de la teología a través de Orígenes y luego Agustín, y cómo afectó inevitablemente muchas áreas de la vida de la iglesia.

                                                                                                                                                                                      

Acerca de este período, Will Durant ha observado: “La brecha entre la filosofía y la religión se estaba cerrando, y la razón aceptó ser, durante mil años, la criada de la teología”.18 Edwin Hatch se hace eco de estos pensamientos al decir: “Un siglo y medio después que el cristianismo y la filosofía entraran en contacto estrecho por primera vez, las ideas y los métodos de la filosofía habían fluido tan fuertemente hacia el cristianismo, y habían ocupado una parte tan grande de él, que lo convirtieron en una filosofía tanto como una religión”.

Luego del tiempo de Orígenes, a mediados del tercer siglo, las escuelas cristianas desaparecieron. La educación teológica volvió a la forma “episcopal”. Los obispos eran entrenados a través del contacto personal con otros obispos. La quintaesencia de la enseñanza clerical durante este tiempo era el estudio de la teología pastoral de Gregorio Magno (540-604).21 Gregorio enseñó a los obispos a ser buenos pastores.

 A mediados del siglo octavo, se fundaron escuelas para obispos. En el siglo X, las catedrales comenzaron a patrocinar sus propias escuelas. Escolástica: La tercera etapa de la educación teológica debe mucho a la cultura de la universidad. Para el año 1200, varias escuelas de catedrales se convirtieron en universidades. La universidad de Bolonia en Italia fue la primera en aparecer. La universidad de París vino poco después, seguida por la de Oxford.

La universidad de París se convirtió en el centro filosófico y teológico del mundo de ese tiempo. (Más adelante se convertiría en la semilla del seminario protestante.) La educación superior era el dominio del clero. Y el erudito era considerado como el custodio de la antigua sabiduría. La universidad moderna surgió de la responsabilidad de los obispos de proveer capacitación clerical.

La teología era considerada como la “Reina de las Ciencias” en la universidad. Desde mediados del siglo XII a fines del siglo XIV, se crearon 71 universidades en Europa. La teología moderna se formó entre las abstracciones de la filosofía griega. Los profesores universitarios adoptaron un modelo de pensamiento aristotélico que apuntaba al conocimiento racional y a la lógica.

El énfasis dominante de la teología escolástica era la asimilación y comunicación de conocimiento. (Por esta razón, al pensamiento occidental siempre le han gustado las formulaciones de credos, las declaraciones doctrinales y demás abstracciones exangües.) Uno de los profesores que más influyeron en dar forma a la teología moderna fue Pedro Abelardo (1079-1142). Abelardo fue responsable en parte de darnos la “teología moderna”. Su enseñanza puso la mesa y preparó el menú para filósofos escolásticos como Tomás de Aquino (1225-1274).

La escuela de París, caracterizada por Abelardo, surgió como el modelo a seguir de todas las universidades. Abelardo aplicó la lógica aristotélica a la verdad revelada. También dio a la palabra “teología” el significado que tiene hoy. (Antes de él, esta palabra se utilizaba solamente para describir las creencias paganas.)

Siguiendo a Aristóteles, Abelardo dominó el arte filosófico pagano de la “dialéctica” – la discusión lógica de la verdad– y aplicó este arte a la Biblia. La educación teológica cristiana nunca se recuperó de la influencia de Abelardo. Atenas aún permanece en su corriente sanguínea Tanto Aristóteles como Abelardo y Tomás de Aquino creían que la razón era la puerta de entrada a la verdad divina. Así que, desde su inicio, la educación universitaria occidental involucró la fusión de elementos paganos y cristianos.

Martín Lutero estaba en lo correcto cuando dijo: “¿Qué son las universidades más que lugares para entrenar a la juventud en la gloria griega?”. Si bien Lutero mismo era un hombre de universidad, su crítica apuntaba a la enseñanza de la lógica aristotélica en el nivel universitario.

Seminarista: La teología del seminario surgió de la teología “escolástica” que se enseñaba en las universidades. Como hemos visto, esta teología estaba basada en el sistema filosófico de Aristóteles.40 La teología del seminario estaba dedicada a la capacitación de ministros profesionales. Su meta era producir especialistas religiosos capacitados en el seminario. Enseñaba la teología, no de los primeros obispos, monjes o profesores, sino del ministro profesionalmente “calificado”. Esta es la teología que predomina en el seminario moderno.

Uno de los mayores teólogos de este siglo, Karl Barth, reaccionó contra la idea de que la educación teológica debía ser relegada a una clase de elite de oradores profesionales. Escribió: “La teología no es un coto de caza privado de los teólogos. No es un asunto privado de los profesores… Ni es un asunto privado de los pastores…La teología es un asunto para la iglesia…

El término ‘laico’ es uno de los peores en el vocabulario de la religión y debería ser desterrado de la conversación cristiana”. Con relación al seminario, podemos decir que Pedro Abelardo puso el huevo y Tomás de Aquino lo empolló. Por encima de cualquier otra figura, Tomás de Aquino ha tenido la mayor influencia sobre la moderna capacitación teológica. En 1879, su obra fue refrendada por una bula papal como una auténtica expresión de doctrina que debía ser estudiada por todos los estudiantes de teología.

La tesis principal de Tomás de Aquino era que Dios puede ser conocido a través de la razón. Tomó esta idea de Aristóteles. Hoy, protestantes y católicos por igual se sirven del trabajo de Tomás de Aquino, utilizando su bosquejo para sus estudios teológicos. Su obra cumbre, Summa Theologica (La suma de toda teología) es el modelo que se usa en prácticamente todas las clases teológicas hoy, sean protestantes o católicas. Considere el orden en que se presenta la teología de Tomás de Aquino:

Dios

La Trinidad

La creación

Los ángeles

El hombre

El gobierno divino (la salvación, etc.)

El fin último

Más tarde en su vida, Tomás de Aquino tuvo una experiencia espiritual con el Señor. Fue más allá de su intelecto, a su espíritu. La experiencia fue tan profunda que declaró: “Todo lo que hasta ahora he escrito me parece nada más que paja… comparado con lo que se me ha revelado”. Luego de esta experiencia de Cristo, Tomás de Aquino abandonó toda su voluminosa escritura. Su gigantesca Summa Theologica nunca se completó. Dejó la pluma el 6 de diciembre de 1273 diciendo: “Y ahora espero el fin de mi vida”. Ahora compare este bosquejo con un típico texto de teología sistemática usado en seminarios protestantes:

Dios

La unidad y la Trinidad

La creación

Angelología

El origen y el carácter del hombre

Soteriología (la salvación, etc.)

Escatología: El estado final

Sin duda, Tomás de Aquino es el padre de la teología moderna. Su influencia fue introducida en los seminarios protestantes a través de la escolástica protestante. La tragedia es que Aquino bautizó a Aristóteles, usando el sistema de trozado lógico del filósofo pagano para explicar las Sagradas Escrituras. Tomás de Aquino también cita a otro filósofo pagano abundantemente a lo largo de su Summa Theologica.

Por lo tanto, la teología moderna es una combinación de pensamiento cristiano y filosofía pagana. Así que tenemos cuatro etapas de educación teológica: episcopal, la teología de los obispos, monástica, la teología de los monjes, escolástica, la teología del profesor, y seminarista, la teología del ministro profesional.

Cada etapa de la educación cristiana es y siempre ha sido altamente intelectual y centrada en el estudio. Como dijo un erudito: “No importa si una escuela era monástica, episcopal, o presbiterial, nunca separaba la enseñanza de la educación religiosa, de la instrucción del dogma y la moral eclesiástica. El cristianismo era una religión intelectual…”

Como productos de la Reforma, se nos enseña a ser racionalistas (y muy teóricos) en nuestro enfoque de la fe cristiana. Todo texto estándar de teología sistemática protestante sigue el mismo modelo, derivado en su totalidad de Tomás de Aquino. El sistema teológico de Tomás de Aquino continúa reforzándose. Por ejemplo, la mayoría de los seminarios protestantes de Estados Unidos y Europa siguen lo que se conoce como el Modelo de Berlín de educación teológica.

