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Diseños de Otra Dimensión

Los creyentes hemos adoptado, a través de muchos años, diversas costumbres tradicionalistas que, después de algún tiempo, se han incorporado con la fuerza de una doctrina bíblica irrebatible, sin detenernos siquiera un minuto a escudriñar atentamente la escritura para ver si esto realmente es así, o hacer un repaso a la historia para comprobar si por alguna de esas enormes casualidades, de esos enormes imponderables, lo que hacemos no nos llega desde un trasfondo pagano o idólatra. Son muchas las cosas de las cuales podríamos hablar, pero como evidencia o modelo, bastará tomar como ejemplo lo que generalmente es nuestro mensaje, nuestra predicación, nuestro sermón, al cual estamos adaptados y acostumbrados y a los que, cuando alguien comete la osadía de alterarlo en sus formas clásicas y “santas”, no vacilamos en llamarlos herejes y hasta portadores de doctrinas de demonios. A mí me llegaron a decir eso. Y te confieso que en un principio me asusté. Piensa: ¿No te asustarías tú, preocupado de llevarle a los hermanos una palabra pura, auténtica, limpia y sin ninguna clase de contaminación denominacional, si en tu primer mensaje, como este no se parece en nada a los habituales, alguien con cierto peso le tira por la cabeza una expresión tal como “usted trae doctrina de demonios”? Es para desalentar a cualquiera, sí, pero a cualquiera que no lea la Biblia con detenimiento, escudriñándola y no tragándose cualquier “sapo”, como decimos en mi patria, cuando a alguien se le hacen creer barbaridades bajo el barniz de doctrina sana.

Por eso me identifiqué con muchos pasajes de aquel viejo trabajo de Gene Edwards que él titulara “Más allá de lo Radical”. Sobre todo el que tiene que ver con el mensaje, con la predicación protestante que es, obviamente, la que toma para sí misma la iglesia evangélica tradicional que conocemos. De allí que me he permitido “secuestrarle” un par de párrafos a Gene y compartirlos contigo aquí. Si has leído ese trabajo, te servirá para “refrescar” tu memoria. Si aún no lo has leído, lo conocerás y seguramente lo buscarás para bajártelo para leerlo completo como se merece. Dice:

“Hace muchos, pero muchos años, y esto puede parecer el inicio de uno de aquellos cuentos de hadas y gnomos que, -oh bendición-, nos contaban cuando éramos pequeños, antes del nacimiento del cristianismo, existió un filósofo llamado Aristóteles. Él fue el creador de una técnica denominada ROTHORIKE, palabra de donde luego íbamos a incorporar a nuestro léxico la más conocida RETÓRICA. Esta palabra, como ya tendrá conocimiento, significa “Arte del orador”. Es que en esa época, el orador (Que como podrá suponer no era una persona que oraba mucho, sino alguien que cultivaba el arte de la oratoria), que obviamente era absolutamente pagano, era prácticamente una verdadera estrella. Eran verdaderas multitudes las que concurrían a los anfiteatros a escucharlos. Hoy día, hubieran sido reporteados, seguramente, por todos los canales de televisión y las revistas se ocuparían hasta de sus vidas privadas y, naturalmente, firmarían cientos o miles de autógrafos. Sus disertaciones retóricas, técnicamente, se constituían en: una introducción, tres puntos específicos y una conclusión. Ese era el mensaje que luego se denominaría como “aristotélico” y que estaría destinado a sentar una verdadera escuela de la oratoria.

En Antioquia de Siria, mientras tanto, unos cuatrocientos años después de Cristo, existió un hombre llamado Juan Crisóstomo. Era un exquisito orador pagano a quien, por lo excelso de su verborragia y lo impactante de sus disertaciones, se lo apodaba como “Juan Boca de Oro”. Él disertaba sobre los escritos de Homero, que como se sabe, eran textos divididos en largos párrafos que muy bien podrían haberse llamado Capítulos y, a su vez, estos otra vez divididos en párrafos más pequeños de los cuales no tengo sus nombres, pero que muy bien podrían haberse llamado Versículos, no? ¿Y qué hacía Crisóstomo? Leía una porción de esos escritos y luego, siguiendo la enseñanza de la escuela aristotélica, disertaba un buen rato a partir de una introducción, tres puntos y una conclusión.

Un buen día, Juan Crisóstomo, el “Juan Boca de Oro”, se convierte al floreciente cristianismo y, deseando ser útil a Dios según sus propios conocimientos, de allí en más, le aporta sus conocimientos incorporándolo al mensaje cristiano, que dicho sea de paso, hasta allí era espontáneo, improvisado y exclusivamente guiado por el Espíritu Santo. Hoy, cuando alguien comete la osadía de predicar sin leer antes un pasaje de la Biblia, se dice que no respeta el mandato de Dios para con su palabra. ¿A los mandatos de Dios o a los de la historia de Aristóteles, la Retórica y la Oratoria?”

Me pregunto bajo qué luz espiritual, hoy, tantos institutos, seminarios y hasta universidades teológicas capacitan, y hasta otorgan títulos de Pastor, enseñando una hermenéutica que, a todas luces, es una continuación de la línea y el estilo de Juan Crisóstomo y no de Jesucristo. Me pregunto también por qué eso se hace bajo una óptica institucional eclesiástica contemporánea y no sobre las bases de Efesios 4:11, donde dice que la iglesia no es UN pastor y cincuenta miembros, sino un equipo formado por Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Pastores y Maestros. En una ocasión, predicando en cierto lugar, el Espíritu Santo sin previo aviso y de manera total y absolutamente espontánea, me llevó a elaborar una figura simbólica de la iglesia que me impacto tanto a mí mismo al escucharme expresarla que la anoté inmediatamente, y la memoricé para compartirla, cada vez que tuviera oportunidad, con quien o quienes quisieran oírla, aceptarla, creerla y ponerla por obra. Allí va:

La iglesia es un enorme ejército que está cruzando, en este tiempo, un moderno Jordán, que es la transición de la prueba, la lucha, las tribulaciones, camino al también moderno Canaán, que es tipología de Cristo. Como todo ejército, a su frente va un general que es quien define el objetivo global a tomar: El Apóstol. Lo acompaña su plana mayor, que son los estrategas que diseñan las formas y los tiempos en que habrá de producirse cada movimiento, cada operación bélica: Los Profetas. Luego está el Comando de Reclutamiento, que es el área que tiene a su cargo, por cada lugar geográfico que se va pasando, el ir llamando e incorporando a nuevos soldados para el ejército: Los Evangelistas. Hay un Centro Superior de Asistencia General, que es el que tiene a su cargo el control, y el cuidado de la salud de toda la tropa; vigilar que nadie se enferme, atender a los heridos en batalla que pudieran haber, en suma: un Centro Médico que procurará que todos lleguen a destino en el mejor estado: Los Pastores. Y, finalmente, están los que pertenecen al área de Logística, que son los que se ocupan de procurar el alimento cotidiano, cocinarlo de la mejor manera, con el máximo de proteínas para que todo el ejército esté bien nutricionado y pleno en sus fuerzas y su potencial. Algo así como la gente de la cocina, del “rancho”, los encargados de que la tropa llegue a destino bien alimentada: Los Maestros. Ahora bien: que alguien imagine que podría suceder si, en ese ejército, llegan a faltar algunas de estas áreas mencionadas o si, simplemente, se pretende alterar sus funciones. Algo va a andar, inevitablemente, sumamente debilitado, sin fuerzas ni objetivos. Imagina ahora lo que podría suceder si a alguien se le ocurriera reducir toda esa organización bélica en una sola área, por ejemplo: El Centro Médico.

Visto todo esto de este modo, que no es para nada ilusorio ni producto de alguna enfermiza elucubración de tipo personal, ya que la iglesia del libro de los Hechos operaba de este modo, quizás se pueda entender por qué todavía no somos “más que vencedores”, ni formamos la iglesia victoriosa, gloriosa, sin mancha y sin arruga que habrá de entregar el reino al Padre. ¡Pero hermano! ¡No diga tonterías! ¡La Biblia dice que el reino al Padre se lo va a entregar Cristo! Naturalmente. Él es la cabeza de todo, pero pregunto: ¿Cuál es hoy el cuerpo, el mecanismo ejecutivo de Cristo? ¿Quién es o quiénes son los encargados de cumplimentar lo que esa cabeza decide? Acertaste amigo: La Iglesia. Me queda la otra pregunta: ¿Dónde está esa iglesia? Volviste a acertar: Eres tú. ¿Qué harás al respecto?

Porque nosotros somos el cuerpo, TODOS. No te confundas ni te dejes confundir por nadie. Es de muy pequeños ojos ver al cuerpo de Cristo como ese grupo de gente que concurre a tu congregación, a tu templo. Ya sé que muchos ministros, cuando hablan del cuerpo, aluden directamente a los miembros de su congregación, pero ese es un vicio evangélico que no por tradicional y acostumbrado, tendrá necesariamente respaldo bíblico. No lo tiene. Esa, en todo caso, es una congregación que es PARTE del cuerpo. Pero el cuerpo está compuesto por los que creen, no por los que asisten. Somos, dice la Biblia, un pueblo de reyes y sacerdotes, y de TODOS ministros competentes. Esto no le agrada demasiado a ciertos ministros que gustan de hacerle creer a la gente que son casi delegados y secretarios personales de Jesucristo, pero así es. Ahora bien: ¿Cómo lograr, entonces, conformar una iglesia que opere como Dios y la Biblia dicen que debe operar? ¿Cómo poder hacer efectivo, realmente, lo que es nuestro potencial? Hay una escritura con diseños específicos y muy precisos. Hay diseños puntuales en la segunda carta de Pedro. Ven conmigo.

(2 Pedro 1: 10)= Por lo cual, hermanos, (Quiero aclararte, para que no te confundas y entiendas de qué se trata, que Pedro viene hablando de nuestra naturaleza divina), tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección: porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás.

Aquí dice que, a partir de tomar conciencia de que la nuestra es una naturaleza divina y no humana, lo que debemos hacer, (Y cuidado, que Pedro ni lo sugiere ni lo aconseja: lo demanda) es hacer firme nuestra vocación y nuestra elección. No dice que debamos sentarnos a esperar que Dios lo haga; no dice que todos los domingos pasemos al frente en el templo a buscar que la oración del ministro lo haga; dice que tenemos que hacerlo nosotros. Está claro. ¿Y qué es la vocación? Es experimentar la certeza de haber sido puesto en el planeta para algo específico, concreto, y no simplemente para aceptar a Cristo como Salvador personal y Señor de nuestra vida, empezar a venir a un culto todos los domingos, vivir una vida más o menos cristiana, sin otro objetivo que esperar que, el día final, ese del cual no se escapará nadie, un angelito nos lleve al cielo. A ser todos felices y comer perdices. (Para los extranjeros no informados, la perdiz es un ave muy codiciada como plato en muchas regiones de la zona rural de mi país) Es decir, entonces, tener la visión interior de un ministerio o un servicio claro para el Reino de Dios. Vocación.