Este modelo empezó en Berlín, en 1800. Fue un subproducto del racionalismo iluminado que convirtió a la teología en un ejercicio cerebral. La mayoría de los seminarios modernos usan este modelo hoy. Francis Turetin (reformado) y Martin Chemnitz (luterano) fueron los dos principales escolásticos protestantes.

Tomás de Aquino cita a Pseudo–Dionisio, un neoplatónico, más de cien veces en su Summa Theologica. Sin duda consideraba que el Dionisio que citaba era el hombre que Pablo convirtió a Cristo cuando estuvo en Atenas (Hechos 17:34). Sin embargo, no lo era. Pseudo–Dionisio fue un neoplatónico que vivió mucho más tarde que Dionisio el areopagita.

Una quinta vertiente de teología, la “teología laica” o una “teología para la totalidad del pueblo de Dios” está siendo propugnada por algunos eruditos contemporáneos… La excepción tal vez sea la forma “monástica”. Algunas escuelas monásticas estudiaban los escritos de los místicos cristianos junto con Aristóteles y Platón.

Considere la siguiente cita: “Cristo no designó profesores, sino seguidores. Si el cristianismo… no se reduplica en la vida de la persona que lo expone, entonces no expone el cristianismo, porque el cristianismo es un mensaje acerca del vivir, y sólo puede ser expuesto siendo realizado en las vidas de los hombres” (Soren Kierkegaard).

Los primeros seminarios

Durante la Edad Meda, la educación clerical fue mínima. En el tiempo de la Reforma, muchos pastores protestantes que se habían convertido del catolicismo romano no tenían ninguna experiencia en la predicación. Carecían de capacitación y educación.

Sin embargo, al avanzar la Reforma, se tomaron medidas para que los pastores que no habían recibido educación pudieran asistir a escuelas y universidades. Los ministros protestantes no fueron capacitados en la oratoria. En cambio, fueron capacitados en exégesis y teología bíblica. Se suponía que, si sabían teología, podrían predicar. (¡Esto explica los largos sermones del siglo XVI que a menudo duraban dos o tres horas!).

Este tipo de capacitación teológica produjo una “nueva profesión”: el pastor capacitado teológicamente. Los pastores educados ahora ejercían una tremenda influencia, con títulos de doctor en teología o títulos académicos menores que les daban prestigio. Para mediados del siglo XVI, la mayoría de los ministros protestantes habían sido capacitados en la universidad de alguna forma.

Así que, desde su inicio, el protestantismo promovió una buena educación que se convirtió en la columna vertebral del movimiento. En todos los países protestantes, los clérigos serían los ciudadanos de mejor educación. Y usaron su educación para ejercer su autoridad. Mientras los ministros protestantes estaban aguzando su conocimiento teológico, casi una cuarta parte de los clérigos católicos carecía de capacitación universitaria.

La iglesia católica reaccionó a esta situación en el Concilio de Trento (1545-1563). Para que la iglesia pudiera combatir la nueva Reforma protestante, debía educar mejor a su clero. ¿La solución? ¡La fundación de los primeros seminarios!

Los católicos querían que sus sacerdotes igualaran a los pastores protestantes en conocimiento y devoción. Por lo tanto, el Concilio de Trento exigió que todas las catedrales e iglesias importantes “mantuvieran, para educarlos religiosamente, y para entrenarlos en la disciplina eclesiástica, cierta cantidad de jóvenes de su ciudad y diócesis”. Así que podemos atribuir la fundación del seminario a los católicos de fines del siglo XVI.

El primer seminario protestante está envuelto en la oscuridad. Pero la mejor evidencia indica que los protestantes copiaron el modelo católico y establecieron su primer seminario en Norteamérica. Fue en Andover, Massachussets, en 1808.

Juan Calvino estableció la Academia de Ginebra en 1559. Pero ésta no era técnicamente un seminario. Si bien fue utilizada para capacitar a teólogos, no fue concebida originalmente como una escuela teológica. Daba una educación total también a los que no eran cristianos.

La educación cristiana en Estados Unidos fue tan aristotélica y altamente sistematizada como lo fue en su mejor momento en Europa. Para el año 1860, había un total de 60 seminarios protestantes en tierra norteamericana. Este crecimiento acelerado se debe en gran parte al ingreso de los conversos producto del Segundo Gran Despertar (1800-1835) y la necesidad percibida de capacitar a ministros para atenderlos.

Antes de la fundación del Seminario de Andover, los protestantes contaban con Yale (1701) y Harvard (1636) para capacitar a su clero. Se otorgaba la ordenación al completar un examen formal al graduarse. Pero, con el tiempo, estas universidades adoptaron el unitarianismio y rechazaron las creencias cristianas ortodoxas. Los protestantes ya no confiaban en una educación de grado en Yale y Harvard, así que crearon sus propios seminarios para hacer la tarea ellos mismos.

La universidad bíblica

La universidad bíblica es esencialmente una invención evangélica norteamericana del siglo XIX. Es una cruza entre un instituto bíblico (centro de capacitación) y una escuela de artes liberales cristiana. Sus estudiantes se especializan en religión y son capacitados para el servicio cristiano. Los fundadores de las primeras universidades bíblicas fueron influenciados por los pastores de Londres H. G. Guinness (1835-1910) y Charles Spurgeon (1834-1892).

Como respuesta al avivamentismo de D. L. Moody (1837-1899), el movimiento de universidades bíblicas proliferó a fines del siglo XIX y principios del XX. Las primeras dos universidades bíblicas fueron The Missionary Training Institute (Nyack College, Nueva York), en 1882, y Moody Bible Institute (Chicago), en 1886.

Se centraban en capacitar a personas laicas comunes para convertirse en obreros cristianos “de tiempo completo”. ¿Qué llevó a la fundación de la universidad bíblica? Desde mediados del siglo XIX, se

había prestado poca atención a los valores cristianos tradicionales como una parte integral de la educación superior. La teología liberal empezó a dominar las universidades estatales en toda Norteamérica.

Ante esta situación, la demanda de misioneros, líderes paraeclesiásticos y ministros llevó a la creación de la universidad bíblica para equipar a los clérigos. Es interesante que Teodoro Beza (la mano derecha de Calvino) rastreó el linaje escolástico de la Academia de Ginebra a los griegos, que a su vez recibieron su “filosofía verdadera” de los egipcios. Se sostenía que esto era muy bueno porque Moisés había sido educado en toda la sabiduría de los egipcios.

La educación en seminarios de Estados Unidos estuvo dominada también por la filosofía del “sentido común” escocés de Thomas Reid. Más tarde, los seminarios liberales llegaron a preferir a G. F. W. Hegel, mientras que los seminarios conservadores siguieron con Reid.

Allí supuestamente ingresaban los supuestamente “llamados” a ser capacitados con una educación bíblica. Hoy hay más de 400 escuelas y universidades bíblicas en Estados Unidos y Canadá.70 En resumen, la universidad bíblica es una “versión reducida” del seminario.

La escuela dominical

La escuela dominical es también una invención relativamente moderna, ya que nació unos 1700 años después de Cristo. Se le atribuye a un editor de periódico llamado Robert Raikes (1736-1811) de Gran Bretaña ser el fundador de la escuela dominical. (¡Ya sabía yo que ser maestro de escuela dominical era algo que tenía que ver más con el periodismo secular que con el Señor!)

En 1780, Raikes estableció una escuela en Sooty Alley, en Gloucester (Inglaterra), para niños pobres. Raikes no fundó la escuela dominical con el propósito de dar instrucción religiosa. Más bien, la fundó para enseñar a los niños pobres los aspectos básicos de la educación.