Elección, mientras tanto, es decidir cumplir con nuestro mandato divino sin detenernos a calcular cuál o cuáles cosas serán los costos terrenales para hacerlo. Eso es hacer firme. Ser creyentes no es ir a una iglesia, hablar en “idioma Reina Valera” hasta en la oficina o en la fábrica, ser evangélico antes que cualquier otra cosa; vestir ropa evangélica, esa que yo no sé quien implantó en nuestras iglesias, pero que en muchos casos, termina por rozar decididamente el ridículo o cantar en el coro. Para nada, absolutamente no. Ser creyente es, principalmente, vivir en el marco de un estilo de vida. Un estilo de vida que el mundo podrá ver, podrá comprobar, palpar y, necesariamente teniendo en cuenta como están las cosas, terminará por desear e ir a buscar, cuestión que hasta ahora no se ha visto en absoluto. Porque ese será el único modo en que el mundo, tal como lo conocemos y lo vemos, será entonces sí tierra fértil para sembrar la buena semilla.

(Verso 11)= Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Quiero que recuerdes, una vez más, que el Reino no es aquella nube de los dibujos escolares donde vas a ir a tocar el arpa, la lira o el laúd, el día que te mueras. Lee la Biblia, mi querido hermano; no pierdas tiempo en escuchar fábulas inventadas por hombres. He de aclararte una vez más, que REINO es la palabra BASILEIA, y significa algo así como: “Todo lugar geográfico o espiritual donde el dominio y autoridad de Dios son aceptados”. Es una jurisdicción, un área de cobertura. Por eso es que tú no puedes aguardar morirte para entrar al Reino. Jesús predicó diciendo que el Reino de los cielos se había acercado. Porque eso es lo que predicó Jesús y no algunas cosas que hoy quieren hacerle predicar cuando Él jamás lo hizo.

Ese es el evangelio de las Buenas Nuevas, no el que dice que si no aceptas a Cristo y te conviertes ya y ahora, esta noche viene el diablo de la mano con la Muerte y te clavarán un trinchete, una horquilla, un tridente y te llevarán de cabezota a infierno. ¿Nunca has escuchado predicar el evangelio en una campaña, precisamente, evangelística con esos argumentos? Pregunto y por favor piensa un momento antes de responderme: ¿A quién se le ocurre que a esto se le pueda llamar “Buenas Nuevas”? Ese mi querido amigo y hermano, es nuestro verdadero mensaje, no el “explosivo”, no “las cuatro verdades” o cualquier otro invento que los hombres hayan mecanizado, casi automatizado sin otro fin que reemplazar a la unción del Espíritu Santo y su poder para producir convicción de pecado.

La otra palabra que identifica al Reino como tal, es la palabra DUNAMOS, a la que también se la pronuncia como DUNAMIS. Esta palabra significa literalmente: “Poder que explota”. Fíjate que es de ellas de donde proviene nuestra más conocida palabra DINAMITA, con lo que tendríamos ante nuestros ojos una realidad insoslayable: el poder de Dios es Dinamita. Y el Reino es, precisamente, el ámbito y la jurisdicción en donde el poder de Dios es liberado primero y manifestado más tarde para su gloria. La iglesia tiene mandato de predicar el evangelio de Jesucristo, no el de su denominación particular. Y el evangelio de Jesucristo, reitero, es aquel de: “El Reino de los cielos se ha acercado”.

¿Y qué es acercarse, en este caso? El Reino de los cielos, hemos visto, se manifiesta con poder de Dios. Entonces muy bien cabe formularnos a nosotros mismos la gran pregunta: ¿Es eso, exactamente, lo que estamos viendo en nuestras congregaciones? Porque si así fuera, ¡Gloria a Dios! ¡Aleluya! Estaríamos cumpliendo sobradamente con su divino propósito. Pero si por alguna de esas grandes casualidades no fuera así, entonces mucho me temo que nos quedará la gran duda. Una duda que nos dejará la incertidumbre en forma de pregunta: ¿Estaremos predicando el verdadero evangelio, completo y poderoso o, sencillamente, estaremos haciendo liturgia, teología y humanismo, que es lo mismo que decir: un evangelio adulterado? ¡No lo sé, hermano! ¡Qué incógnita! ¿Cómo podemos hacer para averiguarlo? Es simple; está escrito en la Biblia. “El árbol se conoce por sus frutos”.

Mira: uno de los factores fundamentales que el pueblo de Dios debe tener en cuenta a la hora de reunirse en asamblea, (Que es esto y no otra cosa lo que recibe el nombre de Iglesia), es hacer efectiva la prioridad de Dios. ¿La prioridad de Dios? Si, la prioridad de Dios y no la suya personal, íntima y privada, entiendes? – Sí, entiendo, pero es que ¡Yo tengo ansiedad por ir al cielo! Ahora soy yo el que te entiendo, pero hay un pequeño gran problema: La prioridad de Dios no es que tú vayas al cielo, esa en todo caso vendría a ser la consecuencia. La prioridad de Dios es extender su reino a través de la obediencia y la acción de su cuerpo representativo en la tierra. Y para eso es que debemos estar firmes, tanto en la vocación que poseamos como en la elección que hagamos. Ahora bien: ¿Cómo hacemos para poder estar firmes en medio de un marco que no lo parece? Allá vamos. Con la misma “anti-ortodoxia” imprevisible que caracterizó a Jesús de Nazaret y que tanto modelo nos dejara, vamos hacia atrás en la Biblia sin respetar, en este caso, la cronología de un relato que sólo es el vehículo dentro del cual encontraremos la revelación espiritual.

(Verso 5)= Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; (6) al conocimiento, dominio propio: al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; (7) a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.

Tres versículos, te das cuenta? Sólo treinta y nueve palabras en tres versículos. Sin embargo, están encerrando tremendos diseños divinos que constituyen la base estructural de esta palabra, y que él obsequia a la iglesia desde la posición de apóstol, con la contundente certeza del profeta, con el dolor por las almas del evangelista, con el corazón lleno de amor del pastor y con la sabiduría y la exhortación del maestro. Diseños ¿Para qué? Para que con esa misma fidelidad de la que estoy hablando, sean administrados y, con la elección segura, producto de la guía del Espíritu Santo y no de alguna ambición personal que ha llevado a tantos a levantarse como ministros, cuando en realidad sus llamados eran otros. Pregunto: ¿Tú quieres servir al Reino de Dios? No hablo de iglesia, no hablo de templo, no hablo de congregación local, aunque de pronto las pueda incluir; hablo de Reino. ¿Quieres hacer la elección correcta? Comienza, entonces, por volver a leer el verso cinco:

Vosotros también, poniendo toda diligencia. La palabra DILIGENCIA, en cualquier diccionario secular, significa: Prontitud, Agilidad, Prisa, Cosa que hay que hacer para resolver algo. No hay peor obstáculo para el evangelio que un creyente lento, dubitativo, inseguro, torpe o apático. Nadie te está diciendo que tengas que salir hacia algún lugar arrasando todo, llevándote todo por delante, acometiendo de manera irracional, ya que eso sería más de lo mismo que hemos visto hasta ahora: inmadurez. Lo que sí se te puntualiza es que, cuando tengas una palabra clara del Señor, la certeza de la guía del Espíritu Santo y una pequeña puerta se abra, entonces ingresa inmediatamente y pelea la buena batalla. No te quedes especulando sobre qué rédito o qué beneficio personal te podrá traer o, la inversa, si eso mismo te podrá acarrear problemas. Y mucho menos tendrás que quedarte aguardando si la organización estructural o denominacional a la que perteneces va a aprobar o no una decisión que tú sabes muy bien no es tuya, sino que viene de Dios.

Aunque te cueste creerlo, el peor obstáculo para el cumplimiento del propósito de Dios en la tierra, no es Satanás. Él no está muy lejos, eso es verdad, pero el peor obstáculo o, mejor dicho, los peores obstáculos, lo constituyen: el miedo, la apatía o la falta de DILIGENCIA nuestra. Por ejemplo, y esto que te contaré sucedió hace algunos años exactamente así como te lo relato: Un líder de una congregación súper ortodoxa y conservadora, un día, recibió un “shock” del Espíritu Santo y, conjuntamente a esa experiencia, también recibió una visión muy clara de lo que de allí en más, tenía que hacer. Como no se podía resistir a ese mandato que verdaderamente “le quemaba” por dentro, empezó primeramente a predicarlo desde el púlpito, esperando una reacción adversa por parte de la gente de su propia congregación, que lo obligara a quedarse como antes, pero esta vez con la conciencia tranquila. Algo así como poder decirle al Señor: “¿Ves? Yo lo intenté, pero no me dejaron”.

Sin embargo, grande será su asombro cuando ve que esa gente, a la que evidentemente no había terminado de conocer en su trasfondo espiritual, también fue tocada profundamente y comenzó a acercarse a él no sólo para agradecerle, sino también para confirmarle que el Espíritu les estaba diciendo lo mismo, que él tiene toda la razón y que esa palabra, efectivamente, viene directamente de Dios. Allí es, entonces, cuando se encuentra en la gran encrucijada: ¿Hace lo que Dios le está ordenando y rompe definitivamente con todas las estructuras denominacionales y eclesiásticas tradicionales, aun a riesgo de quedarse fuera de la organización e, incluso, sin un salario que se le pudiera estar abonando mensualmente allí, o se vuelve atrás, desobedece a Dios y elige quedarse como estaba para no perder posiciones internas y un determinado prestigio ganado en años? Sí, es cierto; visto de este modo, parece simple, no es verdad? Sin embargo no lo es tanto a la hora de vivirlo. De tu decisión, mi querido hermano ministro, dependen las vidas futuras de muchas almas, y de la tuya propia, claro está. Yo sé cómo han terminado la mayoría de estas situaciones. Tú sabrás cómo habrá de terminar la que tiene que ver contigo. Diseño: con “D” de Diligencia.

Seguimos con el verso cinco: por esto mismo, añadid a vuestra fe, virtud. Esto nos muestra, en primer término, el segundo eslabón de este diseño: FE. ¡Ah! ¡Qué gracia! ¿Quién no sabe que tenemos que tener fe? Sí, lo sabemos todos, es cierto, pero eso: ¿Significa automáticamente que todos tenemos fe? Si la fe es sencillamente creer y todos la tuviéramos en buena medida, jamás encontraríamos espíritus de incredulidad “retozando” y correteando alegremente dentro de nuestros santos ambientes, verdad? Y sin embargo, están allí, vivos, activos y gozando de buena salud desde hace cientos de años, no desde ayer. ¿Por qué? Porque muchos de nosotros no hemos aprendido, todavía, que Hebreos 11:1 no es un versículo clásico de la Escuelita Dominical, sino una realidad tangible que debemos tomar y hacer nuestra cada día: Certeza de lo que se espera, convicción de lo que no se ve.