Raikes estaba preocupado por el bajo nivel de alfabetización y moralidad entre los niños comunes. Muchos de los niños que asistían a su escuela eran víctimas de abuso social y de los empleadores. Como no podían leer, les resultaba fácil a otros aprovecharse de ellos.

La década de 1780 fue una década de innovación. La máquina de vapor fue el principal símbolo del progreso. La escuela dominical nació en ese ambiente. Si bien Raikes era un laico anglicano, la escuela dominical echó a andar como un fuego descontrolado, extendiéndose a las iglesias bautistas, congregacionales y metodistas de toda Inglaterra.

El movimiento de la escuela dominical alcanzó su cumbre cuando llegó a Estados Unidos. La primera escuela dominical de Norteamérica comenzó en Virginia, en 1785. Luego, en 1790, un grupo de Filadelfia formó la Sociedad de Escuelas Dominicales. Su propósito era brindar educación a niños indigentes para sacarlos de las calles los domingos.

En los siglos XVIII y XIX, muchas escuelas dominicales operaban separadamente de las iglesias. La razón: ¡Los pastores pensaban que los laicos no podían enseñar la Biblia! A mediados del siglo XIX, las escuelas dominicales se extendieron a lo largo y a lo ancho de Norteamérica. En 1810, la escuela dominical comenzó a cambiar de ser un esfuerzo filantrópico para ayudar a niños pobres a un mecanismo evangélico.

La escuela dominical creció como parte del Avivamiento Evangélico de las décadas de 1780 y 1790 (Religion and Respectability, p. 61). Cuando Raikes murió, en 1811, había unos 400.000 niños asistiendo a escuelas dominicales en Gran Bretaña.

Se le atribuye a D. L. Moody el haber popularizado la escuela dominical en Norteamérica. Bajo la influencia de Moody, la escuela dominical se convirtió en el principal centro de reclutamiento de la iglesia moderna. Hoy, la escuela dominical se usa tanto para reclutar a nuevos conversos como para capacitar a niños pequeños en la doctrinas de la fe.

La educación pública ha asumido la función original para la que fue diseñada la escuela dominical. Debe señalarse que el siglo XIX fue un tiempo de creación de instituciones en Norteamérica. En este tiempo se formaron corporaciones, hospitales, asilos y prisiones, así como instituciones para niños como orfanatos, reformatorios y escuelas públicas gratuitas.

La escuela dominical fue sólo una institución más surgida del furor norteamericano de crear instituciones. Hoy es un componente permanente de la iglesia institucional. Vista como un todo, la moderna escuela dominical simplemente no es una institución eficaz. Durante las últimas dos décadas, la asistencia a la escuela dominical ha ido declinando.

Los estudios demuestran que la escuela dominical en realidad tiene poco éxito en cambiar el comportamiento de los jóvenes. Si se dijera la verdad, la mayoría de los niños considera a la escuela dominical como algo aburrido e irrelevante. La escuela dominical es un dinosaurio pasado de maduro, listo para la extinción. Es una tradición humana más de la que pensamos que no podemos prescindir. (Total y absolutamente de acuerdo. Lo he visto con mis propios ojos)

Pero si volviéramos a la iglesia del estilo del primer siglo, estaríamos abiertos a un montón de maneras creativas de enseñar y animar a nuestros hijos en un contexto corporativo. Y descubriríamos nuevamente que tenemos un Dios de una variedad infinita y no de una insípida monotonía. Al describir la forma de la iglesia primitiva, un erudito dice: “No hay ninguna evidencia que sugiera que los maestros dividieran a los grupos en base a la edad y el sexo.

La responsabilidad de la primera educación del niño, y específicamente la educación religiosa estaba en los padres… No parece haber habido ningún arreglo especial para los niños en la iglesia primitiva. La escuela cristiana estaba muy lejos (alrededor de 372 d.C.); la escuela dominical, mucho más”.

El pastor de jóvenes

En nuestra búsqueda de los orígenes de la escuela dominical, hagamos un desvío para desenterrar las difusas raíces del “pastor de jóvenes”.87 En 1905, G. Stanley Hall popularizó el concepto de “adolescente” como algo distinto de un joven adulto y un niño mayor. Luego, en la década de 1940, nació el término “teenager”. Y, por primera vez, se creó una subcultura juvenil distinta. Las personas de entre trece y diecinueve años ya no eran simplemente “jóvenes”. Ahora eran “teenagers” (adolescentes).

Después de la Segunda Guerra Mundial (de 1945 en adelante), los estadounidenses desarrollaron una gran preocupación por los jóvenes de su país, que se introdujo también en la iglesia cristiana. Concentraciones de jóvenes en la década de 1930 que operaban bajo el estandarte de “Youth For Christ” (Juventud para Cristo) dieron origen a una organización para eclesiástica homónima alrededor del año 1945.

Con el influjo de estas nuevas criaturas llamadas “teenagers” o adolescentes, surgió la idea de que debía emplearse a una persona para trabajar con ellos. Así nació el ministro de jóvenes profesional. El pastor de jóvenes comenzó a aparecer en las grandes iglesias urbanas en la década de 1930 y 1940. Después pasó a los suburbios en la década de 1960.

Calvary Baptist Church, en Manhattan, tuvo uno de los primeros pastores juveniles. Moody Monthly Magazine lo menciona a fines de la década de 1930.92 Desde mediados de la década de 1950 hasta fines de la década de 1960, el pastor de jóvenes se convirtió en una parte fija de las iglesias evangélicas. (La posición tardó algo más en desarrollarse en las denominaciones mayoritarias.)

Para principios de la década de 1950, miles de pastores de jóvenes profesionales surgieron para suplir las necesidades espirituales de los jóvenes. Los adolescentes tenían su propia música, ropa, literatura, lenguaje y etiqueta. El adolescente era considerado como una entidad aparte, con necesidades distintas. Por lo tanto, la iglesia cristiana empezó a segregar a los adolescentes de todos los demás.

La mayoría de los ministros de jóvenes trabajaban para las emergentes organizaciones para eclesiásticas que cubrieron el paisaje cristiano. Pero, desde mediados de la década de 1970 hasta fines de la década de 1980, el ministerio juvenil pasó de las organizaciones para eclesiásticas a las iglesias institucionales. El pastor de jóvenes profesional convirtió al obrero juvenil voluntario en un ciudadano de segunda clase.

Con todo, el moderno pastor de jóvenes es hijo del pastor moderno. (Y también suele ser mayoritariamente el hijo del pastor principal de la iglesia) Forma parte del clero profesional. Está basado en la elección errada de la iglesia moderna de seguir divisiones que nacieron en la cultura secular menos de un siglo atrás. A saber, la división entre el adolescente y todos los demás. Para decirlo de otra manera, el pastor de jóvenes no existió hasta que creamos una categoría separada llamada “adolescente”. Al hacerlo, creamos un problema que nunca antes había existido.

Es decir, el problema de qué hacer para (y con) los jóvenes. No difiere en nada del problema que creamos cuando se inventó una nueva clase de cristianos: los “laicos”. La pregunta “¿Cómo equipamos a los laicos?” nunca se había hecho antes de convertirlos en una clase de cristianos aparte. Hoy, el pastor juvenil es un componente tan permanente de la iglesia organizada como el pastor. Ambos carecen de raíces en la Biblia.

El corazón del problema

Tanto Platón como Sócrates enseñaban que el conocimiento es virtud. La bondad depende del alcance del conocimiento de una persona. De ahí que la enseñanza del conocimiento es la enseñanza de la virtud.

 He aquí la raíz y el tallo de la moderna educación cristiana. Está construida sobre la idea platónica de que conocimiento y espiritualidad son la misma cosa. Ahí yace el gran error. Los filósofos griegos Platón y Aristóteles (ambos alumnos de Sócrates) son los padres de la moderna educación cristiana.

Para emplear una metáfora bíblica, la moderna educación cristiana, sea en un seminario o en una universidad bíblica, está sirviendo comida del árbol equivocado, el árbol del conocimiento del bien y del mal, en vez del árbol de vida.

La moderna enseñanza teológica es esencialmente cerebral. Se la puede llamar “pedagogía líquida”. Abrimos las cabezas de las personas, echamos una taza o dos de información, y las volvemos a cerrar. Tienen la información, así que concluimos, erróneamente, que el trabajo está completo.

La enseñanza teológica moderna es una educación de transferencia de datos. Va de cuaderno a cuaderno. Durante este proceso, nuestra teología nunca desciende más allá del cuello. Si un estudiante repite como un loro y con exactitud las ideas de su profesor, se le otorga un título. Y esto significa mucho en un tiempo en que muchos cristianos están obsesionados con los títulos teológicos (deificándolos a veces) al analizar quién está calificado para ministrar.

El conocimiento teológico, sin embargo, no prepara a una persona para el ministerio. Esto no quiere decir que el conocimiento del mundo, la historia de la iglesia, la teología, la filosofía y la Biblia carezcan de valor. Este conocimiento puede ser muy útil. Pero no es esencial. La capacidad teológica y un agudo intelecto no califican a una persona para servir en la casa de Dios.

La falacia está en que los hombres y mujeres que se han matriculado en un seminario o universidad bíblica sean considerados inmediatamente como “calificados”. Los demás son considerados como “no calificados”. Según esta norma, muchas de los mejores vasos del Señor habrían fallado la prueba.

Además, la capacitación teológica formal está muy sobreestimada. Según el studio Faith Communities Today (FACT) publicado por Hartford Seminary, en Connecticut, los graduados de seminarios y clérigos con títulos avanzados tuvieron calificaciones menores, tanto en el manejo de conflictos como en tener un “claro sentido de propósito”, que los que no se habían graduado de un seminario.

La encuesta demostró que los clérigos sin ninguna educación ministerial o un programa de certificado formal tuvieron mayor puntaje en las pruebas que revelaron cómo uno maneja el conflicto y el estrés. Los graduados de universidades bíblicas alcanzaron un puntaje levemente menor. ¡Los graduados de seminarios obtuvieron los menores puntajes!

La conclusión principal del estudio fue que “las congregaciones con líderes que tienen una educación de seminario tiene, como grupo, una probabilidad mucho mayor de informar que en sus congregaciones perciben menor claridad de propósito, más y diferentes tipos de conflicto, menos comunicación de persona a persona, menos confianza en el futuro y más amenazas ante cambios en la adoración”.

Tenga en cuenta que Josef Stalin asistió al Seminario Teológico de Tiflis entre los 14 y 19 años. Paulo de Tarso contaba con una educación esmerada, y fue vital para la extensión del cristianismo primitivo, pero antes, ¿Qué había sido? Pedro, por otra parte, no era una persona con educación. Jesús y los doce apóstoles eran todos hombres sin educación: “Los judíos se admiraban y decían: ‘¿De dónde sacó éste [Jesús] tantos conocimientos sin haber estudiado?’” (Juan 7.15); “Los gobernantes, al ver la osadía con que hablaban Pedro y Juan, y al darse cuenta de que eran gente sin estudios ni preparación,

quedaron asombrados y reconocieron que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13).

Algunos destacados cristianos usados por Dios que nunca recibieron una capacitación teológica formal fueron A. W. Tozer, G. Campbell Morgan, John Bunyan, C. H. Spurgeon, D. L. Moody y A. W. Pink. Además, algunos de los mayores expositores de la Biblia a través de la historia de la iglesia, como Watchman Nee, Stephen Kaung y T. Austin-Sparks, no fueron capacitados en seminarios.

Este estudio se basó en más de 14.000 congregaciones de 41 denominaciones y “grupos de fe” diferentes. Usó 26 encuestas diferentes. El estudio FACT es considerado como la mirada más integral de la religión de EE.UU.

Todo esto indica que una persona que se gradúa de un seminario o universidad bíblica cargada de teoría no ha recibido ninguna experiencia práctica en el crisol de la vida de iglesia. En este sentido, el seminario es intelectualmente incapacitante en algunos niveles bastante básicos.

Aun peor es el elitismo que promueve el sistema del seminario. El enfoque de los seminarios es autorreferencial. Fija sus propios criterios en cuanto a quién puede jugar y en qué términos. Luego mira por encima del hombro a los que no piensan que esos criterios sean particularmente útiles o importantes.

Pero tal vez el problema más dañino del seminario y la universidad bíblica es que perpetúa el sistema clerical incapacitante, antibíblico y creado por el hombre. Este sistema, junto con todas las demás tradiciones humanas anacrónicas que he mencionado es este libro, está protegido, es mantenido vivo y es difundido a través de nuestras escuelas ministeriales.

En el seminario y la universidad bíblica, los profesores y pastores por igual justifican ilegítimamente la existencia de un sistema antibíblico en el cual viven, respiran y se conducen. En vez de ofrecer la cura para los males de la iglesia, nuestras escuelas teológicas las empeoran al adoptar (y aun defender) todas las prácticas antibíblicas que los producen.

Las palabras de un pastor resumen el problema muy bien: “Pasé por todo el sistema con la mejor educación que el evangelicalismo podía ofrecer, pero no recibí realmente la capacitación que necesitaba… siete años de educación superior en las mejores escuelas evangélicas no me prepararon para 1) llevar a cabo el ministerio y 2) ser un líder.

Comencé a analizar por qué podía predicar un gran sermón y la gente luego me daba la mano y me decía: ‘Un gran sermón, Pastor’. Pero estas eran las mismas personas que luchaban con su autoestima, que golpeaban a sus cónyuges, que luchaban con la actitud compulsiva hacia el trabajo, que sucumbían ante sus adicciones.

Sus vidas no estaban cambiando. Tuve que preguntarme por qué este gran conocimiento que estaba presentando no pasaba de sus cabezas a sus corazones y a sus vidas. Y comencé a darme cuenta de que la falla de la iglesia se basaba, en realidad, en lo que aprendíamos en el seminario. ¡Se nos enseñaba que si uno simplemente le da información a la gente, es suficiente!”. Irónicamente, los protestantes se destacan por su reflexión crítica sobre la doctrina. Pero no han aplicado esa reflexión crítica a sus prácticas eclesiásticas.

La iglesia primitiva no tenía ningún Nuevo Testamento, ninguna teología razonada, ninguna tradición estereotipada. Los hombres que llevaron el cristianismo al mundo gentil no tenían ninguna capacitación especial, sólo una gran experiencia en la que “todas las máximas y filosofías se reducían a la simple tarea de caminar en la luz, ya que la luz había llegado”.

B. H. Streeter

CAPÍTULO 10

Una Segunda Mirada al Salvador: Jesús, el Revolucionario

Si el cristianismo ha de recibir un rejuvenecimiento, deberá ser por otros medios distintos de cualquiera de los usados actualmente. Si la iglesia de la segunda mitad de este siglo ha de recuperarse de las heridas que sufrió durante la primera mitad, deberá aparecer un nuevo tipo de predicador. El hombre correcto, tipo “líder de sinagoga”, jamás resultará. Tampoco el tipo de hombre sacerdotal que desempeña sus funciones, recibe su paga y no hace preguntas, ni el tipo pastoral de mucha labia que sabe cómo hacer que la religión cristiana sea aceptable para todos. Todos estos han sido probados y han sido hallados faltos. Debe surgir otro tipo de líder entre nosotros. Debe ser del tipo del antiguo profeta, un hombre que ha tenido visiones de Dios y ha oído una voz del Trono. Cuando aparezca (y pido a Dios que no sea uno sino muchos), se opondrá abiertamente a todo lo que atesora nuestra civilización chata y complaciente. Contradirá, denunciará y protestará en el nombre de Dios y se ganará el odio y la oposición de un gran segmento de la cristiandad.