¿Quieres que yo te diga de qué sector podemos aprender a ejercitar este texto, más que recitarlo o declamarlo? Del mundo. ¿¿Eh?? ¿Del mundo? ¿Usted, hermano, me está diciendo que el ejercicio del principio básico de la fe podemos aprenderlo del mundo? Sí, señor, eso mismo es lo que te estoy diciendo. Por favor, eso sí: no lo mires con ojos religiosos, míralo con sentido práctico. Porque lo que yo te estoy diciendo es que el mundo, viene usando cotidianamente ese principio mejor que nosotros, eso digo. Y que cuando nosotros lo usamos igual que ellos, ni cuenta nos damos que lo estamos haciendo. Que ellos lo ignoren, es lógico; están en ignorancia. Pero que lo ignoremos nosotros… Ellos utilizan ese principio. Con un fundamento erróneo, claro está y también con un objetivo equivocado, desde luego. Pero lo ponen por obra sin dudar nada. ¿Y sabes qué? ¡¡Les funciona!! Y claro, les funciona porque un principio de Dios es como Él, Inmutable, y más allá de cómo se lo instrumente, el principio por estar adherido a una ley universal, funciona. ¿Pero usted me está diciendo que si un ateo, por ejemplo, cree que un ser sobrenatural que no sabe definir puede sanarlo de una enfermedad, Dios lo sana? No tan así, de acuerdo, pero sí te puedo garantizar que el principio que Dios ha plantado para este asunto, a la hora de ser convocado y creído, opera tal cual Dios dijo que debía operar. Y si no, mira este ejemplo doméstico:

El hombre sale al camino, a la ruta, a la carretera o a la avenida a esperar el bus que habrá de llevarlo a su trabajo. ¿El bus está allí, esperándolo ya? Generalmente no. Tendrá que esperarlo. Entonces pregunto: ¿Ese hombre, sale a esperarlo pensando si habrá de venir o no, o sencillamente sale a esperar que llegue para abordarlo y viajar? Generalmente esto último, no? Ahora piensa un momento: si el bus todavía no está allí, si ni siquiera se lo ve venir a lo lejos, ese hombre, ¿Por qué lo espera con total tranquilidad? Simple. Sujétate: porque con respecto al bus, ese hombre tiene: certeza de lo que espera y convicción de lo que aún no ve.

Otra: en la Argentina hay una leyenda relacionada a una creencia pagana: que todos los 30 de agosto, día de la festividad católica romana de Santa Rosa de Lima, vendrá una gran tormenta. Truenos, relámpagos, granizo, vientos huracanados. Una “señora” tormenta. Entonces tú te encuentras con uno de esos hermanitos que se las saben todas y que parecen estar de vuelta de todas las cosas que te dice: ¡Pero hermano! ¡¡Yo no creo en esas tonterías!! ¿Ah, no, eh? ¿Y que dirá el hermanito cuando, -como muchas veces ha sucedido- exactamente el 30 de agosto se desata una tormenta de esas que hacen historia? ¿Dirá que fue casualidad, verdad? ¿Y cuántos le creerán que fue efectivamente una casualidad? ¿No elegirán creer que doña Santa Rosa tiene el poder de desencadenar tormentas?

¿Te das cuenta lo que ha sucedido con esta creencia? Ha ocurrido que, todo un pueblo pagano e idólatra, acompañado a veces por una parte de la pomposamente llamada “iglesia”, ha estado declarando que esa tormenta vendría. Y aún más: la ha estado esperando con certeza y convicción. Entonces, los que se quedaron al margen y dijeron que no creían, cuando escuchan los primeros truenos y ven los primeros relámpagos, no pueden menos que estremecerse y preguntarse en silencio: ¿Pero cómo puede ser, Señor? ¡Es que el principio funciona! Y además, por si esto no fuera suficiente, sabemos muy bien que las palabras atan y que la palabra tiene poder. Ellos no lo saben, naturalmente, pero lo utilizan por intuición. Pero atención, eh? Nosotros sí lo conocemos y, sin embargo, ¡Cuánto nos cuesta ponerlo por obra! ¿Sabes la calidad y cantidad de victoria que tendríamos si, abandonando toda observación de la realidad natural, nos limitáramos a hacer funcionar el principio básico de la fe que es creer sin ver? Dios jamás transgrede sus propias leyes, apréndelo. Así lo diseñó Él: Fe.

Hasta aquí estamos en claro. Pero el diseño divino nos dice que a la fe, que ya hemos visto, debemos agregarle una VIRTUD. Y aquí habrá que hacer un alto para ver qué significa esa palabra: virtud. ¿Qué es en definitiva la virtud? Hace muchos años, por ejemplo, se le solía llamar Virtud al estado de virginidad de una joven, pero el diccionario secular (no bíblico, eh? ¡Secular!) Dice otra cosa: dice que “virtud es fuerza, vigor, valor, poder o potestad, que es autoridad para obrar, integridad y bondad de vida, hábito y disposición de la voluntad para acciones conformes a la ley moral”. ¿Viene de perillas, no? Y que conste, por favor, que a eso no lo escribió ninguno de los religiosos que van a la iglesia. Muy por el contrario, lo escribió una parte de un mundo ignorante, ateo, pecador y perdido. ¿Te das cuenta de lo que quiero decir?