A.W.B.Tozer

Jesucristo no es solamente el Salvador, el Mesías, el Profeta, el Sacerdote y el Rey. Es, también, el Revolucionario. Sin embargo, pocos cristianos lo conocen como tal. Sin duda, algunos de mis lectores han luchado con este pensamiento mientras leían este libro: “¿Por qué tienes que ser tan negativo acerca de la iglesia moderna, Frank? Jesús no es una persona que critica. Es tan poco característico de nuestro Señor hablar de las cosas malas de la iglesia. ¡Centrémonos en lo positivo y pasemos por alto lo negativo!”. (Conozco perfectamente este razonamiento, lo he oído, me lo han dicho a mí)

Estos sentimientos tan elevados demuestran un desconocimiento total de Cristo como maestro revolucionario, profeta radical, predicador provocativo, polemista, iconoclasta y oponente implacable del sistema religioso establecido.

Frank lo dirá de uno y mil modos, seguramente, pero yo no puedo resistir hacerlo ahora: cuando leemos en la Palabra que debemos ser imitadores de Cristo, ¿Qué entendimos? No sé tú, pero yo hace mucho tiempo que entendí que, entre otras cosas, es ser esto que Él fue.

Reconozco que nuestro Señor no es una persona crítica ni dura con los suyos. Está lleno de misericordia y bondad, y ama a su pueblo apasionadamente. Sin embargo, es precisamente por esto que es celoso de su Esposa. Y es por eso que no transigirá con las tradiciones inquebrantables a las que su pueblo ha sido esclavizado. Tampoco pasará por alto nuestra devoción fanática a ellas.

Considere la conducta de nuestro Señor mientras estuvo en la tierra. Jesús nunca fue un agitador ni un rebelde vociferante. Pero desafió constantemente las tradiciones de las escribas y los fariseos. No lo hizo accidentalmente, sino con gran deliberación. Los fariseos fueron quienes, en aras de la “verdad” que veían, intentaron extinguir la verdad que no podían ver. Esto explica por qué siempre había una tormenta de controversia entre la “tradición de los ancianos” y los hechos de Jesús.

Alguien dijo una vez que “un rebelde intenta cambiar el pasado; un revolucionario intenta cambiar el futuro”. Jesucristo trajo un cambio drástico al mundo. Un cambio en la visión que el hombre tenía de Dios. Un cambio en la visión que Dios tenía del hombre. Un cambio en la visión que el hombre tenía de la mujer. Nuestro Señor vino a traer un cambio radical al viejo orden de cosas, reemplazándolo por un nuevo orden.

Vino a presentar un nuevo pacto, un nuevo reino, un nuevo nacimiento, una nueva raza, una nueva especie, una nueva cultura y una nueva civilización. Al leer los evangelios, fíjese en su Señor, el Revolucionario. Vea cómo hace entrar en pánico a los fariseos despreciando intencionalmente sus convenciones.

Jesús sanó repetidamente en el día de reposo, rompiendo abiertamente la cara tradición de ellos. Si el Señor hubiera querido aplacar a sus enemigos, podría haber esperado al domingo o lunes para sanar algunas de estas personas. En cambio, sanó deliberadamente el sábado, plenamente consciente de que sus oponentes se pondrían furiosos.

Este patrón está muy arraigado. En una ocasión, Jesús sanó a un ciego mezclando barro con saliva, colocándolo sobre los ojos del hombre. ¡Esto era un desafío directo a la ordenanza judía que prohibía sanar el día de reposo mezclando barro con saliva! Sin embargo, su Señor hizo trizas deliberadamente esta práctica públicamente y con plena determinación. Obsérvelo comer sin lavarse las manos bajo la mirada crítica de los fariseos, un nuevo desafío a su tradición fosilizada.

En Jesús tenemos a un Hombre que rehusó ceder ante las presiones de la conformidad religiosa. Un Hombre que predicó una revolución. Un Hombre que no toleraba la hipocresía. Un Hombre que no temía provocar a quienes suprimían el evangelio libertador que trajo para liberar a los hombres. Un Hombre al que no le importaba suscitar el enojo entre sus enemigos, llevándolos a alistarse para la batalla.

¿Qué quiero decir? Lo siguiente: Jesucristo vino no sólo como Mesías, el Ungido de Dios para liberar a su pueblo de la esclavitud de la caída. No vino sólo como Salvador, pagando una deuda que no debía para lavar el pecado de la humanidad. No vino sólo como Profeta, confortando a los afligidos y afligiendo a los confortables. No vino sólo como Sacerdote, representando al hombre ante Dios y representando a Dios ante el hombre. No vino sólo como Rey, triunfante sobre toda autoridad, principado y poder. Vino también como Revolucionario, deshaciendo el viejo odre con el propósito de introducir el nuevo. ¡He ahí tu Señor, el Revolucionario!

Para la mayoría de los cristianos, esta es una nueva perspectiva de Jesús. Por lo tanto, exponer lo que está mal en la iglesia moderna para que el Cuerpo de Cristo pueda cumplir la intención última de Dios es simplemente una expresión de la naturaleza revolucionaria de nuestro Señor. El objetivo fundamental de esa naturaleza es ponerlo a usted y a mí en el centro del corazón palpitante de Dios, en el centro de su propósito eterno, un propósito para lo cual fue creado todo. (Comparto, adhiero; yo nunca lo habría podido decir tan claramente. Gracias, Frank.)

Lo que se necesita, entonces, es una revolución dentro de la fe cristiana. Los movimientos de renovación no lo producirán. Los avivamientos tampoco. Hemos tenido bastantes de estos en los últimos cincuenta años. (Podría agregar que son reciclados cada cinco años.) Los movimientos de renovación y los avivamientos nunca han sido lo suficientemente potentes como para romper la tremenda inercia de la tradición religiosa.

Renovar e inventar nuevas formas para la iglesia es como cambiar la ropa de un maniquí. Hacer esto nunca le dará vida, no importa cuán avanzada sea la prenda. No, ¡hay que poner el hacha a la raíz del problema y encender una revolución! Lo que se necesita es trastornar completamente nuestras actuales prácticas cristianas. Todas las tradiciones que no encuentren sustento en la Biblia deben ser abandonadas para siempre. Necesitamos empezar de nuevo… desde cero. Menos que esto no servirá.

Si usted es un discípulo del Revolucionario de Nazaret… el Mesías Radical que aplica su hacha a la raíz, terminará suscitando una pregunta específica. Es la misma pregunta que les hicieron a los discípulos del Señor mientras anduvo por esta tierra. Esa pregunta es: “¿Por qué quebrantan tus discípulos la tradición de los ancianos?” A la luz de esta pregunta, el próximo capítulo es el más importante de todos.

Un verdadero radical tiene que ser un hombre de raíces. En palabras que he usado en otro lugar: “El revolucionario puede ser un ‘extraño’ en cuanto a la estructura que quiere ver colapsar; por cierto, debe colocarse fuera de ella. Pero el radical va a las raíces de su propia tradición. Debe amarla: debe llorar sobre Jerusalén, aun cuando tenga que pronunciar su condena”.

John A. T. Robinson

CAPÍTULO 11

Un Nuevo Acercamiento al Nuevo Testamento: LA Biblia no es un Rompecabezas

Al tratar el tema del ministerio en el Nuevo Testamento, es esencial recordar el orden en que fueron escritos los libros de esta parte de la Biblia. Si suponemos –como nos lleva a suponer el orden en que aparecen éstos ahora– que los Evangelios fueron escritos primero, luego Hechos y luego las cartas de Pablo, comenzando por Romanos y finalizando por las Epístolas Pastorales a Timoteo, a Tito y la carta a Filemón, jamás podremos entender el desarrollo de las instituciones y el pensamiento de la iglesia primitiva

Richard Hanson

¿Por qué nosotros los cristianos podemos seguir los mismos ritos vacíos de Dios cada domingo sin darnos cuenta jamás de que se contraponen con el Nuevo Testamento? En parte, la razón tiene que ver con el increíble poder de la tradición. Pero hay algo más. Tiene que ver con nuestro Nuevo Testamento. El problema no es lo que dice. El problema es cómo nos acercamos a él.

Tengo una respuesta a la pregunta de Frank. Que es UNA respuesta, no LA respuesta, que se entienda. Los cristianos siguen los mismos ritos vacíos domingo tras domingo sin darse cuenta que no son bíblicos porque tienen vendas mágicas colocadas por personeros de Satanás en sus ojos espirituales.

El acercamiento usado más frecuentemente entre los cristianos contemporáneos al estudiar la Biblia es el método de los “textos de prueba”. El origen de este método se remonta a fines de la década de 1590. Un grupo de hombres llamados “escolásticos protestantes” tomaron las enseñanzas de los reformadores y las sistematizaron siguiendo las reglas de la lógica aristotélica.

Los escolásticos protestantes sostenían que no sólo la Biblia es la Palabra de Dios, sino que cada parte de ella es la Palabra de Dios en sí misma, independientemente del contexto. Esto sentó las bases para la idea de que, si extraemos un versículo de la Biblia, es verdadero por derecho propio y puede ser usado para probar una doctrina o una práctica.

Cuando apareció John Nelson Darby, a mediados del siglo XIX, construyó una teología basada en este enfoque. Darby elevó el uso de los textos de prueba a una forma de arte. De hecho, fue Darby quien dio a los cristianos fundamentalistas y evangélicos gran parte de las enseñanzas que aceptan actualmente.

Todas están basadas en el método de los textos de prueba. Los textos de prueba, por lo tanto, se convirtieron en la forma en que nosotros, los cristianos contemporáneos, nos acercamos a la Biblia. Es enseñada en cada instituto bíblico y seminario protestante sobre la tierra.

Como resultado, los cristianos raramente o nunca llegamos a ver al Nuevo Testamento como un todo. Más bien, se nos sirve un plato de pensamientos fragmentados unidos por medio de la lógica humana caída. El fruto de este enfoque es que nos hemos alejado mucho de la práctica de la iglesia del Nuevo Testamento. Pero seguimos creyendo que somos bíblicos. Permítame ilustrar el problema con una historia ficticia.

Les presento a Gervasio Zurita

Gervasio Zurita es un mundialmente famoso consejero matrimonial. En su carrera de veinte años como terapeuta matrimonial, ha aconsejado a miles de matrimonios en problemas. Tiene una presencia en Internet. Cada día, cientos de parejas le escriben cartas contándole sus lacrimosas historias matrimoniales. Las cartas vienen de todas partes del mundo. Y Gervasio las contesta todas.

Transcurren cien años, y Gervasio Zurita descansa plácidamente en su tumba. Tiene un tataranieto llamado Amílcar Cornejo. Amílcar decide recuperar las cartas perdidas de su tatarabuelo. Pero sólo puede encontrar trece de sus cartas. De las miles de cartas que Gervasio escribió durante su vida, ¡sólo han sobrevivido trece! Nueve de ellas fueron escritas a parejas en crisis matrimoniales y cuatro a cónyuges individuales.

Todas estas cartas fueron escritas a lo largo de un período de veinte años, entre 1980 y 2000. Amílcar planea compilar todas estas cartas en un único volumen. Pero hay algo interesante acerca de la forma en que Gervasio escribió sus cartas que dificulta en parte la tarea de Amílcar.

Primero, Gervasio tenía el molesto hábito de nunca fechar sus cartas. No aparecían días, meses o años en ninguna de sus trece cartas. Segundo, las cartas reflejan sólo la mitad de la conversación. Las cartas iniciales escritas a Gervasio que provocaron sus respuestas ya no existen. En consecuencia, la única forma de entender el trasfondo de una de sus cartas es reconstruyendo la situación matrimonial a partir de la respuesta de Gervasio.

Cada carta fue escrita en momentos diferentes, a personas de culturas diferentes, tratando con problemas diferentes. Por ejemplo, en 1985 Gervasio escribió una carta a Paul y Sally, de Virginia, Estados Unidos, que experimentaban problemas sexuales a principios de su matrimonio. En 1990, Gervasio escribió una carta a Juan y Matilde, de España, que estaban teniendo problemas con sus hijos. En 1995, Gervasio escribió una carta a una esposa de México que estaba pasando por una crisis de la edad mediana.

Tome nota: veinte años, trece cartas, todas escritas a diferentes personas, en diferentes momentos y en diferentes culturas, y cada una experimentaba problemas diferentes. A Amílcar Cornejo le gustaría poner estas trece cartas en orden cronológico. Pero, sin las fechas, no lo puede hacer. Así que las ordena por largo, de mayor a menor. Es decir, toma la carta más larga que escribió Gervasio y la pone primero. Pone la segunda carta más larga a continuación. Toma la tercera más larga, y la pone en tercer lugar.

La compilación finaliza con la carta más corta que escribió Gervasio. Las trece cartas quedan ordenadas, no cronológicamente, sino por su largo. El volumen va a imprenta y se convierte en un éxito de librería de la noche a la mañana. La gente lo compra a carradas. Pasan cien años y las Obras completas de Gervasio Zurita, compiladas por Amílcar Cornejo, resisten el paso del tiempo. La obra sigue siendo muy popular. Pasan cien años más, y este volumen es usado copiosamente en todo el mundo occidental. (Gervasio ha estado descansando en su tumba trescientos años ya.)

El libro es traducido a docenas de idiomas. Los consejeros matrimoniales lo citan a diestra y siniestra. Las universidades lo usan en sus clases de sociología. Tan amplio es su uso que a alguien se le ocurre la brillante idea de hacer que el volumen sea más fácil de citar y manejar.

¿Cuál es esa idea brillante? Dividir las cartas de Gervasio en capítulos y oraciones numeradas (nosotros las llamamos versículos). Así nacen los capítulos y versículos en las Obras completas de Gervasio Zurita. Pero, al agregar capítulos y versículos a estas originalmente vivas cartas, ocurre un cambio que pasa desapercibido. Las cartas pierden su toque personal. En cambio, toman las características de un manual.

Varios sociólogos comienzan a escribir libros acerca del matrimonio y la familia. ¿Su principal fuente? Las Obras completas de Gervasio Zurita. Tome cualquier libro del siglo XXIV sobre el tema del matrimonio, y encontrará que el autor cita capítulos y versículos de las cartas de Gervasio.

Suele ocurrir de la siguiente forma. Al presentar una cuestión específica, un autor cita un versículo de la carta de Gervasio escrita a Paul y Sally. El autor entonces extrae otro versículo de la carta escrita a Juan y Matilde. Toma otro versículo de otra carta. Luego une estos tres versículos, con los cuales construye su filosofía matrimonial particular.

Prácticamente cada sociólogo y terapeuta matrimonial que escribe un libro sobre el matrimonio hace lo mismo. Pero, he aquí la ironía. Cada uno de estos autores contradice constantemente a los demás, ¡aun cuando todos están usando la misma fuente! Pero eso no es todo. No sólo se han convertido las cartas de Gervasio en una prosa fría cuando eran originalmente cartas vivas y vitales para personas reales en lugares reales, sino que se han transformado en un arma en manos de hombres guiados por intereses propios.

No pocos escritores sobre el matrimonio comienzan a usar textos de prueba aislados de la obra de Gervasio para atacar a los que están en desacuerdo con su filosofía matrimonial. ¿Cómo pueden hacer esto? ¿Cómo ocurre esto? ¿Cómo pueden contradecirse entre sí todos estos sociólogos cuando están usando exactamente la misma fuente? Es porque las cartas han sido extraídas de su contexto histórico. Cada carta ha sido quitada de su secuencia cronológica y de su verdadero entorno de vida.