Y fíjate que estamos hablando de Fuerza. Dice la Biblia que el Reino de Dios se arrebata con violencia. Que no significa a los golpes físicos, obviamente. Cuando se habla de fuerza, se está hablando de luchar del modo de pelear como Él peleó. Nada más, es cierto, pero también nada menos. ¡Pero hermano! ¿Qué es eso de reprender demonios en el templo? ¡El culto y el templo son para Jesucristo, no para ponerse a echar fuera demonios en un lugar en el que sólo hay creyentes! ¿Ah, sí, eh? ¿Y Jesús, adónde los reprendió cuando los reprendió, en la corte de los romanos, acaso? Pregunto y muy seriamente: ¿Tú vas a hacer las cosas que Él hizo y aún mayores, como dice la Palabra que debes hacer, o muy por el contrario, vas a hacer lo que a ti te parece que queda más “civilizado” aunque eso le implique desobedecer? ¿Tienes la potestad para obrar en el nombre del Reino de los cielos, o estás esperando una orden del Intendente Municipal, del Alcalde o el Jefe del Ayuntamiento? ¿Tienes una integridad de vida ejemplar o eres tan peligroso como ese delincuente de tu vecino? Ya está Diseñado, se llama Virtud.

A la virtud, conocimiento. Así finaliza el verso cinco. Dice Conocimiento. ¿Conocimiento? Ah, sí; con esta palabra no tenemos ningún problema; poseemos las mejores universidades cristianas, los mejores seminarios, los mejores institutos y hasta las mejores escuelas bíblicas. Naturalmente y como corresponde, con los mejores teólogos, profesores y pedagogos cristianos. Sí señor; conocimiento nos sobra, en esta estamos muy bien. Bueno; tendré que decirte que en esta no estás tan bien como crees, muy por el contrario, mucho me temo que, desde hace muchos años, en esta, andas medio equivocado. ¿Por qué? Es muy simple.

Cuando la Biblia habla de Conocimiento, de ninguna manera se está refiriendo al enriquecimiento del intelecto, tal cual nosotros lo hemos entendido. Y, dicho sea de paso, lo hemos entendido así porque a algunos trasnochados se les ocurrió interpretarlo, respetarlo y venderlo así, a partir de culturas como la griega, no porque la Biblia misma no lo muestre con claridad. ¿Cuántos saben, por haberla leído con detenimiento y escudriñando cada significado, cada palabra, que cuando la Biblia habla de Conocimiento, a lo que se está refiriendo es a Intimidad? Conoció Adán a Eva y Eva concibió… ¿Me vas a decir que Adán rindió Exegética ante Eva? ¡Vamos! Tuvo relaciones sexuales. Tuvo Intimidad con Eva. Sólo de ese modo, -y hablo de lo natural según diseño-, hoy por hoy, concibe una mujer, que yo sepa. Pero no la conoció (José a María) hasta que no dio a luz a Jesús. ¡Claro! ¿Aquí, me vas a decir, que estando ellos en el pesebre, vino un ángel y le dijo a José: Oye José, te presento a María, la que será tu esposa? ¡Por favor! ¡Con tal de seguir manteniendo nuestra cultura religiosa somos capaces de creernos cosas mucho más increíbles que un evangelio que tanto nos cuesta creer! Intimidad. Conocer a Cristo, mi querido hermano y hermana, es tener intimidad con Él, no mera información histórica, teológica o analítica. Es Parte indefectible del Diseño: Conocimiento.

El verso 6 comienza diciendo: Al conocimiento, dominio propio. Dominio Propio. ¡Ay pastor! ¡Perdóneme que le interrumpí la predicación! ¡Es que de improviso “me vino” la lengua y no lo pude resistir y tuve que gritar! ¿Me entiende, no?” – Sí. El pastor te entiende perfectamente. Él sabe que en ese momento tenía una palabra ungida y que el diablo se las ingenió para no dejársela predicar y te usó a ti para conseguirlo. ¡Pero hermano! ¡Usted no puede decir eso! ¡Las lenguas son de Dios! Pero por supuesto que las lenguas son de Dios, ¿Quién se atrevería a decir lo contrario? Te diré más: el don de lenguas es uno de los más gloriosos del Espíritu Santo porque contiene en sí mismo una dosis de altísimo voltaje del poder de Dios, a esto lo he podido comprobar personalmente. Pero tendré que decirte que, ese mismo don que indudablemente emana del Espíritu Santo de Dios, viene conjuntamente con uno de los frutos de ese mismo Espíritu, que es, precisamente, el Dominio Propio, me entiendes?

Dominio Propio, si tú quieres analizarlo gramaticalmente, semánticamente, significa literalmente aspectos tales como: sobriedad, (Que de ninguna manera es solemnidad o acartonamiento, sino sinónimo de seriedad conceptual), discreción, (Que es un valor muy difícil de encontrar hoy por hoy en el seno de la iglesia del Señor). Lo que trato de señalar es que, tanto Moderación como Dominio propio, por darte un ejemplo de corte elegante fino y distinguido, es lo que debemos ejercer cuando el hermanito aquel no nos entiende lo que le decimos y nos agarran deseos asesinos de propinarle un par de puntapiés. Eso sí, puntapiés “santos”. La única forma que yo conozco para lograrlo, es recordar aquella época en que nosotros éramos los que estábamos total y absolutamente ciegos espiritualmente, como ahora lo está ese hermanito, y no podíamos ver más allá de la punta de nuestra nariz. Porque no hemos nacido maduros, se da cuenta? No lo dudes; está dentro del Diseño de Dios para el hombre, que tenga Dominio Propio.