En otras palabras, las cartas de Gervasio Zurita han sido transformadas en una serie de oraciones aisladas, desarticuladas y fragmentadas, abiertas a que cada uno tome libremente una oración de una carta, otra oración de otra carta y las pegue juntas para crear la filosofía matrimonial de su elección. Es una historia asombrosa, ¿no? Bueno, aquí tiene el remate. Sea que se haya dado cuenta o no, ¡acabo de describir su Nuevo Testamento!

El orden de las cartas de Pablo

Su Nuevo Testamento consiste en su mayor parte de las cartas de Pablo. Pablo de Tarso escribió las dos terceras partes del Nuevo Testamento. Escribió trece cartas en un período de veinte años. Nueve cartas fueron escritas a iglesias de diferentes culturas, en diferentes momentos, que experimentaban diferentes problemas. Cuatro cartas fueron escritas a cristianos individuales. Las personas que recibieron estas cartas también estaban tratando con diferentes asuntos en momentos diferentes.

Tome nota: veinte años, trece cartas, todas escritas a diferentes iglesias en diferentes momentos, en diferentes culturas, todas los cuales experimentaban problemas diferentes. A principios del segundo siglo alguien tomó las cartas de Pablo y las compiló en un único volumen. El término técnico para este volumen es “canon”.5 Los eruditos se refieren a este volumen compilado como el “canon paulino”. Esencialmente, es el Nuevo Testamento que usted tiene con unas pocas cartas agregadas después, los cuatro Evangelios y Hechos colocados adelante y Apocalipsis pegado al final.

En ese tiempo, nadie sabía cuándo se habían escrito las cartas de Pablo. Aun cuando lo supieran, no habría importado. Porque no había antecedentes de un ordenamiento alfabético o cronológico. El mundo grecorromano del primer siglo ordenaba su literatura según el largo decreciente.

Fíjese ahora cómo está dispuesto su Nuevo Testamento. ¿Qué encuentra? La carta más larga de Pablo aparece en primer lugar. Se trata de Romanos. La segunda carta más larga es 1 Corintios, y por eso viene después de Romanos. La tercera carta más larga es 2 Corintios. Su Nuevo Testamento sigue este modelo hasta llegar a ese diminuto libro llamado Filemón. He aquí el orden actual de su Nuevo Testamento. Los libros están ordenados por largo descendiente:

Romanos

1 Corintios

2 Corintios

Gálatas

Efesios

Filipenses

Colosenses

En 1864, Thomas D. Bernard dio una serie de charlas denominadas “las conferencias de Bampton”. Estas conferencias fueron publicadas en un libro en 1872 titulado The Progress of Doctrine in the New Testament. En el libro, Bernard sostiene que el orden actual de las cartas de Pablo en el Nuevo Testamento fue inspirado y encomendado divinamente.

Este libro llegó a ser muy popular entre los maestros de la Biblia del siglo XIX y XX. Como resultado, prácticamente cada texto teológico, exegético o comentario bíblico escrito durante el siglo XX sigue el orden caótico actual, sin darse cuenta cuánto nos ha impedido observar la visión panorámica del Nuevo Testamento.

La “crítica canónica” ha adquirido importancia entre los seminaristas. Esto es el estudio del canon como una unidad para poder adquirir una teología bíblica general. Lo que se necesita hoy es una teología construida, no sobre el canon corriente y su ordenamiento erróneo, sino sobre la historia cronológica de la iglesia primitiva. Efesios es en realidad apenas más larga que Gálatas, pero los libros fueron ordenados erróneamente debido a un agregado al margen. Esto no es sorprendente dado que la diferencia de largo es tan leve.

1 Tesalonicenses

2 Tesalonicenses

1 Timoteo

2 Timoteo

Tito

Filemón

Entonces, ¿cuál es el orden cronológico correcto de estas cartas? Según la mejor erudición disponible, éste es el orden en que fueron escritas:

Gálatas

1 Tesalonicenses

2 Tesalonicenses

1 Corintios

2 Corintios

Romanos

Colosenses

Filemón

Efesios

Filipenses

1 Timoteo

Tito

2 Timoteo

El agregado de capítulos y versículos

En 1227, un profesor de la Universidad de París llamado Stephen Langton agregó capítulos a todos los libros del Nuevo Testamento. Más tarde, en 1551, un impresor llamado Roberto Stephanus enumeró las oraciones en todos los libros del Nuevo Testamento. (Por favor: sugiero humildemente pegar en las paredes de todos los seminarios e institutos bíblicos del planeta, estas tres líneas).

Según el hijo de Stephanus, las divisiones en versículos que su padre creó no respetan el sentido del texto. Stephanus no usó ningún método consistente. Mientras viajaba a caballo de París a Lyons, versificó todo el Nuevo Testamento dentro de las divisiones de capítulos de Langton.

Los versículos aparecieron en las hojas de las sagradas escrituras en 1551. Y desde entonces el pueblo de Dios se ha acercado al Nuevo Testamento con tijeras y cola, recortando y pegando oraciones inconexas de diferentes cartas, sacándolas de su entorno de vida real y atándolas juntas para construir doctrinas flotantes. Y luego denominan a esto “la Palabra de Dios”.

Este acercamiento chapucero aún perdura en nuestros seminarios, universidades bíblicas, iglesias, estudios bíblicos y (trágicamente) en nuestras iglesias caseras hoy. La mayoría de los cristianos están completamente ajenos a los sucesos sociales e históricos detrás de cada una de las cartas del Nuevo Testamento. En cambio, han convertido al Nuevo Testamento en un manual que puede blandirse para respaldar cualquier punto.  El picado de la Biblia en fragmentos hace que esto sea relativamente fácil de lograr.

Cómo nos acercamos al Nuevo Testamento

A los cristianos se nos ha enseñado a acercarnos a la Biblia en una de siete maneras. Vea cuántas son aplicables a usted: Usted busca versículos que lo inspiren. Cuando encuentra estos versículos, los resalta, los memoriza, medita sobre ellos, o los pega en la puerta de la heladera.

Usted busca versículos que le dicen lo que Dios ha prometido para poder confesarlo en fe y así obligar al Señor a hacer lo que usted quiere. (Si usted forma parte del movimiento “lo que dices, recibes”, es un experto en esto).

Usted busca versículos que le dicen lo que Dios le ordena hacer. Usted busca versículos que puede citar para darle un buen susto al diablo o resistirlo en la hora de la tentación. Usted busca versículos que comprueban su doctrina particular para poder cortar en jirones bíblicos a su contrincante teológico. (Debido al método de “textos de prueba”, una gran parte del cristianismo actúa como si la mera mención de un versículo aleatorio descontextualizado de la Biblia pone fin a la discusión sobre prácticamente cualquier tema)

Usted busca versículos en la Biblia para controlar y/o corregir a otros. Si usted es un predicador, busca versículos “predicables” para el sermón del próximo domingo. (Esta es una adicción continua para los predicadores. Está tan arraigada que muchos de ellos son incapaces de leer sus Biblias de otra manera aparte de buscar material para el sermón.)

En el seminario, la historia de la iglesia primitiva se enseña en una clase de “historia de la iglesia” mientras que los libros del Nuevo Testamento se enseñan en una clase de “estudios del Nuevo Testamento” Y ambas no se cruzan jamás. Así que los seminaristas casi nunca reciben una vista panorámica de la historia continua de la iglesia primitiva con los libros ordenados cronológicamente.

Si no me cree, pruebe esto: La próxima vez que se encuentre con un estudiante (o graduado) de un seminario, pídale que le relate la totalidad de sucesos entre el momento en que Pablo escribió Gálatas hasta que escribió Romanos. Pídale que incluya fechas, lugares, nombres de personajes importantes y los sucesos que aparecen en Hechos.