Continúa diciendo, luego, el verso seis que: Al dominio propio, paciencia. La PACIENCIA, dice el diccionario secular, es una virtud cristiana opuesta a la ira. ¡Ellos lo dicen, hermano! No, nosotros. Y lo están diciendo DE nosotros, precisamente. Es natural, entonces, que tú no puedas esperar que el mundo incrédulo tenga paciencia. En sus definiciones gramaticales que incluso han dejado escritas para la posteridad, ellos mismos están reconociendo no tenerlas. Dicen que esa es una “virtud cristiana”. Lo que están señalando, entonces, es que nosotros SÍ la tenemos, por lo cual, ellos esperan verla en nuestras vidas. Si efectivamente la ven, dirán: “Y, claro…son cristianos… por eso tienen paciencia” Eso, inmediatamente, le dará toda la gloria al Dios de los cristianos. ¡Ah! ¡Muy bien! Pero… ¿Y si no la ven, qué dirán? Y, seguramente nos dirán algunas de esas cosas que suelen decirnos muy a menudo y que tanto nos fastidian. – “¡Hermano! ¡Le estoy pidiendo al Señor que me dé paciencia!” – ¿Ah, sí? ¿Y cómo supones que habrá de dártela? ¿Piensas que va a venir volando una pluma muy liviana, con una leyenda que diga: “paciencia”, y que al depositarse sobre tu cabeza, inmediatamente te invadirá una paz y una tranquilidad incomparable y, desde ese mismo instante, tendrás la más grande de todas las paciencias del mundo? ¿De verdad crees eso? ¿Realmente piensas que esto puede ser así?

Mira: yo no quiero desmoralizarte ni mucho menos preocuparte o asustarte, pero si efectivamente estás pidiéndole paciencia al Señor, y esperas confiadamente que Él responda positivamente tu oración, lo más probable, entre otras cosas, es que en tu trabajo, por ejemplo, te nombren un jefe de esos bien malhumorados, energúmeno y hasta cruel, O que tu familia te empiece a hacer la vida imposible porque vas a la iglesia o demuestras ser creyente. ¿Y qué va a ocurrir entonces? Cuando estas cosas sucedan, quizás te vas a angustiar y vas a clamar por ayuda. ¿Por qué? Porque la paciencia, antes que otra cosa, es un ejercicio que Dios considera sano, como todos sus dones. Entonces, si Él puede producir hechos que nos lleven a ejercitarla sí o sí, el éxito estará más que asegurado. – ¡Pero es que a mí no me gusta! No le hace. Dios no siempre hará lo que a ti te gusta, Él siempre va a hacer lo que a ti te conviene. Lo entiendas o no, te guste o no. No olvides que la paciencia es la capacidad de resistir sin perturbación del ánimo las desgracias o cosas pesadas que te suceden y te pueden molestar. Bien de Diseño: Paciencia.

Concluye el verso seis, diciendo: A la paciencia, piedad. La PIEDAD se ha entendido, entre otras cosas, como amor y respeto hacia los padres y a las cosas sagradas. También se la ha utilizado y mucho como sinónimo de lástima, de compasión o misericordia. Sin embargo, en términos bíblicos, Piedad no es otra cosa que espiritualidad. De allí que, cuando se habla de un “varón piadoso”, no está hablando naturalmente de un buen señor que siente lástima de todo el mundo, sino de alguien conforme al Espíritu. ¿Suena mucho más coherente así, verdad? Y cuando se refiere a los impíos, (Que vendrían a ser los faltos o carentes de piedad), no se está refiriendo a delincuentes, como muchos de nosotros ha entendido y hasta ha enseñado, sino a personas que viven según su carnalidad. Esto es: según sus sentimientos, según sus emociones o según sus demandas corporales, físicas.

En función de esto, habrá que consignar que no son pocos, precisamente, los creyentes que, a modo de acusación y de crítica o censura, hablan de otros creyentes acusándolos, puntualmente, de ser: “demasiado espirituales o demasiado místicos”. Yo no sé si tú, alguna vez, habrás oído este tipo de acusaciones, pero lo que sí puedo decirte es que yo sí he sido testigo de ello. Y en algunas ocasiones, referidas a mí mismo. Habrá que aclarar que, místicos, de momento en que estamos creyendo en algo que no vemos ni palpamos, en algo total y absolutamente invisible, tendremos que reconocer que somos. Somos místicos. Y espirituales, yo creo que también. ¿Por qué lo creo? Es tan sencillo que parecería innecesario explicarlo. Dice la Biblia que Dios es Espíritu, verdad? Y un Espíritu, que yo sepa, no tiene forma humana, sólo necesita un cuerpo para manifestarse. Ahora bien: Dios ha dicho que nosotros (Tú, yo, todos los hombres y mujeres) somos su imagen y semejanza. Pero si hemos dicho que Dios no tiene figura humana y que es Espíritu, ser su imagen y semejanza, ¿Qué significa? Significa ser: un espíritu, al cual se le ha dado un alma y que, transitoriamente, habita una caja descartable que ser llama cuerpo. Seres espirituales. Es hora de terminar con los mitos. Está dentro de su diseño y se llama Piedad.

El verso siete se inicia diciendo: A la piedad, afecto fraternal. Muy bien, y ¿Qué será el afecto fraternal, concretamente? Este es un sentimiento muy noble, al cual también se le suele llamar Amor. Entre varias acepciones de nuestra conocida palabra AMOR, la palabra PHILEO es una de ellas, y tiene que ver, precisamente, con esto. De allí proviene nuestra más vulgar palabra FILIAL, que es familiar, o FILIACIÓN, que es identidad. El afecto fraternal, es el sentimiento que brota de nuestras emociones y que, por consiguiente, sale desde nuestra naturaleza, desde nuestra alma humana. Sabemos ya que no existe nada pecaminoso en el alma del hombre, ya que esa alma también ha sido creada y puesta allí por Dios. Lo que sí tenemos que saber es que, si esa alma no se sujeta al Espíritu Santo que mora en nuestro espíritu, y elige desenvolverse conforme a sus propias decisiones, (No olvides que en el alma también habita la voluntad), puede expresarse tanto para bendición como para maldición.