Ahora vuelva a mirar la lista. ¿Se encontró en ella? Note cómo cada uno de estos acercamientos es altamente individualista. Todos lo ponen a usted, el cristiano individual, en el centro. Cada enfoque pasa por alto el hecho de que la mayoría del Nuevo Testamento fue escrito a elementos corporativos (iglesias) y no a personas.

Pero eso no es todo. Cada uno de estos acercamientos está construido sobre “textos de prueba” aislados. Tratan al Nuevo Testamento como un manual y nos ciegan a su verdadero mensaje. No debemos extrañarnos de que podamos asentir a nuestros pastores pagos, el orden del culto del domingo a la mañana, los sermones, los edificios de iglesia, la vestimenta religiosa, los coros, los equipos de adoración, los seminarios y un sacerdocio pasivo… todo sin pestañear.

Hemos sido enseñados a acercarnos a la Biblia como un rompecabezas. Para la mayoría de nosotros, nunca nos han contado toda la historia detrás de las cartas que escribieron Pablo, Pedro, Santiago, Juan y Judas. Nos enseñaron capítulos y versículos, no el contexto histórico.

Por ejemplo, ¿alguna vez le enseñaron a la historia detrás de la carta de Pablo a los de Galacia? Antes de asentir con la cabeza, vea si usted puede contestar estas preguntas sin pensarlo demasiado: ¿Quiénes eran los gálatas? ¿Cuáles eran sus problemas? ¿Cuándo y por qué les escribió Pablo? ¿Qué sucedió justo antes de que Pablo escribiera su tratado a los gálatas? ¿Dónde estaba cuando lo escribió? ¿Qué lo impulsó a escribirla? Y ¿dónde en Hechos encontramos el contexto histórico para esta carta?

Todos estos asuntos de trasfondo son indispensables para entender lo que trata nuestro Nuevo Testamento. Sin ellos, simplemente no podemos entender la Biblia claramente o adecuadamente. Un erudito lo expresó de esta manera: “El ordenamiento de las cartas de Pablo en el Nuevo Testamento es, en general, según su longitud.

Cuando las reordenamos conforme a su orden cronológico, haciendo que encajen, en la medida de lo posible, en su escenario de vida real dentro del relato de los Hechos de los Apóstoles, comienzan un mayor tesoro; comienzan a explicarse por sí mismas en una medida mayor que cuando este trasfondo se pasa por alto”.

Otro escribe: “Si las ediciones futuras [del Nuevo Testamento] quieren ayudar en vez de obstaculizar la comprensión del lector del Nuevo Testamento, es necesario darse cuenta de que el tiempo es propicio para hacer que desaparezcan del texto tanto las divisiones de versículos como de capítulos y que sean colocados en el margen, en un lugar lo más inconspicuo posible. Debe hacerse todos los esfuerzos para imprimir el texto de una forma que haga posible que las unidades que el autor mismo tenía en mente se vuelvan aparentes”.

Yo llamo a nuestro método de estudiar el Nuevo Testamento como el “enfoque del portapapeles”. Si usted está familiarizado con la computadora, conoce el componente llamado portapapeles. Si se encuentra usando un procesador de texto, puede cortar y pegar un trozo de texto usando el portapapeles. Este portapapeles le permite cortar una oración de un documento y pegarlo en otro.

Los pastores, seminaristas y laicos por igual han sido condicionados por el enfoque de portapapeles al estudiar la Biblia. Es así como justificamos nuestras estructuras cargadas de humanidad, atadas a la tierra, creadas por hombres, empotradas y encajonadas, haciéndolas pasar por “bíblicas”. Por eso solemos pasar por alto cómo era la iglesia primitiva cada vez que abrimos nuestros Nuevos Testamentos. Vemos versículos. No vemos el cuadro entero. Déjeme demostrarle cómo está vivo y coleando este enfoque, y cuán profundamente gobierna nuestras mentes.

Les presento a José Iglesiacasera

Aparece ahora el Sr. José Iglesiacasera. José se crió en la iglesia institucional. Durante los últimos diez años se ha sentido insatisfecho con ella. José toma un libro sobre la “iglesia casera” y sufre una crisis de conciencia. Termina por aprender algunas cosas sorprendentes. A saber, que no hay ningún pastor moderno en el Nuevo Testamento. No hay ningún edificio de iglesia. No hay ningún clero pago, y las reuniones de iglesia están abiertas a la participación de todos.

Todos estos descubrimientos sacuden el mundo de José. Al punto que deja la iglesia institucional. No sin enfrentar la furia del pastor, dicho sea de paso. Lo que pasa es que José cometió el error de compartir estas “grandes revelaciones” con otras personas de su iglesia. Como resultado, el pastor se enteró y José se encontró en su mira. Desde el púlpito, José fue señalado como un “hereje peligroso” y se le indicó a la congregación que no tuviera ningún contacto con él.

Después de lamerse las heridas, José toma su Nuevo Testamento, sin darse cuenta jamás de que el enfoque de cortar y pegar aún vive en su mente. La “mentalidad de portapapeles” nunca fue escindida de sus pensamientos. Pero está en una feliz ignorancia en cuanto a esto, como la mayoría de los cristianos. José empieza a buscar ingredientes para iniciar una “iglesia neotestamentaria”. Así que comienza por hacer lo que la mayoría de los cristianos están condicionados a hacer cuando buscan la voluntad de Dios.

Selecciona los versículos que más le gustan del Nuevo Testamento, pasando por alto el trasfondo social e histórico de esos versículos. José se topa con Mateo 18:20: “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Sigue leyendo y llega a Hechos 2:46: “De casa en casa partían el pan”. José recibe una revelación: “Todo lo que tengo que hacer es abrir mi casa, lograr que dos o tres personas se reúnan en ella, y ¡voilá! ¡He plantado una iglesia neotestamentaria!”.

Así que el domingo siguiente José abre su hogar y comienza una “iglesia casera” basada en el Nuevo Testamento (según piensa). José tiene otra revelación: “Soy un plantador de una iglesia como Pablo. Comencé una iglesia casera igual que él”. No se da cuenta de que él acaba de sacar dos oraciones de dos documentos –completamente fuera del contexto histórico– y los ha unido para hacer algo que no tiene ninguna raíz en la Biblia.

Mateo 18:20 no es una receta para fundar una iglesia. ¡Ese pasaje trata de una reunión de excomunión! Hechos 2:46 es simplemente un informe de lo que hicieron los primeros cristianos. Es cierto que los primeros cristianos se reunían en casas. Y es altamente recomendable que hagamos lo propio hoy. Pero abrir nuestra casa e invitar a personas para que se reúnan en ella no constituye una iglesia. ¡Tampoco califica al dueño de casa como un “plantador de iglesia”!

Las iglesias del primer siglo fueron plantadas a sangre y sudor. Los hombres que las plantaron no dejaron la sinagoga el sábado y decidieron que plantarían iglesias caseras el domingo. Todo hombre del Nuevo Testamento involucrado en la plantación de iglesias era primeramente un hermano común en una iglesia ya existente. Y, con el tiempo –luego de mucha tribulación y exposición en una iglesia que lo conocía tan bien que podían leerlo como la palma de la mano– era reconocido y enviado con la aprobación de esa iglesia.

Este es un patrón consistente a lo largo del Nuevo Testamento. Se puede probar cualquier cosa con versículos, querido lector. Ver el nacimiento de una iglesia que se compara con las congregaciones del primer siglo, requiere mucho más trabajo que sólo abrir una casa y sentar la gente en un sofá cómodo para tomar refrescos, comer galletas y hablar de la Biblia.

¿A qué me refiero cuando hablo de una iglesia al estilo del primer siglo? Me refiero a