¿Cómo es esto? Esto es así de sencillo: Si el alma oye y obedece la voz de Dios, lo que produzca será para honra. Pero si decide obedecer sus propios dictados, (en el alma también están la mente y el intelecto), su fruto indefectiblemente será para deshonra. Esto significa que, esa misma alma, capaz de producir afecto fraternal, (Que entre otras cosas significa experimentar amor a los padres, a los hijos, al esposo o a la esposa) también puede ser proclive al efecto contrario, esto es: rencor, resentimiento y, llegado el caso, hasta odio. Baste para entenderlo, recordar a Caín. Uno de los errores más notables de la iglesia, ha sido confundir ese afecto fraternal que se nos demanda como una de las perlas para hacer firme nuestra vocación y nuestra elección, con el auténtico amor de Dios. Cuando 1 Corintios 13 habla del amor, inmediatamente tratamos de ponerlo en práctica en nuestra vida, en nuestro matrimonio o en nuestro noviazgo, vemos que nos resulta tremendamente difícil. Eso es porque hemos confundido el PHILEO, que es afecto fraternal, con el otro amor que ahora, precisamente, vamos a encontrar en el final de este versículo. Es Diseño: Afecto Fraternal.

Y al afecto fraternal, amor. ¿Nunca antes habías prestado atención que ambas cosas no podían significar lo mismo? Mira: muchos de nosotros, probablemente, hayan prestado atención a ese detalle, pero seguramente habremos hecho como una gran mayoría de creyentes de cualquier parte del planeta: creerle a los hombres que nos hablaron, más allá de lo que dice la propia Biblia. Mitad por ignorancia, pero mitad también por comodidad.

Es indiscutible que este AMOR que aparece aquí ya no se trata de PHILEO. Este amor, y más adelante lo verás ampliado al tratamiento y estudio de la palabra, es la palabra ÁGAPE, y no tiene absolutamente nada que ver con nuestra alma, con nuestras emociones y con nuestros sentimientos. ÁGAPE se traduce, más o menos, como la “Condición interna del carácter de quienes constituyen el Reino de Dios”. Su interpretación más cercana, entonces, resumida a una sola palabra, será indefectiblemente CARÁCTER. Esto hace tomar un sentido totalmente diferente a versículos clásicos, tales como: El carácter de miembros del reino de Dios, cubrirá multitud de pecados. O habrá de entenderse mucho mejor aquello de: El carácter de miembros del reino de Dios, echa fuera todo temor.

También tomará otro sentido absolutamente distinto aquello de que EL fruto (No LOS frutos como nos ha gustado estudiar) del Espíritu ES (Y no SON) amor, que ya sabemos, es CARÁCTER y, como consecuencia de ello, vendrá todo lo demás: paz, paciencia, benignidad, templanza, etc. Por favor, léelo correctamente y verás que si has aprendido mal las cosas, no tanto es porque te las hayan enseñado mal, sino fundamentalmente porque no has prestado toda la atención en absoluto a la Palabra tal cual estaba escrita.

Pretender equiparar el ÁGAPE de Dios con el enamoramiento de la mujer o el hombre que nos atrae, es llevar a Dios a un nivel tan humano y tan carnal que resulta casi blasfemo. Pese a que esto es lo que todavía hoy se enseña en muchos seminarios cristianos. Esto ha sido, indudablemente, factor de confusiones tales como suponer que no estaría mal dejarlo todo por un novio o una novia, por un esposo o una esposa, porque total “Dios es un Dios de amor y puede comprendernos. Tremendo. Tu afecto fraternal que recién estudiábamos, tu PHILEO, es una mezcla del alma (Sentimientos, emociones, voluntad) con el cuerpo (Olfato, gusto, tacto, vista y oído, en suma: sexualidad) y no tiene ninguna comparación con ÁGAPE, que es carácter, generosidad, que todo lo cree, que todo lo soporta y que es, efectivamente, algo que nunca deja de ser. Porque, convengamos, aun entre creyentes muy fieles, el PHILEO, a veces si deja de ser, no es verdad? Aunque nos duela y nos cueste reconocerlo. Los pastores y los consejeros en general, saben muy bien de lo que les estoy hablando. Sus oficinas han escuchado mucho de todo esto. Y han visto llorar, y han llorado quizás junto con tantos en ese drama. Sin dudas: engañoso es el corazón del hombre…

(Verso 12)= Por esto, (Dice Pedro) yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, (Tal como todos sus sucesores venimos haciendo) aunque vosotros las sepáis, y estéis confirmados en la verdad presente.

(Verso 13)= Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, (Habla del cuerpo personal, físico, de cada uno, y del global, que es la iglesia) el despertaros con amonestación (El evangelio “diet” o “lihgt”, adormece. El evangelio de la cruz, aunque duela, es el que despierta. Y ese siempre va acompañado de amonestación, que es simple lucha por salvar del fuego a los ciegos) (14) sabiendo que en breve, (Para Pedro en días determinados, para cualquiera de nosotros, diferentes pero inexorables lapsos) debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado.

(Verso 15)= También yo procuraré con diligencia (No es un plan a largo plazo ni un proyecto a cinco o diez años) que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.

Diseños de Otra Dimensión: Para que tengan memoria lo he compartido.

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septiembre 6, 2020 Néstor Martínez